Capítulo II
Podía sentir cada beat de la música electrónica golpeando mi pecho intensamente y cómo la saliva que tragaba deslizaba por mi garganta e iba bajando lentamente por mi esófago. Desde hacía horas que las luces se habían vuelto más brillantes de lo que eran realmente y miré a Yolei, mi mejor amiga, que bailaba como si no fuera a haber un mañana. Con los ojos cerrados, las manos alzadas, parecía que estaba haciendo el amor con aquella melodía. Contagiada por su espíritu cerré los ojos e hice lo mismo. Sentí un golpe, como una especie de descarga eléctrica que se propagaba por mis venas y sin importarme algo más me entregué a aquél delicioso momento. Sabía que estaba drogada, mi mente me decía que en al menos una hora el efecto se iría y volvería a la realidad en donde la intensidad del sonido, de la luz, del tacto no se disfrutaría como ahora, y eso era precisamente lo que me hacía bailar con intensión de detener el tiempo.
Sentí que me tomaron del brazo y al abrir los ojos vi a un muchacho de cabello castaño y ojos azules con quien previamente al haber llegado al a fiesta había estado coqueteando y enviando señales —insinuaciones— sexuales. El ojiazul me besó y al sentir su lengua entrar a mi boca mi cuerpo se pegó al suyo y enredé mis manos a su cuello. Su cabello era suave y estaba húmedo por el sudor. Después de todo éramos aproximadamente unas cien personas adentro de una casa. Sus manos apretaron mi cintura y se separó de pronto de mí, tenía una mirada intensa y se veía increíblemente sexy bajo las luces moradas, azules y verdes.
— Ven—sin darme tiempo de responder me tomó de la mano conduciéndome escaleras arriba a una de las habitaciones que a mi parecer era la principal. Ni siquiera sabía quién era el dueño de aquella vivienda y sentí un poco de pena al pensar que, si tenía familia, no estaría muy contenta al ver por la mañana el desastre que habíamos ocasionado.
El castaño entró al baño y curiosa lo seguí. Los azulejos eran blancos y parecía que tenían luz propia al iluminarse el foco blanco en ellos. Había una tina muy bonita y el lugar olía a lavandas.
— ¿Qué haces? —pregunté al ver al chico quitarse la camiseta, como respuesta él sólo sonrió y sacó de la bolsa de sus jeans dos pastillas azules—. ¿Qué es…?
— PCP. Le llaman polvo de ángel, ¿lo has probado? —preguntó mientras ponía una en la palma de mi mano. Negué con la cabeza—. Te va a encantar, hermosa —por un breve momento dudé, después de todo ya había ingerido un montón de otra porquería y temía que eso fuera a causarme algún efecto secundario no deseado como vómito o diarrea. No es que me hubiese pasado antes pero había escuchado que la mezcla de algunas drogas lo ocasionaba, como el fumar marihuana mientras bebía cerveza me provocaba vómito. Ingerí la pastilla y después le di un trago al vaso de agua que el guapo me ofrecía. Ambos nos miramos y sonreímos hasta que él se acercó a besarme. Dios, sí que sabía besar.
Desperté pasado mediodía. Tenía la boca pastosa y me costó mucho mantener los párpados abiertos y ajustar la mirada. Sentí un calambre en la pierna y al arquearme noté mi desnudez. No recordaba dónde estaba ni nada de lo que había pasado. Me giré y noté la cama destendida, rastros de mi labial en la funda de la almohada y aquél peculiar e inigualable olor a sexo.
El ojiazul.
Entonces poco a poco las imágenes volvieron a aparecer pero aún no lograba unirlas en una secuencia lógica. Suspiré profundamente y me levanté buscando mi ropa. Entré al baño y pegué un grito de horror al ver mi cuello y pecho llenos de marcas y moretones.
— ¡Imbécil! —exclamé furiosa. Hasta donde mi sentido consciente me permitía recordar le había advertido que no quería marcas visibles.
Salí de ahí dispuesta a buscar a mi amiga e irme a dar un buen baño a casa. En el corredor había algunos que no habían logrado hallar cama y vencidos por el cansancio se echaron a dormir sobre la alfombra. El lugar apestaba a tabaco y cerveza y una de las paredes estaba manchada de sangre, probablemente había habido alguna pelea de la que no me enteré. Fui a la cocina y sobre la barra central aún había una caja con muffins que tomé sin pedir permiso. Yolei estaba dormida boca abajo en uno de los sillones, llevaba sólo sus panties puestas y un montón de personas, algunas desnudas, otras semi desnudas, esparcidas por doquier.
— Una orgía —fue lo que atiné a pensar—. Yolei, despierta. Yolei… —la sacudí para que se despejara y poco a poco abrió los ojos.
— ¿Dónde estoy? —murmuró con la voz ronca pero sin moverse.
— Tenemos que irnos. ¿Dónde está tu ropa? —mi amiga se levantó pegando una expresión de sorpresa al hallarse desnuda.
— Mierda —exclamó y yo me eché a reír.
— ¿Qué pasó anoche?
— Emmm —tomó una camiseta del piso, tenía el logo de una banda de música rock y era como seis tallas más grande así que le quedaba como vestido—. Ayúdame a buscar mis tenis —he de decir que buscar un par de converse debajo de una montaña de gente era similar a buscar una aguja en el océano, sin embargo Yolei los halló arriba del librero.
— ¿Orgía? —pregunté ya que salimos de casa y esperábamos el Uber que nos llevara a la nuestra. Ella sonrió pícaramente y se mordió el labio.
— ¿Dónde te metiste tú? —sonreí sintiendo mis mejillas arder y Yolei me golpeó el brazo.
— ¿Qué? El tipo era un bombón. Me dio una pastilla… ¿PCP? —antes de darle tiempo de responder el carro llegó y me subí apresurada.
— ¿Fue bueno? —asentí simplemente. Me recargué en el cómodo asiento de piel y cerré los ojos al recordar cada tacto y cada beso que aquél desconocido me había dado—. Kari… yo no la pasé tan mal, ¿eh?
— Ya veo —murmuré y ambas nos echamos a reír—. Oh, y mira —abrí mi bolso mostrándole los seis muffins que había tomado de la cocina—. ¿Qué plan para hoy en la noche?
— No tienes remedio, Yagami —pasamos un buen trayecto en silencio contemplando la calurosa ciudad de Odaiba— ¿Has hablado con TK? —voltee hacia mi amiga y negué con la cabeza. Sentí un poco de nostalgia y tuve que suspirar profundo. Si no lo hubiera conocido definitivamente ahora no estaría aquí ni habría hecho todo lo que hice anoche… y una parte de mí le agradecía profundamente por eso.
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