Yu-Gi-Oh! es propiedad de Kazuki Takahashi

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Atem se levantó de un sobresalto. Su mente estaba confusa y tenía un gran dolor de cabeza que le hacía sentir el mundo girar a una velocidad mayor a la que estaba acostumbrado, tal cual él hubiera salido de un juego mecánico. No fue consciente de nada hasta pasar un prolongado rato, donde sus sentidos abandonaron el letargo en el que se metieron. Notó el pulso acelerado que tenía, haciéndosele bastante normal considerando el punto donde estaba: en medio de una oscuridad como boca de lobo.

Sin embargo, tuvo que admitir que ocurrió lo mismo que la noche pasada: estar demasiado cerca de Yugi causaba una enorme vorágine de emociones. Una adrenalina. En esos momentos no solo estaba cerca de su mejor amigo —quien, debía recordarse, seguía furioso con su persona—, los brazos del japonés lo rodeaban, en un abrazo al mismo tiempo que su rostro estaba a escasos centímetros del propio, oyéndolo respirar.

Lo poco recuperado que pudo estar pronto fue cambiado a una parálisis total. Nunca había dormido tan cerca del muchacho a quien veía a su mejor amigo, por encima incluso de Anzu y Jonouichi. Debido a la incomodidad generada por las bromas de los demás, habían decidido abandonar todo contacto físico entre ellos mismos. Su mejor amigo se movió entre sueños —¿dormía?— provocando a su mismo corazón acelerarse cada vez más hasta el punto de no escuchar nada gracias al constante golpe del mismo contra sus oídos.

—Yugi —le llamó con suavidad, tocándolo de su hombro al aire y lo movió un poco—, despierta.

Unos quejidos escaparon de sus labios a la par que sus ojos se abrían. Fue la primera vez que los notó tan cerca. Ojos del color de unas gemas semi-preciosas, de un tono morado. Al abrirse y notar la cercanía que tenían el uno con el otro, además de percatarse de dónde tenía sus brazos, dio un brinco hacia atrás, apartándose lo más posible del moreno. En un arranque de impulsividad, Atem lo agarró de la muñeca por el temor que comenzó a crecer en él de encontrarse solo en esa oscuridad profunda, donde no veía más allá de unos centímetros.

—El gran y fantástico Atem, quien no le importa mucho qué tipo de penalización imponga, ¿le tiene miedo a la oscuridad? —escuchó a Yugi, burlándose de él.

Sin embargo, pronto sintió cómo tiraba de su mano. El pánico subió por el cuerpo de Atem quien intentó detenerlo hasta sentir la palma abierta contra sus dedos. Se quedó quieto por un momento antes de deslizarla. De manera pausada, Yugi cerró sus dedos en torno de su mano, apresándolo allí Estaban heladas, incluso después de haber pasado tiempo resguardadas contra su propio cuerpo.

—Eres como el Universo, Atem —soltó de pronto, confundiendo al moreno. Dio un apretón, a la par en que un susurro escapó de sus labios con la más normal de las preguntas: qué—. Me sorprendiste con tu miedo a la oscuridad. Llevo conociéndote un poco más de diez años y a pesar de todo ello, parece que muchas veces no te conozco en absoluto.

—Haces que me vea más grande de lo que soy, Yugi —dijo el moreno. Se movió para quedar solo un poco más cerca del japonés, para sentir su presencia—. No soy nada excepto un Jugador Oscuro nacido como humano. Necesidades biológicas y el concepto de emociones. No soy nada excepto alguien como tú, ignorando qué pasa con mi padre y sus ancestros.

Las luces se encendieron tan de repente que les dañó la vista. Sus manos se separaron en busca de protegerse los ojos de tal intensidad. Ambos se movieron, buscando sentarse en un lugar donde todavía estaban desorientados entre arriba y abajo.

Tardaron un rato en poder adaptarse a la luz debido al prolongado tiempo en el que la oscuridad estuvo como ama y señora del enorme lugar en donde se vieron internados. Atem miró hacia todos lados, en busca de algo que les explicara dónde estaban exactamente o quién los había agredido. Porque el último recuerdo en la mente del moreno era el estar en la habitación donde Yugi se encerró tras su furia del Juego Oscuro.

Estar dentro con sus amigos del otro lado, ellos quienes no conocían nada de los herederos —esos hombres y mujeres que tenían a su cuidado los Artículos del Milenio— o de los aprendices —personas como su mejor amigo, en ese caso, humanos entrenados por alguien más—. Personas peligrosas en todo ámbito si estaban influenciados por la codicia, ni imaginar cuando había algo más fuerte como un aprendiz influenciado por la maldad humana —pecados, se corregía en la mente—. Codicia, orgullo, ira, venganza.

Yugi se puso de pie primero, extendiendo después su mano para ayudarlo. Sin dudar la extendió, parándose y viendo más el lugar. Tenía la apariencia de un laberinto en una mazmorra. Al menos estaba seca, no existía ni un atisbo de humedad en el aire. Las paredes se veían cuidadosamente tratadas, la piedra en ella estaba tal cual alguien las pusiera de ese modo a propósito, como un escenario preparado con cautela.

Premeditado.

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Jonouichi fue el primero de todo el grupo en levantarse. Había quedado contra una pared, causando que la incomodidad fuera su motivo a despertar. Miró el lugar, asombrándose de no estar donde él recordaba estar antes de caer inconsciente. Lo poco que en su mente se reproducía era una breve pelea entre sus amigos de cabello extravagante con unas esferas de energía producidas de sus manos antes de perder todo conocimiento.

Notó las pantallas al fondo de la habitación por lo que, movido por la curiosidad, se acercó y los vio. A Atem y a Yugi, en un contacto demasiado íntimo e inconscientes. Les gritó, más hacia la pantalla que buscando una manera de que su voz llegara a los dos. Incluso si lo lograba, ellos quedarían sin moverse debido a todo lo sucedido antes. ¿Cuánto tiempo llevarían encerrados? La pantalla no lo mostraba.

Se quedó lo que le parecieron horas al pendiente de la cámara hasta ver una reacción en Atem. Notó lo tenso que estaba y luego la enorme parálisis de percatarse en la posición en la que él y Yugi estaban. Aguardó bastante hasta ver un movimiento en el otro. Los notó separarse, en un movimiento reflejo del japonés y el mestizo buscó no dejarle ir, viendo una mueca de miedo.

Fue consciente de estar viendo una escena rosa al punto de apartar la mirada de la pantalla. Refunfuñó unas cuantas cosas, como el hecho de hacer de ellos la vida imposible al presenciar ya dos momentos muy personales entre ellos. Juró en ese lugar el prestarles a esos dos uno de sus bebés.

Si es que salían primero del encierro. Los movimientos y la enorme luz captaron su atención, notando por fin que el lugar en donde estaban era el inicio de una mazmorra. Era extraña, más por ser más parecida a un laberinto. Con sus ojos buscó algo con el único fin de comunicarse con ellos dos, quienes parecían más perdidos que él mismo, siendo alguien con la visibilidad de más de tres pantallas en un pequeño espacio.

Lo encontró al enésimo intento, cuando su respiración hizo voltear a los dos tricolores. Aliviado, se permitió un respiro y recordó: el tercer botón verde en la cuarta línea iniciando desde arriba. En la agrupación número dos.

Justo cuando iba a hablar, otra voz apareció, cortando toda comunicación. Jonouichi Katsuya gruñó en pura rabia, soltando insultos hacia el ser nacido del maldito éter. Le valió por completo, oprimió repetidas veces el botón sin éxito alguno.

—Me sorprende que hayan estado ocultos por demasiado tiempo —dijo esa voz. Se escuchaba la voz de un hombre y una mujer al mismo tiempo—. ¿Cómo lo lograron?

Vio a través de la pantalla una respuesta por parte del japonés, quien defendería contra todo a su mejor amigo —si es que lo era—. La voz comenzó a reírse ante tal respuesta, contenta de percatarse de lo profundo del lazo entre ambos. No sonaba amenazadora, era más bien una voz llena de curiosidad.

—No importa lo que digas, pequeño aprendiz —respondió de nueva cuenta, a lo que fuera que haya dicho Yugi. Lo notó tenso a través de la pantalla, viendo cómo sus brazos se tensaban en busca de encontrar algo a qué golpear—. Quiero averiguar de qué están hechos el heredero del Rompecabezas del Milenio, perteneciente a un faraón egipcio y su aprendiz, quien, por supuesto, carga la copia entregada al príncipe más cercano de dicho faraón —una risa se escuchó, burlándose—. Es tan curioso ver cómo su relación es exactamente la misma que la de esos dos. ¿Logrará esta vez sobrevivir a la prueba del demonio?

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No comprendió el significado de esas palabras. Yugi Moto jamás las entendería si no tenía una referencia más certera que una voz salida del éter sin una historia más profunda que esas palabras. Miró hacia Atem e intentó acercarse, rebotando contra una pared invisible. El moreno se percató de lo ocurrido, golpeando con fuerza eso que les impedía comunicarse. En su frente brilló el tercer ojo, haciendo uso de su poder con el único fin de encontrar la barrera.

El japonés no pudo hacer más intentos que golpearla, desesperándose en cada minuto que transcurría lejos del mestizo, quien se manifestaba como una entidad cada vez más alejada de él. Su corazón le hizo querer gritar el nombre del hombre que se alejaba rápidamente de sus ojos hasta desaparecer. No obstante, su mente fue más fuerte y controló el impulso. En su mirada solo desaparecía su mejor amigo, dejándole ver una inmensa pared como un espejo, donde él se veía reflejado. Podía ver, pero no a Atem.

—¡Yugi! —escuchó su nombre. Levantó la cabeza, no viendo nada salvo su propio reflejo.

—Estoy aquí —le respondió, dando serios golpes al cristal—. Es una ilusión, Atem.

Un momento, un solo momento le bastó para entender la situación. En donde él veía blanco y luz, su mejor amigo debía ver oscuridad. ¡Lo devolvieron a la sombra! El más grande de los males si se trataba de notar que el mestizo le tenía miedo a la ausencia de luz al punto de estar desesperado. Le habló, buscando calmarle. Sus ojos debían estar en verdad afectados por una ilusión más fuerte a las que fue sometido antes.

Cuando jugaba, él conocía muy bien los límites a los cuáles iba a llegar, nadie nunca había sido lo suficientemente audaz como para llegar a él y enfrentarlo a un duelo que perdería. Atem salía victorioso en todas las pruebas. Al estar del lado correcto en su justicia sádica.

Ignoró por completo su propio reflejo, concentrándose solo en Atem. Le habló, haciéndole énfasis a que él estaba allí.

—¡Chicos! —escuchó. Por el énfasis, estuvo seguro que el mestizo también oyó a Jonouichi en algún lugar—. Tienen que moverse, es una especie de laberinto. Dudo mucho que puedan permanecer mucho tiempo en ese lugar.

Gracias, Jonouichi, pensó el joven japonés. Exclamó ante el otro lado, animando por completo a Atem. Si llegaban a separarse y alguno de los dos lograba llegar antes de lo previsto, lo esperaría para cruzar la puerta a la salida si es que existía una salida. De acuerdo a las enseñanzas de su abuelo, dejó su palma sobre la pared. Antes de empezar a moverse, influenció a Atem en su decisión de cómo moverse: seguir un solo muro. Decidido, empezó el recorrido de aquel supuesto laberinto.

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La primera vez que Anzu Mazaki se dio cuenta de los sentimientos mutuos entre sus amigos de cabello extravagante fue tiempo atrás, mucho antes de iniciar la secundaria.

Ambos habían decidido irse juntos a casa gracias a una actividad con la que planeaban invitarlos a todos al día siguiente, que era su día libre. No obstante, había cierto aire extraño en todas las palabras —la castaña no se habría percatado de qué, exactamente, hasta el momento de serle revelada la verdad años después, cuando todo fuera descubierto por los mismos protagonistas de tan enigmáticas acciones—.

Ella los siguió hasta el punto donde tuvo que separarse para ir al Burger World —lugar al que meses después sería expuesta a un atraco siendo empleada—. Quería comer unas cuantas hamburguesas antes de inundarse en sus actividades de la escuela. Entre ella y Jonouichi, se percataron de una cosa: la burbuja. Era extraña, normalmente aparecía cuando ellos dos se metían en una conversación bastante compleja del manejo de la lengua japonesa y árabe, dónde cada una de ellas partía y el lento aprendizaje de curiosas palabras del segundo idioma del mestizo.

Ese día fue el clave, para percatarse de la existencia de un sentimiento más profundo: la búsqueda del contacto físico que luego desapareció con las bromas a las que Honda los empezó a someter, seguido de Otogi y Jonouichi, para ser Bakura y ella quienes cerraran el ciclo.

Atem era conocido por la ausencia de un contacto físico incluso entre sus padres cuando niño. El moreno no permitía que casi nadie lo tocara salvo muy contadas excepciones donde un peligro ocurría. Yugi, no obstante, lo buscaba de manera inconsciente. Entre ellos dos existía un lazo bastante grande, al punto de hacer creer al resto del mundo que entre ellos existía cierto nivel de comunicación telepática.

Sus mejores amigos se habían pegado tanto al punto de ir caminando en un abrazo. Ambos tenían un brazo sobre la espalda del otro, la diferencia radicaba en dónde puesto que, Atem tenía el propio sobre los hombros de su mejor amigo mientras que Yugi le pasaba la mano por la cintura, teniendo sus dedos a la altura de la costilla.

Anzu lo tomó por un gesto consciente, siendo que no había sido de esa manera. Ellos dos parecían haberse excluido del mundo terrenal para entrar en otro, más íntimo, más propio. Un mundo único, donde ninguno parecía querer abandonar al otro. Su conversación era superflua, siendo alguna palabra por aquí y allá, manteniéndose los dos en total silencio.

Ese día, Anzu Mazaki supo que jamás podría tener nada con Atem, con quien había tenido el flechazo. Tardó al menos dos años más para empezar a aceptar que ello no fue un sueño nada más, un sueño advirtiéndole que no lo intentara.

Oh, luego fueron los celos. Esa fue la parte más simpática, ocurrida meses antes del accidente del moreno. Tener ese recuerdo le era todavía más extraño, por no haberse percatado de los celos como tal de sus amigos. En Yugi no fueron tan obvios, pero en Atem sí.

Y vaya que fue épico ver cómo cada uno de los dos intentaba matar a la intrusa entre ellos. Una niña de cabellos negros se le pegó a Atem, diciéndole que se fueran a algún otro lado con el único fin de tener una cita, logrando en el muchacho japonés más de un gruñido y una mirada de amenaza hacia ella que ignoró deliberadamente, como si no existiera nadie salvo Atem. La rabia crecía en él, mirando con un profundo resentimiento a la pobre niña. Cuando el moreno la entregó a las autoridades con el único fin de encontrar a su mamá, Yugi se había puesto tan indiferente a él que Jonouichi tuvo que ser muy directo con ambos.

Por supuesto que los dos lo negaron, alegando no estar en ninguna relación más allá de la amistad, además de Yugi, quien no iba a admitir lo celoso que estaba por dentro de una pequeña niña que se había encaprichado del moreno.

En el caso contrario, donde Atem sintió celos... Honda y Jonouichi habían apostado con el único fin de saber a dónde se lo llevaría para dar un gran paso a afirmar la existencia de algo entre ellos dos. Una noria sería suficiente —y existía una en el parque—.

Lo que ninguno esperó fue... la escena de celos que pudo montar a su muy reservada manera. Lo sabían gracias a las escenas de celos que recordaban de las películas americanas a las que habían ido. Ninguno ganó puesto que los dos siguieron sin hablarse por el resto del día hasta bien entrada la noche, cuando regresaban a casa. Era imposible de superar esa visión de un Atem exponiendo todos sus celos sin reparo, sin pensar en nadie o en dónde estaba, generando mucha atención.

¿Cómo habían terminado viendo a los dos celarse el uno del otro por culpa de dos niñas tan distintas? Ninguno podía entender hasta qué punto se extendían esos sentimientos o hasta dónde llegaron ya. Todos creían con fervor que, un día nada más, lo dirían sin pena.

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Anzu se preguntó qué pudo detonarle el recuerdo de las veces más tristes en su vida, al percatarse de manera seria del sentimiento mutuo que existía entre los dos muchachos de cabello extraño. Al inicio solo lo negó, defendiéndolos y con el paso del tiempo decidió entrar a tomar un poco de burla de ellos. ¿Por qué? Nunca se hizo la pregunta antes. ¿Por qué burlarse de dos muchachos que claramente lo hacían de modo inconsciente? Tal vez la gracia radicaba en eso, verlos avergonzados por la sola alusión de una relación homosexual, además de sacar excusas de la nada.

Las caras de desconcierto total que Atem ponía eran épicas, más cuando le hablaban de sexo. La seriedad típica del moreno se perdía, dejando paso a los ojos más grandes, tratando de pasar por alto el hecho de haber mencionado la sola frase. Inmediatamente escapaba, no queriendo escuchar para nada algo respecto a eso. Siempre se sorprendía.

No importa cuántas veces lo dijera Jonouichi, siempre terminaba sorprendiéndose. Quizá por agarrarlo en una conversación interna con Yugi, por haber estado tan distraído antes o, del mismo modo, estar pensando en lo que sabían ahora: su magia.

—¡Anzu! —exclamaron su nombre, sorprendiéndola. Levantó la cabeza y se encontró con Jonouichi, quien se le acercó hasta estar cara a cara—. Dios, estás sangrando.

—No es nada, Jonouichi —apartó al rubio, poniéndose de pie—. ¿Dónde estamos? ¿Dónde están los demás?

Su interlocutor miró hacia las pantallas, dándole una muy mala espina a la mujer del grupo, quien se veía bastante perturbada ya con esa seriedad atípica de Jonouichi, añadiendo el hecho de estar en una especie de cámara.

—No sé dónde estamos. Honda sigue inconsciente, pero Atem y Yugi están en un laberinto.

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Atem no solo no podía ver a Yugi. No podía ver absolutamente nada. Todo estaba tan oscuro y de allí su grito. No veía nada, ni siquiera su propia nariz y los recuerdos iban desvaneciéndose. El único rostro que conservaba intacto era el de su mejor amigo y eso por estar tan aferrado a él. Más por escuchar su voz traspasar la oscuridad en la que sus ojos lo sometían.

No podía moverse sin ver hacia dónde iba a ir. Siguiendo el consejo del japonés, mantuvo sus manos apoyadas contra la pared en la que había estado golpeando hasta llegar a su mejor amigo. Perder la vista no era de los sentimientos más cómodos del mundo, menos hacia él, quien le temía a la oscuridad en general.

La noche no le daba miedo, en su cuarto entraba la suficiente luz de la calle como para permitirle dormir. Cuando generaba un Juego Oscuro medía hasta dónde era capaz de aguantar y se ocultaba en una máscara de superioridad que ocultaba a la perfección su miedo. En casa de Yugi, al menos esa última vez fue verle la cara y el estar tan concentrado en calmarse que no pudo pensar en nada más.

Tropezó con algo que se cruzó en su camino, alarmándolo a niveles que jamás había sentido. Todo su cuerpo tenso, lleno de unas ganas de moverse.

Está bien si las cosas siguen siendo las mismas...

Con una lentitud atípica en él, llevó sus manos al suelo, desconociendo lo que fuera que le provocara la caída, además de desear saber qué podía hacer en un punto como ese. Ser ciego no le era inconveniente salvo en ese lugar, donde sus miedos podrían salir a flote en cualquier punto. La ilusión —porque conocía el truco— era fuerte, quitándole sus propias memorias tan fácil como él había sometido a un montón de gente en penalizaciones.

Si no encuentro las cartas de dioses, entonces mi otro yo nunca tendrá sus memorias de vuelta...

Entonces él podría estar conmigo para siempre...

Atem giró la cabeza, en busca de Yugi. Esa era su voz, calma y llena de pesar. Un pensamiento dirigido hacia ese otro yo del que escuchaba por primera vez alguna mención. Lo llamó, esperando una respuesta hacia esas dos frases. No la obtuvo, quedándose sumido más en un silencio que empezaba a despreciar por no conducirle a nada.

Pero...
Estoy realmente seguro que él quiere saber...
... quién fue y cuál es su destino...

Los dos estamos dirigiéndonos hacia el futuro, empujados por nuestros recuerdos del pasado...
Pero si mi otro yo no conoce su pasado... y no puede lograr su destino...
él estará atrapado de la misma manera para siempre, y no hay nada más
triste que eso...

Incluso si recordar significa que tenemos que separarnos...
¡Hay algunas cosas que tienes que hacer!

El moreno sintió el golpe de esos pensamientos como algo inusual. Eran una bofetada hacia su pensamiento de mantener todo del mismo modo. Mientras las cosas siguieran igual, todo iba a estar bien. Sin importar el costo. Allí estaban los dos, atrapados en el mismo laberinto, separados por una pared que bien no existía y que era producto de sus mentes, al estar sometidos a una ilusión.

Se puso de pie, tocando la pared del laberinto con su palma abierta mientras esas palabras hacían eco en su mente. Yugi siempre buscaba la forma de mantener a todos los demás contentos, mantener a todos con sus sentimientos en un estado normal, delegándose como última tarea, sin importar las cosas. De allí a haber aguantado tantos años sin decir nada respecto al secreto, pensando en la mejor forma en la que sucedería el día en donde ambos lo revelaran, pensando cuidadosamente las reacciones de sus amigos en relación a la magia existente en ellos. Un humano y un ser de otro lugar atrapado en un cuerpo humano, incapaz de decir de dónde nacía.

Más allá de las memorias donde su mejor amigo hacía un gran hincapié, pensó en ello: hay cosas que tienes que hacer. Su última frase. Sí, existían cosas que debían hacerse, con el gusto de hacerlas o, por el contrario, en contra de la voluntad de la persona. Movió la cabeza, siendo consciente de las pocas probabilidades de ver nada y dejó a su mente vagar en sus otros amigos: Jonouichi Katsuya, Anzu Mazaki y Hiroto Honda.

¿Dónde podrían estar ellos? ¿Perdidos en ese mismo laberinto sin saber cómo salir? ¿Habrían sido perdonados por el ser que los secuestró? No, dudaba mucho que se hiciera la separación al estar ya entrometidos en el secreto de los Jugadores Oscuros. Entonces, ¿dónde podrían estar?

¿Vivos?

¿Muertos?

Apartó de su mente la segunda opción, tenía que convencerse a sí mismo que los demás estaban bien, respirando de manera normal mientras ellos dos se mantuvieran atrapados en ese laberinto. Nunca perdonaría al ente que los secuestró en primer lugar.

Continuó pensando en las probabilidades de cada cosa, temiendo ser llevado lejos por la insolencia de atreverse a pensar. Tantas situaciones le llegaban a la cabeza. Si desaparecían por unas horas, sus padres atribuirían que estaba en casa de Yugi, del mismo modo el de su mejor amigo hasta entrada la noche, donde la madre y el abuelo del japonés irían a tocar, con el único propósito de enterarse del paradero de su hijo y nieto.

Había sido de mañana al momento de perder la consciencia y el lugar estaba tan cerrado que no había forma de que la luz llegara. ¿Cómo enterarse de la hora del día? Aunque tuviera su teléfono en ese momento, no podría verlo hasta no pasar la ilusión de sus ojos. Todo comenzaba a irse en picada si los demás también habían sido arrastrados por ser conscientes de la verdad.

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Debo decirlo, de ahora en adelante, me tardaré más en actualizar.

Sí, sí, sí. Me nació la grandiosa y fantástica idea de primero terminar el manga de Yu-Gi-Oh! y si para ese entonces ya también tengo el de GX, me iré por ese. Sin contar el de los demás. ¡Traigo ganas de conocer a los demás protagonistas!

Hace un tiempo me vi Zexal y Gx en ese orden, ahora quiero ver cómo los veré, porque traigo unas inmensas ganas de conocer sus historias -Zexal me encantó a su modo, en especial por lo enorme e inocente que se me hizo Astral por esa época-.

Haré mi propia lista de órdenes para ver cómo me organizo, mi teléfono me ayudará muchísimo en ello -espero no tener mi comportamiento de lectora normal, donde digo solo "termino este capítulo" y termino chutándome todo lo que tengo al alcance de historia-.

Por ahora, me da gracia esta afirmación científica: estamos hechos de polvo de estrellas. ¿Quieren saber por qué? Yo la escuché tiempo atrás y solo pensé en que se refería a un fragmento poético porque tiene ese aire de poseía, sin embargo, investigando me di cuenta que es una afirmación científica ya. Nosotros, hechos de átomos, provenimos del polvo de las estrellas.

Sin embargo, lo dejaré para después mi explicación sobre el tema.

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