La situación en hogwarts era deprimente, sin Dumbledore, el aura de miedo se extendió rápidamente por todo el castillo. Ningún alumno fuera sangre limpia, mestiza o hijo de muggles parecía estar a salvo. Y así lo creía también la señora Pomfrey, que prohibió las visitas a la enfermería.

—No podemos correr más riesgos —les dijo severamente la señora Pomfrey a través de la puerta entreabierta—. No, lo siento, hay demasiado peligro de que pueda volver el agresor para acabar con esta gente.

Ni siquiera le cálido sol que había empezado a asomase, había logrado traspasar las ventanas con parteluz. Apenas se veía en el colegio un rostro que no expresara tensión y preocupación, y si sonaba alguna risa en los corredores, parecía estridente y antinatural, y enseguida era reprimida.

Harry se repetía constantemente las últimas palabras de Dumbledore: «Sólo abandonaré de verdad el colegio cuando no me quede nadie fiel. Y Hogwarts siempre ayudará al que lo pida.» Pero ¿con qué finalidad había dicho aquellas palabras? ¿A quién iban a pedir ayuda, cuando todo el mundo estaba tan confundido y asustado como ellos?

La indicación de Hagrid sobre las arañas era bastante más fácil de comprender. El problema era que no parecía haber quedado en el castillo ni una sola araña a la que seguir. Harry las buscaba adondequiera que iba, y Draco lo ayudaba aunque ninguno encontraba nada. Además se añadía la dificultad de que no les dejaban ir solos a ningún lado, sino que tenían que desplazarse siempre en grupo con los alumnos de Slytherin. La mayoría de los estudiantes parecían agradecer que los profesores los acompañaran siempre de clase en clase, pero a Harry le resultaba muy fastidioso.

Draco Malfoy, sin embargo, que parecía disfrutar plenamente de aquella atmósfera de terror y recelo. Al menos eso parecía, estaba tan asustado y preocupado como el resto pero lo ocultaba bajo una mascara de seguridad; se pavoneaba por los pasillos el colegio como si acabaran de darle el Premio Anual. Detalles así, era como Harry se daba cuenta cuando Artemis y Draco se parecían, ante situaciones difíciles preferían actuar como si nada les preocupara a demostrar sus verdaderos sentimientos. Aunque Draco era mas natural en ello que Artemis, o tal vez se debiera a que ella parecia enferma y para nada bien que Harry se dio cuenta de ello; desde lo sucedido con Hagrid estaba así, y Harry sentía que les ocultaba algo que la atemorizaba. Sin embargo, Artemis se mantenía callada y recluida del resto; al contario de Zacharias Smith, quien se volvió mas insoportable desde la partida de Dumbledore. Se paseaba por el castillo como si fuera suyo, y no paraba de hablar blasfemias sobre Slytherin.

Harry no soportaba escucharlo a él ni al profesor Lockhart. Durante la siguiente clase de Defensas contra las Artes Oscuras, Lockhart entró en el aula dando un salto, y la clase se lo quedó mirando. Todos los demás profesores del colegio parecían más serios de lo habitual, pero Lockhart estaba tan alegre como siempre.

—¡Venga ya! —exclamó, sonriéndoles a todos—, ¿por qué ponéis esas caras tan largas?

Los alumnos intercambiaron miradas de exasperación, pero no contestó nadie.

—¿Es que no comprendéis —les decía Lockhart, hablándoles muy despacio, como si fueran tontos— que el peligro ya ha pasado? Se han llevado al culpable.

—¿A quién dice? —preguntó Pansy intrigada.

—Mi querido muchacha, el ministro de Magia no se habría llevado a Hagrid si no hubiera estado completamente seguro de que era el culpable —dijo Lockhart, en el tono que emplearía cualquiera para explicar que uno y uno son dos.

—Sin duda se lo llevaría—contesto despectivamente Artemis desde atrás.

—Me atrevería a suponer que sé más sobre el arresto de Hagrid que usted, señorita Jones—dijo Lockhart empleando un tono de satisfacción.

Artemis se limito a fulminarlo con la mirada pero Lockhart ni se inmuto. Harry estaba seguro que a Artemis estaba haciendo un esfuerzo sobrenatural por no lanzarle una maldición al Lockhart y él, Harry, la habría apoyado.

La desagradable alegría de Lockhart, las sospechas que siempre había tenido de que Hagrid no era bueno, su confianza en que todo el asunto ya había tocado a su fin, irritaron tanto a Harry, que sintió deseos de tirarle Una vuelta con los espíritus malignos a su cara de idiota. Pero en lugar de eso, se conformó con garabatearle a Draco una nota:

«Lo haremos esta noche.»

Draco leyó el mensaje, se mantenía en una postura seria y miró al frente, al asiento habitualmente ocupado por Hermione. Entonces parecieron disiparse sus dudas, y asintió con la cabeza.

Habían encontrado un rastro de arañas aquel día, durante la clase de Herbología y sabían a donde debían dirigirse. Decidieron mantenerlo en secreto de Artemis, no querían preocuparla mas de lo que estaba y últimamente se veía agotada. Por lo que aquella noche se dirigieron al bosque prohibido, acompañados por Fang, buscando el rastro de las arañas.


A Artemis se les acabaron las opciones, no encontraba forma de solucionar el gran problema que ocasiono; y el diario de Tom era indestructible o todavía no había encontrado la forma adecuada de eliminarlo. Lo peor era que Hagrid llevada demasiado tiempo en azkaban. El director Dippet era un idiota por no darse cuenta de la verdad, de ser así, Hagrid nunca hubiera sido inculpado; no le sorprendía que Hagrid nunca mencionara el por que no tenia permitido hacer magia. Seguramente rompieron su varita cuando le echaron la culpa a él, siendo inocente sin que nadie le creyera.

Y Artemis que era culpable, y se lo había revelado a la profesora McGonagall, había sido ignorada. No le había creído. Pero eso no la detendría, no dejaría que Hagrid pasara el restos de sus días en azkaban y si para ello debía arriesgarse a si misma, estaba dispuesta a hacerlo y solo había una forma.

Tenia que hablar con Tom.

Era arriesgado y estúpido, pero no había otra solución. A pesar de que Harry y Draco descubrieron que Hagrid era inocente gracias a Aragog, la acromántula que todo el mundo creyó que era el monstruo de Slytherin, y al que no le importo dejar que sus hijos casi los devoraran; era casi un milagro que Harry y Draco regresaran con vida. Ellos lo atribuyeron a la suerte de que Artemis les pasara unas notas con nuevos hechizos, que casualmente eran para defenderse de acromántulas, ninguno sospecho de la verdad. Desde hace semanas, Artemis conocía lo que Harry y Draco planearían hacer, por lo que sin que lo supieran, les ayudo a estar preparados para defenderse si tenían que hacerlo.

Los sucesos de la noche anterior, le dieron mucho que pensar a Harry, debido que gracias a la historia que conto Aragog llego a la conclusión de quien fue la alumna que murió la ultima vez que la cámara fue abierta: Myrtle la Llorona. Artemis había sido una tonta por no darse cuenta antes, pero nunca había reparado en la forma como Myrtle había muerto hasta que Harry lo comento. Todo había empezado a cobrar sentido, empezando por la razón por la que Harry había sido el único capaz de escuchar al monstro, Salazar Slytherin y Harry compartían algo en común, ambos hablaban pársel y la leyenda decía que solo el heredero seria capaz de controlar al monstruo de la cámara; y eso era debido a que tenia que saber hablar pársel. El monstruo de la cámara era de la familia de las serpientes, y no podía ser cualquier tipo, era un basilisco. Había recordado a Derek contarles historias de terror a medianoche, cuando les conto del basilisco dijo que podía matarte con la mirada y cuando nadie le creyó que existirá, el insistió que encontró aquello en un libro.

Sin embargo, cuando Artemis fue a la biblioteca a investigar hasta que encontró el libro que buscaba, alguien había arrancado la parte que trataba sobre el basilisco. Aquello no la desanimo, sino que confirmo sus dudas, esa era la razón por la que Hermione fue a la biblioteca acompañada de Neville aquel día. Seguramente descubrió lo que sucedía y fue a corroborar sus dudas.

Artemis se planteo sus dudas una semana antes de las vacaciones de semana santa. Tenia un plan para probar la inocencia de Hagrid, pero era arriesgado y peligroso, tanto para ella como para el resto del colegio. Había querido contarles la verdad a Harry y a Draco, pero cuando lo intento, Percy se apareció de la nada y desistió. Percy le recordaba demasiado a Tom, que la asusto la reacción que tendria este; Percy se apegaba demasiado a las reglas y a la razón que ni siquiera la dejaria explicarse si llegara a enterarse que ella era la culpable de las petrificaciones y mucho menos, después de lo que le ocurrio a su novia Penelope.

Ese mismo día decidió actuar, aparento estar normal hasta que logro deshacerse del resto de sus compañeras, mientras caminaba en un solitario corredor decidió que era el momento oportuno. Abrió el diario, mojo la pluma y escribió las líneas que traería su fin. En las paginas del diario apareció la respuesta pasado algunos minutos, y mientras conversaban, Artemis podía ver quien era el verdadero Tom Ryddle; un joven prodigio que había decidió utilizar su rencor hacia los muggles como su campaña para realizar actos perversos. Las conversación termino en un punto, en el que Artemis estaba enojada y solo deseaba romper en mil pedazos el diario, aunque fuera imposible. Solo el pensamiento de Hagrid encerrado en azkaban le dio fuerzas para continuar con lo que tenia que hacer.

No supo lo que pasaba hasta un momento después, cuando Ginebra Weasley empezó a forcejear por el diario, que termino volando por los aire hasta el final del pasillo. Ambas corrieron hasta el diario hasta que Artemis tuvo que sacar la varita cuando Weasley empezó a atacarla con hechizos. Logro que el diario cayeras algunos escalones mientras evadía los hechizos de Weasley, hasta que la alcanzo y empezaron a forcejear.

La joven estaba enojada sin duda, entre sus gritos entendía algo sobre un diario, robo y serpiente asquerosa. Artemis no tenia muchas fuerzas, se sentía enferma desde hace un tiempo, pero se percato muy bien de que algo andaba mal. Su vista se fijo del diario, y como de este salía algo, no sabia explicarlo, era como una nube de polvo. La niña de cabello pelirrojo se detuvo empujando a Artemis al ver que no ponía resistencia alguna, dejando claro que el diario era suyo y que si se atrevía a robarlo, utilizaría los mejores y peores hechizos que tenia bajo la manga. Pero ella no veía lo que Artemis si podía ver.

—¡Cuidado!

Con un movimiento veloz, se interpuso entre Weasley y la nube, cayendo ambas en las escaleras una detrás de otra.

—¿Qué es eso..?

Todo ocurrió en cámara lenta, con la varita en manos, Artemis, tuvo que tomar una decisión y alzo su varita al mismo tiempo que gritaba:

—¡Corre y no mires atrás, Weasley! Escapa mientras puedas.

Lanzo un hechizo seguido tras otro, pero no hubo resultados y un escalofrió le recorrió la espalda a Artemis mientras aquel extraño humo descendía sobre ella, sin que nada lo pudiera evitar.


Oscuridad, fue el primer pensamiento cuando recupero la conciencia. Parpadeo un par de veces y observo a su alrededor. Desorientada, era así como se sentía Artemis. Parpadeo hasta que sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, hasta que los abrió ante la sorpresa.

—¿Qué haces aquí?

Ginevra Weasley estaba parada frente a ella, totalmente aterrorizada mientras sostenia en sus manos su varita pegada al pecho.

—Tu no deberías…te dije que corrieras—dijo Artemis en un casi grito desesperado. Aquello no podía ser verdad, pensó levantandose del piso.

—Me paralice—sollozo la joven. Artemis hizo un movimiento de acercarse a ella pero desistió al verla retroceder—. Esta bien, no te hare daño.

—¿El diario…? ¿Tom?

—Tom nunca fue lo que parecía—dijo Artemis con amargura—. Él es culpable de todo lo malo que ha acontecido este año y lo peor es que, me ha usado para ello. Por eso te quite el diario cuando descubrí que lo tenias tu…

—Yo..yo..

—Esta bien, Ginny—trato de calmarla Artemis—. Tiene que haber una salida.

Ginny señalo detrás de ella pero añadió:

—Se ha cerrado después de que entramos..

—Tiene que haber una forma de abrirla, de salir de aquí...

Miro a su alrededor desesperada. No podía identificar donde se hallaba, no era un lugar donde hubiera estado antes, aunque por alguna razón se le hacia conocido. Tal vez, no debió intentar algo tan peligroso aunque significara salvar a Hagrid.

Pero era tarde para arrepentirse, a su alrededor descubrió que estaba al final de una sala grande, apenas iluminada. Con altísimas columnas de piedra tallada, con serpientes entrelazadas se elevaban para sostener el techo que se perdía en la oscuridad, proyectando largas sombras negras sobre la extraña penumbra verdosa que reinaba en la estancia. Frente a ella, estaba una estatua, tan alta como la misma cámara, que surgía imponente, adosada al muro del fondo. Tuvo que echar atrás la cabeza para poder ver el rostro gigantesco que la coronaba: era un rostro antiguo y simiesco, con una barba larga y fina que le llegaba casi hasta el final de la amplia túnica de mago, donde unos enormes pies de color gris se asentaban sobre el liso suelo.

—Salazar Slytherin—susurro Artemis, por fin reconociendo el lugar.

Su plan había terminado como planeo, había terminado en la Cámara de los Secretos aunque fue el peor momento para pensar en las fallas de su plan; ¿como se suponía que controlaría o mataría al monstruo que habitaba aquel lugar? No hablaba pársel y no estaba segura de cómo aniquilar a un basilisco, no encontró información sobre ellos en los libros. Y lo peor de todo, la menor de los Weasley estaba ahí y era su culpa.

El libro que llevaba en la mano empezó a moverse en sus manos, cayo al suelo y este se abrió. Ginny soltó un chillido retrocediendo, mientras Artemis se interponía entre ella y el diario.

Las hojas del diario empezaron a pasar con una gran velocidad, pagina por pagina, hasta que se detuvo por la mitad del diario.

«Volver a confiar en mi, no es una buena idea. Pequeña tonta, este es tu fin. Pero tu fin seria mas delicioso si te enteraras de todo lo que hicisteis… "Recordad todo lo que en trance no vistes

Los recuerdos vinieron uno tras otro a su mente, cuando mato a los gallos de Hagrid, la inscripción en el murió y cada una de las petrificaciones que realizo, empezando por Colin hasta terminar con Hermione. Lo único que la dejo en un total estado de terror fue ver como escribía su despedida junto con la de Ginny en el mismo muro donde escribió la amenaza de Tom a todos los hijos de muggle. Y como con la varita de esta, la arrastraba consigo hasta aquella cámara para luego caer en el suelo, cuando Tom la hubo liberado de su hechizo.

Su destino estaba sellado, y nadie podría salvarla para lo que sucedería. Sus ojos involuntariamente regresaron al diario donde otras palabras aparecieron.

«Tu serás la primera en morir de tu familia y continuare con el resto cuando recupere mi cuerpo, acabare con todos los Gryffindors existentes y me encargare de ello personalmente.

Pero alégrate, Hagrid será liberado, todos se darán cuenta que el no pudo hacer esto encerrado en azkaban.

Y todo lo que tuvisteis que hacer, era darme tu vida para que yo me alzara de nuevo».

Una luz cegadora apareció del diario, lo que la hizo retroceder. ¿Mi vida?¿alzarse de nuevo? Lo comprendió. No era solo un recuerdo en aquel diario, debía ser algo mas, algo mucho ma tenebroso y peligroso. ¿Por que un recuerdo no puede revivir, o si?, no podía regresar a la vida simplemente por la vida de otra persona. El plan de Ryddle nunca fue solo deshacerse de los hijos de muggles de la escuela, también consistía en regresar a la vida.

Ryddle básicamente le había estado chupando la vida durante todo este tiempo o acaso era consecuencia simplemente de los malos ratos que la pobre había pasado. Ya no importaba, tenia que pensar en Ginny, salvarla antes de que saliera lastimada y fuera tarde.

—¡Vete, huye..!

—¿Qué-e? —Ginny parecía desconcertada y preocupada por ella—. ¿Qué pasara contigo?

—No te preocupes por mi, tienes que escapar—Artemis la sostuvo por los hombros y voz con firme dijo—. ¡Solo corre y no mires atrás! ¡Hazlo!

Tal vez fue por su tono de voz apremiante o la desesperación en su rostro, que Ginny salió corriendo ante su orden. En aquel momento su piernas cedieron y poco a poco, el cuerpo dejaba de responderle. Los parpados le pesaban, intentaba resistirse a aquella fuerza que la arrastraba a la oscuridad pero cada vez se hacia mas difícil mantenerse firme.

Y lentamente se fue hundiendo en la oscuridad, cuando su resistencia llego a su limite y no tenia fuerzas para seguir luchando por su vida. Pensó en Hagrid, encerrado en azkaban, nadie podría culparlo de su muerte. Nadie pondrá en duda, tu inocencia, Hagrid, aquel pensamiento la hubiera animado de no se por que Ginny Weasley podría morir por su culpa sino lograba salir de ese lugar.

Lo ultimo que alcanzo a ver antes de que caer inconsciente, fue la figura de un chico salir del diario.


Kilómetros arriba del castillo, Harry y Draco estaban en la sala de profesores. El plan para engañar a Lockhart salió perfecto, pudieron zafarse de el. Harry aún lo recordaba…

—Recordad mis palabras —había dicho Lockhart, doblando con ellos una esquina—: lo primero que dirán las bocas de esos pobres petrificados será: «Fue Hagrid.» Francamente, me asombra que la profesora McGonagall juzgue necesarias todas estas medidas de seguridad.

—Estoy de acuerdo, señor —dijo Harry, y Draco lo miraba con la boca abierta por la sorpresa.

—Gracias, Harry —dijo Lockhart cortésmente, mientras esperaban que acabara de pasar una larga hilera de alumnos de Hufflepuff—. Nosotros los profesores tenemos cosas mucho más importantes que hacer que acompañar a los alumnos por los pasillos y quedarnos de guardia toda la noche…

—Tiene toda la razón, señor—dijo Draco comprendiendo el engaño de Harry—. Es obvio que usted tiene asuntos mas importantes que atender, le puedo sugerir que no se preocupe por nosotros, solo queda este pasillo y seremos capaces de llegar a nuestra clase a salvo.

—¿Sabes, Malfoy? Creo que tienes razón —respondió Lockhart—. La verdad es que debería ir a preparar mi próxima clase.

Y salió apresuradamente.

—Por supuesto que ira a prepararse su clase, o mas bien, a arreglarse el maquillaje y sus rulos de princesa—dijo Draco despectivamente.

Lo único que hicieron fue esperar a que todos se adelantaran, y luego enfilaron por un pasillo lateral y corrieron hacia los aseos de Myrtle la Llorona. Pero cuando ya se felicitaban los unos a los otros por su brillante idea…

—¡Potter! ¡Malfoy! ¡Weasley! ¿Qué estáis haciendo?

Se encontraron con la profesora McGonagall, y tenía los labios más apretados que nunca.

—Vera, profesora—Draco intentaba mantener la calma—. Nosotros…nosotros íbamos a ver..

—A Hermione —dijo Harry. Tanto Draco como la profesora McGonagall lo miraron—. Hace mucho que no la vemos, profesora —continuó Harry, hablando deprisa y pisándole el pie a su amigo—, y pretendíamos colarnos en la enfermería, ya sabe, y ver como estaba.

—Por supuesto—concordó Draco con tono afligido—. Es que Hermione… nuestra amiga…no sabría expresarle profesora como no sentimos en estos momentos. Luego de lo que le paso, sin poder verla…

La profesora McGonagall seguía mirándolos, y por un momento, Harry pensó que iba a estallar de furia, pero cuando habló lo hizo con una voz ronca, poco habitual en ella.

—Naturalmente —dijo, y Harry vio, sorprendido, que brillaba una lágrima en uno de sus ojos, redondos y vivos—. Naturalmente, comprendo que todo esto ha sido más duro para los amigos de los que están… Lo comprendo perfectamente. Sí, Potter, Malfoy claro que podéis ver a la señorita Granger. Informaré al profesor Flitwick de dónde habéis ido. Decidle a la señora Pomfrey que os he dado permiso.

Harry y Draco se alejaron, sin atreverse a creer que se hubieran librado del castigo. Al doblar la esquina, oyeron claramente a la profesora McGonagall sonarse la nariz.

—Buena mentira, Potter—felicito Draco.

—Buena actuación, Malfoy—dijo Harry.

Sin mas opción, habían tenido que ir a la enfermería a ver a su amiga, la señora Pomfrey los dejo entrar de mala gana. Y cuando se sentaron junto a Hermione, la señora Pomfrey les dijo que no servía de nada hablar con un petrificado, tuvieron que admitir que tenía razón. Era evidente que Hermione no tenía la más remota idea de que tenía visitas, y que lo mismo daría hablar con ella como con la mesilla de noche.

—¿Crees que descubrió algo?

—Te refieres a si vio al atacante—dijo Harry.

—No, ella es muy lista…—dijo Draco parecía absorto en algo—. Llevaba un espejo a la altura de los ojos. Descubrió algo…algo importante, por eso el espejo que no podemos relacionar con ella ni el ataque. Pero debe haber alguna conexión. ¿Por qué, que otra cosa podía ser? No creo que quería ver como se veía su cabello. Ella no es así.

Harry estuvo de acuerdo, cuando algo mas llamo su atención. El no veía el rostro de Hermione, porque se había fijado en que su mano derecha, apretada encima de las mantas, aferraba en el puño un trozo de papel estrujado. Asegurándose de que la señora Pomfrey no estaba cerca, se lo señaló a su amigo. Este corrió la silla para ocultar a Harry y así pudiera tomar el pedazo de papel. Había sido difícil, la mano de Hermione apretaba con tal fuerza el papel que Harry creía que al tirar se rompería. Mientras Draco lo cubría, él tiraba y forcejeaba, y, al fin, después de varios minutos de tensión, el papel salió.

Era una página arrancada de un libro muy viejo. Harry la alisó con emoción y ambos se inclinaron para leerla.

De las muchas bestias pavorosas y monstruos terribles que vagan por nuestra tierra, no hay ninguna más sorprendente ni más letal que el basilisco, conocido como el rey de las serpientes. Esta serpiente, que puede alcanzar un tamaño gigantesco y cuya vida dura varios siglos, nace de un huevo de gallina empollado por un sapo. Sus métodos de matar son de lo más extraordinario, pues además de sus colmillos mortalmente venenosos, el basilisco mata con la mirada, y todos cuantos fijaren su vista en el brillo de sus ojos han de sufrir instantánea muerte. Las arañas huyen del basilisco, pues es éste su mortal enemigo, y el basilisco huye sólo del canto del gallo, que para él es mortal.

Y debajo de esto, había escrita una sola palabra, con una letra que Harry reconoció como la de Hermione: «Cañerías.»

—¡El espejo!— Draco casi salto de su asiento—. Eso es, una mirada mata…y nadie lo miro directamente. El agua en el pasillo la noche de Halloween, la señora Norris debió ver el reflejo. Creevey…—observo la cama donde se encontraba—. Él lo vio a través de la cámara. Justin a través de Nick casi decapitado, y Nick seguro lo vio. Pero siendo un fantasma no puede morir de nuevo ¿o si? Y Hermione fue lo suficiente lista como para descubrirlo, por eso llevaba el espejo aquella tarde, por si se aparecía el basilisco. Lo vería, pero nunca directamente, sino, atreves del espejo. Así salvo a Neville y a Penélope de una muerte segura. Y Megan, a ella la encontraron viendo hacia una ventana, así que solo vio su reflejo.

Harry asintió. Mientras él mismo procesaba la información que acaba de descubrir. Fue como si alguien hubiera encendido la luz de repente en el cerebro.

—Exacto —musitó—. Las respuestas están aquí. El monstruo de la cámara es un basilisco, ¡una serpiente gigante! Por eso he oído a veces esa voz por todo el colegio, y nadie más la ha oído: porque yo comprendo la lengua pársel

Con impaciencia, examinó la hoja que tenía en la mano. Cuanto más la miraba más sentido le hallaba.

¡El canto del gallo para él es mortal! —leyó en voz alta—. ¡Mató a los gallos de Hagrid! El heredero de Slytherin no quería que hubiera ninguno cuando se abriera la Cámara de los Secretos. ¡Las arañas huyen de él! ¡Todo encaja!

—Pero, un basilisco es enorme—medito Draco—. ¿Cómo se movió por la escuela sin que nadie se diera cuenta?

Harry, sin embargo, le señaló la palabra que Hermione había garabateado al pie de la página.

—Cañerías —leyó—. Cañerías… Ha estado usando las cañerías. Y yo he oído esa voz dentro de las paredes…

De pronto, Draco cogió a Harry del brazo.

—¡La entrada de la Cámara de los Secretos! —dijo con la voz quebrada—. ¿Y si es uno de los aseos? ¿Y si estuviera en...?

—... los aseos de Myrtle la Llorona —terminó Harry.

Durante un rato se quedaron inmóviles, embargados por la emoción, sin poder creérselo apenas. Al final cuando hablaron acordaron ir a la sala de profesores a contarle su descubrimiento a McGonagall.

El lugar donde ahora se encontraban. Escucharon la voz de la profesora amplificada pro medios mágicos, en vez de la campana que anunciaba el inicio del recreo.

—Todos los alumnos volverán inmediatamente a los dormitorios de sus respectivas casas. Los profesores deben dirigirse a la sala de profesores. Les ruego que se den prisa.

Harry se dio la vuelta hacia Draco.

—¿Habrá habido otro ataque? ¿Precisamente ahora? —dijo Draco—. ¿Regresamos después?

—No —dijo Harry, mirando alrededor. Vio el ropero donde los profesores guardabas sus capas—. Si nos escondemos aquí, podremos enterarnos de qué ha pasado. Luego les diremos lo que hemos averiguado.

—Estoy de acuerdo—dijo Draco—. Creo que será mejor saber que ha pasado ahora, nunca se sabe. Puede que sea importante.

Los dos se ocultaron en el ropero, podían oír pisadas provenientes del pasillo, el ruido de cientos de personas que pasaban por el corredor. La puerta de la sala de profesores se abrió de golpe. Por entre los pliegues de las capas, que olían a humedad, vieron a los profesores que iban entrando en la sala. Algunos parecían desconcertados, otros claramente preocupados. Al final llegó la profesora McGonagall.

—Ha sucedido —dijo a la sala, que la escuchaba en silencio—. Una alumna ha sido raptada por el monstruo. Se la ha llevado a la cámara.

El profesor Flitwick dejó escapar un grito. La profesora Sprout se tapó la boca con las manos. Snape se cogió con fuerza al respaldo de una silla y preguntó:

—¿Está usted segura?

—El heredero de Slytherin —dijo la profesora McGonagall, que estaba pálida— ha dejado un nuevo mensaje, debajo del primero: «Sus huesos reposarán en la cámara por siempre.»

El profesor Flitwick derramó unas cuantas lágrimas.

—¿Quién ha sido? —preguntó la señora Hooch, que se había sentado en una silla porque las rodillas no la sostenían—. ¿Qué alumna?

—Han sido dos las victimas esta vez—informo con tristeza la profesora McGonagall mientras una lagrima resbala por su mejilla—. Artemis Jones y Ginny Weasley—, le dio una mirada de compasión al profesor de pociones. Este parpadeo, procesando la información, aún sosteniéndose del respaldo de la silla. Su rostro estaba pálido, mirando al suelo. No parecía mostrar algún signo de emoción alguna.

Harry bajo la mirada al suelo del ropero intentado creer lo que acaba de escuchar.

—¿Artemis? —la voz se le quebró a Draco.

Harry lo entendía, sabia lo que significaba Artemis para él. No era solo una amiga, era la hermana que Draco jamás tuvo y para Harry, no solo fue su primera amiga, sino su mejor amiga…

Ahora, había sido capturada sin que nadie la hubiera auxiliado y con un destino tan trágico como el de Myrtle. Al cruzar miradas con Draco, estaba inmóvil y en sus ojos centellaban un peculiar brillo. Lagrimas. Harry estaba seguro, que él no estaba mejor.

—Lo lamento…, me quedé dormido…¿Me he perdido algo importante?

No parecía darse cuenta de que los demás profesores lo miraban con una expresión bastante cercana al odio como el mismo Harry. Vio a Snape que dio un paso hacia delante para infórmale a Lockhart que era su día de suerte, que dos alumnas habían sido raptadas y que su oportunidad había llegado.

—Así es, Gilderoy —intervino la profesora Sprout—. ¿No decías anoche que sabías dónde estaba la entrada a la Cámara de los Secretos?

—Yo…, bueno, yo… —resopló Lockhart.

—Sí, ¿y no me dijiste que sabías con seguridad qué era lo que había dentro?—añadió el profesor Flitwick.

—¿Yo…? No recuerdo…

—Ciertamente, yo sí recuerdo que lamentabas no haber tenido una oportunidad de enfrentarte al monstruo antes de que arrestaran a Hagrid —dijo Snape—. ¿No decías que el asunto se había llevado mal, y que deberíamos haberlo dejado todo en tus manos desde el principio?

Lockhart miró los rostros pétreos de sus colegas.

—Lo dejaremos todo en tus manos, Gilderoy —dijo la profesora McGonagall—. Esta noche será una ocasión excelente para llevarlo a cabo. Nos aseguraremos de que nadie te moleste. Podrás enfrentarte al monstruo tú mismo. Por fin está en tus manos.

Lockhart miró en torno, desesperado, pero nadie acudió en su auxilio. Ya no resultaba tan atractivo. Le temblaba el labio, y en ausencia de su sonrisa radiante, parecía flojo y debilucho. Lockhart acepto, para luego irse a su despacho donde se prepararía.

—Bien —dijo la profesora McGonagall, resoplando—, eso nos lo quitará de delante. Los Jefes de las Casas deberían ir ahora a informar a los alumnos de lo ocurrido. Decidles que el expreso de Hogwarts los conducirá a sus hogares mañana a primera hora de la mañana. A los demás os ruego que os encarguéis de aseguraros de que no haya ningún alumno fuera de los dormitorios.

Aquél fue, seguramente, el peor día de la vida para dos familias.

En Hufflepuff, Derek estaba sentado frente a la chimenea mirando el fuego, incapaz de hablar. La profesora Sprout se había ido hace cinco minutos con la noticia que derrumbo a Jones. Había amigos suyos a su alrededor que lo consolaban. Zacharias que platicaba con sus amigos a todo volumen, fue silenciado después de su ultimo comentario.

—…Les digo, bien merecido se lo tiene los Slytherin…Al final el Heredero de Slytherin capturo a una de su misma calaña. Y ha sido Jones.

—Disculpa, tu, Smith. Jones, era pariente de algunos de nuestros compañeros. Te hemos soportado ya demasiado, así que deberías cuidar tus palabras

Zacharias parpadeo, y observo a un grupo de alumnos dispuestos a atacarlo si se atrevía a continuar o a retarlos. Por lo que se levanto junto con Sally y se dirigieron a sus habitaciones.

La noticia a Ravenclaw, solo abrió paso a simpatía por los familiares de la chica y a comentarios sobre que aquel monstruo no tenia piedad ni por los alumnos de su creador. En Gryffindor, Clarisse, estaba miraba por la ventana de su habitación. No había querido que nadie se le acercara a consolarla, menos las personas que en otro momento hablaron mal de su prima por pertenecer a Slytherin. Había preferido estar sola, ni siquiera a su mejor amiga había dejado entrar. Y escaleras abajo, en la sala común, la familia Weasley no estaba mejor. Ron, Fred y George se sentaron juntos en un rincón de la sala común de Gryffindor, incapaces de pronunciar palabra. Percy no estaba con ellos. Había enviado una lechuza a sus padres y luego se había encerrado en su dormitorio.

En la sala común de Slytherin, aunque estaba llena se mantenía en un horrible silencio anormal. Ethan y Pansy estaban sentados uno frente al otro, tristes y desconsolados; en su propio mundo. Millicent estaba junto a Pansy, intentando consolarla. La tristeza de los Jones fue compartida por el resto de sus compañeros, que le dieron su espacio y como ellos, estuvieron en silencio, era la forma en como podían decirles que los acompañaban en su dolor. Draco y Harry tomaron asiento junto a la chimenea, que contemplaron con tristeza hasta que las tranquilas aguas del lago Negro se tiño de un color rojizo con la puesta del sol.

Un rojo oscuro como la sangre entre el las verdosas aguas del lado, que hizo revolver las tripas de Harry, nunca se había sentido tan mal. Al observar alrededor, se dio cuenta que Pansy, Milicita y Ethan se habían retirado a sus habitaciones; Draco seguía mirando el fuego con una mirada perdida.

—Ella sabía algo…—dijo Harry, hablando por primera vez desde que entraran en el ropero de la sala de profesores—. Por eso la han raptado. La forma en como se refería al caso de Hagrid y al heredero de Slytherin, parecía tan convencida y extraña. Y no lo quiso compartir por que tenía miedo, y cuando decidio hacerlo esta mañana, Percy aparecio y la hizo desistir. Y quien sea que sea el Heredero de Slytherin se entero y fue por ella…

—Y a pesar de la casta de Artemis, no le importo llevársela—dijo Draco con voz apagada—, y Weasley tampoco corrió con mejor suerte…¿tu crees que Artemis aún no este…? Creo que entiendes—Harry no supo qué contestar. No creía que pudieran seguir vivas, y aún así una parte de él deseaba que fuera así—. No puedo creer que vaya a decir esto —continuo Draco—. Pero tal vez, deberíamos ir a decirle al profesor Lockhart lo que sabemos… Es un fraude, pero va intentar entrar en la cámara y rescatar a Artemis y a Weasley. Podemos decirle nuestras sospechas… Algo tengo que hacer, Harry, si Artemis tiene una posibilidad…

Harry se mostró de acuerdo, porque no se le ocurría nada mejor y quería hacer algo también. Los demás alumnos de Slytherin estaban tan tristes, y sentían tanta pena de los Jones y los amigos de Artemis, que nadie trató de detenerlos cuando se levantaron, cruzaron la sala y salieron por el muro de piedra.

Al dirigirse al despacho de Lockhart, encontraron algo interesante en uno de los escalones y que Draco tomo inmediatamente al reconocer la varita que escogió a Artemis hace mas de un año. Era la varita de Artemis y no había duda de eso, Harry se pregunto que habría pasado para que la varita de Artemis terminara en aquel lugar abandonada. Y al mimso tiempo, Harry no quería imaginarselo.

Oscurecía mientras se acercaban al despacho de Lockhart. Les dio la impresión de que dentro había gran actividad: podían oír sonido de roces, golpes y pasos apresurados.

Harry llamó. Dentro se hizo un repentino silencio. Luego la puerta se entreabrió y Lockhart asomó un ojo por la rendija.

—¡Ah…! Señor Potter, señor Malfoy… —dijo, abriendo la puerta un poco más—. En este momento estaba muy ocupado. Si os dais prisa…

—Profesor, tenemos información para usted —dijo Harry—. Creemos que le será útil.

—Ah…, bueno…, no es muy… —Lockhart parecía encontrarse muy incómodo, a juzgar por el trozo de cara que veían—. Quiero decir, bueno, bien.

Abrió la puerta y entraron.

El despacho estaba casi completamente vacío. En el suelo había dos grandes baúles abiertos. Uno contenía túnicas de color verde jade, lila y azul medianoche, dobladas con precipitación; el otro, libros mezclados desordenadamente.

Las fotografías que habían cubierto las paredes estaban ahora guardadas en cajas encima de la mesa. No esperaban encontrarse con aquella escena, que dejaba en claro cuales eran las intenciones del profesor, nunca había planeado ir a rescatar a Artemis o Ginny. Y así se los dejo en claro, luego de que Harry lo cuestionara, desvelando una red de mentiras por el profesor Lockhart.

—Los libros pueden ser mal interpretados —hablo Lockhart con sutileza.

—¡Usted los ha escrito! —gritó Harry.

—Muchacho —dijo Lockhart, irguiéndose y mirando a Harry con el entrecejo fruncido—, usa el sentido común. No habría vendido mis libros ni la mitad de bien si la gente no se hubiera creído que yo hice todas esas cosas. A nadie le interesa la historia de un mago armenio feo y viejo, aunque librara de los hombres lobo a un pueblo. Habría quedado horrible en la portada. No tenía ningún gusto vistiendo. Y la bruja que echó a la banshee que presagiaba la muerte tenía un labio leporino. Quiero decir…, vamos, que…

—¿Así que usted se ha estado llevando la gloria de lo que ha hecho otra gente? —dijo Harry, que no daba crédito a lo que oía.

—Harry, Harry —dijo Lockhart, negando con la cabeza—, no es tan simple. Tuve que hacer un gran trabajo. Tuve que encontrar a esas personas, preguntarles cómo lo habían hecho exactamente y encantarlos con el embrujo desmemorizante para que no pudieran recordar nada. Si hay algo que me llena de orgullo son mis embrujos desmemorizantes. Ah…, me ha llevado mucho esfuerzo, Harry. No todo consiste en firmar libros y fotos publicitarias. Si quieres ser famoso, tienes que estar dispuesto a trabajar duro.

Cerró las tapas de los baúles y les echó la llave.

—Veamos —dijo—. Creo que eso es todo. Sí. Sólo queda un detalle.

Sacó su varita mágica y se volvió hacia ellos.

—Lo lamento profundamente, muchachos, pero ahora os tengo que echar uno de mis embrujos desmemorizantes. No puedo permitir que reveléis a todo el mundo mis secretos. No volvería a vender ni un solo libro…

Harry sacó su varita justo a tiempo. Lockhart apenas había alzado la suya cuando Harry gritó:

¡Expelliarmus!

Lockhart salió despedido hacia atrás y cayó sobre uno de los baúles. La varita voló por el aire. Draco la cogió y la tiró por la ventana.

—No debería haber permitido que el profesor Snape nos enseñara esto —dijo Harry furioso, apartando el baúl a un lado de una patada.

—Dumbledore nunca debió darle el puesto—repuso con acritud Draco, quien miraba con odio a Lockhart. No perdonaría el desinterés de Lockhart ante la posible muerte de Artemis.

Lockhart los miraba, otra vez con aspecto desvalido. Harry lo apuntaba con la varita.

—¿Qué queréis que haga yo? —dijo Lockhart con voz débil—. No sé dónde está la Cámara de los Secretos. No puedo hacer nada.

—Tiene suerte —dijo Harry, obligándole a levantarse a punta de varita—. Creo que nosotros sí sabemos dónde está. Y qué es lo que hay dentro. Vamos.

Hicieron salir a Lockhart de su despacho, descendieron por las escaleras más cercanas y fueron por el largo corredor de los mensajes en la pared, hasta la puerta de los aseos de Myrtle la Llorona. Hicieron pasar a Lockhart delante. A Harry le hizo gracia que temblara. Myrtle la Llorona estaba sentada sobre la cisterna del último retrete.

—¡Ah, eres tú! —dijo ella, al ver a Harry—. ¿Qué quieres esta vez?

—Preguntarte cómo moriste —dijo Harry.

El aspecto de Myrtle cambió de repente. Parecía como si nunca hubiera oído una pregunta que la halagara tanto.

—¡Oooooooh, fue horrible! —dijo encantada—. Sucedió aquí mismo. Morí en este mismo retrete. Lo recuerdo perfectamente. Me había escondido porque Olive Hornby se reía de mis gafas. La puerta estaba cerrada y yo lloraba, y entonces oí que entraba alguien. Decían algo raro. Pienso que debían de estar hablando en una lengua extraña. De cualquier manera, lo que de verdad me llamó la atención es que era un chico el que hablaba. Así que abrí la puerta para decirle que se fuera y utilizara sus aseos, pero entonces… —Myrtle estaba henchida de orgullo, el rostro iluminado— me morí.

—¿Cómo? —preguntó Harry.

—Ni idea —dijo Myrtle en voz muy baja—. Sólo recuerdo haber visto unos grandes ojos amarillos. Todo mi cuerpo quedó como paralizado, y luego me fui flotando... —dirigió a Harry una mirada ensoñadora—. Y luego regresé. Estaba decidida a hacerle un embrujo a Olive Hornby. Ah, pero ella estaba arrepentida de haberse reído de mis gafas.

—¿Exactamente dónde viste los ojos? —preguntó Harry

—Por ahí —contestó Myrtle, señalando vagamente hacia el lavabo que había enfrente de su retrete.

Harry y Draco se acercaron a toda prisa. Lockhart se quedó atrás, con una mirada de profundo terror en el rostro.

Parecía un lavabo normal. Examinaron cada centímetro de su superficie, por dentro y por fuera, incluyendo las cañerías de debajo. Y entonces Harry lo vio: había una diminuta serpiente grabada en un lado de uno de los grifos de cobre.

—Ese grifo no ha funcionado nunca —dijo Myrtle con alegría, cuando intentaron accionarlo.

—Tal vez, por que no se ha abierto de la forma correcta —dijo Draco lentamente antes de mirar a Harry—. Tu eres el único que puede abrirlo, Harry, tu mismo dijisteis por que no escuchábamos al basilisco. Estoy seguro de que eso fue lo que uso Salazar Slytherin y la razón por la que nadie, aunque hubiera encontrado la cámara, hubiera podido acceder a ella para confirmar sus sospechas. Tienes que hablar pársel.

—Pero… —Harry hizo un esfuerzo. Las únicas ocasiones en que había logrado hablar en lengua pársel estaba delante de una verdadera serpiente. Se concentró en la diminuta figura, intentando imaginar que era una serpiente de verdad.

—Ábrete —dijo.

Miró a Draco, que negaba con la cabeza.

—Nada de pársel, lo has dicho en nuestra lengua—explicó.

Harry volvió a mirar a la serpiente, intentando imaginarse que estaba viva. Al mover la cabeza, la luz de la vela producía la sensación de que la serpiente se movía.

Ábrete —repitió.

Pero ya no había pronunciado palabras, sino que había salido de él un extraño silbido, y de repente el grifo brilló con una luz blanca y comenzó a girar. Al cabo de un segundo, el lavabo empezó a moverse. El lavabo, de hecho, se hundió, desapareció, dejando a la vista una tubería grande, lo bastante ancha para meter un hombre dentro.

Harry oyó que Draco exhalaba un grito ahogado y levantó la vista. Estaba planeando qué era lo que había que hacer.

—Bajaré por él —dijo.

No podía echarse atrás, ahora que habían encontrado la entrada de la cámara. No podía desistir si existía la más ligera, la más remota posibilidad de que Artemis estuviera viva.

—Voy contigo —dijo Draco decidido—. Los Malfoy protegemos de los nuestros. Eso incluye a los amigos.

—Lo se—dijo Harry recordando como el año anterior, Draco estuvo dispuesto a ayudarle a ir a rescatar la piedra filosofal.

—Bien, creo que no os hago falta —dijo Lockhart, con una reminiscencia de su antigua sonrisa—. Así que me…

Puso la mano en el pomo de la puerta, pero tanto Draco como Harry lo apuntaron con sus varitas.

—Usted bajará con nosotros, y permítame informarle que tendrá el privilegio de ser el primero—gruñó Draco.

Con la cara completamente blanca y desprovisto de varita, Lockhart se acercó a la abertura.

—Muchachos —dijo con voz débil—, muchachos, ¿de qué va a servir?

Harry le pegó en la espalda con su varita. Lockhart metió las piernas en la tubería.

—No creo realmente… —empezó a decir, pero Draco le dio un empujón, y se hundió tubería abajo. Harry se apresuró a seguirlo. Se metió en la tubería y se dejó caer. Era como tirarse por un tobogán interminable, viscoso y oscuro. Podía ver otras tuberías que surgían como ramas en todas las direcciones, pero ninguna era tan larga como aquella por la que iban, que se curvaba y retorcía, descendiendo súbitamente. Calculaba que ya estaban por debajo incluso de las mazmorras del castillo. Detrás de él podía oír a Draco, que hacía un ruido sordo al doblar las curvas. Y entonces, cuando se empezaba a preguntar qué sucedería cuando llegara al final, la tubería tomó una dirección horizontal, y él cayó del extremo del tubo al húmedo suelo de un oscuro túnel de piedra, lo bastante alto para poder estar de pie. Lockhart se estaba incorporando un poco más allá, cubierto de barro y blanco como un fantasma. Harry se hizo a un lado y Draco salió también del tubo como una bala.

—Debemos encontrarnos a kilómetros de distancia del colegio —dijo Harry, y su voz resonaba en el negro túnel.

—Y tal vez estemos debajo del lago,—dijo Draco afinando la vista para vislumbrar los muros negruzcos y llenos de barro.

Los tres intentaron ver en la oscuridad lo que había delante.

¡Lumos! —ordenó Harry a su varita, y la lucecita se encendió de nuevo—. Vamos —dijo a Draco y a Lockhart, y comenzaron a andar. Sus pasos retumbaban en el húmedo suelo.

El túnel estaba tan oscuro que sólo podían ver a corta distancia. Sus sombras, proyectadas en las húmedas paredes por la luz de las varitas de ambos muchachos, parecían figuras monstruosas.

—Recordad —dijo Harry en voz baja, mientras caminaban con cautela—: al menor signo de movimiento, hay que cerrar los ojos inmediatamente.

Pero el túnel estaba tranquilo como una tumba, y el primer sonido inesperado que oyeron fue cuando Draco pisó el cráneo de una rata. Harry bajó la varita para alumbrar el suelo y vio que estaba repleto de huesos de pequeños animales. Haciendo un esfuerzo para no imaginarse el aspecto que podría presentar Artemis si la encontraban, Harry fue marcándoles el camino mientras Draco custodiaba a Lockhart. Doblaron una oscura curva.

—Harry, ahí hay algo… —dijo Draco con la voz ronca, iluminando con su varita hacia un lado, pero sin lograr ver nada claro.

Se quedaron quietos, mirando. Harry podía ver tan sólo la silueta de una cosa grande y encorvada que yacía de un lado a otro del túnel. No se movía.

—Quizás esté dormido —musitó, volviéndose a mirar a los otros dos. Lockhart se tapaba los ojos con las manos. Harry volvió a mirar aquello; el corazón le palpitaba con tanta rapidez que le dolía.

Muy despacio, abriendo los ojos sólo lo justo para ver, Harry avanzó con la varita en alto.

La luz iluminó la piel de una serpiente gigantesca, una piel de un verde intenso, ponzoñoso, que yacía atravesada en el suelo del túnel, retorcida y vacía. El animal que había dejado allí su muda debía de medir al menos siete metros.

—¡Por las barbas de Merlín! —exclamó Draco con voz débil.

Algo se movió de pronto detrás de ellos. Gilderoy Lockhart se había caído de rodillas.

—Oh, vamos, póngase de pie—le dijo Draco de mala gana, apuntando a Lockhart con la varita.

Lockhart se puso de pie, pero se abalanzó sobre la túnica de Draco, a quien termino derribando al suelo de un golpe. Harry saltó hacia delante, pero ya era demasiado tarde. Lockhart se incorporaba, jadeando, con la varita de Artemis en la mano y su sonrisa esplendorosa de nuevo en la cara.

—¡Aquí termina la aventura, muchachos! —dijo—. Cogeré un trozo de esta piel y volveré al colegio, diré que era demasiado tarde para salvar a las niñas y que vosotros dos perdisteis el conocimiento al ver sus cuerpos destrozados. ¡Despedíos de vuestras memorias!

Levantó en el aire la varita mágica de Artemis y gritó: —¡Obliviate!

Por un momento nada sucedió, pero sin darles tiempo de reaccionar Lockhart con voz mas apremiante volvió a gritar el hechizo. La varita estalló con la fuerza de una pequeña bomba. Harry se cubrió la cabeza con las manos y echó a correr hacia la piel de serpiente, escapando de los grandes trozos de techo que se desplomaban contra el suelo. Enseguida vio que se había quedado aislado y tenía ante si una sólida pared formada por las piedras desprendidas.

—¡Draco! —grito—, ¿estás bien? ¡Draco!

—¡Estoy aquí! —La voz de Draco llegaba apagada, desde el otro lado de las piedras caídas—. Estoy bien. Pero este idiota parece que no…Tomo la varita de Artemis de mi túnica, ¡Merlín sabrá que fue lo que paso!, nunca vi una varita atacar a su portador.

Escuchó un ruido sordo y un fuerte «¡ay!», como si Draco le acabara de dar una patada en la espinilla a Lockhart.

—¿Y ahora que? —dijo la voz de Draco, con desesperación—. No puedo pasar, y no podemos perder tiempo que puede ser valioso para… Tal vez, exista un hechizo…

Harry miró al techo del túnel. Habían aparecido en él unas grietas considerables. Nunca había intentado mover por medio de la magia algo tan pesado como todo aquel montón de piedras, y no parecía aquél un buen momento para intentarlo. ¿Y si se derrumbaba todo el túnel?

Hubo otro ruido sordo y otro ¡ay! provenientes del otro lado de la pared. Estaban malgastando el tiempo. Artemis y Ginny ya llevaban horas en la Cámara de los Secretos. Harry sabía que sólo se podía hacer una cosa.

—Aguarda aquí —indicó a Draco—. Aguarda con Lockhart. Iré yo. Si dentro de una hora no he vuelto…

Hubo una pausa muy elocuente.

—Yo abriré una salida, intentaré quitar algunas piedras —Draco, que parecía hacer esfuerzos para que su voz sonara segura—. Así cuando regreses con…

—¡Hasta dentro de un rato! —dijo Harry, tratando de dar a su voz temblorosa un tono de confianza. Y partió él solo cruzando la piel de la serpiente gigante.

Enseguida dejó de oír el distante jadeo de Draco al esforzarse para quitar las piedras. El túnel serpenteaba continuamente. Harry sentía la incomodidad de cada uno de sus músculos en tensión. Quería llegar al final del túnel y al mismo tiempo le aterrorizaba lo que pudiera encontrar en él. Y entonces, al fin, al doblar sigilosamente otra curva, vio delante de él una gruesa pared en la que estaban talladas las figuras de dos serpientes enlazadas, con grandes y brillantes esmeraldas en los ojos.

Harry se acercó a la pared. Tenía la garganta muy seca. No tuvo que hacer un gran esfuerzo para imaginarse que aquellas serpientes eran de verdad, porque sus ojos parecían extrañamente vivos.

Tenía que intuir lo que debía hacer. Se aclaró la garganta, y le pareció que los ojos de las serpientes parpadeaban.

—¡Ábrete! —dijo Harry, con un silbido bajo, desmayado.

Las serpientes se separaron al abrirse el muro. Las dos mitades de éste se deslizaron a los lados hasta quedar ocultas, y Harry, temblando de la cabeza a los pies, entró.