Noveno robo:ojos.
Cecil
El resto del viaje transcurrió con una tranquilidad casi insultante.
En circunstancias normales, cuatro semidioses sueltos eran más que suficientes para atraer a una pequeña multitud de monstruos hambrientos y algún que otro loco suelto que por azares del destino decidiera atarcarnos. Pero con la magia de Lou Ellen cubriéndonos y la ausencia de dioses primordiales enviando asesinos tras de ti con la intención de despertar de un sueño que ha durado miles de años, las cosas fueron un tanto diferentes. Y no me malentiendan, no es que yo quisiera ser atacado, pero dado que el atentado no se producía, poco a poco teorías paranoicas se acumulaban en mi distraída mente de semidiós.
Para cuando llegamos con Argus, Nico ya había dejado de brillar, pero no había regresado a la normalidad.
Yo no quise quejarme, pero lo cierto es que su tacto me quemaba. El contraste con su piel naturalmente fría y la elevada temperatura actual resultaba tan fascinante como preocupante, pero él no se veía mal. Físicamente—una vez el resplandor dorado se desvaneció—, Nico estaba casi exactamente igual, pero desprendía un aura de poder intimidante y tranquilizadora, a pesar de estar lloriqueando en mi hombro. Ey, no me quejo, que también lloré bastante.
La única diferencia en su aspecto no fue descubierta por mí, sino por Lou Ellen, una vez que nos detuvimos en un hotel a descansar, dado que el carro de Niebla no podía permanecer corpóreo más de seis horas consecutivas. De nuevo, estaba bien por mí.
Nico tenía un extraño destello ámbar en sus ojos chocolate. Por un momento, me pregunté si no había estado siempre ahí, y acabábamos de notarlo, pero me recordé que Lou lo estaba observando desde hacía tiempo y no perdía detalle sobre él. En fin. Un aro ambarino rodeaba la pupila de di Angelo y eso, según dicta el sentido común, no es normal en alguien que siempre ha tenido ojos café.
—Bueno, ¿y se supone que eso significa algo?—inquirió el chico de Hades refregando sus ojos sin cuidado como si pudiese deshacerse del dudoso resplandor.
Él estaba sentado en el borde de la cama del hotel. Desmayado en ella estaba Will Solace, haciendo muecas y murmurando incoherencias ocasionalmente. Le dio una patada a Nico, que gruñó mirando mal al rubio, pero no se alejó del lecho.
—Quizás Will tenga respuestas—propuso ella, mirando con escepticismo al inconsciente sanador—, cuando despierte.
Había un "si lo hace" implícito, pero Nico prefirió ignorarlo y asintió, devolviendo su atención a Solace. Desde su retorno de las sombras, todo lo que el azabache hacía consistía en mirar casi sin parpadear al pobre descendiente de Apolo. Creo que no quería perderse el momento en el que despertara, ya fuese para regañarlo por besarlo, o para besarle devuelta. El momento en el que se lo dije, él aún se veía como un árbol navideño y sus ojos no habían dejado de lagrimear. Y toda su reacción fue mirar a Will y luego asentir pensativo.
Quizás estaba imaginando cómo matarlo, o quizás le daba igual. Lou salió del cuarto de hotel para ver si conseguía algunas provisiones—aparentemente, los caballos de Niebla también deben comer— y Nico me miró de reojo. Sonreí de forma poco convincente.
—¿Qué ocurre?
—Tengo que hacerte una... emh... pregunta.
Nico no me daba miedo. Después de pasar tanto tiempo juntos, lo consideraba un hermano pequeño con muy mal carácter pero buenas intenciones, y de verdad que lo quería mucho. Pero cuando se ponía tan serio—cuando sus ahora sobrenaturales ojos se posaban así en mí—, no podía evitar estremecerme y rememorar la profecía a la que Will tanto temía. Asentí dudoso, y luego volví a asentir para confirmarme a mí mismo que no me iba a pedir ayuda para ocultar un cadáver.
El hotel no era lujoso. Las paredes eran grises—no grises como pintura. Grises como si no se hubiesen molestado en pintarlas— y había allí una cama, un pequeño televisor, una radio sobre una mesita, un sofá de dos plazas, un par de ventanas protegidas por cortinas azul marino y un ventilador que colgaba con dudosa firmeza del techo. El piso era de madera poco lustrosa y todo parecía estar cubierto por una capa de polvo más antigua que el Olimpo, pero Will podía descansar y eso nos parecía el único requisito indispensable. Yo estaba en el sofá y di Angelo, como dije, en la cama.
El vidrio no estaba cerrado a pesar de los diminutos copos de hielo que se colaban entre las rejas, y cuando una brisa hizo que Will temblara, Nico se levantó para solucionar el problema.
—¿Crees que sirva?—preguntó acomodando las cortinas.
—¿Qué cosa?
—Besarlo.
Oh, genial. ¿Qué podía contestar a eso? Se acercó de nuevo a la cama y, antes de volver a sentarse, cubrió al Apolo con una manta verde desteñida que halló por ahí. Bostezó y volvió a su sitio, como una estatua o un ángel guardián. Nico di Angelo, ángel guardián. Sonreí.
—No lo sé, hermano. No es que Will quisiera despertarte al estilo bella durmiente cuando lo hizo, sólo quería darte RCP. Quizás sirva, pero no tiene sentido si de nuevo vuelves a... ya sabes... las sombras.
Él hizo una mueca y se estremeció visiblemente. No había sido demasiado cooperativo en cuanto a proporcionar información al respecto, pero sus reacciones ante el tema no eran precisamente positivas. Algo que hacía temblar al único semidiós conocido que regresó sin ayuda del Tártaro no podía ser bonito. Saqué mi daga y comencé a girarla entre mis dedos.
—¿Qué otra opción tenemos?—preguntó, sus órbes imposibles clavadas en el rubio.
—No lo sé, ¿esperar? realmente es mejor que arriesgarnos. Y sería bueno que los dos tuviesen los ojos abiertos a la vez de cada tanto.
—Sí, pero...
—Oye—interrumpí sonriendo de forma traviesa—si quieres besarlo, hermano, no voy a detenerte.
La insinuación tuvo el efecto deseado. Nico se sonrojó rápidamente y apartó la mirada, frunciendo el ceño y mascullando insultos y maldiciones mortales, que Lou Ellen parecía contagiarle. Suspiré y guardé mi arma.
—Eres un idiota—acusó.
Durante el tiempo que permanecimos en el hotel, él no volvió a mencionar el asunto. Yo quería—casi—tanto como Nico que Will despertara, pero no a costa del hijo de Hades. Mi hermanito había estado llorando, y mientras de mí dependiese, no volvería a hacerlo.
Encontramos a Argus casi por accidente. Me asomé a la ventana del carro de Niebla por si no lograba manejar las nauseas y vi el camión aparcado a un lado de la autopista bajo nosotros. Cuando estacionamos junto a él, Argus no parecía herido pero sí exahusto. Sus muchos ojos se posaron en mí, y casi pude ver un brillo de agradecimiento. Él no hablaba, de todas formas, así que fue todo lo que obtuve de su parte. Parecía haber estado sobreviviendo todo ese tiempo a base de—y permítanme decirlo— asquerosas frutillas, por lo que lo compadecí. En cualquier caso, ahora creo que es inmortal. Debería estudiar. En fin.
La compasión duró poco, porque entonces reparé en que—gracias, dioses, gracias—no teníamos modo de regresar, ya que el carro no contaba con espacio suficiente para uno más, en especial desde que Will ocupaba un asiento entero, y menos para llevar las frutillas, y Argus no parecía dispuesto a dejarlas, al igual que al camión. Decidimos acampar allí mientras decidíamos qué hacer, pues el carro ya casi llevaba cinco horas de viaje. Lou y yo fuimos a reunir leña para una fogata, mientras Nico y Argus permanecían con Will para cuidarlo de monstruos oportunistas.
Oh... sí. No les he hablado de ella. Las cosas entre Lou y yo estaban más bien incómodas desde la noche en la que Nico y Will regresaron del Inframundo. Mi culpa. En un tremendamente estúpido arranque de honestidad, casi en las manos de Hipnos, aparentemente sólo me... me confesé. Y, dioses, eso era malísimo. Pésimo. Quería que Gea despertara, me tragara, y volviera a dormir. Yo llevaba la leña y ella la recogía.
—Imagino que no tienes un camión de camiones en tu mochila mágica—dije, en un intento por romper la tención del ambiente. Ella mi miró un segundo sin sonreír y devolvió su mirada a una ramita.
Casi toda la madera estaba empapada y, por ende, inutilizable a causa de la nieve, pero la hija de Hécate siempre había tenido suerte y encontraba casi toda la que se hallaba intacta. Carraspeé, incómodo.
—Sabes—intenté de nuevo—, siento que debo decírtelo. Nico quiere... quería besar a Will para ver si despertaba. Lo persuadí. Creo que es peligroso.
Ella suspiró.
—No tienes que hacer esto—murmuró.
—¿Hacer qué?
—¡Esto!—hizo un gesto con el brazo que abarcaba todo el lugar. Yo ladeé la cabeza confundido.
—¿Reunir leña?
—¡Ser tan simpático! Lo siento, ¿entiendes? ¡Me siento terrible por haberte hecho esto! No puedo creer que no haya notado... eso, y que además te hablé sobre Nico. Deja de ser tan bueno, ¿quieres? me estás haciendo sentir peor.
Abracé la leña, borrando mi sonrisa.
—Perdóname—pedí.
—¡No te disculpes, idiota, estás empeorando las cosas!
Puse mis ojos en blanco suspirando y la seguí mientras ella seguía su confiable instinto para encontrar la madera. Me advirtió de un pequeño tronco en el camino y lo esquivé con cuidado. Miré al cielo esperando una señar divina. No llegó. Miré entonces el piso, y luego los árboles. Volví a suspirar. Los dioses eran unos inútiles.
—Escucha—dije—. Nico te habla de Will, ¿lo culpas por eso?
Ella se detuvo y me miró con duda.
—No. Claro que no.
—Pues a mí no me importa tampoco. Háblame de Nico, si quieres—me mordí la lengua, porque escuchar sobre eso era doloroso, pero seguí hablando—. La parte de ti que ama a Nico y adora hablar sobre él, también es una de las que me gustan a mí.
Ella se sonrojó, y me lanzó un trozo de leña que atrapé al vuelo con dificultad y acomodé entre mis brazos con los demás.
—Dios, eso es tan cliché.
—Quizás—me encogí de hombros y procuré sonreír—. Los clichés son clichés por una razón. Porque son ciertos.
Ella me devolvió la sonrisa. Llevaba días sin sonreirme y pensé que me iba a morir. No estoy exagerando. Tomó la mitad de mi carga y comenzó a desandar el camino recorrido. Señal clara, ya teníamos suficiente madera, y ya estábamos en buenos términos. La alcancé rápidamente y tropecé con el estúpido tronco, pero logré no caer. Ella se burló.
—Pero en serio—dije al rato. Caminábamos uno junto al otro, despacio y con calma para no resbalar con la nieve—, olvida lo que siempre te decía, definitivamente no te ganarías la vida como adivina.
Ella rió y me dio un empujón amistoso. Seguía sonrojada. Procuré no pensar mucho al respecto. Muchas charlas con Nico como protagonista seguían esperándome. Y aunque dolía más, lo poco que pudiese obtener de ella, las pocas sonrisas y las bromas, me eran suficiente. Malditas tendencias autodestructivas, pensé, empujándola de vuelta mientras los dos reíamos como locos. Probablemente yo lo estaba, de cualquier forma.
Continuará.
Si alguien pensó que iba a arrancarle un ojo o algo, les digo que están muy perturbados , chicos ._. (?)
Ok, ok. Miren, disculpen que haya resumido tanto mis notas en el capítulo anterior (no es que crea que mueren de ganas de leerlas), pero eran como las tres de la mañana y... en fin. Sé que pensarán "Hey, el asunto de las frutillas se resolvió estúpidamente rápido" o "das asco" o algo, pero la verdad, jamás dije que este fuese un fic de aventura(?). Y además, aún deben volver al campamento y eso. No todo está perdido. Aún debemos saber por qué los dioses los querían en la misión y eso. Y Will está como medio muerto... a lo que iba, no tengo tiempo de revisar. PERDONEN si hay algún error, pero avísenme xD y creo que es todo.
Nos leemos por ahí, y que los dioses los acompañen ;)
