Yu-Gi-Oh! es propiedad de Kazuki Takahashi
ALERTA: Capítulo extremadamente largo con 5587 palabras *-* disfruten
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Polvo de Estrellas.
La razón de que aquello viniera a su cabeza no tenía sentido. Sabía que estaba hecho del Polvo de las Estrellas gracias al empeño de sus maestros en impartirlo. Durante su infancia lo había creído un cuento demasiado cursi de cierta manera, empero en su actualidad sabía la verdad. Estrellas que existieron miles de millones de años dieron origen a la vida tal cual la conocía. El mundo mismo, los elementos, las partículas de estos fueron cocinados en los centros de aquellas viejas e inexistentes estrellas.
¿Cómo se supone que sería el universo detrás de ese pensamiento?
Con su visión libre, teniendo una inmensidad de todo lo que se perdía gracias a las luces de la ciudad donde vivía, era incapaz de imaginarlo. Siempre que lo lograba, se decía que existía algo más. Hubo un antes, antes de la existencia de los átomos conocidos y, sin embargo, sus pensamientos no le dejaban ir más lejos debido, pues, a su imaginación gracias a los videojuegos. Si las especies como él no existían en el tiempo previo, algo debió existir más allá de estrellas.
¿Qué era ese algo?
Estiró la mano, intentando tocar las distintas luces lejos de él. La Luz de las Estrellas. Producidas gracias a la fusión nuclear donde el hidrógeno —partícula que estaba presente en todos lados y era la más común en el Universo— hacía fusión para volverse hidrógeno. El calor desprendido por las Estrellas era inmenso, la radiación inimaginable.
Yugi solo era capaz de pensar que el ser humano no existiría sin las estrellas, pero en sí, él se preguntaba de dónde salieron. La pregunta más antigua, ¿cómo llegó? ¿Qué le permitió al Sol y no a otra Estrella generar la vida y estar allá? Se sentía estúpido de solo preguntarse eso, de solo tener en mente esas palabras.
Su corazón latiente estaba exasperado. Ansiaba no solo respuestas de acuerdo al Polvo y Luz de las Estrellas. ¿Qué era el Magician of Astromancy y Chronomancy? ¿Qué significaba realmente tener al Silent Magician y al Silent Swordsman como su representación del alma? Se sentó en su lugar, teniendo la cabeza llena de preguntas sin una respuesta verdadera. ¿Dónde estaban Jonouichi, Anzu y Honda? ¿A qué lugar fueron transportados? Lo más importante de todo era eso. Saber el lugar donde estaba encerrado y la razón de que ese laberinto no tuviera cambio aparente de dirección hasta llegar con la estatua, la cual no podía evadir por órdenes de Silent Magician.
Se sentó en el suelo, apartando la mirada por fin del cielo. Todo se complicaba horriblemente. Una pequeña sonrisa escapó de sus labios al pensar en Atem nuevamente. Sí, era un chico demasiado lindo según su percepción. Celoso, incapaz de prestar verdadera atención a las cosas, no importaba mucho ya que era él y no tenía una verdadera intención de impresionar.
Un alboroto surgió en su corazón, uno cálido. Incluso con todos sus defectos, Atem era Atem y le gustaba. Tenía miedo de un sentimiento más fuerte, después de todo, oficialmente sería su primera pareja, además de tener que hablar con ambos padres.
Tomó entre sus dedos el colgante con forma de pirámide invertida, sintiendo más movimientos en su estómago de solo recordar el día en donde le fue entregado. También un cosquilleo placentero le recorrió desde la curva del cuello, sintiendo las manos del mestizo en ese sitio, acomodadas casi como un recordatorio de ser un lugar muy agradable de estar.
No, maldita cabeza sucia, no.
Un regaño vino a su cabeza cuando su lado normal escapó por un momento, intentando convencerlo de sostener su primera relación sexual pronto, haciendo demasiado hincapié a los poderosos recuerdos de las películas porno de Jonouichi. Hacer sentir bien a una mujer en eso, era una cosa. Hacer que un hombre se sintiera igual... allí radicaba su primer problema.
Movió la cabeza con rapidez. No debía pensar en esa clase de cosas. Para empezar, ni siquiera sabía si lo que vio era real, el verdadero Atem. Se movió como él, habló como él y la forma de decirle me gustas era propia del mestizo. Afirmar una cosa como esa era de corazón para Atem, puesto que engañar usando ese tipo de métodos no era lo propio de un ser con un sentido de justicia demasiado... excéntrico por decirlo de un modo.
Soltó un sonido de sorpresa al percatarse de la pared-espejo a su lado. Volvía a hacer manifiesto de algo extraordinario. Con movimientos rápidos y torpes se puso de pie y se acercó lo suficiente para ver. Posó sus manos en la fría superficie, causando una corriente de electricidad en color azul, el mismo color de su magia. Las apartó de inmediato, dando varios pares de pasos hacia atrás mientras todo el muro se iluminaba en el color de su magia.
Debido a la intensidad —además de no estar acostumbrado a algo tan impactante desde mucho tiempo atrás— cubrió sus ojos con los brazos mientras duraba eso. Escuchó voces. Voces de hombres y mujeres. Voces de cientos de personas manifestarse, corriendo y expresándose en tantos idiomas como en formas de hablar. La forma arcaica de su idioma como la de muchos otros —lo poco del inglés que conocía era una de las bases que tenía para afirmar lo arcaico del mismo—. Subió y subió de volumen, volviéndolo loco junto a la molesta luminosidad de la pared.
Luego, todo volvió a la normalidad. No más luz, no más voces. Bajó los brazos de manera lenta, cuidadosa incluso. Lo primero en saltar a su vista era la ausencia de la enorme estatua a su lado. El Magician of Astronomancy se había ido tal cual llegó en un primer momento: de la nada. Lo siguiente fue ver a Atem apoyado contra la pared.
Lo inundó una alegría sin igual, retirando los brazos de golpe y avanzando un par de pasos con premura hasta percatarse de algo, quedándose en su lugar. Tenía que ver en cómo estaba él, a quien iba a confesarle sus sentimientos. El dolor le golpeó con brutalidad, haciendo que todo se ralentizara para su percepción.
Un grito nacido desde lo más profundo de su ser escapó, a la vez que Silent Magician aparecía a sus espaldas y destruía el muro.
Atem gritó. De impotencia y de furia entremezcladas tanto como su propia procedencia. Todo se paralizó en ese segundo, dejando ver la verdad tras el otro lado del muro una vez salió de la ilusión. Del otro lado, su mejor amigo tenía el rostro bañado en sangre donde una terrible herida se abría en su frente. La pared mostraba una ruptura además de sangre contra la misma.
No podía ser verdad. Yugi no estaba muerto, era imposible que lo estuviera. El grito desencadenó algo imprevisto para él: la revelación de la representación de su alma. Miró hacia atrás como un ente femenino de gran tamaño hacía acto de presencia. Era imponente con el tocado que le pertenecía.
Una especie de corona doble, como las usadas en jeroglíficos del Antiguo Egipto. Alto, tan alto y en forma de un abanico según su percepción. Además de eso, se iban hacia atrás y estaba dividida en tres secciones, dejando los lados ondulados y en el centro una gran piedra de color azul. En su cuello y tan alto como para pasar de la mitad de la corona había algo con relieves con una verdadera forma circular de inicio, haciendo memoria de una especie de concha. Además de eso, podía encontrarse con algo parecido al nemes, el tocado hacia debajo de varios colores que incluía el lapislázuli.
A la altura de sus hombros nacían un par de alas hechas de oro. No estaban plegadas y tampoco extendidas, encontraban su punto medio al levantarse por encima de la corona y extenderse. El torso estaba cubierto por una especie de corsé del mismo material que lo antes mencionado, dejando una piedra cerúlea en el centro del pecho y la llave de Ankh grabada. Para cubrir sus piernas traía una falda larga de color blanco. ¿Qué material? Ni siquiera estaba seguro.
En sus hombros se abría un par de hombreras que abarcaban la mitad del tamaño de las alas desde su nacimiento en la espalda hasta la orilla de las mismas. También estaba la enorme piedra cerúlea en el centro de cada una de estas. Sus brazos estaban libres, dejando ver su tono verdoso junto a unos brazaletes de oro.
La mujer abrió sus ojos, revelando iris de color azul, e hizo un movimiento de manos.
—¡Djeseru! —exclamó mientras una onda expansiva de poder escapaba de estas, rompiendo finalmente la pared-espejo que tanto odió. Cubrió su rostro mientras todo ocurría, incapaz de creer que esa era la representación de su alma. Siempre había creído que eran el Black Magician y Black Magician Girl. No tenía sentido la existencia de un monstruo que jamás había visto.
¡Te daré una pista, señor todo poderoso! ¡En este mundo, tu apellido es la clave! ¡La clave para liberar a tu monstruo Ba!
Las palabras del Ente volvieron a su cabeza. Su apellido: Hor-Ajti. Variante del nombre del dios Horajti. Miró al ente, quien bajó sus brazos casi con elegancia mientras encerraba a ambos en una esfera de luz, protegiéndolos a ambos del daño.
—Atem —le llamó, dejando entrever que no era de aquel mundo gracias a la forma en que su voz hacía eco. Eso llamó la curiosidad en él, permitiéndole solo un momento usar la cabeza y prestar atención a lo que dijera su monstruo representante del alma. Empero, ella solo hizo una mueca lo más parecida a una sonrisa y señaló hacia el frente—. Ve, el muchacho al cual amas te está esperando.
¿Por qué tendría que sentir la cara arder en ese momento? Solo por ser un poco tonto. Yugi le gustaba, sentenciar que lo amaba era demasiado precipitado, además de carecer de una base fundamental para decirle esa palabra. Un simple me gustas o te quiero cada tanto valdría la pena.
Claro, si es que él le correspondía, de lo que estaba seguro que hacía.
Con la cara todavía roja, se giró para ver lo que existía del otro lado. Un hueco donde se notaba una verdadera apariencia de mazmorra. Una que le dejó un mal presentimiento en la espalda. Se decidió a pasar por alto cada percepción de su cuerpo e internarse, a sabiendas de lo equivocado que estaba.
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En total eran siete Artículos del Milenio. Todos ellos iban en una Lápida del Milenio, la cual, se decía, tenía la capacidad de abrir la Oscuridad y, al mismo tiempo, la Puerta al Inframundo por la cual el alma del Faraón pasaría una prueba. El Collar, el Ojo, la Sortija, la Llave, el Cetro, la Balanza y el Rompecabezas del Milenio.
Ninguno de ellos vivía cerca del lugar de descanso de dichos artículos, es más, hasta donde el limitado conocimiento llegaba, ni siquiera se sabía la identidad de cada uno de ellos. O si es que los Artículos habían elegido a sus respectivos herederos.
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En ese momento, Yugi se quedó congelado al presenciar cuerpos en perfectas condiciones de no ser por algo que le decía están muertos.
En ese lugar estaban Pegasus J. Crawford, el creador del Duelo de Monstruos y desaparecido desde hace algún tiempo —iría ya por el año—. Dado por muerto y perdida todos sus bienes gracias a la falta de un heredero. Por otro lado, existían varios a los cuales ni conocía o reconocía, todos ellos en un estado inanimado por lo visto.
Lo único que los unía a todos ellos era la marca del Ojo de Udyat en la frente, marcada a base de una especie de tortura gracias a la sangre reseca que se presentaba en el rostro de todos ellos. Ninguno le era conocido y muchos otros... eran momias.
Literalmente hablando.
¿Fueron portadores de un Artículo? ¿Cómo era eso posible? Hasta donde tenía conocimiento, nadie lograba obtener uno de esos por las buenas de sus viejos dueños, incluso de muertos gracias a la voluntad de estos a no cederlos bajo ningún riesgo excepto el Rompecabezas.
Tragó en seco mientras el aire se volvía cada vez más frío y húmedo, además de desprender una serie de olores desagradables para él. ¿Qué secretos ocultaba la familia de su mejor-amigo-ya-no-tan-amigo? Lo reacios a no dejarle participar en los entrenamientos, la dureza con la que era tratado, el pánico cuando se quedaban solos los dos.
¿A qué estaba relacionado todo eso?
—¡Al fin a quien tanto buscaba llegó a mi territorio! —exclamó esa maldita voz de hombre y mujer a la vez. Refunfuñó mientras las ganas de descargar una gran cantidad de magia en su contra comenzaban a tentarle. No era a realmente alguien afín a las peleas, las evitaba y regañaba a Atem cuando se metía en una. Sin embargo, pese a su gran temple, esa voz los saludó y abandonó durante todo el trayecto del laberinto-no-tan-laberinto en el cual estuvieron inmersos.
Había llevado a Jonouichi, Anzu y Honda a un lugar donde, aparentemente, se probaba a los usuarios del Juego Oscuro. Ellos eran simples humanos, no tenían nada que ver con ese mundo al cual él sí pertenecía y pertenecería en cada momento de su vida.
La voz se carcajeó mientras él sentía un horrible escozor en su ojo izquierdo. Por una vez se lamentó demasiado no haber aprendido a pelear como sus amigos. Solo por esa única vez —y rogó porque Jonouichi no supiera de ese pensamiento o iba a matarlo—.
—¿Les gusta mi colección de poseedores de los Artículos? —la atención de Yugi viajó hacia sus palabras. Había hablado en plural, lo que significaba el bienestar del mestizo, hinchando el corazón del japonés de la pura alegría y alivio, regocijándose en esas palabras—. ¿Son ustedes dignos de ellos? ¡De llamarse heredero y aprendiz!
Como si de un manto se tratara, Atem apareció del otro lado. El real gracias a estar conversando con ese maldito Ente. Una aglomeración, una luminiscencia de emociones, lo golpeó. Ignoró los cuerpos y se lanzó hacia el moreno en una carrera no distinta a la de correr por su vida. Estaba lleno de sorpresas, por lo que en un acto de total concentración en verlo —estaba allí, él estaba allí, vivo, sin ningún daño aparente—, le dio un pequeño beso en la boca.
Uno parecido a un secreto, al acto prohibido más grande, como si alargarlo significara separarse de nuevo, cosa que no deseaba. Lo sintió congelarse en su lugar con un acto de retraso gracias a la caricia imprevista con la cual fue saludado. El joven muchacho —mayor, por cierto— abrazó con fuerza al otro, permitiendo a su cuerpo liberar todo lo contenido.
Casi dubitativo, el mestizo le rodeó por la cintura, pegando a ambos de un modo intenso. Más intenso todavía que las energías de Yugi. La risa escapó de su boca, alegre de por fin estar con el de piel morena. Las carcajadas no se ahogaron, provocando un poco de incomodidad en el otro, pero era imposible evitarlo, Yugi lo extraño con tanta fuerza y verlo de ese modo por un momento...
—Me gustas, Atem —confesó al fin, apartándose un poco del más joven entre los dos. Si bien había pasado realmente nada entre que descubrió sus sentimientos hacia él, prefirió soltar toda la sinceridad con la cual se mantenía. Se sintió distinto, más por haber guardado con tanto recelo esas palabras.
El moreno se sintió más... avergonzado de un modo u otro, logrando, por primera vez, atisbar un tono bastante fuerte de rojo sobre su completo rostro. Yugi rio, tratando de abstenerse ante la visión que tenía. Todo le fue extraño en ese momento, era como si apenas salieran del momento en donde todo se abstenía. Salidas con amigos, los momentos íntimos compartidos, lo reacios a revelar los sentimientos el uno por el otro hasta asegurarse por completo de ir en serio. De ser tomados de manera sincera.
Añadía el hecho de que sus amigos ya debían de conocer su relación. Se hizo la pregunta de a qué grupo pertenecerían.
—Creo que deberías concentrarnos en ese ente, Yugi —añadió, despacio, perdido y dubitativo. El japonés sintió un poco de culpa y vergüenza por besarlo tan de repente, además de no estar seguro de nada respecto a la visión previa. Él se comportaba como un niño, podía incluso imaginarlo temblando—. Luego... hablamos de lo nuestro.
Nuestro.
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Jonouichi Katsuya se despertó con el insistente sonido de su teléfono celular por lo que, a regañadientes, estiró la mano en su búsqueda mientras su consciencia peleaba entre quedarse dormida otra vez y despertar por fin. Con movimientos torpes y lentos obtuvo el objeto de su búsqueda y lo tomó. Un largo bostezo escapó de sus labios mientras, miraba como si de la cosa más interesante del mundo se tratara, la pantalla marcaba una sucesiva lista de llamadas perdidas, todas provenientes de Anzu y Honda, más de la castaña que de su viejo amigo.
Por la cabeza rubia pasó un montón de pensamientos a una alta velocidad hasta detenerse en uno en concreto, logrando que se diera un golpe bastante fuerte con su mano en la frente.
Atem y Yugi.
La prueba del laberinto, las vivencias en ese mundo, lo raro que era todo desde el momento en descubrir una verdad —de la que no estaban para nada seguros—. Todo golpeó su mente en ese momento a la par de que una nueva llamada entraba a su teléfono, de Anzu, como había previsto. Por haber estado perdido en esos recuerdos, donde las extrañas visiones se le presentaron, el movimiento y ruido lo sobresaltaron a punto de dejar caer el aparato. Presuroso lo contestó.
—¡Creímos que no habías vuelto y que estabas como Atem y Yugi! —regañó la castaña como saludo, sintiendo cómo descargaba parte de su furia ante sus oídos. Apartó el teléfono ante el tremendo grito dado. También estaba contento de saber sobre ella, gracias por la pregunta. Anzu suspiró, casi como si el corazón se le fuera a arrebatar de encima—. Ven a la casa Hor-Ajti, tienes que verlos.
Y colgó.
Mirando la pantalla oscurecida, el rubio no podía dejar de pensar en lo extraña que fue la petición de su amiga de ojos azules, aunque también un poco grosera, pero esas manías le fueron pegadas por él y Honda tras muchísimo tiempo conviviendo juntos, por lo que no se quejaba más. Se sentía tenso y demasiado preocupado, ¿cuánto tiempo pasó desde el momento de irse y despertar? Su teléfono marcaba un día posterior a desaparecer de la nada en una especie de ataque sorpresa.
Casi movido por la fuerza de voluntad de algo más, se quitó las sábanas de encima y se dirigió al baño. Por un solo momento, pasó por alto el reflejo de su cuerpo, por el otro, se obligó a regresar. Nunca había sido vanidoso —tal vez un poquito—, pero la imagen del espejo le daba un aire distinto. Como si se tratara de alguien ajeno. Más mayor —maduro—. Ciertas zonas de su mandíbula le eran alienígenas, la forma de su cabello denotaba haber sido cortado recientemente gracias a la sensación de sentirla un poco más ligera. Añadía el hecho de sentir ver a alguien más, como a una versión futura propia, causándole un conflicto interno.
Desechando tal concepción de su propio reflejo, decidió entrar al baño con el único fin de continuar con sus deberes matutinos antes de salir en dirección a casa de su amigo mestizo, de quien se estaba preguntando igual que por Yugi. Dejó de verlos por un largo periodo de tiempo —al menos un par de semanas dentro de la visión donde se encontró atrapado, con un Atem niño y un Yugi demasiado atento a él—. Estaba curioso, dudoso, necesitaba respuestas de inmediato antes de volverse loco con teorías cada vez más locas al grado de volverse estúpidas.
Salir de casa fue algo extraño para su cuerpo. Según su percepción llevaba algún tiempo sin caminar, era casi como sentirse extremadamente pesado, cargar con algún bulto de varios kilos encima de los hombros y unas piernas exhaustas desde antes. En lugar de hacerse los comunes veinte minutos, se hizo casi cuarenta de ellos en su caminata. Al percatarse de ello, casi comienza a insultarse a media calle, detenido solo por Honda, quien se veía en la misma situación.
Ambos llegaron a la habitación del muchacho de pelo extravagante, observando cómo Anzu se encontraba parada frente a la ventana, mirando fijamente del otro lado con una mirada decidida. Entre los dos corrieron para percatarse del estado de sus amigos. Yugi y Atem flotaban uno al lado de otro. Sus cuerpos mostraban espasmos, a veces un movimiento de cabeza, otras de la mano o de los pies. Era impredecible decir cuál moverían después.
—¿Por qué viniste, Anzu? —preguntó Honda, no apartando la vista de sus amigos.
—El lugar al que fui enviada cuando nos separamos —declaró, girando la cabeza. Se veía vacía y desesperada por igual, decidida en descubrir qué pasaba allí—. Era similar a un patio, Yugi estaba allí y Atem a su lado como un espíritu o fantasma. Me quedé atrapada allí pensando en qué podría significar hasta que analicé la situación y me moví a donde ellos estaban. Está relacionado con los Artículos del Milenio, la existencia del laberinto.
Honda se quedó viéndola con incredulidad, ¿qué estaba diciendo?
—Yugi desapareció frente a mis ojos en el lugar al que fui. Cuando me moví, terminé en una especie de limbo donde saltaban cosas importantes que no comprendí por estar en árabe. Lo poco que pude relacionar fue por Yugi, él hablaba de vez en cuando. La existencia de dos magos, ambos de atributo oscuridad sin ser malos y juntos controlan el Espacio-Tiempo, de ellos nace el laberinto, ellos son sus guardianes... pero no entiendo mucho. Al despertar me vine para acá inmediatamente y los descubrí así. Ambos envueltos en su propia magia, el halo azul que los mantiene aparte del mundo en el cual viven. Espasmos involuntarios aquí y allá.
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Horakhty. Ese era el nombre de la manifestación de su alma. No lo supo gracias a volver a hablar con ella, estaba demasiado débil como para convocarla gracias a la inmensa energía requerida solo para salir del encierro de su alma, además de mantenerse estable en cuanto a las reacciones de su cuerpo con la cercanía de Yugi. A pesar de todo, seguía como loco de solo pensar en ese pequeño roce de labios producto de la euforia dentro de su él. Su ¿pareja?
Olvidando de eso, miró al frente para verse a sí mismo reflejado con una cara más exhausta, más débil. Más vieja. Una sabiduría se leía en sus ojos a la vez que una inmensa tristeza se hacía presente con la edad. ¿Cuántos años tendría? No lo imaginaba, ¿quién era? ¿Por qué tenía su rostro? Estaba hartándose de todo. Todo dentro de ese laberinto.
—Mis personas favoritas —soltó la imagen. Una imagen gracias al espejo sobre el que se veían. La enorme estructura de espejos. Todos reflejándolos empero ninguno a ellos en verdad, al ser todos, la viva imagen de esa versión exhausta y vieja. Mirara a donde mirara, solo se encontraría a ese él—. Claro, quitando el hecho del narcisismo.
A su lado, Yugi estaba bastante a la espera, pensativo incluso de lo que eso significaba. Fue capaz de atisbar un poco de culpa y dolor, deseo de ayudar, de sanar al viejo Atem del otro lado del espejo. Por un momento, se sintió invadido por los celos. Celos de ese cariño hacia alguien con su rostro, hacia alguien ajeno a él del mismo modo en donde se sintió antes, casi como si una niña se le acercara y anunciara casarse con él. Fuera juego o no.
Su viejo yo metió las manos en la bolsa de su pantalón, dejando su rostro totalmente serio.
—Me disculpo por mi comportamiento —dijo, bajando el rostro hacia el suelo—, me emocioné demasiado cuando vi que eran ustedes el heredero y el aprendiz del Rompecabezas del Milenio —continuó, apareciendo de la nada el artículo antes mencionado—. Mucho tiempo atrás, fue mío. He estado atrapado aquí desde, prácticamente, el inicio de la vida. Cuando la Luz de las primeras estrellas se extinguió y dejaron el Polvo para viajar por todo el espacio, generando los átomos que nos conforman al día de hoy.
—¿Por qué te castigarían de manera tan cruel? —preguntó Yugi, sorprendido de la enorme cantidad de tiempo transcurrido desde ese día.
—Me comprometí con alguien, cosa que no le gustó al Magician of Astromancy, el mago quien tiene la capacidad de controlar el espacio —puntualizó, levantándose de hombros—. Luego, simplemente murió y me suicidé al final, Magician of Chromancy tampoco vio con buenos ojos esto, por lo que nos separó a ambos. La primera vida que pude ver fue el sueño que tuviste la noche previa a terminar aquí. La segunda no fue tan parecida, pero concluyó de la misma forma. Me condenaron a ver cómo fracasaba en todas ellas. Porque yo ya estaba muerto, porque moría, porque desaparecía y por más que buscaba nunca lo encontraba, porque me odiaba sin verdadera razón, porque tenía un accidente... fueron varias las causas para hacerme sufrir hasta que vi la perteneciente al Rompecabezas.
»Mi emoción viajó de manera increíble cuando vi que una, una de todas ellas, mi esperanza de estar bien, de estar junto a esa persona con la que me comprometí estaba a salvo y se llevaba bien con mi versión de aquel mundo al grado de llegar a lo que teníamos en esa vida —se levantó de hombros, viendo cómo la cara de Yugi empezaba a adquirir un tono rojizo por la insinuación de estar... comprometido en una vida previa. Comprometido con Atem—. A ti, mi fragmento de alma, te hice creer un tiempo que estabas enamorado de esa persona y que lo habías aceptado, pero me atraparon y me hicieron deshacerlo mientras que, a ti, fragmento del alma de la persona que amé, te hice verme como creí que te gustaría, con la piel blanca. Sin embargo, pronto me di cuenta que ya estabas siendo atraído por la piel morena que tenía, por lo que retiré mi intervención de eso, regresándote a pensar en el Atem de origen mestizo que tienes al lado.
Un golpe de timidez le llegó. La razón fue conocer la inmensa atracción no dicha por Yugi respecto a su tono de piel. Durante años se había sentido un poco fuera de lugar al destacar demasiado entre su grupo de amigos con piel blanca. No podía creer que era un poco tonto ya que, en se momento, en quien había visto a su mejor amigo, siempre le había gustado y en vez de verlo con curiosidad malsana, solo lo veía a él.
Mierda.
El viejo Atem comenzó a reírse por sus reacciones.
—Los mantuve aquí solo para asegurarme de una cosa, lo unidos que eran y si algo externo como una especie de yo extasiado y loco ante la ausencia de contacto con las personas podía separarlos. Por lo visto, hice que su unión fuera parecida a la que tuve con ese chico al cual extraño ahora —continuó, adquiriendo matices de melancolía—. Debo admitir que no planeaba traer a sus amigos, pero tras analizarlo... lo hice solo para ver sus reacciones. Llevo demasiado tiempo sin ver a quienes fueron los más fieles amigos que pude pedir. Todavía me causa conflicto sus nombres al no estar acostumbrado a ellos.
El viejo miró hacia un lado, como si le hubieran llamado en aquel momento. De un momento a otro, solo desapareció, dejando a los dos muchachos perdidos en un lugar con los espejos reflejándolos a ellos. Gritaron en pos a pedirle que volviera, deseando conocer más allá de lo anterior narrado. ¿Dónde estaban los demás poseedores de los Artículos del Milenio? ¿Quiénes eran? ¿Qué pasaría en sus propias vidas?
Solo vivan sus propias vidas sin pensar en la de los demás, dijo el Ente que era Atem, siendo escuchado en una combinación de hombre y mujer con el cual antes le escucharon. Solo que, esta vez, carente de una verdadera burla o gracia, había recuperado algo preciado: la cordura. No están atados al final que tuve yo, la primera alma, tampoco a la de los demás, ustedes tienen un mundo y una vida, la merecen.
Sí, vivirían sus vidas una vez que encontraran la manera de salir de aquel lugar lleno de rarezas como lo era la claridad con la que veían, pero la inmensa oscuridad que rodeaba todo. Caminando lado a lado, sus manos estaban ansiosas por salir ya y aclarar todo. Lo nuestro, como había dicho Atem antes de encontrarse con su versión vieja.
—Yugi —le llamó, tomándolo de la muñeca con suavidad. El joven japonés le miró, deteniendo su marcha en busca de un lugar para salir. Lo notó nervioso, pegándole ese mismo sentimiento al pensar en... lo hecho antes, ese beso que posiblemente no correspondía. Los dedos alrededor de su extremidad se tensaron y empezaron a sudar un poco, causando el mismo efecto en él—. Me gustas mucho, Yugi —confesó con tanta rapidez, provocando un remolino en él de solo intentar diferenciar lo que decía.
Con suavidad, deslizó su palma hasta encontrar la contraria y tomarla. Por un momento, el joven nipón estuvo a punto de apartarla por estar en un lugar visible para cualquiera, incluso sus propios amigos. Solo bastó un momento para tranquilizarse con el pequeño —realmente pequeño— gesto del moreno hacia él. Las manos se entrelazaron, logrando volver loco a su corazón por tales expresiones. Expresiones pequeñas, ninguna tan arriesgada como el beso antes compartido.
Él mismo decidió apartarse por un momento —quería creer en la soledad de ambos— y llevó su propia mano al rostro del moreno, donde acarició un poco el pómulo del mismo.
—Creo que mis propios sentimientos quedaron en evidencia con el Atem que vimos antes —susurró, avergonzado por quedar expuesto ante su pensamiento de la piel morena—. Me gustas mucho, Atem —volvió a confesar, sintiendo el nudo en su estómago por la sola libertad de esas palabras. ¿Estaba haciendo lo correcto? Encerrados allí, no sabían bien si estaban solos o no—. Y me gustaría iniciar una relación contigo.
Se sintió torpe ante la forma de pedir el noviazgo. Bajó la cabeza ante el silencio del otro, apretando la mano con la que se unía a Atem. El brazo del mestizo le rodeó por la cintura, pegándolo lo más posible a él.
—Iniciemos una relación —declaró sobre el oído del contrario, separando sus manos para atraerlo más. Yugi le correspondió, abrazándolo con fuerza. Estaban iniciando un noviazgo un poco tardío si tomaban en cuenta las palabras del alma original de quien tenía enfrente. ¿Podrían superar las mismas reglas del país en el que vivían? Hacer compatible la idea del amor, la fidelidad y el matrimonio dentro de una sociedad que, si bien era abierta de mente, el matrimonio no era más que un contrario, muy a pesar de estar cambiando de idea poco a poco.
Con un par de minutos de esa manera, se bastaron para decidir que, si lograron pasar un desafío que jugó mentalmente con ellos, podrían estar juntos en una realidad, donde los desafíos llegaban continuamente. Harían las cosas bien, las citas a escondidas durante un tiempo antes de decirlo a sus amigos y tener el consentimiento de ambas familias para dicha relación.
Con una sonrisa se separó solo un poco mientras sus manos quedaban sobre los hombros del moreno. Cara a cara, ambos empezaron a acercar sus rostros para, finalmente, darse el primer beso válido. Sus ojos se cerraron mientras las bocas se unían en un momento que quedó marcado a fuego en sus memorias.
Todas las emociones se tiraron por la borda debido a la inexperiencia de ambos en ese momento, no obstante, fue único. El primer beso que hizo lo que deseó con su interior, sin importar lo demás. El tacto, las manos a la altura de sus costillas, causaba más estragos, logrando a su corazón bombear más rápido por la agitación que tenía. Sus dedos cosquilleaban, apretando con un poco de fuerza los hombros de su novio.
¡Qué palabra tan más curiosa! En su vida pensó que Anzu sería quien se volviera su novia —y él, sería el novio—. Más tarde superó ese pensamiento, más tarde, con forme crecía, se percató de que nunca podría sentir nada hacia la castaña e, incluso, su madre le dejó en visto que no la quería para terminar un matrimonio arreglado. En ese momento pudo saber un poco más de su persona.
Siempre había esperado por Atem, al parecer, según las palabras del viejo espíritu, la primera alma, la primera versión, aquel que sufrió cada despedida o muerte o pérdida de su prometido de tanto tiempo atrás. Supiera más o no respecto a él mismo, no iba a abandonarlo nunca.
Era iluso, quizás al día siguiente alguno de los dos no despertara en la realidad. Uno de los dos quedaría atrapado por siempre en un limbo, incapaz de recordar al otro. En ese momento, Yugi se permitió crear un futuro al lado de él y forjarlo con sus voluntades unidas. Tomando la historia de sus propias almas, allí estaba el comienzo nuevamente. No iban a desaprovecharlo nunca más.
Ellos no iban a rendirse, esa fue la promesa hecha hacia sí mismo.
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¿Me creerán que estoy muy triste porque es el primer final feliz que hago? ¡Sí, es prácticamente el capítulo final! Solo me falta un epílogo en el que estaré trabajando desde este momento hasta que termine y lo comparta con ustedes.
Debo decir que me enamoré muchísimo de las visiones que cada uno de ellos y tienen una relación mutua. Lo más que añado, es la primera vez que hago puzzle en proporciones épicas. Casi todo el capítulo me la pasé hablando de estos dos y aunque su reencuentro no fue del todo el esperado, me encantó a mí, como autora y lectora, ver esto. Estoy más que satisfecha.
¡De verdad los quiero un montón! No pensé realmente que este sería el capítulo final antes del epílogo (que es algo inherente en mí, hasta O'im tiene su propio epílogo aunque no lo he terminado de perfeccionar). Dios, Blindshipping para todos (aunque sea más bien Puzzleshipping ya que a ellos los unió el Rompecabezas del Milenio a final de cuentas). Si queda alguna duda díganmela para ver si es respondida en el Epílogo o tengo que crear algo aparte para responderles.
¡Nos leemos a la próxima!
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