Yu-Gi-Oh! es propiedad de Kazuki Takahashi
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Decir que todo lo estaba tomando a bien, era extraño. Él, quien odiaba mucho las guerras, estaba frente a una de manera extranjera, casi alienígena. Lo veía todo como a un tablero de un juego, también como si fuera un videojuego, una cinematografía de las más modernas. El modo historia de algo que no va a terminar bien.
Nunca terminaban bien cuando una guerra golpea las cosas. No por esas historias narradas en distintos medios donde ponían los textos de manera fantástica, era en la vida real. La Primera y Segunda Guerra Mundial, las Guerras religiosas y políticas. Guerras y guerras.
El cielo estaba cubierto por el manto nocturno, generando las cientos de miles de estrellas que el firmamento podía mostrar. La luz debajo, en la ciudad donde la guerra se desataba, era escasa hasta el punto de volverse nula. Permitió a sus ojos deleitarse con esa vista, donde las cosas pasaban a su alrededor y podía apreciarlas mejor que en su ciudad, contaminada con luz que opacaba la naturaleza de lo que existía fuera de su mundo.
De un momento a otro, el aire se volvió enrarecido. La estabilidad que tenía en el aire se desvaneció y comenzó a caer. A caer de una considerable altura, imposible para un humano estar allí. Recordó por un momento a un ser que podría llegar a hacerse pasar por él solo un momento, mientras estuviera de espaldas. Su cuerpo sintió un espasmo mientras caía y se perdió, deseando en cualquier momento el golpe.
La imagen de ese ser se quedó puesta en su cabeza, deseando una única cosa: verlo una última vez. Con sus ojos cerrados, lo intentó visualizar en esos momentos, de la misma manera en que lo había visto unas cuantas horas atrás. El impacto llegó, pero no de la forma esperada.
Abrió los ojos, viendo a un ser tan similar al que trataba de visualizar, una sonrisa quería escapar de su mirada, a la vez que sus ojos estaban por completo aliviados. En su cabeza yacía una corona de oro con un ojo grabado que se extendía hasta tomar lugar en su cabello, ocultando dos mechones importantes de su cabeza: dos mechones rubios.
Para Yugi todo quedó claro otra vez: era ese sueño extraño que tuvo poco antes de internarse en el laberinto donde sus sentimientos quedaban claros. No obstante, hubo algo extraño en el mismo. La caída fue distinta en ese momento, además de sentirse extraña. No hubo arena saltando, tampoco existía el dolor de la misma como la primera vez. Además, añadía, la mirada tierna del muchacho frente a él.
El cuerpo en el que estaba sonrió de lado mientras su mundo comenzaba a regresar a la vida. En vez de quedarse tumbado en la arena, había estado protegido por esos poderosos brazos que tanto admiraba. Con rapidez inhumana, el otro muchacho le tomó y besó, un beso lleno de tantas emociones que lo abrumó demasiado, además de sentirse fuera de lugar, como la primera vez donde todo aquello pasó. No se desesperó esa vez cuando el cuerpo reaccionó por su cuenta, correspondiendo la caricia.
Sin embargo, no pudo evitar el rubor que le llegó de solo sentir la forma de besar. Un beso lleno de deseo, anhelo, amor y esperanza. Una esperanza tan arrolladora que le dejó ahogado en ella y le hizo flotar. Se sintió ligero y pesado, capaz de tocar las estrellas y tragado hasta el núcleo de su planeta, capaz de correr más de mil veces su propio mundo y tan lento como para no avanzar más allá de unos pocos metros. Lágrimas se aglomeraron en los ojos mientras la caricia continuaba y ninguno de los dos ansiaba separarse del otro.
Por un momento temió morir de esa manera, en los brazos del amante del cuerpo que ocupaba. Solo un momento hasta ser separado de esa extasiada boca y ser abrazado con tanta fuerza, una fuerza arrolladora, capaz de matar a mil ejércitos, mover a todos los mundos existentes en la Vía Láctea y muchísimo más. Un abrazo que le recordó lo insignificante que era él contra los sentimientos de su Primera Alma y la Primera Alma de Atem. Esos sentimientos traspasando el tiempo y fragmentaciones, incapaces de dividirse. Allí residían sus sentimientos, siempre en lo más profundo del alma, solo que algo debía detonarlos, algo debía permitirle regresar a la vida.
—Heba —sollozó Atem, el que traía la corona, no su propio Atem. Además, algo en ese cuerpo reaccionó, saltando en felicidad. El corazón henchido de solo sentirse otra vez en los brazos del más amado de todos. El único capaz de regresarle tal sentimiento de una manera casi imposible para cualquier otro mortal—. Heba, Heba —repitió como un mantra, saboreando su nombre. Lo decía casi con deseo, con amor, con añoranza, con esperanza—. Estás bien, estás aquí. Heba.
La risa afloró en él, una risa de pura alegría y cariño. Sus débiles brazos cobraron una fuerza sin igual y lo atraparon, atrayéndolo a él con todo lo que podía. Con tanto cariño… tanto que dolía para Yugi no ser capaz de llegar a ese punto con Atem. Su Atem, no por ser su propiedad, sino por ser el de su época. El Atem con el que creció, con el que se amistó y con quien pasó la prueba del Artículo en un laberinto fuera del Espacio-Tiempo, un laberinto donde solo existía un prisionero y donde el Magician of Astromancy y Magician of Chronomancy lo custodiaban de manera celosa.
—Estamos —corrigió con total respeto. A pesar de su alto cargo, seguía siendo el Rey de la Tierra Negra, el Rey de Egipto. El único a quien se le rendiría respeto por encima de todos y todo—. Ambos estamos aquí, ambos estamos bien —volvió a reír mientras se separaba y lo veía, enternecido, ante todo—. Ni la muerte puede jugar sucio, por lo visto —susurró, atrayendo de nuevo la boca contraria a otro beso.
El rubor se expandió mientras Yugi trataba de evitar todas las sensaciones dejadas. Después de todo, estaba atraído por el futuro fragmento del muchacho con quien el cuerpo del llamado Heba se besuqueaba. Porque no eran simples y castos roces de boca como los que ellos, en el futuro —o presente— compartían. Claro que no.
Ni de chiste.
—Demasiado tiempo ha pasado, mi señor —susurró su Vieja Alma, buscando continuar con ese contacto físico. Sus labios, su rostro, su cuerpo—. Fuisteis encerrado en un laberinto y a mí se me dejó en éxtasis —continuó, apartándose solo lo suficiente para mirarle a los ojos. Los preciosos ojos llenos de brillo, un brillo similar al que Yugi vio en Atem el día en que se vieron finalmente dentro del laberinto. En el interior de aquel cuerpo, en algún lugar, el joven japonés se sintió contento por esta culminación de un ser que no merecía un castigo tan cruel—. ¿Podría decirme cuánto tiempo ha transcurrido exactamente y qué ha ocurrido desde ese día?
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Atem despertó a Yugi, sacándolo del profundo sueño que había tenido. Le sorprendió demasiado sentir cómo se le lanzaba encima tras solo espabilarse un poco, pero no se quejó. No mucho, exactamente. Solo el quejido de haber sido tirado al suelo, golpearse con fuerza un brazo contra la mesa del escritorio de su habitación y se aplastado por un chico semidesnudo. No, retiraba lo último, le gustaba verle de ese modo.
Semidesnudo, por pensamientos un poco elevados. Le gustaba ver esa blanca piel. No obstante, sí fue llevado de sorpresa cuando los besos saltaron, llevando a su corazón latir demasiado fuerte además de tener el rostro de un intenso color rojo gracias a esas muestras físicas de cariño. Sus propias manos —con dedos un poco más largos— viajaron hasta la cintura contraria donde le pegó un poco más. Poco le importó el aliento de Yugi.
Al ser privado de su fuente de mimos, Atem se sintió mareado y con todo el cuerpo alborotado —claro, descontando el hecho de estar con un chico semidesnudo tremendamente sexy y ser aplastado por él—. Estaba bien descontando las sensaciones físicas de su cuerpo.
—¿A qué se debe todo esto? —preguntó el moreno, casi dando por sentado el hecho de obtener una explicación. De pronto, su novio pareció recuperar un poco la compostura y se retiró de un salto, viéndose abrumado en exceso—. ¿Yugi?
—Yo… —comenzó, apretando un poco las piernas para pegarlas más a la cadera del moreno—, quiero jugar contigo…
Se sentó aún con su novio encima, claramente perturbado y la cara expulsando calor por la frase anteriormente dicha. El muchacho japonés, a pesar de todo, se veía decidido en su petición.
—Diablos —susurró el moreno, apretando las manos del muchacho. Luego, suspiró casi para convencerse a sí mismo. Gran momento para estar demasiado cerca de un chico al cual quería de un modo sin igual. El corazón latía desbocado, martilleando en sus oídos casi como una advertencia que pasó por alto en ese momento—. Acepto jugar contigo —susurró.
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—Demasiado tiempo ha pasado desde el momento de mi muerte —continuó Heba, ido en sus pensamientos. Su piel color terracota estaba pegada a otra un poco más clara que la propia, mirando a Atem acomodado en sus mantas de lino, cubriendo gran parte de su cuerpo gracias a lo entrada de la noche. El frío entraba por las ventanas de la habitación, lugar al cual Heba no pertenecía gracias a su estatus, además de ser un hombre para dejar que un faraón cayera en tan bajos actos—. ¿Cómo aguantaste demasiado tiempo en ese laberinto?
Atem se dio cuenta del cambio en el modo de hablar. Ya no estaban afuera, donde cualquiera escucharía esa manera directa de entablar conversación como algo reprochable. Atem era el Rey, estaba a la altura de los Dioses, era un Dios. Sin embargo, Yugi solo un mortal, estaba por debajo de él y escuchar cómo le hablaba —de un modo directo, sin formalismos— sería importarle bien poco su sangre de príncipe, sería llevado a castigo.
Estiró su mano y entrelazó ambas, las entrelazó para que quedara claro lo fuerte del vínculo en el cual creía con tanta fuerza.
—Me volví loco —respondió, acariciando el dorso de dicha mano mientras sus cuerpos seguían juntos, unidos en el lecho donde descansaban ambos—. Entré… entré en un mundo donde ningún Dios sería capaz de volver. Fue terrible. Cuando vi tu cuerpo me sentí con Anubis e incluso él sería indulgente. Sentí que mi alma fue devorada por Amyt. Me quité la vida a cambio de seguirte a donde fueras, pero me castigaron. El peso de mis pecados cayó en mis hombros. Enamorarme de ti —susurró, libre. Heba sintió el golpe de emociones, un golpe grande, escuchar esas palabras eran mágicas.
Atem ya era un mago. La diferencia radicaba en su magia real. Podía crear ilusiones fuertes o crear bellezas o hacer su voluntad con todo. Mahad era su maestro y él aprendía de ello. Estaba muy por debajo del sacerdote, claro está, pero era capaz de muchas cosas en ámbitos distintos a él. Las palabras enamorarme de ti significaron un vuelco en su corazón adormecido por el tiempo, haciéndolo latir otra vez. Más y más, más y más fuerte cada vez, haciendo su orquesta dentro. Estoy vivo y estoy latiendo, hazme caso, podría haber gritado con sus tum-tum.
—No me arrepiento y jamás lo haré —agregó rápidamente Atem, atrayéndolo. Los fluidos corporales poco importaron al regente de Egipto, solo quería estar lado a lado de Heba—, pero por ello me castigaron. Luego, fue mi precipitada muerte por mis propias manos. Me suicidé y quedé encerrado en un laberinto. Al menos mi alma porque mi sentir fue demasiado pesado. No podía pensar en nada salvo en cómo estarías tú y el resto. Mana, Mahad, Seto, Isis, Shimon. Todos ellos y tú y estuve condenado a ver cómo ellos se burlaban de esto —añadió, señalando a ambos. Tomó una de las manos de Heba y las colocó en su propio pecho, dejando la otra en el del príncipe. El muchacho observó al rey, avergonzado por los tum-tum erráticos dentro de él—, vi cómo en ninguna de las vidas hasta ese momento me dejaban estar contigo otra vez hasta llegar a una… una donde ninguna fuerza antigua o mal nos separó. Una donde se podía respirar la paz y el fruto comenzaba a nacer una vez plantado cuando nos conocimos en ese fragmento de alma.
»Los vi nacer y crecer y reunirse y empezar a enamorarse del mismo modo en que tú y yo lo hicimos: lento. Vi cómo esa versión tuya era un poco más liberal de lo que ya eres —añadió con un poco de picardía, logrando tener un pequeño golpe en su brazo— pero muy tímido en otros aspectos. Tardaron más de seis años en enamorarse completamente, aunque solo se dieron cuenta de ello cuatro años después de concluido ello.
Heba giró a ambos cuerpos, quedando él arriba de Atem. La virilidad del Rey Egipcio era tanta, codiciado en su harén para engendrar al próximo sucesor, al siguiente Horus. A pesar de la soledad —era su espacio después de todo— seguían atados a las normas con las cuales fueron criados. Lo hizo por primera vez, llevar al rey en su interior. Las manos de Atem jamás le soltaron, apretándolas cuando sintió el acto, inseguro por sus acciones. ¡Era una vergüenza hacer dicho acto! ¡Denigrante! ¡No quería hacerle eso!
—Tendrán sus vidas —añadió poco después el Dios en la Tierra, su voz sonaba demasiado exhausta después de las actividades previas, casi adormecido en los brazos del chico al cual le entregó casi todo, excepto, tal vez, la exclusividad por ser quien era, por necesitar dar un heredero a su Tierra—. Unas vidas apartadas de las nuestras. No tendrán nuestro final.
La sonrisa en su piel terracota brilló, dando el beso más anhelante hasta ese momento. No demandante, anhelante.
—Nuestra siguiente vida, ¿recuerdas? —preguntó, tocando la clavícula con mucha insistencia.
Del Polvo nacimos, al Polvo volveremos.
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¡Antes de que me vayan a colgar por decir que no tendría sexo, déjenme explicarles! Okay, bien, he leído alrededor de unos cinco o seis libros (casi todos del mismo autor) sobre lo que uno se imagina de la vida del Antiguo Egipto, además de llevar un sinfín de investigaciones respecto a la homosexualidad. ¿Okay? Lo de la escena de sexo fue mía para demostrar que los pensamientos sobre esta era casi... denigrantes. ¡Busquen los mitos! Allí se narra muy bien, en especial el del Dios Seth y el Dios Horus.
Por otro lado, Yugi no es tan inocente como aparenta ¡en el transcurso de los últimos capítulos ha hecho demasiada referencia a querer sexo! Bueno, pues, "Quiero jugar contigo" es una forma de decir "quiero sexo contigo" en Japón. Por eso se les hará un poquito rara, pero es eso. Hago referencia a ello, al menos que el ambiente sea otro, claro está.
Continuando a la escena de Heba y Atem, es obvio que tuvieron relaciones sexuales, pero no quiero hacer hincapié al acto en sí, porque en primera, no lo necesito, en segunda, me gusta más este tono que tiene el fic. No es contenido adulto, pero tampoco es para todas las edades. Lo puse no por ir contra mi ideal, es más, la primera versión que yo iba a manejar, no existía la escena de sexo, pero me releí mis libros y me estoy leyendo otra novela y, ¿saben qué? Tenía que ponerlo ya que era algo "normal" dentro de su cultura según lo que he ido investigando y leyendo como novelas.
¡Por Dios! ¡A los muertos les ponían un falo por la parte faltante de Osiris cuando se fue al otro mundo y embarazó a Isis con Horus! Sí, me crean o no, llevan uno.
Por ahora, ¡es todo para este fic! ¡Diablos! ¡Juré que iba a poner una escena entre Jonouichi y ellos! (Existe la maldita escena) pero no pude incluirla gracias a mi maldito perfeccionismo. Miré y leí y edité y no me gustaba y volví a escribir y no me gustó y lo hice de nuevo y así me fui todo el fin de semana. Esta es la versión que más me gusta, además, ¡manejé a Heba! Le di una personalidad que fuera acorde a la de Yugi (vamos, estamos hablando que aquí él es La Primera Alma) pero también con su cultura y época.
Y me alargué con las notas *diablos* ¡Lo siento!
¡Agradezco a todos por el apoyo! ¡Se les adora un montón! Esta vez no podré poner los agradecimientos *llora* me olvidé de hacer mi lista de todos ustedes y ya me perdí de cuándo comencé y todo eso y pues ya qué :/
