Quinto robo:vida

Will

Ahí estaba yo, y ahí estaban las furias, y según mi acta de nacimiento mi nombre no era Percy Jackson, así que las probabilidades de sobrevivir—suponiendo que siguiera vivo—eran... bueno... nulas.

Yo estaba en un auto, sentado junto a mis amigos, un zombie muy callado y un hijo de Hades con una actitud agresiva-pasiva demasiado evidente como para pasarla por alto. Oh, y Estiggy, pero sentía que estaba tan lejos que prefería fingir que no se encontraba allí. Luego me desmayé.

Desperté mareado, desorientado, y sin tener idea de cuánto tiempo había pasado ¿minutos, horas, siglos? todo parecía posible. Me sentía tan mal que descarté la opción de que me encontrara muerto, porque si eso era la muerte, dolía, apestaba, y era una farsa todo el asunto de la paz eterna. Noté que el ambiente estaba húmedo, frío, y oscuro. Intenté incorporarme, pero a pesar de no tener heridas visibles, mi cuerpo me hizo saber que era una muy mala idea, por lo que permanecí tumbado en el piso.

Me pareció un buen momento para ver mi vida pasar delante de mis ojos, como se supone que debía ser, pero a falta de una epifanía mística o algo para distraerme—porque estaba seguro de que algo se había movido en las sombras—, decidí intentar reflexionar un poco sobre la situación actual, para que, en caso de no sobrevivir, tuviese una explicación lógica que darle a los jueces sobre mi reciente transformación en un cretino. Porque sabía que estaba siendo un cretino.

Cerré mis ojos y comencé a recitar una profecía, una que había escuchado hacía años y que poco a poco iba tomando sentido en mi mente.

El sol a muchos salvará

Pero a sí mismo ayudar no podrá.

Cuando el ángel oscuro llegue,

y del sol se lleve la suerte,

de su luz provocará la muerte

Inicialmente, creí que la muerte llegaría a mí en la batalla de Manhattan, considerando la cantidad de semidioses que había ayudado—o intentado ayudar—, a pesar de que yo mismo estaba cansado y lastimado, aunque la última parte no tenía sentido. Entonces, un chico moreno salió de la tierra con su ejército de esqueletos y quedé estúpidamente impactado, dejando fuera de servicio a la parte de mi cerebro que probablemente debía encargarse de relacionar hechos con profecías macabras. En cualquier caso, supe después, era un hijo de Hades, y su apellido era di Angelo y, por todos los dioses, si eso no era algo ya muy obvio, no sé qué clase de idiota soy.

Así que me enamoré ridículamente rápido de quien claramente iba a matarme en un futuro próximo.

Sorpresivamente sobreviví y juré por mi vida—jurar por el Estigio es algo muy extremo, en un caso como este— que no volvería a acercarme a Nico di Angelo.

¿Jurar por tu vida no es algo estúpido sabiendo que de no cumplir, de todas formas morirás?

Exactamente. Y no me mantuve alejado de Nico tampoco.

Porque lo quería, y como no se pasaba mucho por allí en realidad, supuse que las cosas no estarían tan mal. Pero todo se fue al mismísimo In... no quería usar esa palabra en ese lugar, digamos que se fue al... al desván de la Casa Grande—puaj, odio ese sitio—,ya que él se quedó en la enfermería, y Cecil comenzó a decir cosas y Nico... Dioses, la cara de Nico cuando yo...

Cecil conoce la profecía, por eso creí que al remarcar quién era el chico, y quien era su padre, y todo lo que me estaba quitando el maldito sueño, él reaccionaría y dejaría de torturarme psicológicamente de forma inintencionada. Pero en fin, las cosas no salieron bien, y ahí estaba yo, inmóvil, lamentándome y con ganas de patear algo en la bella tierra de los muertos. Y sí, de alguna forma yo sabía dónde estaba. No tenía idea de por qué.

Decidí que estaba siendo más estúpido de lo habitual y volví a tratar de levantarme, esta vez, aunque a duras penas, con éxito. Me sostuve tambaleante de algo aunque no sabía qué. Podía ser una roca, o un pilar, o un árbol, pero estaba tan oscuro que dudé que fuese la última opción.

—Escuché que los hijos de Apolo no se llevan bien con la oscuridad.

Di un pequeño salto por la sorpresa, y giré para ver al emisor, pero no podía ver demasiado en realidad.

—¿Quién eres?

—Ésta ni siquiera es la oscuridad absoluta y ya te ves realmente mal, ¿quieres conocer la oscuridad real, hijo del sol?

—No, gracias, ¿quién Benévolas eres?

—Tu novio ya ha estado ahí.—siguió diciendo. Hubiese querido tener mi arco, o mi daga, o una piedra— Ese mocoso insolente se atrevió a sobrevivir al Tártaro.

Fruncí el ceño, esperando que el otro no pudiese verme tampoco.

—¿Quién, Percy?

—¿Me estás diciendo que tu novio es el hijo de Poseidón?—se burló. Supe casi con certeza que sonreía con ironía.

¿Qué hacía yo manteniendo una conversación sobre ese tema con un desconocido en la oscuridad no-absoluta? dioses...

—...Nico, estás hablando de Nico, ¿verdad? ¿Él estuvo...?

Me callé. En retrospectiva ya lo sabía, o al menos debería saberlo. El entrenador Hedge comentó algo sobre "El chico perturbado que había estado en ya sabes donde" pero siempre pensé que se refería a Percy. Aunque mas bien se enfocó en las escenas de acción protagonizadas por él y que seguramente jamás tuvieron lugar. Y todo mientras yo atendía un parto ¿esperaban que me pusiese a atar cabos?

—Así que tu novio es el mocoso que se hace llamar Rey.

Lo ignoré. ¿Qué iba decirle? "No señor fantasma psicópata, pero si me deja ir prometo intentarlo" no sonaba como una buena opción. Y ni siquiera estaba seguro de que fuese un fantasma, podía ser un monstruo, o un dios, o un repartidor de pizza muy confundido. Podía ser cualquier cosa, pero ¿yo? yo sólo era Will Solace, el hijo de Apolo que al parecer iba a morir en la tierra de los muertos—¿mi alma se quedaría allí y me ahorrarían el viaje o aparecería con Caronte?—, y que no podía pelear ni saltar a tiempo de un auto, por Zeus. Y ni siquiera estaba en condiciones de correr, además de que sentía que si ese loco no me mataba rápido, la oscuridad solucionaría el problema, porque me sentía tan ridículamente mal.

Oh. No tenía armas, pero tenía Ambrosía, así que quizás...

—¿Y qué si lo es?—dije con esfuerzo, mientras buscaba la medicina en mi abrigo verde, ¿por qué esa maldita cosa tenía tantos bolsillos?

—Hay una profecía al respecto—dijo distraídamente. Me tensé—. El sol no sale muy bien parado.

—Sí—mascullé—, la conozco, gracias.

No la encontraba y, ¿por qué demonios llevaba un termómetro ahí?

—Es interesante, ¿verdad? arriesgar toda tu vida por un enamoramiento adolescente—comentó, como si no fuese importante, de la misma forma que hablaría de un dato curioso sobre los perros.

—Quizás vale la pena.

Encontré unos cohetes de fiesta, de los que hacen más ruido que otra cosa, ¿para qué tenía eso? debían ser de Cecil. Decidí que podrían servirme. Después de todo también había un encendedor (¿ese hijo de Hermes pretendía hacerme explotar?).

—La luna reemplazará al sol, ¿no crees?

—Siempre amanece—dije, encontrando finalmente la Ambrosía pero conteniéndome para no gritar de emoción. La mordí.

—Pero no pueden brillar a la vez.

—¿Nunca has levantado la vista en una tarde muy soleada, y te encontraste con que la luna estaba allí, en pleno día?—pregunté, sonriendo. Me sentía fenomenal—. Tan fuera de lugar, pero tan hermosa.

Entonces lancé la pirotecnia y corrí como si media docena de romanos me siguiera... otra vez. No llegué a ver quién me había estado fastidiando, de todas formas tampoco lo intenté, y en retrospectiva, noto que fue un plan muy estúpido ¿a dónde planeaba ir? estaba en el maldito Inframundo. Aún así, correr parecía lo más sensato, la sensación de peligro que me estaba molestando desde que escuché esa voz se fue.

Y entonces vi a las tres furias posadas en lo alto de una roca y me dije que definitivamente no era mi día de suerte. Una de ellas reparó en mí, y yo me paralicé. Sabía que iban a matarme, y como tantas veces anteriormente—y por diferentes motivos—me encontré deseando ser Percy Jackson. Parecían dispuestas a atacar cuando escuché la voz más hermosa que se puede escuchar en la tierra de los muertos (y quizás en cualquier parte).

—¡Padre!

¡Era Nico! ¡Dioses, amé a ese chico más de lo que nunca lo había hecho!, pensé en acercarme, pero Alecto y sus hermanas de nombres raros me seguían mirando, y moverse parecía un detonante.

—Padre, estoy...

—Niño, no seas tan descortés—lo reprendió una voz femenina, lo escuché suspirar y asumo que hizo una reverencia o algo, porque nadie volvió a quejarse.

—Padre, ¿hay un hijo de Apolo por aquí?

Se escuchaba alterado. Lo suficiente como para exigirle información a su padre de esa forma.

—2.102 en los Alfódelos, 134 en los Campos de Castigo, y 87 en los Elíseos, la última vez que revisé.

Ew, yo no quería saber eso.

—No padre, me refiero a uno vivo.

¿Eso significaba que estaba vivo? gracias, dioses.

—Hijo, un descendiente del sol no puede sobrevivir aquí, la oscuridad excesiva es increíblemente perjudicial para ellos.

—¡Pero estoy seguro de que lo trajeron! sentí la presencia de Minos y...

—¿Minos?

¡¿Minos?! ¿Significaba que acababa de lanzarle pirotecnia al maldito Rey de los Fantasmas, y que un día él iba a juzgarme por ello?

—¡Eso no importa, padre!—¡a mí sí me importaba!—. Necesito a Solace. Sé que está aquí, ¿no puede...?

—Estoy...—susurré. Luego corrí y levanté la voz—¡Nico, estoy aquí!

Las furias me observaban, y yo seguía sin tener armas. Por suerte, al doblar en la esquina más cercana, ahí estaba él, de pie sosteniendo a Estiggy frente a los tronos de su padre y Perséfone. Me miró, al inicio sorprendido, luego horrorizado, y corrió hacia mí.

—¡Will!

Me sentí como un estúpido que corre hacia su amada al final de una película vieja, en una playa y con una puesta de sol como fondo, pero dioses, estaba tan asustado ahora que sabía que quizás había una oportunidad de salir vivo, que simplemente quería llegar con él, aunque estaba dolorosamente consciente de que el señor del Inframundo y su esposa nos miraban arqueando cada cual una de sus divinas cejas.

Sorpresivamente Nico me abrazó, y yo sólo caí como estúpido porque me temblaban las rodillas, así que me sujeté de él. Gracias dioses, gracias Zeus, Hera, padre, Artemisa, Hades y...

Oh, santísimo... Hades.

Yo miré al señor de los muertos sin soltar a Nico, que aparentemente había olvidado que teníamos público. Él seguía arqueando una de sus cejas, sus ojos eran oscuros como los de Nico y me miraban fijamente. Las Furias se posaron sobre la parte superior de su trono, mirándome también. Perséfone parecía divertida. Hades carraspeó y di Angelo se tensó. Se apartó de mí, pero permitió que me sostuviera de su hombro

—¿Éste es tu hijo de Apolo?

—Sí, padre... digo no... digo... emh... Will Solace.

—Hola—dije.

—¿Por qué sigues vivo?

—Eh... no lo sé, señor.

Miró a Nico ahora, con una clara expresión de "¿En serio?". Perséfone sonreía.

—Si no te lo llevas rápido, habrá 2.103 hijos de Apolo en los Campos Alfódelos—explicó con calma—. Pero si lo haces, quizás tengas que ocupar tu habitación aquí más pronto de lo que crees.

—¿Qué?—pregunté. Ambos permanecieron en silencio. Perséfone se dirigió a mí.

—Habla de esa cosa tan rara que mi hijastro hace con las sombras.

—¿Lo hiciste?—pregunté indignado.

—¡Te habían secuestrado! ¿qué querías que hiciera?

—Hijo—interrumpió Hades—, aún no me explico cómo ha llegado tu amigo aquí—me miró de reojo al pronunciar "amigo"—, ni por qué Las Furias no lo han atacado, pero realmente no tenemos tiempo para eso.

Alecto se removió incómoda. Nico me tomó la mano.

—Te ves terrible—me informó—, así que trata de no darle un ataque a Lou o a Cecil.

—¡Pero no puedes...!

—Gracias, padre.

Las sombras estaban frías, me mareaban, y en todo ese helado ambiente, las manos de Nico parecían cálidas por primera vez. Me pregunté hasta qué punto este viaje me estaba lastimando. Me pregunté hasta qué punto lo estaba matando a él.

Continuará.

¿A qué el nombre del robo las asustó?

La profecía no es de lo mejor, pero Laura y yo (en realidad, ella hizo casi todo) estuvimos como una hora escribiéndola, así que espero que no esté tan mal. Normalmente, les hablaría de cómo esto no es tan bueno como podría, pero desperté con un dolor de los mil Hades en el brazo y teclear esto está resultando una tortura digna de los Campos de Castigo, lo escribí sólo porque sé que algunas lo esperan. No voy a releer porque sé que me arrepentiré y querré volver a empezar, así que disculpen los errores. Me limito a pedir Reviews y juro por el Estigio que me esforzaré más para la próxima semana.

Nos leemos por ahí, y que los dioses los acompañen.

(Y que Asclepio me cure el brazo izquierdo, por amor a Zeus)