NdA. Muchas gracias por leer y comentar!
Capítulo 2
Harry sabía que había cometido un error. Tumbado en la cama de su pensión en el barrio mágico romano, en vez de dejarse arrullar hasta el sueño por el ruido de la fuente que entraba por la ventana no paraba de repasar mentalmente el momento en el que se había quedado mirando a Malfoy como un idiota, simpatizando con su dolor y tan lleno de deseo que a duras penas había conseguido controlarse. Estaba convencido de que Malfoy lo había notado, aunque no hubiera dicho ni hecho nada al respecto aún. Aún. Esa era la palabra clave, eso era lo que le mantenía despierto.
Malfoy no iba a dejarlo correr eternamente, de eso estaba tan seguro como de su propio nombre. Utilizaría lo que había descubierto para burlarse de él, para provocarlo. Harry no iba a permitir que lo estropeara todo, no cuando tenían la oportunidad de cortar de raíz un movimiento así de peligroso antes de que se extendiera y causara dolor, muertes inocentes.
Un campanario lejano anunció que eran las dos de la mañana y Harry rebulló en la cama. Quizás si fingía que aquello no había ocurrido y le convencía de que no se sentía nada atraído por él… Malfoy era susceptible y orgulloso; quizás un par de cortes bastarían para poner fin a aquello rápidamente.
Al final consiguió dormir un poco y a la mañana siguiente, tras desayunar un espresso y un cruasán relleno de crema de chocolate, se fue a buscar a Malfoy. A plena luz del día el palazzo resultaba sobrio y evocador: resultaba fácil imaginar la época en la que estaba habitado por nobles de pelucas empolvadas. Malfoy le abrió la puerta todavía en pijama y con cara de sueño por segunda vez en tres días.
-Harrison, ¿por qué no haces más que despertarme?
Harri-son. Lo pronunciaba así, como si fuera a llamarlo por su nombre y añadiera la última sílaba a última hora. Harry no sabía si le gustaba cómo sonaba su nombre en labios de Malfoy ni cómo quería bajar la vista y descubrir si había algo insinuándose contra la fina tela de los pantalones de su pijama
-¿A qué hora te sueles levantar? –preguntó, manteniendo los ojos donde debía.
-Más tarde. –Luego se hizo a un lado-. Pasa, supongo. Puedes esperar en el salón mientras me arreglo.
Tratando de mantener la cabeza fría, Harry aprovechó para dar un vistazo a la casa, algo que no había tenido oportunidad de hacer la noche anterior. No era realmente muy grande, pero resultaba lo bastante lujosa para que no cualquiera pudiera permitírselo. El alquiler debía costar al menos mil euros a la semana, casi doscientos galeones, un gasto que Shacklebolt no podía haber aprobado sólo para mantener contento a Malfoy. Incluso en Roma, una ciudad cara, había pisos más que aceptables por mucho menos dinero.
Cuando llegó a la cocina, equipada con electrodomésticos de última generación, descubrió que había algo de comida en la nevera, suficiente para uno o dos días. Alguien debía de haberla puesto allí antes de que ellos llegaran. Harry se preguntó si Malfoy sabría cocinar al estilo muggle. A los magos del mundo mágico les solían aterrorizar las cocinas muggles, a las que imaginaban estallando a la más mínima provocación: un artificiero en pleno trabajo estaba menos tenso que Ron cerca de una olla express.
Un rato después, Malfoy apareció duchado y vestido con un traje muggle azul oscuro y una camisa blanca. El flequillo sobre los ojos le daba más aspecto de alumno del último curso que de hombre de negocios.
-Bien, ¿hay novedades? –preguntó, yendo hacia la nevera.
-No. Sólo me he pasado para asegurarme de que estabas bien.
Malfoy actuó como si la noche anterior no hubiera sucedido nada de particular.
-Perfectamente, gracias. –Malfoy empezó a prepararse un vaso de leche y un sándwich-. ¿Le has contado a Shacklebolt que los periodistas me reconocieron? ¿Qué ha dicho?
-Dice que no nos preocupemos y sigamos con el plan tal y como estaba previsto. Debes mantenerte alejado de las áreas mágicas y esperar nuevas instrucciones.
-De acuerdo. Entonces, ¿no tenemos que hacer nada en concreto hoy? Me gustaría comprarme un par de trajes muggles.
-Malfoy, viajas con tres baúles de ropa.
-No creo que quieras verme paseando por la Via Veneto con una de mis túnicas. No llevo mucha ropa muggle de abrigo encima, Harrison. Te recuerdo que estaba viviendo en Santa Mónica. –Harry se estaba aburriendo sólo de imaginarse una mañana de compras y Malfoy debió notárselo en la cara-. ¿Qué más te da? No espero que lo pague el ministerio, tengo mi propia Visa Oro. Tú vete a hacer lo que sea que quieres hacer, puedo arreglármelas solo perfectamente.
-Ya me gustaría, pero es mejor que te acompañe. Los italianos ya saben que estás aquí y los tipos a los que buscamos podrían considerarte un traidor.
Malfoy frunció el ceño.
-No es un pensamiento muy halagüeño para empezar el día. En fin, no te preocupes, iré rápido. –Esbozó una media sonrisa y le recorrió el cuerpo con los ojos de arriba abajo-. Tengo mis gustos muy claros.
Ah, ahí estaba… E incluso antes de lo que había esperado. Harry correspondió con su mejor expresión de desinterés.
-Bien, no me gustaría perder demasiado tiempo con eso.
Malfoy lo miró inquisitivamente e hizo una pausa mientras le daba un bocado a su bocadillo.
-¿Vas a tener que acompañarme cada vez que quiera ir a algún sitio?
-No, porque también puedo decirte que te quedes aquí.
Otra media sonrisa.
-Bueno, se me ocurren un montón de cosas divertidas que podemos hacer aquí en casa juntos, ¿a ti no?
Harry se forzó a poner los ojos en blanco. No iba a dejar que aquel idiota le humillara
-Deja de decir idioteces, Malfoy.
Aquello bastó para callarle la boca un rato, pero a Harry pronto le quedó claro que no iba a librarse tan fácilmente de los coqueteos y las sonrisas insinuantes. Las respuestas cortantes, incluso un poco crueles a veces, cuando perdía la paciencia, podían darle unas horas de tregua, pero antes o después Malfoy se reponía y volvía a las andadas. Y era una pena porque cuando no estaba siendo un idiota, Malfoy podía llegar a ser una compañía interesante. Cuando hacían turismo, conocía un montón de anécdotas sobre la ciudad, el antiguo Imperio Romano: fue él quien le explicó por qué en Italia no funcionaba el Fidelius o quien le contó que el incendio de Roma atribuido a Nerón había sido causado en realidad por un longhorn rumano que se había perdido. Y además, tenía que admitirlo, hacía una imitación soberbia de Dolores Umbridge. Harry había soltado tal carcajada al escucharlo la primera vez que media calle se había girado a mirarlo. Hasta Ron suavizaría su opinión sobre Malfoy después de ver aquello. Pero cada vez que Harry empezaba a confiarse, Malfoy lo estropeaba con sus bromitas e insinuaciones. Y lo peor de todo era que cada vez tenía más ganas de doblar a aquel idiota sobre la superficie más cercana y follárselo hasta que no recordara ni su nombre.
A Shacklebolt no podía contarle nada: no iba a decirle a su jefe que Malfoy se dedicaba a tentarle sexualmente. Y no podía quejarse de nada más, en realidad. Malfoy no le estaba dando más problemas que ése. No se había emborrachado, no se había metido en líos, no le insultaba, solía aceptar sus instrucciones sin protestar. Ni siquiera se había quejado cuando Harry le había dicho que no, el ministerio no iba a pagarle una asistenta que le limpiara la casa. No, exceptuando el acoso sexual, se mostraba tan razonable que Harry a veces olvidaba quién era Malfoy realmente y cometía el error de sentir, imaginar.
Una tarde, la cuarta que llevaban en Roma, Harry llegó a la cafetería en la que habían quedado y descubrió que Malfoy no estaba solo. De pie a su lado, conversando animadamente con él, había un italiano tan baboso que Harry quiso alejarlo de allí a patadas en cuanto le puso la vista encima. Molesto, se acercó a ellos y su humor sólo empeoró cuando se dio cuenta de que Malfoy estaba bebiendo un Martini y no su café habitual. Vale, perfecto.
Malfoy tuvo la cara dura de saludarlo con una sonrisa.
-Hola, Harrison. Lorenzo me estaba hablando de una discoteca fabulosa.
Lorenzo iba a perder los dientes si no se iba pronto.
-No tenemos tiempo para eso –replicó con aspereza.
El italiano hizo un gesto con la mano, dirigiéndose a Malfoy.
-Yo tenía razón, ¿lo ves? –dijo en inglés-. Te mereces a alguien que no te haga esperar y te trate bien.
-No podría estar más de acuerdo. ¿Le has oído, Harrison? Me merezco a alguien que me trate bien – Harry entrecerró los ojos, advirtiéndole que se dejara de tonterías. Malfoy suspiró y se giró hacia el otro idiota-. Has sido muy amable, pero ahora debes marcharte. Y no te preocupes, si no lo hace iré a buscarte a tu discoteca y nos entregaremos juntos a la dolce vita.
Harry resopló con desdén para hacerle saber lo que pensaba de su pretensión de que ellos dos eran pareja e ignoró deliberadamente al italiano cuando se despidió de Malfoy y se alejó.
-¿A qué ha venido eso? –le espetó en cuanto se quedaron a solas.
Malfoy alzó una ceja.
-Cuidado, Harrison, cualquiera podría decir que estás celoso.
-¿Celoso?
La palabra casi se le atragantó. Joder, Malfoy tenía razón. Se había puesto celoso. No, no podía ser. Él sólo tenía celos cuando alguien le gustaba. Ya era bastante malo encontrar a Malfoy atractivo, no podía también sentir algo por él. ¿Acaso había perdido el juicio?
-Eso creo yo, pero en cualquier caso, no te preocupes –dijo Malfoy-: no tengo intención de quedar con Lorenzo. Estoy plenamente comprometido con mi nueva etapa como colaborador de los aurores.
Nada de eso habría pasado si Malfoy no hubiera empezado a jugar con él, a provocarlo.
-¿Por eso estás bebiendo?
Malfoy frunció el ceño; ya no parecía divertirse tanto.
-Es sólo un Martini.
-Así has empezado muchas noches este último año, ¿no?
-Las personas cambian.
-Eso hay que demostrarlo.
El ceño de Malfoy se había hecho cada vez más profundo y por un momento, pareció como si fuera a perder los estribos, pero al final se limitó a dirigirle a Harry una sonrisa que parecía una mueca.
-Imagino que eso es cierto. Tan cierto como que estabas celoso. No hay quien te entienda, la verdad. No quieres acostarte conmigo, pero tampoco quieres que se acuesten otros. ¿No podrías decidirte?
Había ido recuperando el control de sí mismo poco a medida que iba hablando y ahí estaba, listo para seguir con aquel jueguecito. Harry descubrió que ya no quería seguir jugando. Malfoy había ganado esta vez.
-Todo esto te parece divertido, ¿verdad?
Sonó amargado y dolido hasta a sus propios oídos, pero joder, estaba tan harto… Malfoy le tenía enfermo de deseo y ya era bastante duro tener que luchar contra eso sin tener que esforzarse también por fingir que no sentía nada. Que se burlara si quería. Malfoy, sin embargo, hundió los hombros tras un momento de sorpresa.
-¿Eso crees? Merlín, no… No estoy bromeando. ¿Tan ridículo es que nosotros…?
La posibilidad de que Malfoy sintiera realmente lo mismo que él resultaba demasiado aterradora.
-Olvídalo, Malfoy. No pasará jamás.
Por si no había quedado lo bastante claro, lanzó una mirada punzante en dirección a su brazo izquierdo. Cuando Malfoy palideció y apartó la vista, murmurando un "entendido", Harry se odió un poco a sí mismo. Pero el aire derrotado de Malfoy no duró mucho y pronto se convirtió en algo más duro, más desafiante. A Harry no le extrañó demasiado verlo levantar la mano y llamar al camarero.
-Otro Martini, por favor.
Quizás podría haber reaccionado mejor si Malfoy no le hubiera devuelto la mirada punzante, retándole a decir algo.
-Ya veo cómo has cambiado, Malfoy.
-Jódete.
Ninguno de los dos dijo nada más aquel día.
Draco había pasado una noche bastante turbulenta, pero se despertó con una nueva determinación. Potter parecía creer que todo había sido una broma cruel. Bien, lo aceptaba, su currículum estaba bastante nutrido en ese sentido. Pero eso significaba, simplemente, que necesitaba que Potter comprendiera que su interés por él era sincero y que ceder a la tentación iba a proporcionarles a ambos más satisfacción que seguir con aquel tira y afloja agotador. Porque la otra opción, la de dejarlo correr… No, imposible. No cuando tenía una oportunidad. Además, no se había sentido tan vivo desde antes de la guerra: incluso estar furioso con Potter era más soportable que la nada que le había envuelto desde lo de sus padres como un sudario prematuro.
Potter apareció por su casa a media mañana, tan delicioso con sus vaqueros y su grueso suéter de lana que Draco tuvo que hacer un serio esfuerzo para no abalanzarse sobre él y devorarlo vivo. Había algo en los chicos como él, fuertes y ligeramente indomables, que le volvía las piernas de mantequilla; nada le gustaba más que sentirlos dentro de él, aplastado por sus cuerpos de líneas duras, excepto el placer ocasional de follárselos muy, muy dulcemente y contemplar después la expresión plácida y rendida de sus rostros.
Pero Potter, ajeno a sus pensamientos, lucía cara de circunstancias: estaba claro que no tenía muy claro cómo iba a ser recibido y Draco se aseguró de hacerlo con cordialidad. No surtió efecto; Potter seguía pareciendo incómodo y a la defensiva.
-Mira, Malfoy, lo de ayer… Debemos ser profesionales.
-Estoy totalmente de acuerdo.
-Bien… -dijo, aunque parecía estar preguntándose si había algún truco. Pero no lo había; simplemente, Draco no pensaba que le estuvieran dando el mismo significado a la expresión.
-¿Quieres una taza de café?
-No, gracias, estoy bien.
Con otro esfuerzo, Draco se mordió la lengua para no decirle que, efectivamente, estaba muy bien y decidió cambiar de tema.
-Ayer no tuve ocasión de decirte que hablé con una de mis vecinas y la mujer que limpia en su casa tiene una cuñada a la que le vendría muy bien venir un par de horas aquí a limpiar la mía. Le pagaría de mi propio bolsillo, así que no…
-Malfoy…
Draco alzó una mano.
-Sí, sí, ya sé lo que vas a decirme. "Hazte tu propia cama, Malfoy". "No te morirás por fregar un plato, Malfoy". Pero tienes que entender una cosa, Harrison. No se trata sólo de que yo no sepa limpiar al estilo muggle ni sienta deseo alguno de aprender. Es que la gente que alquila este tipo de pisos no limpia su propia casa. No lo hace, créeme. –Se sentía como si estuviera explicando que el fuego quema-. Yo no lo hago; la agencia enviaba un elfo todas las tardes a la casa de la playa en Santa Mónica. Y se supone que yo sigo siendo yo, aunque me haya instalado en el mundo muggle, ¿no? Por eso me habéis alojado en un apartamento de cuatro o cinco mil euros al mes. Así que explícaselo a Shacklebolt, ¿quieres? Dile que sólo serán un par de horas al día y que no la dejaré sola en casa, así que no tendrá ocasión de curiosear. Además, por supuesto, puedes hablar con ella y asegurarte de que es quien dice ser, si lo ves necesario.
Potter se lo quedó mirando como si quisiera decirle algo, pero aún no hubiera decidido el qué. Francamante, ¿qué había que decir? Estaba siendo de lo más razonable. Después de unos segundos, Potter pareció rendirse y suspiró mientras meneaba la cabeza con resignación.
-De acuerdo, le explicaré lo que me has dicho. Aunque sigo pensando que no te morirías por fregar un plato. Eso dejando a un lado el hecho de que tienes un lavavajillas que funciona perfectamente.
-Es probable, pero nunca lo sabremos –dijo Draco, contento de haberse salido con la suya-. Escucha, como no podemos dejar la ciudad, ¿qué tal si vamos a dar una vuelta por el lago de Villa Ada? Nos vendrá bien un poco de aire puro.
-¿Qué es eso? ¿Dónde está?
Cuando Draco le explicó que era un gran parque de Roma, Potter no puso inconveniente a su plan y tras un viaje en taxi –ninguno de los dos conocía sitios seguros en los que Aparecerse allí-, pronto se encontraron paseando entre árboles, escuchando el trino de los pájaros y el zumbido de los insectos en vez del ruido de los coches. Sonaba terriblemente cursi, pero Draco se encontró respirando hondo y cerrando los ojos. Vivir entre muggles, en medio de una ciudad, siempre le resultaba ligeramente estresante: había tantas cosas que aún desconocía, tantas oportunidades de meter la pata. En el parque, a pesar de los otros paseantes, era más fácil sentir la tranquilidad del campo.
-No sabía que te gustara tanto la Naturaleza.
-¿Por qué te sorprende? Me crié en el campo. Y desde que dejé Inglaterra, siempre me he alojado en casas que estaban algo aisladas. No es como si me hubieras encontrado en un ático de Manhattan.
-No sé, supongo que relaciono la naturaleza con la calma y la tranquilidad y tú llevas una vida muy ajetreada.
-He estado llevando la única vida que era capaz de llevar, pero nunca he tenido la sensación de que me perteneciera, de que fuera la mía. Puedo dejarla atrás.
Lo haría, se prometió a sí mismo.
-¿Y qué vida te gustaría llevar?
-Aún no lo sé, pero creo que ayudar a los aurores es un buen comienzo. Quiero hacer algo digno con mi vida, supongo.
Potter le lanzó una de esas miradas que decían "me gustaría creerte, pero aún no me fío del todo". Draco lo dejó correr, sabiendo que aún no era ni el momento ni el lugar de convencerlo. Tendría su oportunidad cuando Shacklebolt le diera por fin alguna tarea.
El camino les llevó hasta unos jardines cuidados y ordenados en los que asomaban las primeras flores de la primavera. Había unos jardines muy parecidos en Malfoy manor, llenos de buenos recuerdos que se habían vuelto agridulces. Draco se dio cuenta de que probablemente nunca volvería a vivir en la mansión. La conservaría, por si algún día tenía hijos, pero si regresaba a Inglaterra algún día buscaría un lugar nuevo donde empezar de cero. Bien, ahora ya sabía otro poquito más sobre la clase de vida que deseaba.
-¿Cómo están las cosas en las Islas?
Potter arqueó las cejas, sorprendido.
-Vaya… A estas alturas ya no me esperaba esta pregunta. –Draco se encogió de hombros-. Van bien. La economía se ha recuperado del todo y la gente está saliendo adelante. Y el ambiente se ha relajado bastante, ya no es como cuando te fuiste. No sé si ya lo sabías, pero Pansy Parkinson escribe ahora una columna en la sección de moda de Corazón de Bruja y tiene bastantes seguidores. Y Goyle está de guardia de seguridad en Gringotts. Por lo que me ha contado Bill Weasley, que también trabaja allí, se aburría en su casa sin tener nada que hacer.
Draco aún estaba enfadado con Pansy, que le había dado la espalda después de la guerra, pero le alegró saber que a Gregory le iba bien. Era del único del que se había despedido al marcharse de Inglaterra, con una carta. En un par de ocasiones había estado a punto de mandarle una postal, contándole como le iba, pero pensar en Gregory llevaba a pensar en cosas dolorosas, así que no lo había hecho. A Draco no le habría extrañado que en este caso, Gregory estuviera enfadado también, pero con él.
Sin embargo, no creía que Potter le hubiera hablado de ellos sólo porque habían sido sus amigos. Los dos habían estado también en una situación complicada tras la guerra. Lo que quería decirle era que si a ellos les había ido bien, no había razón para que a él no le sucediera lo mismo.
-¿Qué hay de los periodistas? –preguntó, mientras se metían por otro camino-. ¿Siguen tan pesados?
-Oh, sí, eso sin duda. –Potter le lanzó una mirada de reojo-. ¿Por qué? ¿Estás pensando en regresar?
Draco sonrió.
-¿Te gustaría? ¿O te preocupa que la tentación pueda seguirte a casa?
Potter resopló con desdén.
-¿Qué tentación?
Cómo no. Toda esa negación le estaba volviendo loco. Draco miró a su alrededor, vio que no había nadie cerca y decidió que había llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa.
-No, ya está bien. No puedo pretender que esto no existe. Deberíamos ser capaces de hablar de ello con sinceridad, por lo menos, ¿no crees? Porque al parecer piensas que sólo te estoy tomando el pelo, pero déjame decirte algo: te equivocas. No estoy jugando. Quiero follar contigo. Quiero chuparte la polla hasta la última gota. Pienso en eso cada noche como nunca he pensado en las personas con las que me he acostado estos meses. ¿Quieres seguir siendo borde conmigo? Adelante. Pero sé por qué lo haces, Harrison. Sé que te da rabia sentir lo que sientes y que cada vez te cuesta más luchar contra ello y que lo estás pagando conmigo.
Potter había apartado la vista, tenso como un animal salvaje a punto de salir corriendo.
-Eso es ridículo –masculló de manera muy poco convincente.
Draco comenzó a caminar hacia él muy lentamente.
-Te está matando, ¿verdad? Desearme así. ¿Cuántas veces me has imaginado de rodillas estos días? Casi puedo oír lo que te dices a ti mismo, Harrison. Era un mortífago. Todavía tiene la Marca Tenebrosa en el brazo. –Estaba ya tan cerca que podría tocarlo alargando la mano y Potter seguía sin mirarlo, pero se notaba que cada vez le costaba más-. ¿Qué dirían los Weasley? ¿Qué dirían mis amigos? ¿Qué pensará el mundo mágico de mí?
Potter alzó la cabeza, clavó la vista en él con ojos furiosos y brillantes y estampó los labios contra los suyos con tanta fuerza que por una fracción de segundo, Draco pensó que le había dado un puñetazo. Pero no, era un beso, un beso brutal, voraz. Exactamente lo que quería. Draco abrió la boca, se apretó contra él con la misma voracidad. Los brazos de Potter lo envolvían, lo sostenían y Draco gimió al notar su erección presionando la suya. Creyó que le flaqueaban las rodillas, pero un tirón en el estómago le hizo comprender que Potter había usado la Aparición para transportarles a algún sitio.
-Tu habitación –dijo Potter, con voz ronca y exigente, antes de besarlo de nuevo.
Draco obedeció y lo llevó a trompicones hacia el dormitorio, hasta la cama. Impaciente, ardiendo, usó la varita para hacer desaparecer su ropa y disfrutó un par de segundos de la expresión hambrienta de Potter antes de repetir el hechizo con él. Sus ojos se fueron directos a su erección, desafiante y tentadora y sumamente satisfactoria. Oh, tenía tantos planes para ella… Pero Potter ya estaba besándolo otra vez, cubriéndolo con su cuerpo, anulando su capacidad de pensar. Su cuerpo respondía como si no hubiera nacido para otra cosa. Era casi injusto que pudiera hacerle perder el control de esa manera.
-Oh, Merlín –jadeó, al notar sus dientes rascando su cuello, el calor de su aliento.
-Esto es lo que querías, ¿no?
-Sí… Sí, cada segundo del día.
Potter lo preparó rápida, cuidadosamente. Atrapado bajo su peso, Draco lo sintió entrar dentro de él, llenándolo hasta dejarlo temblando. Apenas tuvo tiempo para acostumbrarse; Potter empezó a moverse con embestidas largas y enérgicas y Draco se aferró a sus hombros, abrumado por las sensaciones.
-Oh, joder, sí… Sí… Vamos… Potter… Mierda, no, quiero decir Harrison. Harrison…
Potter se detuvo en seco, provocando un sollozo frustrado de Draco.
-No me llames así –dijo, con fiereza.
Maldita sea, ¿por qué se había parado?
-No puedo llamarte Potter –dijo, en tono suplicante-. Si hago excepciones, se me podría escapar en un momento inoportuno.
Potter reanudó sus embestidas.
-Llámame Harry. Diremos que es abreviatura de Harrison.
-Pero oh… ¡Oh!
La mano de Potter se había cerrado alrededor de su polla y Draco se olvidó de pensar.
-Llámame Harry –repitió.
-Harry…
Sonaba demasiado íntimo y personal, mucho más que estar desnudo bajo él, pero Potter asintió brevemente, satisfecho. Harry, pues. Cuando Draco se corrió, un buen rato después, lo hizo gritando su nombre.
Harry observó el cuerpo tumbado de Malfoy sobre la cama, esbelto y flexible. Había pasado todo el día acariciándolo, besándolo, saboreándolo, entrando en él; debería estar saciado y, sin embargo, las puntas de los dedos le hormigueaban con el deseo de seguir recorriendo su piel, todavía algo bronceada por el sol de California, y su lengua todavía ansiaba buscarlo. Y su cerebro traicionero le hacía recordar solamente los paseos por Roma, el coqueteo, la convicción con la que Draco aseguraba que quería hacer que su vida valiera la pena. Estaba hecho un lío, ¿qué era real y qué no? ¿Qué estaba haciendo?
No necesitaba un héroe, pensó, dudando si ceder al impulso de acariciarle el cabello. Sólo quería ser capaz de confiar en él, de creerle.
-No te arrepientas ahora, Harry. –Draco había espabilado un poco y le sonreía levemente con los ojos adormilados, pero el tono de su voz tenía algo de filo, de reto.
-No me estoy arrepintiendo. Sólo estaba pensando.
-¿Sobre nosotros?
-¿Hay un nosotros?
Quería saberlo realmente, ahora que ya nada tenía sentido, como en un sueño.
-Puede haberlo, si tú quieres.
¿Estaba hablando en serio? Parecía hacerlo, pero Harry seguía sintiéndose sobre arenas movedizas. No estaba seguro de que se pudiera cambiar tanto en tan poco tiempo, ni siquiera queriendo.
-¿Una relación? ¿Y me serás fiel y tratarás con cortesía a mis amigos?
No salió tan irónico como había esperado y todo lo que consiguió fue que Draco lo mirara con condescendencia.
-¿En serio, Harry? Obviamente sí. –Después, para su sorpresa, Draco apoyó la cabeza en su hombro-. Mira, no soy tonto, y ya sé que va a ser complicado, con mi pasado, la prensa y todo lo demás. Pero creo que puede funcionar. Ya te lo dije, no quiero volver a vivir como vivía hace una semana. No me interesa. Quiero lo mismo que quieres tú, lo que quiere todo el mundo. Una relación normal, una vida más tranquila. Estoy pensando en comprarme una casa nueva en Inglaterra, ¿sabes? Algún sitio bonito en el campo sin malos recuerdos. Y quizás retome mis estudios de Paleografía. Era a lo que quería dedicarme cuando terminó la guerra. Hay algo en los documentos antiguos que siempre me ha fascinado. Son como un pequeño vistazo al pasado, a la Historia.
¿Draco un empollón? Nunca lo habría tomado por uno, por mucho que supiera tanto sobre Historia, pero la imagen que estaba describiendo le gustaba mucho. Quizás demasiado. La tentación de dejarse llevar y enamorarse de él crecía en su interior, cada vez más fuerte. Harry miró su cabeza rubia y recordó sus fiestas y sus fotos escandalosas. ¿No debía esperar a tener algo más que palabras antes de ponerse en sus manos?
-Claro, si es lo que te apetece…
-Y dime, ¿tú que sueles hacer cuando sales con alguien?
-Cosas normales, no sé. Salir a cenar, al cine, hacer excursiones… Ya sabes, por Londres o por otras partes del país. También me gusta ir al quidditch cuando empieza la temporada, claro. Y de vez en cuando quedo para tomarme unas cervezas en algún pub o nos juntamos con mis amigos o sus amigos.
No sonaba demasiado emocionante, pero ya tenía suficiente emoción en el trabajo.
-No es muy distinto a lo que hemos estado haciendo estos días –señaló Draco, con voz complacida.
-No, la verdad es que no –admitió, demasiado cansado para discutir más consigo mismo. Igual podría pensar con más claridad cuando Draco no estuviera apretándose contra él, desnudo y accesible.
-Se está bien aquí. Cenemos en casa.
-¿Tienes comida?
-No, pero podemos encargar algo por teléfono.
Harry escuchó un zumbido que identificó inmediatamente y le hizo olvidarse de la cena.
-Es mi moneda.
Debía seguir en el bolsillo de sus pantalones, ahora tirados de cualquier manera en el suelo. Harry salió de la cama y la sacó rápidamente para leer el mensaje. Shacklebolt quería verle. Su pulso se aceleró; por fin debía de haber llegado el momento de pasar a la acción. Empezaba a sentirse tan perdido con todo lo que estaba sucediendo que lidiar con aspirantes a mortífagos casi resultaba un respiro en comparación: con ellos, todo resultaba maravillosamente simple.
-¿Qué ocurre? –preguntó Draco desde la cama.
-Es Shacklebolt –dijo, empezando a buscar su ropa-. Tengo que irme.
-¿Ahora?
-Sí.
-¿Volverás luego?
Harry dudó, sin saber lo que iba encontrarse.
-Si puedo, sí.
Draco parecía preocupado.
-¿Por qué? ¿Crees que vas a tener que atacar a esos mortífagos esta noche?
-No, me extrañaría que fuera eso, pero debe de haber pasado algo. Mira, cuando sepa algo te mando un mensaje, ¿de acuerdo?
Draco aceptó, un poco de mala gana, y Harry terminó de vestirse. Le habría gustado darse una ducha, pero Shacklebolt le había dicho que era urgente. No podía esperar a saber a qué venía todo aquello.
-Buenas noticias, Harry. –Shacklebolt le estrechó la mano y le hizo pasar sin perder tiempo al interior del piso franco en el que le habían citado, mucho más modesto que el que acababan de dejar atrás. No estaban solos. Harry saludó a la otra auror inglesa, una veterana llamada Anabelle Merton y a otros aurores italianos, y luego Shacklebolt le presentó a un par de tipos del ministerio de magia del país. Después le pasó una foto en la que se veía a un tipo de unos treinta y muchos años, bastante atractivo-. Este es Alexander Sebastian. Tiene treinta y nueve años, es francés y oficialmente se dedica al negocio de los viñedos. Vive en una villa en el campo, por Florencia, con su madre. Y por fin hemos podido confirmar que es el cabecilla del complot para resucitar a los mortífagos.
-Bien, ¿cuándo le detenemos?
-No es tan sencillo. No tenemos pruebas contra él y sospechamos que si lo detuviéramos, aparecería alguien que no conocemos para ocupar su lugar. Ahí es donde entra Draco Malfoy.
-¿A qué te refieres?
Shacklebolt sonrió, aunque era más una mueca.
-Verás, Draco conoce a Sebastian. Hace unos años, en el 95, pasó en Malfoy manor parte del verano y al parecer regresó unos días en Navidad. Él y Lucius hicieron algunos negocios juntos en aquella época. Y resulta que Sebastian estaba bastante interesado en Draco en un sentido muy poco platónico.
Harry lo miró como si le hubiera dado un golpe inesperado.
-¿Qué?
-El propio Lucius nos lo contó cuando lo interrogamos tras la guerra. Ya sabes que nos dio toda la información que tenía. Sebastian no hizo realmente nada durante la guerra, no es británico y no teníamos intención de ir tras todos los que pudieran haber simpatizado con Voldemort o sus ideas, especialmente si no vivían en las Islas. Ahora, sin embargo, debemos detenerlo. Draco será capaz de acercarse a él, seducirlo para ganarse su confianza y conseguir información sobre sus planes y sus aliados.
-No.
Shacklebolt lo miró con perplejidad.
-¿No? ¿Por qué dices eso?
Harry apretó los labios con frustración, dándose cuenta de que no podía ser sincero. No podía decirles que sólo la idea le hacía desear agarrar a ese tal Sebastian del cuello y arrancárselo. No podía decirles que las tripas le hervían y que Draco Malfoy era suyo.
-Draco no querrá.
-¿Por qué no? –dijo uno de los italianos-. Ha dicho que quiere ayudar a detener a esos criminales, ¿no? Y si los informes sobre él son ciertos, está claro que no tiene muchos escrúpulos a la hora de llevarse a alguien a la cama.
Dios, iba a partirle la cara.
-No podemos pedirle que intente convertirse en miembro de pleno derecho de ese grupo –continuó Shacklebolt-. No sabemos qué cosas podrían pedirle que hiciera para probar su lealtad y Malfoy ya ha demostrado que no tiene estómago a la hora de torturar y asesinar. Todo se desmoronaría en un segundo.
-Pero ese plan también suena demasiado peligroso. Draco no ha recibido entrenamiento y no podemos mandarlo directamente a la boca del lobo. Además, los seguidores de Voldemort lo consideran un traidor. Lo más probable es que Sebastian quiera vengarse de él, no contarle sus secretos.
-No. Lucius Malfoy nos contó que Sebastian no quiso unirse a los mortífagos durante la guerra porque se dio cuenta de que Voldemort era un demente que se rodeaba de magos aún más locos que él. Bellatrix no le causó demasiada buena impresión, al parecer. Se le ha oído decir después que Voldemort sólo era un mestizo impostor que jamás debería haberse vuelto contra sangrepuras como los Malfoy o los Black. Draco sólo tiene que comportarse como alguien que sigue teniendo prejuicios de sangre, pero fue víctima de la locura de Voldemort. Sebastian se lo tragará sin problemas.
Antes de que Harry pudiera objetar nada, otro italiano tomó la palabra.
-Necesitamos que usted y Malfoy vayan mañana a la una al Vecchio Antonino. Sabemos que Sebastian estará allí también. Uno de nuestros hombres atraerá su atención hacia Malfoy; en cuanto él y Sebastian hagan contacto, déjelos solos lo antes posible y venga aquí para informar del resultado.
-Les digo que no creo que sea seguro.
-Malfoy sobrevivió rodeado de mortífagos como Bellatrix, Greyback y el mismo Voldemort –replicó Shacklebolt-. Esto será pan comido en comparación.
-Deberíamos preguntarle directamente a él –dijo Merton, con impaciencia.
Shacklebolt asintió.
-Sí, Harry. Ve a buscarlo y explícale lo que hemos hablado. Confío en ti para convencerlo de que acepte. Está en nuestras manos detener una guerra antes de que comience y todo depende de Draco.
Acorralado, Harry comprendió que no podía hacer nada. Ni siquiera diciendo la verdad detendría ese plan; sólo conseguiría que Shacklebolt y los demás lo acusaran, y con razón, de ser poco profesional. Y tenía que ser profesional, ¿no? Harry apretó los puños. Todo dependía de Draco. Él era quien podía elegir. Bien, quizás esa era la prueba que había estado esperando. Ahora sabría si Draco hablaba en serio respecto a ellos dos. Si sentía algo por él, rechazaría el plan de Shacklebolt. Si era la persona que decía ser, sentiría demasiado asco ante la idea de prostituirse con ese pederasta relamido.
-¡Harry! Has vuelto mucho antes de lo que esperaba. –Draco sonreía, lleno de planes que incluían una bañera llena de agua caliente y espuma, pero pronto se dio cuenta de que Harry estaba demasiado serio-. ¿Qué ocurre? ¿Qué te ha dicho Shacklebolt?
-Hemos estado hablando de trabajo. Siéntate, tengo que decirte algo. –Draco le hizo caso, un poco aprensivo. Quería ayudar, desde luego, pero esperaba que no fuera nada demasiado peligroso-. ¿Te suena el nombre de Alex Sebastian?
-Sí –dijo, sorprendido-. Era amigo de mi padre.
-Se sentía atraído por ti.
Draco se encogió de hombros.
-Sí, ya lo sé. Aunque lo único que hizo fue mirar. Debía de saber que mis padres no verían con buenos ojos que tratara de follarse a su hijo de quince años. ¿Por qué me preguntas por él?
-Es probablemente el cabecilla de la organización que queremos detener. Shacklebolt quiere que te encuentres mañana con él en el Vecchio Antonino. Una vez establecido contacto, debes seducirlo y averiguar todo lo que puedas sobre sus planes y sus cómplices.
Por un momento, Draco pensó que era una broma, pero enseguida desechó la idea. Harry no tenía ese sentido del humor, tan retorcido. No, hablaba en serio. Realmente querían que hiciera eso.
-Seducirlo…
-No puedes formar parte directamente de la conspiración. Podrían pedirte que mataras o torturaras a alguien y sería mucho más peligroso para ti. Haz que se enamore de ti. Ya le gustabas, así que no te resultará muy difícil.
Draco se alegró de haberse sentado; no sabía si las piernas le habrían sujetado.
-Y supongo que tú ya sabías que esta iba a ser mi misión desde el principio…
-No, acabo de saberlo.
No supo si creerlo. Igual Potter sólo había estado probando la mercancía, aquella tarde.
-¿Y le has dicho a Shacklebolt que yo no hago esa clase de cosas?
Esperaba ver algo en Potter, una chispa de simpatía, de ultraje en su nombre. Pero no había nada. Potter podría haber estado hecho de piedra fría e inmisericorde.
-He pensado que era tu decisión.
-Pero ¿tú qué quieres que haga?
-Ya te lo he dicho, debes decidirlo tú.
Draco apartó la vista, tratando de pensar, de encontrar algo sólido a lo que aferrarse en medio de aquel sueño convertido en pesadilla. Otra vez. Casi quería reírse, pero no sabía cómo habría sonado esa risa.
El shock estaba dando paso al agotamiento. Quizás debería hacerlo, ¿por qué no? Al parecer, nadie creía que aquella misión estuviera por debajo de él, ni siquiera Harry. ¿Para qué pretender lo contrario? ¿Por quién negarse? Si a Harry le importaba tan poco mandarlo a la cama de otro hombre, no había relación por la que luchar. Y sinceramente, se había acostado con tipos más feos que Alexander Sebastian por peores motivos. Esta vez estaría protegiendo el mundo mágico. No iba a ponerse con escrúpulos justo ahora que abrirse de piernas podía evitar una guerra, ¿verdad?
-Bien, ¿cuándo empiezo a trabajar?
Algo indescifrable y oscuro cruzó por los ojos de Potter.
-Mañana.
Le dio el resto de las instrucciones con frases breves y secas. Draco apenas le escuchaba; necesitaba toda su concentración para no levantarse e ir a comprar alcohol a la tienda más próxima. Y allí se quedó, sentado en la oscuridad, hasta mucho después de que Potter se hubiera marchado.
Continuará
