Sexto robo:Almohada.

Lou Ellen.

Cecil y yo estábamos mirando lo que quedaba de la 4x4, en busca de algo que se hubiese salvado y pudiese resultar útil. Mientras revisábamos los escombros, él se veía extrañamente disperso y desanimado, aún cuando inicialmente había sido su idea. Suspiraba sin parar, ocasionando que volutas blancas de vapor escaparan de sus labios, y revolvía los restos de la camioneta con desgana. Supuse que estaría preocupado por Nico y Will. Yo lo estaba.

—Mira—dijo él en voz baja, muy baja. Casi no llegué a escucharlo. Lo conocía lo suficiente como para saber que estaba deprimido, lo que me hizo dudar que los motivos fuesen nuestros amigos desaparecidos. Me acerqué.

—¿Qué es?

—Lo único que se salvó—dijo, entregándome el objeto en cuestión—, el arco y las flechas de Will. No me extraña, estas cosas son casi indestructibles.

Suspiramos al unísono. Eso era totalmente inútil, no sólo porque el hijo de Apolo no estaba, sino porque él ni siquiera sabía usarlos. Aún así, siendo quien era su padre, Will se empeñaba en llevarlos a todas partes.

—Tengo la esperanza—comentó una vez— de que si realmente los necesito, entonces sabré qué hacer.

Ahora probablemente los estaba necesitando, suponiendo que siguiese vivo, pero no los tenía con él. De todas formas, Nico había ido por Will, aunque no fue demasiado específico sobre dónde esperaba encontrarlo. Si alguien podía hacerlo, era Nico. Nadie tenía tantas capacidades y estaba tan desesperado por salvarlo como él, aunque me doliera.

El problema ni siquiera era que a Nico le gustaran los chicos. Siempre he creído que, si te enamoras de verdad, el género realmente es irrelevante, por lo que con esa información nadie habría logrado que yo perdiera las esperanzas. Pero a Nico le gustaba Will, y yo estaba segura de que era recíproco, y, diablos, había que ser un estúpido para no saber que eran tal para cual. Así que decidí apoyarlos, ambos eran realmente importantes para mí, y no permitiría a nadie interferir en su felicidad, ni siquiera a mí misma. Aunque doliese. Cecil volvió a suspirar, lanzando un trozo de lo que antes era una camioneta al piso y mirándolo como si esperara encontrar una solución para algo.

—¿Estás bien?—pregunté.

—No lo sé—se obligó a sonreír, de forma poco convincente y sin mirarme a los ojos—, esto se complicó demasiado para ser una misión tan estúpida.

—Verás que estarán bien. Nico...

—Lo sé—me cortó.

Era de noche, hacía un frío de los mil demonios y estaba nevando levemente. Nuestra fogata crepitaba unos metros más allá, cuesta arriba. Me abracé al arco de Will, Cecil se colocó las flechas al hombro. Pensé que parecía molesto; tal vez conmigo.

—Vamos—dijo, y comenzó a caminar hacia el fuego. Lo seguí.

No estaba segura de si Cecil iba a gritar o a echarse a llorar. Se veía afligido, y sabía que de alguna forma era culpa mía.

—¿Te...hice algo?—le pregunté cuando nos sentamos. Él no se ubicó junto a mí, sino al otro lado, utilizando el fuego para separarnos. Sonrió de nuevo. No me gustaba esa sonrisa.

—No, ¿cómo crees? sólo estoy un poco... es un asunto para otro momento. Son tonterías, no te preocupes.

—Pero...

—Estoy bien—me miró a los ojos, su sonrisa seguía sin ser la usual, pero sus ojos verdes trataban de transmitirme calma. Decidí dejarlo pasar, asentí.

Desanimada, levanté la vista hacia el cielo. Hacía poco más de quince minutos que Nico se había marchado, pero estaba ansiosa porque volviese. La incertidumbre de no saber de Will, la impotencia de no poder hacer algo, y los dos sándwiches que habíamos dejado para ellos—requirió toda la fuerza de voluntad de Cecil no comerlos— no me permitían relajarme. Probablemente no podría dormirme hasta que ambos regresaran, a salvo. El hijo de Hermes junto a mí bostezó. Lo miré.

—¿Quieres dormir?

Era un momento perfecto para un comentario sarcástico estilo Cecil, pero él simplemente negó con la cabeza, mirando una ramita junto al fuego. Antes, él había estado jugueteando con ella como un idiota, pero ahora parecía buscar algo más interesante qué hacer. O quizás se dio cuenta de que la ramita era un juguete muy estúpido. Fruncí los labios. La persona más alegre que he tenido la fortuna de conocer, estaba allí, actuando como si la vida fuese una tragedia peor que lo usual. Algo andaba terriblemente mal.

—¿Qué tienes, en serio?—pregunté.

—¿Frío?

—No seas idiota.

Río sin ganas, y siguió mirando la ramita. Empezaba a querer patear ese maldito pedazo de madera. Y a Cecil. Sacó su daga del bolsillo interior de su chaqueta y comenzó a girarla entre sus dedos, mirándola, como si estuviese pensando algo muy serio. Sus ojos verdes se veían extraños con la luz del fuego, y su cabello castaño parecía rojo.

—Te gusta Nico—dijo. Fruncí el ceño.

—Sí, ¿y qué? ¿vas a bromear sobre eso?

Volvió a negar con la cabeza.

—Estoy en una situación parecida—me miró de reojo—, pero no importa, es decir, parece que tú lo llevas bien.

Lo miré en silencio unos segundos. ¿A Cecil le gustaba alguien? ¿quién, desde cuando? ¿por qué demonios acababa de enterarme? Él se dio cuenta de quién me interesaba a mí, ¿por qué yo no lo había notado? quizás no le estaba prestando suficiente atención, siempre consideré a Cecil un simple payaso simpático, alguien con quien contar si necesitas que te animen. ¿Cómo podría yo animar a alguien así? me sentí la peor amiga de la historia.

—¿Puedo saber quién es?

—Ja, sobre mi cadáver.

—¿Adivino?

—Adivina.

Cuando nos conocimos, Cecil me preguntó si como hija de Hécate podría adivinar el futuro, y yo le expliqué que no era ningún Oráculo, ni mi magia era de ese tipo. Aún así, él siguió pidiéndome que adivinara cosas ("¿Quién ganará el próximo Captura la Bandera?" "¿Esos dos van a ser pareja?" "¿Crees que me dejen hacer tal cosa?") y yo lo intentaba, sólo como una broma. Varias veces, logré acertar la respuesta, y él creía que podía ganarme la vida de esa forma en caso de emergencia. Yo sólo respondía lo más probable. Aún así, se convirtió en una especie de broma privada.

Noté que estaba sonrojado. Obviamente él no quería que yo supiese la respuesta, así que debía ser alguien cercano. Me miraba de reojo cada pocos segundos, como si temiese que realmente llegase a mí una revelación divina. ¿Quién podría...? ¡Oh!... oh.

—Vaya...

—¿Entonces?—preguntó fingiendo desinterés, mirando su daga y completamente sonrojado.

—Lo... lo siento... fui una insensible... yo no sabía que...—me sonrojé también, ¿podría esto ser peor?

—No te preocupes... al menos ya sabes.

—Sí... entonces te...

—Ajá.

—...Te gusta Nico también.

Él dejó de mover la daga, frunció el ceño a su propio reflejo y levantó lentamente la mirada hacia mí, con una expresión de incredulidad instalada en su rostro.

—¿Qué?

—De verdad lo siento—dije—, debí saberlo, era bastante obvio. No puedo creer que me haya estado lamentando, cuando tú estás en la misma.

—¿Cómo que obvio?—él me miraba espantado. Como si fuese la cosa más extraña y aterradora que un semidiós pueda llegar a imaginar.

—Sí, es que...—levanté la mirada a la parte más alta de la colina—Emh, algo está cayendo.

Cecil miró hacia donde yo le indicaba y abrió los ojos como platos. Se levantó y comenzó a correr.

—¡Son ellos!

—¡¿Qué?!

Así que Nico y Will estaban rodando por la colina. Supuse que el hijo de Hades no calculó correctamente el lugar, o no lo calculó en absoluto. Cual fuese el caso, no veía cómo Cecil planeaba detener la caída, considerando que él estaba herido y que los chicos caían cada vez más rápido como costales de papas dejados a la deriva en una pendiente inclinada. Básicamente lo eran. Rebusqué a la desesperada en mis bolsillos hasta dar con una de mis granada. Le quité el seguro y la lancé con precisión para interferir en la caída.

No explotó destruyendo todo como se esperaría. Formó una nube de niebla sólida—como algodón. Servía más para distraer que como arma, y aparentemente también detenía caídas imprudentes—y mis tres amigos chocaron con ella, deteniendo el impacto. Y digo tres porque Cecil no dejó de correr a tiempo.

Después de quitar a Nico y Will de esa cosa—que era simplemente temporal—los revisamos. Ambos estaban inconscientes, lo cual no habría sido tan malo si uno de ellos no fuese el médico del grupo. Entramos en pánico de forma estúpida, pero nos limitamos a vendar las heridas visibles de Nico lo mejor que pudimos, y a tratar de despertar a Will, que no estaba lastimado—salvo por los rasguños que se hizo durante la caída—pero se veía terriblemente pálido. Los acercamos al fuego con un poco de esfuerzo para que entraran en calor. Cecil se quitó su bufanda verde y la dobló para que pudiesen utilizarla como almohada.

Will temblaba y murmuraba de vez en cuando, se removía y acurrucaba buscando calor, pero no abría los ojos. Nico no hacía nada, eventualmente el hijo de Apolo comenzó a empujarlo hasta dejarlo sin lugar en la almohada-bufanda, así que volví a acomodarlo junto a Solace pero di Angelo no se inmutó. Él realmente parecía...

—No llores—me susurró Cecil—, está respirando, los dos. Van a estar bien.

Yo juraría que también él tenía los ojos vidriosos, pero preferí no mencionarlo. Me sequé las lágrimas. Estaba siendo patética. Aunque definitivamente Cecil estaba llorando. Lo escuché hipar.

—Lo siento—dije—, sé que esto es tan difícil para ti como para mí.

—Es que...—se esforzaba porque su voz sonara normal, los miraba y se jalaba el cabello histérico—si hubiese estado con ellos al menos podría saber qué les pasó. O qué hacer. Podría... ¿por qué no puedo hacer nada?

Tomé sus muñecas y aparté sus manos de su cabello. Se estaba lastimando. Y lloraba, lloraba mucho. Y yo quería llorar también, pero supuse que uno de los dos debería fingir que tenía la situación controlada. Lo abracé. También me sentía impotente, quería gritar. En su lugar, sólo susurré.

—Estarán bien.

Calmar a Cecil me hacía sentir un poco menos inútil, así que me concentré en eso, y le acaricié el cabello un rato. No sé cuanto tiempo pasó, pero Cecil estaba dormitando sobre mi hombro y yo realmente empezaba a necesitar moverme. Me dolían los músculos.

—Cecil...—llamé.

—¿Sabes? en realidad no me gusta Nico—murmuró. Sonaba casi dormido, apenas podía entenderlo.

—¿Ah no?

—No... realmente me...—bostezó—me gustas tú, Lou.

Yo me quedé quieta. Y él empezó a roncar.

Continuará...

Sep, sé que hoy no es miércoles, pero... no tendré tiempo mañana, y quizás tampoco la próxima semana. Actualizaré tan pronto como pueda, pero se viene el cumpleaños de mi mamá, y después el mío, además de otras cosas, así que... estaré un poquito ocupada, pero no desesperen(?), volveré.

Oh, mi brazo ya está bien, aunque ahora tengo un moretón que duele como el demonio si lo toco :) no les recomiendo chocar contra el picaporte de la puerta de la cocina. NO LO HAGAN.

Y... bueno, no sé qué tal quedó el capítulo, por favor háganme saber lo que piensan :) y creo que es todo.

Nos leemos por ahí, y que los dioses los acompañen.