Octavo robo:sombras.
Nico.
Había sido viento una vez, eso se sentía parecido.
La oscuridad y el silencio no eran nuevos, estaba habituado a ellos. Como en la vasija, el oxígeno era escaso, pero esta vez yo estaba plenamente consciente. No era como estar dormido. No era como nada. Era la nada.
No podía ver, todo era negro, mirara por donde mirara—¿estaba volteando la cabeza, los ojos? ¿siquiera estaba yo allí? ¿dónde era allí?—. No sentía nada, ni siquiera me sentía a mí mismo. Tampoco podía verme, o moverme, por lo que en realidad no sé si estaba allí. Simplemente, no se sentía nada, como se sentiría una parte del cuerpo ampuntada—como supongo que eso se siente—, como un fantasma.
Como una sombra.
¿Eso era yo? ¿Sólo era lo que quedaba de Nico di Angelo después de salvar al amor de su vida? qué patético, qué increíblemente probable, qué típico. Quería hablar, saber si Will andaba por ahí—si lo había arrastrado conmigo—, pero no podía. No se oía nada. Simplemente, todo lo que puedas pensar, era nada. Absurdamente irritante. Sólo yo, mis pensamientos, mis recuerdos, y sentimientos. Todo un infierno, en verdad, peor que cualquier castigo que mi padre o Las Furias hayan proporcionado a nadie jamás.
¿Sería así para la eternidad? era demasiado frustrante, demasiado horrible. En algún punto de seguro sería demasiado aburrido, también.
Lloraría si aún tuviese lágrimas. O algo. Patearía cosas, si hubiese algo que patear. Gritaría el nombre de Will, sólo porque podía y porque nadie me podría escuchar. Jamás nadie podría.
Fue eterno, honestamente. En determinado momento, llegué a pensar que habían pasado siglos, que todo lo que alguna vez había conocido ya no estaba. De nuevo.
En un momento así era reconfortante saber que al menos los dioses—en teoría—, son eternos.
Tuve mucho tiempo para pensar. Pensar en mí, en mis hermanas, en los héroes, los dioses, mis amigos, mis enemigos, Will. Principalmente Will. En todo lo que había hecho mal. En todos los errores que no tuve la oportunidad de cometer, y todas las sonrisas de Solace que me habría perdido. Suponiendo, claro, que no lo hubiese matado. ¿No es un poco irónico matar a alguien mientras intentas sacarlo de la tierra de los muertos? creo que sí. Nadie nunca me confirmaría eso.
Pensé en Hazel, que de seguro se habría casado con Frank. Jason, que debía tener una familia con Piper, Annabeth y Percy, Lou y Cecil, Will y cualquier chica lo suficientemente alegre y simpática, quizás alguien de Afrodita. Quizás Reyna tenía novio, o Leo había vuelto. Quizás Eros me había estado buscando para burlarse de mí hasta que perdió el interés. ¿Y si no estoy muerto, si sólo soy eterno? mi padre quizás me habría buscado. Quizás Perséfone habría rodado los ojos, y ayudado sólo por no tener nada mejor qué hacer. Quizás Quirón suspirara aliviado por tener algo menos de qué preocuparse, quizás Clovis soñara conmigo. Quizás alguien haya llorado por mí. Quizás. Quizás no.
¿A eso me dedicaría el resto de la eternidad, a crear teorías que nunca podrían desmentirse ni confirmarse? era más inútil y contraproducente que tratar de forzar a Cecil a comer frutillas.
Quizás él había superado ese odio irracional contra la fruta luego de volver como un héroe al Campamento Mestizo, con tres miembros, como debe ser, Argus, y un cargamento de frutillas. Quizás todos hayan vivido felices.
Quizás, de haber podido, habría sonreído.
Tengo esta teoría de que si piensas en algo bueno que quieres que te ocurra, las posibilidades de que en verdad pase disminuyen, pero si deseas algo bueno para los demás, aumentan. Como si Las Moiras quisieran enseñarte a no ser egoísta, o tal vez simplemente me odian, es probable que sea algo personal. Como cuando pensé que Percy era un héroe al conocerlo. Imaginé que él encontrara a su amiga perdida—Annabeth—, y que mi hermana volviese y decidiera que quería quedarse conmigo.
Annabeth volvió. Bianca no.
O cuando quise que ganáramos la guerra y al fin me quisieran en el campamento. ¿Qué crees? ganamos la guerra, los campistas aún me odiaban.
O aquella ocasión en que pedí encontrar las puertas de la muerte y que los chicos del Argo II entendieran que no iba a matarlos... síp, me fui al Tártaro. Aunque Jason entendió. Creo. Probablemente.
O esa última vez, cuando deseé salvar a Will y poder hablar con él. Y ahí estaba yo, siendo una estúpida sombra, con una charla aún pendiente y nadie con quien hablar. Sin poder emitir sonidos, de hecho.
Me sentía como si estuviese viendo TV, sin poder intervenir en la trama, sin sentir nada físicamente. Sólo que la televisión estaba apagada, y yo no podía encenderla. Pensé que ojalá alguien lo hiciera por mí.
Y me empezó a faltar el aire.
Me pregunté si necesitaba respirar, pero sin duda empezaba a sentir que me ahogaba. Quizás pudiese morir, sería un alivio, iría con mi padre y no volvería a tener que hablar de esto. Era buena idea. No estaba mal. Nico, apúrate y muérete rápido.
Y entonces llegó aire, una luz cegadora, y un sabor cálido y dulce, como café con crema o mucha azúcar. Sentir sabor es extraño cuando no tienes boca. Es como oler algo, simplemente estaba en todas partes, en el ambiente, pero yo sabía que no era un aroma, sino un sabor. Así, pues, percibí sabor. Y sonido. La voz de Cecil, que sonaba exageradamente hermosa. Ridículamente esperanzadora aunque estuviese gritando como loco.
—¡...Estás brillando!
¿Yo estaba brillando? dioses míos, seguro que iba a explotar o algo.
—¡¿Qué?!
Will. Dioses. Esa había sido la voz de Will. Reacciona di Angelo, tienes que verlo. Al menos una última vez. Desaparece, luz, atenúate, no me dejas ver al ser más perfecto que Apolo ha tenido la decencia de crear. Irónico.
—¡¿Qué les pasa a ustedes dos?!—Lou Ellen. Dioses, sí, los tres estaban ahí. Si había enloquecido y estaba alucinando, no me quería curar.
Abrí los ojos, y no habían pasado cien años. Los ojos verdes de Cecil—bendito color, bendito Cecil—me miraban sorprendidos. Sostenía a Will, que parecía muerto. Yo me senté, desorientado. Era yo otra vez. El dolor del corte que me había hecho por error con Estiggy era sólo una prueba de que estaba vivo. Vivo. Apreté los labios, seguro que iba a ponerme a llorar. Aunque Will estaba inconsciente.
—¡Dioses!—exclamó Cecil—¿Es que ustedes hicieron un pacto para no estar despiertos al mismo tiempo, o qué?
Me pasé la manga de la campera por los ojos para secar las lágrimas.
—No—logré decir—¿qué pa...?
Al apartar mi brazo y mirarlo, noté que lo rodeaba una especie de resplandor dorado. Lo primero que pensé fue debí ponerme la chaqueta negra(el dorado no queda con el marrón).Luego recuperé la capacidad de pensar con normalidad y grité como idiota, sacudiendo el brazo de un lugar a otro como si fuese a apartar el brillo. Claro que no estaba sólo en mi brazo, me cubría completamente.
Miré al chico inconsciente que Cecil sostenía con esfuerzo y entendí parte de la cuestión. Bueno no, lo último que podía hacer en esa situación era razonar, pero la luz salía de él y a cada minuto se veía peor. Conclusión: estás matando a Will, di Angelo. Detente. Claro, en teoría, pero ¿cómo?.
—¿Qué pasó?—le exigí saber.
—¡¿Nico despertó?!—chilló Lou, probablemente lamentando no poder dejar la conducción del carro para ir a golpearme. O algo.
¿Cuándo nos subimos a un carro, de dónde salió? no lo pensé en aquel momento, pero en retrospectiva lo bueno habría sido hacer preguntas como si en ello se fuese mi vida. Mi vida era lo que menos me importaba en ese preciso instante, la de él siempre sería prioridad, de todas formas. Cecil se obligó a relajarse y tendió al rubio en uno de los asientos. Había dos de forma paralela, alargados y con lo que parecía ser felpa blanca, y el sanador cabía justo en uno de ellos, por lo que el hijo de Hermes me obligó a sentarme en el otro al tiempo que lo hacía él también. Me sujetó por los hombros y tomó aire. Se veía pálido, y debía estar haciendo un gran esfuerzo por mantenerse sereno, porque lo sentía temblar. Por consideración me tranquilicé también.
—Ok...—dijo—Ok. ¿Qué pasó?
Suspiré, pero no con cansancio o tristeza. La—fingida—madurez de Cecil logró relajarme, y finalmente acepté del todo que había regresado de las sombras, apreté los labios, quería llorar.
—Estaba—se me quebró la voz. Quería explicarle lo que había pasado(lo que no había pasado), que había estado con las sombras y regresado por una luz blanca y con sabor a café dulce que seguía instalado en mis labios. En su lugar sólo lloriqueé como idiota—...Estaba muy asustado.
Muy heroico de mi parte, sí. Pero después de sentir que había perdido completamente mi vida, que los había perdido a ellos, estar allí viendo el rostro de preocupación de un hijo de Hermes que no me había robado nada jamás y que más bien me ayudaba a recuperar cosas que un Apolo me quitaba sin intención, escuchando la voz preocupada de Lou Ellen, sintiendo de nuevo, teniendo lágrimas otra vez, sólo... se sentía mágico, inexplicable, incluso el dolor de mis heridas y el mareo que sentía eran algo de lo cual estar agradecido. Cosas que uno desearía que no estuvieran se vuelven valiosas cuando están cerca de desaparecer.
Cecil me abrazó. Creo que se creía mi hermano mayor o algo así. De todas formas era relajante, y yo quería llorar. Y estaba llorando. Porque no entendía nada y quería estar seguro de que en verdad me hallaba allí, porque podía hacerlo. Así que lo abracé también, tratando de al menos no hacer ruidos estúpidos contra mi voluntad mientras las lágrimas sólo seguían brotando y mojando su hombro.
En algún momento él comenzó a hablar para calmarme. Quizás no era tanto lo que decía—estoy seguro de sólo haber captado el 10%— como su voz, normalmente alegre y atolondrada, que ahora sonaba pausada y calmada, reconfortante, cariñosa. Él estaba genuinamente aliviado de que estuviese ahí, aunque le oí vacilar, como si estuviese llorando también. Seguro lo estaba, así es él.
—Vas a estar bien... y Will. Todos estaremos bien, incluso esas asquerosas frutillas no correrán ningún peligro—susurraba.
Lou gritaba algunas cosas de vez en cuando para llamar nuestra atención, pero yo estaba tratando de no sollozar, Cecil intentaba calmarme, y Will estaba fuera de servicio, por lo que en realidad no le contestaba nadie.
Sabía que aún estaba brillando, podía verlo en la mano que mantenía en la espalda de Cecil, e incluso las minúsculas gotitas que caían de mis ojos se veían como oro fundido durante unos segundos. Quizás era yo el que estaba temblando, quizás éramos los dos. El hijo de Hermes pasaba su mano por mi cabello.
—Y tú dejarás de parecer una lampara de pie—prometió—, y cuando volvamos al campamento todos juntos, Lou, Will y yo vamos a abrazarte y decirte "buen trabajo". Entonces nuestro Solecillo se te declarará y todos seremos felices y tiraremos muchas frutillas al fuego.
Reí. De verdad las odiaba.
—¿Nícolas?—llamó.
—¿Mh?
—No estabas simplemente desmayado, ¿verdad?—negué con la cabeza sin soltarlo, él tampoco intentó hacerlo, y yo no quería que viese mi cara—¿dónde estabas?
Miré el brillo de mi propia mano por sobre el hombro de Cecil, como una capa protectora a mi alrededor. Ya no provenía de Will—quizás él ya no tenía luz que dar, pero estaba respirando, y eso suele ser buena señal—, sin embargo no parecía querer apartarse de mí. Apreté el puño, tenía una herida en la palma, y la sangre rojiza cayó sobre la felpa blanca y perfecta del asiento, por lo que suspiré. Al menos mi sangre no brillaba. Abrí la boca, y el sabor del café aún no me abandonaba.
—Entre las sombras.
Omití el detalle de que yo era una también.
Continuará.
Agh, siento no haber subido el miércoles. No tengo tiempo así que seré breve: Problemas con la computadora. Estoy improvisando. Todas las similitudes con el capítulo anterior son intencionadas(?). Dejen Reviews. Gracias.
Nos leemos por ahí, y que los dioses los acompañen :)
(¿Qué? siempre hay tiempo para eso).
