Onceavo robo:desesperación.

Lou Ellen.

La escena era bastante peculiar. Nico y Will dormían uno junto al otro, tomados de la mano. La cosa no hubiese tenido importancia, e incluso pudo resultar tierna, de no ser por tres importantes razones: Will se suponía que estaba inconsciente, Nico debía vigilar, y yo estaba enamorada de uno de ellos.

Me hubiese gustado, en verdad que sí, regañarlos por ese comportamiento tan irresponsable, más sin embargo, su inocente acción tuvo consecuencias.

Creo haber mencionado que di Angelo se había ofrecido a vigilar. Pues esto no se debía a que fuésemos un grupo de paranoicos—aunque lo éramos—, sino al hecho de que varios monstruos no necesariamente simpáticos rondaban por allí, y querían, para sintetizar, comernos.

Estaba amaneciendo cuando despertamos. Un horrible chillido similar al que produciría un águila nos alertó, y ante mis ojos, en el cielo naranja con matices rosados, sobrevolaba una multitud de criaturas enormes, de aproximadamente tres metros cada una. La parte delantera era, efectivamente, de un águila, con plumaje que se delataba suave a la vista, mientras que la trasera era la de un león. Cualquier semidiós podría reconocerlos: los tan temidos grifos. No sólo uno, una manada.

Creo que la reacción de todos fue más o menos diferente. Yo grité, Cecil se incorporó de un salto, Argus corrió hacia el camión de frutillas, y Nico y Will—Will. Despierto—se quedaron sentados mirando hacia arriba sorprendidos, sin soltarse las manos. Quise gritarles que no era momento para eso, cuando una de las bestias arremetió contra mí y me lanzó al piso.

Si bien la manada no era numerosa, un solo grifo suele ser difícil, por no decir imposible, de vencer. Argus, utilizando dos cuchillos gemelos, comenzó a combatir con un par de bestias a la vez. Me hubiese asombrado de no haber tenido un pollo-león encima y pocos recursos para enfrentarlo. Cecil peleaba contra uno con su daga, y aunque no la tenía fácil, era claro que intentaba acercarse a mí para ayudar. Volteaba cada tanto y gritaba mi nombre.

Los únicos que los monstruos no habían notado—error. Los evitaban deliberadamente—eran Nico y Will. Ellos corrieron hacia mí aún tomados de la mano y di Angelo apuñaló el lomo de la bestia con Estiggy. El monstruo rápidamente se desintegró en sombras, pero otro de los que volaban llegó para reemplazarlo. Solace me arrojó mi mochila, la abracé, y ya con mis artilugios mágicos, me sentí protegida. Miré a los chicos frunciendo el ceño.

—¿Qué están haciendo?—grité para hacerme oír sobre los horribles chillidos de esas criaturas—¡Tú vete a acostar! ¡Y tú ayuda a Cecil!

—¡No podemos soltarnos!—informó Nico, mostrándome la unión de sus manos entrelazadas, para luego correr a ayudar al hijo de Hermes.

Me pregunté si acaso Cecil, en un mal intento de broma, les habría colocado pegamento o algo así, o si acaso se trataba de un hechizo, pero poca importancia tenían esas cosas mientras me esforzaba por pelear con un grifo de tres metros.

¿Cómo había pasado de soñar con conejos y frutillas a esto?

—¡Will!—escuché que chillaba Cecil—¡¿No se supone que estas cosas sirven a tu padre?!

Algo hizo "click" en mi cerebro. Ahí estaba la razón de por qué Will no era atacado. Y Nico había robado el brillo extraño que causó que sus ojos no sólo fuesen café, sino que además tuviesen un toque de ámbar. Los grifos, entonces, reconocían a la descendencia de su amo como algo que no debían atacar. Pero, ¿por qué nos atacaban de todas formas? no podía tratarse de cacería, dado que en ese caso no podría ser más de uno.

La mitología decía que solían proteger los tesoros de Apolo. ¿Había alguno por allí? hasta donde yo sabía, no vendíamos frutillas marca Apolo.

—¡No lo sé!—respondió el curandero—Mi papá desapareció ¿recuerdas? ¡No estoy seguro de hasta qué punto estas cosas deberían obedecerlo!

—¡Intenta darles órdenes!—sugirió Nico, con una mano sobre la de Will y la otra sosteniendo su espada.

—¡Aléjense!—no funcionó. Will volvió a intentar—¡Largo! ¡Váyanse!

Los grifos no parecían reaccionar, es más, ignoraban al par como si no se hallaran allí. Yo seguía lanzando hechizos, Cecil aún combatía, y Argus peleaba de forma impecable. En la mano libre del rubio estaba su arco, inservible dado que su otra extremidad estaba ocupada con la de Nico, y el hijo de Hades luchaba como podía con su espada, aunque los monstruos lo evitaban conscientemente.

Corrí lejos de la nueva bestia que me acechaba, aprovechando su distracción, y me oculté tras un árbol para ganar tiempo y encontrar algo útil. Entre mis nubes de niebla, mi carro, y otras tantas herramientas que poco podían hacer en esta situación, hallé una de mis bolas de cerditos. Si podía convertir al grifo en un puerco, cuando menos ganaría algo de tiempo. Salí de mi escondite con mi amenazante pelotita en alto, pero mi atención fue captada por algo más.

La nieve estaba manchada de rojo. Sangre. Montones de sangre, que provenían de un cuerpo que yacía inmóvil en el piso. Sin pensar en que llamaría la atención de los grifos, grité.

—¡Cecil!

Mi propio grito se unió al de Nico, que en lugar de el nombre de nuestro compañero, soltó un chillido que parecía unir el dolor de todas las almas del Inframundo. Según mi experiencia—y los rumores—, en este tipo de circunstancias él debería atraer sombras hacia sí. Como un escudo o una potencial arma. Eso no pasó. De él salió un resplandor dorado que me obligó a cerrar los ojos, y que hizo arder mi rostro con el calor. Incluso los grifos parecían desconcertados.

—¡Basta!—gritó Will.

Estoy más que segura de que se dirigía a Nico, pero las bestias lo interpretaron como una orden y obedecieron. Di Angelo ni siquiera parecía escucharlo, sólo dejaba salir ese grito de muerte y su luz. Will notó que los monstruos no avanzaban y, como una táctica desesperada para tranquilizar al chico junto a él, volvió a ordenarles que se largaran. Esta vez obedecieron, aún como si dudaran, levantaron vuelo y se perdieron en el horizonte, mientras yo pensaba que la garganta de Nico se iba a hacer pedazos si no paraba pronto. Su voz comenzó a flaquear, más deshaciéndose en sollozos que otra cosa, y la luz empezó a atenuarse al menos hasta permitirme la visión. Nico lloraba, intentaba seguir gritando, pero su voz se resistía a colaborar. Estaba arrodillado en la nieve, con su espada a su lado y su mano en su cabeza, jalándose el cabello. Lo único que me daba la sensación de que no todo estaba perdido, era la mano que aún mantenía unida a la de Will.

Solace no la tenía fácil. Intentaba arrastrar a Nico consigo para llegar hasta donde estaba Cecil, pero el moreno se negaba a moverse. Corrí hacia el lugar, mientras mi mente se negaba a llegar a la conclusión de que si Nico lloraba así, y él podía sentir la muerte, las cosas no podían ser favorables para Cecil.

—¡Nico!—insistía Will, tratando de arrastrarlo consigo—¡Debo ayudar a Cecil!

—¡Está muerto!

Yo llegué hasta donde el hijo de Hermes. Me arrodillé a su lado y mis jeans se mancharon con sangre escarlata. El pecho de Cecil tenía tres cortes horribles, obviamente ocasionados por las garras de águila que poseían los grifos. Argus se agachó a mi lado, pero en sus muchos ojos no parecía haber más que resignación y algunas lágrimas. Su llanto podía provocar inundaciones serias, pero en ese momento me daba igual. Nico seguía repitiendo la sentencia a gritos, mientras Will luchaba por llegar con nosotros. Los ojos de Cecil estaban cerrados, y su rostro descompuesto en una mueca de dolor. Su piel era blanca como la más perfecta hoja de papel, confundiéndose con la nieve, y no parecía haber vida en ninguna parte de él. Negué con la cabeza mientras mis ojos se llenaban de lágrimas.

—Cecil—pedí, moviéndolo delicadamente para despertarlo.

—Está muerto—repetía Nico. Comenzó a hablar en susurros—. Está muerto.

—¡Vamos, Nico!—pedía Will. De mala gana, el hijo de Hades se incorporó y se acercó a nosotros tambaleante junto al curandero. De sus labios sólo salían dos palabras, en murmullos apenas comprensibles, y de sus ojos antinaturales no dejaban de caer lágrimas. Will lo obligó a correr para llegar con nosotros.

Mi mano se sentía cálida y pegajosa, la sangre de Cecil se resbalaba de ella, y no podía apartar mis ojos por mucho que lo deseara.

—Cecil—volví a hablar. La desesperación pudo conmigo e intenté abrazar su cuerpo, pero Argus me lo impidió—¡Cecil, Cecil!—lloré.

Mientras Nico parecía en trance, Will hacía lo posible para revisar al hijo de Hermes con una sola mano, su labio temblaba y sus ojos azules lagrimeaban. De repente amplió los ojos.

—No está muerto.

—¿Qu...?—murmuró di Angelo.

—¡¿No lo está?!—grité yo.

—¡Tiene pulso! se está debilitando, pero...

Will comenzó un cántico en griego que solía utilizar para sus curaciones. Estupefacta, dirigí mi mirada a Nico, que también me miró sorprendido. Tuve un indescriptible deseo de saltar sobre él y golpearlo por asustarme, pero Solace estaba entre nosotros y lo veía difícilmente realizable.

—No está muerto—susurró Nico, como si no acabara de creerlo. Frunció el ceño—... Pero si yo...

—¡No está funcionando!—interrumpió Will desesperado—Mi magia no funciona.

Entonces pensé en los grifos, y en como obedecieron cuando el hijo de Hades comenzó a gritar. Miré sus ojos café-ámbar y mis palabras salieron de mi boca antes de acabar de procesar correctamente la información que intentaba conectar.

—Canten juntos.

—¿Qué?—preguntó Will, repentinamente interesado.

—¡No hay manera!—protestó Nico—¡Yo no sé la canción, y no tengo magia!

—¡Sólo hazlo!—supliqué.

Era irracional. Pero sentía que su magia estaba conectada. Que así como en sus ojos, dentro de Nico se encontraban su propia oscuridad y la luz de Will. El curandero le repitió rápidamente la canción y, aunque con algunos errores y tartamudeos, lograron entonarla al unísono, cada uno con su mano libre sobre el pecho de Cecil.

La luz comenzó a salir nuevamente de Nico, formó un espiral alrededor de ellos y viajó por sus brazos hasta llegar al hijo de Hermes, mientras yo rezaba a cuanta deidad conocía, fuese de la religión que fuese, que no dejara morir a ese chico. Cecil comenzó a respirar y Will me hizo un gesto para que le diese Néctar. Obedecí torpemente, con las manos temblando y manchadas de sangre.

Como recompensa, los ojos verdes de Cecil se abrieron y se dirigieron hacia mí, mientras hacía esfuerzos por respirar y una mueca de dolor aquejaba sus expresiones. La sangre en mis manos comenzó a enfriarse, al igual que las lágrimas en mis mejillas. Apreté los labios, y él intentó sonreír, mientras la canción de los otros dos se terminaba.

—¿Por qué uno de nosotros siempre tiene que acabar al borde de la muerte, eh?—me preguntó con su voz entrecortada y rasposa.

Le sonreí también. Mi mente demasiado concentrada en él como para pensar en que lo que Nico le había robado a Will era su don como hijo de Apolo, y que eso era lo que los grifos intentaban proteger.

Continuará.

¡Hey hey hey hey! :D ¿actualización tan pronto? ¡Pues sí! Extrañaba escribir desde el POV Lou! Ahora, la autocrítica. "¿Al fin la oportunidad de una pelea como los dioses mandan y tú haces esto?" sep, no se me dan las escenas de acción. Perdón. Y, pues, no iba a ser tan cruel como para dejarles pensar que Cecil había sido achicharrado hasta la próxima vez que se me diera por actualizar. Pero siendo justos, quedó bastante mal el pobre(?).

Y, y, y... estoy escribiendo muchísimo. Y dibujando, y apenas tengo tiempo para respirar. Pero vale la pena ¡esta cosa ya tiene 60 reviews! no puedo creerlo, qué emoción *chilla* ¡los adoro! jamás había recibido tantos reviews, ¡y todos son tan lindos! creo que voy a llorar. En fin.

¡Nos leemos por ahí, y que los dioses los acompañen!