Yu-Gi-Oh! es propiedad de Kazuki Takahashi~

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Yugi tenía un montón de miedos, todos relacionados hacia sus amigos. Durante mucho tiempo, solo Atem y Anzu se habían dignado a dirigirle la palabra, un largo tramo de años, donde Jonouichi y Honda lo molestaban casi a diario. Su único deseo era el de tener amigos, más de los únicos dos a quienes tenía en ese entonces. Después, como por arte de un destino manipulador, se enteró del secreto de su mejor amigo y este lo volvió su aprendiz.

Un aprendiz humano, cosa que sorprendió a los padres del moreno, al percatarse de la naturaleza tímida que poseía. Como prueba, le colocaron un antiquísimo colgante, el cual cargaba en esos momentos como un frío recordatorio del pasado. Ese colgante era la prueba para ver si era digno de ser un aprendiz de tan noble familia o si, por el contrario, debería ser eliminado.

Al día siguiente, por arte de magia, ocurrió el incidente de Ushio, quien había estado tratando de extorsionarlo por meses sin éxito alguno hasta moler a golpes a Jonouichi Katsuya y Hiroto Honda. El corazón dentro de él latió, a la par en que se ponía enfrente de ellos a defenderlos con su propio cuerpo sin importar las consecuencias de sus actos.

Nunca se había considerado alguien suertudo —después de todo, era la víctima de un montón de abusos escolares— salvo ese día. Un montón de casualidades se alinearon junto al colgante que le fue puesto alrededor del cuello por Atem, quien apareció en ese momento y retó a su extorsionador a una pelea a una hora determinada. Para su alivio, ayudó a los dos malheridos buscapleitos, dirigiéndose hacia la enfermería con el único propósito de que los sanaran.

El colgante terminó en una caja que él mismo construyó con el pasar de los meses, a modo de resguardo de sus más preciados tesoros. Fotografías con sus amigos, esa pirámide invertida del tamaño del centro de su palma. Objetos varios entregados por su padre durante su infancia. La caja estaba llena de pequeñas cosas que recolectó en el paso de los años desde el momento en donde Jonouichi y Honda se hicieron sus amigos.

¿Por qué resguardó el colgante después? Fue al enterarse de una verdad dolorosa: el artefacto tenía el poder de cumplir un deseo a quien pasara la prueba de soportarlo un solo segundo sin salir preso de la locura. Ese colgante había sido el detonante para su amistad con los demás y, muy a pesar de disfrutarlo, sintió un montón de temor hacia lo que significaba: salir ileso de la locura. Además, en otro punto, no quería usarlo después de enterarse de los castigos impuestos por Atem hacia los otros seres, quienes empezaban a hacerse más y más numerosos. Una vez guardó el artefacto y su mejor amigo no volvió a hacer uso de una magia más poderosa que la necesaria para volverse invisible, las cosas se mantuvieron calmas.

Hasta el día siguiente de la dada de alta de Atem. Yugi se culpó por todo eso, habiendo hecho muchas señales al usar toda la magia que podía en esos días, practicando durante las noches para crecer y durar más al día siguiente hasta quedarse sin una sola pizca —cosa que no podría suceder en un hospital, allí ocurría la más grande de las concentraciones de emociones negativas del mundo—. Él solo había conducido a que los descubrieran en su desesperación por despertar a su mejor amigo.

—Yugi —escuchó la voz de Jonouichi. Levantó la cabeza, buscándolo por todas partes dentro del rango de su visión, además de usar la pared espejo que tenía a un lado como un punto de apoyo donde no veía de manera correcta—. ¿Has mirado bien la cosa que cargas en el cuello? Es un collar de niña. Claro, claro que vas a usar uno, después de todo, lloras ante la más pequeña cosa y no contemos lo desesperado que estás por llamar la atención de ese mestizo.

Fue un golpe. Jadeó al escuchar a su mejor amigo hablar de esa manera. Los años de abusos llegaron a su mente otra vez, la amistad que tenía con el rubio debería bastar contra todos esos malos recuerdos. Su mejor amigo, aparte de Atem, nunca diría esas cosas de nuevo, una vez que se conocieron de verdad, supieron las debilidades y fortalezas de cada uno. Sin importar qué. Confiaba en el rubio por lo que, haciendo oídos sordos, continuó con su camino.

—¿Vas a ignorarme, pequeña rata? —volvió a decir la voz de Jonouichi. El joven de cabellos extravagantes cerró los ojos un momento y avanzó, esforzándose al máximo por mantenerse ignorante—. Oh, ya veo. Estás tratando de pensar en que tu mestizo te salvará —continuó, añadiendo matices burlones a su voz—. Afróntalo Yugi, ese bastardo no está interesado en ti. Tipos como tú enferman al mundo.

Movió la cabeza, apartando la voz de su amigo rubio. Iba a confiar en que no era él y solo parte de la ilusión, aunque sus palabras dolieran tanto. Se recordó: nunca confiar en nada o revelarás tu debilidad. Lo repitió en su cabeza, mientras ignoraba esas frases. Convencido de no intentar ser una chica, el colgante de su cuello respondía a su voluntad y deseos más fervientes mientras que su corazón y mente nunca habían buscado una forma de llamar la atención de Atem.

Por largo rato estuvo a salvo de esa voz, regalándole el alivio que tanto necesitaba o no aguantaría mucho más escuchando las palabras hirientes hacia su mente, por generarle los recuerdos del primer Jonouichi, al que conoció y abusó físicamente de él. No obstante, al abrir los ojos se encontró con su amigo parado frente a él, una mueca de superioridad dibujada en su rostro, tal cual la última vez antes de todos los sucesos desencadenados por las piezas gemelas: el Rompecabezas del Milenio y su copia hacia el aprendiz.

Lo escuchó reírse a la vez que se le acercó, tirando con todas sus fuerzas de su colgante con el único fin de romper la cuerda. Vio la frustración de él cuando no podía hacerlo, además de ser imposible pasarlo por su cabeza. La cuerda estaba hecha a la medida de su cuello. Hecha por magia y respondía a su voluntad: solo Atem sería capaz de arrancarlo de su cuello, solo el verdadero Atem.

Jonouichi bufó, tirando más fuerte hasta que Yugi perdió el equilibrio y se fue de bruces contra el suelo.

—Me das asco, Yugi —dijo con una seriedad lejana a ser su mejor amigo. Tomando en cuenta las últimas horas donde todos estuvieron reunidos, no le costaba afrontar la verdad de ello. Su amigo no estaba nada contento con la gran mentira a la que lo sometieron, la gran desconfianza que existió—. Estar tan desesperado al punto de querer ser una chica solo para llamar la atención de un hijo de perra.

Escupió hacia sus pies y metió las manos a los bolsillos. Su mirada le recordó tanto a muchas otras, la de los enemigos llenos de sed de algún pecado. Codicia, lujuria, envidia, gula, orgullo, ira, pereza. En ese caso, combinaba a la perfección el asco que sentía hacia él y la ira por sus relaciones.

—¿Hasta qué punto piensas llegar? —le preguntó, agachándose hasta su lado y tomando el mentón de Yugi con gran fuerza, causándole un enorme dolor que se extendió en toda su mandíbula—. ¿O ya cruzaste la línea? Dime, Yugi, ¿ya te revolcaste con Atem? ¿Te rechazó? ¿Le fuiste solo un nombre en una larga lista? Dime, Yugi, ¿qué fuiste para ese bastardo?

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Por otro lado, Atem continuaba inmerso en la profunda oscuridad. Más allá de haber perdido el sentido de la vista, empezaba a carecer de otros más, como el olfato y, poco a poco, el tacto. Eso empezaba a asustarle cada vez más. Una cosa era estar ciego y tener sus demás sentidos intactos hasta cierto punto. Otra muy distinta era no poder sentir nada. Absolutamente nada. Con ninguna parte del cuerpo, empezando por sus pies.

Al haber estado en casa al momento del rapto, había saltado por la ventana nada más junto a Yugi, quedándose descalzo ante el enfrentamiento. Sus pies, los cuales, a pesar de haberse acostumbrado al frío del piso, no sentían nada. Debería sentir la piedra con la cual se apoyaba, no podía, ni sus irregularidades o el dolor de encontrar algo inusual.

—¿Sabes cuánto te desprecio? —dijo la voz de Honda en algún punto del lugar. Atem cambió la posible expresión de miedo que traspasaba su cara y la regresó a una de orgullo y superioridad, incluso desdén ante las palabras del castaño—. ¿Tienes la más remota idea de cuánto te despreciamos todos? Toleramos tu presencia por Yugi, pero tú no eres nada para ninguno de nosotros. Quiero apostar a que él solo es tu amigo por lástima.

Atem soltó un bufido mientras caminaba, ignorando por completo las palabras de Honda. Con eso le reveló el hecho de no ser el verdadero castaño: no hacía mención alguna de lo de ser aprendiz y, por lo tanto, significaba que salía de sus propios recuerdos, cuando el más alto del grupo solo hablaba con ellos debido a Jonouichi, su único amigo dentro del reducido grupo.

Luego de ser ayudado por ambos tricolores, algo dentro de ellos creció y se volvió la amistad que compartían al punto de permitirles las bromas que los relacionaban el uno al otro. El moreno estaba seguro de una sola cosa: no iba a caer en su juego mental.

—Dime una cosa, Atem —demandó el supuesto Honda, a quien era incapaz de ver—. ¿Nunca te preguntaste las verdaderas intenciones de Yugi para permitir que te acercaras tanto a él? Desde hace tiempo se ve claro el hecho de que a ella le gustabas, pero a él le gustaba ella.

Sigue intentándolo, falso Honda, pensó. Sabía que la rabia empezaba a subirle desde el pecho, extendiéndose hasta sus manos, donde estas se movieron solo un poco, en busca de un objetivo en el cual descargar la enorme rabia que tenía dentro. La relación entre su amigo y amiga era exactamente la misma: de una simple amistad. Yugi no había dejado ningún dato, es más, le dejó en claro cuando quiso convencerlo de intentar conquistar a la castaña de la nula existencia de intenciones en él por lograrlo.

Yugi no la quería del mismo modo en que Honda afirmaba que lo hacía.

—Está bien mientras todo siga igual, ¿no es así? —preguntó.

El moreno dejó entrever una expresión de sorpresa cuando esas palabras salieron de la boca de Honda. Eran su pensamiento más profundo, su mantra para decirse que hacía lo correcto en cada oportunidad desaprovechada de mencionar la verdad hacia ellos. Ahogó su respiración, sintiendo el aire pesado más frío en ese punto. No, nadie conocía esas palabras que siempre se repetía e hizo más evidente en el momento en donde tuvo que hablar por primera vez.

—Atem —lo llamó, adquiriendo un tono serio—, ¿te has preguntado por qué no puedes recordar absolutamente nada de tu propia infancia más allá del día en que tú y Yugi se hablaron por primera vez?

El moreno se quedó paralizado en su lugar, tensando todos sus músculos desde la espalda hasta los brazos, sin contar los pies. No podía ver al castaño, no sabía dónde buscarlo, solo conocía una cosa: que era mentira. Esa amnesia sí existía mas no de la manera en que la hacía ver Honda. No, no era producto de años atrás, era gracias a ese lugar, que generaba ceguera y ausencia de tacto, siendo que sus sentidos estaban intactos. Comía sus recuerdos, de allí la voz generada.

Obligó a su cuerpo a regresar a la vieja versión de su mismo ser. La del ente serio, orgulloso e, incluso, prepotente al punto de llegar a ser despreciable cuando tenía duelos. Abandonó el espacio, retomando el camino que abandonó antes. Yugi debía estar más adelante, no habiéndose encontrado con... Jonouichi.

—Escucha bien, falso Honda —giró el rostro, tratando de mantener la apariencia de ser capaz de ver cualquier enfrentamiento externo que se sobrepusiera. Aparecer el tercer ojo no serviría si se trataba solo de una imagen instalada en su cerebro—. Mi memoria es manipulable, mi propia personalidad puede ser deformada al punto de perderme para siempre en cualquier lado. Intentas llegarme de una manera tan baja, imposible de perturbarme una vez me he dado cuenta de la verdad.

Una imagen borrosa apareció en sus ojos, la de la ilusión desapareciendo. Antes de perderla de vista, pudo notar cómo levantaba la mano con el pulgar arriba, en una señal de confianza y superioridad a la vez. Una señal que no auguraba nada bueno. Cubrió sus ojos debido a la intensidad de la luz, la cual llegaba a raudales en todo el lugar. Gruñó un poco mientras sus ojos parpadeaban con tal de adaptarse a la luz, sensibles ante la habitación y los colores, como si los viera por primera vez.

Miró la pared a su lado derecho, viendo una especie de espejo. Una pared espejo, la cual reflejaba su mitad de laberinto. Observando el curso de aquella división, comenzó a correr en busca de salir del mismo. Necesitaba un punto para encontrarse con su mejor amigo, el compañero que estaba atado a su vida desde el mismo momento en que se adjudicó el título de aprendiz del Juego Oscuro. Solo un compañero en esa terrible carga.

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A Yugi le costó trabajo ponerse de pie, pero lo consiguió al final. Los sentimientos dentro de su corazón ya estaban lo suficientemente agitados. Tenía energía capaz de regresarle a ese ente cualquier dolor que le provocara. No obstante, se sentía incapaz de conjurar una esfera mínima por tener demasiado presente cada vez en la que, por su propia culpa, sus amigos terminaban en un gran conflicto. Eso años atrás e incluso en la actualidad de vez en cuando. Atem y Jonouichi los más afectados debido a su bajo nivel físico.

Solo movió su mano para limpiar la sangre que corría de su labio roto.

—Respóndeme, Yugi —volvió a demandar, regresando las manos a su pantalón. Estaba nuevamente en guardia—. ¿Eres capaz de rebajarte tanto? ¡Eres un hombre! —un golpe le dio de lleno en la mejilla, haciendo que su cuerpo golpeara contra la pared frente a la pared-espejo de donde se había aferrado hasta encontrarse con Jonouichi—. ¡Demuéstralo! ¡Quítate ese colgante!

Rio, una risa seca y desconcertante para la situación en la que se encontraba. Llevó su mano hacia el colgante de su cuello y tiró del mismo con todas sus fuerzas, notando cómo la cuerda se enterraba en su nuca, hiriéndolo. La sangre corrió de nuevo, esta vez desde su piel lastimada, producto de su misma voluntad. Tiró más fuerte, hiriéndose con más severidad.

Oh, irónica vida. Esa misma mañana había desencadenado todo. Al colocárselo, la magia base de eso era su misma voluntad. Una voluntad inquebrantable. Ni sus amigos —los verdaderos, no las memorias de ellos— podrían arrancarlo de su cuello. Solo una persona en todo el mundo y que, irónicamente, solo tenía el cuerpo de un humano y no se consideraba perteneciente a la raza.

Atem.

El heredero del Rompecabezas del Milenio. Ni él mismo podría quitarlo, porque significaría haberse rendido y entregarle su más preciado tesoro a alguien más. No lo permitiría. Su voluntad siempre sería que ese ser se lo arrancara del cuello. No obstante, existía la trampa: no cualquiera que pudiera hacerse pasar por él, tenía que ser el único Atem del mundo entero.

Vio la sombra de algo moverse por el rabillo del ojo mientras él se auto-infligía daño con el colgante. Una luz blanca se asomó, dándole de manera directa a Jonouichi quien desapareció como una sombra. Tragó en seco, girando la cabeza hacia lo que fuera que lo hiciera. Una niña.

No, no una niña.

La niña. El Silent Magician Level 0. Entre sus manos yacía el báculo de su versión más grande, la única alcanzada por él: Level 8. Era demasiado grande para ella, incluso se veía pesado. No obstante, las preguntas comenzaron a golpearle: ¿qué hacía su monstruo emblema en ese lugar? ¿Sería otra ilusión, tal cual lo había sido el Jonouichi que acababa de golpearle? Era muy posible, no obstante, ¿aliada, tal cual ocurría en su Duelo de Monstruos, o enemiga, como ocurría en se laberinto?

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Jonouichi Katsuya no podía estar más furioso con quién diablos fuera el dueño de todo ese acto. En especial, contra la ilusión presentada a su mejor amigo, como la del viejo matón que alguna vez fue con el muchacho en quien veía a uno de sus dos mejores amigos. Gruñó improperios al ente que salía de la nada, ordenándole presentarse ante él.

No había forma de escapar de aquel lugar —después de todo, se trataba de una habitación de metal—. La única comunicación que existía era las tres pantallas, por las que veían a Atem, a Yugi y... al Silent Magician. Ella estaba presente frente al joven Moto, quien se veía muy tenso de su aparición —¿ambos compartían lado del laberinto?— y conversó con él, siendo insonoro para ellos.

El moreno corría siguiendo el muro que lo separaba de Yugi, ignorando que dejó atrás al otro muchacho, inconsciente incluso de las cosas que ocurrían fuera de su mitad. Todos estaban a la espera de cualquier movimiento por parte del monstruo recién aparecido en la nada. No obstante, casi sienten la vida escapársele cuando el muchacho japonés expuso una gran alegría. La niña señaló hacia donde ellos veían, diciéndole algo al muchacho sin mover los labios. Yugi giró el rostro, incapaz de ver nada.

Movió los labios, animado de todo lo que acababa de ocurrirle. De pronto, la aparición del monstruo más cercano a Yugi desapareció y comenzó a correr, siguiendo la pared del laberinto. Todos estaban con una gran incógnita respecto a lo que sucedía en ese lugar. ¿Qué sentían en verdad? ¿Qué pensaban? Más allá de saber el origen del laberinto, no oían nada que no fueran las ilusiones, además de tener un contacto muy limitado con ellos.

Técnicamente, solo Jonouichi había sido capaz de hablar con ellos —y no una conversación profunda, había sido solo una mención a algo, a lo que iban a hacer—, de allí en más, ambas partes estaban solas. Honda no sabía cómo llevar en sí mismo los secretos dentro del moreno, quien parecía bastante mal de solo hacer énfasis a una especie de amnesia. Además, furioso con ambos por permitirle a ese truco barato dañarlos de maneras fuertes.

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Ando media mareada e ida. Por lo que este capítulo quedó más fumado que quién sabe qué.

Se aceptan tomatazos.

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