Último robo: amor.
Cecil.
Me extrañó que nadie hiciera preguntas respecto al comportamiento de Nico. Claro, eso hasta que recordé que su actitud con Will era así antes de salir del Campamento.
Explicar los detalles de la misión, aunque sólo se tratara de Quirón, no fue simple. Nico y Will se abstuvieron de hablar, por lo que Lou y yo nos esforzamos—de verdad que sí— en explicar situaciones que no habíamos vivido. ¿El viaje al Inframundo, la inconsciencia de ambos, su recuperación y reconciliación, sus poderes mezclados, y el asalto al taller? sin comentarios. En cambio, podíamos hacer un relato absurdamente detallado sobre nosotros esperando, siendo mortalmente heridos por un grifo, y esperando otra vez. ¡Me sentía como todo un líder!
Pese a esto, el problemático dúo se negó a cooperar y la única información de utilidad que pudimos aportar fue lo referente a la visita de Eros. El centauro no se vio particularmente agradecido por ello, si más bien su expresión indicaba que se lo temía, pero nos sonrió y felicitó por la excelente recuperación de frutillas, para luego enviarnos a descansar para estar en condiciones para la celebración que, según la tradición, habría esa noche.
Honestamente, mis compañeros no estaban de humor para celebrar, y era yo el que tenía un zarpazo en el abdomen. Lou Ellen se veía pensativa, probablemente recapitulando toda la experiencia con el dios del amor, y aunque me miraba de forma rara de vez en cuando, me esforcé por obviarlo y sonreír torpemente. Di Angelo y Solace caminaban a metro y medio de distancia y no se miraban en absoluto ¿qué había pasado? hasta donde yo sabía, bien podrían haberse molestado por no tener la misma opinión respecto a qué forma tenía una nube. Ellos eran dramáticos, y yo muy despistado. Lou parecía querer hablar de ello, pero no podíamos tener una charla en condiciones cuando los implicados estaban allí.
Así que, ligeramente frustrado porque la primera misión de mi vida había resultado ser por demás patética, me volteé hacia ellos con el ceño fruncido y los señalé.
—Sea cual sea el maldito problema, ustedes dos son unos estúpidos dramáticos.
Nico arqueó una ceja. Will lo miró, luego al piso, frunció el ceño, y lo miró otra vez. Oh-oh.
—Yo no sé cual es el maldito problema—dijo.
El italiano gruñó ligeramente, y luego bajó la mirada hacia sus botas militares, pateando una piedrita que tuvo la desgracia de estar allí.
—No hay ningún problema—murmuró.
El rubio hizo una mueca, y Lou le dio una palmada amistosa en el hombro, como tratando de advertirle que no perdiera la calma o las cosas podrían empeorar. Era difícil acabar con la paciencia de Will Solace, pero si alguien podía lograrlo, ese sin duda era el hijo de Hades.
—Claro. No hay ningún problema, ¡sólo me odias de repente!
—No te odio.
—Oh, ¿en serio?—preguntó Will con el tono sarcástico mas hostil que le había oído utilizar.
—No te odio—repitió obstinadamente Nico, pero sus ojos seguían clavados en sus botas.
—Por supuesto que no me odias, sólo te divierte lastimarme ¿verdad?
Nico puso una expresión perpleja y levantó tentativamente la mirada.
—Yo no...
—Will—advirtió Lou, pero él levantó las manos como tratando de demostrar que estaba calmado y no iba a intentar asesinar a nadie, y ella me miró como suplicando ayuda. Por mi parte, seguía sin entender nada.
—Eres... un poco cruel ¿sabes?—el rubio sonreía, pero se notaba triste y ya no lograba impregnar su voz del sarcasmo anterior. No de forma convincente—. Ya no sé si me quieres o me detestas, di Angelo, estoy confundido.
—Will—Nico lo miró—, no es eso, yo...
—Yo estoy enamorado de ti.
Por un momento, el tiempo pareció detenerse. Todos se quedaron absolutamente inmóviles, excepto el viento invernal que, ajeno a la situación, soplaba las pocas hojas que aún se aferraban a los árboles sin detenerse. La expresión de Will, más que serena, parecía dolida y resignada. Dioses, ni siquiera yo supe cómo reaccionar. Nico se notaba estupefacto. El viento se detuvo, pero aún nadie hizo nada. Lou pareció recordar que necesitaba respirar, porque dio un respingo que nos regresó, a mí y a di Angelo, a la realidad. El moreno parpadeó, y cuando volvió a aclimatarse a la situación, bajó la mirada una vez más.
—Lo sé.
Simplemente eso. No un "yo también", no un "¿hablas en serio?", ni siquiera un "lo siento, no te veo de esa manera". Di Angelo se las arregló para inventar una nueva forma de romper un corazón—dos, si contamos el mío, aunque no estoy muy seguro de por qué, ¡maldita empatía!—, pero Solace no pareció sorprendido, y simplemente asintió y se alejó.
Lo vi irse lentamente hacia la cabaña 7. Dos de sus hermanos, Austin y Kayla, lo saludaron efusivamente y, para alguien que acababa de ser rechazado, su sonrisa fue radiante. El viento volvió a soplar, e hice una mueca.
—¡¿Qué Tártaros, di Angelo?!—grité sin pensarlo. Él cerró los ojos con fuerza y retrocedió un instante, como si así pudiese no escucharme, pero inmediatamente se incorporó de nuevo y me miró como si quisiera matarme.
—¿Qué?
—Acabas... acabas de...
—Cecil—me llamó Lou, y cuando volteé a verla, simplemente negó con la cabeza. Pero incluso a ella le fruncí el ceño y eso, aunque no lo crean, significa que estaba enojado.
No era mi problema, no. Pero yo estaba allí desde el comienzo. Estuve cuando se conocieron y cuando di Angelo fue a la enfermería por primera vez, del mismo modo que, junto a Lou Ellen y el pino de Thalia, estuve allí cuando hablaron antes de la guerra contra los romanos. Siempre fui, por así decirlo, un testigo de cómo avanzaban las cosas, y si ese par no estaba absurdamente enamorado, yo dejaba de llamarme Cecil Markowitz. Así que hice lo que toda persona racional haría: me enojé.
—Ustedes dos—dije con toda la calma que pude reunir, que no era mucha—son unos completos idiotas.
—Eso es un eufemismo—susurró Lou para sí misma.
Nico me sostuvo la mirada unos segundos y luego suspiró, pasando su mano por su cabello. Hizo ademán de hablar pero volvió a callarse y negó con la cabeza. Sus ojos parecían más rotos de lo usual cuando me miró.
—Lo sé. Sé que Will está enamorado de mí. Y él sabe que yo... también. Pero eso... es responsabilidad de Eros, nos están utilizando. No es real.
Uní puntos, capté el mensaje. Mejor tarde que nunca. En fin, comprendí la situación y me calmé. Pero reconsiderándolo volví a confundirme y arqueé una ceja.
—¿Y qué?—pregunté.
—¿Qu-? ¿Cómo que "y qué"?
—Sí, bueno, no elegiste enamorarte de Will—expliqué—. Yo no elegí enamorarme de Lou Ellen, pero como ves...
Mi discurso fue interrumpido cuando ella me dio un puñetazo en el brazo, sonrojada. Yo reí, y Nico hizo una mueca como si le hubiese dolido a él.
—Idiota—susurró la hija de Hécate.
—Como decía—proseguí, frotando mi brazo—, nadie elige realmente de quién enamorarse, Nícolas. La única diferencia aquí es que hubo un motivo específico, pero haya sido como haya sido, amigo, lo que sientes no es menos real que lo que pueda sentir cualquiera de nosotros. Lo mismo ocurre con Will.
El hijo de Hades jugueteó nervioso con la empuñadura de Stiggy, sin saber qué hacer con sus ojos o su otra mano, moviéndolos insistentemente.
—Pero...
—¿Estás enamorado de Will?
La pregunta salió de mis labios antes de pasar por mi mente, pero aún así mantuve mi mirada firme. Nico me miró, y de no haberlo conocía, hubiese dicho que iba a llorar.
—Y-Yo...
Lou le puso una mano en un hombro para mostrarle apoyo y le sonrió cálidamente.
—Está bien, Nico, lo entendemos. Estás asustado, pero Cecil tiene razón. Todo lo que sientes, aunque lo haya causado Eros, viene de ti. Y es real.
Me sentí un poco orgulloso de que Lou Ellen pudiese mostrarle así su apoyo a pesar de lo que sentía por él hasta hacía unos días. Di Angelo dudó unos instantes y luego asintió. No era exactamente una revelación, ni tampoco la primera vez que lo admitía, pero sí sentí que por una vez, no sintió incorrecto todo aquello. Le sonreí sin poder evitarlo.
—¿Y no deberías decírselo a él?—propuse.
—Pero... ustedes vieron como se fue. Ya es tarde para todo esto, lo lastimé.
—Los dos han comentido errores—reconoció Lou—, pero estoy segura de que podrán superarlo.
—¿Por qué?—preguntó Nico—¿porque los dioses lo quieren?
—Porque ustedes lo quieren—corrigió con suavidad.
Nico asintió otra vez, y nos dio una pequeña sonrisa que, aunque cualquier otro interpretaría como falsa, nosotros supimos, era de las más honestas que podía mostrar, aún con toda la duda y el temor reflejados en ella. Entonces corrió hacia la cabaña 7, y por un momento, lo observamos en un cómodo silencio.
—Sí que eres cursi—acusó de repente la hija de Hécate.
—Oye, es parte de mi encanto.
Ella rió y me tomó del brazo para llevarme a mi cabaña, porque después de todo, yo estaba herido y necesitaba descansar. Además de hacerme a la idea de la cantidad de escenas empalagosas que de seguro tendría que presenciar esa noche en la fiesta.
¿Fin?
"¿Fin?" ¿con signos de pregunta? pues síp. Porque voy a ser sincera, originalmente este era el final (seeh), pero antes que una escritora, soy una fanática del Solangelo y ¡ese final no me convence! Bueno, así está la cosa: éste no es un final triste (por el contrario, lo considero muy feliz y esperanzador) pero, si quieren que escriba cómo resolvieron las cosas estos dos, puedo hacer un pequeño epílogo por aquí... Ustedes díganme, porque tampoco quiero arruinarlo xD no invertí casi 6 meses de mi vida en un fic para darle un final feo, nop.
Bueno, no voy a ponerme sentimental, pero, si éste resulta ser el último capítulo, les agradezco mucho haber leído esto. Sea quien sea, si comentó, si marcó favorito, o si simplemente lo leyó y alguna partecita lo hizo sonreír, ya tienen un lugarcito en mi corazón (y en el de Nico) (?)
Ah, y díganme, porque al fin y al cabo escribí esto por una razón... ¿Aman a Cecil Markowitz? :3 espero haberlo logrado. En fin...
Nos leemos por ahí(espero), y que los dioses los acompañen.
