Hellow!
Por los Años IV: inicio de la tercera generación
La muerte llama a las puertas de las familias Kudo y Hattori
27 de Octubre
Cuando Yuna vio a ese hombre, sabía que no podría evitar el gritar. Estar en el colegio de segundo curso de infantil, le daba una vigilancia un poco más estricta, pero aún así, ese tipo era el acompañante que la había intentado secuestrar en la fiesta de agosto, y de seguro que lo volvería a intentar. Ella recordaba haberlo visto en la verja antes de que los adultos rodearan al hombre que la había cogido. Ella, siguiendo los consejos de su padre y su madre, se alejó de él cuanto pudo y se acercó a su profesora más cercana, puesto que había una ventana al medio, no estaba muy asustada, pero aún así ella no quería ver al hombre que había intentado alejarla de sus padres. Tiró de sus pantalones con fuerza, mientras la mujer estaba riñendo a Kyooi y Kotarou por pelearse por la posesión de un balón.
— Sensei…
— Ahora no, Yuna-chan, un segundo —dijo ella.
— Pero… —Yuna señaló detrás, pero la mujer ni siquiera la miraba.
— Ve a jugar, Yuna-chan, en seguida estoy contigo —respondió ella.
Yuna frunció el ceño. Sus padres le habían dicho que si volvía a ver a ese hombre, les dijera a los adultos que tuviera a su alrededor y se alejara de él, pero era ya la hora de que fueran a buscar a los que se iban más temprano y el hombre estaba esperando en la puerta para entrar hacia allí. Yuna se sentía acorralada y la mujer no parecía querer hacerle caso. Así que se acercó a Kyooi y le cogió la mano con fuerza. Si estaban los dos juntos no se los podría llevar tan fácilmente.
— Yuna… —Kyooi la miró con curiosidad.
— Kyooi-kun, ¿me estás escuchando? —preguntó la mujer—. Yuna-chan, vete de aquí y deja que termine con ellos.
— Sensei, ese hombre viene a hacerle daño a Yuna —dijo ella señalando al hombre que se acercaba a ellos con las puertas ya abiertas.
— ¿Qué? —la mujer miró confundida a la multitud de padres que entraban en el patio, dirigiéndose hacia las puertas de la clase. Mientras la mujer estaba mirando, Kyooi tiró de Yuna hacia el fondo de la clase y se escondieron debajo de unas mesas. Cuando la mujer volvió a mirar en el lugar, Kotarou estaba observando confundido la escena. Kyooi nunca se había alejado de una profesora mientras le reñían y aún menos llevándose a Yuna con él—. ¡Miyano Kyooi! ¡Vuelve aquí ahora mismo!
— ¡No! ¡Ese hombre intentó llevarse a Yuna! —gritó él debajo de la mesa.
— ¿Cómo que intentó…? —la profesora rodó los ojos mientras se acercaba a la puerta, para dejar entrar a los padres que venían a buscar a sus hijos. Los padres y los niños, fueron yéndose uno tras otro, hasta que solo quedó ese hombre. Él se aseguró de que no había nadie más alrededor y cuando la profesora le preguntó a quién venía a buscar, el hombre la empujó a dentro de la clase y cerró la puerta—. ¡Oiga! —justo cuando se quejó, el hombre sacó una pistola y la puso debajo de la barbilla de la profesora.
— Ah, tiene lo mismo que papá —dijo Kotarou señalando la pistola.
— Aparta de aquí, niño —el hombre tiró una patada hacia él. Kotarou se golpeó contra una mesa y se quedó tumbado al suelo, llorando. Le dolía, la verdad. El hombre frunció el ceño, mientras la profesora se quejaba por su comportamiento. Alumi, que lo había visto, corrió a abrazar a Kotarou—. Haz que se calle, no aguanto a los niños llorosos. No vengo por él, pero le pegaré un tiro.
La profesora se alejó a paso rápido, para acercarse a Kotarou. El hombre cerró la puerta con la llave que había a un lado y apuntó hacia la mujer. Los niños no serían ningún problema, porque no tenían ni fuerza ni conocimiento de lo que él llevaba en la mano. A la única que debía de amenazar era a la profesora, que estaba sola. Si la puerta estaba cerrada, al igual que las ventanas, no tendría ningún problema.
— Tranquilo, Kotarou, tranquilo. —la profesora lo cogió en sus brazos, intentando que el niño dejara de llorar, pero de seguro el golpe tenía que haberle dolido. Alumi fulminó con la mirada al hombre, haciendo que la profesora se preguntara cuantos años tenía esa pequeña.
— Yuna-chan, ¿dónde estás? —preguntó el hombre viendo por todo el lugar—. ¿Yuna-chan?
— ¡Váyase! —gritó la niña en su escondite.
El hombre se detuvo y observó a su alrededor. La niña estaba allí, no se había equivocado de clase.
— Yuna-chan, no voy a hacerte daño —respondió el hombre empezando a mirar debajo de las mesas—. No voy a hacerte daño —lentamente se iba acercando dónde Yuna y Kyooi se habían escondido. Cuando se agachó para ver debajo de las mesas, Kyooi se levantó, empujando la mesa contra el hombre. Luego, cogió a Yuna y tiró de ella hacia la puerta, e intentó abrirla, pero estaba cerrada—. Malditos mocosos. Venid aquí ahora mismo —el hombre se levantó del suelo y los encaró. Kyooi se había puesto delante de Yuna, que se había quedado en la esquina de la puerta.
— ¡No! —gritó ella—. ¡No quiero! ¡Quiero estar con mamá y papá, no con usted!
— Ven aquí, Yuna —el hombre utilizó un tono de amenaza, pero los niños no podían entender ese tono. La profesora se soltó de Kotarou para ponerse delante de Kyooi y Yuna.
— Váyase de aquí, se lo ruego —pidió ella.
— No lo haré sin esta niña —respondió el hombre alzando la pistola hacia la profesora—. Apártese.
— No lo haré —la profesora abrió sus brazos.
— ¡HE DIHO QUE SE APARTE! —gritó él.
— ¡NO! ¡NO VA A TOCAR A ESTOS NIÑOS! —respondió ella alzando su voz. Las clases estaban unidas, así que al menos las profesoras de al lado podrían escucharla.
— No me deja otra opción —el hombre disparó contra ella.
El ruido fuerte de la pistola, hizo que los niños gritaran, excepto Alumi, quien se cubrió los oídos con las manos. Algunos, empezaron a llorar, otros se apartaron aún más del hombre, otros simplemente se quedaron quietos y aterrados.
— Hisa-sensei… —Kyooi se acercó a ella, cuando la vio caer al suelo, mientras Alumi se sentaba al lado de Kotarou—. Hisa-sensei, ¿está bien, Hisa-sensei?
— ¡Hisa-sensei! —alguien golpeó la puerta al ver que no podía abrirla—. ¡Hisa-sensei! ¡¿Está todo bien?! ¡Hisa-sensei!
— Apartad de la puerta —dijo el hombre intentando acercarse a Kyooi, pero él se tiró hacia atrás, tocando a Yuna con su espalda. Ese hombre realmente daba miedo, mirándolo de sus ojos.
— ¡Miaka-sensei, ayuda! —Yuna golpeó la puerta con fuerza—. ¡El hombre quiere hacer daño a todos!
— ¡He dicho que te apartes de la puerta, niña! —el hombre cogió a Kyooi del brazo, levantándolo y tirándolo hacia el otro lado de la sala. Luego cogió a Yuna con fuerza—. ¡Por eso odio los niños! ¡Jamás hacéis caso!
— ¡Policía abra la puerta! —gritó Mamoru desde el otro lado.
¿Había tenido tan mala suerte de que hubiera un policía entre los padres que iban a recoger a los niños? ¿O ese policía estaba allí por casualidad?
— ¡He disparado a la profesora! ¡No me haga disparar a los niños! ¡Aléjense de aquí! —gritó el hombre con fuerza.
— ¡No haga daño a los niños! ¡Oiga, soy policía! ¡Puedo ayudarlo!
— No necesito ayuda —respondió él por debajo de los gritos y los llantos de los niño—. ¡Cerrad el pico, mocosos!
Algunos de ellos se callaron asustados por sus gritos.
— Hisa-sensei… —Kotarou se acercó a la mujer, yendo de cuatro patas—. Hisa-sensei… —la zarandeó con toda su fuerza—. Hisa-sensei, duele… —Kotarou finalmente se dejó caer tumbado al suelo.
— Oiga, unos niños de rehenes no le va a ayudar mucho —respondió Mamoru—. Déjeme entrar y hablemos del tema.
— Es usted un pesado —respondió el hombre.
— Ya y usted parece no comprender que las vidas de los niños es más importante que la de un policía —Mamoru abrió la puerta. Miaka le había dado la llave. El hombre cogió con fuerza a Yuna y la apuntó con la pistola—. Kotarou, ¿estás bien?
— Sí —el niño lo miró arrodillarse al lado de la profesora para tomarle el pulso.
— Miaka-sensei, llévense a Hisa-sensei de aquí —dijo él mirando detrás de la puerta—. Y a los niños. Cuánto más asustados estén, más nervioso pondrán al hombre. Presionen la herida de Hisa-sensei con fuerza, para detener la hemorragia.
— Está bien… —Miaka-sensei se acercó a ellos y con la ayuda de Mamoru consiguió sacar a la mujer de allí. Kazuki entró por la puerta y se quedó observando todo desde una esquina—. Niños venid todos aquí, vamos. Todos —la mujer dio pequeños golpes con sus manos para llamar la atención de ellos—. Venga, todos aquí —los niños poco a poco se fueron moviendo. Cuando hubieron pasado por el lado del hombre, todos echaban a correr para abrazarse a la mujer—. Está bien, vamos, todos a la clase de los delfines, venga. ¿Alumi-chan? ¿Kotarou-kun? ¿Kyooi-kun? ¿Qué hacéis?
— Duele —se quejó Kotarou después de intentar levantarse, pero se quedó tumbado al suelo de nuevo. Alumi sonrió hacia él.
— ¿Estás herido Kotarou? —Miaka se arrodilló al lado del niño olvidando el no mostrarse nerviosa delante de los demás niños.
— Lo golpeó con el pie —informó Alumi señalando al hombre.
— Está bien —Miaka-sensei le hizo una sonrisa forzada—. ¿Dónde te duele?
— Aquí —Kotarou se puso una mano en el pecho, mientras Mamoru se aseguraba de ponerse a tiro del hombre para que no pudiera hacer daño a nadie más. La profesora le levantó el jersey lentamente, para ver un pequeño moratón que empezaba a formarse en el tórax del pequeño.
— ¿Es que ni siquiera tiene la decencia de cuidar de unos niños? —la profesora miró al hombre con rabia, haciendo que Mamoru mirara al niño.
— Mejor que se lo lleven con la ambulancia junto a Hisa-sensei —Mamoru suspiró largamente antes de hablar—. Por la posición de esas mesas de allí, debe de haberse golpeado después del golpe, así que seguramente debe de tener alguna herida interna o alguna costilla rota. No lo mueva mucho por el momento. Solo apártelo del punto de mira.
— Está bien, Kyooi-kun, Kazuki-kun, Alumi-chan vamos —la profesora cogió a Kotarou entre sus brazos intentando que los niños la siguieran pero ninguno de los tres se movió.
— Papá —Kazuki no quería irse de allí sin él. ¿Por qué si había ido a buscarlo el adulto tenía que quedarse en una clase que ni siquiera era la suya? La profesora dejó a Kotarou en el pasillo, al lado de Hisa-sensei y de Yuzu-sensei, que estaba intentando parar la hemorragia de la primera y luego volvió atrás para llevarse a Kazuki. Alumi salió a fuera quedándose al lado de Kotarou. Habían juntado a todos los niños en una sola clase con las demás profesoras, así sería más fácil poder mantenerlos a ralla. Miaka cogió la mano de los dos niños, para intentar sacarlos de allí, ya que eran los únicos que quedaban, pero Kazuki y Kyooi se soltaron de ella rápidamente—. ¡No, papá! —Kazuki se cogió a la pierna del hombre.
— ¡Yuna! —Kyooi sollozó alejándose de la profesora para que no lo apartara de ahí—. ¡Yuna tiene que volver a casa! ¡Himitsu-ojiichan vendrá a buscarnos!
— Oniichan —Yuna estiró los brazos hacia él. Se sentía demasiado indefensa con ese hombre. Pero el hombre la cogía con fuerza.
— Kyooi, Kazuki, tenemos que salir de aquí —se quejó Miaka—. Vamos…
— Haced caso a la profesora, chicos —Mamoru se movió hacia un lado, para que Kyooi estuviera a salvo.
— Pero…
—Hattori Kazuki, sal de aquí ahora mismo —se quejó Mamoru mirándolo con enfado.
— Bien, eso está mucho mejor —el hombre sonrió haciendo que Miaka, que estaba peleando por coger a Kyooi y sacarlo de allí, y Mamoru lo miraran confundidos—. Hattori Kazuki ya está aquí también, ahora solo falta Kizuna-chan.
— ¿Qué narices quiere usted de mis hijos y de Yuna? —Mamoru lo miró con odio. A lo lejos, las sirenas de la policía y la ambulancia empezaban a acercarse.
— Me han ordenado matarlos —respondió él sonriendo—. Así que aligeremos un poco las cosas. Mataré a ese niño si no me llevan a Hattori Kizuna —puso la pistola apuntando a Kyooi, que seguía haciendo fuerza para que Miaka le soltara.
— Pero señor… —Yuna lo miró con el ceño fruncido—. Kazuki-kun dijo que Kizuna-chan estaba enferma y por eso no había venido.
— ¿No está en el colegio? —preguntó él mirando a la pequeña que lo miraba con unos ojos azules que se debatían en hacer lo correcto o echarse a llorar.
— No, Kizuna-chan se quedó en casa con Kira-chan —respondió ella.
— Está bien, entonces empezaré con vosotros dos —el hombre movió la pistola hacia Kazuki. Mamoru empujó al niño afuera, mientras Miaka-sensei salía con Kyooi peleándose por soltarse—. Apártese de aquí, esto no va con…
— No tocarás a mi hijo —respondió Mamoru—. Ahora, suelta a Yuna.
— No. Tengo que ir a entregarla a alguien después de matar a los niños Hattori —él sonrió.
— ¿Quién te ha contratado? —preguntó Mamoru.
— ¿En serio cree que voy a decirlo? —el hombre sonrió mientras apuntaba a Yuna con la pistola.
— Señor, por favor, suelte a Yuna —se quejó ella—. Yuna quiere ir con papá y mamá.
— Yuna hará lo que el señor le diga, para no hacerse daño, ¿está bien? —el hombre sonrió.
— ¡Suélteme! —se quejó ella moviéndose con fuerza para que le soltara.
— ¡Yuna! —Mamoru gritó para que ella le prestara atención—. Pronto papá vendrá a buscarte, así que mejor estate quieta, ¿vale? Papá quiere que Yuna sea una buena chica y haga caso de lo que los mayores le dicen, ¿no es cierto?
— Sí.
— Entonces no te muevas ahora, Yuna —Mamoru hizo su mejor sonrisa.
El teléfono del hombre empezó a sonar. Viéndose ocupado por las dos manos, el hombre cogió a Yuna solo por el cuello haciéndole daño.
— Como te muevas le rompo el cuello —dijo rápidamente. Luego se guardó la pistola y sacó el teléfono para descolgar—. ¿Diga?
— ¿Los has matado ya?
— No señora —respondió él—. Supongo que usted es la clienta directa, ¿verdad? Tiene usted una bonita voz, seguro que podríamos hablar algún día al respecto.
— No me gusta a mí la tuya —respondió ella con enojo—. Te pedí que lo hicieras antes de que vinieran.
— Bueno, ha habido una complicación con el caso que nuestro enlace de contacto me ha pedido también, además… la niña no está aquí. Al parecer está enferma, así que no he podido de momento llegar a ella —el hombre miró a Mamoru—. Por cierto, diste orden estricta de que no matara al padre de esos dos niños, pero… tendré que hacerlo, porque me está privando de cumplir con mi otro caso, en el que me dieron permiso para matar a cualquier obstáculo.
— No puedes matarlo, bajo ningún concepto —respondió ella con voz enojada.
— Dime entonces cómo puedo solucionar esto, señorita —el hombre sonrió.
— Puedes llamarla por su nombre —dijo Mamoru—. Es Kikyo, ¿no es cierto? Y usted tiene que ser Genda Kakeru, aquél del que Himitsu me advirtió conforme era un cirujano plástico, había sido chantajeado por ella y la había operado.
— Vaya, aquí hay alguien que parece ha estado investigando —Kakeru sonrió con más malicia aún—. ¿Quién es Himitsu?
— Papá —Yuna sonrió hacia él—. ¿Puede soltarme ya? Le estoy haciendo caso, señor, pero me hace daño.
— No. Así que el padre de esta mocosa es quién nos ha investigado —el hombre miró a Mamoru.
— Para ser exactos, el padre de esta mocosa, que por cierto, se llama Akai de apellido, es el hijo de dos agentes del FBI, realmente peligrosos, y trabajó hasta los 18 años con Gin —pasos y corridas en los pasillos: la policía y la ambulancia habían llegado.
— ¿El padre de esta mocosa trabajó con Gin? —Saguru y otro hombre irrumpieron en la sala con rapidez.
— Sí, eso he dicho, con tu peor enemigo hasta el momento —Mamoru sonrió—. Así que no se busque otro enemigo, porque le aseguro que ir en contra de él ahora mismo, sería como ir en contra de las agencias del FBI, la CIA y la Interpol juntas, además de la Policía de Japón.
— Suelte a la niña ahora mismo —dijo el compañero de Saguru entrando y apuntando con la pistola hacia el hombre.
— Como se mueva un solo milímetro le rompo el cuello a la mocosa —volvió a repetir Kakeru.
— Genda-san, ¿sabe que Kikyo le ha engañado? —preguntó Mamoru levantando las manos y poniéndose al medio de la pistola y el hombre—. ¿Es usted consciente de eso?
— ¿De qué habla?
— Tal y como le he dicho, Himitsu os ha investigado realmente mucho —informó Mamoru—. Sabe que se lió a tiros con Vodka y Ken, dejándolo suficiente malherido, para que ellos le creyeran realmente muerto. Saben que Kikyo le entrevistó, exponiendo su nombre real, y que desde entonces le chantajea para no exponer toda la entrevista al descubierto y que Gin venga a matarlo de una vez por todas. Como también sabe, porque él estaba con ellos en ese momento, que Gin está muerto. Para ser exactos, lo mató una de las personas más cercanas a él ahora mismo.
— ¿Gin está muerto? —el hombre lo miró sorprendido. Estaba muy confundido realmente. Mamoru frunció el ceño. Realmente no lo sabía—. ¿Cómo que muerto? ¿Ese hombre no era intocable? ¿No era inmortal?
— Gin está muerto, lo puedo confirmar yo mismo, porque lo pude ver con mis propios ojos —Mamoru suspiró—. También fue Himitsu quién me dijo que le estarían amenazando con eso, así que le ruego que al menos deje a su hija al margen con lo que Kikyo le haya podido amenazar.
— Pero… —el teléfono que él seguía manteniendo en su oído emitió un pitido, mostrándole que al otro lado habían colgado—. Él apartó el teléfono de su oído y se lo miró—. Esto no es bueno, le he dicho que la niña seguía en la casa —el hombre soltó lentamente a Yuna hasta dejarla al suelo y levantó las manos—. Esto no es bueno.
— Está bien —Mamoru se acercó a él y se arrodilló a su lado, poniéndole una mano en su hombro—. A mí también me ha estado amenazando esa mujer. Hasta que hoy he descubierto que lo que me dijo era mentira.
— ¿Con qué te amenazó? —el hombre lo miró preocupado mientras Saguru se acercaba para quitarle el arma al hombre y Yuna se apartaba de ellos para irse a fuera junto a las profesoras.
— Con haber puesto bombas a mi familia. Estoy convencido de que también sabe que Kizuna está en casa.
Flashback
13 de Octubre
Mamoru se quedó quieto al otro lado de la cinta policial que acababan de poner. Su primer día de vuelta en el trabajo y ya tenían a un asesino en serie por atrapar. Había alguien que les estaba observando al otro lado del parque. Pensando que tal vez era algún testigo, se acercó a la mujer de pelo castaño, ojos negros y vestida delicadamente de verde, con una decoración de perlas verdes en su cabeza. Su pelo estaba muy liso y dejaba ver en sus orejas dos pendientes largos, con calaveras debajo.
— Hola —Mamoru hizo su mejor sonrisa.
— Hola, Mamoru-kun —cuando escuchó su voz, Mamoru se quedó estático. Aunque su aspecto hubiera cambiado, su voz seguía siendo la misma, suave y aguda, con un tono de amargura. Takagawa Kikyo estaba delante de él, sin ninguna característica anterior que la definiera, aparte de su voz. La verdad es que ahora sí tenía miedo de ella, pero la policía estaba observándolo, no creía que ella fuera capaz de atacarlo—. Dime al menos si estoy más bonita —se quejó ella. Mamoru no respondió. No quería hablar con ella y realmente tenía muchas ganas de echar a correr lejos, pero la mirada que llevaba, le decía que tenía que escuchar todo lo que aún había—. Bueno, está bien, aceptaré que puedas estar un poco enojado conmigo, porque no he luchado suficiente para volver a tenerte a mi lado —Mamoru apretó los puños con fuerza. Tenía unas ganas terribles de golpearla, pero eso solo la enojaría más. Ella no lo vio, o no quiso verlo, porque se sacó el móvil de su bolsillo y se lo mostró a él. Había un reloj digital con números rojos en cuenta a cinco segundos. ¿Una bomba? ¿A dónde se había atrevido a ponerla? Rápidamente Mamoru lo entendió—. Sí, está en tu casa —respondió ella sonriendo—. Asami-chan es realmente un sol de mujer y no ha sospechado de mí en ningún momento. No te atrevas a buscarla, porque podría hacerla estallar enseguida. Estaré pendiente de tus movimientos junto al compañero que tengo ahora —Kikyo pulsó un botón del teléfono—. Hay cámaras en toda la casa y como Asami-chan no puede salir porque lo han dicho los médicos, creo que podríamos decir que en cuanto ella esté preparada para poner un pie a fuera la bomba ya habrá estallado. Ah, sí, también tengo micrófonos, así que no intentes advertirla. Si alguno de vuestros padres policías pisa la casa, también la haré estallar, así que no te atrevas a avisar a nadie ajeno. Por el momento, los que pueden pisar la casa, sois solo vosotros dos como adultos y los niños. Ah, y te aseguro que te arrepentirás si les das más atención a ellos que a mí, así que empieza a cambiar tu comportamiento de persona feliz solo delante de ellos.
— Kikyo-san, te lo ruego, no hagas esto —Mamoru la miró asustado. Esa mujer había demostrado ser demasiado perfeccionista en todo lo que hacía, así que por mucho que sacara a Asami antes de los cinco segundos de reloj programados, seguro les alcanzaría la onda expansiva. De seguro había planeado algo peor.
— Cuando te sientas mejor, podrás volver conmigo, ¿vale? —Kikyo hizo su mejor sonrisa—. Ah, y los niños tienen que ir cada día a clase, no quiero que fallen ni un solo día, ¿vale?
Decidido. Mientras Mamoru veía la espalda de la mujer alejándose, pensó que era mejor hacerle caso. Personas ajenas fuera, el resto de sus familias fuera. Solo ellos, para que no les hicieran daño a nadie. Solo ellos, ante el peligro. Si Mamoru se mantenía frío, Asami seguramente lo abandonaría y los niños y ella estarían a salvo. Se quedaría él al lado de esa bomba y esperaría a lo que sucediera.
Fin del Flashback
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Kizuna se despertó con hambre. Había tenido demasiado dolor de barriga y su madre se había quedado a su lado durante toda la noche. Pero ahora ya era mediodía. Estaba escuchando a Kira diciendo cosas sin sentido, pero sin llorar en ningún momento. ¿Estaría jugando sola? Eso sería divertido, aunque su padre le hubiera dicho que la niña no podría jugar con ellos hasta que fueran más grandes. Saltó de la cama y se quedó mirando la pequeña mesita de noche que tenía al lado. Ahora, llena con medicamentos, vendas para bajar su fiebre y termómetros. En un pequeño rincón, seguían sus objetos preferidos. Se había dicho a sí misma que no saldría nunca de su habitación con ellos, así que ella cogió el colgante con la bala de Kira y se lo puso en su cuello. Luego, cogió la fotografía en la que estaban toda la familia en el hospital y que su abuelo les había plastificado en tamaño pequeño, a Kazuki y a ella, para que cupiera en sus pequeños bolsillos. Finalmente observó su cama. Su osito de peluche que Asami le había regalado al cumplir los cinco años, la estaba mirando con tristeza. Lo cogió del brazo y salió de su habitación en silencio. Cuando llegó al comedor, observó a Asami, arrodillada al suelo y dormida con la cabeza en el sofá. Después de cuidar de Kizuna, se había encargado de cuidar de la llorona de Kira, que siempre pedía comer a llantos. Pero ahora, alguien estaba dándole la comida a Kira. Kizuna se acercó a la mujer de pelo castaño claro y vestida con un jersey verde y unos pendientes de calavera en sus oídos. Era desconocida, pero… parecía que Kira estaba algo incómoda con ella. Kizuna se acercó a la mujer con curiosidad y un poco asustada. Después de que su padre no la tocara durante dos semanas, ella sentía que quería jugar con otras personas también. Kazuki se había ido al colegio y ella estando enferma no podía jugar con nadie. La mujer, cuando la vio, le hizo señas para que no hablara y señaló hacia Asami. Ella no quería despertar a Asami, y Kizuna tampoco lo quería. La mujer, cogió a Kira con el biberón y salió de la casa. Kizuna la siguió, realmente tenía muchas ganas de jugar con alguien. Cuando estuvo a fuera, vio un coche al final de la calle aparcado, pero no había nadie más allí. ¿Jugarían ellas solas? La mujer la llevó hacia el final de la calle, junto al coche y dejó a Kira en el asiento delantero.
— Señora, Kira y Kizuna tienen que ir en unas sillitas para niños —dijo Kizuna acordándose de lo que sus padres le habían dicho.
— No te preocupes —ella sonrió forzando su voz. No era momento para que Kizuna la reconociera tampoco—. Este coche es especial.
— Pero mamá… —Kizuna señaló hacia la casa.
— ¿No quieres venir, Kizuna-chan?
— Mamá dijo que no podíamos salir de casa sin papá o sin ella —dijo Kizuna.
— Pero estás conmigo, Kizuna —Kikyo hizo una mueca fugaz. Tenía que convencerla como fuera—. Conmigo no te pasará nada, ya lo verás. Más tarde vendremos con mamá, ¿de acuerdo?
— Está bien.
Kikyo abrió la puerta del coche.
— Vamos a jugar mucho tú y yo, Kizuna-chan —Kikyo sonrió amablemente.
Kizuna subió al coche y dejó que Kikyo le cerrara la puerta.
.
Asami se despertó sobresaltada por el teléfono. Mamoru la estaba llamando. Descolgó el teléfono y observó a su alrededor. ¿Dónde estaba Kira?
— Asami, ¿estáis bien? —preguntó Mamoru al otro lado.
— Estaba dormida, ¿qué sucede? —Asami se levantó y se fue hacia la habitación de Kizuna. Tal vez ella la cogiera para intentar jugar de nuevo con su hermanita. No había nadie.
— Seguramente vendrá ella…
— ¿Kizuna? —Asami la llamó. Eso era extraño.
— ¿Qué? ¿Asami qué ocurre? —la voz de Mamoru había sonado quizás más preocupada de lo normal.
— ¿Kizuna dónde estás? —sin respuesta. Asami se fue hacia la habitación que compartían con Mamoru, pero a medio camino vio a través del pasillo que la puerta de fuera estaba abierta—. ¿Kizuna? —eso no podía ser posible. ¿La niña había salido a fuera de la casa sola? ¿Cargando con Kira? Eso no podía ser verdad—. ¡Kizuna! —salió corriendo hacia fuera de la casa, olvidando por completo a Mamoru al otro lado del teléfono. Nada en el jardín. Definitivamente era en la calle. Salió a la calle y miró a un lado: vacío. Cuando miró al otro lado vio a una mujer cerrando la puerta del coche. Vio a Kizuna observar a través del cristal de detrás. ¿Quién era esa mujer? Antes de que se diera cuenta esa mujer le estaba lanzando un beso al aire y se subía al coche—. Kizuna. ¡Kizuna! —Asami echó a correr, pero no le sirvió de nada, porque el coche salió más rápido de lo que ella podía alcanzar ese coche—. ¡KIZUNA! —no. No podía llevárselas de su lado. De seguro era Kikyo. De seguro Kira estaba con ellas—. ¡KIRA! ¡KIZUNA! —no podía llevárselas de allí. Sus hijas. Sus niñas. Sus pequeñas. Asami se detuvo al medio de la calle, al ver que el coche ya se estaba demasiado lejos para ella, girando por una esquina—. ¡KIZUNAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!
Se quedó mirando el lugar por donde había desaparecido. Se sentía completamente bloqueada. ¿Qué debía de hacer? Tenía que ir a por ellas. ¿Cómo? Ni siquiera podía dar un paso porque se había olvidado cómo hacerlos. En su campo de visión apareció la amable anciana que tenían por vecina. Le estaba hablando. Le estaba preguntando lo que le había sucedido. El motivo por el que estaba gritando. Mamoru llegó con ellas un poco más tarde, con un Kazuki cansado de correr.
— Asami, ¿estás bien?
— Se las ha llevado. Se ha llevado a Kizuna y a Kira —Asami señaló el lugar—. Se las ha llevado.
— ¿Quién? —Mamoru miró hacia el lugar y luego volvió a mirar a Asami.
— No lo sé —Asami se puso las manos en la cabeza con desesperación. Tenía que recordar todo. Absolutamente todo—. Ni siquiera he podido leer la matrícula.
— Coche negro, de marca Suzuki, aquí tienes la matrícula apuntada —Himitsu dio una pequeña libreta a Mamoru—. Lo siento, he llegado tarde. Hemos conseguido una confesión de Genda Kakeru, pero demasiado tarde. Las propiedades que siguen en nombre de Takagawa Kikyo o del alias que estaba usando ahora, o de sus padres, siguen siendo las mismas. Tienen una casa de vacaciones en la isla Miyako de Okinawa. También una granja que era de sus abuelos en el Canadá y que Kikyo les pidió a sus tíos que no la vendieran; por ahora es de sus padres. También tiene una lancha a motor anclada en un muelle pequeño a la costa. Tienes la dirección aquí también.
— ¿Está tratando de salir del país con Kizuna? —Mamoru lo miró confundido.
— Eso quizás sea lo que ahora mismo tendría más sentido —respondió Himitsu—. Tengo el coche cerca, si quieres que te acompañe.
— Sí. Asami, que…
— Yo voy —Asami lo miró con sus ojos decididos. No dejaría que esa mujer se saliera con la suya y aún menos cuando había sido por un despiste de ella.
— Kazuki —Mamoru y Asami lo miraron y él se cogió a la mano de su madre—. ¿No quieres quedarte en casa?
— Kizuna —dijo él apretando la mano de Asami.
— No perdamos más el tiempo —Himitsu se giró y empezó a andar hacia el coche.
— Vamos —Mamoru cogió a Kazuki en brazos y todos apresuraron el paso.
Kazuki se agarró al jersey de él, manteniéndose apartado. Mamoru sabía que les había hecho daño. Mamoru sabía que les había hecho tanto daño que ni siquiera le tenían confianza ya. Kazuki no quería abrazarlo, pero estaba suficientemente cansado, como para aceptar que él le llevara. Hoy tenía que haber remediado todo. Hoy era el día en que sacaría a todos de casa, para comprobar si la bomba estaba en la casa o no y para pedirles perdón a todos por comportarse tan frío en los últimos días. ¿Por qué entonces ella se llevaba a Kizuna y Kira? ¿Tal vez por qué sabía que él había descubierto la farsa? Después de colocar bien a Kazuki en la silla que usaba normalmente Yuna, todos se subieron al coche y salieron rápidamente hacia la autopista. Tal vez la encontraran por el camino, así que mientras Asami llamaba a su padre, Mamoru buscaba el coche entre los cientos de ellos y Himitsu conducía rápidamente hacia el muelle.
Cuando llegaron, ya era demasiado tarde. La lancha ya se había alejado suficiente, como para solo ver de lejos. Kazuki se quedó un poco atrasado, observando cada pequeño detalle. ¿Qué era aquello que estaba al lado del motor, parpadeando?
— ¡KIZUNA! —Asami gritó avanzando, pero Mamoru la cogió por la espalda deteniéndola.
— ¡Están demasiado lejos para que intentes nadar hacia ellas y no sabemos lo que les puede hacer! —le dijo alzando la voz.
— Pero Kizuna y Kira.
— Iremos a por ellas, pero ahora no creo que puedas…
Coches deteniéndose al lado de dónde Himitsu y Kikyo los habían dejado. Todos los miraron por unos segundos. Shinichi, Heiji, Kaito y Saguru habían llegado con coches de la policía que llevaban, entre los oficiales, a Yuki, Chizuko y Tetsuya, junto a sus hijos. En otro coche un poco más alejado, llegaban Erick, junto a Natsuki, Akira y su recién nacida hija Nanami. De dentro de otro coche más alejado, salían Chieko, junto a Sonoko, Makoto, Ran, Kazuha y Aoko. Estuvieron mirándolos, hasta que escucharon que el motor de la lancha se había detenido. Mamoru y Asami se giraron para verlo. Kikyo estaba intentando volverla a poner en marcha. Esa era una oportunidad que no podían dejar perder. Como si les hubieran leído la mente, Tetsuya y Himitsu saltaron al agua sin pensárselo dos veces. Asami tenía que reconocer que nunca había sido una nadadora muy buena. Así como en la carretera había ganado muchas veces a Hiro y Tetsuya, nadando, siempre ganaba solamente a Takeshi. Quizás Himitsu también fuera rápido, pero…
Perdieron de vista a Kikyo y Kizuna, que se estaban escondiendo en la parte de dentro del barco. ¿Era la parte de dentro o habían ido hacia un lado? Asami estaba confusa. ¿Por qué motivo no quería seguir probando de encender el motor? Entonces podría alejarse de ellos. ¿O tal vez hubiera desistido al ver a tanta gente y pensar que la detendrían igualmente? Himitsu y Tetsuya estaban más o menos a la mitad de la distancia. Eran rápidos, pero no lo suficiente para saciar los nervios de la gente. Ellos siguieron nadando, hasta que toda esperanza desapareció en un segundo. La lancha estalló en pedazos. Himitsu y Tetsuya tuvieron que esconderse para que no les alcanzara la onda que acababa de producir la explosión, mientras la corriente que hizo en el mar los alejaba del lugar. Shinichi y Heiji, que se habían ido acercando a ellos, los apartaron echándolos al suelo y protegiendo por completo a Kazuki.
El silencio que sucedió después de la explosión, solo fue para mirar como los restos que se hundían casi con la misma rapidez con la que había estallado. Himitsu y Tetsuya, sacaron la cabeza un poco más hacia la izquierda. La corriente producida en esos momentos les había casi llevado al muelle de nuevo.
Shinichi observó el muelle. No había resultado dañado. Luego miró hacia los que tenía delante. Todos parecían estar bien. No había nada que les hubiera hecho daño. Miró a su lado. Heiji estaba mirando si Mamoru y Kazuki se habían hecho daño. Mamoru estaba pálido. Parecía que no iba a moverse en años. Shinichi entonces miró debajo de él. Asami estaba llorando en silencio. Ese era el problema más grande que tenía esa pobre chica: entendía demasiado pronto lo que todo aquél silencio significaba. Shinichi entonces miró hacia atrás. El lugar en dónde esa lancha había estado momentos antes, ahora solo estaba el mar aún agitado, soltando pequeñas burbujas de aire que podían haber quedado entre los restos y el agua del mar. Todos lo habían visto bien. Momentos antes de que desaparecieran esas dos, Kira estaba siendo llevada por Kizuna.
Heiji tampoco daba crédito a lo que estaba viendo. Mientras Chizuko y Yuki se acercaban a la punta del muelle para comprobar que sus maridos estaban bien, Mamoru estaba temblando debajo de él. Heiji se apartó para que se levantara, pero él no se movía. En tierra, todos tenían la misma mirada desencajada. ¿Por qué había pasado aquello? Miró a Kazuha intentando buscar una de las respuestas que siempre le daba, medio enojada, medio riendo, cuando habían hecho alguna broma en su contra. Pero Kazuha estaba llorando en silencio, se había cogido a la mano de Ran. Estaba temblando. Miró a Shinichi de nuevo, que se había abrazado a Asami con fuerza. Por qué nadie quería interrumpir el silencio y decir algo parecido a '¡qué buen espectáculo!', ¿eh? ¿Por qué todos se habían quedado callados, dejando que sus propios pensamientos empezaran a torturarles por dentro? Ni siquiera los pequeños Shinobu, Alumi, Yuna y Kyooi dijeron nada, mientras sus padres mojados salían del agua y se quedaban mirando el mar, ahora ya tranquilo. Solo Kazuki, decidió interrumpir el silencio, dejándolos a todos helados y desatando los gritos de Asami.
— ¿Y Kizuna? —Mamoru se levantó rápido para abrazar a Asami, ella se soltó de Shinichi para abrazarlo—. ¿Mamá?
— Tranquila, Asami, tranquila.
— ¡NOOOOOOOOO!
— ¿No? —Kazuki miró a la pareja confundido. ¿Por qué estaban todos tan callados? Él había hecho una pregunta sencilla, ¿no? ¿Entonces por qué nadie le respondía? ¿Dónde estaba su habladora y llorona hermana? Kazuki cogió la manga del jersey de Mamoru y tiró de él levemente—. ¿Papá? ¿Dónde…? —antes de que pudiera terminar la frase, Shinichi lo cogió en sus brazos y lo alejó de allí—. ¿Qué sucede? Kizuna tiene que salir del agua o le va a doler —dijo señalando el mar.
— Lo sé —Shinichi apoyó su frente en la de él—. Pero Kazuki, Kizuna no va a salir.
— ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE!
Shinichi miró hacia Asami. Lo estaba mirando con odio. Tal vez hubiera hablado en susurros para que no lo escuchara, pero la extraña y suave brisa les había llevado sus palabras igualmente. Podía llegar a ser doloroso que una niña tan pequeña como Kizuna y tan querida por ellos pudiera desaparecer, pero a Shinichi en esos momentos le dolía aún más la mirada de su hija.
— Pero Kizuna tiene que salir, le va a doler, como a Kazuki cuando está mucho tiempo debajo del agua de la bañera —dijo él.
— Vamos a casa, Kazuki —Shinichi lo abrazó con fuerza. Un niño de cinco años no entendería eso, por mucho que intentaran explicarlo.
— ¿Y mamá? —Kazuki la miró por encima del hombro de él.
— Vendrá luego, ¿vale?
— ¡NO HUYAS AHORA! —Asami gritó mientras Mamoru seguía intentando calmarla—. ¡NO HUYAS AHORA, PAPÁ! ¡TODO ESTO ES POR TU CULPA! ¡ES POR TU CULPA!
— Asami basta —Mamoru le cubrió la boca mientras la agarraba con fuerza—. Te arrepentirás de esto.
— Asami, la policía hará una búsqueda en el fondo del mar, pero no creo que encontremos nada con el tamaño de la explosión —Kaito se arrodilló a su lado hablando con la máxima suavidad que podía. En esos momentos ni siquiera una cara de póquer iba a ayudarla.
— ¡Entonces, cierra el pico y hazlo! —Asami lo cogió por el cuello de la camisa con fuerza. Hablaba con los dientes aferrados y un tono de voz lleno de odio—. ¡Buscad a Kizuna y a Kira! ¡Buscadlas! ¡Encontradlas! —Kaito le cogió la mano apartándola de él. Si seguía así iba a ahogarlo—. Hacedlo… por favor —añadió en un susurro mucho más bajo.
— Es una pérdida de tiempo, Asami —susurró Mamoru en su oído mientras la abrazaba—. Los dos lo sabemos.
— No. No voy a darme por vencida tan fácilmente —se quejó ella—. No puedo darme por vencida, hasta que lo hayan comprobado.
— Asami —Ran se acercó a ella soltándose de Kazuha. Su voz estaba llena de dolor—. Asami, no lo intentes. Será doloroso si te niegas.
— No, Kizuna y Kira están allí. Vamos a sacarlas —respondió ella mirando el mar tranquilo y plano.
— Intentémoslo, al menos —Saguru miró a los policías que habían ido con ellos—. Intentémoslo.
Sonoko abrazó a Ran con fuerza. Estaban intentando reprimir sus lágrimas, pero les era imposible. ¿Qué habían hecho esas dos pequeñas para terminar de esa manera? ¿Qué culpa tenían ellas de que el mundo pudiera ser tan cruel? Makoto las abrazó a las dos, mientras Aoko se acercaba a Kaito para cogerse a su brazo con fuerza. Kaito se giró y la abrazó con su brazo libre.
— No puedo ver esto, lo siento, Mamoru —Kazuha se alejó a pasos rápidos de allí cubriendo sus ojos con sus manos. Era demasiado doloroso. Heiji la siguió y la detuvo abrazándola. Ella se giró para abrazarse a él y el moreno escondió su cara en el hombro de ella.
Chizuko se arrodilló para abrazar a sus hijos, mientras que Yuki cogía las manos de Kyooi y Alumi. Akira y Chieko se acercaron a la pareja y se arrodillaron a su lado, en silencio. Siempre en un silencio que les evitaba decir algo absurdo o inapropiado por el momento. No era necesario decir un lo siento, porque las palabras podrían ser aún más hirientes. Akira le puso una mano en la cabeza a Mamoru y Chieko acarició la espalda de Asami.
Cuando el sol estaba cayendo, la policía terminó con la búsqueda. No habían encontrado ni un rastro de un solo hueso dentro del mar. Solo trozos de hierro del barco que no habían sido destruidos con la explosión. Saguru fue el que se acercó a los dos para decirles que iban a dejar la búsqueda allí. Asami no dijo nada. Ella era consciente del peligro de la noche y de los resultados que allí había. Aunque le doliera… los resultados no iban a cambiar. Saguru los llevó a casa. Cuando entraron, Shinichi estaba jugando con Kazuki, intentando evitar sus preguntas. Kazuki se quedó mirando a los dos sorprendido. Asami, sin decir nada, abrazó con fuerza al niño. No dejaba de pensar en lo que había sucedido. Ella tenía toda la culpa de lo que había sucedido. Si no se hubiera dormido… si hubiera estado despierta…
Mamoru se fue hacia la habitación de los niños y se sentó en la cama de Kizuna, cogiendo sus piernas con los brazos, se quedó mirando el cojín en dónde ella apoyaba la cabeza. Apoyó su espalda en la otra pared. Él podría haberlo evitado. Él podría haber evitado que eso sucediera. Si hubiera hecho caso desde un principio… si no hubiera sido secuestrado… si no se hubiera quedado a ayudar en el colegio infantil… si hubiera corrido más, dejando a Kazuki a cargo de los demás… si la hubiera llamado antes… si al menos le hubiera pedido perdón… Kizuna se había ido creyendo que no la quería, porque se había pasado las últimas semanas sin tocarla y evitando ser amable con ella. Él era el peor padre… de la historia… del mundo entero.
No se quejen que puedo ser mucho más cruel aún XDDDDDDDD
Den un poco de quesito a este ratoncito: reviews please!
Próximo capítulo: 'La triste realidad: Kazuha y Heiji'.
