Capitulo: El callejón Diagon.


—¿Qué es Gringotts? —pregunto Harry mientras se dirigían en taxi hasta Londres.

—Es nuestro banco, lo dirigen los duendes—le conto Artemis—. Son muy buenos banqueros.

—¿Duendes de verdad?

Artemis asintió.

—Y son horribles y para nada agradables—aseguro,

—¿Y dices que yo tengo una cuenta en Gringotts?

Artemis no contesto, en cambio se volteo hacia el profesor Snape.

—Por supuesto que si, señor Potter—dijo—. No tiene por que preocuparse, sus padres pensaron en usted.

—Nunca he escuchado de ese banco—dijo Harry—. Mi tío Vernon jamás lo ha mencionado antes.

—No es para muggles—dijo Artemis como si aquello explicara todo—. Algo que debes de saber sobre Gringotts, es que es el lugar mas seguro, deberías estar demente para intentar asaltar el banco.

—¿Por qué?

—Por que han puesto hechizos, encantamientos—intervino el profesor Snape—. Además de que creen que hay dragones custodiando las cámaras de máxima seguridad.

—Yo quisiera ver un dragón de cerca—susurro Artemis lo bastante audible para que solo Harry la escuchara—. No estoy segura de que haya dragones, eso no iría contra alguna regla…son criaturas mágicas, peligrosos pero siguen siendo criaturas mágicas en libertad.

—Bueno, es solo un rumor, Artemis—dijo el profesor Snape—, ahora, mejor espera hasta que lleguemos para seguir hablando sobre todo lo que quieras, hay un estatus del secreto que mantener.

El taxista no estaba prestando mucha atención si es que lo hacia, estaba escuchando música en su radio pero de vez en cuando daba una que otra mirada por el retrovisor. Una vez que llegaron a Londres, la señora Bradley le indico al taxista la dirección donde emprenderían su camino por los útiles escolares.

Harry no había estado antes en Londres, sus tíos nunca lo llevaban cuando paseaban. Aunque sus acompañantes sabían hacia donde se dirigían, era obvio que no estaban acostumbrados de hacerlo de esa forma ordinaria pero aún así parecían saber como moverse en Londres. El profesor Snape tenia una apariencia un tanto intimidante con su expresión seria, que no le era difícil apartar a la muchedumbre para que pasaran.

—Es aquí —dijo la señora Bradley deteniéndose—. El Caldero Chorreante. Es un lugar famoso—dijo a Harry, quien no se hubiera dado cuenta de este si no se lo hubieran señalado. La gente, que pasaba apresurada, ni lo miraba. Sus ojos iban de la gran librería, a un lado, a la tienda de música, al otro, como si no pudieran ver el Caldero Chorreante. En realidad, Harry tuvo la extraña sensación de que sólo ellos lo veían.

—Vamos, vamos—apresuro Artemis encaminados al bar diminuto y de aspecto mugriento.

—La varita será lo ultimo—le dijo su madre.

El brillo de jubilo que Artemis tenia en su cara se apago un poco.

—¡Oh, Merlín!

Rayza.

—Esta bien—dijo de mala gana.

—Vamos, no te pongas así—le dijo su madre en lo que parecía un tono de reproche aunque sonaba de forma dulce—. La varita es a lo ultimo, por que hay que dejar lo mejor para el final.

Artemis rodo los ojos.

—¿Rayza? —pregunto Harry.

—No preguntes.

Entrando al lugar detrás de los adultos. Estaba oscuro y destartalado, lleno de personas distribuidas en las mesas; Artemis reconoció a Tom, el cantinero. Algunas personas saludaron a su madre, viejo conocidos supuso y le dieron un asentimiento de cabeza a Snape, a modo de saludo.

—Vamos, ma—dijo mirando a su madre al mismo tiempo que arrastraba casi a Snape de la mano—. Entre mas rápido hagamos las compras, mas rápido iremos por las varitas.

—No seas impaciente—le dijo Severus.

Artemis volteo a sonreírle cuando la detuvo.

—Hola, Abigail—saludo Tom el cantinero—. ¿Cómo has estado?

—Bien, gracias por preguntar.

—¿De compras? No me digas que la pequeña Artemis va a hogwarts ¿estoy en lo cierto? —Tom sonrió a la niña que parecía impaciente por seguir su camino aunque le regalo una sonrisa—. ¿Y quien los acompaña?

—¡Tom!—advirtió su madre ante lo que se avecinaba.

—Ni se le ocurra.. —advirtió Snape pero era tarde.

—Pero como quieres…si este muchacho es…creo que es…

El Caldero Chorreante había quedado súbitamente inmóvil y en silencio.

—Válgame Dios —susurró el cantinero—. Harry Potter... todo un honor.

Sin ver como, salió lo mas rápido posible del mostrador para estrechar la mano de Harry, no fue el único los demás una vez que se recuperaron de la sorpresa se abalanzaron como Tom, para estrechar la mano del niño que vivió. Harry reconoció a Doris Crockford que una vez lo saludo en una tienda, conoció a Hagrid que era la persona mas grande de todos, con una barba que podía llegar a intimidar. Resulto ser muy amable y alegre, estaba muy contento de verlo.

—Seguro no me recuerdas, yo te saque la noches en que…bueno, tus padres murieron—sus ojos se entristecieron—. Lily y James, tus padres, eran los mejores magos que hogwarts alguna vez tuvo.

—¿Conoció a mis padres? —pregunto Harry interesado.

—Por supuesto—dijo Hagrid sonriendo—. Cuando estudiaron en hogwarts, tu papá y sus amigos solían visitarme.

Harry sonrió. Hagrid entonces se giro a los demás presentes y dijo:

—Profesor Snape, ¿cómo esta?

—Bien, Hagrid—respondió cortésmente el profesor—. Una sorpresa encontrarte aquí.

—El profesor Dumbledore me envió a hacer un encargo—dijo Hagrid, dándose importancia—. Es sobre lo-que-usted-sabe, en la cámara setecientos trece.

Hagrid saco un pequeño paquete que le mostro al profesor Snape que le dejo claro que entendía y que aquello no era necesario.

—¿Qué es lo que hay en el paquete? —preguntó Harry.

Harry vio como Artemis también presto atención.

—¡Harry! —reprendió la señora Bradley—. No es algo que se pregunte.

—Pero si el señor Hagrid quiere responder puede hacerlo—dijo Artemis.

La señora Bradley les dio una mirada de advertencia y por un momento Harry temió que los castigara sin cenar, recordándose luego que no era nada para la madre de Artemis.

—Esta bien, no te preocupes Abigail. No se los puedo decir —dijo misteriosamente Hagrid—. Es algo muy secreto. Un asunto de Hogwarts. Dumbledore me lo confió.

—Exactamente—corto el profesor Snape—. Lo mejor será empezar las compras, hay un largo día por delante.

Con sonrisas se despidieron de Hagrid no sin antes este le entregara a Harry un paquete.

—Se que es tu cumpleaños—dijo Hagrid sonriendo—. Puede que este un poco a aplastado… pero seguro tiene buen sabor.

Harry la abrió con dedos temblorosos. En el interior había un gran pastel de chocolate pegajoso, con «Feliz Cumpleaños, Harry» escrito en verde.

—Esto…gracias. Es muy amable de su parte

—No tienes que agradecerme, Harry.

—Eso fue muy dulce de tu parte Hagrid—dijo la señora Bradley.

Hagrid se sonrojo levemente.

Fueron a través del bar hasta un pequeño patio cerrado, donde no había más que un cubo de basura y hierbajos.

—Si esto paso aquí, como será en hogwarts—le dijo Artemis mirándolo de una forma rara—. Serás muy popular, Harry.

Snape rodo los ojos.

—Bueno, seguro harás muchos amigos—dijo su madre—. Por ahora, nos preocuparemos en los útiles. Ahora, ¿tu o yo?

—Permítame—dijo el profesor Snape.

Luego saco su varita de su tweed, mientras tanto, contaba ladrillos en la pared, encima del cubo de basura.

—Tres arriba…dos horizontales… —murmuraba—. Correcto.

Harry dio un paso atrás imitando a sus acompañantes.

El ladrillo que había tocado se estremeció, se retorció y en el medio apareció un pequeño agujero, que se hizo cada vez más ancho. Un segundo más tarde estaban contemplando un pasaje abovedado de un gran tamaño, un paso que llevaba a una calle con adoquines, que serpenteaba hasta quedar fuera de la vista.

—Bienvenido, señor Potter —dijo Snape girándose a él, con una sonrisa torcida— al callejón Diagon.

Una vez que atravesaron Harry miro maravillado el lugar. El sol brillaba iluminando numerosos calderos, en la puerta de la tienda más cercana. «Calderos - Todos los Tamaños - Latón, Cobre, Peltre, Plata - Automáticos - Plegables», decía un rótulo que colgaba sobre ellos. Siguieron caminando hasta que llegaron a un edificio, blanco como la nieve, que se alzaba sobre las pequeñas tiendas.

—¿Dónde estamos? —pregunto a Artemisa.

—Esto es Gringotts.

Subieron las escaleras del gran edifico blanco, delante de las puertas de bronce pulido, con un uniforme carmesí y dorado, había…

—Es un duende, muy desagradables como dije antes—le dijo Artemis en voz baja.

El duende era una cabeza más bajo que ambos jóvenes. Tenía un rostro moreno e inteligente, una barba puntiaguda y, dedos y pies muy largos. Cuando entraron los saludó. Entonces encontraron otras puertas dobles, esta vez de plata, con unas palabras grabadas encima de ellas:

Entra, desconocido, pero ten cuidado

Con lo que le espera al pecado de la codicia,

Porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado,

Deberán pagar en cambio mucho más,

Así que si buscas por debajo de nuestro suelo

Un tesoro que nunca fue tuyo,

Ladrón, te hemos advertido, ten cuidado

De encontrar aquí algo más que un tesoro.

Entraron al vestíbulo de mármol y se acercaron al mostrador, donde había un duende desocupado.

—Buenas días—saludo Abigail—. Venimos a sacar dinero de la cámara Jones y el del señor Harry Potter.

—¿Tienen su llave?

—Oh, claro—Abigail saco de una bolsita de mano una llave dorada y la entrego—. Severus.

—Aquí esta.

Snape entrego sin problemas la llave que le habían costado trabajo obtener por parte del profesor Dumbledore que habia insistido en que Hagrid fuera por el muchacho. El duende examinaba las llaves cuidadosamente hasta que dijo:

—Muy bien. Parece que todo esta en orden. Voy a hacer que alguien los acompañe abajo, a las tres cámaras. ¡Griphook!

Artemis reprimió una queja al oír aquel nombre. Griphook era otro duende que realmente le encantaba asustar a los niños.

La muchacha hizo un puchero inconforme que aumento cuando observo a Griphook y tuvo que seguirlo sin mas remedio. El duende se veía igual que la ultima vez inteligente y desagradable; no era la primera vez que viajaría con él, la primera vez que fue con su madre a aquel banco tuvo la suerte de que él la llevara a la cámara, iba a una velocidad increíblemente rápida que llego a casi marearla. Pero después de tanto tiempo, viajando con diferentes duendes a la misma velocidad, se había acostumbrado.

Pero aquel no era el punto, Griphook la había asustado en el pasado. Aun podía recordar cuando le pregunto inocentemente, como solo una niña de seis años podría hacerlo, que pasaría si alguien se quedaba encerrado en alguna cámara. Su respuesta con toda la intención de asustarla:

—Entonces dentro de unos diez años, tal vez, encontraríamos su cuerpo—le dijo con una sonrisa maligna.

Mas que asustada en ese momento, aunque lo estuvo (sin demostrárselo), estaba sorprendida sobre que los duendes no revisaran constantemente las cámaras por si algo así ocurría. Pero como sabia, ellos los odiaban los magos y el sentimiento era mutuo.

Escucho a Griphook silbar y un carrito llego con rapidez a través de los railes, subió junto con los otros al carrito y se pusieron con marcha. Miro al alrededor para evitar aburrirse, por un momento creyó ver fuego, no estaba del todo segura. El carrito iba rápido y no pudo verificarlo, pero había visto como una llamarada roja. Seria posible que hubieran dragones en Gringotts, pero de ser así no lo sabría el ministerio, pero recordaba que los aquel banco estaba apartados del poder del ministerio, ya que los duendes no querían estar bajo el poder de un mago. Y pensándolo bien, ni un mago desearía estar bajo el poder de un gnomo.

La idea de que hubiera dragones en aquel lugar no le agradaba, si eran tan desagradables con las personas por que no lo serian con las pobres bestias magias que tuvieran en aquel lugar (si es que el rumor tenia alguna base real). Seguramente a su tío no le gustaría saber que los duendes utilizan dragones, el trabajaba con ellos pero al aire libre y siempre le recordaba a Artemis que los dragones fueran o no peligrosos debían vivir libres y aún así dado que la mayoría de los magos estarían dispuestos a matar a un dragón por sus beneficios mágicos, el tío Iván siempre terminaba diciendo que era mejor que estuvieran en cautiverio, un espacio al aire libre donde no nadie les hiciera daño.

Siguió observando el camino, había perdido la cuenta de cuantas veces habían doblando y hacía que lado lo habían hecho; el camino era muy engañoso. Por fin se detuvieron, en la bóveda Jones.

Su madre bajo, mientras Griphook abría la cámara. Observo desde el asiento algunas pinturas o baratijas que a su abuelo le gustaba adquirir, seguramente no tardaría en venir por ellas para adornar su casa.

—¿Te encuentras bien? —pregunto Harry.

Artemis estaba inclinada un poco hacia adelante fingiendo estar interesada en sus zapatos para evitar precisamente preguntas como esas.

—Estoy bien.

Hizo un gesto de restarle importancia y con una sonrisa en el rostro, Artemis odiaba aquellos caritos de Gringotts y su horrible velocidad.

—Bueno, ahora nos podría llevar a la cámara del señor Potter.

Una vez que su madre subió al carrito, regresaron a ponerse en movimiento. Descendiendo un poco mas, o eso fue lo que le pareció a Artemis. Pero tratándose de Gringotts nunca se podría estar segura por donde iban. Era demasiado engañoso, era por algo que era el banco mas seguro.

Cuando el carro por fin se detuvo, ante la pequeña puerta de la pared del pasillo, Artemis soltó un suspiro bajándose del carrito hasta quedar apoyada en la pared fría. El frio mármol se sintió tan bien contra su abochornada cara, por lo menos no le dieron ganas de vomitar eso hubiera sido vergonzoso.

—¿Todo bien, Artemis? —pregunto su madre que ya estaba a su lado.

—Todo bien, solo necesitaba volver a tierra firme o algo así.

—¿Segura? —Severus estaba ahí también, la niña asintió nuevamente despegándose de la pared regalando una sonrisa a todos—. Si tu lo dices.

Se giro hacia Harry quien también había bajado del carrito y esperaba detrás de ellos.

—Muy bien, señor Potter esta es su cámara—dijo Severus.

De la cámara salió un gran oleada de humo verde que los envolvió.

—Debe tener mucho tiempo que no se abría esta cámara—escucho el susurro de su madre.

Cuando se aclaro, Artemis puso ver en el interior grandes cantidades de montículos de monedas de oro, mentones de monedas de plata y montañas de pequeños knuts de bronce. Y varios objetos de gran valor, copas, pinturas, pergaminos, joyas, etc.

Wow. Nunca había visto una cámara como la de Harry, sus padres le habían dejado una buena fortuna con objetos de valor. Se preguntaba que podrían contener los pergaminos, sabia que la familia Malfoy poseía pergaminos históricos; esto por que Draco que se lo comento una vez.

Severus le explicaba a Harry el nombre de cada moneda, mientras guardaba el dinero en una pequeña bosa que luego él le entregaría a Harry. Aprovechando aquel momento que Harry no estaba cerca se giro a su madre.

—Él no tenia idea de la magia ni que era un mago —dijo a su madre—. ¿Por qué su familia muggle no se lo dijo? Entendí que la señora Dursley conocía de la condición de su hermana, Lily Potter.

—No escuchasteis por la puerta cuando Severus y yo entramos ¿verdad?

— No era necesario. Se escuchaban los gritos hasta afuera.

—Ninguna familia es perfecta, Artemis—le dijo su madre guiándola de nuevo al carrito—. Todas las familias tienen sus propios problemas.

—Draco y yo esperábamos algo diferente.

—¿Esperabas alguien mas heroico?—le dijo su madre sonriendo—. No es un héroe como los de los libros o películas, es solo un niño que va a ir a hogwarts como tu, a estudiar y tener una vida normal. Es solo famoso por un acontecimiento que ni el esperaba, sobrevivió por cosa del destino no por que logro vencer a Quien Tu Sabes en combate.

»Trátalo como alguien mas del montón, no como una celebridad. Sea lo que sea que paso aquella noche, él perdió mucho para estar vivo y no es algo que hay que celebrar.

Artemis asintió. Entonces sus acompañantes regresaron al carrito.

—Creo que será suficiente para el curso—dijo Snape—, si sabe administrarse podrá incluso comprarse una mascota.

—¿No te gustaría una lechuza, Harry?—dijo su madre que se volvió hacia Griphook—. Ahora, por favor, llévenos de regreso. ¿Y podemos ir un poco más despacio?

—Una sola velocidad —contestó Griphook.

Igual de agradable que una babosa, pensó Artemis mientras empezaban a ponerse en movimiento. Los brazos de su madre la rodearon, mientras su manos palmearon su rostro para asegurarse que estaba bien. De regreso alcanzo a ver a su padre enderezando a Harry quien se había asomado hacia un lado del carrito.

—Oh, Harry. No lo hagas, podrías caerte—le dijo su madre en tono dulce y preocupado.

Después de salir de Gringotts, decidieron que lo primero seria conseguir las túnicas.

—En lo que nosotros vemos las túnicas, Severus podrías ir a checar los libros. Te alcanzare en cuanto deje a estos dos con Madam Malkin.

—Por supuesto.

Artemis junto con su madre y Harry fueron hasta la tienda de Madame Malkin, que era una bruja sonriente y regordeta, vestida de color malva que los recibió muy animadamente.

—Abigail Jones, Bradley mejor dicho,un gusto verte de nuevo por aquí—dijo—. Y a tu adorable hija también, ¿quién es su acompañante?

—Solo un amigo.

Madame Malkin observo por un segundo a Harry, antes de regalarle una amplia sonrisa.

—Hogwarts ¿no? No se preocupen, se lo que necesitaran…—dijo al ver que Abigail observaba la lista de hogwarts—. Tengo muchos aquí… En realidad, otro muchacho se está probando ahora…

Artemis miro al otro niño, de rostro pálido, rubio platino sobre uno de los cascabeles. Con una sonrisa apareciendo en su rostro, se acerco a él junto con Harry y Madame Malkin.

—Linda túnica—dijo Artemis subiéndose al cascabel que le indicaron.

El muchacho rubio se giro sonriendo.

—Gracias… ¡Artemis!

—Que alegría verte—dijeron ambos y se rieron.

-¿Comprando?

—Así es—respondió Artemis antes de que una asistente de Madame Malkin le pasara por encima una larga túnica negra. Donde empezó a marca con alfileres el largo apropiado, como la otra bruja hacia con Draco y la misma Madame Malkin con Harry.

—Hola Draco, me alegra verte de nuevo—su madre se acerco hasta ellos.

—Señora, es un gusto volverla a ver—dijo inclinado la cabeza.

—Que encantador, estas mas alto ¿Tus padres donde están?

—Mi madre fue a arriba a ver las varitas y mi padre a comprar los libros.

—Entonces tal vez Severus se lo encuentre; Artemis, Harry, iré a alcanzar a Severus por los libros, no tardare.

—Si, mamá/señora.

Artemis se giro rápidamente hacia Draco. No aguantaba mas la emoción y deseaba ver la cara de póker que él pondría cuando le dijera quien estaba con ella. Por su parte Draco miraba al muchacho que acompañaba a su amiga, preguntándose quien podría ser.

—Draco, recuerdas que te platique que mi padre iría en una "misión", sobre ya-sabes-quien…

—¿El señor tenebroso? —Draco parecía desconcertado.

—No. El otro ya-sabes-quien.

—Te refieres a Ha…

—Si, me refiero a él—corto Artemis—. Como lo querías conocer, pues, te lo presento—señalo con la mano hacia el muchacho junto a ella—. Este es Harry Potter.

La cara de Draco no expresaba emoción, solo alzo las cejas pero Artemis estaba segura de que él no se había esperado aquello.

—Harry Potter, es un placer—dijo cuando se recupero de la impresión—. Soy Draco, Draco Malfoy.

—Igualmente—dijo estrechándole la mano.

—El famoso Harry Potter—dijo Draco sin creérselo—al parecer este año a asistirás a hogwarts con nosotros, el famoso Harry Potter en hogwarts, te imagine algo diferente…—Draco se giro a Artemis cuando esta le hizo una seña, y le indico con la mirada que no siguiera con eso—. Espero que seamos amigos.

Harry podía decir a simple vista que Draco tenia un semblante arrogante y altanero, aunque su tono de voz era amable y cortes.

—Digo lo mismo.

—Conozco a Draco desde hace unos años—le conto Artemis—, somos buenos amigos.

—¿Cómo se conocieron?

—Mi padrino—dijeron ambos.

Se sonrieron.

—Severus Snape es nuestro padrino—le explico Artemis—. Fue el quien me llevo a conocer a la familia de Draco.

—Y nos hicimos buenos amigos—continuo Draco enderezándose—. Casi hermanos, yo tengo que cuidar que ella no se meta en problemas. Después de todo seria como el hermano mayor.

—Técnicamente, yo soy mayor.

Draco hizo un gesto con la mano de restarle importancia a aquel detalle.

—¿Sabes a que casa quieres ir? —pregunto a Harry.

¿Casa? Harry no comprendió a que se refería así que solo contento con un: No.

—Hay tanto que tengo que contarte antes de que vayamos a hogwarts—le dijo Artemis—. Así que, adelante, pregunta.

Draco miro a ambos con la confusión escrita en su cara pálida y afilada.

—¿A que se refiere con lo de las casas?

—Sencillo—le respondió Artemis—. Son cuatro. Ravenclaw, Hufflepuff, Slytherin y Gryffindor. Son las casas que crearon los fundadores de hogwarts hace muchos años. Perteneceremos a una de ellas durante nuestra estancia en hogwarts.

—¿Podemos escoger ir a cualquiera?

—No. Nosotros no escogemos, eso dependerá de la decisión que se tome en la selección.

—¿Quién la tomara?

—No lo se. Ni mi mamá ni mi padrino ni mi tía ni nadie de los que conozco me han querido decir. Dicen que es para que me sorprenda…

Arrugo la nariz en un puchero antes de preguntarle a Draco:

—¿Te han dicho algo, Draco?

—Nada—contesto—. Tengo una duda…

—Se que vas a preguntar—Artemis suspiro—. Él fue criado por muggles, y no conoce mucho sobre …básicamente sobre nuestro mundo.

Draco hizo un gesto de entendimiento.

—Dirías que casi fue criado como un hijo de muggles—dijo.

—Exactamente, por un momento temí que era un squib.

—¡Por Merlín!—dijo Draco—. El Profeta hubiera hablado de ello durante todo un siglo.

Harry no entendía de que hablaban y cada vez mas se sentía como un completo tonto. Entonces Harry vio como Draco giro hacia él con una extraña mirada.

—Entonces parece que tenemos un grave problema—dijo Draco—. Es inaceptable que Harry Potter no sepa nada de nada. Tal vez nosotros podamos ponerlo al corriente.

Artemis alzo las ceja observándolo y Harry casi pudo leer la pregunta no realizada en su rostro. ¿Qué se suponía que estaba haciendo ella según Draco?

—Algo básico que debes saber es Quidditch.

—Por que no me sorprende que empieces con eso—dijo Artemis.

—Es el deporte favorito de todos—dijo Draco—. Todo el mundo ama el quidditch.

—Es como el futbol—dijo Harry imaginándose a un montón de magos en túnicas corriendo tras el balón.

—¿Fuf-fufbol? —le preguntaron al mismo tiempo casi con la misma cara de confusión. Harry sonrió internamente, le alegraba saber algo que a ellos desconocían.

—Es un deporte.. muggle —dijo Harry—. Donde los jugadores se pasan la pelota por el campo de juego hasta que alguien mete un gol en la porteria enemiga.

Artemis chasqueo los dedos.

—Ya recordé—dijo—. Es ese tonto juego muggle que nunca entendí, Fuftol.

—Es futbol—corrigió Harry.

—Alguien seria amable de explicarme—dijo Draco frunciendo el ceño claramente disgustado de no comprender.

—Te conté sobre ello—dijo Artemis rodando los ojos—. El juego donde todos corrían tras la pelota e intentaban meter un gol en la portería enemiga.

—¡Ese juego!—dijo Draco recordando—. Nunca le he encontrado chiste, que hay de divertido en correr tras una pelota. Esos muggles con sus juegos tan raros.

—Entonces ¿cómo se juega el quidditch? —pregunto Harry interesado.

—A diferencia de ese juego muggle, nosotros utilizamos escobas—Harry abrió ligeramente la boca sorprendido—. Se juega con cuatro pelotas, las dos primeras se llaman bludgers. Hay dos bateadores en cada equipo, con bates para golpear las bludgers y alejarlas de sus compañeros y arrojarlas al equipo contario para distraerlos o hacer que fallen un tiro. —Draco tomo aire antes de continuar—. La otra se llama quaffle, que es una pelota grande y roja, es con la que se marcan los goles. Tres cazadores en cada equipo se pasan la quaffle de uno a otro e intentan introducirla por los postes que están en el extremo del campo, tres postes largos con aros al final. La cuarta es la snitch dorada es muy pequeña, rápida y difícil de atrapar. Ésa es la misión de los buscadores, porque el juego del quidditch no finaliza hasta que se atrapa la snitch. Y el equipo cuyo buscador la haya atrapado gana ciento cincuenta puntos.

—Me encantaría jugar quidditch.

—En hogwarts es un juego muy popular, lo podrías ver ahí pero no jugarlo.

—¿Por qué?

—Los de primero tienen prohibido jugar quidditch o incluso llevar una escoba. Ridículo, te entiendo.

Artemis se rio.

—Es ridículo, Art. Ninguno de primero puede jugar quidditch. Es injusto y ridículo.

—A Draco le molesta esa regla, como ves cree que es tonta—le dijo Artemis.

—¿Por qué no dejan a los de primero jugar? —pregunto Harry.

Ambos se encogieron de hombros.

—Ni idea.

—¿Qué más saben sobre hogwarts?

—Es un gran castillo que colinda con un lago y un bosque.

—Dicen que hay un monstruo marino en el lago.

—Papá dijo que era un calamar y no era nada peligroso—comento Artemis.

—Pueden habitar otras criaturas en el lago, también hay fantasmas—añadió Draco—. Padre me conto sobre el de Slytherin, el Barón Sanguinario, dijo que trae cadenas, debe estar cumpliendo alguna penitencia pero no sabe cual y me advirtió que era mejor no preguntarle.

—Mis primos me dijeron que cada casa tiene su propio fantasma.—Cada vez mas se sorprendía Harry de lo que oía.—El de Hufflepuff es el Fraile el Gordo. La Dama Gris de Ravenclaw, esta Sir Nicolás que es el de Gryffindor y el Barón sanguinario de Slytherin como dijo Draco. De hecho, Clarisse me conto que un fantasma da clases—Harry abrió la boca sorprendido—, aunque me dijo que su clase puede ser aburrida. Derek solo dijo: «es un poco monótono, pero no es tan malo». Pero claro, Derek tiene un buen corazón Hufflepuff.

—¿Entonces si tienes un buen corazón vas a Hufflepuff?

Artemis se encogió en hombros.

—Padre dice que esa es la peor casa de hogwarts, pero claro, yo no pienso eso—dijo Draco observando a Artemis—. Para empezar ni siquiera se como se seleccionan a los alumnos.

—Mi mamá tiene un libro sobre la historia de los fundadores—dijo Artemis—. Cada fundador tenia una forma distinta de pensar y es por eso que cada uno apreciaba a distintos tipos de alumnos, buscaba en ellos una cualidad especifica para hacerlos pertenecer a sus casas.

—¿Cómo que cualidades buscaban? —pregunto Harry incluso Draco parecía interesado.

—Rowena Ravenclaw, buscaba a aquellos que como ella les encantara el estudio, que buscaran la sabiduría.

—Buscaba a cerebritos ¿no? —dedujo Draco.

—No los llamemos cerebritos, mi madre fue Ravenclaw.

—Oh lo siento.

—Esta bien. Salazar Slytherin apreciaba a aquellos alumnos que tenían ambiciones, y que utilizaran su inteligencia o astucia para lograr sus metas.

—En resumen ambiciosos—dijo Harry.

—No, personas con gran potencial—corrigió Draco con un tono arrogante.

Artemis asintió y continuo:

—Podría decirse. Mas que ambiciosos, buscaba a personas que tuvieran en mente lo que querían e intentaran obtenerlo.

—Y es por eso que Slytherin es la onda—dijo Draco—. Mis padres estudiaron ahí, de hecho…

—«Toda mi familia estudio ahí»—dijo Artemis rondando los ojos—. Para con ese rollo, creo que es mas que obvio ese detalle.

—No para Harry.

—¿Y que buscaban los otros fundadores? —dijo Harry, que hasta el momento no se sentía identificado con ninguna de las casas.

—Godric Gryffindor buscaba el valor y la osadía, apreciaba a los alumnos que no tenían miedo de enfrentar adversidades. Que tenían una gran valentía—Draco hizo un gesto de asco y Artemis le indico que no interrumpiera—. Helga Hufflepuff a diferencia de sus compañeros no buscaba algo en especial en los alumnos. Aceptaba a cualquier alumno que deseara aprender magia…

» Es por eso que algunos dicen que Hufflepuff es la casa de los perdedores. Por que Helga no buscaba algo que caracterizara en especial a sus alumnos. Aunque mi padrino comento que se han destacado por su trabajo duro y dedicación.

—Tal vez sea Hufflepuff—dijo Harry abatido.

—Nada de eso—dijo Draco—. Harry Potter no puede ser Hufflepuff, sin ofender a tu primo de Hufflepuff, Art, pero esa casa no mola. No mola nada. Seguramente Harry ira a Slytherin.

—Para ti no existe otra casa que no sea Slytherin—dijo Artemis.

Antes de que Draco pudiera replicar, Madam Malkin se acerco y dijo:

—Ya está listo lo tuyo, guapo… También lo tuyo, preciosa.

Artemis bajo del cascabel junto con el azabache, después se giro a Draco.

—Te veré en Hogwarts sino es que antes, Draco.

—Adiós, Draco—se despidió Harry—. Fue un gusto conocerte.

—Igualmente, espero verlos nuevamente.

Cuando ambos jóvenes salieron de la tienda, se encontraron con la señora Bradley y el profesor Snape con varios libros bajo los brazos, cada uno sosteniendo un gran helado(chocolate y frambuesa con trozos de nueces) que les entregaron nada mas al verlos.

Pasaron por mas tiendas para comprar lo que faltaba en la lista. Compraron pergaminos, plumas, y los calderos. Impidieron algunas veces que Harry compraba algo que no se necesitaba, como un caldero de oro que intento comprar, en la lista decía de petrel. Pero pudieron comprar un a hermosa balanza. Hasta un poco de ropa para un mago decente, un par de botas de piel de dragón cuando se detuvieron en una tienda.

—¿Te gustarían a ti también un par, Harry? —Abigail le pregunto con una sonrisa.

—Claro.

Seria mejor que los zapatos que en aquel momento usaba, eran viejos y algo grandes para él.

—¿Artemis, por que los magos usan solo botas?—pregunto Harry cuando se fijo que la mayoría de los zapatos eran botas, había uno que otro zapato en la tienda pero era casi raro.

—Creo que por que son mas cómodos y mas prácticos—dijo Artemis mientras miraba como le quedaban unos botines negros, de cintas doradas—. Hay quien dice que es por que son mejores para hacer magia.

Ambos salieron de la tienda con sus botas nuevas, mientras Abigail y S hablaban.

—Sólo falta la varita—dijo la señora Bradley—. Pero tenemos tiempo para ir a ver las mascotas antes, ¿qué dice?

—Vamos—dijo Artemis—. Yo quiero una lechuza—se giro a Harry—. Las lechuzas son geniales. Los sapos pasaron de moda hace años y los gatos son lindos pero las lechuzas son mas utiles si quieres enviar una carta o cualquier cosa.

Durante su camino se separaron, Severus se llevo a Harry al mismo tiempo que Artemis y su madre tomaron otro rumbo. Entraron en una tienda de mascotas. No había mucho espacio dentro. Hasta el último centímetro de la pared estaba cubierto por jaulas. Olía fuerte y había mucho ruido, porque los ocupantes de las jaulas chillaban, graznaban, silbaban o parloteaban.

—¿Qué hacemos aquí?¿Creí que iríamos al Emporio de la lechuza?

—Cambio de planes. Tengo una sorpresa, seguro te encantara. Disculpad, soy Abigail Bradley, mi padre arreglo un asunto con usted hace días para que trajeran un encargo especial.

—¿Me puede decir a nombre de quien esta?

—Claro, Edward Jones.

—Aquí, esta. Usted debe ser Abigail Bradley, su hija. El dijo que usted vendría por el…Ya esta pagado—dijo la bruja de gafas oscuras levantando la mirada del portapapeles—. Como estaba previsto llego a primera hora de la mañana. Se dificulto un poco encontrar el pedido, no es frecuente este tipo de mascotas, pero aquí esta.

—¿Qué encargo?

—En un momento lo sabrás, Artemis.

—Firme aquí ... Ok, espera un minuto.

La bruja regreso con una jaula en la que dentro había un hurón de color negro, aunque en su cara parecía tener una franja negra rodeada de blanco. Ella no lo podía creer mientras su madre le informo que era para ella. Ambas abrazan, antes de que la joven concentrara toda su atención en su nueva mascota.

—Por lo que me informaron es un hurón muy inteligente y juguetón, será un buen compañero. Aparecerse y desaparecerse es lo mejor que sabe hacer.

Cuando salieron de la tienda se dirigieron al emporio de la lechuza para reunirse con sus acompañantes, aunque en el camino se detuvieron a comprar un obsequio para Harry.

—Enserio no debieron molestarse.

—No es ninguna molestia, Harry. Te encantaran, son unos dulces deliciosos, dulces de hielo de coco—le dijo la señora Bradley.

—Gracias.

—Bonita Lechuza, Harry.

Artemis observo la gran jaula con una hermosa lechuza blanca, medio dormida, con la cabeza debajo de un ala.

—Digo lo mismo de tu hurón.

—Lindo ¿no?

—Pero yo creía que sólo se podía llevar búhos, ranas o gatos a Hogwarts.

—No es una regla, es mas una sugerencia, señor Potter—dijo Severus—. Si son animales fáciles de cuidar y no son muy grandes, uno puede llevarlo.

Los ojos de Artemis se iluminaron cuando su madre anuncio que irían a Ollivander; por fin después de tanta espera, llegaba lo que había querido comprar desde el principio: la varita. Fueron a la ultima tienda, era estrecha y de mal aspecto. Sobre la puerta en letras doradas se leía: «Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a.C.». En el polvoriento escaparate, sobre un cojín de desteñido color púrpura, se veía una única varita. Cuando entraron, una campanilla resonó en el fondo de la tienda. Era un lugar pequeño y vacío, salvo por una silla larguirucha donde Hagrid se sentó a esperar, le había ofrecido antes la silla a Abigail pero esta lo rechazo. Artemis sonreía viendo el lugar que era algo extraño, había miles de cajas, amontonadas cuidadosamente hasta el techo.

—Buenas tardes —dijo una voz amable. Todo se sobresaltaron, tanto que su madre se levantó rápidamente de la silla.

Un anciano estaba ante ellos; sus ojos, grandes y pálidos, brillaban como lunas en la penumbra del local. Artemis sintió la mano de su padre en su espalda, que la empujo levemente hacia delante. Vio la sonrisa de animos en su rostro.

—Buenos días—hablo Artemis decidida, mirando a aquel hombre de ojos grandes y pálidos, que brillaban como lunas en la penumbra local.

—Así, señorita..

— Artemis Jones, es un gusto conocerlo, señor Ollivander.

—Un gusto, Artemis Jones… Tiene unos hermosos ojos azules, pocas veces he tenido el gusto de ver unos ojos como los suyos, la ultimas ve vi un par de ojos iguales eran un padre y una hija, Pollux y Walburga Black, vinieron a comprar en este mismo lugar una varita. ¿No estas relacionado con ellos?

—No lo creo.

—¿Enserio? Oh, bueno… Una varita es lo que vino comprar ¿no? Recuerdo cuando tu madre vino a comprar la suya junto con su hermana, ambas varitas muy diferentes. Tu tía Rebekah prefirió una de roble rojo. Flexible, corazón de dragón y veinte centímetros, perfecta para duelos. En cambio tu madre por otra parte prefirió una de madera de sauce. Veinticinco centímetros, pelos de unicornio, flexible y bonita…¿No es así, Abigail Jones o Bradley, ahora?, me alegra verla de nuevo.

—Bradley. Y no se equivoco con ninguna de las dos varitas.

—Debe tener una buena memoria para recordar las varitas—le dijo Artemis.

—Oh, claro que si. Nunca olvido ninguna varita que he vendido ni menos a que mago o bruja se la vendo…Pero ahora usted debe recordad esto, la varita es la que escoge al mago o bruja.

—¿No es al revés?

—Nada de eso. La varita es quien escoge a su dueño, recuerde eso. Entonces…—saco una cinta métrica con marcas plateadas.—¿Con qué brazo coges la varita?

—Derecha.

—Extiende tu brazo. Eso es. —Midió a Artemis del hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza. Mientras medía, dijo—: Cada varita Ollivander tiene un núcleo central de una poderosa sustancia mágica, Artemis. Utilizamos pelos de unicornio, plumas de cola de fénix y nervios de corazón de dragón. No hay dos varitas Ollivander iguales, como no hay dos unicornios, dragones o aves fénix iguales. Y, por supuesto, nunca obtendrás tan buenos resultados con la varita de otro mago.

De pronto, Artemis sintió la cinta métrica midiendo entre las fosas nasales, mientras el señor Ollivander estaba revoloteando entre los estantes, sacando cajas.

—Esto ya está —dijo, y la cinta métrica se enrolló en el suelo—. Bien, Artemis prueba ésta. Olmo, pelo de unicornio, veintiséis centímetros. Flexible. Cógela y agítala.

Agito la varita pero Ollivander se la quito un segundo después.

—Pícea, Ocho pulgadas, pluma de fénix. Duro, pero muy bien. Prueba esto.

Pero también se la quito. ¿Que era lo que buscaba el señor Ollivander? No lo sabía, por que algo debía de buscar sino por que le hubiera quitado las dos varitas anteriores después de agitarlas.

—Serbal, veintiocho centímetros, pelos de unicornio. Elástica.

Nada. El señor Ollivander metido por un minuto antes de ir por otra varita.

—Mmm…¿por que no? Nada se pierde con intentar, si creo que si… y parece perfecta.

Ollivander utilizo una escalera para buscar entre las cajas de arriba. Parecía que había estado ahí un buen tiempo, por que Ollivander le sacudió un poco de polvo.

—Acacia, veintisiete centímetros y medio, núcleo nervios de dragón. Flexible y bonita. Intenta con esta—le tendió la varita. En cuanto la tomo sintió un súbito calor recorrerle los dedos como una descarga eléctrica. Levantó la varita sobre su cabeza, la hizo bajar por el aire polvoriento, y una corriente de chispas rojas estallaron en la punta como fuegos artificiales, arrojando manchas de luz rojas que bailaban en las paredes. La joven se giro a sus padres quien le sonreía orgullosa y cálidamente.

—¡Bravo! Una excelente varita se lleva usted… madera de acacia, una de las mejores maderas para las varitas. Si, no muchos magos o brujas pueden decir que tienen una varita como la suya.

—¿A que se refiere con eso?

—Hay ciertas varitas como la suya, señorita Artemis, que son muy exigentes y eso dificultad encontrarles un dueño. Y las que están hechas de acacia son una de ellas, solo tenga unas cuantas varitas de esta madera por lo mismo. Pero parece que esta ha encontrado a su dueña.

De nuevo hablaba como si la varita tuviera vida. Simplemente, Artemis le sonrió en respuesta. Ollivander coloco de nuevo la varita en la caja y la envolvió en papel de embalar, mientras Artemis le dio los siete galeones y tomo su varita. Observando la caja envuelta, maravillada por que ahí estaba su varita; su varita. Cuanto deseaba poder usarla.

Abigail le hizo una señal a Harry con las manos para que se adelantara.

—Hola —dijo Harry con torpeza.

—Ah, sí —dijo el hombre—. Sí, sí, pensaba que iba a verte pronto. Harry Potter. —No era una pregunta—. Tienes los ojos de tu madre. Parece que fue ayer el día en que ella vino aquí, a comprar su primera varita. Veintiséis centímetros de largo, elástica, de sauce. Una preciosa varita para encantamientos.—El señor Ollivander se acercó a Harry. Artemis vio se acerco casi hasta quedar nariz contra nariz.—Tu padre, por otra parte, prefirió una varita de caoba. Veintiocho centímetros y medio. Flexible. Un poquito más poderosa y excelente para transformaciones. Bueno, he dicho que tu padre la prefirió, pero en realidad es la varita la que elige al mago…Y aquí es donde…—el señor Ollivander tocó la luminosa cicatriz de la frente de Harry, con un largo dedo blanco. Artemis cerro la boca cuando se dio cuenta que la tenia abierta, después de todo el rumor de la cicatriz era cierta—Lamento decir que yo vendí la varita que hizo eso — dijo amablemente—. Treinta y cuatro centímetros y cuarto. Una varita poderosa, muy poderosa, y en las manos equivocadas…Bueno, si hubiera sabido lo que esa varita iba a hacer en el mundo…

Negó con la cabeza y entonces, fijó su atención en Severus.

—¡Severus Snape! Me alegro de verlo otra vez… Madera de pino negro y núcleo de nervio de corazón de dragón.

—Así era, me impresiona su memoria.

—Nunca olvido una varita, Severus—dijo el señor Ollivander—. Bueno, ahora, Harry… Déjame ver. ¿Con qué brazo coges la varita?

—Eh… bien, soy diestro —respondió Harry.

Repitió lo mismo que hizo con Artemis, para después ir en busca de una varita y regresar para enrollar la cinta métrica.

—Bien, Harry. Prueba ésta. Madera de haya y nervios de corazón de dragón. Veintitrés centímetros. Bonita y flexible. Cógela y agítala.

Artemis vio a Harry coger la varita y agitarla, pero el señor Ollivander se la quitó casi de inmediato.

—Arce y pluma de fénix. Diecisiete centímetros y cuarto. Muy elástica. Prueba…

Harry probó, pero tan pronto como levantó el brazo el señor Ollivander se la quitó.

—No, no…Ésta. Ébano y pelo de unicornio, veintiún centímetros y medio. Elástica. Vamos, vamos, inténtalo.

Harry lo intentó. Las varitas ya probadas, que estaban sobre la silla, aumentaban por momentos, pero cuantas más varitas sacaba el señor Ollivander, más contento parecía estar.

—Creo que tu has impuesto un record, Harry—le dijo Artemis.

Harry se encogió de hombros.

—Qué cliente tan difícil, ¿no? No te preocupes, encontraremos a tu pareja perfecta por aquí, en algún lado. Me pregunto…sí, por qué no, una combinación poco usual, acebo y pluma de fénix, veintiocho centímetros, bonita y flexible.

Artemis vio como Harry agito la varita y como de esta arrojo como ella chispas rojas.

—Por fin, Harry—le dijo la joven aplaudiendo como su madre. Mientras Severus se mantenía una expresión seria en el muchacho.

El señor Ollivander dijo:

—¡Oh, bravo! Oh, sí, oh, muy bien. Bien, bien, bien…Qué curioso…Realmente qué curioso…

Puso la varita en su caja para después envolverla. Pero aun murmuraba: «Curioso…muy curioso».

—Perdón —dijo Harry—. Pero ¿qué es tan curioso?

El señor Ollivander fijó en Harry su mirada pálida, mientras Artemis presto atención también ella quería saber.

—Como seguro ya escucho, recuerdo cada varita que he vendido. Cada una de las varitas. Y resulta que la cola de fénix de donde salió la pluma que está en tu varita dio otra pluma, sólo una más. Y realmente es muy curioso que estuvieras destinado a esa varita, cuando fue su hermana la que te hizo esa cicatriz.

—Sí, veintiocho centímetros. Ajá. Realmente curioso cómo suceden estas cosas. La varita escoge al mago, recuérdalo… Creo que debemos esperar grandes cosas de ti, Harry Potter… Después de todo, El-que-no-debe-ser- nombrado hizo grandes cosas… Terribles, sí, pero grandiosas.

Artemis se estremeció tomando de la mano a su padre, que le apretó la mano para tranquilizarla. La joven no podía pensar como Ollivander creía que Voldemort había hecho cosas terribles, pero grandiosas. No estaba seguro de que el señor Ollivander le gustara mucho. Una vez que Harry pagó los siete galeones, el señor Ollivander los acompañó hasta la puerta de su tienda.

Al atardecer, con el sol muy bajo en el cielo, emprendieron su camino otra vez por el callejón Diagon, a través de la pared y de nuevo por el Caldero Chorreante, ya vacío a excecion por una persona que Snape reconocio.

—Quirrell.

—Seve-verus—dijo el hombre con turbante—. Me ale-gra ve-verte.

Sin embargo Snape no parecia igual de feliz de verle. Hizo las presentaciones adecuadas sin dejar de mirar a Quirrel con sumo cuidado.

—P-P-Potter —tartamudeó el profesor Quirrell, apretando la mano de Harry—. N-no pue-e-do decirte l-lo contento que-e estoy de co-conocerte.

—¿Qué clase de magia enseña usted, profesor Quirrell?

—D-Defensa Contra las Artes O-Oscuras —murmuró el profesor Quirrell, como si no quisiera pensar en ello—. N-no es al-algo que t-tú n-necesites, ¿verdad, P-Potter? —Soltó una risa nerviosa—. Termi-minasteis de reunir el e-equipo, s-supongo. Yo acabo de c-comprar otro l-libro de va- vampiros. —Pareció aterrorizado ante la simple mención.

No hablaron mucho con el profesor Quirrell ya que Snape los apresuro a irse antes de que se hiciera mas tarde. Y salieron por la puerta hacia el mundo muggle.

—¿Qué le pasa al profesor Quirrell, profesor Snape? El es así…—dijo Harry.

—El profesor Quirrell—el profesor Snape medito antes de decir: — Ha estado habitualmente nervioso. Estaba bien mientras estudiaba esos libros de vampiros, pero entonces cogió un año de vacaciones, para tener experiencias directas... Dicen que encontró vampiros en la Selva Negra y que tuvo un desagradable problema con una hechicera... Y desde entonces no es el mismo. Se asusta de los alumnos, tiene miedo de su propia asignatura... En lo personal, el profesor Dumbledore no debió dejarlo regresar.

—No digas eso, Severus—dijo Abigail—. El pobre hombre tiene problemas, solo necesita ayuda. Seguro que tuvo una muy mala experiencia, si dices que actúa así desde que regreso.

Hmp.

—¿Qué ocurre, Harry? —le pregunto Artemis cuando se percato de la extraña mirada que tenia.

—Nada.

—Bueno, deben tener hambre, ha sido un largo día—dijo Abigail.

Tomaron un autobús que pasaría por la avenida Mallory, la señora Bradley había decidido que lo mejor seria ir a su casa para que todos descansaran sin preocupaciones con una buena comida casera. A pesar de estar en el asiento cruzando el pasillo, Artemis le hablaba en el camino lo emocionada que estaba por ir a hogwarts y aprender un montón de hechizos (incluso menciono algunos que había escuchado), aquello capto la atención de Harry, que hasta ese momento se mantuvo en silencio.

—¿No sabes hacer magia?

—Que va—dijo Artemis en un suspiro—. No se nada, es por eso que existe hogwarts.

Eso hizo sentir mas aliviado a Harry. Después del trato que recibió por parte de toda esa gente del Caldero Chorreante, del profesor Quirrell y el señor Ollivander; que lo trataron como si Harry estuviera destinado a hacer grandes cosas cuando no sabia nada de magia ni del mundo que acaba de descubrir.

—Ambos aprenderán muchas cosas en hogwarts—dijo la señora Bradley regalándole una sonrisa bondadosa sentada a su lado—. Todos llegan a hogwarts siendo principiantes, para cuando regresen a casa al terminar el año, serán todos unos expertos. Solo hay que tener confianza en uno mismo.

La señora Bradley hizo un gesto que Harry nunca se espero, le acaricio el rostro como una madre lo haría con su hijo, fue algo muy extraño para él, que no estaba acostumbrado a ese tipo de caricias.

—Yo estoy segura—dijo Artemis mirando al profesor Snape—, que seré la mejor en pociones.

—Esperemos eso, no quisiera darte una mala nota al final de año.

—¿Usted imparte pociones, profesor? —pregunto Harry,

—Así es, señor Potter—contesto Snape sentado al lado de Artemis—. Yo me especializo en pociones.

—¿Es muy difícil? —pregunto Artemis, y Harry agradeció que lo hiciera.

—Pociones es una materia difícil—afirmo Snape—. Habrá muy poco de estúpidos movimientos de varita y la mayoría de sus compañeros dudaran que sea magia. No espero que todos lleguéis a entender la belleza de un caldero hirviendo suavemente, con sus vapores relucientes, el delicado poder de los líquidos que se deslizan a través de las venas humanas, hechizando la mente, engañando los sentidos… Puedo enseñarles cómo embotellar la fama, preparar la gloria, hasta detener la muerte... si sois algo más que los alcornoques a los que habitualmente tengo que enseñar.

—Un hermoso discurso—dijo la señora Bradley—. Pero quedo arruinado con la utlima parte.

—La mayoria de mis estudiantes son unos alcornoques—declaro Snape—. No es mi culpa que tenga un mal concepto de ellos.

—Yo no sere una alcornoque—dijo Artemis mirandolo fijamente y con una voz decidida.

—Yo asumo que no—dijo Snape—. Todo depende de la disciplina de uno mismo para aprender. Si pones de tu parte, Artemis, seguramente seras mi mejor alumna.

—Lo sere—Harry sonrio ante la seguridad de las palabras de Artemis—. Yo seré la mejor en Pociones—dijo Artemis sonriendo con gran confianza—. Estoy segura de que tengo la disciplina necesaria y de no tenerla, la adquiriría.

—Ese es el tipo de alumnos a los que me gusta enseñar, aquellos que se ponen una meta para alcanzar y que trabajen duro.

El profesor Snape sonrió en aprobación a Artemis y Harry estuvo casi seguro de que el profesor tenia grandes expectativas con respecto a ella.

—Seguramente tu también serás un alumno, Harry—la señora Bradley le animo.

—Si, yo también pondré todo mi esfuerzo para lograrlo.

—Nos ira bien en hogwarts, Harry. Ya lo veraz—le aseguro Artemis sonriéndole.

—Dedicacion es todo lo que se necesita, sin importar que uno tenga altos y bajos. Nadie es perfecto, debe recordar eso—dijo la señora Bradley sonriendoles a ambos.

Cuando llegaron por fin llegaron a Mallory, bajaron en la antepenúltima parada que había en aquella calle y solo tuvieron que caminar una cuadra. Harry pudo ver la gran diferencia entre Mallory y Privet Drive las casas ahí no eran iguales, algunas eran mas altas o mas anchas, de diferentes tonos y otras estaban mas pegadas o tenían amplios patios; incluso había tiendas de todo tipo a lo largo de las calles.

La casa de Artemis era de un tono crema rodeada de una reja blanca, tenia un pequeño patio al frente con un sinfín de flores; dentro la casa era un poco mas colorida, de un tono amarillo claro y las cosas no parecían tan ordenadas como Harry espero, su tía Petunia odiaba el desorden. Había retratos inclinados, Harry supuso que lo habían puesto de esa forma a propósito y…

Escucho voces en el salón y se pregunto quienes podrían ser.

—¿Esperabas a alguien? —pregunto el profesor Snape.

—No, a nadie—dijo la señora Bradley sacando la varita de su bolso.

Con cautela se entraron al salón detrás de los dos adultos armados con sus varitas, Harry se pregunto si aquello podría asustar a ladrones que no tenían idea sobre lo que realmente ese pedazo de madera pudiera hacer, supuso que no. Las voces cesaron y Harry vio algunas cabelleras pelirrojas, rubias y morenas que los observaban.

—Hola—saludo Artemis sonriendo.

Como si lo hubieran ensayado todos le regresaron el saludo uno tras otro.

—Aby estas en casa—una mujer acaba de salir de otra habitación y de no ser por el corte de cabello y el color de los ojos, Harry hubiera pensado que era la señora Bradley—. Olvide decirte que hoy llegarían papá y mamá con Iván y su familia.