Yu-Gi-Oh! es propiedad de Kazuki Takahashi
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Encontrar el equilibrio al lado de su mejor amigo no le fue posible en ningún momento. Pasando casi la medianoche, las cosas no parecían tener un verdadero poder en su habilidad de la invisibilidad, tampoco es como si tuviera un verdadero poder con alguna habilidad psíquica, como la telequinesis o la telepatía, aunque a veces parecía que tenía cierto lazo telepático con Atem.
Pensó por un momento en qué hacer cuando su amigo dictaminó el cierre de sus prácticas, Yugi se dejó caer sobre su cama, rendido en todo aspecto. La magia existente no era poderosa, imposible de superar unas pocas horas de entrenamiento, de allí a que él estuviera derrotado por consumir parte de sus propias energías. Atem se sentó a su lado, a la altura de su cadera, quedándose sentado.
—Medianoche y yo sin poder defenderme —refunfuñó, no dejando ver lo exhausto que estaba—. Me las ingeniaré para irme a casa.
Dubitativo, Yugi se acomodó de lado y pegó su delgado cuerpo hacia la pared. Tocó el hombro de Atem, capturando su atención. Una débil sonrisa escapó de sus labios, empezando a rendirse al cansancio.
—Duerme aquí, por la mañana podremos idear algo para explicar tu presencia en casa —susurró. Cabeceó un momento, empezando a quedarse dormido. La voz de Atem lo despertó de nuevo, obligando a su mente a mantenerse alerta de cualquier respuesta. Le costó seguir el hilo de lo que Atem decía, al punto de tener que pedirle una repetición.
Él, en cambio de lo que cualquiera pensaría, no se molestó al escuchar su súplica.
—¿No te incomoda? —repitió, señalándolo a él primero, luego a su propia persona y la cama para más tarde.
—En absoluto —respondió, con los ojos cerrados, intentando mantener su fuerza de voluntad tan fuerte como para mantenerlos abiertos—. No haremos nada, solo acompañarnos, como cuando teníamos seis años.
Atem notó el bajo volumen de voz de Yugi, sabiendo que estaría entrando a la primera etapa del sueño. En un par de movimientos sacó la sábana de debajo del cuerpo de su amigo y lo tapó con la misma, metiéndose dentro de la manta. Se percató de lo difícil que se le haría dormir por el rápido latir de su corazón ante la extrema cercanía del japonés hacia su persona. No era la primera vez que le sucedía, tampoco la tricentésima vez. En esa noche, contando solo esa noche, ya iban diez veces en donde su corazón se aceleraba por la extrema cercanía.
Lo consideraba nervios gracias al rechazo físico al cual se había obligado a tener. No le gustaba mucho el contacto físico de una manera muy superior al cual los japoneses estaban acostumbrados para respetar el espacio personal de otros, era una manera única en la que se sometió por miedo a desatar de manera errónea su magia sobre alguien durante la época de sus primeros indicios, cuando eran incontrolables y nada podía decir cuándo se manifestarían o cómo lo harían.
El calor de Yugi hacia él, potenciado gracias a la sábana con la cual los había tapado a ambos. Batallando con ese ensordecedor sonido, quedó dormido en la orilla de la cama de su mejor amigo, con un corazón latiendo de manera desbocada en su pecho.
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Miró a sus amigos, Honda, Jonouichi y Anzu, jugando y peleando entre ellos. Sus voces llegaron de manera diluida a él, algunas frases sueltas, referentes a los duelos que habían tenido y a los que llegarían a tener. Ciento ochenta y siente no era nada y que, con una sola victoria, Jonouichi sería feliz de poder pagar su enorme deuda de varios cientos de dólares. Se sentía muy intranquilo de todas las cosas sucedidas, no podía comprenderlas y... no podía recordar absolutamente nada de lo que había pasado. De la nada, las cosas cambiaron, sobresaltándolo. ¿Qué significaba no ver a los demás y, en cambio, ver una especie de vacío?
—No me importa quién seas —dijo Yugi a su lado, provocando una mueca de sorpresa en él, por no entender el significado de sus palabras. ¿Quién era él? ¡Era Atem! Su mejor amigo desde los seis años. El sobresalto se adueñó de él, no pudiendo evitar mirarlo por completo. Yugi tenía una sonrisa en su rostro, tranquila—. Lo único que sé es que eres importante para mí —continuó, provocando de nueva cuenta que su corazón empezara a latir desbocado. Con un movimiento de sus ojos, miró hacia los otros, quienes seguían inmersos en su conversación—. ¡Y para los demás! —añadió.
Una pequeña sonrisa se le escapó, dedicada únicamente a él, la cara relajada de su característico ceño fruncido y fue recompensado con una sonrisa de oreja a oreja. Con un movimiento, ambos cambiaron de lugar, quedándose él encerrado dentro de un enorme laberinto.
Su voluntad comenzó a moverse, aterrada de verse en ese lugar. Quiso salir del encierro, de un laberinto sin final aparente. Quiso jadear, queriendo voltearse hacia la primera puerta en la que se encontrara para huir del encierro. Sin embargo, pese a todas sus fuerzas, el cuerpo que lo encerraba solo caminó hacia un punto extraño, internándose cada vez más dentro del laberinto.
La cara tiró en una sonrisa, a la par que un ruido de superioridad y los ojos se cerraban.
—Claro que un día me superarás, otro yo —soltó, levantando la cabeza y los ojos se abrieron, revelando un profundo cariño hacia el niño que en esos momentos platicaba con su más grande rival: Seto Kaiba—. Aprenderás lo suficiente, otro yo, como para superarme. Sin embargo, incluso con todo esto, no quiero dejarte nunca.
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El joven Moto despertó a tempranas horas, algo incómodo por la posición en la que había dormido. Abrió los ojos, mirando a Atem acaparando gran parte de la cama, provocándole la risa. Las maneras más extrañas de su amigo para acomodarse. Con cuidado, se deslizó fuera del alcance del mismo con tal de no molestarlo y se puso de pie, estirando su pequeño cuerpo. Tal cual había sido la promesa hecha el día anterior, ya practicaron más la magia ambos, además de tener que ocupar ese día única y exclusivamente a reincorporar a Atem al resto del mundo después del accidente.
Tomó el teléfono y comenzó a mandar mensajes a todos sus amigos, informándoles de la situación, creando una especie de mentira para todos. Ninguno de ellos lo vería hasta horas más tarde por ser las seis de la mañana. En su casa las actividades tampoco empezarían hasta bien entrada las ocho. Observó su habitación, percatándose de los zapatos de Atem guardados en una zona especial gracias a su abrupta entrada sin ellos la noche anterior.
Se acercó a ellos, tomándolos entre sus manos. Agradeció las calcetas que tenía puestas, por el silencio con el que podría moverse por su propia casa. Ni su abuelo ni su madre estarían despiertos, por lo que bajó hasta donde la tienda y su casa se conectaban, colocando con total cuidado los zapatos en su lugar. Luego, regresó hasta su habitación, todo en el más profundo de los silencios inimaginables.
Al entrar a su habitación se dio cuenta que su amigo había acaparado toda la cama. No pudo evitar reírse ante las cosas que él estaba haciendo por lo que, un poco culpable, le tomó una fotografía más, pensando en la venganza que haría con eso después de varias travesuras hechas hacia su persona con el uso de la magia.
Relamió sus labios, preguntándose lo que iba a hacer en todo ese tiempo. Estaba de vacaciones de verano, la época para los parques de diversiones. Pensando en la posible debilidad que quedaría en el cuerpo de su mejor amigo, habían decidido pasar por aquella ocasión cualquier parque. Añadió a su lista mental, no quería que volvieran a decir alguna de sus graciosas ocurrencias respecto a la relación entre ambos. Ya habían sufrido bastante que les miraran con cierta... malicia cuando se subieron al tobogán juntos.
Claro, porque hacer un acto que él había hecho decenas de veces en el pasado con ellos aparte de Atem no contaban. Tenían que hacer mucho hincapié a las veces donde ellos decidían pasar todo el rato juntos. Eso le molestaba ya, tener que aguantar comentarios de distinta índole señalándole que mejor se decidiera a iniciar algo con Atem antes de que se le adelantara cualquier chica. Ya le costaba ver la cara de su mejor amigo cuando soltaban esos comentarios estando los dos juntos.
Llevó su mano al corazón, sintiendo el palpitar del mismo. Sí, Atem tenía toda su atención, lo acaparaba casi por completo, siempre quería estar allí, a su lado. El corazón dentro de su cuerpo si se aceleraba ante la proximidad compartida con él, no obstante, era muy distinto a lo que sus amigos hacían de referencia. Miedo a un regaño, temor incluso a que su preocupación le hiciera hacerlo un jugador activo hacia cualquier ser. Ushio había sufrido las terribles consecuencias al intentar extorsionarlo. De allí empezó su miedo, a ser evidente en cualquier daño que un muchacho no jugador le haga pues su mejor amigo no hacía nada por contener la rabia.
—Dañarte es como si me insultaran a mí —fue su respuesta esa misma mañana, mientras veían Ciudad Domino por el techo de la escuela—. Y nadie me insulta.
—Atem —susurró, colocando una mano sobre su hombro—, existen maneras no mágicas para hacerles frente. No importa cuánto intenten conmigo, mientras te tenga a ti y a los demás, la fuerza que tendré será suficiente para hacerles frente.
Sonrió ante el recuerdo, complacido de percatarse de la ausencia de conflictos entre él y cualquier sujeto deshonesto. Ser un Jugador Oscuro activo implicaba muchas más cosas que ser Osiris en la Tierra, más allá de impartir la justicia de la manera en que lo hacían, significaba mucho más: atraer a otros. Existían de diversas y muy variadas formas. Desde un niño de no más de diez años —caso de Atem al descubrir sus poderes— como de hombres con más de treinta años encima —el padre de su mejor amigo era la prueba de esto—. Nadie estaba exento de ser un jugador, pero ellos podrían pasar desapercibidos mientras no hicieran muestras de sus poderes constantemente. Una vez era suficiente por año.
No más jugadores, no querían sumergirse en problemas.
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Jonouichi Katsuya era alguien que no poseía los más grandes recursos como para costearse un teléfono de último modelo. Sin embargo, gracias al apoyo de sus amigos, tenía uno bastante simple con el cual mantenerse en contacto con los demás. No siempre contestaba a los mensajes que le llegaban por carecer de crédito o tener cierto repelús a sacarlo estando su padre presente. No obstante, tomando las últimas semanas donde Yugi había pasado más tiempo en el hospital, comenzó a estar un poco más presente por si algo se presentaba en la salud de Atem.
El rubio estiró su mano hasta tener entre sus dedos el aparato que tanto trabajo costó obtener y lo miró. Yugi había sido quien le mandó un mensaje, adjuntándolos a todos en un pequeño grupo y le daba as buenas noticias de la dada de alta del mestizo. Primero, debido al cansancio que quedaba —eran las casi las ocho de la mañana según el aparato— volvió a recostar la cabeza contra la almohada, a punto de entrar en otro agradable sueño donde él y sus bebés estarían tranquilos. No obstante, al pasar de unos minutos, empezaron a hacer eco las palabras de su amigo, causando que se pusiera de pie en un gran y aparatoso brinco que acabó con él y su cara estrellada en el suelo.
Restándole total importancia a sus problemas matutinos, tomó el celular entre sus dedos, leyendo nuevamente el mensaje enviado por su amigo de cabello picudo. Atem estaba dado de alta y sus padres le habían permitido salir todo ese día, reuniéndose con él a las siete y media de la mañana con tal de esperarles en casa, listos para iniciar su trayecto hacia el Arcade y a Kaiba Land. Bajó el texto, notando que esperarían pacientemente a que el último de ellos llegara.
Jonouichi volvió a mirar la hora: diecisiete minutos para que dieran las ocho de la mañana. Se apresuró hacia su armario, buscando ropa que ponerse. Encontró una camisa amarilla, una chaqueta de un azul claro y unos jeans limpios. Un poco consternado, preguntándose a dónde había ido a parar su demás ropa, lo tomó y tirón sobre la cama. Descalzo, entró al baño, donde se enfundó sus zapatos especiales hasta llegar a la tina. Tenía que ser rápido si no quería ser el último y arruinar el precioso día que les había tocado para salir.
Hizo su ritual de aseo personal, previendo que tenía que mantenerse estable antes del fin de mes, donde las cuotas debían ser pagadas. Entre una cosa y otra, permitió a su mente trasladarse hasta Shizuka, su hermana menor, quien, a pesar de estar lejos, no recibía ese tipo de vida con el estado de salud delicado que poseía en su vista. Muchas cosas serían distintas de no ser su padre un alcohólico empedernido hacia la lotería.
Aseado y con los dientes limpios, salió del baño, recordando dejar sus zapatos en su lugar, dispuesto a vestirse lo más rápido que podía. Hizo la lista mental de lo que le iban a hacer de acuerdo a lo que habían planeado el día anterior respecto al momento de dada de alta de Atem. Miró con un poco de duda sus ahorros, sabiendo el escaso dinero con el que contaba, pero, se dijo, el mestizo merecía llevarse un buen día después de estar encerrado tanto tiempo sin poder moverse de esa habitación. Agarró todo lo que tenía, guardándoselo en los bolsillos del pantalón, del mismo modo, tomó el celular y las llaves y salió a hurtadillas de su habitación.
Pasó frente a la habitación de su padre, donde la abrió un momento solo para verificar que allí estaba. El sonido de sus ronquidos y el bulto en la cama se lo confirmaron, agradeciendo por completo el conocer su paradero. Con movimientos suaves, cerró la puerta y se fue del lugar en busca de sus zapatillas deportivas. Se las colocó antes de salir, recordando atar las agujetas y se fue corriendo.
Gracias a la escuela pública, Jonouichi sabía que la casa de su amigo estaba cerca. Técnicamente, la de todos, por quedarles de paso para llegar a la institución. Estando solo pendiente de los semáforos que le permitían el paso, corrió a toda velocidad hasta llegar a la casa-tienda más conocida por todos ellos, la residencia Moto.
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Atem no despertó hasta bien pasadas de las siete de la mañana. Yugi estaba allí, con una bandeja de desayuno colocada en su escritorio mientras se terminaba de colocarse una camisa manga corta blanca, además de traer unas extrañas muñequeras de metal. Se sentó en la cama, admirando a su mejor amigo con curiosidad respecto a su apariencia bastante contradictoria a lo que se había acostumbrado.
—¡Despertaste! —exclamó al percatarse de la intensa mirada a la que fue sometido—. Mamá me pidió que te sirviera el desayuno para cuando despertaras, además, la señora Hor-Ajti vino hace como veinte minutos, dejándome una muda de ropa limpia para ti con tal de que no tengas que cargar la misma que traes desde ayer.
Bajó la mirada, notando la polera negra y los jeans, sin contar los calcetines que no se había quitado al momento de dormir. Parpadeó un momento, analizando la reciente información ofrecida por su mejor amigo, quien parecía bastante alegre con las cosas. Se levantó, dirigiéndose al escritorio con tal de consumir sus alimentos.
Sopa miso, arroz en otro bol, pescado en un plato mediano, tamagoyaki (1) y fruta picada en otro, además de eso, estaba una taza de té verde servida junto a su tetera. Hacía muy poco fue servido, según lo podía notar con el olor y el calor saliendo del mismo. Miró con un dejo de desconfianza a Yugi.
—Itadakimasu (2)—susurró, juntando sus manos y haciendo una reverencia. Una vez hecho ello, tomó los palillos y empezó a comer.
Su amigo se acercó a la cama, lugar donde se quedó sentado observándole terminar su desayuno, bastante satisfecho con los pocos ruidos que hacía al consumir la sopa miso, llevándosela a los labios y consumirla directamente el plato.
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Anzu Mazaki tuvo su primer problema: el vestirse. Iban al Arcade y a Kaiba Land, eso significaba juegos. La castaña la traía muy sin cuidados porque el Arcade significaba estar en un Centro de Juegos, donde casi todos eran de mesa o videjuegos. Estaba fascinada del todo en ver cómo Atem y Yugi hacían palizas a Jonouichi, de un modo bastante sutil, donde le daban los ánimos suficientes para continuar enfrentándolo.
El único invicto de todos era Atem, siendo Yugi el que le seguía por cosa de nada. El chico Moto mantenía una relación maestro-aprendiz en el ámbito de juegos con el mestizo, quien podía mantenerse con los humos bajos a menos que Yugi derrotara a alguien en un juego y este decidiera irse por el camino de los cobardes: enfrentarle físicamente sabiendo que se llevaría la ventaja en el desafío. Atem se volvía loco de solo ver a su mejor amigo tendido en el piso después de una paliza.
Si Honda y Jonouichi estaban cerca, Atem era capaz de no contenerse al lado de ellos dos y devolverle el golpe.
Decidió que se pondría una blusa rosa oscuro sin mangas debajo de una amarilla claro con los hombros al descubierto y mangas a mitad del antebrazo, una falda varios tonos más claro que la primera blusa y un cinturón que le rodearía de la cintura de un tono pastel. Buscó entre sus cosas unas medias negras que le llegaran hasta poco más arriba de la rodilla y unas zapatillas rosadas que llevó hasta la puerta con tal de calzárselas una vez saliera.
Tomó sus artículos para su aseo personal y se dirigió al baño, contando ya con el permiso de sus padres. Durante todo el tiempo solo era capaz de pensar en las grandes cosas que atormentaban su mente relacionado a Atem y Yugi, los dos mejores amigos que jamás tendría por conocerlos desde los seis años.
Su rutina no solo empezaba cuando se introducía a la bañera con tal de asearse, tenía muchas implicaciones desde el cuidado de su cabello hasta el de su propia piel, costumbre inculcada tanto por su madre y abuela. Debía ser más que precavida en todo momento.
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(1) Tortilla japonesa.
(2) Itadakimasu no tiene verdadero significado, en el japonés no hay una palabra existente para decir "provecho", de allí, quiero poner esta palabra no porque me guste combinar, si no por ser una expresión común en ellos al momento de consumir sus alimentos. En este fanfic, esta será la única vez donde se verán palabras extranjeras porque voy a explicar esto: Itadakimasu/Gochisousama deshita significan en sí mismo "Gracias" no del mismo modo en que "arigatou" lo hace, no. Estas están fuertemente relacionadas con la comida. Es gracias relacionado con las personas que van desde más lejos de lo imaginado. Agradecen al que sirvió la comida, a quien preparó los alimentos, a quien pescó o cosechó lo que tienen en su plato. El segundo significado que tiene este agradecimiento es hacia la carne que tienen, pidiéndoles que les permitan consumirlos para poder vivir.
Mientras que el otro significa gracias debido a que se divide de distintas maneras donde puede estar diciendo "gracias por hacer un largo recorrido y he disfrutado de estos alimentos". Ahora, a partir de este capítulo en adelante, cuando mis personajes vuelvan a consumir sus alimentos, solo pondré "gracias" ya que es su traducción más cercana.
En lo personal, odio poner palabras extranjeras en mis escritos teniendo una traducción, por ahora, será pasado por alto, solo por esta ocasión en específico al ser una especie de introducción ya que mi deseo es manejar lo más fiel posible a las costumbres japonesas. Lo más que yo pueda. Como occidental y más como mexicana de un pueblo olvidado por la mano de Dios, debo añadir que se me va a complicar mucho.
¡Y seguimos con la racha de conocimiento! Este capítulo no me dejó del todo satisfecha como el anterior (Dios, amé el anterior y para que a mí me guste algo propio está duro). Sin embargo, aquí he metido varias cosas que provienen de Japón que he estado investigando (muchas son muy obvias). Debo decir, este lo siento un poquito como relleno pero debo admitir que es una catapulta.
Sí, debo decirlo, es un romance homosexual pero tiene fantasía así que ¡debo aprovecharla al máximo!
P. S. Hay una referencia al manga dentro de todo el texto, ¿quién es capaz de encontrarla?
¡Nos leemos!
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