Yu-Gi-Oh! es propiedad de Kazuki Takahashi~

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Jonouichi notó la presencia del monstruo de su mejor amigo por segunda vez. Miró la pared en la que había manifestado algo. No era una palabra escrita como tal, muy a pesar de encontrar palabras en Hiragana y Katakana, no eran palabras exactamente como tal, eran órdenes. Observó detenidamente los patrones, encontrando varios colores en estos. Verde, amarillo, azul, rojo. No obstante, los caracteres estaban escritos en amarillo, además de señalar el punto de dicho color con mucho énfasis.

Tardó alrededor de tres minutos en percatarse de las similitudes con el propio tablero de botones con esos colores y buscó el señalado, oprimiéndolo de inmediato. ¿Qué pensaba que iba a ocurrir? No tenía la más remota idea, solo que la linda aliada de Yugi se lo ordenaba. Con cierto temor, lo oprimió, cambiando la tercera pantalla de nuevo.

—¿Qué has hecho? —preguntó Anzu, levantándose ante la evidente estática.

Un momento después, el rostro de su mejor amigo apareció en la pantalla. Sus grandes ojos con un extraño color morado, el extravagante cabello en punta que tenía. En su mano, una carta sin ser revelada su naturaleza estaba. La vestimenta usual de su amigo no era la misma, se parecía más a Atem de lo esperado, usando una polera negra, el collar pegado a la garganta y muñequeras de metal. De su cuello estaba el mismo colgante de las veces pasadas con la cadena.

—¡Convoco al Red Eyes Black Dragon! —exclamó, colocándola sobre una extraña máquina. Pronto, ellos dos se hicieron para atrás, captando la atención de Honda quien se les acercó para ver cómo una versión más grande de la ilustración de la carta aparecía frente a su amigo.

Poco después, el dragón apareció, sin inmutar a Yugi. Este rugió, estirando sus alas hasta el máximo de su envergadura y se movió, colocándose a un lado del muchacho, permitiendo la vista. Jonouichi sintió el lamento de esa bestia, del mismo modo en que su gama de sonidos dejaba en claro lo molesto que estaba por ser llamado gracias a otra persona que no era Jonouichi Katsuya. Pronto se dieron cuenta de la razón.

Ninguno de ellos pudo demostrar el enorme pavor que tuvieron al ver el rostro del rubio, modificado en una expresión de arrogancia y deseo de matar al joven frente a él. Las venas de los ojos saltaban, además de tener todas las arrugas posibles en su ceño. El monstruo convocado —Rocket Warrior— apareció, entrando a su modo invisible por órdenes del ser extraño que lo manejaba. Logró darle al Red Eyes, rompiéndole un ala de paso, causando su lamento. Dentro, Jonouichi sufría por los daños hacia ese monstruo que tanto le había dado.

El ser se llevó las manos a la cabeza, apretándola con todas sus fuerzas mientras se quejaba del dolor. No aguantó el golpe mental, terminando de rodillas. Las cosas fueron más claras entonces: estaban en un muelle. Yugi iba con paso lento para acercarse a él, en sus pies existía una especie de esposa, encadenándolos a... un ancla. Vieron al joven Moto acercarse, llamándolo con voz demasiado débil en sí misma. Se le notaba exhausto por los posibles ataques ocurridos durante el transcurso de la convocación del dragón hasta ese punto, habiendo pasado tan rápido. En su mano yacía el Rompecabezas del Milenio, quitándoselo él mimo para colocarlo alrededor del cuello de su mejor amigo después de Atem. Sus palabras causaron una enorme sorpresa en ese demonio con cara del rubio.

—Cuídalo por mí —susurró, permitiéndose una sonrisa débil. Su espalda encorvada no permitía lugar a dudad: estaba exhausto, herido y hasta en el límite. Luego, solo se giró, emprendiendo la marcha de vuelta al lugar a donde tenía que ir, manteniendo el orgullo arriba, allí donde siempre estaría. No obstante, lo pesadas que eran sus pisadas les dejaban en claro lo cansado que se encontraba. Además, podían verlo, se sostenía con mucho trabajo sobre sus piernas. Jadeaba y soltaba quejidos de vez en cuando, ahogándolos con muchísimo esfuerzo.

Obligaron a sus ojos a prestar atención a Yugi, quien se veía más cansado por cada paso dado. El sudor empezaba a bajarle por el rostro, deslizándose por su cuello, además de los brazos. Se le notaba pensativo, además de lanzar pequeñas miradas al dragón, como rogándole que le entregara la poca fuerza restante de su interior. Su espalda cedió al peso, encorvándose. ¿Cuánto pesaba esa cosa del brazo que transmitía holográficamente los monstruos de las cartas?

No obstante, el demonio empezó a reírse al tiempo que tomaba el Rompecabezas en sus manos a partir de la cadena. Gimoteó su victoria con una emoción no real, a la par en que se sacaba el colgante. El rostro del muchacho exhausto se mostró sorprendido. Las manos del rubio fueron hasta la misma pieza, apretándola entre sus manos. Yugi lo vio todo con ojos cerrándosele y murmuró el nombre: Jonouichi, de un modo distinto al usual. No era él, no estaba esa alegría o duda típica, solo una carencia de emociones. El ser con el objeto quitó la pieza con el extraño ojo en él, sosteniéndola entre sus dedos antes de dejarla caer en su palma, apresándola.

El coraje subió en Jonouichi, queriendo golpear a esa versión extraña de él por su modo tan idiota de comportarse con un sujeto como el muchacho de pelo extravagante quien le entregó lo más importante: su propio tesoro. Levantó el brazo, listo para lanzar la pieza al mar cuando se detuvo, analizando una sola cosa. Pronto, comenzó a respirar agitado, tal cual le estuvieran arrancando el aire a patadas o empezara a llorar. Su mano tembló, dejando sorprendido a todo el mundo. A las dos Anzu, a la presente en ese duelo y a la castaña que estaba viéndolo por la pantalla, al Kaiba y Mokuba de ese lugar, a Honda, a Yugi y al verdadero Jonouichi.

No permitió en ningún momento ver su rostro. Maldijo con todas sus fuerzas, dejándose caer de rodillas mientras la mano contenedora de la pieza iba directo a su pecho, siendo sostenida de la muñeca por la otra. Aguardó un solo minuto de esa manera, luego, hizo algo sorprendente empero, algo típico del Jonouichi que lo veía todo a través de una pantalla: tomó el artículo y puso de nuevo la pieza, colgándoselo de nuevo. Un susurro ronco escapó de su boca.

—Soy... un duelista.

Señaló a Yugi, ordenándole a continuar con su turno. El más pequeño lo hizo, robando una carta a la vez en que Red Eyes recuperaba sus puntos de ataque hasta llegar a la mínima cantidad de novecientos puntos. Este estuvo analizando largo rato la carta entre sus manos, luego, miró más intensamente a Jonouichi y luego al dragón a su costado. Regresó la mirada a las cartas en su mano, decidiéndose a colocar dos cartas boca abajo y al Magnet Warrior Beta. Luego, sin más, terminó su turno, dando paso al oponente.

Tardó mucho tiempo en decidirse, tal cual estuviera siendo influenciado por algo más. Después se decidió a hacer su movimiento, convocando al Panther Warrior.

La pantalla tuvo una pequeña fluctuación en ese momento, provocando que el duelo saltara hacia adelante. Todo un largo camino del duelo hacia adelante. Personas que no estaban allí ya lo estaban tal cual Honda y Otogi... además de Shizuka. Una mujer rubia los acompañaba, desconocida para ellos tres. Luego, Jonouichi lanzó un grito, quedándose de rodillas mientras seguía vociferando algo sobre sus recuerdos.

Yugi miró hacia arriba, revelando el ancla que los ahogaría en cuestión de minutos. Menos de dos minutos, si se permitían verlo con exactitud.

—Marik —dijo el muchacho de cabello extravagante, señalando hacia el frente, hacia Jonouichi— sé que estás dirigiendo este duelo —continuó, regresando su delgado brazo al cuerpo. Su mirada era distinta a la de antes, más confiada, más seguro de sus palabras y llenos de un valor visto solo cuando defendía a sus mejores amigos de un modo u otro—. Si sigues interrumpiendo, los perdedores no seremos ni Jonouichi ni yo —siguió, volviendo su voz un par de tonos más bajo que lo conocido, asemejándose demasiado a la misma voz de Atem. Se movió, señalándolo de vuelta—. ¡El perdedor... serás tú, Marik!

Las palabras llegaron a todos ellos, comprendiendo por fin el rumbo de lo sucedido. A base del uso del Cetro del Milenio, Jonouichi estaba poseído por alguien llamado Marik, lleno de venganza y odio hacia el muchacho de enormes ojos. Sus palabras eran intensas, cargadas de una ira nunca antes vista. Ordenó a Marik hacer que sus puntos de vida bajaran a cero, prometiéndole regresar al verdadero Jonouichi a la vida, dejando atrás su control mental, como una sola piedra en el camino.

Por un solo momento... dudaron por completo de la capacidad al ver una carta prohibida ser jugada por el rubio, generando un meteoro directo hacia Yugi, que provocaría el conteo final de su juego. Estando demasiado cerca, sucedió el milagro: despertó, regresando a ser el verdadero muchacho de siempre. Con una sonrisa en la cara, reveló su carta boca abajo: una trampa: Fairy's Mirror.

—Quiero compartirte mis últimas palabras, por eso usé Fairy's Mirror —dijo Yugi, con una sonrisa en su rostro de ver a su mejor amigo de vuelta. El rubio se quedó atónito ante las palabras del joven, quien no respondió a nada—. Jonouichi, tú eres quien me da valor, además de eso, tú eres mi mejor amigo —las lágrimas se acumularon en los ojos del joven con ojos enormes, dejando que estas fueran libres. Escuchó su nombre por parte del rubio, asintiendo a ello. Luego, sonrió—. Jonouichi, te quiero.

—¡Yugi! —recriminó, siendo ignorado deliberadamente.

—Espejo, refleja el Mortal Meteor sobre mí —ordenó, siendo acatado por el hada.

Todos los presentes gritaron su nombre al momento en que el ataque mortal llegó. La onda expansiva se reflejó en humo después. Anzu cubrió su boca con las manos, incapaz de creer lo que veía, escuchando solo los jadeos de sus dos compañeros. Ambos no creían eso. ¿De qué demonios se trataba? Vieron a Yugi con el cuerpo ya exhausto y caer hacia el piso, el golpe seco les advirtió del mismo. La madera crujió por el peso muerto que significaba él. El contador bajó a cero, abriendo una caja del lado de Jonouichi. Él, quien rara vez demostraba sus verdaderos sentimientos como tristeza, lloraba.

El sonido les alertó de algo más. El ancla.

La cabeza de su amigo se movió, ¿cómo vería? Lo más seguro es que borroso y solo levantaba la cabeza hacia la posible dirección de su mejor amigo.

—Jonouichi, tienes que liberarte y salir —dijo, con voz ahogada, recordando que ellos escucharon ese tono antes por parte de Atem en una situación distinta, más alegre—. Toma la llave y huye. Apúrate... antes de que el ancla caiga y te lleve al mar...

—¡Eres un idiota! —exclamaron los dos Jonouichi, el de esa cinematografía más que exaltado y el otro lleno de una frustración imposible de describir. El rubio que veía todo a través de una pantalla temblaba, soltando pequeños quejidos de impotencia hacia todo eso—. ¿Cómo piensas que te dejaré aquí? —exigió e impuso.

Luego, miraron hacia Yugi, quien se removía el aparato crea hologramas donde sus cartas estaban. Solo se rindió, cerrando los ojos a la espera de que el ancla lo llevara. Jonouichi gritó más, desesperado por conocer una manera de resolver todas las cosas... hasta pensar en Red Eyes, a quien obligó a atacarle, bajando sus puntos de vida a cero de igual modo, permitiendo a la caja frente a Yugi abrirse. Con rapidez se quitó el Rompecabezas y la misma máquina, usando la cadena que ataba su pie hacia el ancla y saltó, con un único objetivo: la llave dentro de la caja frente a su mejor amigo.

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El moreno decidió continuar con su camino, pensando en muchas cosas a la vez. ¿Qué significaban las palabras del ser proveniente del éter? Pensándolo bien, en los años que llevaba aprendiendo respecto a los Artículos del Milenio, jamás había dado con algún otro portador. Solo conocía sus nombres, incapaz de figurar las formas de estos. Sortija, Cetro, Collar, Llave, Balanza, Ojo y Rompecabezas. Todas esas cosas debían estar relacionadas a algo, pero qué era ese algo. Dentro de lo poco conocido, su magia era extraña, siendo generada gracias a su herencia como poseedor de la pirámide invertida. No obstante, si existía alguien más capaz de generar esa misma habilidad era su mejor amigo, su propio aprendiz.

Rememoró entonces las cosas, ¿qué permitía la existencia de dichos artículos en primer lugar? Además, si lo analizaba bien, de acuerdo a las memorias presentes, su padre y él jamás tuvieron una conversación decente respecto al origen de su linaje. ¿Cuál era la respuesta ubicada en la astronomía? La poca información a la que acceso era gracias a Yugi y un poco a la escuela, no sabía absolutamente nada.

—Anzu —escuchó a Yugi. La emoción floreció en su interior, causando que levantara la cabeza con tal de ver cómo la castaña corría hacia su mejor amigo, quien la veía con un sentimiento tan profundo que lo paralizó en seco.

Algo en su interior lanzó una punzada cuando, de manera nerviosa, compartieron un beso, causando un gran temor y la adrenalina correr en sus venas, temiendo haber sido vistos por alguien gracias a la misma cultura donde se criaron debido a lo mal visto que estaba ese tipo de muestras de afecto cuando eran fuera de casa. Luego, la castaña abrazó a Yugi, perdiéndose en el contacto de ese muchacho a la par que su mejor amigo sonreía con sus ojos cerrados.

Atem apartó la mirada, tratando de quitarse la visión de encima. No obstante, fue tarde en el momento en que reaccionó, causando una terrible sensación dentro de su cuerpo, recorriéndolo desde el cabello hasta los pies, teniendo una profunda reacción en el pecho. Fue sometido a la más amarga sensación posible, generando un gran malestar en sí mismo. Se sentía triste, demasiado triste que terminó apoyado contra la pared espejo. Había visto a su mejor amigo llorar en la azotea de un hospital gracias al miedo que tenía de perderlo, ahora lo veía tan alegre en los brazos de Anzu sin el Rompecabezas del Milenio en su cuello. Soltó un sonido de risa, burlándose de sí mismo con ese acto.

Ni siquiera supo cuándo desapareció la ilusión, dejando derrotado a Atem. ¿Qué significaba ese enorme deseo de quedarse escondido allí? ¿El dolor de su propio corazón? Ni siquiera tenía espacio para sentir el reproche causado ante una escena de beso entre Anzu y Yugi, solo existía algo.

—Eso es lo que mi mejor amiga llamaría corazón roto, mi señor —susurró una voz a su lado, una masculina. Giró el rostro, encontrándose con uno de los más preciados monstruos para Yugi, el Silent Swordsman. Le recordaba vagamente a lo que sería su nivel tres, al menos en su imaginación, con la piel verde, cabello rubio y el traje en tono azul oscuro con toques en gris, por el metal del que estaba hecho. La gran espada descansaba a su lado, sostenida por una de sus manos—. Si no le ofende que le diga.

Atem hizo caso omiso a las palabras del guerrero, sintiéndose bastante estúpido de pensar en varias cosas relacionadas con su mejor amigo. Escuchó la risa del monstruo, causando que la ira empezara a crecer en su interior.

—Me imaginaba que el gran señor, el mismo que posee los sentimientos más sinceros de mi maestro, no me hablaría por creer que soy una ilusión —se burló, consiguiendo que el otro se girara para verlo. Atem no se veía de un humor normal, si estaba en lo correcto, comprendería un poco más al ser tan misterioso que le era el moreno—. Soy la representación del alma de Yugi Moto —aclaró, logrando captar la atención del muchacho frente a él— bueno —sonrió—, la mitad de su alma. La otra siempre será Silent Magician.

—¿Los sacó? —preguntó. Debería estar sorprendido de las habilidades de Yugi, pero lo conocía lo suficiente como para saber que no debía estarlo, sabía que él, su mejor amigo, siempre le llevaría la delantera en varias cosas, el único problema era su falta de confianza en sí mismo para tener aseguradas las cosas, denigrándose constantemente de una manera poco obvia.

El monstruo asintió, con un movimiento cargó la pesada espada y tocó la pared espejo, revelando la conversación previa entre el Silent Magician y Yugi. La representación vio cómo Atem se permitía relajarse un montón, aunque regresó esa melancolía a la cara.

—Estás enamorado de mi maestro —sentenció, no modificando la expresión en el moreno. Supuso que lo ignoraba por completo. Separó su arma, regresando la pared a la normalidad. El humano frente a él suspiró, bajando la mirada—. ¿Por qué nunca quieres admitir tus sentimientos?

—No sé de qué me estás hablando —soltó, girando el rostro. La misma cara con la que intentaba engañar al resto del mundo estaba puesta en su lugar de nuevo. Alguien con una confianza férrea, incapaz de cometer errores y, si los cometía, era perdonado rápidamente por explicar de manera correcta las razones que tenía para hacer lo que hiciera. También la cara que daba para proteger a Yugi de cualquier matón de la escuela y fuera de ella, la cara capaz de juzgar al primero en parársele en frente—. No tengo el corazón roto, como dices tú, tampoco tengo sentimientos por admitir. Quiero a Yugi del mismo modo en que quiero a los demás, solo como a un amigo.

El Silent Swordsman se rio entre dientes, admirado por la fuerza mostrada en el moreno. Dejó el arma contra el suelo, cruzándose de brazos sin soltar nunca la espada que lo caracterizaba. Estaba muy distinto a como se comportaba en los duelos, al menos de la personalidad que todo el mundo le daba. Conocía de gente que alegaba que él tenía un muy buen sentido del humor gracias a lo feliz que a veces se manifestaba, todo era una gran mentira, variaba mucho del lugar en donde se manifestara, además de la situación en su maestro.

—Sigue mintiéndote, Atem —respondió al comentario—. Cree la ilusión de mi Maestro con la mujer castaña. Ese será su destino si no te espabilas. Un corazón se cansa de latir hacia alguien que no corresponde, por más que estén en las mismas condiciones. Abandona tu miedo y decláratele por fin a mi Maestro, no deseo verlo herido otra vez.

¿Otra vez?

Las dos palabras hicieron eco en su cabeza, no logrando hacerle la pregunta de lo que decía pues el Silent Swordsman desapareció tan rápido como hizo su aparición. Atem analizó las palabras dichas por el monstruo. Ninguna tenía lógica alguna. Yugi nunca había iniciado relación alguna con nadie, tampoco salido herido de algo más allá de una batalla mental contra su propio padre, a quien él mismo no quería permitirle dañar a su mejor amigo. Las palabras del ente volvieron a hacer eco en su cabeza, causando un enorme torbellino de pensamientos en él. Existía un otro yo para él, caracterizado normalmente bajo la apariencia de Yugi, sabiendo que ellos nunca serían algo como la otra cara de una moneda, conviviendo en el mismo cuerpo. No obstante, las ilusiones mostradas en esa pared le dejaban con curiosidad, ¿qué era exactamente verse a sí mismo como un fantasma al lado de su mejor amigo? Además, el contexto.

Nunca había ocurrido un incendio, tampoco la necesidad de explicarle su falta de memoria, gracias a que la había tenido hasta entrar a ese mundo extraño en lo que él consideraba esa misma mañana. Las respuestas yacían en su apellido, Hor-Ajti y en el espacio, ¿por qué en el espacio? ¿Qué había fuera del planeta Tierra lo suficientemente poderoso como para darle las respuestas? Yugi despertó a sus monstruos, Silent Swordsman y Silent Magician mas era todo, ¿sería él conocedor de alguna otra respuesta? Posiblemente y no, las pocas cosas en las que él conocía del espacio provenían de su madre, siendo Yugi alguien más interesado en los juegos. Si no lo conociera, se enfadaría más de verlo abandonar la comida por demasiado tiempo en busca de un buen juego. Corrió, siguiendo el mismo muro de siempre, internándose más a la curiosa forma del laberinto que más bien parecía un camino recto con pequeños espacios de paredes del otro lado.

—Le pido disculpas, mi señor, por la actitud de mi mejor amigo —dijo una voz femenina, apareciendo al frente. Atem detuvo su carrera, presenciando al Silent Magician. Era bonita, pero extraña a la vez. Tenía un aura de querer matar a cualquiera, además de verle como a un enemigo vencido ya, con cierto desprecio por lo hecho antes. ¿Antes, cuándo? Necesitaba muchas respuestas—. Él era demasiado apegado a mi Maestro. Romperle el corazón a él ha sido demasiado duro para tolerar verlo. Sé que usó a Anzu y a mi Maestro para darle una lección y lo hizo del modo equivocado. Señor Atem. Seré sincera con usted —dijo. El moreno volaba, queriendo llegar hasta el dueño de esas representaciones. No eran para nada como él.

Susurros. Escuchó los susurros provenir de un lado del laberinto extraño. Se parecía mucho a la voz de Yugi, su mejor amigo. Todos de distintos tonos, varios más con expresiones tan extrañas como otro yo. Algunas más solo por su nombre: Atem, las cuales eran tan escasas contra las otras. Muchas tenían ese énfasis de aclarar un sentimiento. Triste, melancólico. El único deseo plasmado allí era uno: cariño. Un cariño sin igual.

—Señor —llamó el Silent Magician sin modificar su apariencia o expresión. Sus cabellos plateados se movían un poco—. Mi Maestro lo quiere de un modo más allá del que es capaz de reconocer y está a la espera. Si no se decide pronto cómo lo quiere esa visión —señaló de nuevo la imagen de Yugi con Anzu, ambos sostenidos de la mano y de un modo bastante más íntimo del que dejaba en claro— se hará realidad. Respóndase a sí mismo. ¿Por qué le causa malestar ver a Yugi envuelto en una relación romántica con alguien más? ¿Por qué tiene celos de una niña que se le acercó en un parque acuático y a usted le hacía rabiar por las atenciones que recibía? ¿Por qué su cuerpo reacciona al tacto de él? ¿Por qué su corazón solo puede pensar en estar siempre allí, para siempre?

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Se decidió a descansar un solo momento. Sus piernas eran demasiado cortas como para alcanzar largas distancias en el mismo tiempo que sus amigos. Todo dentro de él se estremecía por el cansancio. Necesitaba hablar con alguien, con su mejor amigo, con Atem. Quería practicar su magia, quería solo perderse en pláticas sin sentido al lado de él, añorándolo de un modo extraordinario. Incluso jugar otra vez a las atrapadas con tacleada que le dio en la mañana.

Podían solo haber pasado minutos para que alguien se percatara de la ausencia de todos ellos, para él, habían transcurrido días enteros. Todo le extrañaba, debería estar muerto de hambre, sueño, con cero ganas de avanzar y loco, cosa que no estaba pasándole. Solo el pequeño cansancio generado por la larga distancia recorrida desde el momento de iniciar todo eso. Abrazó sus piernas un minuto, descansando la cabeza sobre las rodillas, la herida de su nuca ardía.

Tembló un poco, recordando las gentiles manos de Atem en la curvatura de su cuello. Cerró los ojos un momento, viendo la intensa mirada del otro clavársele encima. Una mirada de cariño y tranquilidad vista antes solo en la intimidad que podía conferirles sus propias habitaciones. Brincó, sorprendido de lo que estaba haciendo. Pensar en su mejor amigo de esa manera. Su cara comenzó a arder de pronto, de solo recordar lo ya vivido lado a lado de su mejor amigo.

Frunció el ceño, bastante avergonzado de solo pensar en eso. ¿Por qué? Nunca existiría nada entre ambos. Solo eran amigos. Los mejores amigos.

—Yugi —llamó Anzu, sacándolo de sus pensamientos extraños. Así detendría el ritmo de estos, apartaría la imagen de lo que sea que estuviera pasándole como para pensar en Atem de un modo soñador—. ¿No deberías decirle a él lo que sientes antes de dormir juntos?

—¿¡Qué!? —exclamó, sobresaltado, sintiendo el rojo subirle hasta las orejas, de un modo poco usual en él. Sus enormes ojos estaban abiertos a más no poder, haciendo la pregunta más obvia sobre el conocimiento de su mejor amiga respecto a un tema que mantenían muy oculto. La última vez en donde ambos durmieron de esa manera antes de la actualidad fue a los seis años, cuando sus padres se los prohibieron. Nunca en su vida deseó tanto ser devorado por algo del cosmos, como las distintas bestias de Jonouichi o los insectos del famoso duelista Haga.

Su corazón palpitó muy rápido, haciendo especial muestra a cuando ambos compartieron cama, la cercanía mutua, la sola sábana cubriendo sus cuerpos. Se encogió lo más posible en ese lugar, deseando desaparecer con todas sus fuerzas. La voz de Anzu se escuchó risueña, luego, adquirió tintes traviesos.

—Dime, Yugi —dijo, teniendo de fondo las voces de Honda y Jonouichi ahogando sus carcajadas—, ¿por qué no se lo has dicho? Se te nota lo enamorado que estás por él.

—¡No es verdad! —chilló con la sorpresa escapando por sus poros.

Sintió el mareo por lo caliente de su cara, la vergüenza iba a terminar acabándolo. Malditos todos los que seguían ese enfermo juego de tomar tan a la ligera algo tan importante como la homosexualidad de sus mejores amigos. Deseó tener la lengua floja de Jonouichi por un momento, ansiando soltar todas las groserías conocidas.

—¡Vamos, viejo! —exclamó Jonouichi. El poco valor reunido le causó encogerse de nuevo. No su mejor amigo—. ¡Les presto a uno de mis bebés!

No, no, no, no y no. No podía estar pasando eso. Cubrió su rostro y gritó en frustración a la vez en que Jonouichi se quejaba por un golpe dado por Anzu. Pronto, Yugi quedó delegado como el tema central, sí, pero sin dirigirse a él. Eso le bastó para estar en esa pose por más tiempo. Imposible, inconcebible, sus amigos deberían ser incapaces de dar muestras tan extremas de una insinuación sexual. ¿No podía ser ese uno en un millón de ser tragado por la tierra? Lo agradecería infinitamente si así se libraba de las cosas.

—¿Recuerdas que me ayudaste para tratar de conquistar a Miho? —preguntó Honda, delegando a segundo plano a los demás. Yugi separó un poco sus dedos, dejando entre ver sus enormes ojos con la piel roja bajo las mismas. Asintió, despacio, no queriendo salirse del tema en el que estaban hablando—. Fallé estrepitosamente porque ella no me quería. Conozco el sentimiento de ser rechazado, Yugi, pero entre Atem y tú, hay algo más profundo de lo que cualquiera de nosotros es capaz de imaginar sentir una sola vez en la vida.

Quitó sus manos del rostro, mirando hacia sus pies mientras los pensamientos bullían en su cabeza. ¿Por qué Honda hablaba exactamente de eso? Miho había sido una muchacha bonita, lo admitía, pero no de su tipo ni el de Atem. Ella, quien después de todo, no estaba interesada, catapultó la unidad entre Jonouichi, Yugi, Honda y Atem, logrando ser comprendidos de una mejor manera.

—¡Búscalo y dile! —demandó.

Yugi cerró los ojos, permitiéndose analizar la situación desde el punto de vista de ellos. Tener que pensar en Atem como una pareja... verlo del mismo modo en que el castaño había visto a la muchacha con el listón amarillo en su pelo. Notó el pasado, ese donde instintivamente buscaban el contacto físico el uno en el otro, casi como si fuera parte de sus almas.

Dejando de hacerlo, había causado una ausencia incapaz de comprender aún en esos días. La pena de ser señalados en público. Lo cálido que se le hacían las casi siempre frías manos de Atem contra sus manos, al estar encerradas con las morenas sosteniéndolas. Su misma voluntad era imparcial, solo su mejor amigo podría arrancar el collar de su cuello con una facilidad. Los nervios de sentirlo en un espacio normal, sin invadir el espacio personal del otro. La rabieta nacida desde lo más profundo de su corazón cuando una niña se le colgaba, insinuando quedarse lado a lado de él, el odio generado por una acción como pedirle una cita.

La sola existencia de una comunicación confundida con la telepatía. La forma en que, con solo verse a los ojos, comprendían lo que el otro deseaba decir. No con un porcentaje alto, pero sí con muchísimas ventajas en comparación de los demás. Miró sus propias manos un solo momento, sus terminaciones nerviosas estaban sensibles de nuevo al recordar otras del mismo tamaño en un tono moreno. Un color que se le hacía hasta exótico.

Con el corazón martilleando con gran velocidad, se rindió a seguir llamando a Atem como su mejor amigo. Lo quería de un modo distinto, no obstante, la vergüenza seguía latente de solo pensar en estar a solas nuevamente con él. A pesar de eso, se sentía mejor que antes. No iba a ser un cobarde, no con esos recién descubiertos sentimientos. Iba a confiar en ser correspondido.

Miró hacia arriba, sonriendo de manera sincera.

—Gracias, Honda.

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Durante todo un rato, los tres chicos estuvieron analizando la situación que vieron a través de la tercera pantalla. Discutían mucho respecto a la veracidad de los hechos y se llevaron muchísimo tiempo hasta escuchar sus propias voces. Miraron las tres, encontrando que era Yugi el elegido como víctima del laberinto. Las palabras empezaron a brotar, causando la inmediata vergüenza en él. Los tres se sobresaltaron al enterarse de lo que sus amigos habían hecho.

Como era lo usual, ninguno podía escuchar las respuestas de él empero, sus reacciones bastaban para entender la vergüenza que le recorría. La pelea escuchada entre la voz de Anzu y Jonouichi fue llevada a cabo, en especial por lo indignados que estaban el uno con el otro respecto al pensamiento de cómo llevar la relación entre esos dos. Fue escuchar la voz de Honda el detonante de una calma sorprendente en los tres, incapaces de creer lo que escuchaban.

La vergüenza esconde cabezas de Yugi fue reemplazada por un profundo lapsus de pensamiento. Uno donde ninguno conocía nada de lo que analizaba. Luego, su mirada cambió por completo. Estaba otra vez con una seguridad atípica dirigida a un ámbito más bien romántico y miró hacia arriba, buscando la forma de comunicarse con la voz de Honda, desconociendo si era o no una ilusión.

Por primera vez en mucho tiempo, fueron capaces de escuchar su voz. La voz de Yugi estaba llena de alegría y agradecimiento, tanto que se desbordaba como un río en época de lluvias intensas. Con un brinco, salió corriendo otra vez, todo el camino con, al parecer, el único fin de reencontrarse con Atem.

—Nuestro amigo creo que en verdad se dio cuenta —dijo Jonouichi, despacio, incapaz de comprender nada. Primero, la visualización de un duelo entre él y su mejor amigo, ahora, escuchar sus propias voces motivándolo a dar el primer paso.

—Era de esperar, Jonouichi —continuó Anzu, en un tono serio. No le estaba gustando nada respecto a ese lugar—. Es... extraño, pero donde esté Yugi debe estar Atem, donde Atem esté allí estará Yugi, no hay manera de concebirlos de manera distinta.

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¡Es el capítulo más largo que he hecho! Todo gracias a mis Yu-Gi-Oh! Arc-V

Seee xD me enamoré de Yuya ya (no de ese modo, del modo en que quiero a Yugi y a Atem), me agrada este chico. A penas lo inicié hoy, estoy por verme el capítulo tres pero primero quería terminar esto antes de morir.

¡Yo de verdad espero que se den cuenta! Porque me siento demasiado obvia en algunos aspectos. En otros, los siento inconclusos. Pero siento que lo que más se llevará la mira es... ¡Que Yugi al fin se dio cuenta de sus sentimientos por Atem! Nada mal, digo, pude hacer que tardara más, aunque la trama ya requería una cosa como estas.

Ahora me regresaré a Arc-V, terminando Arc-V me voy a Zexal (bebé alien de Astral~ 3) porque sí, me encantó la saga de Zexal por lo poco que le vi y quiero terminarla ya, necesito tener feelings como los que me causa el manga de Yu-Gi-Oh! que, por cierto, ya terminé el duelo de Jonouichi contra Rishid siendo que este se hace pasar por Marik y al caer, deja que Yami Marik salga.

Oh~ Dios, ¡ahora quiero que sepan que todos sus comentarios, votos y leídas me encantan y me hacen feliz!

Ahora, ¡invocación péndulo! Vamos, vamos, vamos~

¡Nos leemos!

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