Yu-Gi-Oh! es propiedad de Kazuki Takahashi~
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Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro.
Las cartas terminaron en la mesa, todas las cartas que poseía el cadáver de su Compañero. Sus heridas eran demasiado graves al punto de ser obligado por Honda a quedarse en cama. Más usando de excusa de haber estado pegado a un cuerpo en estado de descomposición, haberlo cargado hasta llegar a ese punto, la infinidad de heridas en su cuerpo y la posible infección de su pierna.
Para Atem le fue obvio que quería alejarlo por completo de un estado dolido de Jonouichi por haber permitido la muerte de Yugi. Le dijera cualquier cosa, era el responsable. El moreno no era visto exactamente con buenos ojos ya que, desde el punto de vista de ellos, se había vuelto un perro faldero tras ganar más de nueve años en el pasado, el mismo torneo de Ciudad Batallas por permitírsele una mejor vida que la de ser un simple niño en la calle.
Gruñó con furia cuando las cartas se cayeron de sus manos, revolviéndose con las del pequeño soporte que había conseguido para ese fin. Volvió a tomarlas entre sus manos exhaustas y heridas de tantos golpes contra el suelo habían tenido. Atem era demasiado obstinado en ese aspecto, dispuesto a todo con el único fin de seguir adelante. A la esquina del mismo estaba el Black Magician, Black Magician Girl y Silent Magician. Los tres resguardados como la clave para armar el deck nuevo. Uno que no era suyo por completo al usar las preciadas cartas de su Compañero en ellas.
Sin embargo, era el único modo. Combinar el silencio que lo caracterizaba, esa debilidad ilusoria a primera vista con un único objetivo, demostrar lo maduro que era. Demostrar que el Silencio era un gran aliado y demostrarle a todo el mundo que un simple niño como él, un niño nacido de cuna pobre, podía vencer o estar demasiado cerca a vencer al Rey.
Con eso, solo con eso en mente, fue que Atem logró ser derrotado por él. En un principio, la sorpresa se llevó su atención por completo cuando Yugi no mostró su rostro ante él, incluso hablaba muy poco para su gusto, solo diciendo lo justo y necesario en ese entonces. Al descubrir quién le ganó, fue una revelación para muchos gracias al enorme parecido existente entre ellos. Parecido constatado de inmediato debido al tono de piel, a la forma de la cara. Sus ojos eran la más grande prueba de ellos. Grandes de una manera extraordinaria, llenos de una inocencia y curiosidad como la de los niños.
No era un niño como descubrió más tarde. La determinación flotaba en sus ojos, era extraordinaria la forma en que sus ojos brillaban con malicia cuando lo requería la situación. Conocer al niño fue maravilloso hasta encontrar que la diferencia entre sus edades era mínima, al punto de sentirse demasiado ridículo él mismo por verse más maduro al lado de él, quien era mayor.
Un mes y veintidós días.
Uno, dos, tres y cuatro. Uno, dos, tres y cuatro. Uno, dos, tres y cuatro.
El espíritu del Atem que no pertenecía a esa visión no podía controlar sus propias emociones de solo imaginar el estado en el que él mismo estaría de solo perder a Yugi de ese modo. Según lo contado antes, había sido entre sus propios brazos. Solo pensar el estado del muchacho japonés le causaba un vértigo inimaginable —lo había visto vivo y ahora muerto, sin más, como el mundo trataba a mucha gente—. Miraba la carta emblema de Yugi teñida de sangre. Dejó su mano encima de la misma, sintiendo el remover de la representación del alma de él. Estaba llorando, dejando muy sólido el hecho de no ser solo una cosa, como sus amigos tachaban al Silent Magician.
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Miró una vez más a la versión que estaba separando cada carta en combos especiales, construyendo un nuevo deck a base de las cartas más especiales de su propio Yugi junto a las propias, temblando gracias al cansancio y dolor físico, ¿cómo determinar el dolor mental de ver morir a su propio Yugi en brazos? Creó una pequeña esfera azul, concentrando esa carga emocional en ella y expulsarla hacia ese ser que tenía su cara. Podía hacerlo todo el día de ser necesario, pero no sabía para nada si tendría una implicación en todo ello, una variable, algo que demostrara que su trabajo funcionaba. No existiría si no probaba poco a poco ya que ni él mismo se consideraba capaz de sobrevivir a la pérdida de quien estaba… enamorado.
Tembló por el escalofrío atroz que subió por su columna.
Mirar al niño Atem era una cosa extraordinaria, fue su primer pensamiento. Después de haber compartido muchísimas cosas, atreverse a probar más de un reto, le era curioso cómo su vida de ser oscura tras su desaparición, volvía a sentirse en plenitud. Quien estuvo a punto de volverse algo más serio ahora le permitía cuidarle como a un niño. Lo veía dormitar con tranquilidad en su cama, acurrucado hasta las narices con una manta doblada para generar calor por la noche.
Su máscara estaba fuera junto al casco, los cuales había apartado de él bajo un único fin, permitir a Atem dormir hasta la hora que él necesitara. Nunca en su vida imaginó encontrar tan atractiva esa imagen de nuevo, menos poder combinarla con algo tierno. A sus casi veinte años, añoraba tener a un Atem adulto a su lado y poder —juntos— tener un niño como él de esa manera. Una ilusión casi tonta, casi absurda por el tipo de ambiente en el que estaban atrapados.
En ese momento no le importó más allá de solo admirar la calma con la que se veía. Las lentas y profundas respiraciones de un cuerpo tan minúsculo que había llorado largas horas antes. Crear una mentira iba a ser lo peor ya que era bastante obvio que no podía recordar nada. El haber intentado huir un par de veces consecutivas de su cuidado se lo dejaba en claro, por más amable que se comportara.
Quizás era lo ostentoso de su ropa. O lo extraño de la misma. Por un momento se permitió no ser el Duelista Silencioso y Oscuro. Un solo momento bastó para buscar entre el montón de ropa que tenía por cualquier lado y meterse al baño, un solo momento de pensar en Atem le permitió ser un chico común y corriente. Volver a ser Yugi Moto, el Duelista Invisible.
Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro.
Jonouichi solo era capaz de escuchar así la voz de uno de sus dos mejores amigos. El de piel morena, el mestizo. Por un momento se sintió un poco mejor de ver a su mejor amigo de origen japonés buscar ropa y dirigirse al baño. Llevaba gran parte del día anterior sin un cambio de ropa, además de todo el asunto con el pequeño Atem.
El rubio lo miró, realmente curioso de todos los aspectos. Había conocido a Anzu, Atem y Yugi cuando todos ellos iban ya en secundaria, con sus trece años encima. Según su mejor amiga castaña, quien lo hacía para molestar más que nada, Atem había sido una monada y Yugi le superaba con creces debido a la burla con la que lo decía.
Podía notar que sí, atraía mucho la atención lo pequeño que era su amigo de piel morena. Daba una sensación de sobreprotección gracias a su corta altura. Acurrucado en la cama, tapado hasta la nariz, Jonouichi no era capaz de pensar en él, sino en su propia hermana, Shizuka.
Giró la cara cuando vio aparecer a Yugi con una camisa manga larga de color gris claro y pantalones negros, estando descalzo. Su cuerpo se veía más relajado de lo anterior visto y añadiendo que estaba húmedo el cabello, no podía discutir con él por permitirse una necesidad como el baño. Los ojos de este brillaron con una ternura típica de él hacia el mestizo, ignorante de todo lo demás.
Un poco nervioso, Jonouichi estaba consciente de las marcas debajo de la tela con la que estaba cubriéndose. La forma en que estas se amoldaban perfectamente a las irregularidades de sus cicatrices. El modo que tenía de mover su brazo izquierdo dejaba algo más en claro, le dolía por una vieja herida. Se sentía impotente ante las acciones de su amigo con un niño a quien tenía que criar si es que era Atem, se sentía demasiado frustrado de ver cómo el joven de cabello extravagante ya cargaba con muchos demonios encima como para añadir un trabajo extra.
Llevó sus manos al cabello, revolviéndolo con un grito de profunda desesperación ante lo inútil que se sentía en esos momentos. Quizás sería malo que dos chicos criaran a un niño del cual se veía muy encariñado Yugi, pero dejar que él, no teniendo más de dieciséis años, lo hiciera por su cuenta, sin la ayuda del abuelo o de su mamá…
Era para estar lleno de coraje. Agarrar al primer tipo con cara de brabucón y lanzarse en una pelea injusta por estar rodeado de la banda del enemigo. Maldecía a todo lo que podía, moviéndose de un lado a otro desesperadamente en busca de encontrar una manera de hacer las cosas.
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Hiroto Honda tenía que admitir una sola cosa. Estaba extremadamente sorprendido por la vista de una ciudad como esa. Si Tokio le parecía espectacular en las contadas veces que había logrado salir hacia la capital de su país, nada podía compararse con ese lugar. Las luces, los carteles, la publicidad. Todo entraba en su perfecta armonía. El único problema era la enorme libertad con la que todos se manifestaban, en especial en los temas de demostración física.
Sin embargo, había algo demasiado escandaloso en todo ello a sus ojos: el rechazo hacia parejas homosexuales. No se consideraba exactamente alguien que iba a aceptar que todos sus amigos empezaran a salir como homosexuales ya que los conocía muy bien. Solo Atem y Yugi, por el tipo de relación que tenían y por la obviedad de sus propios sentimientos.
Allí, parado sobre un lugar imposible —el techo de alguna casa u hotel, posiblemente más el último—, estaba siendo testigo de un gran abucheo. Un abucheo hacia un par de mujeres que habían caminado de la mano de un modo romántico. Las masas estaban rodeándolas, tirando de ambas y golpeándolas. Escuchaba sus gritos, las peticiones de parar, el deseo de que se detuvieran estaba muy latente. Hiroto Honda se consideraba alguien que repartía justicia, pero en ese momento se estaba preguntando cómo llegar hasta el par de muchachas sin llegar tarde o morir de solo intentarlo.
Se percató pronto de la aparición de Jonouichi, quien peleaba contra la multitud enfurecida. Tras él estaban Atem y Yugi, socorriendo a ambas muchachas. El rubio no se limitó solo a aparecer para apartar a toda esa gente de mente cerrada, se dispuso a regresar todos y cada uno de los golpes y malos tratos a los que las sometieron, recibiendo del mismo modo comentarios tan carentes de lógica como estúpidos que, no obstante, hacían su efecto de enfurecer.
Enfurecían por la sencilla razón de ser parte del pensamiento colectivo. ¿No existía el avance? ¿No se había sido considerado de mente abierta al país del cual se enorgullecía en pertenecer? Con premura, notó cómo sus dos amigos de cabello extravagante se movían y las sacaban. Ambas estaban bastante heridas, provocando más rabia en su interior. ¿Una muestra tan pequeña era considerada ya un pecado que merecía la muerte? ¡Injusticia!
Podía estar muy seguro de una cosa. Si una pareja normal por ser conformada por un hombre y una mujer se besuqueaban en media calle, a punto de tener sexo, sería fuertemente ignorado, caso contrario al de ambas muchachas, quienes solo se tomaron de las manos. Honda ardía en rabia en su interior, provocándole una acidez en su estómago bastante impropia de él, conseguida solo por Jonouichi cuando se hería gravemente o se ponía de testarudo.
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Yugi se percató del movimiento de Atem, estaba próximo a despertar por lo que se quedó todavía sentado a los pies de la cama. Era increíble cómo el tamaño y la edad diferenciaban a ambos. Donde antes los pies de uno terminaban ahora quedaba un gran espacio. El moreno abrió los ojos, mirando todo hasta percatarse de su presencia
—¡Buenos días! —exclamó con un gran tono de alegría instalado en su voz. Una alegría producida gracias a verlo con vida nuevamente. No como había esperado encontrarlo quizás, pero era él y lo peor en ese momento sería que no estuviera vivo, haber fallado al encontrarlo y que este ahora anduviera en el mercado negro como un juguete sexual—. ¿Qué te apetece desayunar?
El joven de origen japonés sabía que causaba una gran curiosidad en su amigo, quien no era exactamente la persona más perspicaz del mundo, tampoco el más atento a lo que ocurría a su alrededor.
—¿Quizás un poco de sopa de miso, arroz y pescado? —preguntó, no perdiendo en ningún momento su tono. Yugi no era el mejor cocinero del mundo, en especial gracias a su acelerada vida donde tuvo que adoptar un sinfín de costumbres occidentales. No obstante, su abuelo fue testarudo y le enseñó al menos lo básico para un buen desayuno.
Además, con sus limitaciones, sabía que Atem adoraba su comida. No solo fingía que le gustaba, la adoraba de verdad, por ser la primera comida japonesa que probara en su vida, además de haberse habituado a ello. Vio cómo el niño se extrañaba ante el raro desayuno por lo que, en contra de los deseos del pequeño, lo cargó y llevó hasta la cocina donde encontró el punto para dejarlo a salvo y que este estuviera en su rango de visión. De un modo u otro, sabía que él no debía estar allí, lo estúpido del acto mismo de mantener a un niño prisionero cuando buscaba a su mamá.
Por un solo momento, le sonrió de la manera más sincera posible. Esas sonrisas eran especiales, dedicadas solo al muchacho que antes le ayudó y, más allá de ayudarle, aprendió a amar. Por lo que, tratando de mantener todo en orden, iba a complicarse un poco. No obstante, Atem resultó ser un niño atípico. Solo absorto en sus pensamientos —tan típico de él—, ignorando al resto del mundo.
Si no fuera por los duelos, Yugi jamás sabría que él podía dedicar su entera atención a algo. Una estrategia para ganar, una contraestrategia y nunca perder la fe por más dura situación que enfrentara.
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Jonouichi Katsuya solo podía dejar en visto un poco de su inquietud hacia el desayuno preparado por su mejor amigo. ¿Cuándo había aprendido a cocinar? Además, le cocinaba a Atem, eso le ganaba más puntos extra a saber que existía algo un poco más hondo que una amistad. Tener a alguien que sepa cocinar sería lo mejor del mundo, cosa que él comenzaba a envidiar del moreno.
Aunque si lo pensaba bien, Yugi no le atraía en nada. Tenía expectativas demasiado altas en ello, una mujer muy atractiva para empezar, una buena mano para la cocina y una cabellera rubia. Esos eran sus estándares. Su amigo no los cumplía, quizás uno y medio de tres. Su fleco rubio, sabía cocinar, y allí paraba de enumerar las cosas.
Sorprendido, notó cómo el niño se sentía atraído por el olor de una comida visible para él y, aun así, imposible de oler o tocar, provocándole un pequeño llanto a todo ello. ¡Se estaba muriendo de hambre! Se lanzó a los platos que su amigo traía en mano, intentando tomar un bocado de ellos hasta chocarse irremediablemente contra el suelo, viendo cómo los pies de su amigo le atravesaban el cuello y dejaba con total cuidado la comida en una mesa, a donde llevó a Atem para desayunar.
Por un solo instante se permitió pensar en el Atem que conoció, el adolescente. De solo pensar en la reacción tenida en el parque donde una linda niña se le acercó al joven de origen japonés, esos enormes celos, incapaz de controlarlos y su forma de actuar como si fuera el dueño del muchacho. Pensó en la forma en que reaccionaría de solo ver la escena entre Yugi y el niño Atem, con el moreno delante y sus enormes celos…
Aunque también podrían ser una familia. Sacudió rápidamente su cabeza, preguntándose qué le habría hecho pensar en eso. Se sintió avergonzado de solo haber pensado que sus amigos formarían una familia a futuro. No era extraño en sí, lo era por llegar a pensar que, por encima de todo, podrían consolidar algo serio. Sus probabilidades de romper el esquema en el que vivían eran pocas, incluso los más famosos dentro de todo no lo hacían.
Jonouichi se sintió un poco mal por ellos dos, quienes se veían seriamente enamorados al punto de demostrarlo sin haberse confesado todavía.
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Yugi miró el cielo de nuevo, sorprendiéndose cada minuto más y más y más por lo maravillo que era y de lo que se estaba perdiendo por concentrarse tanto en los juegos. El cielo que emulaba al exterior tenía tonos extremadamente increíbles, tanto como para perderse en ellos.
No era un amanecer, era un anochecer. La gran cúpula ya estaba oscura en su totalidad, de ese tono azul marino que muchos confundían con el negro para definirlo. Sin embargo, en algún punto, este comenzaba a teñirse de colores claros hasta ser turquesa. Cada luz —planeta o estrella— brillaba en la zona oscura empero, en sí mismo, lo que capturaba su atención era ese fenómeno al cual nunca prestó atención.
Parpadeó, imaginando el rostro de Atem al cerrar sus ojos. El rubor subió a su rostro de solo pensar en que esas palabras eran verdad. Las de ser el centro de atracción del moreno, además de querer declararse y preguntarse lo siguiente. Tenía una vaga idea, las citas, las demostraciones físicas del cariño. Se sentía acorralado de solo pensar en… el futuro si esos sentimientos no paraban.
Tenía dieciséis años, gracias a la escuela, tenía muchísimas nociones de lo que iba a hacer en el futuro, como todos sus compañeros y amigos. Sin embargo, era ese pequeño detalle. Uno tan pequeño que podía volverse grande. Las citas de fines de semana, los lugares que visitarían. Si avanzaban en ello… le asustó pensar hasta qué punto le podía gustar.
¿Qué secretos estás ocultando, Magician of Astromancy?, se preguntó mientras las luces titilaban, meros reflejos de su propio cielo nocturno o ilusiones creadas para calmarlo. Deseaba saber qué seguiría de todo eso.
Se levantó abruptamente, gruñendo con un poco de molestia. ¿Por qué estaba acordándose de los bebés de Jonouichi? Sí, los había visto a escondidas de Atem, nunca le dejaría ver esa parte de su personalidad por vergüenza mera, gracias a esa incongruente inocencia mostrada. El despiste sufrido a lo que ocurría a su alrededor.
Lindo, cruzó por su mente.
Atem es lindo.
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Creo que esta nota será un poco extraña para Wattpad y AY pero debo decirlo.
Sin embargo, tengo que agradecer a dos personas. Kokoro-san en AY y Katsura Sunoichi de aquí, por no dejar morir este capítulo. Inconscientemente, Katsura me ayudó demasiado sin saber lo que me enfrentaba, por lo que te doy mi más grande agradecimiento. La razón, la tienes en tu inbox de facebook.
Por ahora, ¡Gracias por sus lecturas!
Nos leemos~
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