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Atem se quedó en el pasillo, tratando de calmarse respecto a lo sucedido minutos antes, sorprendido por Jonouichi Katsuya en relación a lo que ambos querían mantener oculto. Nunca admitiría la vergüenza total, solo lo que su cuerpo pudiera manifestar —que gracias a su genética paterna era muy difícil dejarlo en claro—. El corazón le latía agitado, sintiendo sus propias manos arder en señal de tocar algo con tal de bajar la sensación de punzante culpabilidad que rondaba en la yema de sus dedos.

Se mantuvo ignorante de las cosas entre Jonouichi y Yugi, tratando de calmar sus propias reacciones. Justificando las cosas, había estado en lo correcto. La cuerda con la que su mejor amigo había atado su copia era tan fuerte como su voluntad de no dejarlo ir. Una voluntad que podría quebrarse en cualquier momento si existieran más cosas de por medio.

Inhaló y entró a la habitación, notando lo tenso en el ambiente entre los dos. Jonouichi Katsuya era demasiado perceptivo cuando se trataba de ambos, lo suficiente tenaz como para ponerlos entre la espada y la pared. El japonés sufría de eso, perder a sus dos amigos humanos o revelar un secreto compartido.

—No soy humano —soltó de pronto, sorprendiéndose a sí mismo por la revelación. El rubio le miró entonces, alterado y más molesto por sus palabras—. Tengo un cuerpo humano —corrigió, tan pronto la primera señal de advertencia se esfumó de su cabeza—, mas no significa que yo lo sea como tú, como Anzu, como Honda o como Yugi lo son... No sé que soy.

Con una gran convicción que no ocurría en su cabeza desde hacía demasiado tiempo, comenzó a narrar toda la verdad. Si su padre le mintió en algún punto, ese no era su problema. Diría todo lo que sabía, protegiendo a Yugi de paso, sabiendo que se lo debía por completo tras la reacción que tuvo en el Arcade. Sabía que podría perder a muchas personas si su secreto se expandiera. Si tuviera la posibilidad de borrar memorias, lo haría. Sin embargo, para su mejor amigo, eso sería trampa y le costaría recuperar con más facilidad la confianza que ya no tenía.

Por ello decidió contarlo todo. Por primera vez en demasiado tiempo abría la puerta de su mente hacia alguien ajeno que no fuera Yugi.

E iba a costar mucho, por ser Jonouichi Katsuya su receptor de la historia. ¿Quién le creería todas las cosas que tenía guardadas? Poca gente y estando en un limbo donde nada salvo los sentimientos del mismo rubio podrían generarle una habilidad tan pequeña como la creación de la esfera azul, estaba perdido.

Chispas saltaron de sus dedos, ansiosas de expandirse una vez probado los Juegos Oscuros nuevamente después de años de encierro.

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Haber entrenado todo ese día, dejó sus reservas de poder al límite. Tal cual su padre le había explicado, lo que él había considerado magia no era nada salvo un truco ilusorio. Una terrible ilusión que tenía grandes precios. Sacrificó todo lo que quedaba de día con tal de escapar en la noche para reunirse con Yugi.

Estaba mal visto hacer eso, escalar de esa manera hasta la habitación de un vecino. A ninguno de los dos parecía molestarle en ningún momento estar hasta bien pasadas las horas de la noche en ese lugar en específico. No obstante, debía admitir que estaba sorprendido por el lugar donde Yugi había decidido esperarlo: en su propia azotea. Escaló hasta llegar a donde el joven japonés resguardaba, mirando hacia el cielo nocturno.

—¿No es genial? —preguntó Yugi en cuanto estuvo cerca, solo para acomodarse a un lado. Atem miró la misma dirección a la que él veía, no percatándose de mucho más allá de las estrellas que brillaban tenuemente contra la gran luz que yacía a pocos metros de distancia de ellos—. Pensar en todos esos mundos.

Atem se quedó viendo el cielo, los diversos puntos en distintos lugares. Algunas de esas luces serían los planetas del sistema solar empero, las demás serían estrellas pertenecientes a los soles de distintos sistemas, más allá de lo que el ser humano llegaría en todo ese tiempo.

Inconsciente, pasó a mirar al distraído Yugi. Pequeño a comparación de muchos de su edad, con un aire que hacía creer a muchos una edad equivocada. En palabras de Anzu, su mejor amigo era lindo. Siempre buscaban la forma de negar ese comportamiento, encontrando una forma en que Yugi se definiera físicamente con tal de dejar de traer encima comentarios en distintas ferias donde lo confundían con un chico de primaria. No obstante, cuando usaban la palabra lindo, algo en su propia mente generaba una búsqueda.

Pero una búsqueda de qué exactamente. No encontraba una respuesta, solo veía a su mejor amigo siendo definido como lindo y su mente solo buscaba una manera de decir algo.

El mestizo se percató entonces que llevaba demasiado tiempo observando al japonés, por lo que apartó la vista, centrándose de nuevo en las estrellas que brillaban en el cielo. Tiempo atrás, su padre le había revelado que lo que veían era una especie de cápsula del tiempo. Real o no, había querido creer esa visión.

—Mi madre una vez me enseñó los sistemas de estrellas binarias —dijo Yugi, sacándolo de sus pensamientos. Se encontró con la gran mirada de su mejor amigo, llena de una magia que ni la propia podía superar—. Me acordé por las palabras de Honda.

—¿Sobre qué tú siempre estás orbitando a mi alrededor? —preguntó, con una gran duda en la cabeza.

—Jonouichi me hizo ver que no solo yo orbito alrededor de ti, como en un principio cree la gente. Tú también orbitas sobre mí —respondió, no muy seguro de sus palabras—. Desde que comparto el secreto de tu familia y empecé a ser partícipe de tus entrenamientos menos pesados por ser solo un humano, orbitamos a eso —continuó, generando las chispas azules de una manera torpe e ineficaz. Atem se sintió conmovido al ver el deseo en él de un día ser lo suficientemente capaz de generar una esfera azul, donde reuniría las emociones negativas para generar algo, aunque Yugi no lo supiera aún—. Las estrellas binarias orbitan alrededor de una masa en común, la nuestra sería tu secreto.

Nuestro secreto —corrigió el moreno, haciendo un gran énfasis en la primera palabra.

El muchacho japonés sintió su cuerpo removerse en una alegría pura, una alegría que no había conocido nunca gracias a todos los secretos que crecían a su alrededor. Sentirse parte de algo tan grande hizo un golpe en su memoria respecto al pasado, cuando defendió a Jonouichi Katsuya y Honda Hiroto de Ushio, siendo una época donde ninguno se llevaba del todo bien con el otro. Hasta ese entonces, nada había generado un éxtasis tan grande como escuchar al rubio decirle sobre la amistad al día siguiente de unos eventos extraños en su memoria. A punto de cumplirse tres años desde el evento, Atem logró emular las sensaciones vividas ese mismo día, solo que de manera completamente distinta. Ser parte del secreto de la familia de su mejor amigo ya era un gran peso, pero saber que él decía que era su propio secreto...

—Nuestro secreto —aceptó con una sonrisa en el rostro llena de felicidad—. Es nuestro centro y tú y yo orbitamos alrededor de él, protegiéndolo y desviando las miradas de todos a lo que en verdad nos pasa.

—Bajo el costo de ser emparejados —añadió, sintiendo la propia vergüenza subirle por el cuello. Yugi se alejó solo un poquito de él cuando hizo ese comentario, bastante apenado también.

—Sí, un costo —susurró el otro—. ¿Tú entiendes la razón de que crean que vamos a tener una relación o que ya la tenemos? Más allá de nuestro deseo de esconder el secreto, ¿qué los hace pensar en ello?

Dio una negativa, sintiéndose igual de consternado. Las posibilidades eran tan remotas como que Jonouichi saliera con Anzu, sabiendo que entre ellos existía respeto mas no gusto. El solo pensamiento de eso le provocó un escalofrío de pánico. No imaginaba a sus mejores amigos fuera de Yugi en una relación entre ellos mismos. Miró de nuevo hacia el cielo, imaginando cuántas estrellas existirían de manera binaria, de la misma manera en que Yugi los definió.

—Somos estrellas binarias —confirmó el japonés, sin atreverse a mirarlo otra vez. Era frustrante que, al salir ese tema en específico, ambos no pudieran ni verse el uno al otro—. Tú eres la estrella más grande dentro de nuestro sistema por pertenecerte el secreto al descender de tu familia paterna. Yo soy la más pequeña —señaló un par en el cielo, juntas, ignorante si era el tipo que buscaba. Bajó su mano una vez aseguró a Atem notarla— al ser un guardián. Tendré la habilidad mas no nací como alguien de tu familia. Solo guardo el secreto que pertenece a ti y a tu padre. Tanto tu mamá como yo, somos meros guardianes, orbitando y siendo eclipsados con frecuencia por seres como tú y tu padre.

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El moreno se hizo la pregunta de qué pudo detonarle el recuerdo mientras le narraba a Jonouichi la verdad. En su mente solo transcurría esa única vez donde su mejor amigo había sido alguien tan... especial como para comparar a ambos con dos astros que le eran más desconocidos que conocidos. No habían transcurrido más de quince horas desde el momento en que salió del hospital y ya se habían volteado las cosas en cuestión de minutos. Un juego donde no más de cinco minutos transcurrieron para exponerse ante cámaras.

Comprendió entonces la rabia y miedo de Yugi. No conocían en verdad quiénes eran aprendices y quiénes los herederos de esa magia antigua. Entendió con más claridad que el Arcade iba a estar vigilado —por supuesto, estúpido, estúpido— con cámaras con el único objetivo de calmar a cualquiera que quisiera tener intenciones graves. Podían ver las grabaciones y alguien, heredero o aprendiz, rastrearlos a base de las impresiones dejadas en el lugar.

Está bien si las cosas siguen siendo las mismas...
Está bien...

No importa...

Atem se le ocurrió una burla hacia su persona. Las cosas habían cambiado y para mal, si notaba las reacciones tan anormales de Jonouichi en cuanto su relato terminó. Había quedado expuesto como un espíritu. Existía y es todo lo que a su familia y a Yugi le importaba. Su posibilidad de ser real quedaba reducida a una cuestión: si puedes matar y te pueden matar, eres real.

Nada estaba bien. Nada se mantenía igual. Además, ese convencimiento era el de un cobarde. Él mismo estaba exhausto de ese pensamiento. ¿Cómo hacer frente a los problemas si no quería cambiar nada? Que todo se mantuviera en el mismo transcurso, con la misma tranquilidad y ninguna piedra apareciera en medio del camino.

—No puedo escapar de este cuerpo al ser mío —agregó cuando notó lo mal que se expresaba al alegar no ser un verdadero humano—, nací en él, me ha cubierto desde el momento en que fue tomando forma dentro del vientre de mi madre. Solo la muerte puede separarme de él. Soy tan real como tú y Yugi.

—Jonouichi —habló por primera vez su mejor amigo, mostrándose bastante afectado por los recientes acontecimientos. El Juego Oscuro, su desesperación en esconder las cosas— íbamos a revelarles qué somos.

La palabra hirió parte de su ser. Al ser definido como un algo y no como un alguien. Al usar el qué en vez del quién. Forzó a su cuerpo a no mostrar nada de lo afectado que estaba. Debería acostumbrarse ahora que su mejor amigo ya no depositaría la misma confianza en él que antes, dejándole cerca, sí, por el secreto mas no permitiéndole avanzar mucho más en relación al tacto personal a menos de conseguir un verdadero perdón. Yugi sería el ser más bondadoso del mundo siempre y cuando no perdieras la confianza depositada.

—¿Cuándo, Yugi? —preguntó por primera vez el rubio, carente de un tono jovial, como siempre ocurría.

Ambos conocían lo suficiente a Jonouichi para saber lo molesto que estaba.

—Poco después de completar el aprendizaje.

Ambos muchachos con cabello extravagante vieron hacia la derecha, escuchando los pasos de los castaños. La cara seria de Jonouichi les hizo dudar bastante, habiendo revelado ya la verdad. El mayor problema podía radicar en el tiempo llevado desde el momento en que se manifestó la primera señal. Atem era un Jugador Oscuro desde los cuatro años, solo dos años en Egipto antes de migrar a Japón. Solo tres años de diferencia entre que Yugi lo descubriera y cinco años para poder empezar en su entrenamiento.

—Jonouichi —volvió a hablar Yugi. A la par, Anzu y Honda escucharon el nombramiento del rubio, obligándose a guardar silencio de todos los problemas pasados en el Arcade—, Atem no tiene la culpa, él ha sido obligado por su propio padre a guardar el secreto y yo estaba asustado de que cuando se enteraran del daño que hemos causado los dos juntos en sus vidas dejaran de hablarnos. Las penalizaciones hacen que pagues el pecado al cual has sido expuesto.

—Jugué con Ushio el día en que los golpeó a ustedes —señaló Atem a Jonouichi y a Honda— y que lastimó a Yugi tras intentar extorsionarlo —levantó sus hombros, restándole importancia a la memoria— el estado en que quedó fue la penalización, perdió y lo dejé ahogarse en su propia codicia. Al criminal que intentó matar a Anzu en el Burger World, a él si lo maté —añadió, casi con aire ausente de lo que había hecho—. Hirutani también pagó las consecuencias de meterse —rio— dejar que me golpearan con el único fin de conseguir que ellos mismos se electrocutaran con esas pistolas con las que buscaban matar a Jonouichi.

Sintió la patada de Yugi a su pantorrilla, provocándole un fuerte dolor extendiéndose por toda su pierna. Para despreciar tanto la violencia, su mejor amigo tenía una fuerte patada.

—Por eso te prohibí por completo volver a impartir tu sádica justicia —agregó poco después, con el ceño fruncido de una manera en que ninguno podía decir que lo recordara—. Hice que lo prometieras, sin importar qué me pasara, Atem.

—Iba a matarte, Yugi —gruñó, tallándose la zona afectada—. Quería robar el colgante que tienes, está hecho de oro.

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Anzu se talló la cabeza, siendo imitada por una mueca de frustración entre sus amigos. Honda y Jonouichi solo murmuraron entre sí el hecho de que, incluso en una pelea no tan grande, esos dos no podían dejar de crear una burbuja a su alrededor y mantenerse tan lejos de todos menos uno con el otro. El rubio explicó a grandes rasgos toda la historia entre ellos dos, conociendo el miedo que generalizó la palabra maté dicha por Atem con una ligereza tal cual narrara una historia poco interesante sobre sus vacaciones mientras los dos muchachos con cabello extravagante se mantenían en un mundo bastante alejado al que pertenecían por una discusión sobre promesas rotas y la validez de un Juego Oscuro.

Jonouichi Katsuya necesitaba pensar respecto a lo que iba a decirles. Comprendía la razón de la mentira por tanto tiempo, en sí mismo, se conocía del todo como para saber que esa era la única manera de mantenerse a salvo de varias cosas. Las palabras de ellos dos narraban la existencia de más de un aprendiz, existían siete herederos, vaya número suertudo, de estos siente, todos podían tener al menos un aprendiz mientras otros, los aprendices de una larga cadena de aprendices del primero en existir, estaban libres. Muchos desconocían su habilidad y otros los usaban de maneras distintas.

—Jonouichi —llamó Honda, con una seriedad tan poco común en él. La situación en la que se vieron inmersos era fuera de lo común en sí misma—, ¿crees que sea verdad todo esto?

—Vi cómo Atem curó a Yugi —respondió, cruzándose de brazos—. También me enseñaron más pruebas respecto a esto. Dicen la verdad.

—Te cuesta creerlo, ¿no es así? —preguntó Anzu, bastante afectada con la mentira más grande entre ellos. Un peso enorme, mantener una mentira ya era pesada, mantener una tan grande por tantos años ya era mala.

El rubio se quedó analizándolos, viendo la pelea absurda que sus amigos estaban haciendo del otro lado de la ventana. Los analizó de manera profunda, percatándose de pequeños matices que pasaban desapercibidos antes. Jonouichi Katsuya nunca hacía un veredicto a la ligera, como muchos llegaban a acusarle de ser una persona que dependía mucho de la suerte. No, sí, admitía mucho el hecho de estar un poco ligado a la suerte mas eso no tenía nada que ver al momento de decir una certeza en su mente.

Bromear con sus amigos era una cosa, tener claras las cosas, otra muy distinta. Atem haría todo lo que estuviera en sus manos con tal de proteger a su mejor amigo Yugi. Si eso significaba romper promesas teniendo el único fin de verlo vivo y sanarlo después, lo haría. Por el contrario, el japonés se veía severo en ese aspecto, habiendo aprendido en demasía a ocultar todos sus sentimientos en pos de facilitar el de los demás.

Era imposible resguardarlos en una caja, saliendo a flote si la vida de un amigo se ponía en peligro. Allí el nacimiento de sus discusiones. Atem no deseaba ver herido a Yugi mientras Yugi no quería exponer a Atem y si eso implicaba salir herido, aceptaba las consecuencias.

A pesar de lo sorprendido que se encontraba de ver una discusión tan grande entre ellos, se le hizo técnicamente normal, habiendo visto sentimientos. Bromeó mucho respecto a la relación entre esos dos y, sin embargo, jamás había estado tan seguro en dar una declaración antes. La atracción entre ellos radicaba más allá de ser solo dos muchachos compatibles de sangre y fecha de nacimiento, parecían estar unidos el uno con el otro por algo más profundo.

Movió la cabeza un poco, alejando esos pensamientos. No era el momento de señalarlos de nuevo. Tenía que ver hacia qué los llevaría todo eso.

—Yugi, Atem —los llamó con voz seria. Ambos giraron la cabeza, bastante confundidos al salir de su burbuja, tal cual pasaba todas las veces—. ¿Qué sucedería si alguien los hubiera visto? Alguien como ustedes. Aprendiz o heredero.

Notó el brusco cambio en ambos. De un color normal a una palidez extrema, incluso en el moreno, quien casi nunca demostraba grandes emociones como el pánico. Los vio incoloros, recibiendo el choque de la realidad en esos momentos.

—Nada bueno —respondió el mestizo—. Mi familia ha ocultado lo que es exactamente por estas cosas, no pueden dejar de entrenar a sus hijos e hijas, somos inestables.

—Un aprendiz desconoce mucho si aprendió de otro aprendiz —continuó Yugi—, no tener guía es como estar perdido en oscuridad y destrucción. Incluso los herederos son peligrosos si vienen de una familia ambiciosa.

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Bien, aquí se complica la cosa ya que tiene que ver con astronomía. ¿Quién no se ha interesado en descubrir qué hay más allá de los límites de nuestro sistema solar?

En lo personal, yo sí.

El título del capítulo hace relación a lo que Yugi narra en la memoria de Atem, pero no queda allí ya que, en la astronomía, el término "sistema de estrella binaria" incluye hasta esos sistemas que tienen 5 estrellas. Las cinco estrellas en el caso de esta generación son: Atem, Yugi, Anzu, Honda y Jonouichi.

Quiero creer que se puede entender haciendo una investigación más a fondo de mi parte y traerlo a ustedes de una manera más sencilla (es una información interesante y basta, me encantan las representaciones de los artistas hechas hacia la forma en que los planetas verían sus estrellas). En realidad, se le denomina estrella binaria a las estrellas que tienen compañeras. Hasta donde mi información me llevó solo menciona hasta 5.

Por ahora, Yugi cree que Atem y él son como ese tipo de fenómenos. No obstante, no hace referencia a qué, y que están las binarias eclipsantes, las visuales, las ópticas (falsas), etc. A grandes rasgos, Polvo y Luz de las Estrellas nace de este tipo de sistemas (nunca me acordé de ellos hasta ahora). La astronomía es una rama que me gusta y mucho. O'im padece de muchos males por mi falta de cuidado, pronto se corregirá (sí, llevo diciéndolo mucho tiempo).

¿Algún comentario?

P.S. No me molestan los comentarios largos~ Me gustan xD hacen que deba analizarlos con m