Hellow!

28 de Enero.


Por los Años IV: inicio de la tercera generación

Alarma: Mamoru desaparecido

El corazón de Asami se sobresaltó con el sonido del teléfono. Lo cogió con rapidez y miró la pantalla. No era Mamoru, aunque llevaba ya dos semanas sin saber de él. Debía de admitir que tenía terribles tentaciones de llamarlo. Descolgó el teléfono ante un número desconocido.

— ¿Hattori Asami? —preguntó una voz al otro lado. Debía reconocer que escuchar el apellido del chico con su nombre era algo que la hacía realmente feliz.

— Sí… —respondió con el ceño fruncido. Aunque no había nadie aún que supiera de eso, pero parecía que alguien había hablado más de la cuenta y ella no se había dado cuenta.

— Soy Yamaguchi Keita. Llamo de la oficina del forense —dijo el hombre haciendo que el corazón de Asami diera un vuelco por completo—. Necesitaría que se pasara por aquí un segundo, por favor.

— Ah… claro… —Asami frunció el ceño—. ¿Podría decirme el motivo, por favor?

— Es mejor no hablar de esas cosas por el teléfono… —dijo él.

— Está bien, pero… voy a tener que venir con los niños…

— Ah, no se preocupe —él sonó animado—. Puede traerlos. Solo será hacerle un par de preguntas, nada más.

— Está bien, hasta ahora entonces —dijo ella.

— Hasta ahora —respondió él colgando.

Asami se miró el teléfono. ¿Qué estaba pasando? Hacía tiempo que no ejercía como detective, pero aún así… Asami recogió sus cosas y se apresuró a salir de la cafetería. Por el pasillo se encontró con el director que le saludó con un 'hasta mañana'. Ella le devolvió el saludo y salió apresurada hacia el colegio de los niños. Cuando llegó, entró dentro del patio y los pequeños salieron corriendo para abrazarla, como siempre. Asami se arrodilló y los abrazó con fuerza.

— ¿Qué tal ha ido el día? —preguntó mirando primero a uno y después al otro.

— Muy bien —dijeron los dos a la vez con una sonrisa.

— ¿Podéis acompañar a mamá a un sitio? —preguntó hacia ellos. Los dos afirmaron con la cabeza y Asami se levantó. Los pequeños la cogieron de las manos y salieron de allí sonriendo.

Asami los miró mientras ellos le hablaban de todo lo que habían aprendido en ese día. Si no hubiera sido por ellos, claramente estaría desesperada por llamar a Mamoru y preguntarle qué era lo que estaba pasando o si estaba bien. Pero con ellos entreteniéndola día tras día, le hacía más fácil la tarea de decirse a sí misma que podría poner en peligro el caso que Mamoru estuviera llevando en esos momentos. Cuando llegó en la oficina, la recepcionista sonrió con calidez hacia ellos.

— Hattori-san, ¿verdad? —preguntó la mujer.

— Sí —dijo Asami.

— La está esperando —respondió la recepcionista señalando hacia un despacho de cristal que había al fondo del pasillo—. ¿Quiere que me encargue de los niños?

— Si no es ninguna molestia —Asami la miró preocupada y ella negó con la cabeza. Asami se arrodilló al suelo y sonrió hacia los dos—. Chicos sentaros un momento aquí y sed buenos. Mamá tiene que ir a hablar con un señor y en seguida vuelve, ¿vale?

Los dos afirmaron con la cabeza y se sentaron en los sillones. Se miraron preocupados como Asami se iba hacia donde la recepcionista le había señalado. Se miraron entre ellos y luego en silencio sacaron cada uno un libro y se pusieron a practicar con su lectura. Asami llamó a la puerta y esperó a que el hombre le dijera que podía pasar. Entró observando su alrededor un poco desconcertada.

— Ah, debes de ser Hattori-san —dijo el hombre vestido con una bata blanca y una máscara de médico colgando de su cuello. Asami afirmó con la cabeza e hizo una pequeña reverencia—. Soy Yamaguchi. Adelante, siéntate. Disculpe por ir vestido así, acabo de tener mi última autopsia —Asami lo hizo y observó como el hombre cerraba una carpeta y cogía otra al lado de su mesa—. Y también pido que me disculpe por haberla llamado de esa manera, pero necesitaba confirmarlo antes de hacer una suposición errónea. Somos buenos compañeros con Hattori, así que por eso he preferido hablar con vosotros antes. Lamentablemente no he podido contactar con él.

— Usted dirá —dijo Asami poniendo sus manos encima de su regazo. Quería llorar.

— ¿Conocéis usted o su marido a este hombre? —preguntó poniendo una fotografía delante de ella. Asami miró el papel fino en dónde había un hombre en una mesa de autopsias. Le habían golpeado demasiadas veces la cabeza. Pero extrañamente, aunque fuera horrible lo que le hubiera sucedido a ese hombre, ella no pudo evitar sentirse aliviada. Rápidamente respondió.

— Yo no. Mamoru no tengo ni idea —respondió ella—. Aunque me suena un poco su cara, así que tal vez lo haya visto alguna vez.

— ¿Hablando con Hattori, tal vez? —preguntó él con un tono de voz lleno de desesperación.

Asami negó con la cabeza.

— No era con Mamoru —susurró—. Alguna otra vez. Lo siento, no puedo acordarme.

— No importa —sonrió él—. Se ha intentado. ¿Conoce entonces a Takagawa Kikyo?

— Ah, sí. A ella sí —respondió Asami—. Bueno, conocer no mucho, la verdad. Solo hemos coincidido en una ocasiones.

— ¿Conoce acerca de su desaparición? —preguntó él.

— Sí. Estaba presente cuando el jefe del periódico llegó a la comisaría a denunciarlo —susurró Asami.

— ¿Sabe si Hattori conoce ese detalle? —preguntó él.

— Bueno, no estoy segura —ella se encogió de hombros—. Porque Mamoru se fue un día antes de que ella desapareciera, así que no estoy muy segura.

— ¿Sabe a dónde fue? —preguntó él.

— No, no tengo ni idea a dónde se fue. Era por un caso —Asami intentó ignorar la cara de desconcierto en que habían dejado al forense sus palabras—. Oiga, fui detective, así que si me cuenta exactamente lo que quiere averiguar, tal vez podamos aligerar un poco este tema de conversación.

— Bueno —Yamaguchi Keita suspiró largamente antes de seguir hablando—. Este es el cámara que siempre acompañaba a Takagawa-san, tal vez por eso le suene su cara. Desapareció dos días más tarde que ella. Apareció muerto esta mañana y cuando comprobé si tenía heridas defensivas, me di cuenta de que tenía sangre en sus uñas. La sangre corresponde a Hattori Mamoru.

Asami se levantó de golpe de la silla golpeando la mesa y asustando al hombre.

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— Hola chicos, ¿qué hacéis aquí? —Heiji se quedó mirando a Kizuna y a Kazuki que se habían quedado mirando la sala cuando escucharon un golpe fuerte.

Los dos niños lo miraron y luego señalaron a la sala.

— ¿Qué está sucediendo? —preguntó la recepcionista viendo que Asami hablaba con una mirada llena de odio hacia el forense. Heiji se quedó quieto observando a la chica.

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— ¿Está usted insinuando algo? —preguntó ella apretando con fuerza los dientes—. Mamoru puede ser de todo, pero no secuestra ni mata a personas. Jamás lo haría, señor.

— Oye, necesito saber dónde está, solo eso —se quejó él.

— No sé dónde está —Asami levantó sus manos con desesperación—. Se fue por un caso a las afueras de Tokio, sois vosotros los que tendríais que saber dónde está. Hace ya dos semanas que no contacto con él.

— ¿Dos semanas? —preguntó el hombre confundido—. ¿Y por qué no lo dijiste?

— Porque creía que estaba en algo peligroso y… por favor, compruébelo —se quejó Asami—. Me dijo que estaría en un caso y que no sabría cuánto tiempo le tomaría.

— Pero es que… —Yamaguchi miró hacia la pantalla del ordenador que tenía a un lado apartado del escritorio—. Lo he comprobado dos veces. Me dice que está de vacaciones y… oh, lo siento —el hombre la miró asustado.

— ¡Se acabó! ¡No solo le llama asesino sino que además ofende nuestra relación! —Asami se giró y abrió la puerta.

— No, no es que. Lo siento, de verdad, no pretendía meterme en sus problemas yo solo —Asami salió de allí a pasos rápidos y él la siguió—. Por favor, ayúdeme a encontrarlo.

— ¡Le estoy diciendo que no sé dónde está! —gritó Asami girándose hacia él.

— Pero…

— ¡No lo sé! —repitió Asami. Sentía que sus ojos ardían. Ese hombre estaba insinuando que Mamoru la había mentido a ella. No solo eso. También estaba diciendo que estaba siendo infiel a ella, el día después de firmar sus papeles como matrimonio oficial.

— He intentado llamarlo, pero su teléfono está apagado, no sé qué es lo que está pasando, pero… —el forense bajó la mirada.

— Él no es un asesino y tampoco es infiel a sus sentimientos —respondió Asami girándose de nuevo dispuesta a irse.

— Morirá en menos de cuarenta y ocho horas —informó el hombre a su espalda.

Asami se detuvo y se giró en redondo asustada.

— ¿Qué?

— La sangre de las uñas que he encontrado —susurró el hombre sin ni siquiera atreverse a levantar la vista—. Tiene falta de vitaminas, de agua y casi de oxígeno. Me atrevería a no darle más de veinticuatro horas, pero conociéndolo seguro que encuentra el modo de aguantar un día más —el hombre la miró a los ojos y Asami supo en seguida que ese hombre estaba diciendo la verdad—. Pero si aviso a la policía, deberé de contarles la situación y entonces…

— Le acusarán de asesinato —Asami frunció la nariz con enfado y sacó su teléfono móvil. Aunque fuera peligroso debía de intentarlo. Si ese hombre estaba diciendo la verdad, significaba que no podía tener más peligro del que ya corría. Marcó los números de memoria y descolgó mientras empezaba a notar que le faltaba el aire. Sin ni siquiera dar un pequeño tono, la voz de una mujer le avisaba de que el teléfono estaba apagado o en una zona sin cobertura—. Maldita sea —Asami volvió a intentarlo. ¿Cuánto tiempo hacía que Mamoru estaba en esa situación y ella había simplemente esperado a que él la llamara? Sin poderlo evitar, sus lágrimas empezaron a ceder. Si lo hubiera llamado antes… negó con la cabeza mientras escuchaba de nuevo la mujer hablando. Volvió a intentarlo. No podía quedarse satisfecha mientras esa mujer con voz repetitiva y monótona, siguiera hablando por él.

— Pensaba que tal vez, como tú fuiste detective pudieras encontrarlo sin necesidad de avisar a la policía —susurró el forense.

— Asami-chan, ¿estás bien? —Heiji le puso una mano en el hombro mientras ella se mordía el labio inferior en un acto de desesperación. Lo miró asustada—. ¿Qué ocurre? —preguntó el hombre.

— ¿Por qué me mintió? —susurró ella mirándolo—. Mamoru… él…

— ¿Mamoru? —Heiji frunció el ceño—. ¿Qué pasa con él? —miró hacia el forense.

— Por lo que ella dice lleva dos semanas desaparecido —susurró el hombre—. Le dijo a la chica que estaba en un caso y nosotros fuimos informados de solo unas vacaciones. Pasado mañana tenía que haber vuelto al trabajo.

— ¿En un caso? —Heiji miró a Asami que se cogió a su jersey con fuerza, mientras intentaba reprimir sus lágrimas, cerrando los ojos—. ¿Eso fue lo que te dijo? —Asami afirmó con la cabeza—. ¿Dónde?

— A las afueras… al norte… —susurró ella, notando que sus piernas flaqueaban.

— Entonces si fue por un caso, pero a espaldas de la policía —susurró Heiji mirando a la chica con tristeza—. Y eso que le dijimos que era demasiado peligroso que lo hiciera solo —Asami lo miró desconcertada—. Cuénteme los detalles, por favor —añadió mirando al forense.

— Pero… —el hombre miró a su alrededor.

Kizuna y Kazuki se cogieron al jersey de Asami tirando de ella para que ella los mirara. La recepcionista estaba bastante desconcertada con las palabras del forense y estaba llegando gente al final del pasillo.

— ¿Tiene que ver con el cadáver del desaparecido? —el forense afirmó con la cabeza—. Ahora —dijo él en un tono amenazante. El hombre habló precipitado mientras Heiji tiraba de Asami para sentarla en una de las sillas. Kizuna y Kazuki se quedaron mirando al hombre hablando. Ellos podían entender algunas palabras pero les costaba saber con exactitud el significado de estas—. Está bien, gracias. Nosotros nos encargamos —añadió sonriendo se arrodilló delante de Asami y sonrió ante ella—. Te llevaré a mi casa, ¿vale? No quiero que te quedes sola ahora.

Asami lo miró preocupada. Ella debería de estar tomando la iniciativa en esos momentos, pero había prometido a esa gente que no volvería a meterse al medio de un caso.

— ¿Papá está bien? —preguntó Kizuna tirando de la manga de Heiji.

— Claro que está bien —sonrió el moreno—. Heiji-ojiichan irá a por él y lo traerá de vuelta, ¿vale? —el hombre le removió el pelo a la pequeña—. ¿Vamos a casa? —los dos niños afirmaron con la cabeza—. Asami, confía en nosotros, ¿vale? —preguntó él—. Si hace falta le pediremos a ese maldito ladrón que nos ayude por el aire… —añadió en un hilo de voz.

Asami afirmó con la cabeza lentamente. Debería de haberlo llamado antes. Debería de haberlo hecho. Heiji tiró de su mano para levantarla y luego tiró de ella hacia la salida. Ella dejó que sus piernas decidieran seguirlo, porque su cabeza ahora mismo estaba por hundirse en un pozo sin fondo de pensamientos de culpa. En cuanto llegaron en la casa de los Hattori, los niños entraron corriendo, directos al comedor diciendo un 'hola' en gritos. Ayako bajó las escaleras de dos en dos para verlos.

— ¿Qué hacéis vosotros aquí? —preguntó ella luego miró a la puerta, en dónde Heiji estaba entrando, tirando de una Asami muy descolocada—. ¿Qué ha ocurrido?

— ¿Y tu madre? —preguntó el moreno.

— Ha ido un momento en casa de Ran-obaachan —dijo ella.

— ¿Puedes llamarla y decirle que vengan todos, por favor? Luego vigila que los pequeños estén bien, ¿vale? —dijo el padre. Ayako afirmó con la cabeza y terminó de bajar las escaleras, mientras Heiji tiraba de Asami hasta la habitación que antes había sido de Mamoru.

La hija de los Hattori los observó confundida y miró la puerta que Heiji acababa de cerrar. ¿Dónde estaba Mamoru? Se apresuró a llamar por teléfono mientras veía que los niños se miraban preocupados la puerta cerrada.

— ¿Chicos qué ha ocurrido? —preguntó Ayako mientras esperaba a que su madre cogiera el teléfono.

— ¿Mamá debería de haber llamado a papá, verdad? —preguntó Kazuki mirando hacia ella y luego mirando a Kizuna.

La niña afirmó con la cabeza.

— ¿Papá volverá con Kizuna, Kazuki y mamá? —preguntó ella bajando la mirada.

Ayako parpadeó confusa mientras escuchaba al otro lado la voz de su madre.

— Ha ocurrido algo —informó—. ¿Puedes venir con los Kudo, por favor?

— Claro, ¿qué ha ocurrido? —preguntó ella sorprendida.

— Creo que se trata de Oniichan… —susurró ella con la voz rota mientras escuchaba por las escaleras a Yoh bajar—. Papá me ha dicho que os llamara.

— En seguida estamos aquí —Kazuha colgó.

— ¿Qué ocurre? —preguntó el hijo pequeño de los Kudo al verla a ella y a los niños. Ella colgó el auricular y se quedó con la mano apoyada en el aparato—. ¿Ayako?

— ¿Chicos que ha pasado? —preguntó Ayako arrodillándose delante de Kizuna—. ¿Qué le ocurre a vuestra mamá?

— Ese hombre dijo que a papá solo le quedaban cuarenta y ocho horas —dijo la niña—. Pero Kizuna no sabe qué significa eso…

— ¿Qué? —Ayako estaba desconcertada.

Yoh se arrodilló a su lado y le puso una mano encima.

— Espera, Ayako, no te precipites —dijo él—. Tenemos que escuchar todo. Sabes que a veces ellos se dejan cosas así que…

— ¿Qué otro significado puede tener eso, eh? —preguntó ella mirándolo con los ojos llorosos—. Sea lo que sea, un límite de tiempo, siempre tiene un significado malo.

— No desesperes —Yoh forzó una sonrisa amable hacia ella. Ayako afirmó con la cabeza lentamente y se abrazó a él—. ¿Chicos estáis bien?

— Mamá no está bien —dijo Kizuna señalando hacia la puerta.

— ¿Está con Heiji-ojiichan? —preguntó él. Los dos pequeños afirmaron con la cabeza.

En cuanto los demás llegaron, Ayako entró en la habitación de Mamoru después de golpear suavemente la puerta.

— Papá…

Estaban a oscuras y Heiji estaba arrodillado delante de Asami que se agarraba a un pequeño sobre mientras lloraba en silencio.

— Me voy a hablar con tu padre, ¿vale? Cuánto más rápido vayamos a buscarlo antes lo encontraremos —susurró el padre—. Asami, no te muevas de aquí, ¿me oyes? Intenta tranquilizarte y… es mejor que intentes tranquilizar a los niños, ¿vale? Todo estará bien.

— No está bien —susurró ella—. Nada está bien. Ahora que todo estaba mejorando, ni siquiera pasamos un día juntos después de firmar los papeles, ¿qué voy a hacer ahora?

— ¿Papeles? —preguntó Heiji.

— Yoh y yo fuimos testigos de su enlace de boda, papá —susurró Ayako—. Dijeron que para la seguridad de los niños era mejor oficializar mientras preparaban un espectáculo para celebrarlo con todos.

— Lo siento, Asami —Heiji se levantó y le removió el pelo delicadamente—. Ayako, quédate con ella, ¿vale?

— ¿Qué ha ocurrido? —la niña lo miró salir.

Él ni siquiera respondió. Ayako se miró a Asami, que ni siquiera levantaba la mirada. Con la puerta abierta, escuchó a Heiji contar todo con rapidez.

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— Suéltame de una vez —Mamoru miró hacia ella. ¿Por qué ella? Ni siquiera lo había escuchado, porque su voz era ronca y demasiado débil—. Por favor.

Mamoru observó su reflejo en el charco que había al final de la cueva. Notaba su boca reseca y casi ni podía aguantar sus ojos abiertos. Había visto a esa mujer pelearse con el fotógrafo y había terminado muriendo sin que él hubiera podido mover un solo dedo para evitarlo. ¿Por qué estaba haciendo eso? Ella finalmente se acercó.

— Hora de comer, cariño —sonrió con su dulce sonrisa. Notó que lo desataba de la roca y lo cogía con sus brazos—. Cada día pesas menos —parecía satisfecha con eso—. ¿Sigues sin poder moverte? —añadió al ver que estaba arrastrando los pies del chico para llevarlo al lado de la pequeña fogata que seguía encendida cerca de la cueva. Lo dejó apoyado a la pared y como de costumbre, algo que llevaba haciendo desde hacía dos semanas, cogió un pequeño bol con una mezcla de verduras, carne y pescado y le dio a comer. Mamoru ni siquiera podía abrir la boca. ¿Qué era lo que pretendía haciendo eso? Si hubiera dicho a Asami todo… Asami. La cara de la chica llorando le pasó veloz por su cara, haciendo que su corazón se acelerara de manera exagerada—. Tienes que comer, cariño.

— No soy tu cariño —susurró él mirándola de reojo.

— Ah, seguramente debes de estar sediento —la mujer cogió una botella de plástico y la destapó, poniéndola en sus labios. Aunque él no quisiera beber de lo que ella le daba, el agua pasó por entre sus labios refrescando su lengua y su garganta. Se sentía genial. Cerró los ojos por unos instantes, saboreando la frescura del líquido. Notó los labios de ella en los suyos e intentó apartarse, pero ella lo cogió con firmeza obligándolo a quedarse tal y como estaban—. Te quiero, Mamoru-kun.

Cuando pudo apartarse, intentó moverse hacia un lado para alejarse de ella, pero ella lo rodeó con un brazo, para poderle dar de comer. No tenía fuerzas. Mamoru se sentía demasiado débil para intentar escapar de ella. Necesitaba comer y beber más durante unos días para poder recuperarse, pero ella sabía perfectamente lo que él necesitaba para no dejarlo recuperarse y escapar, pero tampoco para dejarlo morir.

— Yo solo quiero a Asami —susurró casi sin voz mientras ella le metía la cuchara dentro de la boca.

Tenía que apartarse de ella. Tenía miedo de ella.

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Habían pasado los dos días. Asami se vio envuelta de todos sus amigos en el hotel de los Kyogoku. Esa sala habilitada para las conferencias que ese día volvía a estar vacía, les iba perfectamente bien para momentos como estos en que preferían no ser vistos por nadie. Heiji y Kazuha hacía un buen rato que se habían ido con Ayako, intentando mantener la calma al máximo. Shinichi y Ran les habían acompañado junto con Sonoko y Makoto. No habían conseguido encontrar ni un simple rastro de él. Los únicos testigos, informaron de ver al cadáver que ahora descansaba en el laboratorio forense, hablando acaloradamente con Mamoru, pero nada más; nadie más.

— ¿Estás segura de que quieres hacerlo, Asami? —Tetsuya se sentó a su lado de nuevo y ella afirmó con la cabeza.

— Cuanto antes se sepa mejor —Asami suspiró—. Tal vez encontremos alguna pista así, pero yo no voy a darlo por muerto. No puedo hacer eso.

— ¿Por qué piensas igual que él? —Chieko dejó un ordenador en frente de ella, desde el otro lado de la mesa—. No importa. He hecho otra pregunta tonta.

Akira se sentó al otro lado de ella mientras Kizuna seguía agarrada a su cuello.

— ¿Estás segura? —el chico la miró con tristeza—. Si hay otro secuestrador…

— ¿Qué más pueden hacerle, eh? —preguntó Asami bajando la mirada—. No creo que puedan hacerle más daño del que ya le han hecho, ¿cierto?

— Todos van a darlo por muerto, Asami —susurró Yui detrás de ella.

— Yo no —respondió ella—. No puedo hacer eso. Sería injusto para todos.

— ¿Sería injusto? —preguntó Takeshi al otro lado de la habitación haciendo juegos de manos a Kazuki y Takuma—. ¿O simplemente doloroso, Samu?

— Tengo que terminar con esto —susurró ella—. Dejadlo hacer a mí manera, ¿vale? No quiero más preguntas. Estoy harta de ellas.

— Ayako-chan me ha dicho que se irán a Osaka una temporada —susurró Chieko—. Ellos seguro no van a recibir preguntas al respecto. Deberás de afrontarlo tú con los niños, Asami.

— Lo haré —respondió ella mirando hacia Kizuna—. Yo sola.

— ¿Podrás aguantarlo? —Tetsuya suspiró.

— Podré. Enciéndelo.

— Chicos si os lo dice es por algo —susurró Chizuko—. Es mejor no seguir preguntando. Cuando te sientes mal no quieres que te lo recuerden.

Tetsuya rodó los ojos y puso su mano en el teclado del ordenador.

— Asami —ella lo miró sin ni siquiera mirarlo a los ojos—. ¿Quieres que nos vayamos o prefieres…?

— Que-daros con-migo, por favor —susurró ella con la voz entrecortada.

— Cuanto más esperes menos posibilidades de que la entiendan, Te-chan —suspiró Hiro.

Kizuna se soltó de Akira y estiró los brazos hacia Asami.

— Mamá —Asami la cogió en brazos y la sentó en su regazo.

— ¿Estás bien, Kizuna? —Asami sonrió tristemente y ella afirmó con la cabeza abrazándola—. Todo saldrá bien, ya lo verás.

— Papá ha abandonado a Kizuna, ¿verdad? —sollozó la niña a su oído.

— No. Eso no es cierto, Kizuna —Asami apartó la niña de su lado y la miró negando con la cabeza—. Papá jamás haría eso, ¿vale? Él jamás lo haría.

— Pareces dudar de eso —afirmó Takeshi.

— No estoy dudando, es que… —Asami bajó la mirada. Yui se arrodilló a su lado y la abrazó con fuerza.

— ¿Duele, no es cierto? —susurró la hermana mayor de los Kudo. Asami afirmó con la cabeza.

— Mucho —Asami escondió su cara entre las ropas de su hermana intentando que no la vieran llorar. Pero los niños estaban suficientemente cerca para escuchar sus intentos frustrados por no sollozar—. Oneechan, ¿qué voy a hacer yo ahora sin él? Yo no sé cómo cuidarlos. Me siento perdida.

— Mamoru-kun nos dijo lo mismo el primer día —susurró Yui acariciando su pelo con una sonrisa—. Si él ha podido hacerlo, tú también, Asami. Ya verás que todo estará perfecto, ¿vale?

— ¿Seguro quieres hacerlo? —preguntó Akira con tristeza.

— Deja de preguntarme eso, ¿quieres? —Asami abrazó con más fuerza a Kizuna, mientras hablaba en un tono de desprecio—. ¿Quién podría estar bien con algo así?

— ¿Asa-chan? —Chieko rodeó la mesa y se arrodilló a su lado—. ¿Qué es lo que ocurre?

— No lo entiendo —Asami se levantó manteniendo a Kizuna en sus brazos mientras ella seguía abrazada a su cuello—. ¿Por qué estamos así de nuevo? ¿Qué le he hecho yo al mundo para que no me dejen tranquila de una vez? ¿Por qué ha tenido que suceder esto ahora? ¿Por qué no nos dejan tranquilos de una vez?

— ¿Mamá? —Kazuki se acercó a ella con tristeza y ella se arrodilló para acariciar su cabeza.

— Lo siento Kazuki, mamá no se encuentra muy bien ahora mismo —susurró ella intentando parecer lo más calmada posible—. Terminemos con esto de una vez —se sentó de nuevo en la silla y Kazuki se puso a su lado con una mano en su regazo.

— Está bien —Tetsuya rodó los ojos y finalmente le dio al botón mientras todos se apartaban de ella.

— Este es un mensaje para todos los fans de Hattori Mamoru —dijo Asami intentando que su voz sonara firme y sin mirar la cámara del ordenador—. El detective lleva desaparecido desde hace ya dos semanas. Entre mentiras y ocultaciones, no pudimos darnos cuenta de ello hasta que ya era demasiado tarde. Su desaparición está relacionada con la muerte del fotógrafo de sucesos de uno de los periódicos más leídos de Japón. Según el médico forense que estuvo a cargo de ese cadáver, Mamoru no podría sobrevivir más que hoy, pero… —miró hacia la cámara—. Todos sus amigos y familiares podemos afirmar que no nos rendiremos tan fácilmente. Sabemos que Mamoru puede sobrevivir mucho más que este tiempo, así que seguiremos buscándolo hasta encontrarlo. Por ese mismo motivo, les comunico que volveré a las investigaciones, hasta encontrar a Mamoru. Espero, puedan perdonarme —su voz tembló unos segundos, haciendo que Tetsuya pulsara de nuevo el botón.

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02 de Abril

Cuando Asami y los niños llegaron en su casa de Tokio, ya había los primeros periodistas que habían visto el vídeo. Ella entró en la casa tirando de los pequeños sin decir nada. Se encerró en la casa y dejó que los niños hicieran lo que quisieran. Se sentó en el sofá y de nuevo inspeccionó el sobre que Heiji le había mostrado y con el que habían amenazado a Mamoru. ¿Dónde había visto esa caligrafía? ¿Quién había hecho esas fotos? ¿Qué era lo que le recordaba ese perfume? Miró el lado vacío en el sofá, que ni siquiera los niños habían querido ocupar. Pasó una mano por su pelo, hasta llegar a su cuello. Recordando lo que había pasado la noche antes de que se fuera, podía ver claramente a Mamoru a su lado. Parecía que era ayer que aún estaba sonriendo a su lado. Realmente se sentía fuerte entonces y ahora ni siquiera podía pensar con claridad. Mientras sus ojos se inundaban en lágrimas retenidas, iba recordando cada minuto del chico junto a ella, como siempre que se separaban el uno del otro. ¿Por qué había sentido entonces que nada más podía ir mal? ¿Por qué había ido mal? Se cubrió los ojos con las manos intentando respirar normalmente y evitar que los niños la vieran llorar. Se secó las pocas lágrimas que le habían salido y se fue a ver lo que estaban haciendo. Los dos pequeños se habían metido en la cama y estaban abrazando la almohada en un intento de no llorar. ¿Qué pasaba con ellos? ¿Por qué eran tan parecidos? Asami sabía que no tardarían en dormirse los dos. Salió de allí agarrándose con fuerza su pecho. Le costaba demasiado respirar. Se tumbó en su cama, dejándose caer. Tampoco podría dormir, mientras se mantenía apenas aguantando aquello. Se cubrió la cara con las manos llorando en silencio. No podía. No podía aguantar. Aquello era demasiado para ella. ¿Y si realmente estaba muerto? ¿Y si realmente no había conseguido sobrevivir? Mamoru…

No contaba los minutos que dormía, que eran escasos. Tampoco contaba las horas que lloraba o los días que estaba pasando, recordándose lo que podía haber hecho y no había hecho antes. Ran, Shinichi y Yoh, se iban turnando para ir a buscar a los niños y llevarlos al colegio, luego desaparecían hasta bien tarde, mientras ella seguía sumida en la investigación de esas fotografías y papeles que había en el sobre. Cada vez que veía una foto de él, solo notaba su corazón romperse en más trozos pequeños. No podía negar que le dolía. Estaba completamente desesperada intentando responderse a sí misma que todo estaría bien. No podía aceptar que Mamoru estuviera muerto, así que todo lo que ella averiguase, ayudaría a la policía a encontrarlo antes. Hasta que una noche, todo dio un vuelco extraño que la hizo derrumbarse del todo. No podía negar que se sentía mareada, ya que apenas había comido bien esos días. Mientras los niños comieran sano, ella comía cualquier cosa que encontrara y se centraba en seguir mirando una y otra vez las fotos y los papeles. Observó la foto de ella con Mamoru, al otro lado de la mesa. Ver su cara sonriente de esa foto, le dio un pinchazo en la barriga. Asami sentía que algo dentro de ella estaba mal. Muy mal.

— ¡Kizuna! ¡Kazuki!

En cuanto se levantó del sofá, sus piernas flaquearon del todo, golpeándose contra la mesa y quedándose de rodillas al suelo. Kizuna y Kazuki, que habían escuchado el ruido, llegaron con ella corriendo, pero ella no podía hablar para decirles que estaba bien. Realmente no estaba bien. No tenía fuerzas para levantarse de nuevo. Solo cerró los ojos mientras escuchaba a Kizuna y a Kazuki gritando por ella. Puso una mano en su barriga. Algo iba mal. Algo iba realmente mal. Asami terminó cayendo, tumbada por completo al suelo, perdiendo sus fuerzas.

— ¡Mamá levanta! —Kizuna la zarandeó de nuevo—. Kazuki, debemos de llamar por ayuda, ¿recuerdas lo que nos dijo papá una vez? —el niño afirmó con la cabeza y Kizuna cogió el teléfono móvil de Asami que había caído al suelo junto a lo demás. La niña pulsó los botones que había aprendido para poder ir a los contactos y empezó a leer todos los nombres que allí aparecían, hasta que reconoció las letras.

— Shinichi-ojiisan —Kizuna se encogió de hombros. Tampoco ella estaba convencida de lo que estaba haciendo. Pulsó el botón verde y puso el teléfono al oído.

— ¿Asami? ¿Va todo bien? —cuando él respondió al otro lado del teléfono, Kizuna se quedó quieta. Kazuki se acercó a ella, pero la niña siguió sin responder—. ¿Asami?

Kazuki observó a la pequeña que estaba enrojeciendo por completo. Ahora que había conseguido llamar, ¿cómo debía de actuar? Había observado a mucha gente llamando por teléfono y en ningún momento había pensado lo que sería hacerlo ella. Sintiéndose avergonzada por escuchar una voz que no tenía rostro en esos momentos, apartó el teléfono de su oído para observar el aparato. Entonces, Kazuki lo cogió y lo puso a su oído.

— ¡Shi-Shi-Shinichi-ojiisan! —dijo el pequeño gritando y tartamudeando.

— ¿Kazuki? ¿Qué ocurre?

— Mamá…

— ¿Qué ocurre con mamá?

— Está al suelo —el niño no sabía cómo describir lo que estaba sucediendo, pero había conseguido dar la información importante.

— ¿Cómo que al suelo? —la voz de Shinichi empezó a sonar nerviosa—. ¿Se mueve, Kazuki?

— No —respondió él aún gritando—. Golpeó la mesa —dijo señalando el objeto. Kizuna observó a dónde su hermano señalaba y se preguntó el motivo por el que lo hacía, al fin y al cabo, allí no había nadie más para mostrárselo.

— ¿Mamá golpeó la mesa y cayó al suelo? —Shinichi empezaba a estar confundido—. ¿Y no se mueve?

— Sí —Kazuki sonrió satisfecho.

— ¿Sí se mueve?

— No, no se mueve —corrigió el niño.

— Vale, Kazuki no os mováis, estoy en seguida aquí, ¿vale? —Shinichi no estaba entendiendo nada de lo que le decían, pero si Asami no hablaba ni les quitaba el teléfono, significaba que realmente no podía moverse. Colgó el teléfono.

Kazuki escuchó el pitido que significaba que había colgado y se quedó aún con el teléfono en su oído, esperando recibir más instrucciones del hombre. Asami lo había oído todo, pero no tenía fuerza para levantarse. Lo estaba intentando con todas sus fuerzas, pero se sentía tan mareada. ¿Por qué no podía ni siquiera responder? Su barriga dolía… dolía… dolía. ¿Tendría hambre? Vale que no hubiera comido bien, pero había comido suficiente. Asami, entonces, se dio cuenta de algo importante. Aunque estuviera sola, aunque se sintiera dolida, no podía perder nada más y lo más importante aún podía salvarlo. Aunque Mamoru no estuviera con ella, ella podría salir adelante, hasta encontrarlo. Debía de hacerlo. Por los niños y por ella misma.

Cuando Kazuki escuchó a Shinichi gritando en la puerta, él se apresuró a soltar el teléfono e ir hacia allí. El pastillo estaba echado y Shinichi no podía entrar.

— Chicos, ¿podéis abrir la puerta? —preguntó.

— Pero no llegamos —se quejó Kazuki levantando su pequeño brazo.

— Tenéis algún taburete, ¿verdad? —Shinichi sonrió.

— Baño —Kizuna corrió hacia allí y salió con un pequeño taburete entre sus brazos. Lo soltó justo delante de la puerta.

— Ahora cuando cierre la puerta, quiero que pongáis esta pieza amarilla al otro lado, ¿vale? —dijo Shinichi. Ella se subió al taburete y Shinichi cerró la puerta.

La niña cogió las dos partes del pastillo y tiró de ellas con fuerza, pero no se movían, puesto que una era una pieza fija. Cuando Kazuki vio que Kizuna no podía, tiró de la barriga de la pequeña para ayudarla, pero ninguno de los dos lo estaba consiguiendo. Hasta que la mano de Kizuna resbaló de la pieza fija y tiró del pestillo. Pero la mano de Kizuna también resbaló de allí y los dos cayeron al suelo con fuerza, golpeándose. El quejido de los niños, hizo que Shinichi abriera la puerta de nuevo y viera que el pestillo había sido quitado. Abrió la puerta lentamente, para no hacerles daño a ellos y los vio tumbados al suelo, mientras Kazuki intentaba sacarse de encima a una pesada Kizuna.

— Kazuki no empujes.

— ¿Estáis bien? —Shinichi abrió la puerta del todo y se arrodilló a su lado, para ayudar a levantar a Kizuna. Entonces, Kazuki se levantó con pesadez y afirmó con la cabeza, para volver a dentro corriendo. Shinichi cogió a Kizuna entre sus brazos y le siguió a pasos apresurados—. Asami, ¿estás bien? —se arrodilló a su lado y le tomó el pulso. Luego cogió su teléfono móvil y llamó a emergencias—. Necesito una ambulancia.

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Cuando Asami notó a Kizuna subiendo en la cama y abrazarse a ella, aunque se sintiera cansada, pudo abrir sus ojos. Kazuki estaba mirando desde el otro lado, cogido con fuerza en el colchón para no perder ningún detalle de ella. Shinichi y Ran estaban en la pared, a los pies de Asami, observando con atención también y suspirando un poco aliviados de verla despierta.

— Mamá, ¿está bien? —Kazuki parecía afónico.

— Estoy bien, Kazuki —susurró ella, haciendo que Kizuna la mirara—. ¿Estáis bien?

— Sí —Kizuna hizo su mejor sonrisa y volvió a abrazarse a ella.

— Kizuna y Kazuki hicieron su mejor esfuerzo para avisarnos —dijo Shinichi—. El médico dijo que nos contaría todo cuando despertaras, pero parece que no estás en mucho peligro.

— Siento haberos preocupado —susurró Asami.

— Iré a buscar al médico —Ran salió apresurada del lugar.

— Pero solo faltaría que tú terminaras mal, Asami —Shinichi se sentó en la cama y ayudó a Kazuki a subirse en ella—. ¿Quién se encargaría de los niños entonces, eh?

— Estoy segura de que no les dejaríais morir de hambre —Asami forzó su mejor sonrisa—. Pero ahora, no puedo preocuparme solo por mí. Cre-creo que estoy embarazada de nuevo, papá. Y estas semanas he estado alimentándome bastante mal, como para que mi cuerpo no pudiera resistir eso.

— Asami, si esto que dices es cierto, entonces no podrás con esto tu sola —Shinichi la miró preocupado mientras Kazuki también se abrazaba a ella.

— ¿Y cómo quieres que lo haga? Si Mamoru ya no está conmigo —susurró ella forzando su mejor sonrisa—. Papá, no sé qué voy a hacer. Estoy cansada para esto. Estoy demasiado cansada para esto.

— Créeme, tomarte las cosas con mucha más calma te irá mejor —Shinichi sonrió—. No te desesperes, ¿vale? Nosotros a nuestra manera, también seguimos buscando pistas de Mamoru. Así que entre todos podremos encontrarlo —Shinichi miró hacia la puerta, por dónde estaban entrando Ran y el médico—. Hemos encontrado el coche de Mamoru en un bosque y algunas roderas, a pesar de la lluvia. Así que tal vez podamos empezar a encontrar algún término medio que nos haga hallar su posición.

— Vaya, eso sí son buenas noticias, al menos —Asami sonrió incorporándose, a pesar de que los niños seguían aferrados a ella.

— Buenas tardes, Asami-san —el médico hizo una pequeña reverencia—. ¿Cómo se encuentra?

— Bien, creo —Asami sonrió.

— ¿Sabe lo que le ha sucedido?

— Me mareé, me caí encima de la mesa y cuando intenté reponerme, noté que estaba perdiendo algo —Asami se encogió de hombros—. Hasta perder el conocimiento por completo cuando llegó mi padre.

— Ha estado a punto de perder el feto, así es —dijo el médico—. No son muchos días de embarazo, creo que unos 3 meses casi, así que pronto podremos decir que es algo seguro.

— Para ser exactos, dos meses y treinta días. Si quiere le puedo decir la hora exacta también —Asami sonrió hacia él. Shinichi estalló en risas.

— No creo que eso le interese en absoluto, Asami.

— Me suponía —Asami sonrió hacia los niños que la miraban confundidos.

— ¿Qué es feto? —preguntó Kazuki.

— Suena a comida —respondió Kizuna.

— Algo que los dos fuisteis hace mucho tiempo —Asami sonrió.

— ¡¿Eh?! ¡Kizuna no es comida! —gritó ella.

— Claro que no —Asami sonrió—. ¿Sabes? Mamá tiene a un niño o a una niña en su barriga —Asami se la tocó con suavidad mientras los miraba—. Será un hermanito o una hermanita para Kizuna y Kazuki.

— ¿En la barriga? —Kazuki la miró con el ceño fruncido—. ¿Te lo comiste?

— No, para nada —Asami se rio—. Cuando seas más grande entenderás eso, Kazuki, no tengas prisa a entenderlo ahora.

— Pero como sigas alimentándote de esta manera, creo que lo perderás antes de que nazca el bebé —respondió el médico.

— Han sido unos días realmente duros, señor —Asami suspiró—. Jamás creí en la posibilidad de volver a estar embarazada y como estaba centrada en encontrar a mi marido, tampoco estaba pensando mucho más que en cuidar de mis hijos. Cosa que a partir de ahora tendrá que cambiar mucho.

— Pasarás toda la noche en el hospital, hasta que hayamos compensado tus faltas de vitaminas y demás —respondió el médico—. Mañana, si vemos que estás bien, entonces te dejaremos ir, sino no.

— ¿Mamá se quedará en el hospital? —Kizuna lo miró preocupada.

— Oye, que mamá se quede aquí no significa que vaya a dejarte, Kizuna —Asami sonrió—. Irás en casa de Ran-obaasan unos días, ¿vale? Hasta mediados de Abril no empezaréis el nuevo curso, así que podéis venir a verme, ¿vale?

— Pero mamá no dormirá con nosotros, ¿verdad? —Kazuki puso una expresión triste y solitaria en la cara.

— No cariño, hoy no —Asami le acarició la cabeza levemente—. Pero cuando vuelva, podréis quedaros con mamá todo el día, ¿vale? Hasta que empecéis el colegio.

— ¡Vale! —los dos levantaron las manos en una sonrisa.

— Recibir algún golpe en la barriga o cualquier otra cosa, podría hacerte perder el bebé ahora, Asami-san —dijo el médico.

— Lo sé, pero puesto que tampoco sé si mi marido está vivo o muerto —Asami se encogió de hombros—. Mis estados emocionales también podrían interferir en el proceso. Cuando pueda saber si el bebé está sano o no, decidiré si sigo con esto o lo encuentro una carga demasiada pesada para mí.


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Próximo capítulo: 'Kira, de buena suerte'.