Hellow!
Humana: jajajaja me alegro de que te gustara :) aquí tienes otro capítulo, que te hará preocupar más XDDDDD (que mala soy XDDD)
21 de Mayo (quedan minutos para la publicación de Aiko (sí es de noche aun y no se ha publicado el periódico (?) XD)).
Por los Años IV: inicio de la tercera generación
Erick y Natsuki de la CIA
Asami estaba helada. Tenía que decir que le dolía mucho la cabeza, pero principalmente lo que más le dolía era el frío. Lo tenía metido dentro de los huesos y no parecía querer parar. Tocó el suelo. Estaba demasiado duro. Tardó dos segundos en acordarse de lo que había sucedido.
Flashback
Kazuha la dejó a ella y a los niños en la casa, haciéndole recordar que debía de sacarse el carné de conducir para poder ser un poco útil y no molestar a nadie más. Subió las cuatro escaleras y abrió la casa con la llave, para que los niños pudieran entrar. Pero justo cuando entraron, la puerta se cerró detrás de ellos con un gran estruendo y alguien se plantó delante para no dejarlos salir. Asami lo reconoció en seguida y pareció que Kazuki también, puesto que se puso delante de ella con cara de enfado.
— Bienvenidos —dijo la voz de Frank detrás de una máscara y hablando en inglés.
— ¿Qué dice? —preguntó Kizuna asustada tirando hacia atrás.
Asami se arrodilló y tiró de Kazuki intentando proteger a los dos pequeños. ¿Qué hacía él ahí? Ni siquiera trabajaba ya para ellos, así que ese tipo debía de haber muerto hacía tres años.
— Asami, ¿te acuerdas de mí? —preguntó Frank con una sonrisa a través de esos labios hinchados y esa nariz rojiza, que daba a entender que había bebido vino de nuevo.
— No la llames por su nombre —dijo Kazuki con un tono enfadado y hablando en inglés.
Asami le cubrió la boca para no hacer enojar más al hombre y luego lo puso detrás de ella.
— Kazuki protege a Kizuna, por favor —dijo mientras se levantaba para encarar al hombre—. Kizuna, intenta avisar a papá, por favor…
La niña afirmó con la cabeza y salió corriendo hacia el pasillo. Kazuki la siguió.
— ¿Qué quieres Frank? —preguntó Asami hablando con él con el mismo tono despectivo con el que siempre lo había tratado.
— Si te detengo antes de que publiques algo, me van a aceptar de nuevo y no tendré que seguir huyendo de ellos —respondió él con una sonrisa llena de malicia—. Así que ahora mismo vas a entregarte al Laboratorio.
— Jamás —respondió Asami fulminándolo con la mirada.
— Entonces desapareced de una vez. A ella solo la molestáis —dijo él levantando en una mano una granada aturdidora.
Asami tenía que reconocer que había reaccionado demasiado tarde. Pensando en quién era "ella", no había dejado que su cabeza reconociera la granada a tiempo. Frank la tiró al suelo cubriéndose los oídos y cerrando los ojos y ella se giró, pero no consiguió cerrar los ojos ni cubrirse los oídos a tiempo.
Fin del Flashback
No recordaba nada más, aparte de ver las figuras de Kazuki y Kizuna abalanzándose encima del hombre para evitar que Frank le pusiera un pañuelo cubierto de cloroformo en la boca.
Se incorporó de golpe al recordar eso. Observó a su alrededor. Estaban dentro de una casa completamente destruida, excepto por sus paredes altas y con las puertas y ventanas cubiertas de cemento y ladrillos. El suelo estaba cubierto de malas hierbas y tierra húmeda. Miró al otro lado. Estaba justo en el límite del acantilado. Si se hubiera girado estando inconsciente habría caído debajo, justo en el rompeolas del mar a unos cinco pisos bajo sus pies. El viento sopló de nuevo, recordándole que era de noche y estaba refrescando demasiado. Miró a sus pies. Kizuna estaba lanzando patadas al aire en sueños y Kazuki estaba girándose justo hacia el acantilado. Asustada, cogió las manos de los niños y tiró de ellos con fuerza hacia tierra firme. Los dos se despertaron quejándose en cuanto los soltó. Kizuna se frotó la mano y Kazuki la espalda.
— ¿Estáis bien? —preguntó Asami preocupada.
— Sí… —dijeron los dos a la vez.
— Suerte que no ha pasado nada. Perdonad si os he hecho daño —susurró la adulta con cansancio.
— ¿Qué ocurre, mamá? —preguntó Kazuki mirándola.
— ¿Dónde estamos? —preguntó Kizuna asustada.
— Es cierto —dijo el niño—. ¿Dónde estamos? Esto no es a casa…
— No lo sé —respondió Asami—. Y papá no está con nosotros…
Kizuna se encogió de brazos. Un frío repentino lleno de miedo había recorrido su pequeño cuerpo de arriba abajo.
— Vamos, tenemos que movernos antes de que cojamos más frío —dijo Asami—. Tenemos que encontrar a papá, antes de que se preocupe por nosotros.
Los dos pequeños afirmaron con la cabeza y miraron a su alrededor.
— ¿Y cómo salimos? —preguntó Kazuki.
Como siempre el niño hablaba pocas veces, pero siempre acertaba en las frases que decía.
— Eso es una buena pregunta —Asami se dirigió hacia las paredes de la casa y tocó un poco por encima de ellas. No tenía fuerza para derribarlas. Luego tocó el trozo de cemento y ladrillos de la puerta. Aún estaba mojado, eso significaba que lo habían cerrado hacía poco. Tal vez podría derribar esto. Se apartó un par de pasos y ante la atenta mirada de los niños pateó ese lugar con el máximo de fuerza que tenía. Debía reconocer que le había dolido al pie, pero tal y como había previsto, los ladrillos se desplazaron hacia afuera. Entonces, cuando estaba levantando la pierna una segunda vez, escuchó las barrigas de Kizuna y Kazuki haciendo ruido. Se quedó quieta y los miró a los dos que se ponían las manos en la barriga medio avergonzados. Asami se rio—. Creo que todos estamos sin energías, ¿eh? —los niños no dijeron nada. Ella volvió a mirar hacia la pared y pateó de nuevo, derrumbando algunos ladrillos. Suficiente para que pasaran los tres. Cogió a los dos pequeños de las manos y sonrió con tristeza—. Chicos, no sé qué habrá allá fuera, pero… si está de nuevo el hombre malo, quiero que corráis con vuestras fuerzas hacia un lugar seguro y pidáis ayuda, ¿vale?
— Pero…
— Mamá os protegerá para que papá pueda encontrarnos a los tres, ¿vale? —Asami sonrió ampliamente—. No os preocupéis —dijo al ver la cara de los niños—. Mamá estará con vosotros en seguida —los dos afirmaron con la cabeza—. Mamá saldrá primero —los dos pequeños volvieron a afirmar con la cabeza y ella se levantó.
Asami salió por el agujero y observó a su alrededor. Tal y como había previsto, Frank los estaba esperando al otro lado, apoyado a una furgoneta que parecía que no aguantaría otro viaje, del mal estado en el que se encontraba. El hombre se apartó del vehículo y se acercó a ella con los brazos cruzados.
— ¿Te has decidido a entregarme los documentos, Asami?
— Eso jamás…
.
Mamoru rodó los ojos. Ya hacía doce horas que había vuelto a la casa y allí no había aparecido nadie. Luego, había vuelto de nuevo a la comisaría y se quedó con Shinichi y Heiji, escuchando a Kazuha decirles que los había llevado a la casa. Lo último que le faltaba era que Kikyo apareciera con sus tonterías para ahora decirle que sabía que aquello acabaría sucediendo.
— ¿Qué si se puede saber? —preguntó Mamoru con fastidio.
— Que esa bruja se iría llevándose a los niños con ella —dijo ella con un tono de voz como si hubiera estado claro desde el principio.
— ¿Qué? —Mamoru parpadeó confuso. Normalmente a quién todos llamaban bruja siempre había sido a Sara, así que ahora sí que no entendía nada de lo que le estaba diciendo. Decidió no decir nada y seguir la conversación que mantenían Heiji y Shinichi un poco alejados de ellos.
— ¿Estás acusando a mi hija de algo? —preguntó Shinichi que había escuchado a la chica aunque hubiera hablado en susurros.
— De haberle robado los niños a Mamoru-kun —sonrió ella con malicia.
— Oye, que te quede una cosa clara —dijo Heiji acercando su dedo a ella y con un tono de voz muy autoritario—. No sé cómo te crees que es Asami-chan, pero te aseguro que ella no es de esa clase de personas. Cuando se larga lo dice a la cara y jamás se atrevería a llevarse a los niños con ella. Al contrario, los dejaría aquí porque sabría que con ella correrían más peligro.
— Además no tenía modo de salir de la casa con tanta rapidez —dijo Mamoru—. Solo han sido diez minutos desde que mi madre se fue y yo llegué. No había opción.
— Fue detective, se las sabe ingeniar suficiente —dijo Kikyo sonando convencida.
— Niña que te la juegas —respondió Heiji cruzándose de brazos—. Eso ya es pasarse de insultos hacia mi nuera, ¿no crees?
— ¿Insultos? ¿Cuándo la he insultado yo si se puede saber? —preguntó Kikyo cruzándose de brazos a modo defensivo mientras lo encaraba.
— El primer día vuestras discusiones me parecían agradables e incluso divertidas —dijo Shinichi—. Ahora carecen de sentido.
— ¿Está insultando a tu hija y no dices nada? —preguntó el moreno.
— Asami se sabe defender solita. No necesita que nosotros la defendamos de insultos tan poco creíbles y menos cuando los dicen tan cobardemente a sus espaldas —respondió Shinichi volviendo al lado de la ventana para ver a Kazuha—. Entonces, ¿no recuerdas nada más?
Ella negó con la cabeza arrepentida.
— Cuando me iba por el otro camino vi la furgoneta aparcada en el lado y pensé que tal vez era de alguien que se había perdido o que estaba por el bosque buscando algo, no creí que pudiera ser algo malo —respondió ella—. Había una mujer, pero no le vi bien la cara ni nada, el sol reflejaba demasiado en los cristales. Si me hubiera quedado con ellos…
— ¿Qué hubiera pasado? ¿Hubieras desaparecido con ellos? —preguntó Heiji—. Es mejor que al menos hubiera algún testigo, ¿no?
— ¿Y qué vamos a hacer entonces? —preguntó ella mirando a Heiji—. Asami-chan está muy débil, no creo que pueda con los dos niños sola.
— Asami estaba recuperando fuerzas mamá —Mamoru sonrió—. La vi el otro día entrenando un poco, así que estoy convencido de que podrá arreglárselas. Me preocupa más el lugar en dónde esté o la situación que haya a su alrededor —añadió.
— ¿La situación? —preguntó Shinichi—. ¿Qué situación?
— La situación en que Jun la metió un par de veces —respondió el hijo Hattori—. Esa situación.
— Es cierto, si se encuentra con… —Heiji se calló y miró a Kikyo. No podía hablar delante de esa mujer—. ¿Y cómo vamos a saber dónde está?
— No lo sé —respondió Mamoru—. Supongo que será inútil intentar ver las marcas de roderas o algo por el estilo —chasqueó la lengua y se acercó a la ventana. Las nubes grises estaban empezando a dejar caer gotas de agua—. Así que mejor intentemos buscar testigos de la furgoneta o algo por el estilo. Podemos preguntar a toda la policía que ha salido a la calle. Hay pocas furgonetas que sean de color azul cielo, creo yo.
— Al menos debe de haber unas cinquenta —respondió la voz de Sara al otro lado de la sala. Todos se giraron a verla—. Y la que estamos buscando se iba en dirección sur, pero… —Sara negó con la cabeza—. Ni siquiera pude ver la matrícula del coche, iba demasiado rápida. Tal vez les hayan grabado en alguna cámara de seguridad que grabara las calles de Tokio, pero no lo creo probable, parecía muy seguro de por dónde se metía.
— ¿Cómo sabes que…?
— No preguntes, sabes que soy una bruja con esos temas —se rio Sara, interrumpiendo a Mamoru y mirando hacia su padre que estaba detrás de ella—. Te lo dije, Fire y los niños han desaparecido.
Saguru suspiró largamente.
— ¿Por qué tenía yo que juntarme con tu madre? —preguntó él con una ceja arqueada.
— Ah, reconoce que te gustó que mi madre te ocultara sus poderes —se rio ella.
Saguru rodó los ojos mientras murmuraba algo que parecía una maldición en inglés y luego miró hacia Shinichi.
— ¿Y bien? —preguntó mirándolos a todos—. ¿Qué ha pasado?
— ¿Cómo sabes que son sobre unas cinquenta? —Mamoru frunció el ceño.
— Y eso que sean japonesas, porque si no recuerdo mal, el conductor era extranjero —dijo Sara—. Así que podríais mirar primero si hay alguna furgoneta azul claro que sea extranjera, dentro del país y luego comprobáis las demás.
— Vuelvo a preguntar que cómo…
— Porque esos datos los deberías de conocer —se rio Sara—. Se van actualizando cada semana y se pueden aprender cuando son colores extraños en un vehículo —Sara puso sus ojos encima de Kikyo con una mirada amenazante—. ¿Qué haces aún aquí? ¿No tienes ya la portada? Pues largo de aquí.
— Deberías de ser un poco más respetuosa con la gente, Sara —le advirtió Saguru con una voz amenazante.
— Noté su energía cercana a la de Asami, así que al menos no hace ni un día que estuvieron en contacto —Sara se acercó a ella—. ¿Y bien? ¿Cuándo viste a Asami por última vez?
— No sé de qué me hablas. Además, ¿por qué debería de responderte yo, eh? —Kikyo recogió su chaqueta, su bolsa negra y su paraguas y se alejó de allí a pasos rápidos.
Sara sonrió triunfalmente.
— ¿Qué pasa Sara? —preguntó Saguru.
— Me cae mal —respondió ella encogiéndose de hombros—. No quiero que sepa más de nuestras vidas de lo que debe. De momento creo que Asami está bien, pero ya deben de haberlos llevado muy lejos así que seguramente tardaremos en encontrarlos. Yo no puedo recordar más de esa furgoneta ni de las personas que había dentro. Pero claramente vi a Asami detrás con los ojos cerrados, así que deberíamos de suponer que iba inconsciente.
— Está bien —dijo Mamoru—. Gracias.
— No hay de qué —Sara sonrió y se giró hacia su padre—. Me voy entonces.
— Hasta luego —Saguru suspiró mientras veía como la chica se iba a paso apresurado hacia el ascensor. Takeshi la estaba esperando a la entrada de la comisaría para llevarla a casa de nuevo, cogiendo a un niño entre sus brazos que tenía solo siete meses de edad. Mamoru miró de nuevo hacia la ventana. Si estaban un poco cerca al menos, no deberían de preocuparse por si había fuego a su alrededor. La lluvia ya estaba cogiendo mucha fuerza. Primero Miyano y ahora Hakuba Sara. ¿Quién más iría a ver si estaba bien? Lo raro era que no hubieran llegado los Kyogoku con sus voces más elevadas de lo normal para hacerle olvidar.
.
Asami miró al cielo unos segundos. Las estrellas ya estaban empezando a apagarse debido a la luz del sol. Movió la cabeza para intentar quitar sus pensamientos de la cabeza y echó a correr. Había dicho a los niños que huyeran cuando tuvieran la ocasión y ellos lo habían hecho, pero había tardado demasiado en derrotar a Frank y aún no se sentía con las suficientes fuerzas como para dejarlo inconsciente, solo lo había dejado un poco mareado. Al final del camino de tierra había una bifurcación que iba a derecha o a izquierda. Vio a los niños yendo por la derecha, dirección a una carretera asfaltada. Corrió detrás de ellos y en menos de medio minuto los había alcanzado.
— ¿Estáis bien? —preguntó la chica parándose unos segundos para coger aire.
— ¿Y mamá? —preguntaron los dos al verla después de afirmar con la cabeza.
— Sí, vamos, no podemos detenernos ahora —Asami cogió las manos de los pequeños y tiró de ellos hacia la carretera.
Los dos niños no se quejaron ni se negaron a ello. Los dos tenían miedo de ese hombre que los había dejado inconscientes de solo una patada. Kazuki miró hacia atrás para ver si el hombre les seguía, y terminó tropezándose con sus propios pies.
— Kazuki no mires atrás —pidió Asami—. Si lo haces podría alcanzarnos más rápido—el niño hizo una mueca y luego volvió a mirar hacia delante. No habló. Tanto él como Kizuna se sentían demasiado cansados y hambrientos para decir una sola palabra. Por no mencionar que los tres iban descalzos y, por supuesto, les dolían los pies de andar por la arena y las piedras del camino. Kizuna tropezó y Asami tiró de su brazo con agilidad para que no se diera contra el suelo—. Vamos Kizuna —susurró forzando una sonrisa—. Solo un poco más.
— Mamá, Kizuna no puede… —dijo ella con los ojos llorosos.
— Kizuna si lloras pierdes fuerza —sonrió Asami acariciando levemente su cabeza—. En cuanto estemos en un lugar seguro podremos descansar, ¿vale? Solo aguanta un poco más, por favor… —la niña no habló más, se miró los pies con los ojos llenos de lágrimas y finalmente volvió a andar—. Muy bien, vamos. En seguida podremos estar en un lugar seguro.
En cuanto llegaron al asfalto, Asami se aseguró de que los dos pequeños se ponían en la parte más alejada del paso de los coches y siguieron el camino. Ni siquiera contaba los minutos o los quilómetros que estaban andando. Solo miraba preocupada a los dos pequeños que seguían su paso sin quejarse. Vio unas luces acercarse de un vehículo detrás de ellos. Sin pensárselo dos veces los empujó hacia la cuneta y los protegió con su cuerpo. Pero el coche se detuvo a su lado y el conductor salió asustado, al igual que su compañera.
— ¿Os encontráis bien? —preguntó él acercándose. Asami los miró confundida. Frank no hablaba japonés y menos aún tenía una voz tan suave. El chico que tenía delante le recordaba a alguien que ella había conocido hacía tiempo, pero por alguna razón no podía recordarlo y parecía que el chico tampoco la conocía. Tenía los ojos de un marrón muy claro, casi amarillo, detrás de unas gafas grandes y redondas, el pelo negro muy corto y ordenado en su cabeza. Vestía un pantalón gris, casi negro, una camisa blanca desatada del botón de arriba y una corbata completamente desabrochada. Por encima de su camisa llevaba un chaleco del mismo color que sus pantalones, dando a entender que acababa de salir de una fiesta de etiqueta y que odiaba llevar trajes como esos—. ¿Estáis bien? ¿Puedo ayudaros en algo? —Asami no respondió, mientras miraba a su compañera. Pelo largo hasta media espalda, de color negro, atado con una decoración que parecía muy cara, ojos idénticos a los de su compañero, de un color más negro y llevaba un vestido rosado con purpurina dorada, de palabra de honor, con una falda muy larga. Asami volvió a mirar al chico, intentando leer su mente para averiguar si era alguien con quién pudiera confiar. Ese era un hábito que había adquirido pasando mucho tiempo en las calles de Estados Unidos—. Oh, pequeña estás herida… —Asami miró hacia los niños. Kizuna estaba asustada, mientras se frotaba el codo.
— Perdona Kizuna, te he hecho daño —susurró Asami preocupada. La niña negó con la cabeza aguantando un sollozo.
— Kizuna, tenemos que seguir —susurró Kazuki—. Tenemos que ser fuertes.
La niña afirmó con la cabeza y se levantó sin quejarse mientras frotaba sus mangas en sus ojos para no llorar.
— Vamos mamá. No quiero que el hombre malo nos alcance por mi culpa —susurró ella aguantando sus ganas de llorar.
— ¿Hombre malo? ¿Qué hombre? —la chica miró hacia Asami y ella la volvió a mirar confundida. En realidad no conseguía recordar en dónde había visto a esos chicos, sabía que había visto esos ojos en algún sitio. Del cruce por dónde ellos habían salido, la furgoneta de color azul cielo salió a toda prisa y haciendo curvas de más.
— ¿Es que va borracho este tipo? —preguntó el chico levantándose y poniendo una mano en su cintura. Asami reconoció esa postura. Era alguien acostumbrado a llevar un arma—. Oh, maldita sea —se puso corriendo a dentro del coche y sacó su pistola de encima de uno de los asientos.
— ¿Quién eres? —preguntó Asami mientras los niños tiraban de ella asustados.
— Ah, agente especial —sonrió él ampliamente—. No te preocupes por nosotros, mejor subid al coche y os llevaré a la ciudad —respondió mientras daba un disparo a la rueda del vehículo. La furgoneta giró y chocó contra un árbol cercano—. Vamos subid —tiró de la mano de Asami que se quedó observando el humo salir del capó del otro vehículo, mientras Frank salía de allí agarrándose como podía para mantenerse en pie—. Mi nombre es…
Asami había dejado de escucharlo. Frank se abalanzó sobre ellos con ira en sus ojos. El chico se puso delante de él y lo golpeó con fuerza entre el final de la garganta y el inicio del pecho, haciendo que este cayera al suelo tosiendo con fuerza. Mientras tanto, la chica tiró de Asami y la hizo entrar en el asiento de detrás. Los niños la siguieron. Entonces el chico cerró la puerta y los dos entraron en los asientos delanteros. El conductor aceleró con fuerza y se alejó de allí a toda velocidad. Kizuna y Kazuki hicieron un sonido de asombro mientras veían que se alejaban con rapidez de allí y dejaban a Frank tumbado al suelo intentando recuperarse.
— ¿Estáis bien? —preguntó él sonriendo por el espejo retrovisor.
— Gracias Eri-oniichan —sonrió Kazuki con fuerza.
— ¡Me llamo Erick! —gritó él por encima de los gritos del niño—. ¡Erick!
— ¿Y por qué no Eri? —preguntó el niño.
— Porque mi nombre es Erick —respondió él.
— ¿De dónde es ese nombre? —preguntó el niño.
— Alemania —sonrió el chico con orgullo—. Me lo puso mi madre.
— Ah…
— ¿Quiénes sois? —preguntó Asami de nuevo.
— Mi nombre es Erick, soy agente de la CIA, y ella es mi hermana Natsuki, también es de la CIA —respondió él—. Aunque si lo dices a alguien nos metes en problemas, así que mejor no digas nada, ¿vale? —se rio él guiñando un ojo hacia Asami.
— No, si eso me lo conozco. Yo pertenecí al FBI —respondió ella con un suspiro de cansancio—. Parece que jamás saldré de este mundo, ¿eh?
— ¿FBI? —el chico la miró unos segundos girando la cabeza y luego volvió la vista hacia la carretera—. ¿Cuántos años tienes? Y además ya eres madre…
— No tiene importancia los años que tengo, ¿no es cierto? —Asami habló enojada y medio enrojecida—. Además también puedo decirlo de ti, debes de tener unos veinte.
— Veinticuatro para ser exactos —sonrió él con orgullo.
— ¿Y tú eres más joven…?
— Veintidós —respondió ella.
— Igual que yo. ¿Perteneces a la CIA? ¿También sois uno de los niños afectados por Gin? —preguntó Asami preocupada.
Erick frenó de golpe el coche y se giró para mirarla.
— ¿Qué sabes tú de Gin? —preguntó él.
— Que murió asesinado por un amigo mío del FBI —respondió ella.
— ¿Murió? —el chico palideció.
— Sí, hace ya más de seis años —respondió ella confusa.
— Entonces… —el chico miró a su hermana, negó con la cabeza y luego volvió a girarse para seguir con el camino—. No importa.
— ¿Conociste a Gin? —preguntó Asami.
— No, yo no. Nuestro padre lo conoció —respondió él—. Conoció a ese monstruo de la peor manera posible. Mataron a su padre por culpa de ese maldito y por supuesto nuestro padre intentó de algún modo vengarse de eso. Yo solo seguí sus pasos, porque él me pidió que protegiera a alguien. Pero desapareció hace ya mucho tiempo y no consigo encontrarla.
— Debe de ser duro para ti —se rio ella. Asami acarició a Kizuna en la cabeza—. ¿Estás bien?
— A Kizuna le duelen los pies —susurró la niña moviendo sus piernas con cuidado.
— En seguida llegamos, ¿vale? —sonrió Asami—. Cuando hayamos hablado con papá, mamá te curará, ¿vale?
— Si queréis un teléfono —el chico se puso las manos en los bolsillos y sacó su teléfono móvil—. Aquí lo tie… ¡oh, maldita sea!
— ¿Qué? —Asami cogió el aparato con sus manos.
— La policía —dijo al momento en que se escucharon las sirenas de la policía encendiéndose.
— Ah, por eso no te preocupes —Asami le guiñó un ojo—. Somos amigos de la policía.
— Genial, apuesto a que ese tipo os había secuestrado, ¿verdad? —preguntó Erick en un suspiro.
Asami se rio mientras él detenía el coche a un lado de la carretera. Asami miró a fuera. Ya habían entrado en la ciudad. Pero, ¿cuál?
— No te preocupes, todo irá bien —se rio ella—. Pero mejor esconde la pistola antes de que te vean con ella, que entonces sí que pensarán que nos secuestraste tú.
— Podrías haberlo dicho antes, ¿no? —el chico le dio la pistola a su hermana y ella acomodó la pistola al suelo, luego, Erick puso su mejor sonrisa mientras bajaba la ventanilla del coche—. ¿Qué ocurre, agente?
— ¿Has visto demasiadas películas? —preguntó la voz de Ginshiro.
— Unas cuantas —se rio él con nerviosismo.
— Ah… —los niños se pusieron los dos junto al cristal del coche sonriendo—. ¡Ginshiro-ojiisan!
— Perfecto, estamos en Osaka, lo que nos faltaba —Asami rodó los ojos.
— Kizuna, Kazuki —el hombre miró sorprendido a los pequeños—. ¿Qué hacéis a…? ¡Tú! —miró de reojo a Erick.
— No, Ginshiro-ojiichan —sonrió Asami poniéndose entre los asientos delanteros para ver al hombre—. Erick-san y su hermana, solo nos han salvado, no les detengas a ellos por algo que no han hecho.
— Asami-chan, ¿estás bien? —preguntó el hombre encogiéndose un poco para verla.
— Sí, pero los niños están descontrolados, ya lo ves —se rio ella.
Ginshiro suspiró aliviado y luego hizo señas al conductor del coche patrulla para que viniera.
— Vamos salid —el hombre abrió la puerta mientras Erick tamborileaba con nerviosismo el volante—. Quédate quieto… —le advirtió al chico.
— ¿Qué ocurre? —preguntó la voz de Heizo acercándose.
— Mira quién tenemos aquí —Ginshiro cogió a Kizuna en brazos y la abrazó con fuerza mientras la niña sonreía.
— Kizuna… —Heizo la miró confundido y luego miró el interior del coche—. Pero bueno, ¿qué hacéis vosotros en Osaka? —cogió a Kazuki en sus brazos—. Asami-chan, ¿estás bien?
— Sí, creo —Asami sonrió quedándose en la punta del asiento—. Bueno, os presento a los abuelos de mi prometido, Erick-san y…
— Natsuki —respondió ella haciendo una inclinación de cabeza—. Un placer.
— U-un placer —él sonrió levantando la mano desde la puerta del conductor. Asami pudo ver claramente que no se sentía muy cómodo con la policía.
— Gracias por ayudarnos —sonrió Asami saliendo del coche—. Es mejor que no os metamos más en esto.
— No importa, realmente ha sido un placer —sonrió él guiñándole un ojo—. ¿Podemos irnos ya señores?
— Un segundo, por favor —Heizo lo miró de arriba abajo—. ¿Tienes por costumbre ir a tanta velocidad por la ciudad?
— No. Estábamos huyendo de un tipo loco y borracho que intentaba matar a los niños y a su madre —Erick habló como si le dijera algo sin importancia—. Solo por un día, pensé que sería mejor llegar antes a comisaría de lo previsto.
— Está bien, enton… —Erick salió corriendo del coche después de coger la pistola de debajo del asiento y apuntó hacia el final de la calle en dónde la furgoneta iba dando más curvas de las debidas y esta vez con humo en el capó. Parecía que el coche no iba a detenerse—. ¿Pero qué haces con una pistola?
— Es un agente del Programa Especial de Kyoto —dijo Asami con una sonrisa tímida—. Puede ir armado.
— ¿Cómo que puede? —Heizo miró a su compañero mientras Erick disparaba a la furgoneta y Natsuki salía del coche.
— Este tipo es demasiado persistente.
— No dispares, no sacarás nada aparte de matarlo —informó Asami—. Este tipo ahora mismo no tiene nada que perder. Si no lleva los documentos que yo robé del Laboratorio, los suyos lo matarán. Yo soy su única maza de supervivencia, así que no le importa morir por intentar conseguir su objetivo.
— ¿Y entonces cómo piensas detenerlo? —preguntó Erick arqueando una ceja y cruzándose de brazos hacia ella.
— Con un poco de maña y no tanta fuerza —Asami sonrió—. ¿Por casualidad no tienes una barra, preferiblemente de hierro?
— Tengo armas, no barras —respondió él—. Por eso me preocupa que me pare la policía: soy el que lleva todo de un lado a otro.
— Dijiste que eras de la CIA.
— Jamás dije del Programa ese —añadió él.
— Da igual, eso es un pase —Asami se rio entre dientes—. ¿Por casualidad no tendrías las armas del infiltrado número veintinueve, verdad?
— ¿Por qué siempre ese? —Erick rodó los ojos—. Da la casualidad de que son suyas todas las armas que llevo en el maletero.
— Perfecto —Asami sonrió.
— Ha dicho armas —respondió Natsuki.
— Las del agente veintinueve no son armas —Asami lo miró con las cejas levantadas—. ¿Jamás has disparado sus armas, cierto?
— No, porque él me pidió que no lo hiciera —respondió él—. Así que no pienso.
— ¿Quieres detenerlo? Solo necesitas el rifle y un poco de suerte —dijo Asami señalando hacia la furgoneta que estaba a dos calles de ellos y yendo a mucha velocidad.
— Está bien —Natsuki abrió el maletero y le dio el rifle a Asami—. Pero no lo mates. A ese le odio suficiente, ya.
— No problem —Asami apartó el rifle de ella y cerró un ojo para apuntar con precisión.
— Así no se dispara un rifle, ¿lo sabías? —dijo Erick—. ¿Es que no te enseñaron a disparar?
— Él me enseñó a manejar sus armas, Erick-san. Solo un poco más cerca… —faltaba una calle para que la furgoneta llegara con ellos. Asami disparó. Del rifle salió una flecha con una cuerda y se clavó al capó del coche—. Y ahora, usa tu magia —Asami sonrió hacia Erick mientras volvía a apretar el gatillo. Erick pudo ver claramente como la corriente salía del rifle a través de la cuerda, que ahora podía ver claramente que era un cable de cobre, y se ponía en la flecha. El motor de la furgoneta se detuvo y el coche se quedó clavado dónde estaba de golpe. Las ruedas chirriaron y el volante giró hacia un lado. La furgoneta se quedó quieta a menos de 10 metros de ellos, justo delante de una farola—. Jamás debes usar las armas del agente infiltrado número veintinueve si no has recibido instrucciones antes —se rio Asami—. Son todo armas para no hacer daño a las personas, pero por eso necesita tantas. Porque cada una tiene un uso distinto. Ahora coge la pistola del agente veintinueve y dispara a Frank, se va a dormir durante una media hora más o menos, suficiente para llevarlo a comisaría detenido.
— ¿Cómo que dormido? —Erick la miró asustado—. Ninguna pistola deja solo dormido a alguien.
— Una pistola de anestésicos sí —sonrió Asami—. Las mías eran iguales. Esas la tenían todos los agentes del Programa y los jóvenes del FBI y la CIA.
Frank salió del coche sin casi mantenerse en pie.
— Tú mismo, si no lo disparas tú te disparará él a ti —sonrió Asami. Natsuki se giró rápidamente hacia el maletero y sacó la pistola, luego disparó a Frank. El hombre cayó al suelo de rodillas y luego cayó completamente tumbado al suelo—. Abre el cargador —sonrió Asami—. Pero no lo toques o te dormirás tú. Esas pequeñas perlas duermen de solo rozarlas un poco —añadió cuando Erick cogió la pistola y abrió el cargador y vio unas pequeñas perlas blancas y semitransparentes que rellenaban el lugar, en vez de las típicas balas—. El vecino de mi padre fue quién inventó este gran objeto. Aunque mi padre lo disparaba en un reloj y pasaba mucho más desapercibido. El problema era que como mucho podía disparar dos cada vez y luego tardaba en poderlo cargar de nuevo, por eso nuestra generación hizo las pistolas, para poder protegernos de la gente sin tener que decirles: 'espera que abro mi reloj para ver la hora' —Erick volvió a poner el cargador en su sitio—. Les dimos las pistolas a los agentes más importantes en activo en ese momento, el agente infiltrado veintinueve fue el único agente de la CIA que las recibió.
— Estoy convencido de que las recibió con los brazos abiertos, ¿cierto? —el chico miró la pistola con nostalgia.
— Sí, era el único de la CIA que realmente no deseaba hacer daño a nadie —Asami sonrió mientras subía el rifle a su hombro, haciendo que la cuerda se cortara—. Aunque ahora ya no tienes el rifle, hasta que llegues a Tokio y pueda volvértelo a cargar yo misma —se rio la chica.
— No importa —Erick la miró sonriendo y luego miró a su hermana—. Ha valido la pena ver lo buen hombre que era.
— ¿Era?
— Él… murió hace un mes —dijo él con una expresión llena de dolor—. Protegiéndonos.
— Ah, lo siento —Asami lo miró sorprendida—. No sabía que…
— No importa —él sonrió—. Me pidió que le devolviera las armas a alguien, pero no me dijo nada más y yo estoy un poco perdido, ¿sabes?
— Ah, entonces mejor ve a Tokio y pregunta por la gente del programa —Asami dejó el rifle en el maletero—. Allí seguro que encuentras a esa persona.
— ¿Cómo estás tan segura? —preguntó él.
— Porque conozco al agente veintinueve. Mi padre y mi madre lo conocieron cuando él investigaba la muerte de su padre y la desaparición de su hermana.
— ¿Tenía una hermana? —el chico abrió los ojos desmesuradamente. Asami frunció el ceño. Si hubiera conocido el chico, hubiera pensado que era algún familiar perdido del agente veintinueve. Pero siendo un completo desconocido, no podía precipitarse en intentar leer las expresiones de ese chico joven—. No importa, haré eso, gracias.
— Y te aconsejo que antes de que sigas el camino cubras con una manta tus armas —informó Heizo con una ceja arqueada mientras dejaba a Kazuki al suelo y se acercaba hacia Frank.
— Gracias —el chico sonrió y cerró el maletero de nuevo.
— Diles en el programa que te carguen el rifle de nuevo, si es preciso —dijo Asami—. Allá tienen el material para las armas que no se usan para hacer daño.
— Gracias, de verdad —el chico sonrió y se metió en el asiento del conductor de nuevo para iniciar su camino, mientras su hermana volvía a subir al asiento del copiloto.
— Gracias por salvarnos —dijo Asami.
— Eri… —Kazuki frunció el ceño intentando pronunciar correctamente el nombre—. Erick-oniichan, Natsuki-oneechan—el niño se acercó a la ventana y sonrió—. Gracias.
— No hay de qué —Erick le removió el pelo al pequeño, luego se ató el cinturón de seguridad y salió de allí con el coche.
Asami cogió a Kazuki en brazos y sonrió viendo que el niño le hacía adiós con la mano.
— Este tipo es un peligro en la carretera —dijo Ginshiro cuando lo vio saltarse un semáforo en rojo.
— Ah, no mires los detalles —se rio Asami—. Por una vez es mejor dejarle pasar estas cosas, mientras no haga daño a nadie.
— Tienes razón —Ginshiro sonrió hacia Kizuna que estaba frotando sus ojos con cansancio—. Oye, no te duermas ahora, que si no, no podrás comer la comida de Shizuka-obaachan.
— ¿Eh? —Kizuna lo miró con curiosidad—. ¿Comer?
— Sí, la comida de Shizuka-obaachan realmente está muy buena —sonrió Heizo mientras tiraba de ese hombre para ponerlo en el coche patrulla después de atarle las manos.
— Vamos a pedir que se lo lleven y que nos lleven otro coche para llevaros a nuestra casa, ¿vale? —dijo Heizo—. Así estaremos más tranquilos si os quedáis lejos de él.
— Gracias —Asami sonrió—. Por cierto, ¿puedo pediros un favor?
Heizo y Ginshiro se miraron unos segundos confundidos.
.
— Deja de mirar el mapa, Mamoru —suspiró Heiji—. No tenemos ninguna pista y pueden estar en cualquier sitio ya. Han pasado más de catorce horas…
— Sí —Mamoru rodó los ojos y se apoyó en la silla con cansancio—. A estas horas podrían haber llegado incluso a Osaka —volvió a mirar el mapa de las carreteras de Japón sin mucho interés mientras escuchaba su teléfono sonar. Miró la pantalla y lo apartó de su lado. No estaba de humor para responder. Heiji lo cogió desde el otro lado de la mesa y respondió por él.
— No es un buen momento, papá —dijo antes de escuchar al otro lado.
— ¿Heiji-ojiichan?
— Asami… —Heiji abrió los ojos confundido mirando al teléfono, mientras Mamoru saltaba por encima de la mesa de la comisaría para cogerle el teléfono—. Acertaste, están en Osaka.
— Asami, ¿estás bien? —preguntó preocupado.
— ¡Papá! —gritaron la voz de Kizuna y Kazuki medio riendo.
— Veo que sí, estáis bien —sonrió él aliviado—. ¿Qué ha pasado?
— Es una larga historia —respondió Asami—. Pero estamos bien. Unos chicos nos han salvado, y por su torpeza al conducir ha hecho que nos topáramos con tus abuelos, así que ahora ya estamos bien.
— Gracias —Mamoru suspiró aliviado—. ¿No os han hecho daño?
— Bueno, hemos andado descalzos por la arena, así que los niños tienen los pies adoloridos…
— Y Kizuna se hizo un rasguño en el codo —interrumpió la niña a Asami.
— Kazuki está bien —dijo el niño—. No le duele nada y Kizuna no ha llorado papá.
— Oh, qué bien, chicos —Mamoru sonrió con tristeza—. Bueno, entonces no os preocupéis, ¿vale? Haced caso a los abuelos y a mamá. En cuanto pueda papá vendrá a buscaros.
— Toma, cógelo, por favor —dijo Asami al otro lado del teléfono—. Mamoru —Asami había quitado el altavoz y se estaba alejando de los niños y los dos policías—. Te lo suplico no confíes en nadie.
— ¿Qué?
— Frank nos estaba esperando dentro de la casa, está claro que sabía dónde estábamos y… —Asami miró hacia los niños—. Ha dicho… ha dicho algo de ella, no sé de quién hablaba, pero…
— ¿Frank? ¿Ese no es quién…?
— Tengo miedo de que Kazuki lo recuerde todo.
— Conseguiremos hacerle olvidar, no te preocupes, Asami —Mamoru sonrió—. Vengo a buscaros, ¿vale? Quedaros con Heizo-ojiichan y todo irá bien.
— Está bien —Asami sonrió con tristeza—. Te quiero.
— Lo sé —Mamoru sonrió feliz ante esas palabras. Parecía extraño que pudieran pasar por tanto en tan poco tiempo, pero aún así, esas palabras le llenaban tanto su pecho como para seguir adelante—. Yo también —con eso la chica aguantaría hasta que él llegara. Apagó el teléfono y miró a su padre que lo miraba con una sonrisa de satisfacción—. ¿Qué? —preguntó él notando como sus mejillas empezaban a arder.
— Nada, nada —Heiji habló como si estuviera comentando el tiempo—. Me alegra que seas feliz con solo una llamada de teléfono.
— Sí, ya —Mamoru levantó la mano para pegar débilmente a su padre, pero la bajó en seguida cuando volvió a ver su sonrisa. Al menos había alguien que disfrutaba con todo eso—. Déjalo.
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Después de comer lo que Shizuka les había preparado, los niños se sentían mucho mejor. Asami curó los pies de Kizuna que estaban todos llenos de rasguños y luego miró los de Kazuki. El niño, como siempre ya se había curado.
— ¿Te duele Kazuki? —preguntó Asami preocupada.
— No —respondió él—. A Kazuki le dolían antes de subir al coche de Erick-oniichan, pero cuando descansó un poco ya no le dolieron más.
— Me alegro —Asami le acarició levemente el pelo y miró a la pequeña—. ¿Sigues cansada, Kizuna? —la niña afirmó con la cabeza lentamente—. ¿Quieres descansar un rato?
— No —dijo mientras negaba con la cabeza—. Kizuna tiene miedo.
— Estás con mamá y con los abuelos, no va a pasarte nada —sonrió Asami.
— Y con Kazuki —dijo el niño sonriendo.
— Eso —Asami miró al pequeño y le removió de nuevo el pelo—. Kazuki nos va a proteger a todos, ¿cierto? —el niño afirmó con la cabeza.
— Pero Kizuna no quiere ser una molestia para los abuelos —susurró la pequeña bajando la mirada.
— No sois ninguna molestia, pequeña —sonrió Shizuka acercándose a ella—. Si quieres descansar Shizuka-obaachan te trae una manta, ¿vale?
— Está bien —susurró la niña.
— Id a la habitación de al lado, estaréis mejor —dijo la mujer hacia Asami.
— Está bien, gracias —Asami cogió a la niña en brazos y salió de la habitación seguida muy de cerca por Kazuki. Se sentó al suelo dejando a la pequeña a su lado que se había agarrado con fuerza a su jersey—. Vamos, vamos, que mamá no te dejaría caer.
— No es eso —Kizuna se quedó agarrada a ella con fuerza y con la mirada avergonzada.
— ¿Qué ocurre? —Asami en esos momentos estaba debatiéndose entre abrazar a la niña o esperar a que ella le dijera el motivo por el que estaba tan avergonzada.
Ella no dijo nada agarrada a su jersey. Al cabo de poco, Shizuka entró dejando un futón en esa habitación. Asami le dio las gracias y se sentó en él, justo al lado de la puerta corredera abierta, en donde entraba el sol. La pequeña se sentó a su lado y luego se tumbó con la cabeza encima del regazo de Asami.
— Como que era eso lo que querías, ¿eh? —Asami sonrió y la pequeña afirmó con la cabeza. Kazuki se acercó a ellas e imitó a Kizuna—. Será posible, ¿qué os creéis que soy una almohada? —los dos afirmaron con la cabeza con una sonrisa llena de travesura—. Y además decís que sí —Asami sonrió igual que ellos y empezó a hacerles cosquillas.
— No, para —pidieron los dos a la vez mientras se reían. Asami no se detuvo mientras se contagiaba de su risa inocente. Al cabo de poco se detuvo y observó a los dos. Se habían cansado aún más y sus ojos se iban cerrando lentamente.
— Vamos, descansad un rato hasta que papá venga a buscarnos, ¿vale?
— Mamá no se irá de nuestro lado, ¿verdad? —preguntó la pequeña con tristeza.
— No, claro que no —Asami sonrió tiernamente mientras los acariciaba a los dos el pelo.
En pocos minutos los dos se habían dormido. Asami se tumbó encima del futón mirando hacia el techo, mientras los acariciaba con sus manos a los dos. No quería dormirse, pero el sol la calentaba lentamente, haciéndola soñolienta. Le repetía una y otra vez a su cabeza que no se durmiera, mientras que la mantenía entretenida con otras cosas para no pensar más en lo que había sucedido. No contó el tiempo que había estado allí, con los niños a su lado completamente dormidos, pero cuando quiso darse cuenta, Mamoru había llegado y estaba haciendo sombra en la puerta. Ella lo miró y él sonrió acercándose a ella.
— ¿Estás bien?
— Sí, aunque no puedo moverme ahora —respondió Asami sin devolverle la sonrisa.
Mamoru se arrodilló justo al lado de su cabeza y la besó en los labios. Era extraño besar a alguien completamente al revés, pero a ninguno de los dos les importó ese detalle.
— Acaba de llamarme tu padre. Nos pusieron micrófonos en la casa que tú compraste, de Tokyo —suspiró Mamoru con cansancio—. Además de que había esa chica que se presentó en la casa en el cumpleaños de los niños, que de seguro podría ser algún cómplice, o alguna persona un poco retorcida, que buscara la manera de indicar a ese tipo dónde estábamos. Así que no te preocupes, ¿vale? Ni nuestra familia, ni nuestros amigos, nos han hecho daño.
— Gracias —Asami suspiró aliviada y entonces sonrió hacia él—. Esa chica del cumpleaños de los niños, creo que era Kikyo. Su voz, al menos se parecía mucho, aunque fuera cubierta con una gorra y su pelo no se parecía en nada. Además de que no pudiera verla bien.
— Los niños jamás dijeron el nombre de ella, así que es una posibilidad —dijo Mamoru—. ¿Estás más tranquila?
— Sí —Mamoru se tumbó a su lado y se quedó mirándola—. Deberías de descansar un poco.
— No te preocupes, estoy bien —Asami lo miró a los ojos—. No quiero dormir estando tú conmigo.
Mamoru sonrió y cerró los ojos.
— Entonces me dormiré yo.
— Está bien —Asami se rio con timidez.
Estando así, uno al frente del otro, y con el ambiente de primavera entrando por la puerta corredera, ninguno de los dos tardó en dormirse. Mamoru no había dormido en toda la noche y Asami estaba cansada de todos los espantos que se había llevado esa madrugada, aunque no lo estuviera tanto como él.
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Asami se despertó escuchando una voz a la habitación de al lado. Se quedó quieta mirando la cara dormida de Mamoru mientras escuchaba las voces de Shizuka y Heizo hablando elevadas a la habitación de al lado.
— No creo que le haga ningún bien —se quejaba el hombre.
— Heizo, cariño, ya te lo he dicho —Shizuka intentaba tranquilizarlo—. Si hay algún problema con eso, ¿no debería de ser Heiji quién se lo dijera? Entiendo tu preocupación, pero Mamoru-kun es feliz de esta manera. ¿No crees que sea mejor así que verlo como estaba de preocupado y…?
— No, no lo creo —respondió Heizo.
— Heizo, por favor —Shizuka elevó un poco más su voz aguda para hacerle callar a él—. Mamoru-kun se mantuvo ocupado todos estos años para no tener que pensar en el dolor que le provocaba no estar con Asami-chan. Así que deja de fingir que no viste eso. Es lo mismo que pasó con Heiji, ¿no crees? Se mantiene ocupado porque no quiere pensar en su dolor. Lo siento, pero mucho me temo que debo de prohibirte que hables con él ahora mismo.
— ¿Se puede saber por qué? —Heizo elevó más aún la voz y Asami se incorporó intentando evitar que todos se despertaran.
— Porque Mamoru-kun es feliz con Asami-chan a su lado —Asami bajó la mirada viendo que Kazuki estaba llorando en silencio. Apartó lentamente a Kizuna de su regazo y levantó al pequeño para abrazarlo.
— No escuches esto, mi amor… —susurró casi sin voz Asami mientras lo abrazaba. ¿Por qué no podían hablar estas cosas cuando no estuvieran ellos delante? ¿Por qué tenían que hablar a gritos?
— Eso puede compensarlo —dijo Shizuka bajando la voz de nuevo—. ¿No crees que si es feliz, puede compensar sus momentos tristes?
¿Otra vez esa palabra? Asami no sabía si sería muy correcto seguir usándola.
— Vamos… —Asami cogió la mano del pequeño y se levantó—. No llores, ¿vale? —Kazuki afirmó con la cabeza lentamente y siguió los pasos de Asami hacia fuera de la habitación. Asami salió al jardín y se alejó de la conversación de los dos abuelos Hattori. Ni siquiera ella quería escuchar la conversación de ellos dos. Si se quedaba escuchando seguramente terminaría gritando por eso no quería ser grosera con ellos. Se arrodilló delante de Kazuki cuando no podían escuchar a los dos adultos hablando y sonrió con tristeza—. ¿Estás bien, Kazuki?
— ¿Por qué dicen que no quieren a mamá? —susurró el niño. Asami bajó la mirada apenada. El niño había entendido lo que ellos estaban diciendo.
— No es que no quieran a mamá —respondió ella mirando con una sonrisa forzada al pequeño—. Mamá siempre tiene problemas y ellos no quieren que papá o vosotros terminéis heridos por culpa de mamá.
— Pero, Heizo-ojiichan…
— Puede decir lo que quiera —Asami se rio—. Aunque la verdad pueda doler, Kazuki, tienes que entender que somos felices así, ¿no es cierto?
— Pero…
— ¿Kazuki no es feliz?
— Kazuki es feliz —susurró él mientras sus lágrimas volvían a caer por sus mejillas.
— No llores —Asami le secó las lágrimas con los dedos mientras sonreía—. Si eres feliz así, entonces ellos no tienen que decidir por ti, ¿no es cierto? Si Heizo-ojiichan o cualquier persona te dice algo que no te gusta, tienes que decirles como te sientes para que ellos puedan entender que no te ha gustado que te dijeran lo contrario, Kazuki. Pero tienes que ser respetuoso con ellos y decir cosas coherentes, como un niño grande, ¿entiendes?
— Kazu… y-yo no quiero que mamá se vaya —susurró él haciendo un esfuerzo para hablar como un adulto—. Kazuki… —negó con la cabeza—. Y-yo quiero que mamá pueda estar con nosotros siempre.
— ¿Lo ves? —Asami sonrió mientras le daba un pequeño beso en la mejilla—. No te preocupes por eso, ¿vale? Pueden decir lo que quieran, porque si tú les dices que eres feliz, de seguro ellos entenderán tu punto de vista.
— ¿Punto de vista?
— Mmmm… es como decir una…
— ¡DEJAD DE DECIR TONTERÍAS DE UNA MALDITA VEZ! —los dos se quedaron callados y miraron hacia la casa. Mamoru estaba de pie gritando a los dos adultos mientras mantenía en sus brazos a Kizuna que parecía no haber escuchado nada de ellos—. ¡¿Es que no podéis simplemente hablar de eso en otro lugar o cuando nosotros nos hayamos ido?!
— ¿Lo ves? —Asami se rio—. Papá tampoco está de acuerdo con ellos —Kazuki se rio nerviosamente mirando a Kizuna que les saludaba con una mano—. Aunque, no debería de haberles gritado de esta manera —Asami rodó los ojos con una sonrisa—. Vamos —Asami cogió la mano del pequeño y lo llevó con ellos. A medio camino se paró mirando al pequeño. Aún estaba llorando y parecía no poder parar. Se arrodilló delante de él y le secó de nuevo el agua que resbalaba por sus mejillas—. No llores más, por favor. Harás poner triste a papá.
— Kazuki será fuerte —susurró el pequeño con firmeza mientras frotaba sus ojos con las mangas de su jersey.
— No le digas a papá, ¿vale? —Asami bajó la mirada mientras veía al hombre discutir con Heizo acerca de lo que él podía o no hacer—. Por favor no lo hagas.
— ¿Por qué?
— Porque si le dices que lo has oído le pondrás triste —susurró Asami—. Son los abuelos de papá y él los quiere mucho. Pero también quiere mucho a Kazuki y a mamá, así que si le decimos seguramente se va a enojar con ellos —Asami se calló mirando al niño preocupada—. No sé ni siquiera si puedes entenderme.
— Kazuki… y-yo lo entiendo —susurró él—. Kazu… y-yo no quiero enfadar con nadie cuando es por sus amigos o su familia.
— Está bien —Asami sonrió—. Pero estás usando mal las frases —y finalmente se rio.
— ¿Cómo se dice? —preguntó el pequeño un poco enrojecido.
— Yo no me quiero enfadar con nadie cuando se trata de mis amigos o de mi familia —informó Asami—. Pero bueno, acertaste la mitad, así que lo has hecho bien.
— Mi familia.
— Sí —Asami sonrió viendo como el pequeño intentaba recordar la frase entera, pero al final desistió y miró de nuevo hacia Mamoru.
— Soy yo el que puede decidir las cosas sí las quiero o no —se quejó él mientras Heizo lo encaraba de nuevo.
— Solo tienes veintidós años, no sabes lo que quieres —dijo Heizo.
— Soy adulto suficiente para entender cuando alguien no es bienvenido a algún lugar, Heizo-ojiichan —Mamoru habló con la voz más floja y apretando con fuerza sus dientes—. Y veo que nosotros no.
Asami soltó la mano de Kazuki y antes de que Mamoru pudiera decir nada más, se puso a su lado mientras Kizuna alargaba su mano hacia ella.
— No eres un adulto, para nada —Asami sonrió y Mamoru la miró confundido—. Los estudios dicen que un adulto en mente se le considera cuando ha cumplido los veintisiete años. Así que antes pueden comprarte, manipularte y no sé cuantas cosas más.
— ¿De qué estás hablan…?
— No lo sé —Asami sonrió interrumpiendo sus palabras—. Pero he preferido interrumpirte antes de que dijeras algo de lo que luego te arrepintieras. Perdonad por meterme al medio —sonrió hacia Heizo y Shizuka.
— Tranquila, estaba por hacerlo yo ahora —se rio la mujer Hattori—. Me alegro de no haberlo tenido que hacer. Este chico es idéntico a su padre. No piensa las cosas cuando está enojado.
— Sí —Asami lo miró con una sonrisa viéndolo completamente ruborizado—. Pero no me importa, porque lo quiero tal y como es.
— Oh, que encanto —Shizuka abrazó a Asami con una sonrisa mientras veían a Mamoru ruborizarse más si cabía.
Asami sonrió complacida mientras veía al chico desviar la mirada. Había conseguido frenar su temperamento.
— Escucha mis palabras bien claras, Mamoru-kun —dijo Heizo con un tono de odio en su voz que Asami fingió no escuchar. Shizuka fulminó con la mirada a su esposo—. Te hará daño de nuevo, no lo dudes.
El hombre giró sobre sus pasos y se fue del comedor. Asami lo miró con tristeza mientras salía por la puerta.
— ¡NO ES CIERTO! —gritó Kazuki con todas sus fuerzas, haciendo que Heizo volviera sobre sus pasos para mirarlo.
Asami se arrodilló a su lado y le cubrió la boca con una mano.
— Kazuki no se le habla así a la gente mayor, ¿me oíste? —susurró con un hilo de voz intentando que no se la escuchara. Pero aún así todos la habían oído.
— Nos habéis oído, ¿no es así? —preguntó Shizuka poniendo una mirada llena de arrepentimiento.
— Ah, no, no te preocupes Shizuka-obaachan —Asami se levantó corriendo levantando las manos con una sonrisa forzada—. De verdad, no te preocupes. En cierto modo puedo entender vuestros pensamientos, ya que eso es lo que llevo haciendo desde que tenía doce años, solo huir. Debemos de disculparnos nosotros por escuchar vuestra conversación.
— ¿Cómo no escucharla si la estaban haciendo a gritos? —preguntó Mamoru fulminando con la mirada a su abuelo.
— Mamoru no importa —Asami sonrió hacia él intentando poner su mejor cara de póquer, pero la mirada triste y adolorida de él no permitió que pudiera sonreír bien.
— Me duele aún más cada vez que te veo sonreír así —Mamoru se giró y se alejó de allí llevando a Kizuna entre sus brazos.
— Genial y ahora se enfada conmigo —Asami suspiró largamente—. Lamento de verdad todo el daño que he provocado a vuestra familia —susurró mirando hacia Heizo—. No era mi intención hacer daño.
— Asami-chan —Shizuka le cogió las manos sonriendo con tristeza—. El problema es que tu padre ya le hizo daño a Heiji y eso es lo que Heizo no puede olvidar.
— Eso no es… —Heizo se calló cuando vio la mirada que le hacía su esposa.
— Tal vez me parezco más a mi padre de lo que debería —susurró Asami mirando hacia Kazuki—. Vamos a intentar calmar a papá —el niño afirmó con la cabeza y Asami volvió a mirar al matrimonio—. Disculpad.
— Lo siento mucho, Asami-chan —susurró Shizuka—. De verdad que lo siento.
— No importa —Asami sonrió tristemente viendo como la mujer hacía un par de reverencias.
Luego se alejó de allí siguiendo el camino que había tomado Mamoru. Cuando giró la esquina, vio al chico sentado al lado de Kizuna y escondiendo su cabeza entre sus piernas y sus brazos. Asami lo miró arrepentida. Meterse al medio de la conversación, tal vez había sido peor aún. Kizuna la miró preocupada mientras le ponía una mano encima de la espalda de Mamoru. Asami se arrodilló delante de él mientras Kazuki se sentaba al otro lado. Sin ni siquiera decir una sola palabra, la chica puso sus manos encima de las rodillas de él.
— Lo siento, me pasé de la ralla —susurró sin ni siquiera mirarla. Asami no dijo nada. Mamoru levantó un poco la cabeza para ver sus ojos, pero ella los mantenía cerrados mientras se mordía el labio inferior—. ¿Qué ocurre?
— Lo siento —susurró ella—. No quería hacerte daño.
— No, no ha sido… —Mamoru desvió la mirada y se abrazó a ella—. No vale la pena enojarse con ellos, tienes toda la razón. Pero aún así, me duele que piensen eso de ti.
— Todo el mundo lo estará pensando ahora mismo —Asami se encogió de hombros—. Ya te dije que sigo sin estar muy segura de que esto funcione bien.
— Te necesito —susurró él a su oído—. No me dejes de nuevo, por favor.
— Mamoru yo no lo haré —respondió ella—. Pero sabes que si es la única opción para…
— Entonces vendré contigo —añadió Mamoru—. No me importa… solo… y-yo quiero…
— Está bien, está bien —Asami sonrió con tristeza—. Pero no dejes que te hagan más daño estas palabras, ¿vale? No quiero verte así, por favor.
— Realmente odio esto —dijo apartándose de ella—. Lo odio.
— Mamoru tenemos que intentar seguir adelante, ¿vale? Aunque no se pueda, intentemos recuperar el tiempo perdido y sigamos hacia delante —Asami lo rodeó por el cuello y apoyó su frente en la de él—. Me dijiste que no temiera el futuro, pero también creo que es bueno intentar olvidar el pasado doloroso, ¿me oyes? —él afirmó con la cabeza y suspiró—. Me has hecho feliz, ¿lo sabías?
— Estaba demasiado furioso como para no decirles nada —susurró él.
— Pero son nuestras familias y tienen razón —Asami se apartó de él—. Por mucho que nos duela, tienen razón de pensar así. Tal vez por eso te sentiste furioso —él negó con la cabeza mientras volvía a esconderla encima de su regazo—. Lo siento, Mamoru.
Asami quería abrazarlo, pero tal y como estaba no podía hacerlo, así que finalmente decidió acariciar su espalda mientras ponía su frente encima de su cabeza. Él necesitaba del contacto de ella y por eso, aunque no pudiera abrazarlo, tal vez así se tranquilizara. Kizuna y Kazuki se pusieron apoyados encima de él imitando a Asami. La chica los miró a los dos que le sonrieron felices y ella entonces volvió a bajar la cabeza.
— Mamoru todo saldrá bien —susurró Asami—. Lo intentaremos con nuestros mejores esfuerzos, ¿vale?
— Perdóname —susurró él—. Estaba demasiado preocupado como para permanecer calmado.
— Lo sé, no importa —Asami sonrió—. Mamoru no dejará de buscarnos y de algún modo me alegra saberlo.
— No quiero que te hagan más daño, Asami.
— Ni yo a ti.
Asami cerró los ojos por unos segundos. Se sentía muy feliz de ser en esos momentos a su lado, porque de algún modo sabía que ella era la única persona que podía calmarlo. Todo iba a salir bien si estaban el uno con el otro pero, ¿cuánto más tiempo iba a durar eso? De momento no podían volver a Tokio seguros de estar a salvo. Hoy se publicaban los documentos del Laboratorio. Aiko y Akira seguramente ya se habrían ido a la casa de verano de los Suzuki. Tetsuya y los demás del grupo, seguramente ya se habrían encerrado en sus casas, temiendo que les acosaran a preguntas sobre Asami. En cuanto a Chieko, los Kuroba y Sara, seguramente se habrían quedado en el hotel de los Suzuki, en alguna habitación encerrados, pasando el rato. O tal vez estarían en la casa de los gemelos, mucho más espaciosa y con un jardín dónde poder pasear con tranquilidad. La familia Hattori estaría viniendo hacia Osaka y su familia… quién podía saber. Yui y Shouta estarían intentando esquivar las preguntas mientras llevaban a Takuma y a Kotarou al colegio. Yoh estaría yendo igualmente al instituto, aterrado por las cámaras. Ran se habría encerrado en su despacho intentando no escuchar noticias del televisor o de la radio de sus compañeros, mientras que Shinichi estaría detrás de una montaña de informes. Ellos tenían que regresar a Tokio. Ahora tenían que enfrentarse a todo.
— Asami, tenemos que regresar.
— Lo sé —ella sonrió—. Pero se está muy bien aquí —las manos de Mamoru se apartaron de su cabeza para rodear el cuello de ella. Lentamente la chica se apartó y Mamoru se levantó haciendo que los dos niños también se apartaran de él—. ¿Estás bien?
— Sí, tenemos que regresar para que respondas a las preguntas —susurró Mamoru.
— Lo sé, ¿y qué hacemos con ellos?
— Por una vez dejemos que los vean —Mamoru sonrió hacia Kazuki—. Estará bien si es solo una vez. Deben de quedarse con nosotros, ¿vale?
— Estoy de acuerdo con eso —Asami sonrió—. Entonces vámonos.
— Os traje los zapatos —susurró él.
— Oh, gracias, que gran detalle —Asami suspiró aliviada—. Así al menos no haremos más el ridículo delante de las cámaras.
Mamoru se rio.
— Sí, ahora me debes una —respondió él.
— Está bien —dijo Asami mientras lo besaba en la mejilla.
— ¿Solo eso?
— Nos están mirando los niños, deberías de…
Mamoru la rodeó por la cintura y tiró de ella hacia un lado, dejándola completamente desequilibrada y callando sus palabras. Él la sujetó con fuerza mientras le daba un profundo beso.
— Perdona que hayas tenido que oír eso de parte de mi familia.
— Te perdono si me dejas a tierra firme sin que me haga daño —susurró ella confusa por sus actos.
— Está bien —Mamoru la soltó de golpe y ella cayó de espaldas al suelo.
— Bruto.
Mamoru se rio con fuerza mientras ella lo miraba sonriendo desde el suelo.
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Próximo capítulo: 'La verdad'.
