Hellow! Antes de nada... aclaro: onna desu! (Sí, no parece posible, verdad? Pues soy una mujer ¬¬' ). Y disculpen mi retraso, me cogió la gripe de barriga u u
Humana: definitivamente ese es el punto XDDDD es la segunda vez que Mamoru es la damisela en apuros (empieza a parecerse a Daphne (?) XD) bueno, que te de miedo JAJAJAJAJAJAJAJA porque el nombre lo dice todo (?) JAJAJAJAJAJAJA
d. S. Laxus: jajajaja me alegro de que te guste. Gracias por tu review, y aquí tienes la continuación.
18 de Mayo (3 días para la publicación de Aiko).
Por los Años IV: inicio de la tercera generación
Peleas
En cuanto llegaron a la casa del pequeño, Asami salió con Masaru del coche, y lo llevó en brazos hasta la puerta. Kizuna y Kazuki se desataron los cinturones ellos solos y los siguieron con preocupación. Mamoru hizo lo mismo. El timbre sonó y no tardaron en escuchar pasos apresurados hacia la puerta. Una mujer bajita de ojos negros y pelo peinado en un moño abrió la puerta con cara de cansancio.
— Masaru… —Asami dejó al niño al suelo que se abrazó a su madre con rapidez—. Masaru…
Kizuna cogió la mano de Asami y ella la miró sonriendo. La niña observaba preocupada como la mujer lloraba mientras abrazaba a su pequeño hijo. Asami se arrodilló al lado de Kizuna, haciendo que la mirara.
— Kyouko, por favor, ¿qué haces? —un hombre apareció por la puerta con aire cansado e igual a Masaru—. Hattori-san, ¿qué ha pasado? —Asami miró detrás de ella. Mamoru estaba de pie cogido de la mano de Kazuki—. ¿De qué son esas heridas?
— Les dije que les devolvería a su hijo, costara lo que costara —susurró él con una sonrisa.
El hombre entonces miró a su mujer, que seguía llorando. Vio el pelo del niño envuelto por el gran abrazo de la mujer. Las piernas del hombre flaquearon y se abrazó a los dos.
— Masaru… has vuelto…
— Kizuna —Asami puso a la niña delante de ella para poderla abrazar por detrás mientras susurraba a su oído—. Mira bien a esta gente, mi amor. No hay ningún padre o ninguna madre que diga que sus hijos son una molestia. Porque les duele mucho saber que les pueda ocurrir algo malo.
— Kizuna no entiende —la niña la miró con tristeza.
— Kizuna ya lo hará —Asami le removió el pelo levemente.
— Mamá, duele —se quejó la voz de Masaru.
— Perdona —la mujer se apartó de él al igual que el hombre, que intentó esconder que estaba llorando, medio ruborizado—. ¿Estás bien?
El niño afirmó con la cabeza.
— Gané el combate —dijo orgulloso con una sonrisa—. Aunque espero que Hiroki-kun esté bien.
— Lo está mi amor —la mujer le apartó un poco el pelo grasiento de la cara—. Vamos entra a dentro —la mujer empujó levemente al niño y luego hizo señas al hombre para que lo acompañara. El hombre ni siquiera se giró a despedirse mientras se cubría la cara y seguía a su hijo—. Hattori-san, gracias —susurró la mujer mientras hacía una reverencia ante él.
— Bueno, el mérito lo tiene más ella que yo —se rio Mamoru señalando hacia Asami—. Yo lo único que he hecho ha sido golpear con la cara las manos de esos tipos.
Asami suspiró largamente mientras se levantaba.
— Ya te vale, dejar que te golpearan —se quejó.
— No dejé que me golpearan —Mamoru intentó sonreír, pero el labio partido le impidió volver a hacerlo de nuevo—. He dicho que los golpeé con la cara.
— Sí, claro —Asami arqueó una ceja mientras se cruzaba de brazos—. El que dijo que me protegería no sabe defenderse a sí mismo.
— Sí, atrévete a decirme como entraste —Mamoru arqueó una ceja con enfado.
— Usando mis encantos, como no —dijo ella.
— Sí, por supuesto tenía que ser con eso —dijo él—. Porque no creo que entraras luchando.
— ¿Tú le has ayudado? —la voz débil de la mujer interrumpió su pequeña discusión que empezaba a preocupar a Kizuna y a Kazuki.
— No me siento precisamente orgullosa de lo que he hecho hoy, señora, así que no me pregunte por favor cómo lo he hecho —respondió Asami con tristeza.
— ¿No eres Kudo Asami? —preguntó ella secando sus lágrimas.
— Así es —Asami afirmó con la cabeza levemente.
— Gracias a los dos, de verdad —la mujer volvió a hacer una pequeña reverencia, temblando. Asami le puso una mano al hombro para intentar tranquilizarla.
— Señora —Asami bajó la mirada hacia los niños mientras ella se incorporaba y luego la miró—. No sé exactamente la situación de su familia y mucho menos entiendo acerca de ser madre. Estuve encerrada en un laboratorio en donde cuidaban de Kazuki por mí, hasta que se lo llevaron de allí. Ni siquiera llevo una semana siéndolo. Pero he sido hermana en una familia en donde los problemas como estos venían solos. Así que déjeme aconsejarle una cosa antes de irme con mi familia —la mujer la miró preocupada—. Mucho me temo que Masaru va a necesitar ayuda. Yo, estando en ese lugar, recibía muchos golpes, ¿sabe? Kazuki solo me veía así y… —Asami miró a Mamoru con tristeza—. Hubo un tiempo en que Kazuki creyó que pegar a mamá era lo que se debía hacer. No podía culparlo por eso, ¿sabe? El pobre niño había crecido viendo eso, día tras día —Asami volvió a mirar a la mujer y sonrió—. Masaru, se ha pasado unos días golpeando a un niño e intentando golpear a dos más hoy, porque le decían que si no, no podría volver a ver a sus padres. Pude ver, por el miedo que me tenía en cuanto disparé anestésicos con una pistola de aire comprimido a algunas de las personas que allí había, que Masaru es un buen chico. Estoy convencida de que lo será, pero mejor manténgase alerta a la reacción de su hijo y no deje que eso lo cambie. Porque podrá ser muy buena persona cuando crezca y si pasa eso, será algo digno de admirar.
— No quiero dejar que Masaru se dé cuenta de que mató a ese pobre niño —dijo la mujer sonriendo con tristeza—. No quiero que crezca pensando que es un asesino.
— Llévenle a algún lugar en dónde le puedan decir que eso no sucedió —Asami sonrió—. Porque estoy convencida de que él sigue pensando eso. Pero ya sabe —Asami cogió la mano de Kizuna y sonrió—. La mente de un niño puede ser muy débil y si los adultos no nos damos cuenta de lo que tiene en ella, si las malas lenguas pretenden haceros daño, ese niño podría venirse abajo. Se lo pido por Masaru-kun, ayúdenle a que olvide esto y que pueda sonreír siempre así, ¿vale?
— Lo tendremos en cuenta —respondió ella—. De nuevo, gracias.
— Bueno, vamos tú y yo, que a nadie más que a ti se le ocurre golpear la mano de alguien con la cara —Asami se giró y empujó a Mamoru hacia el coche—. Ha sido un placer ayudarles —añadió mirando un momento a la señora.
— Por puro interés propio —respondió Mamoru entre dientes.
— ¿Dijiste? —Asami elevó sus cejas con una sonrisa maliciosa.
— Nada, nada —Mamoru sonrió mientras abría la puerta para que Kazuki y Kizuna volvieran a entrar.
Asami miró de nuevo hacia la casa. La madre había cerrado la puerta para irse con su marido e hijo.
— Eso sí que no me lo esperaba —dijo Mamoru interrumpiendo sus pensamientos y haciendo que Asami lo mirara—. Kudo Asami es alguien que siempre recibe consejos, jamás los da y menos en temas en los que no sea muy experta.
— Con menos de una semana he tenido suficiente para aprender —dijo Asami con una sonrisa—. He podido ver cómo son los buenos niños.
— No son tan débiles como crees —Mamoru sonrió como pudo mientras cogía su mano para atraerla hacia él.
— Viste sus caras mientras estábamos discutiendo, no puedes negar eso —dijo Asami.
— Sí, tengo que decir que estaban preocupados por ello —afirmó Mamoru.
— Por eso mismo son débiles de la mente —Asami sonrió con tristeza—. Tenemos que ayudarles a entender que eso es lo normal en nosotros.
— Ya, bueno, pero antes… —Mamoru la rodeó con una mano dispuesto a besarla, pero Asami le puso un dedo encima de la herida del labio y apretó un poco—. Oye, que duele —se quejó él.
— No me vas a besar hasta que tu herida esté al menos limpia —dijo ella con una sonrisa—. No quiero contagiarme con tu estupidez.
— No fue estúpido, fue heroico —se quejó él.
— Lo que tu digas, señor gran detective —Asami subió al coche con los niños y se sentó entre los dos. Mamoru cerró la puerta en un suspiro—. No os preocupéis —dijo Asami con una sonrisa mientras Kizuna y Kazuki cogían sus manos preocupados—. Mamá y papá discuten porque se quieren y no quieren que les hagan daño —Mamoru subió al coche y Asami ató el cinturón a los niños y luego se lo ató a sí misma—. Vamos a curar las heridas a papá, ¿vale?
— Sí —los dos afirmaron con la cabeza mientras gritaban sonriendo.
— Ni se os ocurra —se quejó él—. Sé cuidarme solo.
— No, mi amor —Asami habló con un tono de amenaza—. Estás herido y tienes que dejar que te curen los demás.
— Auxilio —Mamoru empezó a conducir.
— No te preocupes, cuidaré muy bien de ti.
— No si me lo supongo —dijo él forzando una sonrisa que solo le provocó más dolor en el labio—. Pero no sé si lo estás diciendo con amor o con otra idea en tu mente.
— ¿Cómo puedes dudar de que lo digo con amor, Hattori? —Asami se cruzó de brazos.
— Asami te dije que no pasaría nada —se quejó él.
— Y no ha pasado nada —Asami sonrió—. No te han encerrado en una celda con un televisor que retransmitía una lucha de boxeo con el árbitro incluido en la pelea; tampoco te han dado una paliza dejándote herido por todos lados; ni me has matado de preocupación cuando no respondiste a las llamadas de nuestros padres.
— ¿Por qué noto un tono de ironía en tu voz? —preguntó Mamoru con miedo—. Es en serio que no ha pasado nada.
— Mamoru —Asami sonrió con malicia—. Voy a hacerte una pregunta y vas a responderme con sinceridad. Así que sin pensártelo dos veces vas a responderme un sí o un no. Porque los niños me dirán la verdad así que no puedes negarte a eso —Mamoru tragó sonoramente mientras la miraba unos instantes por el retrovisor—. ¿Te han herido estando tu solo con los niños?
— ¿Tres? —Mamoru preguntó forzando otra sonrisa.
— ¿Tres qué?
— Tres veces —dijo él.
— ¿Contando la de hoy? —Asami sonrió con malicia. Él negó con la cabeza—. ¿Estás seguro de que han sido solo tres?
— Bueno, tal vez un par más —dijo él aguantando la sonrisa. Asami arqueó una ceja—. Bueno, tal vez unas cuantas más. No recuerdo.
— Kizuna tiene contadas unas catorce veces —dijo la niña con una sonrisa inocente—. Con la de hoy ya son…
— Quince —dijo Asami ayudándola—. Mira si hiciste aprender los números a la niña con tu estupidez.
— Asami, por favor —Mamoru rodó los ojos mientras llegaban a los límites de la ciudad con el coche.
— Olvídalo —Asami bajó la mirada a los pies con tristeza mientras notaba que Kazuki se apoyaba a su brazo—. Pero no te hagas más daño, ¿vale? No puedo perderte.
— No lo harás —Mamoru sonrió—. Además, puedo decir lo mismo de ti. Porque huiste hace cuatro años, en vez de intentar luchar por ello.
Ella no respondió nada. Acarició la mejilla de Kazuki con una sonrisa triste. Recordar aquél día le dolía en el pecho. Sí, ese día decidió huir y no enfrentarse ante el Laboratorio, pero ella los había visto luchar y sabía de lo que eran capaces. Además de que se sentía avergonzada en ese momento y aterrada por el futuro que podría esperarle al lado de Mamoru después de aquello. Por eso había decidido no enfrentarse a lo que viniera y decidió dejar que se la llevaran de allí. Así al menos no haría más daño a Mamoru. Porque una cosa estaba clara y era que desde que le había contado acerca de lo que Jun le había hecho, Mamoru la miraba con una tristeza que le provocaba demasiado dolor a ella. Aunque él no se diera cuenta de eso.
— Porque te dolió… —susurró ella casi sin voz. Mamoru la escuchó claramente por el silencio del coche, pero no dijo nada.
'Eso realmente no es una excusa' pensó Mamoru mientras salía del camino para llegar hasta la casa. Por primera vez se había mordido la lengua. En pocos minutos llegaron al lugar y Mamoru detuvo el coche. Los dos niños bajaron en seguida y tiraron de Asami hacia dentro de la casa.
— Y volvimos a la normalidad por unas horas, ¿qué te parece? —Mamoru sonrió ampliamente hacia ella. Ella no respondió. Entraron los cuatro en la casa, viendo que la policía ya había recogido todo y les habían dejado todo en su sitio—. ¿Estás bien? —Mamoru la miró de arriba abajo. Ella afirmó con la cabeza débilmente.
— Vamos a curarte, ¿vale? —Asami habló casi sin voz.
— Claro —Mamoru sonrió hacia los niños—. ¿Podéis ir a buscar el botiquín, por favor? —los dos afirmaron con la cabeza y se apresuraron hacia el baño—. ¿Y bien? Sácalo de una vez.
— ¿El qué? —Asami lo miró confusa.
— Lo que te pasa por la cabeza —dijo él—. No estás precisamente feliz que digamos —Mamoru rodó los ojos—. ¿Exactamente qué es lo que te ha pasado por la cabeza, si se puede saber?
— Te dije que era una mala idea que yo estuviera con vosotros —dijo Asami en un susurro. Mamoru se mantuvo en silencio mientras la miraba con enfado—. Todo esto no debería de haber pasado. Justo cuando le decía a tu padre que me sentía feliz de estar con vosotros y entonces os pierdo a los tres en menos de media hora. No puedo aguantar esto. Prefiero irme sabiendo que estáis a salvo que quedarme y veros sufrir por mi culpa.
— ¿Sabes? —Mamoru decidió interrumpirla antes de que dijera algo de lo que ella se arrepintiera—. Una de las ventajas de ser detective es que no se creen en las maldiciones o casualidades. Las cosas pasan por un motivo y no hay vuelta atrás —Kizuna y Kazuki estaban volviendo, pero los dos se quedaron a medio camino viendo como Mamoru alzaba la voz—. No creo en la culpa tuya precisamente sino de esos desgraciados que creíamos que habían muerto hacía dos años.
Asami suspiró.
— Si eso es lo que crees adelante.
— Asami no es culpa tuya.
— ¿Cómo puedes saberlo con tanta certeza? —preguntó ella—. Estoy convencida de que esta relación no va a ningún sitio bueno. Nos separaron cuando empezábamos a ser muy buenos amigos. Vuelvo y tengo que huir por culpa de Jun y cuando consigo volver de nuevo, resulta que ese maldito no se ha dado por vencido —Asami bajó la mirada con tristeza—. Pierdo la memoria haciendo que nos tengamos que separar de nuevo y cuando la recupero ese maldito de Jun hace que me odie a mi misma por culpa del… —levantó el brazo señalando hacia el pasillo y dándose cuenta entonces de que los niños los estaban mirando—. Olvídalo —ella bajó la mirada de nuevo—. Solo me estoy preocupando demasiado.
— Sácalo de una vez —pidió Mamoru mirándola con tristeza—. Por favor, hazlo antes de que vaya a peor.
— No, no quiero hacerles más daño.
— Asami —Mamoru le puso una mano encima del hombro y ella se apartó de él. ¿Por qué tenía que ser tan cruel su vida? ¿Por qué veía cada vez más que en realidad nunca podría estar bien con él? Mamoru rodó los ojos y se giró hacia los niños—. ¿Podéis dejarnos a solas un segundo, por favor?
— ¿Cuándo es un segundo? —preguntó Kazuki preocupado.
— No os preocupéis —Mamoru sonrió tristemente—. Papá vendrá a buscaros cuando terminemos de hablar, ¿vale? Id a jugar a la habitación de Kizuna, vamos —la niña dejó al suelo el pequeño botiquín y los dos se alejaron de allí con pasos lentos. Mamoru los vio alejarse lentamente por el pasillo y luego se giró hacia Asami—. ¿Es eso? ¿Te odiabas? ¿Por eso fui el último en enterarme y por eso no comías? —ella bajó aún más la cabeza sin responder—. ¿Por qué?
— Lo si-en-to —susurró ella casi sin voz, notando como se le quebraba a cada sílaba.
Mamoru se mordió el labio mientras la veía. Estaba por llorar pero ella seguía aguantando.
— Continúa, por favor —pidió él. Ella negó con la cabeza mientras notaba que sus lágrimas empezaban a caer—. Dijiste que porque me dolió, ¿qué exactamente? ¿Saber que los niños no eran míos? ¿Saber que crecían más rápido de lo habitual? ¿Saber que te lo habías callado porque creías que me dolería conocer lo que te preocupaba? No sé cuál de las tres es peor, la verdad.
— No es eso —Asami lo miró casi llorando—. Esa noche, te forzabas a tocarme porque sabías que necesitaba que me ayudaras, pero me evitabas mirar a los ojos. Ni siquiera… ni siquiera sé si fue porque mataste a Jun, pero de algún modo me evitabas. Te dolió tanto que no querías mirarme.
— ¡Claro que me dolió! —dijo él desesperado, elevando su voz más de la cuenta y asustándola a ella—. ¡Por favor! ¡¿A quién no le dolería algo así?! —Asami empezó a soltar sus lágrimas con más fuerza. Se había asustado de la impulsividad del chico esta vez—. Y me duele más verte llorar, así que por favor no lo hagas —añadió en voz baja. Se había dado cuenta de que la había asustado—. Perdona, sabes que me cuesta aguantar mis impulsos —él desvió la mirada unos segundos, removiéndose el pelo con desesperación.
— Decidí no luchar contra el Laboratorio, porque sabía que me estabas odiando —Asami suspiró—. Deseaba alejarme de ti para intentar al menos quitármelos de mí. Pero el Laboratorio se dio cuenta de lo que pasaba y…
— No te dejaron terminar con ellos —Mamoru terminó la frase por ella—. ¿Y?
— Cuando las cosas empiecen a ir bien pasará otra cosa que nos mantendrá alejados de nuevo —Asami suspiró—. ¿Por qué no puedes ver que esto nos va a hacer más daño a todos?
— Porque el daño lo compensa si luego podemos seguir siendo felices —Mamoru sonrió con tristeza—. Lo puede compensar. Míralos Asami —Mamoru levantó la mano hacia el pasillo—. Hemos conseguido hacer algo precioso y que te han echado de menos sin ni siquiera conocerte. No te han rechazado y eso es por lo que compensa.
— ¿Y lo compensará realmente su sufrimiento, Mamoru? —Asami se acercó un poco a él para encararlo mientras se secaba sus lágrimas—. ¿Realmente puede compensarlo esto? Si ellos son los heridos.
— No ha pasado nada y no tiene porque pasar —la interrumpió él.
— Pasará —Asami desvió la mirada de él—. Ten por seguro que lo hará —luego volvió a mirarlo—. Pasará y si es como lo que ha pasado en mi familia, ten por seguro que no será algo fácil de olvidar para ellos.
— Asami, que hayas pasado por cosas que te hayan dado realmente miedo, no significa que…
— No estoy hablando solamente de mí, Mamoru —Asami rodó los ojos—. Mi hermana mató a su madre porque su padre le obligó a apretar el gatillo. Mi padre tomó un veneno que por poco no le mata y que le dolía a cada cosa que hacía. Mi madre tuvo que aguantar las mentiras de mi padre cada dos por tres que le dolieron mucho cuando ella supo la verdad y Yoh… él se calló mientras yo me venía abajo, se lo calló todo por miedo a que le sucediera a él —Mamoru se mantuvo callado mirándola—. Mi familia está siempre en esto.
— Pero aún así habéis sido felices —dijo él con una sonrisa—. ¿Por qué no tú?
— ¿Por qué no yo? —Asami sonrió con ironía—. Buena pregunta.
— Asami, no sé tú, pero yo soy feliz ahora mismo solo estando a tu lado —Mamoru bajó la mirada al suelo un poco ruborizado—. Si realmente tú no sientes lo mismo, entonces es mejor que lo dejemos antes de que podamos hacerles daño a ellos.
— ¡No! —ella gritó con nerviosismo—. ¡No es eso! ¡No te to…! —se calló bajando la mirada y Mamoru sonrió mirándola—. Yo… so-solo… —Asami levantó la vista hacia él—. No tiene gracia —se quejó. Él afirmó con la cabeza—. Ni la más mínima —Asami notó como lentamente se estaba ruborizando—. ¿Por qué te hace tanta gracia?
— Porque así al menos te he visto avergonzada de nuevo —se rio él.
Asami arqueó una ceja claramente enojada. Recogió el botiquín y tiró de él para sentarlo al sofá.
— No es bueno que cures a alguien estando enfadada con ese alguien —se quejó él.
— Te aguantas por eso —respondió ella con una sonrisa llena de malicia.
— ¿Qué me aguan…? —Mamoru la vio ponerse delante de él mientras abría el botiquín—. ¡Kazuki! ¡Kizuna! ¡Ayudadme!
Asami sonrió.
— Pero si solo estoy curándote —sonrió ella. Los niños llegaron corriendo y los miraron sorprendidos—. ¿Venís a ayudarme?
Los dos afirmaron con la cabeza y se acercaron corriendo a ellos.
— ¿A qué a caer? —Mamoru arqueó una ceja.
— No a eso ya me ayudo yo solita, gracias —respondió ella.
Mamoru la cogió de las manos y le golpeó detrás de las rodillas con los pies con mucha suavidad, desequilibrándola. Tiró de ella y la dejó tumbada encima del sofá, poniéndose él encima de ella.
— ¿Pero qué haces?
— Me debes al menos un beso, por hacerme decir cosas que no quería decir —se rio él.
— Ya te dije que no te besaría hasta que te limpiases eso —respondió ella.
— Oh, ¿seguimos por aquí? —Mamoru la cogió de las muñecas y la besó en la mejilla.
— No hagas eso —se quejó ella medio riendo—. Me haces cosquillas, idiota. Suéltame.
— Ni lo sueñes —Mamoru sonrió—. Conforme sigas negándote a besarme peor lo tendrás.
— Oye, que aquí podrías hacerte daño tú y lo sabes —se rio Asami.
— ¿Por qué soy el que está encima? —Mamoru arqueó una ceja mientras la besaba en el cuello.
— Deja de hacer eso —se quejó ella aún sonriendo—. Por favor, que los niños están mirando.
— ¿Y? —Mamoru miró hacia ellos que los estaban mirando completamente confundidos—. ¿Me ayudáis a hacerle cosquillas a mamá? —preguntó él.
Los dos sonrieron mientras lanzaban un grito afirmativo.
— No se te ocurra —Asami fulminó a Mamoru con la mirada—. Hattori que te la juegas, que estás tú arriba y sabes que no reacciono muy bien con las cosquillas.
— No me harás daño —sonrió Mamoru soltándola de las muñecas para poner sus manos encima de su barriga. Los niños se acercaron y le pusieron también las manos encima.
— Detente —Asami lo miró preocupado mientras los tres empezaban a hacerle cosquillas. Asami se rio. Su risa era demasiado contagiosa y todos terminaron riéndose con ella. En poco tiempo, Asami se incorporó abrazándose a Mamoru y todos se detuvieron—. Basta, por favor.
— Me vale un abrazo, gracias —dijo él.
— Cállate, anda —ella se apartó y lo empujó levemente, hasta que el chico se sentó encima del sofá de nuevo—. Vamos a curarte que será peor cuanto más esperemos.
— Pero sin estar enojada conmigo, por favor —se quejó él.
— ¿Cómo podría enojarme contigo? —Asami apoyó su cabeza en su hombro y cerró los ojos por unos segundos. Él la rodeó con un brazo y sonrió hacia los niños.
— No tengas miedo de lo que venga, Asami —Mamoru habló con un hilo de voz y una sonrisa llena de ternura. Ella se apartó para mirarlo—. Si sigues temiendo el futuro, vas a perderte muchas cosas de ellos, y creo que ya te has perdido demasiadas.
Asami afirmó con la cabeza y sonrió tristemente.
— Perdóname, Mamoru. Sigo sin estar segura de todo lo que me rodea. Yo… —Asami miró hacia los niños—. Yo lo intentaré.
— Está bien —Mamoru sonrió levemente—. Me vale con que lo intentes. Pero por favor no intentes ocultarme tus sentimientos, porque esto me duele aún más.
— Te quiero —ella lo miró sonriendo.
Mamoru se rio mientras la rodeaba con un brazo por detrás del cuello.
— Este precisamente no es que lo ocultes mucho —dijo apoyando su frente con la de ella—. Pero me vale con que lo repitas una y otra vez —la besó en la frente sonriendo—. Yo también te quiero, Asami, y mucho —dijo. Los dos sonrieron mirándose. La última palabra la habían dicho a la vez y era extraño en ellos.
Se quedaron en silencio, y Asami aprovechó para coger el botiquín del suelo y ponerlo encima de su regazo.
— Vamos —sacó un trocito de algodón y le puso alcohol en él. Kizuna cogió el tapón del pote y olió el contenido.
— Huele bien.
— Sí, pero duele un montón —se quejó Mamoru mirándolos mientras Asami le ponía el trocito en una herida en su mejilla.
— No te quejes —se rio Asami mientras Mamoru veía a Kazuki olfatear el tapón también.
— Kazuki eso no se come —dijo Mamoru sabiendo la reacción del niño.
— ¿Por qué no?
— Porque te dolerá la barriga si lo haces —dijo él viendo que el niño cogía el pote del regazo de Asami.
— ¿Solo por eso?
— Ni se te ocurra —Mamoru arqueó una ceja ante las tentativas del niño de reírse de él.
Kazuki echó a correr con el pote entre sus dedos mientras Mamoru empezó a perseguirlo.
— Esto no va a terminar nada bien —dijo Asami rodando los ojos.
— ¿Por qué? —Kizuna la miró con curiosidad.
— Porque terminará el pote entero encima de tu padre —dijo Asami sonriendo.
Como si estuvieran viendo un culebrón, terminó sucediendo. Kazuki se giró para encarar a Mamoru, pero sin darse cuenta apretó el pote, haciendo salir disparado un chorrito que rozó las heridas del hombre. Asami suspiró mientras cubría los oídos de la pequeña. Mamoru se quedó quieto mientras Kazuki se reía a carcajadas de él. Justo entonces, Mamoru perdió los estribos. Aumentando su voz y sus palabras de un vocabulario muy intenso de maldiciones e insultos, el hombre cogió el pote de las manos del niño y volvió a sentarse en el sofá. Kazuki lo miró completamente confundido esperando escuchar algún castigo por parte del hombre, pero no hubo ninguno. Se acercó a ellos con lentitud y se escondió detrás de Kizuna.
— ¿Terminaste? —Asami sonrió hacia él.
— ¿Te hace gracia? —preguntó él.
— No me río de ti sino de tus reacciones y tu amplio vocabulario en varios idiomas —Asami sonrió mientras destapaba los oídos de la niña—. No sé cómo no pensaste en ello. Sabes que los juegos con niños siempre son iguales —se rio ella—. Además, si juegas con fuego te acabas quemando.
— Sí, lo dice la que se quemó con eso —se quejó Mamoru quitando el tapón de las manos de Kizuna y tapando el pote con fuerza.
— ¿Eh? ¿Mamá se quemó? —Kizuna miró a Asami sorprendida.
Asami se levantó del sofá y se puso delante de Mamoru con un trocito de algodón seco para secarlo. Levantó se barbilla con un dedo y le puso el algodón en los labios sonriendo con tristeza.
— Sí, hace ya mucho tiempo —respondió Asami—. Por eso mamá le teme al fuego…
— ¿Pero el fuego no era algo bueno? —preguntó Kizuna mirando hacia Kazuki, que afirmó con la cabeza.
Asami frunció el ceño y Mamoru levantó una mano.
— Les han contado la prehistoria y cuando llegó el fuego y bueno, no hace falta decirte que tienen la memoria de los dos —respondió él.
Asami desvió la mirada hacia ellos dos y sonrió.
— El fuego es bueno, pero es algo que puede hacer también mucho daño —respondió Asami—. Por eso mismo mamá lo teme.
— ¿Te hizo mucho daño? —preguntó Kazuki.
— Kazuki vio las heridas de mamá, ¿no es cierto? En la espalda —dijo Asami volviendo a mirar a Mamoru.
Kazuki afirmó con la cabeza ante la atenta mirada de Kizuna.
— ¿Entonces el fuego hizo daño a mamá?
— No el fuego —respondió Mamoru ante las preguntas de la niña—. Alguien le hizo daño a mamá, con fuego y con muchas otras cosas.
— Y papá no pudo proteger a mamá entonces, porque mamá estaba muy lejos de él —terminó el niño—. O eso le dijo mamá a Kazuki.
— ¿Lo sabía? —preguntó Mamoru.
— Sí, me vio las heridas y empezó a preguntar, así que tuve que decirle —respondió Asami. Mamoru la cogió por las piernas para atraerla hacia él—. ¿Qué haces?
— Lo que la última vez que me curaste las heridas no pude hacer —sonrió él.
Asami apartó el algodón de sus labios y lo besó sonriendo. Por una vez sus labios olían a limpio y a hierro a la vez y eso le dejo un gusto un poco amargo en su boca.
— ¿Y quién fue el que hizo daño a mamá? —preguntó Kizuna preocupada.
— No te preocupes por él —se rio Mamoru mirando a la niña—. Ya no puede hacerle más daño a mamá.
— ¿Por qué? —preguntó Kizuna.
— Se cruzó con tu padre y ya no pudo hacer más daño a mamá —respondió Asami apartándose de su prometido y arrodillándose delante de la pequeña—. ¿Sabes? Mamá tiene miedos.
— ¿En los sueños? —Kizuna la miró con ojos tristes y Asami negó con la cabeza.
— Mamá tiene miedos reales —respondió ella—. Mamá no puede estar cerca del fuego, porque el fuego se llevó a unas amigas suyas y le hizo daño a ella. Cuando está cerca del fuego le cuesta respirar y no puede pensar en nada. Papá tuvo que sacar a mamá una vez arrastrándola porque mamá no podía ni siquiera andar.
— ¿Tenía daño en los pies? —preguntó la pequeña.
— No es eso, Kizuna —Mamoru sonrió poniéndole una mano encima de la cabeza—. Cuando alguien tiene mucho miedo de algo, su cabeza le dice que debe huir, pero sus pies no se mueven por el mismo pánico. Kizuna tuvo miedos en los sueños en que papá la dejaba, ¿no es cierto? ¿Cómo te sentiste en el sueño?
— Como si no pudiera andar —dijo ella entendiendo lo que él le estaba diciendo—. Porque tenía miedo…
— Exacto —Mamoru sonrió tristemente—. Así como Kizuna tiene miedo de que mamá no esté a su lado o papá la abandone, mamá tiene miedo del fuego y de los sitios muy pequeños.
— ¿Muy pequeños? —esta vez el que preguntó fue Kazuki.
— Ese chico que le hizo daño a mamá, hubo otra cosa que le hizo —respondió Asami—. ¿Sabéis lo que son los ataúdes?
— ¿En dónde ponen a la gente que ha muerto? —preguntó la niña observándola.
Asami miró a Mamoru que levantó rápidamente las manos a modo defensivo.
— A mí no me mires —se quejó—. Creo que fueron los Kuroba los que les dijeron eso.
Asami rodó los ojos. Tampoco le extrañaba, siendo que ellos eran hijos y nietos de detectives.
— Así es —respondió Asami con tristeza mirándolos de nuevo—. Mamá fue encerrada allí un tiempo más tarde del incendio. Junto con una de las amigas que había muerto allí. Mamá pasó mucho miedo, por eso prefiere ir por las escaleras antes que los ascensores.
— Si tiene que ir a un sitio cerrado, mamá también se queda muy quieta y asustada —añadió Mamoru—. Por eso, papá le da la mano cuando están en sitios así, para que mamá no sufra.
Kizuna miró a Mamoru con ilusión mientras que Kazuki lo miró con la ceja arqueada.
— No hacía falta ese detalle —se quejó Asami mirándolo de reojo.
— Si algún día pasa algo como esto y papá no está, prometedme que ayudaréis a mamá —sonrió Mamoru sin hacer caso de las palabras de ella.
— Claro —dijeron los dos a la vez sonriendo.
— De acuerdo, ¿podéis traer hielo de la cocina, por favor? —dijo Asami sonriendo con tristeza—. Terminaremos de curar a papá, ¿vale?
Los dos pequeños afirmaron con la cabeza y se alejaron corriendo hacia el frigorífico. Asami se levantó de nuevo y se puso delante de él mirándolo. Le cogió con una mano de la barbilla y con la otra le tocó con el dedo meñique el labio con suavidad. Asami notó como Mamoru apretó los dientes bajo su mano.
— ¿Estás bien? —preguntó al verlo.
— Sí.
Asami se rio débilmente. Como siempre el orgullo del chico sobresalía por encima de la verdad. Le tocó la mejilla también con el dedo meñique y notó la mano de Mamoru aferrarse a su jersey. Luego le tocó el ojo izquierdo que empezaba a ponérsele de un color un poco morado.
— Parece que estarás bien, no creo que te hayan roto nada —susurró ella con una sonrisa mientras sus ojos azules se cruzaban con los verdes de él.
Por unos instantes, los dos se quedaron mirando en silencio. Seguían ocultándose cosas entre ellos y los dos lo sabían. Pero así al menos, podrían vivir un poco mejor entre ellos dos. A Mamoru, realmente le preocupaba que sucediera algo parecido de nuevo y por ese mismo motivo no quería decirlo. Eso supondría no tener confianza en ella y por lo tanto un punto en contra de su relación. Asami quería decirle que nada de eso volvería a suceder, pero tal y como estaban las cosas, lo más probable era que tuviera que volverlo a hacer. Si con ello podía salvarlos, ella jamás lo dudaría. Pero si le decía que eso no había terminado, eso sería pensar de nuevo en algo que estaba en un futuro y que Mamoru tanto odiaba pensar. En esos momentos era mejor ser impulsivo como él y dejar que el futuro se decidiera en pocos minutos y no en días de antelación. De momento estarían bien así: solo así…
Den un poco de quesito a este ratoncito: reviews please!
Próximo capítulo: 'Erick y Natsuki de la CIA'.
