NdA: Gracias por leer y comentar!

Capítulo 3

Es imposible estar entre mierda y no mancharse. Uno de los aurores veteranos, Victor Kettleburn, se lo había dicho uno de sus primeros días en el cuerpo y Harry no había tardado en comprender lo poco que se equivocaba. En esos pocos años, había hecho ya algunas cosas de las que no se sentía particularmente orgulloso, pero nunca nada que le hiciera sentir tan disgustado, tan sucio, como pedirle a Draco que sedujera a Alexander Sebastian. No, nada como eso.

Harry llevaba desde el día anterior repitiéndose una y otra vez que era necesario, que había que parar a esa gente como fuera y había que hacerlo antes de que murieran centenares de personas inocentes, como en la guerra contra Voldemort. Antes de que hubiera más Freds, más Remus, más Tonks. Le tocaba apretar los dientes, tragarse sus sentimientos y seguir adelante con la misión. Pero la capa de hielo, lo notaba, era frágil y debajo había un volcán a punto de estallar. Porque él no era un maldito proxeneta, porque Draco no tenía derecho a tocarle el corazón para luego hacerle esto, porque las tripas se le retorcían de celos al imaginarlo en brazos de otro hombre.

Por el bien mayor, se recordó amargamente, mirando a Sebastian desde su mesa. Cuánto odiaba ya su manera fastidiosa de comer y su bigote fino.

-¿Me ha visto? –preguntó Draco, arreglando los puños de encaje blanco que salían por las mangas de su casaca roja. No parecía asqueado por lo que estaba a punto de hacer, sólo un poco nervioso, como si fuera un agente novato y aquella, una simple misión. ¿Cuánto tiempo resistiría Sebastian? Él no había durado ni una semana.

-No. –Por el rabillo del ojo vio a Tozzi, uno de los aurores italianos, haciéndole una señal desde su mesa, y supo que todo estaba a punto de empezar-. Pero te verá pronto. Buena suerte.

Harry se puso en pie y se dirigió hacia el aseo de caballeros, pero en vez de entrar, se lanzó un Confundus para poder observar desde la puerta lo que pasaba sin llamar la atención. Un minuto después, Tozzi se levantó también y se acercó a la mesa de Draco.

-Draco Malfoy, ¿no es cierto? –dijo, en voz tan alta que atrajo la atención de todo el mundo.

Draco se tensó y se giró hacia Tozzi.

-¿Y usted es?

-Auror Tozzi. No sé qué ha venido a hacer a Italia, pero más le vale tener mucho cuidado mientras esté aquí. No nos gusta la gente de su calaña.

Incluso con el melodioso acento italiano tiñendo su inglés, Tozzi sonaba prepotente y lleno de odio y a Harry no le sorprendió demasiado que Draco enrojeciera un poco. Un par de mesas más lejos, Sebastian estaba observando también lo que sucedía con cara de estupefacción. Draco dijo algo entre dientes que Harry no pudo escuchar y Tozzi le dedicó una mueca despectiva.

-Mejor –contestó-, porque como intente algo, le aseguro que no tendrá la suerte que tuvo en Inglaterra.

Sebastian se levantó a toda prisa de su mesa y se plantó en la de Draco en dos pasos.

-Draco –dijo, poniéndole una mano en el hombro. Sin esperar respuesta, se giró rápidamente hacia Tozzi con ojos centelleantes-. Auror Tozzi, ¿no es cierto? ¿Es costumbre de los aurores italianos acosar de esta manera a turistas inocentes? Tengo amigos en el ministerio que van a saber de esto, se lo aseguro. Es usted una vergüenza para el cuerpo de aurores y para este establecimiento. –Sebastian se dirigió entonces al maître, que se estaba acercando también, retorciéndose las manos con inquietud-. Creía que este era un lugar más refinado, Carlo.

-Signori, prego…

Tozzi, que ya había conseguido lo que quería, levantó las manos en gesto de burlona rendición.

-Ya me marcho –le dijo a Sebastian-. Pero procure vigilar sus compañías, señor.

Sebastian le mantuvo la mirada hasta que Tozzi dio media vuelta y se alejó hacia la puerta y después se inclinó sobre Draco, que había permanecido en su asiento durante todo el rato con la expresión de una presa acorralada. Harry no pudo escuchar lo que decía, pero unos segundos después, Draco se levantó de su silla y se fue con Sebastian a reunirse con los amigos de éste. Si le preguntaban, diría que había estado almorzando con un amigo y que éste habría huido por sus propias razones al ver a Tozzi junto a su mesa. Ya no había nada que pudiera hacer allí, pues; era hora de marcharse. Y sin embargo, no podía apartar la vista de Draco y Sebastian, el modo en el que el segundo le estaba expresando sus simpatías, la deferencia viscosa con la que lo estaba tratando. Cuando Sebastian le puso la mano en el brazo, Harry quiso gritar de rabia.

Definitivamente, debía marcharse de allí cuanto antes.


-No me fío de él.

-Madre…

Alex no había esperado otra cosa de ella, en realidad. La amaba con todo su corazón, pero siempre había sido una mujer desconfiada y paranoica.

-Su familia abandonó a Voldemort, Alex. El mismísimo Harry Potter habló a favor de ellos durante los juicios. Puede que Draco sea sangrepura, pero te aseguro que no es de los nuestros. Su presencia aquí sólo puede traer problemas.

-Te equivocas –dijo pacientemente-. ¿Cómo puedes culparle por darle la espalda a Voldemort? Ese mestizo no sólo estaba loco, con sus planes de matar a cinco mil millones de muggles, sino que además se volvió contra él y sus padres como un perro rabioso a pesar de que siempre le habían mostrado lealtad. No tienes ni idea de las cosas por las que tuvo que pasar ese pobre muchacho. ¡Fue torturado más de una docena de veces! Nadie en su sano juicio habría seguido siéndole leal a alguien así, pero Draco sigue sosteniendo los mismos ideales que sostenemos nosotros.

-Está viviendo entre muggles.

-Está protegiéndose de enemigos y periodistas. No es como si quisiera vivir allí. Mira, no pretendo involucrarlo en nuestros planes, si eso te tranquiliza. No está hecho para esa clase de responsabilidad ni tiene estómago para tomar las decisiones que tendremos que tomar. –No, no lo quería conspirando con Dunkelheit y los demás, ensuciándose las manos. Draco no servía para eso. Pero a Alex le resultaba muy fácil imaginarse a sí mismo poniendo el mundo a sus pies y a Draco reinando a su lado, exquisito e inalcanzable para todos excepto para él-. Mi interés en Draco es puramente personal.

-Le deseas.

Alex asintió sin avergonzarse y sujetó la mano de su madre entre las suyas, sabiendo que él era la única debilidad de aquella mujer.

- Madre, quiero ofrecerle santuario aquí, con nosotros. Draco odia vivir entre muggles y no puede hacerlo entre magos sin que le hostiguen. Aquí nadie podrá molestarlo. Sólo te pido que le des una oportunidad. Conócelo mejor.

Ella movió la cabeza.

-Eres un ingenuo, pero haré lo que me pides.

Alex sonrió y le besó la mano, satisfecho.


En cierto sentido, estar con Alex era mucho más agradable de lo que había esperado. Draco interpretaba un papel con él, actuando como un adolescente perdido que ansiaba estabilidad y veía a Alex como un faro en la tormenta, pero ese papel se parecía mucho a su propia vida. El antiguo amigo de sus padres lo trataba con actitud protectora y respetuosa y cuando llegó el momento del sexo, después de unas cuantas cenas y paseos, a Draco no le costó demasiado dar el paso. El sexo con Alex distaba de ser espectacular, pero tampoco podía tildarse de horrible; era manejable, en suma, y se sentía agradecido por ello.

La vida en su villa, sin conexión a la Red Flú y con barreras anti-Aparición a la altura de los muros, transcurría perezosamente entre cócteles y paseos por el campo y los viñedos de la finca. Los genios del hogar que atendían la casa y sus terrenos trabajaban en silencio, casi invisibles y casi inmateriales y poco inclinados a conversar con los humanos. Ni siquiera la vieja madame Sebastian y sus miradas furtivas de desconfianza le molestaban; a la cara, siempre era amable y correcta con él.

En un par de ocasiones, Alex comentó que debía reunirse con unos amigos y buscó excusas para mantenerlo alejado de la biblioteca y en compañía de la arpía. Draco supuso que se trataba de sus compinches, pero no tuvo oportunidad de averiguar nada: la madre de Alex no le quitaba la vista de encima, esperando encontrar un gesto que delatara sus verdaderas intenciones. No le quedó más remedio que actuar como si lo que estaba pasando en la biblioteca no pudiera importarle menos. Tenía la esperanza de que por mucho que quisiera mantenerlo al margen, antes o después, Alex le presentaría a sus "amigos". Quizás no le diría aún lo que planeaban hacer, pero si la cosa entre ellos se hacía más seria –y ya se encargaría él de que lo hiciera- sin duda Alex querría que los otros lo conocieran.

Esas dos reuniones, sin embargo, no causaron ondas en la tranquilidad de la villa y Draco comprendía la ironía de haber encontrado lo que deseaba, un puerto seguro, justo cuando tenía como objetivo su destrucción. Y para hacerlo aún más irónico, era Potter quien le recordaba que no debía acomodarse, que estaba fingiendo, que nada de aquello era real. Cuando estaba en la cama con Alex, le costaba no acordarse de Potter y del día que habían pasado juntos. Cuando usaba la palabra sangresucia delante de Alex o de su madre, como ellos hacían cuando no estaban en público, imaginaba la mirada airada de Potter. Cuando permanecía despierto por las noches, acompañado sólo por la respiración pesada del francés, lo que escuchaba realmente eran las palabras frías y desalmadas que Potter había pronunciado al hablarle de la misión.

Una vez a la semana quedaba con él en algún sitio público, a veces mágico y a veces muggle–Potter todavía iba protegido por el hechizo que le daba el aspecto de James Harrison- y le contaba lo poco que había averiguado. Potter siempre lo trataba con frialdad profesional y Draco intentaba pagarle con la misma moneda, aunque no era fácil porque por dentro estaba deseando preguntarle a gritos qué había hecho para que se comportara así con él. Después de marchaba, lleno de desazón, y tenía que esforzarse el doble para hacer su papel delante de los Sebastian.

Pero esos esfuerzos valieron la pena y al final, tal y como imaginaba, Alex quiso dar una cena en casa para que Draco conociera a sus amigos. La gente con la que se encerraba en la biblioteca. Draco mostró el debido interés y dos noches más tarde se dispuso a recibirlos junto a Alex y su madre, ocupando un lugar más cercano a los anfitriones que a los huéspedes. Se había vestido con esmero para la ocasión, eligiendo una túnica elegante, pero de corte muy juvenil: cuanto más joven pareciera, menos posibilidades había de que lo tomaran en serio y quisieran reclutarlo. Junto a Alex, saludó a unos y a otros, memorizando todos sus nombres con facilidad. A uno de ellos, un alemán de ojos fríos llamado Gunther Dunkelheit, ya lo conocía: su padre había hecho negocios con él también.

-Un asunto espantoso, sin duda. Mi más sincero pésame.

-Gracias. Es algo en lo que prefiero no pensar.

-Nadie podría culparle.

- Al menos ahora se encuentra usted entre amigos –dijo otro de ellos, Cohen.

-Sebastian nos ha hablado mucho de usted, señor Malfoy –dijo un hombre bajito y rechoncho que se llamaba Emil Hupka-. ¿Está disfrutando de su estancia en Italia?

-Ahora sí –contestó, dirigiéndole a Alex una mirada de afecto-. La verdad es que estaba pensando en marcharme cuando encontré a Alex. Demasiados muggles, aurores y periodistas. Pero aquí no tengo que preocuparme por ellos, gracias a Merlín.

-Oh, sin duda son una plaga.

Parecían todos mentalmente sanos, pensó Draco mientras iban hacia el comedor, y eso ya era un avance importante respecto al mortífago medio, pero había crecido con hombres como ellos y nunca podría cometer el error de considerarlos inofensivos.

Draco ocupó su asiento en la mesa entre la señora Sebastian y uno de los invitados, monsieur Danceny, que había empezado a hablar de coches mágicos italianos. Mientras seguía con la vista a Alex, que aún no se había sentado, descubrió a Hupka mirando con horror las botellas de vino que esperaban sobre la repisa de la chimenea. Cuando Alex pasó junto a él, Hupka atrajo su atención sujetándolo del brazo. Draco captó palabras sueltas de lo que le dijo.

-Alex… botella no debería… Cámbiala, cámbiala.

La reacción de Alex, haciéndole callar y alejándolo nerviosamente de allí, le confirmó que había algo sospechoso en todo aquel asunto. Danceny, a su lado, le preguntó al momento si había conducido un coche mágico alguna vez, tratando sin duda de distraer su atención. Draco le contestó, fingiendo que no se había enterado de nada, pero sabía que lo que había visto era importante, aunque ignorara el por qué, Con un poco de suerte, los aurores lo averiguarían.


-Señores, tenemos que hacer algo respecto a Emil –dijo Gunther, encendiendo un cigarro.

-Es un error comprensible, está muy cansado –dijo Danceny.

-Es un error peligroso –corrigió madame Kurkova-. Y ya ha cometido varios. Está poniendo toda nuestra misión en peligro.

Alex, sentado en su sillón, le dio una calada a su puro y no dijo nada. Apreciaba a Emil y lamentaba poner un broche así de desagradable a una velada encantadora, pero estaba de acuerdo con Gunther y madame Kurkova. El plan era lo primero y no podían tolerar que nadie lo echara a perder. Nadie más habló para defender a Emil y Danceny aceptó con facilidad la decisión de la mayoría.

-Yo puedo encargarme –dijo Gunther, exhalando un círculo de humo lánguidamente-. Me iré con él y cuando lleguemos al punto de Aparición… Bueno, hay escisiones que pueden ser mortales, ya lo saben.

El ruido de la puerta de la biblioteca al abrirse les hizo callarse. Emil, al que habían mantenido alejado con una excusa (siempre podía contar con su madre para esas cosas), entró con expresión sumisa y culpable.

-Amigos, siento mucho el desliz de antes.

-Oh, no te preocupes, Emil –dijo madam Kurkova-, es que todos estamos trabajando demasiado.

-Sí, le podría haber pasado a cualquiera.

-Necesitas descansar, ¿no es cierto, Ballotti? –Dunkelheit miró a Emil-. Tu salud es muy importante para nosotros.

Alex vio aparecer las primeras señales de miedo en los ojos de Emil, seguidas rápidamente por la negación, como si no quisiera creer sus propias sospechas. Incómodo, apartó la vista. Ciertos sacrificios eran necesarios, pero eso no quería decir que disfrutara con ellos.

-Sí, quizás deba marcharme ya. No te importa que deje la fiesta antes, ¿verdad, Alex?

-No, claro que no.

Gunther se puso en pie.

-Deja que te acompañe, Emil. Hay un buen trecho de aquí hasta el punto de Aparición y quiero asegurarme de que llegas en buen estado.

-Oh, no creo que sea necesario.

-Insisto –dijo Gunther, colocándose delante de él.

¿Lo sabía ya con certeza? Alex no quiso mirarlo y descubrirlo, ni siquiera al decirle adiós. Prefería recordarlo de otra manera.


Había pasado un mes y Harry todavía aborrecía ese caso como no había aborrecido nada desde Voldemort. Lejos de Draco, aún podía mantener esas emociones bajo control, pero cuando lo veía y se lo imaginaba con Sebastian, ese dolor sordo volvía tan insufrible que a veces sólo quería devolver herida por herida.

En aquella ocasión, Draco y él estaban en el Circo Apolonio, viendo las carreras de aurigas a las que los magos italianos eran tan aficionados. Sebastian andaba por allí también, pero a Harry no le preocupaba que los descubriera hablando; al fin y al cabo, se suponía que Draco y James Harrison eran amigos. Y aunque deseara marcharse de allí, tenía que admitir que esta vez Draco tenía información muy valiosa.

-¿Crees que esos son sus nombres verdaderos?

-Sí, por todo lo que sé, Alex y Dunkelheit se llaman así de verdad, así que imagino que los otros también. Oh, y pasó algo más con una botella de vino. Hupka se asustó al verla, como si pensara que contenía otra cosa.

-¿Y era así?

-No. Nos la bebimos.

-¿Algo más?

-No.

Un golpe de aire hizo que su flequillo rubio revoloteara sobre su frente y Harry cerró la mano en un puño para no peinarlo con los dedos.

-Te he visto antes, entrando al circo con Sebastian. Impresiona la rapidez con la que has conseguido que se enamore de ti.

-Corta el rollo, Harrison. Esto era lo que queríais que hiciera, ¿no? ¿Por qué te quejas ahora?

-Fue tu decisión –le espetó. Pero repartir las culpas no le hizo sentirse mejor consigo mismo.

-Y tú dejaste muy claro que no te importaba.

¿Importarle? Le estaba matando, envenenando como un horrorcrux. Pero se mordió la lengua a duras penas, recordando todo lo que estaba en juego, mucho más valioso que sus sentimientos.

-No me importa –dijo con indiferencia que no sentía-. De hecho, creo que lo estás haciendo muy bien.

-Como si hubiera nacido para esto, ¿no?

-Nadie nace para esto –replicó Harry, molesto por la insinuación-. Todo es cuestión de tomar la decisión correcta.

Quería decir que nadie le había obligado a pasar por la cama de medio mundo mágico y que podía simplemente parar, decir no. Dependía de él. Incluso el asunto de Sebastian. Pero Draco se lo quedó mirando como si no creyera sus oídos y después siseó con tal rabia que Harry estuvo a punto de dar un paso atrás.

-¿Me estás tomando el pelo?

Harry se dio cuenta de que estaban atrayendo la atención de la gente que estaba a su alrededor y mientras miraba a su alrededor descubrió a Sebastian acercándose a ellos.

-Disimula –dijo, poniendo una sonrisa falsa-, Sebastian viene hace aquí.

Draco murmuró entre dientes algo que sonaba a insulto, pero recompuso el semblante a tiempo de recibir a Sebastian, que no parecía nada contento al verlos juntos.

-Draco, ¿ocurre algo? –dijo, poniéndole la mano en la espalda y tratando de dirigirle a Harry una mirada intimidatoria.

-No, no, claro que no. Este es mi amigo James Harrison, ya te he hablado de él. Harry, este es Alexander Sebastian.

-Encantado. –Harry le estrechó la mano, aunque habría preferido clavarle la varita en un ojo-. Creo que debo agradecerle a usted los consejos que Draco me estaba dando sobre las siguientes carreras.

Sebastian no sonrió.

-Usted es el que dejó solo a Draco cuando ese auror empezó a molestarle en el restaurante, ¿no es cierto?

-Alex… -murmuró Draco, como si protestara.

-No, Draco, tiene razón –dijo Harry, poniendo cara de arrepentido-. No estuvo bien dejarte solo, pero en ese momento mi posición también era un tanto delicada y realmente no podía permitirme el lujo de atraer la atención de los aurores. Me alegra que alguien pudiera ayudarte y que ahora las cosas te vayan tan bien.

-Gracias, Harry.

Draco parecía dispuesto a irse ya, pero Harry conocía a los hombres como Sebastian y no se sorprendió cuando éste le invitó a ir a su palco con ellos. Sin duda quería averiguar más cosas sobre él y su relación con Draco. Harry aceptó sin pensarlo; verlos juntos de cerca iba a doler como mil demonios, pero con un poco de suerte, sería el primer paso para conseguir la entrada de manera oficial a la villa de los Sebastian.


-Te ha invitado.

Potter asintió.

-Me ha invitado.

Le alegraba saber que todos los ratos de agonía que había pasado teniendo que almorzar o tomar café con Alex y Potter a la vez habían servido para algo.

-Alex cree que estás enamorado de mí.

Se arrepintió en cuanto lo dijo, pero Potter, por una vez, no aprovechó para herirle.

-Probablemente sólo quiere restregarme su riqueza por la cara para ponerme en mi lugar. Al fin y al cabo, James Harrison es poco más que un mestizo cazafortunas con ínfulas de sangrepura.

-¿Cuál es el plan?

-Por todo lo que nos has contado, la clave de lo que oculta Sebastian está en la bodega. Es la única habitación de la casa que tiene la puerta siempre cerrada con llave, ¿no?

-Sí. Puedes abrir la puerta que lleva a las escaleras sin problemas, pero la de abajo, la que da a la bodega en sí… Que yo sepa, sólo hay una llave y la tiene Alex.

-¿Sabes dónde la guarda?

-Sí, en su llavero. Una vez bajamos juntos a la bodega. Quería enseñarme los frescos que hay pintados a lo largo de las escaleras, en las paredes, y luego elegimos una botella para la cena.

-Muy romántico –dijo, con sarcasmo.

Draco respiró hondo y decidió hacer como si no hubiera escuchado nada.

-Pero yo no vi nada sospechoso.

-Lo que haya, estará escondido. Recuerda también aquel incidente con Emil Hupka. Fue la botella de vino lo que le puso nervioso. Necesito ver qué hay ahí y la fiesta será el momento perfecto. ¿Esas llaves se quedan sin vigilancia en algún momento?

-Sí, a veces. –Cuando iba a ducharse no era inusual que Alex las dejara en la cómoda de la habitación que ahora compartían.

-Es posible que estén protegidas con algún hechizo para evitar copias, así que voy a enseñarte un conjuro especial que se saltará esas protecciones. Haz la copia en cuanto puedas y escóndela. Ni se te ocurra intentar bajar a la bodega tú solo, ¿entendido? Probablemente también esté protegida y podrías activar alguna alarma sin darte cuenta.

-Entendido.

-Entonces vamos al piso franco; te enseñaré allí ese conjuro.

Draco se imaginó de pronto a solas otra vez con Potter, en un lugar donde nadie podía verlos, y se encontró reviviendo en su mente el día que habían pasado juntos en la cama: la expresión de Potter al entrar en él, al correrse, sus manos fuertes recorriendo su cuerpo, sus labios besándole, sus dientes mordiéndole. No era justo, no era justo que después de todo aún pudiera provocarle esa reacción. Cuando llegó al piso, tenía la boca seca y los nervios de punta: encontrarse allí a uno de los aurores italianos absorto en unos papeles fue un completo jarro de agua fría que casi le hizo maldecir en voz alta. Sin embargo, en cuanto Potter empezó su lección, Draco comprendió que si hubieran estado realmente solos jamás habría conseguido concentrarse lo suficiente como para aprender el conjuro. No cuando Potter le hacía estremecerse de arriba abajo sólo con sujetar su mano para guiar los movimientos de la varita.

Después de una cantidad vergonzosa de intentos, Draco lo logró por fin. Potter le hizo repetirlo hasta que se volvió algo casi automático y tuvo el detalle de desearle buena suerte, aunque sonaba como si se estuviera obligando a ser civilizado. Draco quiso señalar que no había quedado muy convincente, pero descubrió que no tenía ganas de discutir; estar con Potter ahora era agotador, casi un enfrentamiento constante. Cuando llegó a la villa, Alex le recibió con una sonrisa luminosa y el desaliento de Draco creció aún más. ¿Y si sólo la gente como Alex, un genocida en ciernes, era capaz de sentir algo de aprecio por él? ¿Qué decía eso de él?

-¿Estás bien, Draco? Pareces algo alicaído. No habrás tenido problemas otra vez, ¿verdad?

Draco hizo un esfuerzo por borrar sus verdaderos sentimientos de la cara.

-No, no, nadie me ha molestado.

-¿Seguro? No me gusta que vayas solo por ahí, Draco. Tienes tantos enemigos…

-No soy un niño pequeño –dijo, con su tono más petulante.

-Lo sé, pero no puedes culparme por querer protegerte y cuidarte. Eres un príncipe, amor mío, y deberías ser tratado como tal.

Draco sonrió, fingiendo que apreciaba el halago. Su yo de quince años, ciertamente, se habría considerado a la altura de un príncipe.

-Uno en el exilio.

-No por mucho tiempo.

-¿Qué quieres decir? ¿Planeas algún viaje a Gran Bretaña? No sé si quiero volver allí alguna vez.

Alex rió con condescendencia.

-Ya hablaremos cuando llegue el momento; quizás entonces tengas motivos para cambiar de opinión.

Draco entrecerró los ojos con curiosidad, pero no insistió porque se suponía que no tenía motivos para pensar que aquello era importante. Por dentro, sin embargo, estaba seguro de que Alex básicamente había confirmado que estaban tramando algo. Debía significar que confiaba aún más en él. Si le diera alguna pista sólida…

Habían quedado aquella noche para cenar fuera con unos amigos y Alex subió a ducharse y cambiarse. Draco subió con él con la esperanza de tener la oportunidad de hacerse con la llave de la bodega, pero uno de los pequeños genios de la villa estaba en el dormitorio y no quiso arriesgarse a atraer su atención: si la criatura consideraba que albergaba malas intenciones hacia el hogar que cuidaba y protegía podía causarle problemas muy serios. Hasta cuatro días después no tuvo la ocasión que buscaba. El llavero estaba sobre la cómoda, Alex se había metido en la ducha y no había ningún genio en el dormitorio. Draco se lamió los labios, respiró hondo y lanzó el conjuro que Potter le había enseñado.

Una llave similar se materializó en el aire, flotando frente a él. Draco la agarró a toda prisa y se la guardó en el bolsillo, con el corazón latiéndole a toda prisa. Durante unos segundos esperó en tensión, seguro de que iba a escuchar alguna alarma o el grito de un genio, pero no ocurrió nada.

Draco se sentó en la cama y miró hacia la puerta del baño; todavía se escuchaba el ruido del agua. Qué triste era, pensó, que confiara en él el hombre equivocado.


Harry había recibido consejo a la hora de elegir su túnica y llevaba puesto exactamente lo que llevaría un sangrepura de dudosa reputación y fortuna fluctuante. Enseguida se dio cuenta de que destacaba bastante entre el resto de invitados, la mayoría de ellos vestidos con vestimentas más sobrias: todos le miraron por encima del hombro en cuanto le pusieron la vista encima, que era más o menos lo que quería.

Cuando distinguió a Draco entre la multitud, algo le oprimió el pecho. Su túnica era espectacular, de un gris plateado con bordados en verde y en azul y un fajín en esos dos colores. Le llegaba casi hasta el suelo; sólo era visible la parte inferior de sus botas, también grises. Con esa ropa, su cabello blanquecino y sus pómulos afilados, parecía una criatura de otra época, de otro mundo y Harry quiso correr hacia él y besarlo delante de todo el mundo, arrodillarse y tomarlo en su boca para transformarlo en un humano sudoroso, sonrojado y exquisito. Luego vio a Sebastian poniéndose a su lado y su deseo se agrió como leche dejada al sol.

Harry fue a saludarlos, por supuesto. Sebastian se debía sentir más seguro de lo normal al encontrarse en su territorio porque llegó a encargarle a Draco que se ocupara de mantener entretenido a su querido amigo, el señor Harrison.

-Tengo la llave –dijo Draco, en cuanto Sebastian se alejó.

-Todavía no –replicó Harry-. Tu novio no nos quita ojo. Preséntame a la gente.

Draco lo hizo. Sebastian estaba bien relacionado y la mayoría de los invitados eran sangrepuras y mestizos ricos, altos cargos del ministerio italiano, estrellas de quidditch. Al menos la mitad de ellos parecían tener que esforzarse para ser corteses con Draco; probablemente le habrían evitado, si no fuera por la influencia de Sebastian. Tampoco daban señales de querer conocer mejor a James Harrison, quizás porque pensaban que siendo amigo de Draco, no debía ser de fiar. Otros, sin embargo, actuaban como unos auténticos lameculos, haciéndole la pelota y mencionando oblicuamente la fortuna de los Malfoy. Harry pensó de pronto que Draco debía sentirse muy solo.

La fiesta continuó. Draco tenía que atender a otros invitados y pasar tiempo con Sebastian, que no paraba de exhibirlo como si fuera un cerdo en una fiesta de pueblo. Repulsivo. Draco bebía, bailaba y reía como si fuera feliz ahí con Sebastian y mientras, él tenía que fingir que le parecía estupendo. Como si no hubiera pasado suficientes veces por esa tortura con Oliver. Hasta casi dos horas después, Harry y Draco no volvieron a estar solos y cara a cara y para entonces, Harry ya estaba en carne viva y muriéndose por marcharse de allí.

-Ten cuidado con las copas de champán, no querrás acabar bailando encima de una mesa.

-Tengo que beber, es una maldita fiesta.

Harry no le escuchaba: se había dado cuenta de que Sebastian estaba enfrascado en una conversación casi al otro lado del salón de baile.

-¿Crees que podrás contenerte mientras bajamos a la bodega?

Draco entrecerró los ojos como si fuera a insultarle, pero asintió bruscamente.

-Seguro que sí. –Echaron a andar; Sebastian seguía sin prestarles atención-. Dime, Harry, ¿no vas a parar hasta conseguir que explote y grite sin querer algo que lo eche a perder todo? No suena muy responsable ni profesional por tu parte, ¿no?

-Deja el drama para luego, ¿quieres?

Su respuesta, casi instintiva, no impidió que aquellas palabras echaran raíz en su mente y se negaran a marcharse, dejándolo con una molesta sensación de desasosiego. En todo aquel tiempo nunca había tenido en cuenta esa posibilidad, pero habría sido tan fácil que a Draco se le escapara algún Potter en medio de alguna discusión… Harry quiso convencerse de que sería culpa del propio Draco, por ser demasiado susceptible, y se rindió a los dos segundos: no podía mentirse a sí mismo hasta ese punto ni olvidar cuántas veces sus profesores le habían recalcado que la obligación de un agente de enlace como él era mantener a su colaborador civil concentrado, tranquilo y a salvo. Ni siquiera se acercaba a esa descripción. Mientras cruzaban el vestíbulo en dirección a la puerta de roble que bajaba a la bodega, Harry comprendió con fatalismo que no iba a ser capaz de hacerlo mejor. Cada vez que iba a reunirse con Draco, lo hacía repitiéndose que iba a ser educado, neutro, un auror de pies a cabeza y siempre fracasaba, vencido por los celos. ¿Por qué iba a ser diferente ahora?

No podía seguir así. Harry se detuvo cuando esa certeza caló en sus huesos, inapelable, pero una mirada inquieta de Draco le puso de nuevo en marcha y le obligó a centrarse en la tarea que tenían por delante. No pensaba estropear esa parte de sus obligaciones también. Harry sacó su varita y lanzó discretamente un hechizo que le avisaría si había algún genio del hogar en los alrededores. Estaban de suerte, no había ninguno. Con otro hechizo comprobó si la puerta estaba protegida o bajo vigilancia y detectó una especie de sensor que ya había visto otras veces; si lo disparaban, sin duda activaría protecciones extra en la puerta de abajo. Ingenioso, pero no demasiado complicado: sabía cómo inutilizarlo y lo hizo lo más rápido que pudo.

Nadie los había visto. Harry abrió la puerta y comenzó a bajar las escaleras, varita en mano. Los frescos estaban allí, como Draco le había dicho, pero Harry no les prestó apenas atención, más concentrado en detectar cualquier trampa que hubiera en el camino. Cuando llegó al final de la escalera examinó también la puerta cerrada con llave. Había algo allí: si alguien trataba de abrirla de la manera incorrecta, dispararía una trampa. No parecía algo mortal, pero sin duda alguna los incapacitaría. Harry usó el contrahechizo y realizó otro pase de varita.

-Listo –susurró-. Dame la llave.

Draco se la dio y Harry abrió la puerta. No ocurrió nada. La bodega parecía una bodega normal, un espacio de unos cincuenta metros cuadrados llenos de hileras e hileras de botellas de vino y champán. Harry le ordenó a Draco que buscara una botella similar a la que había alterado tanto a Hupka, desaparecido misteriosamente desde aquella noche, y él empezó a barrer la zona por si había escondites secretos.

-Esta es la botella –dijo Draco, al cabo de unos minutos-. Un Chariot del 97. Es un vino de gama media-alta, cada botella vale cincuenta galeones.

Su tono de voz, liso y sin inflexiones, revelaba que aún seguía enfadado. Harry quiso intentarlo y decir algo que aligerara el ambiente, pero era como si algo –orgullo, torpeza- le bloqueara.

-¿Dónde estaba? ¿Había más?

-Allí, en ese estante y sólo había una más. Debe de ser donde guarda las botellas que provienen de otras bodegas. El Chariot es de las bodegas Bellamy. –Y luego añadió, como si se le acabara de ocurrir-. Los Bellamy venden también al mundo muggle, por cierto. Muy pocas bodegas lo hacen, supone mucho trabajo extra.

Harry estudió la botella a trasluz, pero no puedo ver nada fuera de lo común.

-¿Qué tiene este vino de particular? –preguntó, casi para sí mismo.

-Nada, que yo sepa –dijo, en tono un poco menos frío-. Por cincuenta galeones puedes encontrar vinos mejores, pero también vinos peores.

-Y todos bebisteis.

-Sí.

-Hupka, sin embargo, pensaba que era otra cosa. Voy a asegurarme de que no hay más botellas como esta por ahí.

Era sólo un presentimiento, pero valía la pena intentarlo. Con un hechizo, creó una impresión de la etiqueta en el aire y luego la dejó suelta para que buscara todos los lugares en los que encajaba. Al momento se dividió en varias etiquetas y aunque una viajó al estante que había señalado Draco, las otras se posaron sobre unas botellas que estaban en un estante superior, cerca de una esquina. Harry intercambió una mirada con Draco e hizo bajar flotando una de esas botellas. Hasta donde él podía decir, no se diferenciaba en nada de la otra.

-¿Crees que es esto lo que esconde Alex? –dijo Draco-. ¿Aquí a simple vista?

Entre otras botellas. ¿No había escrito alguien algo por el estilo?

-Pronto lo sabremos.

Harry apuntó a la botella con su varita y lanzó un conjuro que revelaba peligros ocultos. Una luz blanca y aceitosa brilló por un momento alrededor de la botella.

-Conozco ese conjuro –dijo Draco-. Eso no es sólo vino.

-No, no lo es. La luz blanca indica veneno.

Necesitaba tomar muestras. Harry sacó del bolsillo un pequeño vial, lo apoyó sobre el vidrio de la botella y con un hechizo consiguió que un dedo de aquel líquido acabara en el vial. Después de devolver la botella a su sitio, examinó el contenido del vial. Parecía vino normal y corriente. Lo habría olido, pero podía ser peligroso.

-Es lo que queríamos, ¿no? –dijo Draco-. ¿Es suficiente para detenerlo?

-No, todavía no. No podemos demostrar que él sea el responsable del contenido de estas botellas. Pero es un paso muy importante para averiguar qué trama. –Harry miró a su alrededor y volvió a tantear con magia la bodega en busca de algún escondite oculto, pero siguió sin encontrar nada. No, tenía que tratarse de aquellas botellas. Allí ya habían terminado-. Vamos, tenemos que volver a la fiesta ya.

Draco asintió y caminó con él hacia la puerta. Harry sintió un agridulce ramalazo de camaradería hacia él –el éxito les pertenecía a ambos- y tuvo un momento para lamentar lo que podría haber sido. Draco, que subía por delante de él, puso un fin abrupto a su melancolía cuando frenó en seco.

-Harry, oigo voces, creo que es Alex –susurró con alarma-. Oh, Merlín, es él.

Antes de que la idea ya hubiera cristalizado, Harry se había colocado delante de Draco.

-Dame una bofetada.

-¿Qué?

Harry lo besó, justo cuando la puerta se abría. Draco, pillado por sorpresa, vaciló dos benditos segundos, dándole tiempo a sentir el calor de sus labios, a notar bajo sus dedos la suavidad de su mejilla, un momento de gloria… hasta que una fuerza lo empujó contra la pared, se golpeó la cabeza y la voz airada de Draco reverberó por toda la escalera.

-¿Qué cojones haces, Harry?

-¿Qué está pasando aquí? –exclamó también Sebastian, tampoco muy contento.

-¡Alex!

Harry se llevó la mano a la coronilla; le estaba saliendo un chichón por el golpe.

-No culpe a Draco, señor Sebastian. Él creía que mi único interés era ver estos frescos, por eso ha venido conmigo aquí.

-Está borracho, Alex.

Era la viva imagen de un hombre decepcionado ante la debilidad humana. Sebastian, por el contrario, miraba a Harry con ojos homicidas.

-Debería cruciarlo aquí mismo, señor Harrison.

-Por favor, Alex… Harry, vete ya –dijo con severidad-. Cuando duermas la mona verás el terrible ridículo que has hecho.

Harry hizo su mejor esfuerzo para parecer debidamente contrito.

-Lo siento, Draco. Mis disculpas, señor Sebastian. Sé que no tenía ningún derecho a hacer lo que he hecho.

Los dos le dejaron pasar y Harry cruzó entre ellos. Dejar a Draco atrás nunca le había costado tanto.


-Tenemos que hablar de tu amigo Harrison –dijo Alex, cuando la fiesta terminó por fin y subieron al dormitorio-. No quiero volver a verlo en esta casa, Draco.

Aquello no podía ser buena señal, pero Draco sabía que defender a Harry en ese momento sólo le complicaría las cosas.

-Lo entiendo –dijo, asintiendo con la cabeza filosóficamente.

Alex se lo quedó mirando con cara seria.

-Sólo te lo voy a preguntar una vez y aceptaré la respuesta que me des. ¿Sientes algo por él?

-¿Por Harry? Por supuesto que no. –Draco actuó como si la idea fuera absurda-. James Harrison no es nadie a tu lado, Alex. Pero cuando no está comportándose como un idiota, es agradable poder hablar con un compatriota.

Alex pareció apaciguarse. Draco se sorprendía a veces de su propia habilidad para mentir. ¿Cómo podía ser capaz de convencerlo de que no sentía nada por Harry cuando estaba ardiendo por su culpa, cuando no paraba de rememorar en su cabeza aquel beso frustrado? Ahora lamentaba haberle empujado solamente. Tendría que haberle partido la cara. Eso le habría enseñado a besar a gente que sólo quería olvidarse de él.

-De acuerdo, no se hable más. –Empezó a desvestirse-. Supongo que no puedo culparlo por enamorarse de ti, ¿no es cierto? Aunque si vuelve a intentar algo así no seré tan comprensivo.

-Si se atreve, yo mismo le retorceré el cuello.

Alex sonrió y Draco sintió una oleada sincera y culpable de afecto hacia él. Cuando llegara el momento haría lo que debía hacer, pero le entristecía tener que traicionar a un hombre que sólo lo había tratado con bondad. Ni siquiera ahora que había visto el vino envenenado en su bodega podía imaginárselo como un criminal.

-Soy un hombre afortunado –dijo acercándose a Draco-. Mi hermoso muchacho…

Besaba bien, se recordó Draco mientras cerraba los ojos. Besaba bien, pero no tan bien como Harry. Al pensar en él, estuvo a punto de soltarse y salir corriendo; se controló a duras penas. No, no podía rendirse ahora, cuando estaban tan cerca. Draco se obligó a continuar y si un rato más tarde, mientras Alex ya dormía, tuvo ganas de llorar y gritar y patalear, nadie lo supo excepto él.

Continuará