El sol había vuelto a brillar débilmente sobre Hogwarts. Dentro del castillo, la gente parecía más optimista. No había vuelto a haber ataques después del cometido contra Justin y Nick Casi Decapitado, y a la señora Pomfrey le encantó anunciar que las mandrágoras se estaban volviendo taciturnas y reservadas, lo que quería decir que rápidamente dejarían atrás la infancia.

La calma que precede a la tormenta, pensó Artemis. Nadie en hogwarts estaría a salvo mientras el diario no fuera destruido. Aunque a pesar de todo no podía dejar de alegrarse al ver como los demás se paseaban por los corredores del castillo sin preocuparse quien seria el próximo petrificado.

No todos gozaban de esa calma. Ernie Macmillan, de Hufflepuff, no era tan optimista. Seguía convencido de que Harry era el culpable y que se había delatado en el club de duelo. Peeves no era precisamente una ayuda, pues iba por los abarrotados corredores saltando y cantando: «¡Oh, Potter, eres un zote, estás podrido...!», pero ahora además interpretando un baile al ritmo de la canción. Y a pesar de todo, los alumnos de hogwarts parecían tranquilos y con mas animo, Artemis solo deseaba que las cosas siguieran así y, para ello, debía quitarle el diario a Harry.

Su oportunidad para quitarle el diario llego durante una tarde, cuando ni Harry ni Draco estaban en su habitación por un entrenamiento de quidditch al cual Artemis decidió faltar, su asistencia a los entrenamientos no era necesaria. Flint no la quería en el equipo y lo había dejado en claro, desde el principio. En la habitación solo estaban Crabbe y Goyle, había escuchado a Blaise decir que iría a la biblioteca con Nott.

—Eh, chicos—dijo tocando la puerta antes de entrar—. He oído decir que en la cena van a servir pastelillos y otros dulces.

Tanto Crabbe y Goyle dejaron de hacer lo que estaban haciendo, levantándose de su lugar.

—¿Enserio? —dijo Crabbe en tono esperanzado.

—Deben apresurarse para ser de los primeros—dijo Artemis apartándose para dejarlos pasar. No se molesto en esperar a que se alejaran, ninguno de ellos le prestaba atención y tenían bastante prisa en llegar al gran comedor.

La habitación de los chicos no era diferentes del de las chicas, las camas eran iguales, las mismas ventanas, las paredes forradas con las imágenes de diferentes magos y brujas, y también había una puerta lateral que llevaba al baño. Busco la cama de Harry. Reviso los cajones de el baúl de la cómoda junto a su cama para luego revirar su baúl, intentando desacomodar lo menos posible, hasta que dio con el diario. Tenerlo otra vez en su posesión fue un gran alivio pero a la vez, el sentimiento de miedo y desesperación regresaba. No había forma de destruir a Tom y temía que alguien la descubriera como también temía, que Tom intentara utilizar a Harry para sus horribles planes. Solo la noche anterior Harry había descubierto como funcionaba el diario, luego de que a Draco se le derramara un poco de tinta en las paginas del diario, que desaparecieron sin dejar rastro; y por lo que le conto Harry, Tom le mostro el recuerdo donde Hagrid resulta ser el culpable. Cuando se entero de ello en la mañana, no dudo en arriesgarse a robarle el diario. No sabia que tramaba Tom con aquello, dado que a Artemis tardo meses en revelarle sobre el supuesto heredero de Slytherin, fuera lo que fuera, Tom estaba ahora de nuevo en sus manos. Lo guardo en la túnica, y salió rápidamente del dormitorio de los chicos; todavía pensado la forma en como destruir a Tom.


Había sido una tonta, Artemis se reclama. Nunca debió volver a abrir ese maldito diario ni a escribirle a Tom; pero no había entendido la actitud de este con Harry y había decidido averiguar que era lo que Tom había querido hacer con Harry. Lamentablemente Tom la descubrió cuando le escribió fingiendo ser Harry, después de eso, todo estaba en blanco. Estaba tirada en el baño de Myrtle, frente a los lavados y no recordaba como llego hasta ahí.

—Por fin depiertas.

Artemis se sobresalto, pero solo era Myrtle, que flotaba sobre ella.

—¿Cuánto tiempo he estado…?

—Como veinte minutos—dijo el fantasma—. ¿Y por que estabas dormida en mi baño? Acaso Smith volvio a humillarte.

Zacharias Smith era una de las cosas que menos le importaban en ese momento a Artemis. Se levanto, dando una rápida despedida a Myrtle que no dejo de gritarle lo rara que se estaba volviendo su actitud. Al llegar a la sala común, se sorprendió de verla totalmente abarrota pero al mismo tiempo era una ventaja, nadie notaria que acaba de llegar. Sin embargo, no pudo dejar de darle vueltas al asunto, todo el mundo parecía sumergido en sus discusiones, con desconcierto, desilusión o miedo.

—¡Artemis!

Habia estado dando vueltas por la sala comun, intentando averiguar a que se debia aquello, esperando que sus temores no se confirmaran. Hasta que se topo con Pansy que estaba en uno de los sillones con el resto de sus compañeros de año.

—¿Dónde estabas? —pregunto Pansy, pero no le dio tiempo de responder—. Esto se ha vuelto un caos. No entiendo por que la profesora McGonagall nos envio de regreso a todos sin decirnos que ocurrria.

—Seguro es otra petrificación—dijo Theodore—. No hay otra razon para que cancelaran el partido y nos enviaran a nuestras salas comunes.

—Me pregunto quien fue la siguiente victima—dijo Daphne con lastima—. Sera que esta vez, vengan aurores a resolver este problema.

—No estoy seguro sobre ello—dijo Blaise pensativo—. Pero de lo que si puedo estar seguro, es sobre quien fue la siguiente victima del heredero.

Todos lo voltearon a verlo con sorpresa, Artemis con un poco de miedo de la respuesta. Sus miedos se confirmaron cuando Blaise evito su mirada y en voz baja dijo:

—Hermione Granger.

—Eres un tarado, Blaise—dijo Pansy colocando una mano en el hombro de Artemis—. No juegues con eso. Eso no es divertido, como puedes estar seguro que fue Granger.

—Por que vi como la profesora McGonagall se llevaba a Harry y a Draco del campo de quidditch, luego de enviarnos a todos a las sala comunes—dijo Blaise aún evitando la mirada de Artemis—. Es obvio que ocurrió otra petrificación, y es sospechoso que la profesora McGonagall se llevara a Harry y a Draco.

—Tal vez creen que ellos son los culpables—dijo Millicent con voz insegura—. Filch intentaba pillarlos, recuerden lo que dijo Draco.

—Ellos estuvieron a la vista pública todo el tiempo—dijo Theodore—. Los vimos en el comedor, de camino al campo de juego y estuvieron con el resto del equipo en los vestidores…

Theodore le dio una mirada de consolación a Artemis mientras decía:

—No creo que los llamaran para acusarlos, sino para informarles, sobre quien fue petrificado.

—Artemis a donde vas…

—Detente, Rayza, puede ser un error.

Pero Artemis no se detuvo, sin importarle nada salió de la sala común y se dirigió a la enfermería a toda prisa. Tenia que saber la verdad, tenia que saber si por su culpa, Hermione había pagado las consecuencias. Filch la intento detener, pero ni siquiera el pudo seguirle el paso, cuando doblo corriendo el pasillo a la enfermería. Las puertas se abrieron antes que llegaran, dejando ver a Snape acompañado de Harry y Draco.

—¿Que haces aquí…?

Ignorando a Snape, entro a la enfermería hasta que sus ojos localizaron lo que buscaba. Tendida obre una cama, estaba Hermione, tiesa como una estatua con los ojos abiertos y vidriosos. Y de rodillas cayo ante su cama llorando, la profesora McGonagall que estaba junto a Hermione la intento tranquilizar junto con Snape, pero al final, la señora Pomfrey tuvo que darle algo para que se tranquilizara y se durmiera. Vio a Draco y a Harry observándola desde lo lejos, con miradas idénticas, llenas de empatía y compasión cuando debían estar llenas de odio y rabia; ella había sido la culpable de lo ocurrido a Hermione. Cuando despertó durante la tarde, observo que Hermione no había sido la única petrificada, también una chica de cabello largo y rizado, y…

¡Neville! Artemis no podía creer lo que veía, se tapo la boca para ahogar el grito que broto de su garganta al ver a su regordete amigo, en una cama junto a Hermione. Y al apartar la vista de ellos, se topo con algo mucho peor, que la hizo levantarse de su cama para confirmar lo que sus ojos se negaban a creer. En una de las camas, yacía la dulce y tierna Megan, inmóvil y con el terror pintado en su rostro.

Era la peor persona del mundo. Sus tonterías habían llevado a sus amigos y a su propia prima a ser petrificados.

Pomfrey apareció para tranquilizarla nuevamente, ofreciéndole algo de color blanco como la leche para beber. La profesora McGonagall se pareció mientras almorzaba ante la mirada atenta de Pomfrey, que se alejo para dejarla con la subdirectora. La profesora McGonagall solo quería preguntarle si sabia el motivo por le cual Hermione andaría vagando la biblioteca antes del partido y por que llevaba con ella un espejo; o por que Megan estaría en un solitario pasillo cerca de la biblioteca. Artemis no sabia la repuestas a sus preguntas, pero decidió confesar la verdad antes de lastimar a mas personas queridas.

—…Profesora, es mi culpa…es mi culpa lo que le ocurrió a Hermione, a Megan, a Neville y al resto es mi culpa—estallo en llanto—. Es mi culpa, profesora…

—Por favor, no diga eso—dijo la profesora intentando tranquilizarla—. Tranquilícese, señorita Artemis.

—Terminaron petrificados por mi culpa…es mi culpa, fue el diario…el maldito diario es el culpable, pero lo ayude…todo es mi culpa…—balbuceaba Artemis—. Yo petrifique a Megan…a mi prima…

Y la señora Pomfrey la volvió a hacer dormir, lo ultimo que escucho es como esta le decía a la profesora McGonagall el estado de shock en el que estaba.


—Tenemos que visitar a Hagrid, no creo que sea el culpable, pero debe saber algo—dijo Harry sentando en su cama—. Si fue el quien liberó la bestia la última vez, también sabrá llegar hasta la Cámara de los Secretos, y algo es algo.

—Dime, genio—dijo Draco desde su cama, donde fingía leer un libro, había estado leyendo la misma pagina durante veinte minutos—. Como lograremos salir de este castillo, que estará siendo vigilado aún mas que antes.

—Creo —dijo Harry, en voz todavía más baja— que ha llegado ya el momento de volver a sacar la vieja capa de mi padre.

Harry sólo había heredado una cosa de su padre: una capa larga y plateada para hacerse invisible. Era su única posibilidad para salir a hurtadillas del colegio y visitar a Hagrid sin que nadie se enterara. Fueron a cama a la hora habitual, esperaron a que Blaise y Zabini hubieran dejado de hablar sobre la Cámara de los Secretos y se durmieran, y entonces se levantaron, volvieron a vestirse y se cubrieron con la capa.

El recorrido por los corredores oscuros del castillo no fue en absoluto agradable. Harry, que ya en ocasiones anteriores había caminado por allí de noche, no lo había visto nunca, después de la puesta del sol, tan lleno de gente: profesores, prefectos y fantasmas circulaban por los corredores en parejas, buscando cualquier detalle sospechoso. Como, a pesar de llevar la capa invisible, hacían el mismo ruido de siempre, hubo un instante especialmente tenso cuando Draco se dio un golpe en un dedo del pie, y estaban muy cerca del lugar en que Snape montaba guardia. Afortunadamente, Snape estornudó en el momento preciso en que Draco gritó. Cuando finalmente alcanzaron la puerta principal de roble y la abrieron con cuidado, suspiraron aliviados.

Era una noche clara y estrellada. Avanzaron con rapidez guiándose por la luz de las ventanas de la cabaña de Hagrid, y no se desprendieron de la capa hasta que hubieron llegado ante la puerta.

Unos segundos después de llamar, Hagrid les abrió. Les apuntaba con una ballesta, y Fang, el perro jabalinero, ladraba furiosamente detrás de él.

—¡Ah! —dijo, bajando el arma y mirándolos—. ¿Qué hacéis aquí los dos? —¿Para qué es eso? —preguntó Harry, señalando la ballesta al entrar. —Nada, nada... —susurró Hagrid—. Estaba esperando... No importa... Sentaos,

prepararé té. Artemis es seguro salir.

Tanto Harry como Draco se sorprendieron de ver a Artemis ahí, abrigándose solo con una capa sobre su pijama.

—¿Qué hacen aquí?

—Lo mismo podemos preguntar…—dijo Harry.

—Vine a ver a Hagrid.

—Al igual que nosotros—dijo Draco—. No deberías estar en la enfermería.

—Tenia que ver a Hagrid antes de que…no importa—dijo Artemis tomando asiento—. Vinieron a averiguar sobre el monstruo de la cámara, no es asi—susurro en voz baja para que Hagrid no escuchara.

Harry asintió.

—Bueno —susurró Hagrid—. Sentaos, prepararé té.

Parecía que apenas sabía lo que hacía. Casi apagó el fuego al derramar agua de la tetera metálica, y luego rompió la de cerámica de puros nervios al golpearla con la mano. Y Artemis lo contemplaba con tristeza y remordimiento.

—¿Estás bien, Hagrid? —dijo Harry—. ¿Has oído lo de Hermione y Neville?

Artemis se estremeció ante aquello, Harry aún recordaba su reacción al ver a Hermione. Fue desgarradora. Se pregunto como reacciono al enterarse que su prima, Megan, también estaba petrificada.

—¡Ah, sí, claro que lo he oído! —dijo Hagrid con la voz entrecortada. Miró por la ventana, nervioso. Les sirvió sendas jarritas llenas sólo de agua hirviendo (se le había olvidado poner las bolsitas de té). Cuando les estaba poniendo en un plato un trozo de pastel de frutas, aporrearon la puerta.

Se le cayó el pastel. Los tres jóvenes intercambiaron miradas de pánico, se echaron encima la capa para hacerse invisibles y se retiraron a un rincón oculto. Tras asegurarse de que no se les veía, Hagrid cogió la ballesta y fue otra vez a abrir la puerta.

—Buenas noches, Hagrid.

El profesor Dumbledore entro en la cabaña, estaba serio. Su acompañante era raro. Cornelius Fudge era un hombre bajo y corpulento, con el pelo gris alborotado y expresión nerviosa. Llevaba una extraña combinación de ropas: traje de raya diplomática, corbata roja, capa negra larga y botas púrpura acabadas en punta. Sujeta bajo el brazo un sombrero hongo verde lima.

—¿Qué hace el ministro de Magia aquí? —soltó Draco.

Harry dio un codazo a Draco para que se callara. Hagrid estaba pálido y sudoroso. Se dejó caer abatido en una de las sillas y miró a Dumbledore y luego a Cornelius Fudge.

—¡Feo asunto, Hagrid! —dijo Fudge, telegráficamente—. Muy feo. He tenido que venir. Cuatro ataques contra hijos de muggles y dos contra hijos de sangre puras. El Ministerio tiene que intervenir.

Artemis oculto su rostro contra el hombro de Harry, este estaba seguro que estaba llorando e intentaba amortiguar su llanto contra su capa.

—Yo nunca…—dijo Hagrid, mirando implorante a Dumbledore—. Usted sabe que yo nunca, profesor Dumbledore, señor…

—Quiero que quede claro, Cornelius, que Hagrid cuenta con mi plena confianza—dijo Dumbledore, mirando a Fudge con el entrecejo fruncido.

—Mira, Albus —dijo Fudge, incómodo—. Hagrid tiene antecedentes. El Ministerio tiene que hacer algo… El consejo escolar se ha puesto en contacto…

—Aun así, Cornelius, insisto en que echar a Hagrid no va a solucionar nada —dijo Dumbledore. Los ojos del director brillaban como nunca había visto.

—Míralo desde mi punto de vista —dijo Fudge, cogiendo el sombrero y haciéndolo girar entre las manos—. Me están presionando. Tengo que acreditar que hacemos algo. Si se demuestra que no fue Hagrid, regresará y no habrá más que decir. Pero tengo que llevármelo. Tengo que hacerlo. Si no, no estaría cumpliendo con mi deber…

—¿Llevarme? —dijo Hagrid, temblando—. ¿Llevarme adónde?

—Sólo por poco tiempo —dijo Fudge, evitando los ojos de Hagrid—. No se trata de un castigo, Hagrid, sino más bien de una precaución. Si atrapamos al culpable, a usted se le dejará salir con una disculpa en toda regla.

—¿No será a Azkaban? —preguntó Hagrid con voz ronca.

Antes de que Fudge pudiera responder, llamaron con fuerza a la puerta. Abrió Dumbledore.

El señor Lucius Malfoy entró en la cabaña de Hagrid con paso decidido, envuelto en una capa de viaje negra y con una gélida sonrisa de satisfacción. Fang se puso a aullar.

—¿Y ahora mi padre?

Harry le dio un golpe a Draco para que se callara.

—¡Oh, Fudge! —dijo sorprendido al entrar—. Que sorpresa verlo por aquí…

—¿Qué hace usted aquí? —le dijo Hagrid furioso—. ¡Salga de mi casa!

—Créame, buen hombre, que no me produce ningún placer entrar en esta… ¿la ha llamado casa? —repuso Lucius Malfoy contemplando la cabaña con cierto desprecio—. Simplemente, he ido al colegio y me han dicho que el director estaba aquí.

De nuevo alguien llamo a la puerta. Esta vez entro Shemuel Smith el padre de Zacharias, con una túnica de rayas y un sombrero café que hacia juego. Esta vez fue Harry quien recibió un codazo en las costillas, porque había dejado escapar un grito ahogado bien audible.

—¿Malfoy?

—¿Smith? ¿Qué se supone que haces aquí?

—Vengo a hablar con el director ¿qué te trajo a ti a hogwarts?

—Lo mismo que a ti.

—No lo creo—su sonrisa no decía nada bueno.

—¿Y qué es lo que quieren de mí, exactamente, señores? —dijo Dumbledore. Hablaba cortésmente, pero aún tenía los ojos azules llenos de furia.

—He venido a velar por la seguridad de mi hijo y los alumnos—dijo Lucius Malfoy ignorando al señor Smith—. Son demasiados ataques a mi parecer, y que no se haya descubierto aún al culpable, pone en riesgo a los alumnos. Por lo cual he venido a informarle personalmente, que todo el consejo escolar vendrá a discutir la situación en media hora.

—Lo lamento Lucius, hay un cambio de planes—dijo Shemuel Smith y su sonrisa se engancho, como un niño en la mañana de navidad—. Es lamentable, Dumbledore —dijo con tristeza muy mal fingida, sacando un rollo de pergamino—, pero el consejo escolar ha compartido sus miedos acerca del caso y, lamentablemente tengo que informarle que es hora de que usted abandone el cargo. Como vera, aquí traigo una orden de cese, y aquí están las doce firmas…. Me temo que este asunto se le ha escapado de las manos y no nos ha quedado otra opción. ¿Cuántos ataques ha habido ya? Otros cuatro esta tarde, ¿no es cierto? A este ritmo, no quedarán en Hogwarts alumnos de familia muggle, hay que velar por su seguridad.

—¿Qué? ¡Vaya, Shemuel! —dijo Fudge, alarmado—, Dumbledore cesado… No, no…, lo último que querría, precisamente ahora…

—Ministro, como usted debe de saber, el nombramiento y el cese del director son competencia del consejo escolar, Fudge —dijo con suavidad el señor Smith—. Y como Dumbledore no ha logrado detener las agresiones…

—Me parece que te falta una firma—dijo el señor Lucius.

—¿Acaso no estabas pensado hacer eso? Yo solo me he adelantado.

—El consejo escolar se iba a reunir para discutir la seguridad de los alumnos, por que quería saber que medidas se tomarían ante los ataques de esta tarde. Nadie en ningún momento planteo el cesar …al profesor Dumbledore. Y por lo que se, nadie hubiera deseo eso. ¿Cómo es que los convencisteis? Por que dudo que alguien firmara por voluntad propia…

—Ponlo en su lugar, papá—Draco se quejo en silencio cuando recibió el codazo. Pero Harry lo apoyaba.

—No te preocupes, todos han firmado por voluntad propia. Hasta tu, Malfoy… ¿Sorprendido? Deberías fijarte mejor en que es lo que firmas.

El señor Malfoy lo escudriño con la mirada y pareció entender algo.

—Comprendo todo. Muy astuto, Shemuel.

—Y ya no hay vuelta atrás.

—Eso lo veremos…Con su permiso, parece que aquí, mi presencia ya no es necesaria. Buenas noches.

El señor Malfoy salió por la puerta, dejando al señor Smith con una ancha sonrisa.

—Pero, Shemuel, si Dumbledore no ha logrado detenerlas —dijo Fudge, que tenía el labio superior empapado en sudor—, ¿quién va a poder?

—Ya se verá —respondió el señor Smith con una desagradable sonrisa—. Pero como los doce hemos votado…

Hagrid se levantó de un salto, y su enredada cabellera negra rozó el techo.

—¿Y a cuántos ha tenido que amenazar y chantajear para que accedieran, eh, Smith? —preguntó.

—Por favor, que acusación es esa. Todo ha sido en regla y forma—dijo Smith—. Me permito aconsejarle que esa aptitud no le llevara a nada bueno…

—¡Puede quitar a Dumbledore! —chilló Hagrid, y Fang, el perro jabalinero, se encogió y gimoteó en su cesta—. ¡Lléveselo, y los alumnos de familia muggle no tendrán ni una oportunidad! ¡Y habrá más asesinatos!

—Cálmate, Hagrid —le dijo bruscamente Dumbledore. Luego se dirigió a Shemuel Smith—. Si el consejo escolar quiere mi renuncia, Shemuel, me iré.

—Pero…—tartamudeó Fudge.

—¡No! —gimió Hagrid.

Dumbledore no había apartado sus vivos ojos azules de los ojos fríos y azules de Smith.

—Sin embargo —dijo Dumbledore, hablando muy claro y despacio, para que todos entendieran cada una de sus palabras—, sólo abandonaré de verdad el colegio cuando no me quede nadie fiel. Y Hogwarts siempre ayudará al que lo pida.

Durante un instante, Harry estuvo convencido de que Dumbledore les había guiñado un ojo, mirando hacia el rincón donde estaban ocultos.

—Adorables palabras —dijo Smith, haciendo una inclinación—. Le echaremos de menos, Albus, y espero que su sucesor pueda conseguir lo que usted no hizo.

Se dirigió con paso decidido a la puerta de la cabaña, la abrió, saludó a Dumbledore con una inclinación y le indicó que saliera. Fudge esperaba, sin dejar de manosear su sombrero, a que Hagrid pasara delante, pero Hagrid no se movió, sino que respiró hondo y dijo pausadamente:

—Si alguien quisiera desentrañar este embrollo, lo único que tendría que hacer es seguir a las arañas. Ellas lo conducirían. Eso es todo lo que tengo que decir. —Fudge lo miró extrañado—. De acuerdo, ya voy —añadió, poniéndose el abrigo de piel de topo. Cuando estaba a punto de seguir a Fudge por la puerta, se detuvo y dijo en voz alta—: Y alguien tendrá que darle de comer a Fang mientras estoy fuera.

La puerta se cerró de un golpe y Draco se quito la capa.

—Esto es cada vez mejor—dijo—. Sin director estamos acabados, aunque no me agrade Dumbledore, al menos teníamos a alguien que dirigiera la escuela.

Harry observo a Artemis ver a Hagrid desde la ventana, con lagrimas recurriendo su rostro y luego Fang se puso a aullar, arañando la puerta.


No le habían creído, ni McGonagall ni Pomfrey la habían escuchado. Todo el mundo creía que estaba afectaba por la noticia, que había confundido su mente y que decía cosas incoherentes a causa de esto. Que era solo depresión. Y no ayudo que cada vez que mencionaban a algunos de los petrificados, en especial a Megan, Hermione o Neville, estallara en un llanto sin fin. O cuando recordaba al pobre de Hagrid y lo que debía estar sufriendo en Azkaban por su culpa. Perdió unos días de clases, por que Snape creyó conveniente que debía asimilar lo ocurrido, a Artemis no le importo aquello, nadie creía en ella y nadie podría ayudarla. La señora Pomfrey le dejo de suministrar el medicamento cuando vio que su estado animo estaba mejor, pero en realidad, Artemis había decidido darse por vencida y hacer lo que todos esperaran que hiciera.

Harry y Draco estaban preocupados por Artemis, había algo diferente en ella que no dejaron de notar. La forma tan falsa como sonreía o hablaba, no era feliz o estaba tranquila como parecía. Además, de esas preocupaciones, el resto de las casas los habían mirado con desconfianza, en especial Gryffindor, quien era el principal enemigo; habían escuchado que decían que todos los Slytherin debían ser todos expulsados para terminar con el problema. Aquello solo había traído mas problemas entre ambas casas, las peleas eran constantes al igual que los insultos. Lo único positivo para Harry, es que ya no era considerado el heredero de Slytherin. Los amigos de Justin se habían disculpado con él por culparlo, dado que Harry no seria capaz de petrificar a Hermione o Neville. Pero lo único que todo hogwarts compartía, era el ambiente deprimente y lleno de temor, ahora que Dumbledore no estaba.

—El único que podía darnos repuestas era Hagrid—dijo Draco en una de las clases del profesor Flitwick, mientras practicaban un nuevo hechizo.—Y lo único que dijo, fue seguir a las arañas. Debió entregar a la bestia para evitar ir a azkaban.

—Hagrid no es el culpable—dijo Artemis sentada junto a él. Su voz dejo de ser tan falsa en aquel momento, tornándose dura y decidida—. Hagrid nunca podría ser algo tan cruel como eso. Y lo que hay en la cámara de los secretos no creo que tenga que ver con él.

—No digo que sea el culpable—se defendió Draco—. Pero, Hagrid es aficionado a tener mascotas peligrosas, sin querer pudo dejar salir a la bestia.

—Hagrid no seria capaz de haber dejado salir al castillo a dicha bestia de haberse enterado de la verdad—dijo Artemis con una mirada dura y dolorosa—. Es una buena persona a pesar de todo. No merece estar en azkaban.

—¿Tu sabes algo, Artemis? —pregunto Harry. Había algo en la forma en como se expresaba…

—Yo solo se, que Hagrid es inocente y nadie me cree—dijo Artemis regresando a practicar el hechizo para encender la vela frente a ella.

Harry intercambio una mirada con Draco, ya estaban acostumbrándose a aquella actitud tan cerrada de Artemis; sin embargo, era algo que los preocupaba.

—En retrospectiva, Riddle me recuerda a Percy—Draco cambio el tema—. El siempre habla sobre lo genial que es ser prefecto y lo mucho que desea ser premio anual—dijo mientras encendía su vela—. Y estoy seguro que Percy no dudaría en entregar al culpable de descubrir, incluso si fuera alguien como Hagrid, pero cuando una vida de un estudiante esta de por medio o seis petrificaciones…que puedes hacer.

—Y de no ser así, Riddle habría tenido que volver al orfanato muggle si hubieran cerrado Hogwarts —dijo Harry—. No lo culpo por querer quedarse aquí.

La vela de Artemis se lleno de fuego totalmente, derritiéndose y expandiéndose rápidamente por toda la mesa, el profesor Flitwick se acerco rápidamente para apagar el fuego y asegurarse que todos estaban bien.

—¿Todo bien, Artemis?

—Todo bien.

Artemis se giro hacia ellos, dándole una sonrisa tan falsa como su estado de humor. Ni Draco ni Harry decidieron molestarse en preguntarle, habían aprendido que entre mas la presionaban mas se alejaba y encerraba.

Por otro lado, Gilderoy Lockhart estaba convencido de que lo que faltaba en hogwarts era una descarga de animo. Harry le oyó exponerlo así ante la profesora McGonagall mientras los de Slytherin y Gryffindor marchaban en dos hilera hacia la clase de Transfiguración.

—Yo se lo que le digo, profesora—dijo Lockhart con una sonrisa tan grande antes de alejarse con paso decidido.

La idea que tenía Lockhart de una inyección de moral se hizo patente durante el desayuno del día 14 de febrero. Harry estaba tan distraída que no se percato de lo que pasaba hasta que algo capto su atención, alzo la vista y por un momento creyó a verse confundido de puerta.

Las paredes estaban cubiertas de flores grandes de un rosa chillón. Y del techo de color azul pálido caían confetis en forma de corazones.

—¿Qué ocurre? —les preguntó Harry, sentándose y quitándose de encima el confeti.

—El profesor Lockhart ha tenido una brillante idea—gruño Draco con cara de asco.

—Celebrar el día de San Valentín—dijo Blaise con fingido animo.

—Pero que estupidez—dijo Theodore totalmente indignado y enojado—. Hay alumnos petrificados, y el zoquete cree que celebrar San Valentín es una buena idea.

La mayoría de los hombres del comedor, tenían una mueca en le rostros o parecían enojados mientras las mujeres tenían una sonrisa tonta en sus labios. Otras como Artemis, miraban el panorama con repulsión y eso podía deberse a lo que dijo Theodore.

Dirigió su vista la mesa de profesores, y lo que vio casi lo hizo escupir su jugo de calabaza. Lockhart, que llevaba una túnica de un vivo color rosa que combinaba con la decoración, reclamaba silencio con las manos. Los profesores que tenía a ambos lados lo miraban estupefactos. Desde su asiento, Harry pudo ver a la profesora McGonagall con un tic en la mejilla. Snape tenía el mismo aspecto que si se hubiera bebido un gran vaso de crecehuesos.

—¡Feliz día de San Valentín! —gritó Lockhart—. ¡Y quiero también dar las gracias a las cuarenta y cinco personas que me han enviado tarjetas! Sí, me he tomado la libertad de preparar esta pequeña sorpresa para todos vosotros… ¡y no acaba aquí la cosa!

Lockhart dio una palmada, y por la puerta del vestíbulo entraron una docena de enanos de aspecto hosco. Pero no enanos así, tal cual; Lockhart les había puesto alas doradas y además llevaban arpas.

—¡Mis amorosos cupidos portadores de tarjetas! —sonrió Lockhart—. ¡Durante todo el día de hoy recorrerán el colegio ofreciéndoos felicitaciones de San Valentín! ¡Y la diversión no acaba aquí! Estoy seguro de que mis colegas querrán compartir el espíritu de este día. ¿Por qué no pedís al profesor Snape que os enseñe a preparar un filtro amoroso? ¡Aunque el profesor Flitwick, el muy pícaro, sabe más sobre encantamientos de ese tipo que ningún otro mago que haya conocido!

El profesor Flitwick se tapó la cara con las manos. Snape parecía dispuesto a envenenar a la primera persona que se atreviera a pedirle un filtro amoroso.

—Estupideces—dijo Theodore enojado—. Estupideces es lo único que sale de su boca.

Los enanos se pasaron el día interrumpiendo las clases para repartir tarjetas, ante la irritación de los profesores, y al final de la tarde, cuando los de Slytherin caminaban hacia el aula de Encantamientos, uno de ellos alcanzo a Harry.

—¡Aquí no! —dijo Harry enfadado, tratando de escapar.

—¡Párate! —gruñó el enano, aferrando a Harry por la bolsa para detenerlo.

—¡Suéltame! —gritó Harry, tirando fuerte.

Tanto tiraron que la bolsa se partió en dos. Los libros, la varita mágica, el pergamino y la pluma se desparramaron por el suelo, y la botellita de tinta se rompió encima de todas las demás cosas.

Harry intentó recogerlo todo antes de que el enano comenzara a cantar ocasionando un atasco en el corredor.

—¿Qué pasa ahí? —Era la voz fría de Zacharias Smith, que hablaba arrastrando las palabras. Harry intentó febrilmente meterlo todo en la bolsa rota, desesperado por alejarse antes de que Smith pudiera oír su felicitación musical de San Valentín.

—¿Por qué toda esta conmoción? —dijo otra voz familiar, la de Percy Weasley, que se acercaba.

A la desesperada, Harry intentó escapar corriendo, pero el enano se le echó a las rodillas y lo derribó.

—Bien —dijo, sentándose sobre los tobillos de Harry—, ésta es tu canción de San Valentín:

Tiene los ojos verdes como un sapo en escabeche

y el pelo negro como una pizarra cuando anochece.

Quisiera que fuera mío, porque es glorioso,

el héroe que venció al Señor Tenebroso.

Harry habría dado todo el oro de Gringotts por desvanecerse en aquel momento. Intentando reírse con todos los demás, se levantó, con los pies entumecidos por el peso del enano, mientras Percy Weasley hacía lo que podía para dispersar al montón de chavales, algunos de los cuales estaban llorando de risa. Artemisa pesar de todo los intentos que había hecho, estaba riendo tapándose la boca, era la primera vez desde lo ocurrido con Hermione que sonría genuinamente.

—¡Fuera de aquí, fuera! La campana ha sonado hace cinco minutos, a clase todos ahora mismo —decía Percy empujando a algunos de los más pequeños—. Tú también, Smith.

—Y yo que creía que tu vida no podía ser mas patética, Potter—dijo Smith con una sonrisa—. Eh, Artemis, creo que a Harry no le gusto tu carta de amor. Que patética declaración de amor.

Harry vio como la sonrisa de su amiga se borro de su rostro, sus mejillas se tiñeron de rojo mientras fruncía el ceño.

—Mas patético eres tu, Smith—dijo Artemis—. Tu mundo gira alrededor de mi, siempre tienes que mencionarme para algo. No me sorprendería que tu me hayas enviado una carta de amor.

Smith se sonrojo.

—¿Por que le enviaría una carta de amor a una sucia sangre podrida como tu?

Artemis palideció ante aquellas palabras y Pansy a su lado, estaba totalmente anonada.

—Nadie mas que otro de tu calaña se fijaría en ti. Ahí esta, Potter, pero me parece que hasta para él, eres repulsiva.

—Eso no es una forma de expresarte ante tu compañera, Smith—dijo Percy con severidad.—Como prefecto del colegio….

Pero Harry estaba fuera de sus casillas. Sacó su varita mágica y gritó:

¡Expelliarmus!

Y tal como Snape había dejado en ridículo a Lockhart, así Smith salió volando hacia atrás.

—¡Harry! —dijo Percy en voz alta—. No se puede hacer magia en los pasillos.

¡Tendré que informar de esto!

Pero Harry no se preocupó. Le había ganado una a Smith, y eso bien valía cinco puntos de Slytherin. Draco que acaba de llegar, sonrió en aprobación ante la humillación de Smith. Para sorpresa de Harry, Pansy arreglo su desastroso poema y lo divulgo por todo hogwarts con un interesante rumor acerca de que Harry Potter tenia una admiradora mayor que él. Todo esto, en agradecimiento por darle su merecido a Smith al insultar a Artemis.

—Aún así, gracias, Pansy.

—No hay de que—dijo Pansy—. A decir verdad, Artemis fue la de la idea, a ella le hubiera encantado hechizar a Smith.

Al menos, Harry no tendría que preocuparse por que sus compañeros cantaran ese vergonzoso poema como Peeves o los gemelos Weasley lo habían estado haciendo. De todas formas, Pansy estaba segura que para el final de la semana, todo el mundo creería que el poema que le canto el enano decía:

Tus ojos de esmeralda brillan como el oro

y tu cabello negro como la noche es lo que mas adoro

desearía que fueras mío, sin duda eres hermoso,

el héroe que venció al señor tenebroso.