Capítulo XII. El bien mayor.
Severus Snape era un hombre que definitivamente despreciaba la ignorancia. Por eso no podía entender cómo había llegado al punto de desear olvidar todo lo que sabía. O al menos lo que había descubierto recientemente.
—Quizás yo haya cambiado de opinión. —Le había dicho a Dumbledore ese mismo día por la tarde.
El viejo se limitó a presionarlo y a recordarle los juramentos que lo ataban a su voluntad.
¿Por qué no había tenido el valor de exponerle sus razones? Sus nuevas razones.
De cualquier manera, Dumbledore se comprometió a darle algo más de información. De eso que hablaba con Potter durante sus clases privadas. Lo citó por la noche en su despacho. Y al salir de allí había deseado olvidar todo lo escuchado.
Fue una plática reveladora. No solo fue lo que Dumbledore dijo, también él había mostrado subconscientemente más de lo que pretendía. Se había visto obligado a admitir su cariño por Harry Potter. Había reconocido su necesidad de salvar la mayor cantidad de vidas posibles. Pero lo que más lo perturbaba era la forma en la que había llamado al amor de su vida.
"Se suponía que todo eso lo hacía para proteger al hijo de Lily Potter" esas palabras pronunciadas por él mismo resonaban una y otra vez en su cabeza, deseando regresar el tiempo para separar ese despreciable apellido de su nombre.
—Y ahora me dices que lo has estado criando como a un cerdo para el matadero. —Concluyó Severus indignado.
— ¿Te has encariñado con el chico, después de todo? —Le cuestionó el viejo seriamente.
— ¿Con él? —Gritó Snape— ¡Expecto Patronum!
La cierva plateada que había surgido de su varita, aterrizó en el piso de la oficina del director para luego desaparecer volando a través de la ventana. El viejo le dio la espalda derramando lágrimas inútiles. Él era quien movía las piezas de ese terrible ajedrez en el cual era preciso hacer algunos sacrificios.
— ¿Después de todo este tiempo?
—Siempre. —Admitió al fin Snape, con un nudo en la garganta.
Ahora podía admitirlo. Podía aceptar cosas que antes no.
Sin embargo hubo algo que no se atrevió a mencionar. Pero se convenció de que era lo mejor para ella. Para Charity.
¿Qué bien le podría hacer, la protección de un viejo manipulador como Dumbledore que la utilizaría si con eso asegurara el bien mayor?
Ya había dejado morir a Lily.
No, si alguien debía proteger a Charity, ese sería él mismo. Y no solo la protegería del Lord, también la mantendría a salvo de las buenas intenciones de Dumbledore.
Entró en su dormitorio sigilosamente, como siempre lo hacía. Charity se encontraba corrigiendo pergaminos sobre la cama.
—Es encantadora la forma en que esas probablemente elocuentes redacciones se distribuyen en mi cama, pero te agradecería que ésta, se mantuviera disponible para mí. —Susurró Severus, consiguiendo sobresaltar a Charity que no se había percatado de su presencia en el marco de la puerta.
—Relájate, Severus. —Contestó Charity, mientras tomaba su varita y la agitaba, haciendo desaparecer los pergaminos de la cama—. Tenemos magia, ¿recuerdas?
—Ese no es el problema. ¡Merlín! ¡Tienes tu propio despacho y tu propio dormitorio!
Charity frunció el ceño. Últimamente lo hacía muy a menudo.
—Tienes razón. —Se levantó rápidamente y caminó en dirección a la puerta, en donde aún se encontraba Severus—. ¿Me dejas pasar?
— ¿A dónde vas?
—A mi propio dormitorio.
Severus continuó obstruyendo la puerta, mientras ella le sostenía la mirada retadoramente. En últimas fechas la notaba más agresiva, más… Slytherin. Definitivamente él no era una buena influencia para ella.
— ¿Porqué?, ¿hoy lo haremos en tu cama? —Le dijo al oído.
Ella se estremeció y su mirada se fue suavizando hasta recobrar su habitual aspecto inofensivo.
