Hellow!

Humana: sip, cada vez más fuerte :) gracias por tus reviews *O*

18 de Mayo (3 días para la publicación de Aiko).


Por los Años IV: inicio de la tercera generación

Consejos

Asami se había tumbado en el sofá. Se sentía muy aburrida mientras escuchaba a los policías, Heiji y Shinichi hablando entre ellos acerca de lo que estaban escuchando en los auriculares. El moreno notaba los ojos de ella clavados en su espalda y de algún modo sentía el motivo de su interés en él.

— ¿Sabes? —se quitó los auriculares y los dejó encima de la mesa dejando de mirar el ordenador portátil que tenía encima de la mesa, mientras apoyaba su cabeza en el sofá—. Mamoru cuando tuvo a Kizuna entre sus brazos y supo que era vuestra hija, lo primero que nos dijo fue: tengo miedo. Era la primera vez que le oía decir eso en voz alta. Muchas veces le había visto preocupado o con miedo, pero él jamás lo había reconocido delante de mí.

— ¿Por qué? —Asami susurró mirándolo. Él giró los ojos sin mover su cabeza para mirarla y sonrió. Ella respondió por él—. Por su orgullo. No me refería a ese porqué, me refería al motivo por el que te dijo que tenía miedo.

— Por Kizuna —dijo el moreno con una sonrisa—. Se sintió igual que yo cuando lo tuve a él entre mis brazos por primera vez. Si sería capaz de educarlo bien, de darle la comida correcta, o de cuidarlo cuando estuviera enfermo. Esas fueron las preguntas que pasaban por mi mente entonces y esas fueron las preguntas que me dijo Mamoru.

— Y supongo que tú le respondiste alguna tontería —se rio Asami.

— Claro que sí —Heiji sonrió girando la cabeza hacia ella para mirarla con más comodidad. Luego habló con una voz que no era la suya—. Le dije: Mamoru si yo he conseguido ser un buen padre, tú también podrás serlo —Asami se rio y él volvió a su voz normal—. Por supuesto conoces su respuesta —movió la cabeza de un lado a otro imitando una voz infantil—. Tú no fuiste un buen padre, solo padre. Bah… la cuestión es que todo lo que estás pensando ahora, todos los que hemos sido padres ya lo hemos pensado antes.

— ¿Cómo sabías que pensaba en eso?

— Porque como siempre lo llevas escrito en la cara, Asami —se rio Shinichi.

— Sí, claro —ella lo miró con tristeza.

— Asami yo pensé lo mismo cuando te tuvimos a ti —sonrió Shinichi.

— ¿Y qué pasa con Yui? —Asami sonrió.

— No era una hija para mí, realmente —confesó Shinichi—. Bueno, claro que lo era, pero tenerla a mi lado desde que tenía ya más de ocho años, era algo que me hizo pensar en que si necesitaba algo realmente ella ya lo iba a pedir. No era una preocupación como tu el motivo de '¿por qué narices llora cada vez que la cojo yo?'.

— ¿De quién habla ahora? —Asami miró a Heiji con el ceño fruncido.

— De ti, hija, de ti —se rio el moreno—. Que cada vez que tu padre te cogía en brazos, tardabas demasiado poco en mostrar tu disconformidad.

— ¿En serio? —Asami parpadeó confusa hacia su padre.

— Sí, en serio —respondió Shinichi—. Muy en serio —Shinichi suspiró largamente y luego volvió a hablar—. Durante una semana solo podía mirarte, porque cuando te cogía para intentar tranquilizarte llorabas con más fuerza. Hasta que te acostumbraste a escucharme quejar y entonces solo te reías de mí.

— Oh, sería porque tu cara daba miedo y luego, cuando vi que no era tan mala, era de chiste —Asami se encogió de hombros haciendo que los policías se rieran.

— Sí, reíros, reíros, la mitad de vosotros lo visteis —Shinichi rodó los ojos.

— Entonces, ¿creéis realmente que ninguno de los dos me rechazará por eso?

— Oye, Mamoru les ha hablado tanto de ti, que ellos sentían que te echaban de menos sin ni siquiera conocerte —sonrió Heiji.

— No te quejes Mamoru-kun, que aún no le hemos dicho el motivo por el que decidiste llamarla Kizuna —sonrió Shinichi hablando por el auricular con micrófono que llevaba en su oído y luego riéndose.

Asami sonrió.

— Ya sé ese motivo, al igual que yo dije Kazuki a ese monstruito —la chica miró hacia Heiji que le guiñó el ojo.

— Lo harás bien —sonrió el moreno—. Y además, Mamoru te ayuda, ¿no es cierto?

— Pero no me preocupa tanto en hacerlo bien, sino en no llevarles problemas, ¿sabes?

— ¿A qué te refieres? —Heiji la miró sorprendido.

— Que nunca jamás he tenido una semana sin que cosas malas ocurrieran a mí alrededor. ¿Qué pasará si les pasa algo a ellos? —Asami desvió la mirada con tristeza—. Jamás podría perdonarme el perder a Mamoru o a los niños.

— Todo saldrá bien —se rio Shinichi—. Esa fue la pregunta que me hice cuando dejaste de llorar porque te tocaba.

— ¿Qué? —Asami lo miró confundida.

— Ya sabes, todos dicen que ando con una maldición y que allá dónde voy siempre sucede algo —Shinichi sonrió amablemente—. Incluso tú lo dijiste alguna vez. Pero aún así, no te ha pasado nada, ¿no es cierto?

— Porque mamá ha conseguido compensar la mala suerte de algún modo —se quejó Asami con una mirada de enfado.

— Entonces piensa en que Mamoru-kun también podrá compensar eso —Shinichi le guiñó el ojo, dejándola completamente desconcertada. Su padre, en cierto modo tenía razón, debería de confiar en que Mamoru podría evitar que algo malo sucediera a los niños.

— ¿Qué ocurre? —un policía habló, haciendo que todos se giraran hacia él.

— No lo sé, en serio que no entiendo lo que marca aquí —se quejó otro.

— ¿Qué ocurre? —preguntaron Heiji y Shinichi levantándose y acercándose.

— La señal ha desaparecido —se quejó uno.

— ¿No lo habrás roto, cierto? —preguntó el otro.

— Claro que no —se quejó el primero—. Ha desaparecido su señal.

— Mamoru-kun, responde —Shinichi habló por los auriculares mientras Heiji se ponía los suyos. Asami se incorporó del sofá y los miró a todos preocupada—. Mamoru-kun, responde. Vamos, Mamoru-kun.

— Mamoru, responde —Heiji también empezó a llamarlo.

Asami se quedó observando, mientras notaba que sus nervios aumentaban lentamente. ¿Qué estaba sucediendo? Heiji empezó a moverse nervioso de arriba abajo, en uno de sus giros, tiró del cable de sus auriculares, desenchufándolos y dejando escuchar a todo el mundo lo que sucedía al lado del micrófono oculto, con una señal muy mala.

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Mamoru chasqueó la lengua. Hacía un poco que escuchaba a todos a trozos, pero no le preocupaba precisamente ese detalle. Le preocupaba más que hubiera cuatro gorilas rodeándolo, con cicatrices y cara de pocos amigos.

— ¿Puedes decirnos a qué has venido? —preguntó el hombre que estaba detrás de esos hombres corpulentos y grandes. Mamoru intentó comprender sus posibilidades. Había cuatro personas rodeándolo que hacían al menos tres como él cada uno. Las posibilidades de salir airoso de allí eran nulas y si comprendía que su auricular y micrófono estaba fallando, también podía comprender que el localizador que llevaba en su zapato tampoco estaría funcionando—. Responde.

— Como todos los que hay aquí —forzó su mejor sonrisa, pero le salió una mueca extraña que hizo a los gorilas fruncir el ceño—. Venir a ver una pelea.

— ¿Nos tienes miedo? —preguntó el hombre dando un paso. Ahora Mamoru podía verlo. Era un anciano, muy delgado, de pelo blanco y con un bastón en su mano.

— No sé porqué debería de teneros miedo —Mamoru sonrió—. Si he venido a ver una pelea es porque soy aficionado a ellas, así que sé defenderme de las peleas.

— Los que vienen a ver la pelea nos tienen miedo —el hombre sonrió mientras ponía una mano encima de dos de los gorilas. Estos se apartaron dejando el espacio libre—. Pero de ti no sabemos nada. ¿Quién eres?

— ¿Yo? Un lobo solitario sin amigos ni amores —Mamoru se rio.

— Eso no se lo cree nadie —el anciano se rio con más voz que él, haciendo que Mamoru se callara. El chico notaba un sudor frío recorriendo su espalda—. Todos tenemos al menos a alguien a quién decir amigo, sea bueno, o malo, Hattori Mamoru.

— Si conocéis quién soy, ¿entonces por qué no habéis empezado por aquí? —Mamoru suspiró largamente viendo a los gorilas. El anciano le había dicho a esos dos que no pelearan contra él, solo con ese gesto. ¿Estaba intentando darle algún tipo de ventaja? No, ni siquiera así podría ganarlos. Aún quedaban dos más y eso era igual a seis como él, aunque tal vez eran más como él, dependiendo del grado de estupidez que llevaran encima—. Bueno, siempre se puede tener un lado malo al interior. Si mis compañeros se enteran de que vine a ver una pelea, seguro que me matan.

— Me dijeron que tienes dos hijos —el anciano sonrió—. Con una mujer que no te quiere.

Mamoru arqueó una ceja y se cruzó de brazos.

— Disculpa sí que me quiere y no, no tengo hijos —respondió él—. Son los hijos de una amiga y los estoy cuidando —esperaba que en esos momentos en su oído, que parecía tan callado, no estuvieran escuchando.

— Entonces no viniste a ver una pelea —dijo el anciano con una sonrisa de autosuficiencia—. Sabemos que aquellos que se han encargado alguna vez de un niño pequeño, intentan detener nuestras peleas.

— ¿Por unos niños a los que odio? ¿En serio? —Mamoru sonrió esperando que su falsedad la notaran al otro lado del micrófono, pero no los que estaban a su alrededor en esos momentos—. Si hubiera podido los hubiera llevado aquí para que se mataran entre ellos. Así al menos podría deshacerme de una vez de uno de los dos.

— Claro —el anciano sonrió hacia los hombres corpulentos que se habían apartado y afirmó con la cabeza. Luego se giró dispuesto a irse, mientras los otros dos hombres corpulentos cerraban el círculo un poco más pequeño, para que Mamoru no pudiera escapar. Él bajó sus manos, preparado para la pelea—. Lo siento tengo que atender en otro lugar. Disfruta… —el hombre lo miró de reojo con una sonrisa llena de odio—…de la pelea.

— Te aseguro que lo haré —dijo Mamoru sonriendo con frialdad—. No creas que el nombre de Satou Hidetoki se quedará en silencio desde aquí.

El anciano se giró asustado y se quedó mirándolo. Mamoru lo tenía dónde quería. En esos momentos veía la mente del anciano funcionando con mucha velocidad, intentando averiguar cuál de esas palabras era cierta y cuál mentira.

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Hacía ya diez minutos que el aparato de radio se había quedado en silencio. Todos los presentes estaban petrificados y parecía que aguantaban la respiración, por si en algún momento volvían a escuchar la voz de Mamoru. Y lo habían hecho:

— ¿Satou Hidetoki? —Heiji decidió interrumpir el silencio, mientras miraba hacia Shinichi con el ceño fruncido.

— ¿Ese es un nombre que deba preocuparnos? —preguntó Asami con miedo.

— Satou Hidetoki estaba muerto —Shinichi miró al moreno con la misma mirada—. Nosotros lo vimos morir.

— ¿Sobrevivió en serio a esa caída? —preguntó Heiji—. Eso es imposible, eran al menos cinco pisos directos al mar.

— Pero tu hijo lo conoce también —dijo Shinichi—. Está claro que ha dicho ese nombre por algo.

— Sí, pero ya no lo oímos más —dijo Heiji mirando los aparatos—. ¿Puede alguien arreglar esto?

— Al menos encended el localizador para enviar refuerzos, por favor —dijo Shinichi poniéndose detrás del ordenador en donde los dos policías seguían peleándose para intentar volver a mostrar el punto rojo en el mapa.

— Seguramente será un anulador de señal —dijo otro policía poniéndose a intentar arreglar el aparato de la radio—. Porque no hay otra manera en que los dos se hayan estropeado a la vez.

El teléfono de Heiji sonó y el moreno lo miró con el ceño fruncido. Descolgó mientras ayudaba al policía a mantener unos cables alzados para intentar seguir escuchando a Mamoru.

— No es un buen momento, Hakuba —dijo Heiji.

— Tienes que venir, es urgente —dijo Saguru—. Aoko acaba de toparse con algo que seguramente quieras saber antes que los medios de comunicación. Que por cierto han ido muy rápido a enterarse.

— ¿De qué se trata? —Heiji frunció el ceño.

— Mejor no hablemos por teléfono. Y ven con Kudo y con Asami-chan —Saguru suspiró largamente con tristeza y Heiji se miró el aparato.

— ¿Dirección? —Saguru le dio la dirección donde debían de ir. En cuanto el moreno colgó estaba completamente despistado. La dirección que le había dado, le sonaba de algo—. Kudo, tenemos que irnos.

— Oye, ni siquiera tenemos un…

— No con Mamoru —dijo Heiji—. Hakuba quiere que veamos algo y nos ha pedido que Asami-chan también venga.

— ¿Por qué? —Asami le dio una mirada entre sorprendida y confusa. En esos momentos no quería ir a ningún sitio, quería escuchar la voz de Mamoru diciéndoles que estaba bien.

— Mejor no hablemos por teléfono, ha dicho —dijo el moreno.

— Entonces mejor vamos —Shinichi forzó una sonrisa hacia Asami.

— Me conozco esas palabras —Asami frunció el ceño—. Chain usa las mismas para decir que hay un problema grave. Lo que no entiendo es el motivo por el que deba de ir yo.

— Entonces se-será me-mejor que nos apresuremos —tartamudeó Heiji palideciendo. Los dos Kudo lo miraron preocupados.

— ¿Qué ocurre? —Shinichi lo miró con el ceño fruncido.

— Me-me-me-mejor vamos —Heiji miró por unos segundos a Asami y luego salió con prisas de la casa.

— ¿Qué le ocurre? —Asami miró a su padre.

— No preguntes, seguramente se ha acordado de algo y sepa de lo que Hakuba quiere informarnos —Shinichi suspiró largamente—. Intentad arreglar esto, por favor.

— Sí, no te preocupes —dijo uno de los policías—. En cuanto tengamos algo os llamamos.

— Gracias —Shinichi cogió la mano de su hija y tiró apresurado hacia fuera. Heiji estaba intentando meter la llave en el contacto del coche y soltaba maldiciones porque sus manos temblaban como una hoja—. Conduzco yo —dijo Shinichi al verlo.

Heiji afirmó con la cabeza y se sentó en el asiento del copiloto. Asami se sentó detrás cruzándose de brazos y mirando al moreno preocupada. El hombre había palidecido tanto que ahora se parecía más a Mamoru que a su hija que era una mezcla de su padre y su madre.

— ¿Y bien? —Shinichi empezó a conducir.

— Y-yo te indico no preguntes —dijo él mirando su teléfono móvil. Empezó a teclear con rapidez un mensaje y luego le mostró la pantalla a Shinichi.

— Oh, vaya, ahora entiendo —Shinichi frunció el ceño y lo miró—. ¿Crees que puede ser en esa dirección exacta?

— No, creo que me ha dicho el edificio de enfrente para reírse de nosotros luego —dijo el moreno con un tono medio enojado medio ironía.

— Oye, no hace falta que te pongas así conmigo —dijo Shinichi—. Ahora mismo también estoy preocupado, pero no vale la pena apresurar los pensamientos, como haces siempre. Quizás te estés preocupando de más.

— Preocupándome de más… —Heiji se apoyó en la ventanilla y miró hacia fuera.

— Te estás preocupando de más —dijo Shinichi—. ¿Qué más te dijo?

— Nakamori Aoko —dijo Heiji mirándolo de reojo.

— Oh… —Shinichi parpadeó mientras miraba a la carretera—. Eso explica el motivo por el que te preocupas de más.

— ¡No me estoy…! —gritó él mirándolo. Luego soltó un resoplido y volvió la vista de nuevo a la ventanilla—. No me estoy preocupando de más —dijo con la voz más calmada—. Seguro que después de todo, lo que se me acaba de ocurrir, es mucho mejor.

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Al cabo de veinte minutos, Shinichi detuvo el coche. Asami miró por la ventanilla medio distraída por el silencio que se había hecho después de las últimas palabras del palidecido moreno. Entonces se dio cuenta de dónde estaban. Salió apresurada del coche y notó que Shinichi la cogía del hombro.

— No te precipites —dijo con una sonrisa tranquilizadora.

— Que no me precipite —Asami lo miró con miedo—. Estamos delante del colegio de Kizuna y Kazuki —notaba su garganta seca de repente.

— ¿Qué ha pasado? —escucharon a Heiji que se estaba acercando a Saguru, Aoko, la directora y la profesora de Kizuna.

— Dije que no te precipites —repitió Shinichi rodando los ojos—. Vamos —rodeó con un brazo a la chica y la empujó suavemente hacia ellos—. ¿Por qué nunca me hace caso?

Asami sonrió con tristeza. Si en esos momentos no estuviera muerta de preocupación, ella se hubiera reído ante ese comentario. Con la cabeza agachada escuchó a la directora hablando.

— No lo sé —dijo con voz desesperada la mujer, cansada de repetir lo mismo tantas veces—. Estábamos todos en el recreo y de repente un hombre saltó la valla, cogió a Kizuna y a Kazuki y se los llevó de allí. Kizuna se puso a gritar como loca y por eso los vimos. El hombre ni siquiera había hecho ruido. Al otro lado había otro hombre igual que él que cogió a los niños y mientras nosotras corríamos hacia allá para intentar ayudarlos, el otro hombre volvió a saltar la valla y se largaron en un furgón gris.

— Por supuesto tenía que ser eso —Asami habló en un susurro en la voz.

— Asami, tranquila —Shinichi le puso una mano encima de la cabeza para intentar tranquilizarla, pero ella se apartó de él con rapidez—. Asami, vamos, no puedes culpar a nadie.

— No pienso culpar a nadie —Asami levantó la mirada hacia su padre. Shinichi se asustó al instante. Asami lo estaba mirando con un odio incontrolable—. Han cogido a Mamoru y ahora han secuestrado a los niños. No te creas que me quedaré de brazos cruzados esperando a que lo resolváis por las buenas. Por algo fui agente del FBI.

— Asami —la chica echó a correr por donde la directora había señalado. Encontraría una pista—. ¡Asami espera! —escuchó el grito de su padre en la distancia, pero aún así no se detuvo.

— ¿Los agentes del FBI están por encima de todo? —Saguru miró hacia Aoko confundido.

— El FBI que trabaja en Japón es muy conocido por torturar a la gente —suspiró ella—. Por lo que oí de Hiro y Takeshi, Asami-chan y ellos dos tuvieron que hacerlo un par de veces en Estados Unidos para recuperar a unos niños que habían sido secuestrados.

— ¿Y qué pretende hacer ahora? —preguntó Heiji—. Ni siquiera tiene la placa del FBI. Ella dejó el cargo.

— Pero si con eso consigue encontrar a los niños o a Mamoru no creas que vas a detenerla —dijo Shinichi—. La única que podría detenerla ahora serían Ran y Mamoru. Él no puede y ella no creo que lo haga.

— Está bien, ¿podéis describir a los hombres? —preguntó Heiji mirando hacia las profesoras.

— Sí —la directora miró preocupada hacia la profesora de Kizuna—. Eran muy corpulentos y grandes, tenían una mirada muy penetrante y muchas cicatrices alrededor de su cara y cuello —Shinichi y Heiji se miraron entre ellos—. ¿Qué? —Shinichi sacó su teléfono móvil y lo mostró a la mujer—. Sí, ese es uno de ellos.

— ¿Quién es? —preguntó Aoko.

— Los tipos que acaban de matar a Mamoru —dijo Heiji suspirando.

— No seas tan negativo, por favor —dijo Shinichi—. Hemos perdido el contacto con Mamoru-kun hace ya una media hora, y su localizador hacía un buen rato que se había parado, así que no podemos saber con exactitud dónde está. Esos tipos son los que están relacionados con el secuestro y el asesinato de Hiroki-kun y el secuestro de Masaru-kun.

— ¿Este es uno de los tipos que llevo buscando desde hace ya medio año? —Aoko parpadeó confusa—. ¿Yo tengo solo la foto de uno de ellos y vosotros en menos de dos días habéis conseguido otra? —abrió la carpeta que llevaba en la mano y les mostró la foto a Shinichi y a Heiji.

— ¡Ah, sí! —exclamó la profesora de Kizuna—. Este es el otro.

— ¿Cómo narices podéis hacerlo con esta rapidez? —preguntó Aoko.

— Fue Mamoru —respondió Heiji—. Supongo que estaba pensando en Kizuna y Kazuki y no paró hasta que encontró otra pista de ellos. Entonces fue cuando obtuvimos esta otra imagen. ¿Qué sabes de ellos?

— Solo el nombre de este tipo: Takayama Ryouta —dijo Aoko—. No tengo ninguna otra pista.

— Bueno, nosotros sabemos de otro nombre que ha dicho Mamoru-kun antes de que el contacto terminara: Satou Hidetoki.

Aoko se asustó al escuchar ese nombre mientras Saguru a su lado aguantaba la respiración. Ese era un nombre que todos conocían muy bien. Un anciano de pelo blanco, muy ágil e inteligente que les había llevado a todos de cabeza los últimos años.

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El último golpe que le habían dado tenía que reconocer que le había dolido realmente. Pero él aún así se tragó sus gritos de auxilio y siguió sonriendo. Lo habían atado a una silla con las manos detrás y le seguían golpeando en la cara y en la barriga con fuerza mientras el anciano seguía preguntando sobre quién le había enviado allí. Hacía un buen rato que había dejado de escuchar al hombre, ya que se estaba centrando en pensamientos que pudieran hacerle olvidar el dolor que sentía en su cuerpo en esos momentos. El anciano frunció el ceño y se arrodilló delante de él, le acarició la mejilla levemente.

— Si me lo dices, puedo hacer que dejes de sufrir —susurró el hombre con una voz llena de odio.

— Oye, me duelen los pies, podemos dejarlo para otro día en que haya descansado un poco, ¿no crees? —Mamoru sonrió con frialdad intentando que no se notara un pequeño temblor en su voz.

— ¡¿Te estás burlando de mí?! —gritó el hombre apartándose enojado y luego mirando hacia uno de los dos gorilas que allí estaban.

El hombre no tardó en darle otro puñetazo en la cabeza. Mamoru notó que su vista empezaba a ser borrosa, pero movió levemente la cabeza mientras seguía sonriendo.

— Oye, que no estás matando mosquitos, podrías hacerlo con más fuerza —suspiró. El hombre volvió a pegarle—. Más fuerte, hombre que parece que le estés dando a un tambor.

Otro golpe en la barriga.

— ¡Basta! —el anciano lo miró con odio—. Necesitamos que hable, no hace falta que lo ma…

— ¡PAPÁ! —todos se giraron hacia la voz.

Kizuna entró corriendo a la sala, de la que habían dejado la puerta abierta y se abrazó a sus piernas con fuerza mientras miraba con enfado hacia el gorila que acababa de pegarle. Kazuki no tardó en ponerse a su lado y abrazarse en la otra pierna. Mamoru se quedó mirando a los dos confuso.

— Así que esta vez acertaron —el anciano sonrió—. Esos son tus hijos. Perfecto, podemos empezar. Llevároslos de aquí: molestan —los dos hombres que se habían llevado a los niños del colegio, tiraron de sus brazos. Mamoru los miró con un conflicto en su mente. Si asumía que eran sus hijos, les harían más daño, pero si él le decía que no lo eran delante de ellos, les haría más daño. Decidió por quedarse callado y observando como Kizuna se quejaba de que la separaran de su padre y Kazuki estiraba su mano para cogerlo de nuevo, en silencio, pero sin alcanzarlo—. Vamos a ver qué tal pelean.

— ¡No les hagáis caso! —gritó Mamoru antes de que los hombres llevaran a los niños hacia el pasillo—. ¡Defenderos pero no ataquéis! ¡En cuanto pueda os sacaré de aquí!

— ¡Vale! —dijeron las voces de los dos niños gritando. Mamoru se quedó observando preocupado a la puerta. ¿Kizuna y Kazuki le habrían entendido bien?

— Qué bonito —dijo el anciano. Entonces se dio cuenta de que su impulsividad había vuelto a salir a la luz. Con eso había confirmado a Satou que ellos eran sus hijos. Bajó la mirada al suelo arrepentido mientras el dolor de su cuerpo seguía aumentando por momentos. El anciano levantó su barbilla con un dedo y sonriendo con maldad—. Y ahora dinos por quién trabajas y quién nos está esperando fuera.

— Estoy solo —dijo Mamoru. Por alguna razón intuía que esa era la verdad.

— ¿Entonces por qué llevabas esto? —el anciano le mostro el localizador que había en sus zapatos. ¿Cuándo se los había quitado? ¿Cuándo lo había descubierto? ¿Cuánto había descubierto? Sabía que no duraría mucho más vivo, pero aún así no traicionaría a la policía. Ellos podrían seguir investigando por él. El anciano tiró el localizador al suelo y Mamoru lo vio dando una pequeña lucecita antes de que el pie de Satou lo chafara por completo—. Nadie vendrá a buscarte —Mamoru decidió pensar en eso mismo, para intentar no darse falsas esperanzas—. Llevadlo abajo y llevadle un televisor para que no pueda perderse la pelea que tanto le gusta.

— ¡Sí, señor! —los dos gorilas que le habían estado pegando, lo desataron de la silla y lo cogieron por debajo de las axilas, para llevarlo con los pies arrastrándose al suelo hacia fuera de la sala. Mamoru intentó ponerse en pie, pero el dolor en su barriga y los tirones de esos dos, le hacían trastabillarse y jamás conseguirlo. Lo bajaron por cuatro escaleras, sin importarles que sus pies estuvieran enganchándose a todos sitios. Lo empujaron con fuerza hacia dentro de una celda y los dos hombres se apartaron en seguida, para cerrar la celda con llave—. Ve a vigilar a fuera. Mantén tu comunicación cada diez minutos.

— Recibido —uno de ellos se fue hacia la dirección contraria por la que habían entrado y salió a fuera.

El otro hombre lo miró con una sonrisa llena de satisfacción.

— ¿Sabes? Los que creen en la justicia, no los aguanto. Normalmente te mataría de un solo golpe, pero Satou-san quiere saber con quién trabajas, así que mantendremos tu tortura viendo como tus hijos se matan entre ellos junto con Masaru.

— Masaru-kun no sabe con quiénes se ha metido —dijo Mamoru con una sonrisa llena de dolor y quedándose sentado al suelo con las piernas cruzadas—. Mis hijos no serán tocados por él. Porque al fin y al cabo es solo un niño.

El gorila sonrió con malicia.

— Ya veremos. ¿Sabes? Masaru mató a otro niño —dijo el hombre. Mamoru dejó de sonreír y se quedó en silencio—. Ah, ¿esto te asusta? Bien, verás como tus hijos son vencidos con facilidad —el hombre se fue hacia una habitación que había al fondo y Mamoru pudo ver con la puerta abierta que estaba llena de pistolas y rifles. Entonces el gorila volvió cargando un televisor grande, muy antiguo, que dejó al suelo y prendió al enchufarlo a un lado. Se trataba de una cámara de seguridad que se veía en blanco y azul. Alguien la estaba moviendo, pues estaba temblando mientras mostraba un cercado de madera con tierra en el interior. Al centro había un niño pequeño, lleno de heridas sin cicatrizar, con el pelo grasiento y corto y una mirada llena de miedo. A su alrededor había graderías llenas de gente que se sentaban en bancos de madera con capacidad para cinco personas cada uno. Mamoru bajó la mirada viendo como un hombre metía a Kizuna a dentro y luego a Kazuki. Los dos niños se cogieron las manos con fuerza mientras se asustaban por los gritos de la gente que Mamoru podía escuchar desde allí—. No temas, cuidaremos bien de ellos. Porque les hemos prometido que podrían estar con sus padres si ganaban.

— Ellos no os van a creer —susurró Mamoru casi sin voz. Sentía que si elevaba un poco el tono le temblaría, dándole satisfacción al hombre—. Solo van a creer a su familia.

— Ya veremos —el hombre rio con fuerza—. La pelea está por empezar, solo espera y verás.

Se alejó de allí a grandes zancadas. Mamoru se quedó sentado al suelo mientras observaba la pantalla completamente desesperado. No pudo reprimir una lágrima que secó rápidamente con su manga ensangrentada por la sangre que le salía del labio. ¿Se habría enterado Asami ya de que los niños no estaban dónde debían? ¿Qué ocurriría con ella? Negó con la cabeza con rapidez intentando quitar los pensamientos negativos de su cabeza. Asami había sobrevivido de muchas cosas así que sería capaz de sobrevivir a lo que ocurriera allí. Por un momento, su cabeza pensó en lo que hubiera pasado si Asami no se hubiera ido a Estados Unidos. Hubieran estado siempre juntos, seguro. Se hubieran peleado, se hubieran reído, se hubieran reñido y pedido disculpas luego. Él hubiera podido estar más tiempo a su lado y descubrir lo que le hacían a la chica. Se mordió el labio inferior. Por una vez deseaba poder volver al pasado y pedirles a sus padres que dejaran que Asami se quedara en Osaka con ellos. Pedirlo a gritos si hacía falta. Seguramente hubiera sido lo mejor para todos.

Escuchó a la gente gritar aún más y fijó la vista a la pantalla. Kazuki había esquivado un golpe del niño llamado Masaru y estaba tirando de Kizuna hacia el otro lado del cercado. Sonrió. Si Kazuki estaba con ella seguro estarían bien, ya que los dos, tal vez no tuvieran fuerza, pero sí que tenían agilidad para esquivar los golpes y Mamoru se había asegurado de que así fuera.

.

Asami rodó los ojos. Solo un tipo grande con cara de malas pulgas y que parecía ser el idiota del grupo. Se ató el pelo en una cola alta y se subió el jersey, dejando ver un poco su ombligo y se lo ató con un nudo delante para aguantarlo. Se golpeó un poco las mejillas para sonrojarlas y luego se tocó el pelo para dejarlo un poco más desenfadado. Entró en el jardín grande con prisas y se acercó hacia el hombre. Era una buena tapadera si realmente era aquí en dónde estaba Mamoru. Había golpeado un par de veces a un hombre de unos treinta años y luego había dado un par de patadas a otro de seguridad de unos veintisiete años, pero había conseguido llegar al lugar.

— Disculpa —dijo ella con paso apresurado y poniendo su máxima cara de preocupación—. ¿No tendrías un teléfono? —Asami puso su mejor sonrisa forzada para que se notara que lo era—. Se me ha quedado el coche tirado y no tengo batería al teléfono.

— Oh, claro —el hombre sonrió mirando a la chica de arriba abajo. Asami pensó en un suspiro: la mente de un hombre como ese siempre era idéntica. Ahora estaba segura de haber llegado al lugar indicado—. Ven a dentro.

La radio del hombre empezó a hablar.

— Kagetoki, responde.

— Kagetoki, dime —dijo él haciéndole señas a Asami para que esperara unos segundos. Luego se giró de espaldas a Asami.

— Diez minutos.

— Todo, bien, no hay problema —el hombre se guardó de nuevo la radio al bolsillo y luego se giró hacia Asami. Asami lo golpeó con todas sus fuerzas en la cabeza tirándolo al suelo.

— Sí, que tienes un problema, ¿dónde está Hattori Mamoru? —la chica se puso encima del hombre agarrándole los brazos.

— ¿Qué? —el hombre lo miró confuso.

— ¿Dónde? —Asami lo fulminó con la mirada.

— No sé dónde está —susurró él.

— Claro que lo sabes —Asami sonrió con frialdad.

— Dentro, dentro, en las celdas —dijo él con miedo.

— Muchas gracias —Asami cambió su sonrisa a una de satisfecha y volvió a golpearlo al lado de la sien. El hombre se quedó inconsciente—. Y la próxima vez no vas a mirar a una mujer en apuros, sinvergüenza.

Asami salió corriendo hacia dónde el hombre le había señalado. Era un edificio en obras, completamente abandonado. A medida que se acercaba escuchaba gritos de gente. Asami abrió unos pocos centímetros la puerta y miró el interior. Estaba todo oscuro y no podía ver muy bien el interior. Solo unos pocos barrotes que iban del techo al suelo. Se aseguró de llevar el pelo bien atado de nuevo para que no le molestara si tenía que moverse rápido y luego abrió un poco más la puerta deslizándose hacia el interior y apartándose en una esquina. Se quedó allí quieta esperando a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. Luego se adentró al lugar observando el interior de lo que parecía una celda de barrotes improvisada con el material de las obras. Vio a Mamoru sentado a dentro y se acercó corriendo hacia allí sin preocuparse de si había alguien más alrededor. Estaba demasiado desesperada como para ir con cuidado. Se agarró a los barrotes y lo miró con preocupación.

— Asa-mi —Mamoru la miró con tristeza—. ¿Qu-qué haces aquí?

Asami notó que su corazón se detenía. El chico hablaba con una voz tan suave y débil que parecía estar a punto de morir. Seguro que sus heridas le dolían.

— Venir a buscarte —respondió ella con los ojos llorosos—. Lo siento, se los han llevado. Se llevaron a Kazuki y a Kizuna del colegio y nadie pudo detenerlos. Ni siquiera pude encontrar ninguna pista de dónde están. Tienes que venir conmigo para ayudarme, por favor. Yo no sé qué hacer.

— Asami —Mamoru la miró confundido. Así que no sabía quién les había cogido—. Asami no llores —Mamoru se arrodilló y se levantó un poco para acercarse a ella, pero le dolía tanto la barriga que ni siquiera tenía fuerzas para mantenerse en pie.

— No te muevas —Asami susurró mientras escuchaba los gritos de la gente elevándose de nuevo. Se quitó un clip de la cabeza y lo metió dentro de la cerradura del candado. Luego tiró de los barrotes y entró con Mamoru. Se arrodilló a su lado y le acarició el pelo—. Te ayudaré a salir de aquí.

— Los niños —Mamoru levantó la mirada hacia ella.

— Lo siento mucho… yo… —Asami ni siquiera lo escuchaba—. No puedo con esto. No quiero que esto siga ocurriendo, Mamoru. Tenemos que encontrarlos, por favor. E-estoy… e-esto me duele más que…

— Están aquí —interrumpió Mamoru antes de que terminara de hablar.

— ¿Qué? —Asami lo miró confundida. Mamoru levantó la mano hacia el televisor y ella miró hacia allí. Kizuna estaba muy cerca de la cámara esquivando los puños de Masaru mientras Kazuki se cruzaba de brazos al otro lado del cercado con cara de aburrimiento—. Kazuki. Kizuna.

— Y ese niño es Masaru-kun, el niño al que secuestraron —Mamoru la miró con tristeza—. ¿Tienes un teléfono o algo para avisar a la policía? —Asami afirmó con la cabeza y le pasó el teléfono.

— No tenemos mucho tiempo —dijo ella—. Dejé inconsciente al hombre de la entrada y se hablan cada diez minutos.

— Esa puerta de detrás, está llena con armas, coge unas cuantas —Mamoru sonrió hacia ella—. Resistiremos protegiéndolos hasta que mi padre llegue.

Asami afirmó con la cabeza y se apresuró a ir hacia el lugar. Observó cada detalle de las armas y miró las que estaban cargadas o no. Había dos pistolas que ella podía reconocer. Las pistolas que ella había llevado unas cuantas veces al FBI y que Tetsuya había marcado con sus iniciales, para encontrar a aquellos que hacían compra-venta de armas. Cogió esas dos pistolas y dos rifles. Luego cogió dos cargadores de recambio para las pistolas y se puso uno a cada bolsillo, si era para resistir con esto tendrían de sobras. Luego volvió con él y lo cogió por debajo del brazo.

— ¿Te ves capaz? —preguntó ella, Mamoru afirmó con la cabeza mientras forzaba una sonrisa.

— Tenemos que protegerlos, Asami —susurró él. Asami afirmó con la cabeza y lo besó en la mejilla—. Vamos.

Mamoru se esforzó mientras Asami lo ayudaba a levantarse. Mamoru le indicó el camino hacia el cercado que habían visto en la pantalla. Cuando estaban a punto de llegar con la gente. Asami se giró de espaldas y empezó a andar de espaldas con una pistola en su mano. Le dio la otra a Mamoru que sonrió.

— La has recuperado.

— Sí, no ha sido difícil —Asami se rio tímidamente.

Notó que Mamoru le apretaba con un dedo en el hombro. Un escalón que bajó sin problemas. Otro apretón. Otro escalón. La gente a su alrededor empezó a verlos y a callarse. ¿Qué hacían dos personas armadas andando con desconfianza por entre las graderías? Cuando la gente se fue callando, todos fueron empezando a verlos.

— Hemos llegado —susurró Mamoru a su oído.

Asami notó la verja de madera a su espalda. Puso su mano encima de la verja y la cruzó de espaldas, sabiendo que para entonces incluso los niños los estarían viendo. Ayudó a Mamoru a pasar la verja, siempre apuntando con la pistola hacia la gente y observando sus reacciones para disparar al primer movimiento.

— ¡Mamá! —Kizuna corrió hacia ellos y se puso entre sus piernas. Kazuki también se acercó y se cogió al jersey de ella. Asami lo notó temblar.

— Kizuna harás caer a mamá —susurró ella casi sin voz. Luego la alzó para que todos los oyeran—. A la primera que veamos a alguien apuntarnos con un arma, disparamos. No es una amenaza. Todas vuestras armas dentro del cercado, venga.

— ¿En serio vas a dispararnos delante de tus hijos? —sonrió Satou Hidetoki levantándose del banco. Mamoru lo disparó haciéndolo caer al suelo.

— Hemos dicho que no es una amenaza —dijo con voz fuerte, pero temblorosa. El silencio se hizo con más fuerza mientras Kizuna, Kazuki y Masaru cerraban los ojos y se cubrían los oídos—. ¿Quién será el siguiente?

Todos se miraron entre ellos y algunos empezaron a acercarse al cercado con las manos alzadas para dejar al suelo su pistola o cuchillo. Algunos otros decidieron quedarse sentados. Pero los más atrevidos, fueran del lado que fueran, Asami y Mamoru los dispararon a todos y todos se quedaron inconscientes al suelo. Eso hizo que los que se habían quedado sentados, finalmente también dejaran las armas dentro del cercado.

— Masaru-kun, ven aquí, vamos —Asami intentó hablar con su voz más suave. El niño los miró asustado—. Kizuna, Kazuki, decidle que venga.

Los niños también estaban asustados, pero aún así miraron al pequeño que se había quedado petrificado en una esquina del cercado y no se movía.

— Masaru-kun —susurró Kizuna mientras Kazuki hacía gestos nerviosos para que se acercara—. Ven…

El niño negó con la cabeza y Asami sonrió con tristeza mirándolo. Estaba aterrado.

— No están muertos, Masaru-kun, Oneechan jamás podría matar a nadie —dijo Asami.

— Mamá…

— Oneechan te llevará con mamá, ¿vale? No tendrás que luchar más, Masaru-kun —Asami sonrió y el niño bajó sus manos para mirarla.

— ¿Oneechan me llevará? —el niño los miró con los ojos llorosos.

— Claro que sí, Masaru-kun —Asami sonrió de nuevo. El pequeño necesitaba más confianza y tanto ella como Mamoru sabían las palabras que tenía que escuchar—. Tu mamá y tu papá me han pedido que viniera a buscarte, Masaru-kun.

— ¿De verdad? —el niño pareció esperanzado y dio un par de pasos hacia ellos.

— Sí —Asami sonrió tristemente—. Porque papá y mamá echan de menos a Masaru-kun —el niño se acercó andando hacia ella y luego echó a correr para cogerse a su pierna—. Sí, vale, pero dejad de hacer eso que nos vais a tirar.

— ¡POLICIA TODOS QUIETOS! —gritó la voz de Heiji con fuerza.

— El que faltaba… y llegó tarde —se quejó Mamoru.

— Más vale tarde que nunca —sonrió Asami apartándose de él.

— ¡Bajad las armas! —gritó un policía hacia ellos.

— Están con nosotros —Shinichi saltó el cercado y se puso delante del hombre—. Son de los nuestros.

El policía afirmó con la cabeza y siguió rodeando el cercado para ir a detener a la gente.

— Este está inconsciente —dijo un agente al otro lado.

Asami ayudó a Mamoru a sentarse al suelo y luego sonrió hacia los tres niños. Kizuna y Kazuki se abrazaron a ella con fuerza.

— Ya está, ya está —Asami sonrió acariciándoles el pelo lentamente mientras los dos empezaban a llorar—. Tranquilos, no ha pasado nada.

— Papá está herido —se quejó Kizuna sollozando.

— ¿Por qué no le preguntas si se encuentra bien, entonces? —la pequeña se apartó para ver a Asami—. Hazlo si tanto te preocupa.

La niña se giró para mirar a Mamoru y Kazuki también se soltó de ella y lo miró.

— ¿Estás bien, papá? —dijo Kazuki secando sus lágrimas.

Mamoru sonrió hacia ellos.

— Claro que sí —dijo—. Nada puede contra vuestro padre.

Los dos se quedaron quietos sin saber cómo moverse y Mamoru arqueó una ceja hacia Asami. La chica se rio.

— Podéis abrazarme, no moriré por eso.

— Pero… —los dos niños miraron a Asami.

— Ellos creen que sí —la mujer se rio y Mamoru rodó los ojos.

— Es en serio, ¿cómo les puedes caer tan bien tú, cuándo yo he estado durante más tiempo con ellos? —dijo él. Luego chasqueó la lengua.

— Chicos si os dice que podéis hacerlo es porque él os deja abrazarlo —sonrió Asami—. Pero no lo hagáis muy fuerte, ¿vale? —añadió rápidamente.

Los niños se acercaron a Mamoru un poco dubitativos hasta que finalmente lo abrazaron con miedo de hacerle más daño. Mamoru los rodeó a los dos con los brazos sonriendo, mientras Asami se giraba a Masaru para acercarlo hacia ellos.

— ¿Estás bien, Masaru-kun? —preguntó Asami con una sonrisa.

— Bueno… —Shinichi se acercó a ellos con lentitud mientras el niño afirmaba con la cabeza hacia Asami—. Veo que seguís con mis armas por aquí.

— ¿De qué hablas? —Mamoru lo miró interrogativo.

— Asami sabe de lo que hablo —dijo Shinichi.

— Se refiere a mis armas —dijo ella mirando a Mamoru—. Que por cierto no sé como las tienes tú.

— Miyano me las dio —respondió él—. Me dijo que así no haría daño a nadie y podría interrogarlos. También me dijo algo parecido a que tú querrías que yo las tuviera, o algo por el estilo. No recuerdo mucho lo que dijo, porque dijo muchas tonterías ese día, la verdad.

— Pero eso no responde al motivo por el que tenéis vosotros los anestésicos del Doctor Agasa —dijo Shinichi.

— Pues porque no quería hacer daño a la gente y el agente veintinueve me ayudó a conseguirlas —Asami se rio—. Un reloj no sirve de mucho, pero un arma al menos da miedo a los que ven que los demás caen al suelo.

— Perdona —Shinichi levantó su cabeza con orgullo—. Con un reloj tienes el factor sorpresa.

— Pero solo puedes disparar uno —Asami arqueó una ceja hacia él y Shinichi la fulminó con la mirada.

— Venga, largaros antes de que me arrepienta de dejarte sola de nuevo con este tipo —dijo el mayor señalando a Mamoru.

— Gracias papá —Asami se levantó y miró a Mamoru.

— Estoy bien, estoy bien —Mamoru se levantó con pesadez y los niños se apartaron de él con rapidez—. Ya descansé un poco.

— Mejor, porque debes de conducir tú —dijo Shinichi.

Mamoru rodó los ojos con una sonrisa y se acercó al cercado, con los niños cogiéndose a su jersey con fuerza. Asami cogió la mano de Masaru y tiró de él. Heiji ayudó a Mamoru a pasar por encima del cercado y luego a los niños. Asami pasó por allí y luego cogió a Masaru en brazos, para llevárselo de allí. Los cinco salieron del lugar con pasos rápidos y cogieron el coche de Mamoru que estaba aparcado lo más lejos posible de la puerta. Los tres niños y Asami se subieron detrás. Asami dejó a Masaru encima de sus piernas y ató el cinturón a Kizuna y a Kazuki, para luego atárselo ella rodeando a Masaru.

— Bueno volvemos a la normalidad por unos días, ¿qué te parece? —Asami sonrió hacia el espejo retrovisor para ver a Mamoru.

— Me parece perfecto —Mamoru se rio débilmente y encendió el coche. Sabía el camino que debía seguir, así que se quedaron todos en un silencio absoluto.


Dioses! De repente siento que este capítulo no tiene malvados. Esta semana, andaba viendo las notícias deportivas y hablaban de un jugador de fútbol que un equipo quiere obtener un jugador brasileño. Ellos hablaban de posibilidad de 'compra' del jugador. De repente me dije: ¡los deportes son la única manera legal de traficar con humanos! ¿Qué opináis vosotros? :,(

Den un poco de quesito a este ratoncito: reviews please!

Próximo capítulo: 'Peleas'.