Vuelvo (tanto teimpo después) para continuar con esta pequeña locura de ideas.
En este caso traigo un Robert/Lyanna (sin secuestros ni Torres de por medio) que espero que os guste.
Dejadme saber que os parece ;)
En el ojo del huracán
"Nunca amamos a nadie: amamos, sólo, la idea que tenemos de alguien. Lo que amamos es un concepto nuestro, es decir, a nosotros mismos"
(Fernando Pessoa)
El día había amanecido bochornoso para tratarse de las tierras de la Tormenta, pero él solo podía sentir frío. Un frío atroz y paralizante que le calaba hasta los huesos y le inmovilizaba los músculos. El frío de la traición y la soledad, comprendió con amargura.
No podía, por más que lo intentara, dejar de pensar en las últimas palabras que escuchó salir de sus delgados labios; en mueca fruncida permanente contra la vida y cualquiera que osara dedicarle una mirada detenida: "No te quiero Robert. Entiéndelo de una maldita vez. Eres un ser odioso, putañero, borracho y repugnante. Casaré contigo para ahorrarles a mis padres, que siempre han sido buenos conmigo, la deshonra de una hija díscola. Pero nunca, y grábatelo en esa cabeza de morlaco que tienes, nunca te amaré." Y por si no le parecieron suficientemente crueles sus declaraciones, decidió añadir, para su posterior tormento y duda eterna: "Mi corazón ya es de otro."
Del frío que sintió en las primeras horas, que bien podrían haber sido días, pasó a ser consumido por la rabia y la furia. Siempre había sido un hombre de carácter explosivo, pero las cosas no solían pasar de peleas en tabernas y un par de grescas espontáneas que Ned terminaba por arreglar. Pero ahora que se había terminado por liar a puñetazos con las paredes de piedra de Bastión de Tormentas, -las cuales en un principio habían parecido un adversario bastante más fácil de derrotar- con la sangre manándole de los nudillos; más que valiente y poderoso, se sentía estúpido e impotente.
Lo había intentado todo para poder descansar. Vino, cerveza, más vino, compañía aparentemente cálida que solo buscaba el frío de sus monedas... E incluso había vuelto a recurrir al vino. Pero todo era en vano. Aún podía escuchar sus palabras claras y mortalmente precisas, demasiado fuertes como para conseguir el silencio necesario para descansar tranquilo. Resultó que al final sí que se lo había grabado en su cabeza de morlaco.
Como resultado de noches continuas de vino y poco descanso acudió a su propia boda con una resaca espesa y dolorosa, además de un horrible cansancio que le atenazaba todo el cuerpo. Tenía miedo de terminar cayendo dormido frente al septón o no tener la fuerza suficiente para subir las escaleras hacia el púlpito. Por suerte nada de eso ocurrió, y se complació al darse cuenta frente al espejo, que no tenía tan mala pinta como habría cabido esperar.
La ceremonia fue sencilla a pesar de la multitud de invitados que atestaban el Septo y el Salón del Trono divertidos y borrachos. Lyanna para desgracia de Robert estaba más hermosa de lo que hubiera estado nunca, llevaba un vestido blanco que se adaptaba a sus curvas como una segunda piel, con un escote que podría revivir a un muerto. Los brocados que recorrían la falda y subían por la cadera y el pecho eran grises, del puñetero color de sus ojos, pensó, preguntándose si sería una casualidad. El pelo negro le caía en tirabuzones sobre su espalda, adornado con anillos de plata que le recogían las trenzas ígneas que despejaban su rostro. Es tan bella que duele mirarla. No necesitaba parecerse a ninguna sureña engreída con redecillas de oro y piedras preciosas, ella era toda una belleza natural.
Ambos recitaron los votos; Robert lo hizo con la voz rasposa, y Lyanna con la frialdad del hielo. Intenta aparentar fortaleza. Sin embargo cuando Robert le cubrió con los colores del venado ella no pudo contener un escalofrío tan fuerte, que Rob lo sintió como un puñal atravesándole la piel.
El banquete se convirtió en un infierno caluroso y ruidoso, todos parecían divertirse menos los desposados. Robert estaba demasiado cansado como para levantarse del asiento, y haberse pasado la cena bebiendo sin moverse había hecho que la borrachera fuese a peor. Entabló conversaciones y risas con los que se acercaban a felicitar a los novios, pero poco más (pareciese como si todos notasen que no estaba de humor). Tampoco es que supiera decir si Lyanna hubiera preferido que se se hubiera comportado más... bueno, como él. Su rostro seguía siendo el del hielo, sólo se dulcificaba cuando Ned hablaba con ella.
Sin embargo fue su hermano Brandon quién alzando su vigésimo tercera copa, comenzó a gritar esa fastidiosa frase de "A ENCAMARLOS. A ENCAMARLOS. A ENCAMARLOS." Y todos le siguieron pasmosamente rápido. Al poco, todo el salón del trono de Bastión se alzó bibaracho deseoso de ver un poco de carne. Robert no pensaba permitirlo, por poco que le gustase la idea a su reciente esposa ella era únicamente suya. No iba a quedarse tan tranquilo dejando que cualquier bastardo la desnudase sin partirle la boca. De hecho dudaba de si ella misma no le dejaría un ojo morado a alguno.
Con toda la gracia que pudo, Robert se levantó y para sorpresa de los invitados anunció, con su voz atronadora -Estoy seguro de que mi esposa y yo sabremos encontrar el lecho solos. -No necesitó mucho más, Robert Baratheon no era un hombre al que se le pudiera llevar la contraria.
Para cuando llegaron a la habitación Robert estaba cansado y hasta las narices de que Lyanna no hubiera dicho esta boca es mía. Al menos podría agradecerle que le haya ahorrado el bochorno de que esos brutos la arrastrasen hasta allí desnuda.
Robert se lanzó hacia las copas de vino que alguna criada había dejado en la mesita y bebió su correspondiente de un trago. Cuando se volvió para ofrecerle la suya a Lyanna casi se cae al suelo de la impresión. Se había quitado el vestido y no quedaba trozo de tela que le ocultase ni un rincón de su anatomía. Los Dioses habían sido buenos con ella, las líneas de su cuerpo trazaban curvas en las que Robert quería perderse y que nunca le encontraran. Sus pechos le llamaban como sirenas pidiendo un beso, su piel extremadamente pálida pareciese esculpida en el más puro mármol, sin mácula. Una suave pelusilla oscura le anticipaba el dulce jardín de las delicias de su amada. Sólo tu amada, ella no te quiere.
Robert se sintió estúpido y mil veces estúpido cuando murmuró algo parecido a una negativa.
-¿No? -Repitió ella sin comprender.
-No. -Aseguró él. -No hasta que quieras de verdad. -Lyanna parecía anonadada con el comportamiento de su esposo: sin encamamiento, sin ponerle la mano encima... Que se la llevase un Otro si hubiera esperado algo así. Se disponía a repetirle un discurso mucho menos convincente sobre su determinismo en cuanto a no amarle nunca, pero él se adelantó.
-Ya, ya se que ni me quieres ni podrás hacerlo nunca, no tienes que ensañarte... Pero no hace falta que hagamos algo que no quieras. Al parecer ya vas a sufrir bastante mi compañía.
Dicho aquello y tras echarle un último vistazo a aquel pecaminoso cuerpo que había provocado que un bulto comenzase a notarse bajo sus pantalones, Robert apuró su copa de vino y se quitó algo de ropa para poder dormir (o al menos intentarlo), mientras se maldecía por ser tan imbécil. Lyanna seguía sin estar muy segura de lo que había pasado, pero también estaba cansada. Reparando en que era un estupidez volver a ponerse el vestido se metió desnuda en la cama, notando el calor que desprendía su reciente esposo desde su lado del catre.
Lyanna a penas pudo conciliar el sueño a pesar del agotamiento. Demasiado sobre lo que reflexionar. Demasiadas voces en su cabeza.
Recordaba las voces del septón sentenciándola a cadena perpetua con Robert. Pero también recordaba las palabras que él mismo había dicho. No había dejado que nadie la tocase para encamarlos, de hecho no se habían encamado. ¿No le parezco atractiva? Tanto tiempo persiguiéndome y poniéndome la cabeza como un bombo con sus estúpidas declaraciones para luego no rematar la faena... Qué estupidez. Ya podíamos haber acabado de una vez con todo.
Sus sueños siempre eran los mismos, volvía a oírle cantar y tocar el arpa. Volvía a ver su rosto y sus cabellos. Volvía a sentir el aire de la primavera en sus mejillas.
Pero esta vez soñó con el azul de mar, un azul profundo y tormentoso que le devolvía la mirada impasible. Escuchaba el oleaje y los truenos que descargaban sobre las aguas toda su fuerza.
Para cuando despertó había amanecido pero seguía notando el calor de Robert pegado a la espalda. Le dolía la cabeza allí donde los anillos de plata se le habían clavado. Seguro que ahora tenía todo el pelo enredado en ellos.
Lo cierto es que no tengo ni idea de dónde salió esta historia, probablemente escriba una continuación algún día, pero quería subir esto de momento :)
