Capítulo XVII. La inocencia perdida.

—Charity, —la llamó Severus. Al parecer no era la primera vez que lo hacía, porque la siguiente vez que habló, la sacudió un poco hasta despertarla por completo—: Charity, despierta.

Ella abrió los ojos y cuando vio a Severus, sonrió avergonzada. La noche anterior le había dicho te amo y él no le había contestado nada. Aunque más tarde, cuando despertó después de la media noche, se había encontrado con Severus abrazándola con fuerza. Y se había sentido bien. Tal vez sí la quería aunque fuera un poco.

—Buenos días, Severus.

Él no contestó y se volvió a recostar. Charity se volvió hacia él y se medio incorporó sosteniendo su cabeza con la mano, que a su vez se soportaba con el codo contra la almohada.

—Sobre lo que dije anoche, es cierto, pero no espero que me correspondas. Sé que no eres así.

—Cállate. —Dijo antes de besarla—. Te voy a hacer el amor.

— ¿Fue un premio de consolación? —Dijo Charity antes de salir—. Porque fue estupendo.

De pie en el marco de la puerta lo miró. Ella estaba feliz. Él no la abandonaría.

—Charity, —dijo él. Mal augurio. Las discusiones comenzaban usualmente así, diciendo primero su nombre—, esta noche Dumbledore estará fuera del castillo. Es probable que nos pida a los profesores que hagamos rondas por los terrenos de Hogwarts, pero tú te negarás. Finge dolor de cabeza o cualquier cosa.

—Eso es absurdo, Severus, ¿qué podría pasar?, estamos en Hogwarts.

—Solo hazlo.

Le lanzó una mirada gélida, de esas que no admitían réplica. Charity asintió.

—Y también tendrás que regresar a tu habitación.

— ¿Me estás echando? —Charity regresó sobre sus pasos, hasta quedar muy cerca de Severus. De repente sintió mucho miedo.

—Algo así. Pero puedo visitarte en tu dormitorio. Si quieres.

— ¿Por qué?

— ¿Qué importa por qué? Deja de cuestionarme. —Ella lo miró herida—. Por favor, Charity.

Su nombre en los labios de él sonaba maravilloso y más cuando lo decía así. Suplicante, como si de alguna forma dependiera de ella. Casi como si la amara.

—Está bien. —Se rindió y luchó por reprimir el llanto—. Y puedes visitarme cuando quieras. Es más, te puedes mudar.

Entonces, Severus hizo algo que definitivamente encendió los sensores de alarma de Charity: sonrió y lo hizo con sinceridad y algo que parecía tristeza infinita.

Más tarde, Dumbledore hizo lo que Severus había predicho, les pidió vigilar el castillo y ella se negó, como había prometido. Sería muy difícil lidiar con la curiosidad y el vacío. Si al menos pudiera estar en las mazmorras. Su habitación se le antojaba enorme y ajena.

Durmió intranquila, extrañando el calor que emanaba el cuerpo de Severus.

Pero en la madrugada, todo cambió. El sueño, tranquilo o intranquilo, se suspendería indefinidamente.

Aurora Sinistra llamó a su puerta sin ningún miramiento. Severus la habría hechizado de despertarlo de esa manera, pero él estaba en alguna parte del castillo patrullando. Charity se levantó de la cama malhumorada y le abrió a Aurora al mismo tiempo que se colocaba una bata encima de su pijama de dos piezas. Era bastante sensual, a lo que Aurora le lanzó una mirada extrañada.

—Vaya mujer. Te ves bien…

La verdad era que Charity guardaba la esperanza de que Severus se pasara en algún momento por ahí.

— ¿Qué pasa? —Fue entonces, cuando Charity distinguió el alboroto que reinaba en el castillo, que no era más que un murmullo tenue, que por sí mismo no la hubiera despertado.

Aurora recobró el aspecto serio que tenía cuando entró.

—Siéntate. —Ordenó y cuando ella lo hizo, prosiguió—: Dumbledore murió, o mejor dicho, fue asesinado.

— ¡Oh! —Atinó a decir, la muerte de Dumbledore era irreal. Él parecía inmortal. Severus siempre hablaba de él con profunda admiración. Era un ser invencible—. ¿Solo él? —Presentía que no era la única mala noticia de la noche.

—De los nuestros, sí. Hubo un ataque de mortífagos, pero hay algunos heridos.

Todo estaba bien después de todo. Lo peor que podría haber pasado era que Severus estuviera herido. Solo eso. Y aún así, la tranquilidad se negaba a volver.

— ¿No vas a preguntar quién lo mató?

Charity la miró confundida. ¿Qué importaba eso? Tal vez era egoísta, pero si Severus estaba bien, lo demás carecía de importancia.

— ¿Quién?, ¿Quién-tú-sabes?

—Casi. Su fiel vasallo. —Hizo una pausa—. Snape. —Soltó con profundo desprecio.

Mentira. Eso era una vil calumnia. Severus no era el profesor más querido de Hogwarts y por eso habían inventado esa mentira. Seguramente Dumbledore estaba vivo y todo era un montaje. Su respiración se aceleró visiblemente. No caería en ese juego. No dudaría de Severus. Él entraría por esa puerta en cualquier momento a desmentir ese absurdo. Y ella jamás le volvería a hablar a Aurora ni a nadie que se hubiera prestado a esa farsa.

Empezó a dar vueltas incontrolablemente por la habitación. Con la misma velocidad con la que se formaban en su mente los argumentos que abogaban por Severus, se construían los que lo declaraban culpable.

— ¿Cómo? —Alcanzó a preguntar antes de que su respiración se agitara aún más.

—En la torre de Astronomia. En mi torre. —Agregó con asco, como si hubiera sido una afrenta contra ella—. No sé exactamente cómo fue, pero Harry Potter estaba allí y al parecer, lo vio todo.

— ¿Dónde está él?, ¿dónde están todos?

—En la dirección. Minerva tomará el cargo provisionalmente.

Charity salió corriendo. Ni siquiera llevaba zapatos, pero no le importó. Las imágenes se deformaban a su alrededor por la velocidad y amenazaban con quedarse así indefinidamente aunque se detuviera por completo. Las lágrimas nublando su visión no eran de gran ayuda, pero no reparó en ello, hasta que tropezó en un escalón y cayó otros dos más abajo. Entonces lloró amargamente, sabiéndose sola. Sabiéndose herida de muerte.

Como pudo se levantó y continuó su camino, esta vez despacio. Su tobillo se había dislocado y cojeaba trabajosamente. No era buena con los hechizos curativos. Y de pronto tuvo una revelación: no era buena en nada.

Al llegar a la gárgola, el valor la abandonó. Y se quedó allí parada. Con los mismos pensamientos zumbando en su cabeza, como molestas abejas en un día de campo, hostigándola hasta el hartazgo. Cansándola. Matándola.

Entonces sintió una mano posándose en su hombro.

—Minerva está reunida con el ministro y la orden del fénix. No creo que quieras estar allí. —Dijo Aurora—. Llevan más de una hora encerrados.

— ¿También está Potter? — ¿Desde cuándo llamaba a los alumnos únicamente por el apellido?

—Me parece que no.

— ¿Está herido? —Conforme hablaba, su voz se iba endureciendo. Tal vez así se quedara para siempre. Con ese dejo de amargura que acompañaba a cada palabra.

—No. Pero, ¿qué pasa contigo? Te alteraste demasiado.

—Nada. —Más frialdad en su voz—. No pasa nada.

Con esfuerzo regresó a su dormitorio y allí, sanó su tobillo. No lo logró al primer intento. Fue al cuarto. Los primeros tres le generaron más dolor del que causaba la torcedura.


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