NdA: Llegamos al penúltimo capítulo. ¡Muchas gracias por leer y comentar!
Capítulo 4
Tras marcharse de la fiesta, Harry se había dirigido directamente al hostal por si Sebastian lo mandaba seguir, pero después había vuelto a salir, tomando precauciones para no ser visto, y se había ido al piso franco, donde sabía que Shacklebolt y los demás le estaban esperando mientras se mordían las uñas. Pasó la noche allí, pensando obsesivamente en Draco, en el beso, en su propio comportamiento y haciendo tiempo hasta que llegaran los informes de los Inefables italianos, que estaban examinando el vial que les había llevado. Sobre las siete de la mañana, encharcados ya en café, recibieron las primeras noticias de mano de una Inefable de pelo negro y larguísimo y montones de pulseras en las muñecas.
-Es un veneno muy ingenioso, mortal en un 100% de los casos, con la particularidad de que cursa sin síntomas hasta que unas dos horas después se produce la muerte, que acontece en pocos segundos. No tiene antídoto conocido y lamentablemente, se confecciona con materiales bastante corrientes. Aquí está la lista de ingredientes.
-¿Lo habían visto antes?
-Es una variante reforzada del veneno de Hécate. Normalmente ese veneno se contrarresta con un antídoto de romero y leche de unicornio, así como con un bezoar, pero esta poción no permite contramedidas. Una vez lo ingieres, nada puede salvarte: unas dos horas después estarás muerto.
Hubo un momento de silencio.
-Está claro que quieren matar a alguien –dijo Kingsley-, pero ¿a quién?
-No tiene sentido que haga algo así en su casa, cuando se supone que todos van a probar el vino y además podrían relacionar esa muerte con él –contestó Harry, pensando en voz alta-. Pero tampoco me encaja que el objetivo sea uno de sus clientes porque el Chariot pertenece a otra bodega, a los Bellamy. A los dueños de los restaurantes les llamaría la atención que Sebastian intentara colocarles vinos de la competencia.
-Los distribuye por locales de toda Europa, además –dijo el auror Tozzi-. No hay manera de que pueda controlar quién lo pide y quién no.
Kingsley se frotó la barbilla pensativamente.
-A no ser que el dueño esté compinchado y ayude a echarles la culpa a los Bellamy, diciendo que les compró el vino a ellos.
-Quizás quiera regalárselos a alguien o planee asesinatos al azar –sugirió Merton.
Harry recordó algo.
-Draco dijo que los Bellamy venden a los muggles. Quizás sea importante. Los dueños de los restaurantes muggles no sabrían si el Chariot es uno de los vinos de los Sebastian o no.
-Bien… -Kingsley miró al Jefe de Aurores italiano, Rodari-. Creo que estamos todos de acuerdo en que debemos averiguar quién es el objetivo de ese veneno, quién lo está fabricando y a ser posible, dónde. Propongo que repasemos en profundidad los negocios del señor Sebastian, especialmente los que está planeando llevar a cabo los próximos meses, y que busquemos algún experto en Pociones entre sus contactos.
-Nosotros seguiremos investigando la poción –dijo la Inefable.
Rodari se puso en pie.
-Esto es un paso importante, señores. Auror Potter, le felicito; por favor, transmita también mi agradecimiento al señor Malfoy por sus esfuerzos.
Harry asintió, lleno de emociones contradictorias, pero Tozzi atrajo su atención al gemir estrepitosamente.
-Ooooh, Aleeex…
Incluso Kingsley y Rodari sonrieron; Harry, por el contrario, saltó como si lo hubieran pinchado.
-Cállate, Tozzi.
-¡Eh!
-¿Crees que es gracioso? ¿Te crees que eres mejor que Draco porque es él quien se está acostando con Sebastian? Pues te recuerdo que se lo pedimos nosotros, Tozzi, nosotros, y te aseguro que eso no nos deja en ningún buen lugar. Tenlo en cuenta la próxima vez que te quieras burlar de él.
Tozzi frunció el ceño y Harry se preparó para seguir defendiendo a Draco, aun sabiendo que él le había hecho más daño que el italiano y que ahora el gesto carecía de valor. Pero ¿qué debía hacer si había abierto los ojos? No podía callarse, eso habría estado mal también.
-Vamos, vamos… –intervino Rodari, poniéndose entre ellos-. Auror Potter, acabo de decir que le estamos agradecidos al señor Malfoy por todos sus sacrificios. El auror Tozzi sólo bromeaba.
-Todos estamos cansados, ha sido una noche muy larga –añadió Shacklebolt. Harry se dio cuenta de que su jefe lo estaba mirando con una expresión peculiar-. Deberíamos ir a dormir algo.
Harry no quiso seguir discutiendo y aprovechó para tomar la salida que Kingsley le ofrecía, pero cuando volvió al hostal no se metió en la cama, sino que se arrodilló frente a la Red Flú y echó un puñado de polvo verde a la chimenea.
-Casa de Ron y Hermione Weasley, Devonshire, Inglaterra.
Tuvo que esperar casi diez minutos para la conexión internacional, pero al final el rostro de Hermione se perfiló sobre las brasas.
-¡Harry! ¿Qué ocurre? No sueles llamar a estas horas.
Simplemente escuchar su voz aflojó un poco el nudo que estaba sintiendo en el pecho.
-Hermione… Creo que estoy metiendo la pata hasta el fondo.
Hermione lo escuchó sin interrumpirlo, aunque estaba claro que le habría gustado hacerlo en varias ocasiones. Harry sabía que se estaba explicando fatal, con frases confusas que a veces ni llegaba a terminar.
-Me rompió que aceptara, Hermione –concluyó, intentando resumirlo todo de manera algo más clara-. Y ha sido un infierno desde entonces, viéndolo con él, imaginándomelo... No debería haberme hecho creer que se tomaba en serio lo nuestro, pero tiene derecho a contar con un agente que esté apoyándole de verdad. Y yo no puedo. Me gustaría, pero no puedo, porque cuando lo veo, sobre todo si lo veo con él… Duele tanto y no puedo pensar como es debido y me convierto en un miserable. Y eso no es justo para Draco. Ni para la misión.
Durante unos segundos, Hermione no dijo nada. Luego suspiró.
-Oh, Harry… Esos celos… O sea, es comprensible que tengas celos si te gusta y has de verlo con Sebastian, pero no puedes pagarlo con él y menos de esa manera. Malfoy lo está haciendo por ayudaros. ¡Tú mismo le pediste que lo hiciera!
-Lo sé y me odio desde entonces. Y también sé que estoy siendo absolutamente irracional al respecto.
-Sí, claro, eso es lo que pasa con los celos. Pero esto no puede seguir así, Harry. Entiendo lo de Oliver, estuve ahí y vi cómo te desquició. Imagino que toda esa rabia acumulada no se va fácilmente. Pero cuando pierdes tanto el control como para empezar a hacerle daño a alguien que no se lo merece es hora de parar y pensar en la clase de persona en que te estás convirtiendo.
-Tienes razón –dijo, disgustado consigo mismo.
-Por cierto, yo también necesito hacer una pausa para decir que estoy alucinando un poco con lo de que te guste Draco Malfoy.
-No, ha cambiado, Hermione. Ya no cree en esas mierdas ni es cruel sólo por ser cruel. Había ratos en los que lo pasaba muy bien con él, escuchándole hablar sobre Roma y esas cosas.
-Bueno, está claro que no es el mismo que en Hogwarts, si está ayudando a los aurores a detener a esa gente. Pero entonces, Harry… no lo entiendo, ¿por qué estás tan seguro de que sólo quería pasar el rato contigo?
Harry se pasó las manos por la cara, tratando de espabilarse, de pensar. Lo había tenido todo tan claro una vez… Ahora el cansancio y el recuerdo de Draco devolviéndole el beso lo volvían todo confuso.
-No lo sé, no lo sé, ya no estoy seguro de nada. Del modo en el que ocurrió todo, es como si yo sólo hubiera sido un reto más para él. Ni siquiera le estaba tratando bien, ¿por qué iba a enamorarse de mí? –Se rio amargamente-. Pero ¿sabes qué? Ni siquiera importa. Incluso si estaba enamorándose de mí también… La clase de misión que era, todo lo que nos estamos jugando, mis celos… ¿Qué posibilidades teníamos de que esto funcionara?
-Oh, Harry…
Pero él rechazó su compasión con un gesto de la cabeza.
-Mira, da igual. Sé lo que he de hacer. Esta tarde le pediré a Kingsley que me busque un sustituto y me mande de vuelta a Inglaterra. Me aseguraré de que sea alguien que pueda trabajar bien con Draco. Alguien que lo trate con respeto y no ponga en peligro el caso con sus celos.
-¿Estás seguro?
-Sí, no me queda otra opción. No puedo fiarme de mí mismo.
-Bueno, puede que tengas razón. Los dos necesitáis mantener la cabeza fría y tal y como están las cosas, no parece que eso sea posible.
Harry se miró las manos. No se le ocurría otra solución. Así Draco estaría bien y con un poco de suerte, los tendrían la oportunidad de olvidar que todo aquello había sucedido.
Alex entró en la bodega.
Llevaba dándole vueltas desde la noche anterior. ¿De verdad era sólo una coincidencia que Harrison hubiera elegido aquel lugar para seducir a Draco? ¿Podía estar cien por cien seguro de que no era otra cosa? Las palabras desconfiadas de su madre cuando le había hablado de Draco se repetían en su cabeza una y otra vez. No es de los nuestros, es un traidor. Pensó en ello mientras Draco desayunaba a su lado, silencioso y algo resacoso tras la fiesta. Pensó en ello cuando lo vio ojeando una revista de quidditch en el sofá, almorzando con más apetito o comentando con su madre los trajes de todo el mundo. Ahora formaba parte de su vida como si siempre hubiera estado allí. ¿Cómo podía ser todo falso? No quería creerlo, pero comprendió que no respiraría tranquilo hasta que lo supiera con certeza.
Las alarmas no daban señales de haber sido alteradas y la llave había estado todo el tiempo en su bolsillo, lo cual ya era un buen comienzo. Alex lanzó un hechizo revelador cerca de las botellas falsas de Chariot y cuando no salió positivo, comenzó a relajarse. Sólo por ser concienzudo, intentó otro hechizo. Y dos pares de huellas se dibujaron en rojo sobre el suelo.
Sus rodillas temblaron como flanes. No podía ser. Draco, no… ¿Su Draco le había estado mintiendo todo el rato? ¿Todo había sido una actuación? No, imposible. Lo habría notado. Quizás Harrison le había engañado o le estaba haciendo chantaje de algún modo.
Alex reprimió un escalofrío de angustia cuando comprendió que no importaba. Sus colegas lo considerarían un error imperdonable por su parte y él sabía muy bien cómo reaccionaban ante esos errores. Ni siquiera matar a Draco lo solucionaría: su asesinato o incluso su desaparición levantarían las sospechas no sólo de sus amigos, sino también para los aurores o los que fueran que daban las órdenes. Por los dioses, ¿qué iba a hacer?
Su mente se había quedado en blanco, incapaz de ver más allá del engaño de Draco, del dolor intenso que sentía. Alex salió de la bodega, dejándolo todo en orden, y se fue casi por instinto en busca de su madre. Ella estaba en sus habitaciones, escribiendo unas cartas.
-Madre… -Su voz sonó casi como un graznido. Alex carraspeó y volvió a intentarlo-. Madre, he cometido un error espantoso.
Ella le escuchó con las cejas fruncidas en un ceño cada vez más duro y severo. Entendía la situación; los dos estaban en peligro. Cuando él terminó de hablar, esperó su juicio, sintiéndose de nuevo como un niño.
-Nadie debe de saberlo jamás.
-Pero lo averiguarán. Ya sabes lo que le hicieron a Hupka y su error fue ridículo comparado con el mío. No los culpo, yo haría lo mismo en su lugar… -Se llevó las manos a la cara-. Oh, ¿cómo he podido ser tan estúpido?
-Calla, Alex, ¡no pierdas la calma! Siempre has sido impulsivo. No me escuchaste cuando quisiste traer a esa serpiente a nuestra casa, así que escúchame ahora. Lo arreglaremos sin que ni ellos ni los aurores sospechen nada.
-Pero, ¿cómo?
-Esto es lo que haremos.
Un par de días después de la fiesta, Draco recibió un mensaje en su galeón citándole en el piso franco de los aurores. Intrigado, fue hasta allí y para su sorpresa, quien le recibió fue Kingsley Shacklebolt. El Jefe de Aurores le invitó a sentarse en una especie de saloncito y le ofreció una taza de té.
-Quería felicitarlo personalmente por su excelente trabajo, señor Malfoy. Hemos analizado el vino que encontraron usted y el señor Potter y, efectivamente, contiene veneno, una modificación del veneno de Hécate, para ser más exactos. Estamos tratando de averiguar de dónde proviene, pero le ruego que mantenga los oídos abiertos, por si Sebastian comenta algo que pueda ser una pista.
-Por supuesto.
-Pero no lo he convocado sólo por eso. También quería informarle de que vamos a cambiar su enlace con nosotros. El auror Potter va a regresar a Gran Bretaña.
El mundo se abrió bajo sus pies, mostrándole una vez más el horror conocido de la nada. Draco necesitó de todo su adiestramiento, crianza y fuerza de voluntad para reaccionar como si aquello sólo le provocara un leve interés.
-¿Y eso? ¿Él ya lo sabe?
Si Shacklebolt notó algo, no lo demostró.
-Sí, me lo ha pedido él. Piensa que su utilidad ahora ha disminuido ahora que Sebastian no querrá verlo ni en pintura. El auror Potter es un hombre de acción, ya le conoce, y aquí realmente todo lo que queda es una labor de investigación.
Cobarde, pensó, furioso y herido. Merlín, qué cobarde.
-Ya veo…
-No se preocupe, nos encargaremos de buscarle un buen sustituto.
-¿Pero todavía debo pasarle a él mis informes?
-Sí, durante un par de semanas, al menos.
De algún modo que escapaba a su entendimiento consiguió mantener la calma durante el resto de su conversación con Shacklebolt, afortunadamente corta. Cuando se marchó de allí, no se atrevió a volver a la villa, ni siquiera a Aparecerse. Estaba tan agitado que en el primer caso se habría traicionado a sí mismo y en el segundo, se habría escindido. Simplemente echó a andar, seguro de que si se detenía acabaría explotando como una poción mal hecha.
Harry se iba. Draco no podía creerlo. Lo había embarcado en aquella misión asquerosa, lo había hecho acariciar la felicidad durante una tarde, lo había atormentado durante meses y ahora lo dejaba solo, sin terminar nada de lo que había empezado. Tenía que ser una broma. Pero el universo ya se había burlado cruelmente de él otras veces y a Draco no le quedó más remedio que aceptar que había vuelto a pasar. Harry le dejaba solo, como le habían dejado solo todas las personas que le importaban; para él, nunca había sido lo bastante bueno.
Por un momento, Draco se planteó la posibilidad de cambiar de bando, avisar a Sebastian y quedarse con él. Podía imaginar la cara furiosa de Harry al enterarse y era una imagen que le gustaba de un modo oscuro y familiar. Luego recordó el veneno y comprendió que nunca podría hacerlo. Se había prometido a sí mismo que jamás se acercaría a nadie que estuviera metido en esa clase de asuntos. No, ni siquiera pensaba huir y dejar que los dos bandos se apañaran solos: completaría su misión como un buen espía. Lo haría por la deuda que tenía con el mundo mágico. Y porque estaba harto de rendirse. Después ya no les debería absolutamente nada.
Draco tardó aún un par de horas en volver a la villa y cuando lo hizo, su ira estaba bajo control, pero no extinguida. Su mente planeaba sin descanso las cosas que le diría cuando le tuviera delante y su ánimo oscilaba entre la rabia y la depresión que le causaba sentir que nada de lo que hiciera sería nunca suficiente, ni para Potter ni para su propia vida. Estaba maldito, condenado a que todas sus ilusiones se convirtieran en polvo amargo. Para luchar contra un destino así se necesitaban unas fuerzas que no sabía si tenía ya, después de tantos golpes.
Para cuando llegó el día de reunirse con Potter, Draco tenía un dolor de cabeza impresionante, tanto que estuvo tentado de cancelar la cita. Esta vez habían quedado en el interior de un museo, el Palazzo Massimo, famoso, irónicamente, por sus frescos. Draco, con los ojos ocultos por las gafas de sol, apenas les prestó atención. Cuanto antes terminaran mejor; dejaría los discursos insultantes que había preparado para otro día.
-Siento el retraso –dijo secamente.
-No pasa nada. He imaginado que algo te retenía. Dime, ¿va todo bien con Sebastian? No has enviado ningún mensaje, así que he supuesto que no habías tenido problemas por lo que pasó en las escaleras.
Ahora se atrevía a fingir que se preocupaba mínimamente por él. Ahora.
-No, ninguno.
Hubo un momento incómodo de silencio que Draco estuvo a punto de romper diciendo que si no tenía nada más que contarle, prefería marcharse a casa. Potter habló antes, con mirada un tanto esquiva.
-Sé que ya has hablado con Shacklebolt… Es mejor así.
Como no tenía energías para diatribas, Draco eligió la segunda mejor opción.
-Sí, como quieras –dijo, encogiéndose de hombros.
Potter se lo quedó mirando como si esperara ver algo más que indiferencia. Buena suerte esperando. Después de unos segundos, Potter apartó la vista.
-Bien… ¿Ha habido alguna novedad? ¿Has oído algo interesante?
-No. Supongo que esto sólo es una reunión de cortesía. Casi no aparezco, pero he pensado que me vendría bien cambiar un poco de aire.
-Pues haces mala cara. ¿Estás enfermo?
Draco decidió que si seguía soportando la falsa simpatía de Potter durante un segundo más, iba a acabar matando a alguien.
-No, resaca. Alex y yo tuvimos una fiesta privada anoche de lo más intensa.
Ahí, eso estaba mejor. Los ojos airados, los labios apretados en gesto de disgusto, toda la actitud del "te juzgo desde mi pedestal" en todo su glorioso esplendor. Eso era mucho más honesto.
-Comprendo. Ten cuidado con el alcohol, no querrás que se te escape algo.
-Descuida, cuando estoy borracho me suele dar por chupar pollas y no se puede hablar mucho con la boca llena, ¿no es cierto?
Una de las luces de la sala estalló, provocando algunos gritos de alarma entre los muggles.
-Encantador –dijo Potter, con los dientes apretados.
Draco decidió marcharse ahora que aún estaba ganando.
-En fin, hasta la semana que viene, Harrison.
Sin esperar respuesta dio media vuelta para marcharse, pero un repentino mareo le hizo verlo todo negro por un instante. Gracias a Merlín, las piernas no le traicionaron; habría odiado caerse así, delante de Potter. En contrapartida, el dolor de cabeza parecía haber desarrollado garras.
-¿Seguro que estás bien? ¿Dónde vas?
-¿A dónde voy a ir? –dijo, siguiendo su camino sin mirarlo-. A casa.
Alex estaba empezando a sentirse moderadamente optimista. El veneno que le estaban dando a Draco estaba surtiendo efecto y nadie estaba sospechando nada; ni siquiera Danceny, que estaba pasando algunos días en la villa, y si alguien entendía de venenos, sin duda era él. Su madre había elegido bien: suministrado a pequeñas dosis provocaba malestar general durante varios días, parecidos a una fuerte gripe, pero también iba debilitando progresiva, disimuladamente el corazón hasta que, sin previo aviso, éste se detenía. Mejor aún, si algún medimago examinaba el cuerpo, lo diagnosticaría como uno de esos raros casos de viruela de dragón que cursaban sin las características pústulas. ¿Cómo podríamos haber imaginado que era tan grave?, dirían su madre y él, con aparente desolación. Ni siquiera las autoridades podrían encontrar nada sospechoso en su muerte.
Al principio le había preocupado bastante tener a Danceny en casa mientras resolvían aquel desagradable asunto, pero ahora le veía una parte positiva. Su compatriota no era tan suspicaz y mal pensado como los demás y serviría más adelante como testigo, tanto para los aurores como para el resto de sus compañeros.
Draco sufría ya uno o dos pequeños mareos al día –podría caerse por las escaleras y matarse y ahorrarle los esfuerzos- y después de uno de ellos, que Danceny había presenciado, le propuso avisar a un medimago. Sabía que Draco les tenía manía, igual que a los hospitales, y que rechazaría su oferta, como así fue, pero si terminaba pidiendo uno, su madre tomaría multijugos y le recetaría algo que pareciera calmar sus síntomas sin ayudarlo realmente.
-Debes cuidarte, Draco. Hoy apenas has almorzado.
-Sí, tienes razón. Esta mañana me encontraba mucho mejor, pero ahora…
-Suena a problemas de azúcar –comentó Danceny-. Mi abuela los sufría y tenía desvanecimientos como ese.
-Voy a pedirle a los genios que te traigan un té y unas galletas. Te sentirás mejor con el estómago lleno.
No le costaba demasiado ser amable y solícito con él, sabiendo que estaba engañándole y llevándole hasta su destrucción. Ese pequeño ingrato pagaría por lo que había hecho.
Draco tenía que volver a quedar con Potter al día siguiente y no sabía cómo iba a conseguirlo. Con lo mal que se encontraba, resultaría muy raro que se empeñara en salir. Eso por no hablar de que sospechaba que se iba a desmayar a mitad camino.
Si se pudiera librar de ese dolor de cabeza… Las pociones le habían dejado de proporcionar alivio y el dolor ininterrumpido, que ya duraba dos días, le impedían hasta pensar con claridad. Draco decidió que si al día siguiente no se encontraba mejor, cambiaría de idea respecto a lo del medimago, pero no se lo dijo a Alex. Si quería tener una oportunidad de salir por la mañana, Alex debía creer que había mejorado, no empeorado.
Y era una pena, porque si no fuera por el dolor –y por el pequeño detalle de los futuros asesinatos-, casi se podría haber sentido a gusto allí. El sillón en el que se encontraba sentado era confortable y el salón, agradable y de buen gusto. En el exterior caía una de esas lluvias de primavera que volvía las flores más brillantes y en el interior, aunque no hacía frío, la chimenea chisporroteaba arrítmicamente. La señora Sebastian estaba entretenida con un bordado y Alex y Danceny hablaban entre ellos en francés, bajando la voz más por consideración a su migraña que por secretismos. Sin embargo, todo le molestaba. Era desesperante comprobar que ni la comodidad extrema servía de nada ante aquellas agónicas punzadas en la cabeza.
-¿Cómo te encuentras, Draco? –preguntó Alex, desde su sillón.
-Igual.
-¿Quieres una taza de té?
-Sí, por favor.
El té no tardó en materializarse en la mesita que tenía justo al lado y Draco le dio un sorbo, sujetando la taza con ambas manos por si las moscas. Después volvió a posarla sobre la mesita. Danceny, que se estaba tomando también un té, dejó la taza junto a la suya mientras lo miraba con preocupación.
-Pobre muchacho… ¿Me permites que te tome el pulso? –Draco le tendió la mano porque era lo más fácil aunque dudaba que Danceny pudiera hacer algo que mejorara la situación-. Un poco acelerado, pero todo suena en orden.
-Creo que tendríamos que irnos de crucero –dijo Alex-. El aire del mar te sentaría estupendamente, es muy relajante.
Sólo de pensarlo su dolor de cabeza aumentó.
-Merlín, no. Además, me mareo en los barcos.
-¿Prefieres la montaña? –dijo Danceny-. Allí el aire es más fresco y puro. Yo me voy pasado mañana.
Draco cerró los ojos un segundo.
-¿Ah, sí? Le echaremos de menos.
-Sí, tengo un poco abandonado mi trabajo. Si pudieras venir conmigo, en las montañas no te marearías. –Danceny se rió de su propia broma y Draco se esforzó por sonreír un poco-. Y los Alpes son preciosos.
-No, lo que Draco necesita es descanso, no escalar montañas.
-He estado en la parte francesa de los Alpes –murmuró Draco-. Por el macizo des Écrins y esa zona.
-Ah, no, yo le hablo del lago Göschenen, mi casa está…
-¿Quieres un coñac, Danceny?
Eso era raro, Alex no solía interrumpir tan abruptamente a la gente. Danceny, sin embargo, no se había ofendido.
-No, gracias, nunca tomo más de uno. –Alargó la mano para coger su taza-. Prefiero terminarme el té.
La señora Sebastian se incorporó en su asiento mientras su hijo alargaba el brazo hacia Danceny.
-¡No, esa no es su taza!
Durante un par de segundos, nadie se movió y Draco pudo ver con toda claridad la expresión de alarma de los Sebastian y las cejas arqueadas y confundidas de Danceny. Después, la ilusión de quietud se disipó. Alex se puso a explicar a trompicones que Draco tomaba su té con una cantidad absurda de azúcar, Danceny sonreía vagamente, aún no muy seguro de lo que estaba pasando. Pero Draco sí lo sabía. Todo había encajado en un instante, incluso en medio de la niebla que se había instalado en su cerebro. Los Sebastian habían descubierto que era un espía y estaban tratando de envenenarlo. Si no se marchaba de allí, moriría. Si se daban cuenta de que lo sabía, también moriría.
-Creo que es mejor que me suba a mi cuarto –dijo, poniéndose en pie.
Todo empezó a darle vueltas. Alex le sujetó del brazo y Draco intentó soltarse. Prefería caerse antes de seguir a su lado, pero no consiguió nada, estaba demasiado débil.
-Vamos, vamos, Draco, te ayudaré a ir al dormitorio.
Alex le conducía hacia la puerta del salón.
-No, no, espera… No quiero…
El brazo de Alex parecía hecho de hierro y le obligaba a seguir caminando. Draco gimoteó al ver que no podía escapar. Merlín, estaba perdido. Su corazón se volvió loco, latiendo tan estrepitosa y erráticamente como la lluvia. Sus oídos se llenaron con un zumbido absurdo.
-No te preocupes, Draco. –Lo último que escuchó mientras todo se volvía negro fue su voz, en tono repentinamente duro-. Vamos a cuidarte exactamente como mereces.
Harry esperó y esperó y al final, horas después, tuvo que rendirse a la evidencia. Draco no iba a presentarse. Quiso creer que lo había hecho para castigarle o quizás para ahorrarse la despedida, pero para cuando llegó al piso franco ya había aceptado que todo eso eran excusas. Estaba preocupado y no se lo ocultó a Kingsley. Éste, sin embargo, le quitó importancia.
-Probablemente ha habido un imprevisto de última hora y no ha podido salir para reunirse contigo.
-¿Y por qué no me ha avisado?
-Quizás no haya podido, si Sebastian estaba con él. Dale un poco de tiempo, a ver si mañana da señales de vida.
Aunque no estaba muy convencido, Harry decidió hacerle caso a Kingsley y pasó el resto del día comprobando cada cinco minutos el galeón con el que se comunicaba con Draco. Al día siguiente, a primera hora de la mañana, seguía sin saber nada de él y se sentó a la mesa para escribirle una carta como James Harrison. La lechuza regresó con la carta sin abrir siquiera, algo que no ayudó a calmar su inquietud. Cuando se acercó al piso franco al mediodía, ya había terminado de ser paciente. Quería respuestas.
-Harry, vamos a mantener la calma. Estamos cerca de agarrarlos a todos por las pelotas y no podemos permitirnos hacer nada que levante sus sospechas.
-Pero ¿y si le pasa algo? Hasta ahora Draco nunca se había perdido uno de nuestros encuentros.
-¿Qué le va a pasar? Él mismo te dijo que Sebastian se había tragado el numerito de las escaleras, ¿no?
La auror Merton, que hasta ese momento había estado subrayando unos documentos, intervino en la conversación.
-Perdonad que me meta, pero ¿habéis considerado la posibilidad de que Malfoy nos la juegue?
-¿Qué? –dijo Harry, de hito en hito.
-No te embales y déjame hablar, Potter. Todos sabemos que a Malfoy no le van los asesinatos y las torturas, pero Sebastian no es Voldemort y por lo que parece, sus planes van más encaminados a un sistema de castas que al exterminio. Eso igual ya no le suena tan mal. Y por otro lado, Sebastian está genuinamente enamorado de él. ¿Es tan descabellado que Malfoy haya empezado a corresponderle? ¿O que sufra síndrome de Estocolmo?
-Oh, vamos, por favor… ¡Malfoy no tiene síndrome de Estocolmo!
Shacklebolt alzó las manos.
-Es una posibilidad, como tantas otras, pero francamente, lo dudo mucho. Tengo mis razones para confiar en el señor Malfoy. Pero Harry, compréndelo, lo más seguro es que esté de resaca o puede que Sebastian y él se hayan ido a pasar unos días fuera y Malfoy haya olvidado su galeón.
-Pero ¿y si le han descubierto?
-Si le hubieran descubierto, Sebastian ya habría abandonado el país. Escucha, hablaré con el ministro italiano a ver si puede hacer que el ministerio contacte con Malfoy con alguna excusa oficial. Tú puedes escribirle otra carta más tarde. Pero tienes que entender una cosa, Harry: los italianos son los únicos que pueden autorizar un rescate y Rodari no tirará el plan por la borda sin pruebas sólidas, que no tenemos, de que Malfoy esté en peligro. Haz alguna tontería y nos arriesgamos a que Sebastian y compañía evadan el peso de la ley gracias a algún tecnicismo legal.
Harry vaciló; lo que decía Kinsgley no carecía de sentido. Había muchas razones que podían explicar la falta de contacto con Draco. Y quizás estaba imaginando problemas donde no los había porque se sentía culpable por marcharse de Italia. Pero el mal presentimiento seguía allí, desquiciante como la voz chillona de tía Petunia y no sabía cuánto tiempo iba ser capaz de ignorarlo.
Las horas pasaron sin novedades. Harry se había quedado en el piso, pensando que si se sabía algo de Draco, allí serían los primeros en enterarse. En un momento de la tarde Harry se encontró a solas con Shacklebolt y quiso preguntarle algo que le había rondado la cabeza desde el principio de esa misión.
-Te he oído decir muchas veces que tienes tus motivos para confiar en Malfoy. ¿Puedo saber de una vez cuáles son?
Por alguna razón, el jefe de aurores pareció entre divertido e incómodo.
-Oh, bueno… Son confidenciales, supongo.
-Pero tienen que ver conmigo, ¿no es cierto? –dijo Harry-. Por eso insististe tanto en que fuera yo quien reclutara a Draco en Santa Mónica.
-Digamos que sabía que no iba a decirte que no.
Kingsley parecía estar luchando por no sonreír y había algo en esa sonrisa reprimida y condescendiente, tan parecida a la de Andromeda cuando Teddy le había dicho que pensaba casarse con Victoire cuando fueran mayores, que despertó en Harry una urgencia abrumadora por descubrir qué la provocaba.
-¿Por qué? – Antes de que Kingsley le saliera con más evasivas e insinuaciones, Harry clavó la vista en él con mortal seriedad-. Kingsley, necesito que me lo cuentes todo. Ahora.
Una parte lejana de su cerebro le recordó que los aurores no le hablaban así al Jefe de Aurores. Harry no le hizo ni caso. En ese momento, no era un auror. Kingsley supo verlo.
-Está bien… Sólo te pido que seas maduro al respecto.
La extraña petición aún le puso más tenso.
-De acuerdo.
-En realidad no es nada importante. Recuerdas que fui yo quien interrogó a Draco tras la guerra, ¿verdad? Estábamos los dos solos y ya habíamos llegado casi al final, así que ya se había tomado la veritaserum. Entonces le pregunté lo mismo que a los otros, si tenía intención alguna de hacerte daño. Malfoy dijo que nunca te haría daño, todo lo opuesto. Me pareció un poco extraño, así que le pregunté qué quería decir con eso y… Bueno, él me contestó que te admiraba, que no podía creer lo valiente que eras y lo idiota que había sido él por no darse cuenta antes, y que quería que algún día, tú le admiraras a él. Dijo que pensaba que le resultaría fácil enamorarse de ti. Cosas así.
-¿Qué? –dijo Harry, en un hilo de voz.
-Por eso imaginé que a ti te diría que sí. Y por eso creo que no nos traicionará.
Una parte pequeña y fea de su mente se echó a reír. Al final, él también había sido un cebo, un trozo de carne que agitar en la cara de la presa. Pero esa humillación no era nada, nada, comparada con la conmoción que le habían provocado las palabras de Shacklebolt. ¿Tanto se había equivocado? ¿Tan injusto había sido? Harry buscó algo a lo que aferrarse, algo que le permitiera seguir mirándose al espejo cada mañana.
-No… No, yo leí las transcripciones de aquel interrogatorio. ¡Ahí no ponía nada de eso!
Kingsley suspiró y se miró las manos. Harry tragó saliva, sabiendo lo que eso significaba: había una explicación. Lo que acababa de contarle no era un error ni un malentendido. Draco había estado enamorado de él. Estaba tan conmocionado que casi no oyó a su jefe cuando empezó a hablar.
-Ya… Bueno, verás, cuando a Malfoy se le pasó el efecto de la veritaserum, me miró como si le hubiera clavado un puñal en el estómago. Ya estaba muy tocado, en esos días posteriores a la guerra, y creo que tener que revelar lo que sentía por ti fue el golpe que terminó de romperlo, una humillación más que ya no podía soportar. Tendrías que haberlo visto, Harry. Sus ojos eran pura desesperación. Intenté tranquilizarlo, pero no sirvió de nada: no razonaba, creo que ni me oía. Sólo repetía gritando que quería irse de allí y que yo le había arruinado la vida para siempre. Estaba fuera de control, histérico, y francamente, me dio miedo que hiciera alguna tontería. Así que le Obliviateé. Borré de su memoria ese pequeño fragmento del interrogatorio y no lo incluí tampoco en el informe. Sé que fue muy irregular por mi parte, pero a día de hoy sigo creyendo que al hacerlo evité que saliera de allí y se lanzara un Avada Kedavra o se dejara atropellar por un coche.
Oh, si hubiera podido acusarlo de mentir… Pero recordaba bien al Draco del final de la guerra, pálido, con ojeras y en shock y podía imaginárselo sin problemas reaccionando justo así. Él también habría tenido un ataque de pánico si le hubiera gustado Draco en Hogwarts y alguien como Bellatrix o Lucius lo hubiera descubierto.
¿Había habido alguna vez un buen momento para ellos?
Harry agachó la cabeza: la vergüenza pesaba demasiado y la culpa que llevaba sintiendo desde la fiesta se había multiplicado por mil ahora que entendía hasta qué punto había estado pisoteando sus sentimientos. Sólo podía recordar una y otra vez cada palabra áspera, cada gesto de desprecio, e imaginarse cómo se habría sentido Draco al recibirlos. Tan humillado, tan dolido. Y aun así, había seguido adelante. No los había mandado a la mierda y había continuado haciéndoles el trabajo sucio a cambio de nada, ni siquiera respeto. Harry apretó los puños para no empezar a darse de bofetadas. ¿Por qué no lo había visto? ¿Por qué había estado tan ciego?
-¿Estás bien, Harry?
La voz de Shacklebolt parecía venir de muy lejos. Harry siguió con la vista clavada en el suelo cuando le contestó.
-Sí, sí… Es que no sabía que habíamos llegado a caer tan bajo.
Shacklebolt se puso en pie.
-No tenemos un trabajo agradable.
Harry notó cómo le ponía la mano en el hombro y se encogió un poco ante el contacto. Sin decir nada más, Shacklebolt se marchó y le dejó solo, libre para poder pensar sin interrupciones, una y otra vez, que Draco también se había estado enamorando de él. Le había dicho a Hermione que aquello no habría cambiado nada y ahora veía que en eso también se había equivocado. Porque sin duda lo cambiaba. Significaba que había herido a Draco más de lo que creía y que había hecho todo lo posible por conseguir que le odiara alguien con quien podría haber sido feliz.
Desesperado, miró su galeón. Necesitaba hablar con él, disculparse, incluso si Draco ya no quería volverlo a ver en su vida. Pero ella moneda seguía sin mensajes, indiferente a su angustia. ¿Y si no tenía ocasión de verlo antes de irse? No, qué tontería, no pensaba marcharse de Roma hasta que hubiera hablado con él y hubiera visto con sus propios ojos que Draco estaba bien, al menos. Eso se lo debía. Harry se acordó de su último encuentro, del mal aspecto que había tenido. Resaca, le había dicho. Dios, cómo le había provocado Draco aquel día, como si estuviera furioso con él y quisiera verlo encendido con la misma rabia.
Y quizás lo de la resaca sólo había sido parte de esa provocación. Quizás había estado enfermo y lo seguía estando o…
Harry vio pasar ante sus ojos imágenes de Sebastian, observándoles desde lo alto de la escalera de la bodega, del veneno en la botella, de Draco, pálido y mareado. ¿Y si Sebastian había descubierto que Draco era un espía? ¿Y si había empezado a envenenarlo para fingir una muerte por enfermedad?
Una vez esa idea entró en su cabeza, empezó a devorarlo vivo y comprendió que la única manera de encontrar algo de paz era ir en busca de Draco y ver qué le pasaba. Si sólo estaba furioso con él, perfecto, Draco podía gritarle todo lo que quisiera, hasta el fin del mundo si le apetecía. Si estaba enfermo, se aseguraría de verlo recuperado. Y si sus peores sospechas eran ciertas y lo estaban envenenando, entonces lo sacaría de allí de una manera u otra, aunque le costara la vida. No pensaba volverle a fallar.
A los ojos de los demás, sólo era un presentimiento sin base, sin pruebas. Shacklebolt ya le había advertido que Rodari no autorizaría un movimiento contra Sebastian hasta que no lo tuvieran todo bien atado o como mínimo, pruebas sólidas de que Draco estaba en peligro, así que no trató de convencerle de nada. Habría sido perder el tiempo y ese era un lujo que no se podía permitir. Si quería entrar en la villa e ir a por él necesitaba ayuda, sí, pero sabía dónde encontrarla.
Draco había aceptado que iba a morir.
Se imaginaba ya que veneno le habían dado y suponía que le quedaban veinticuatro, cuarenta y ocho horas como mucho. Sabía que debería sentirse más angustiado y probablemente había sido así al principio, pero la cabeza no le funcionaba demasiado bien. Debía de ser la poción tranquilizadora que le daban con la excusa de ayudarlo a dormir. Pensar se había vuelto demasiado difícil, casi tanto como moverse. Como mucho conseguía trocitos de pensamiento. Potter, Danceny, el lago Göschenen, el veneno. Si hubiera podido contárselo a los aurores… Al menos así su vida habría valido la pena. Pero no tenía bastante fuerza como para levantarse de la cama y buscar el galeón. Ni siquiera recordaba donde estaba. Así que iba a morir como había vivido: fracasando.
A veces llamaba a su madre o a Harry. Nunca le contestaban. Los únicos que se movían en la penumbra de su habitación eran Alex y su madre, horriblemente solícitos los dos mientras le envenenaban. Aunque Alex fingía mejor; a la arpía se le notaban las ganas de asfixiarlo con la almohada.
A Draco le pareció que el día acababa al otro lado de los muros y las espesas cortinas. Costaba creer que aquel pudiera ser su último anochecer. Merlín, le habían quedado aún tantas cosas por hacer… Pero quizás sería mejor así. Nadie lloraría su muerte y por lo menos volvería a estar con su madre.
Continuará
Hime-chan, jaja, bueno, compréndelo, por lo visto necesitaba un descanso después de Alianza; acabé exhausta mentalmente. Pero creo que ya me han vuelto las fuerzas y este ha sido un buen modo de regresar, con una peli que me encanta. Como ves, las cosas siguen complicándose cada vez más y ahora ya no es sólo su relación o el caso lo que está en juego; también la vida de Draco. ¡Veremos qué pasa! Besos y muchas gracias por comentar.
Dan, hola, guapa, yo tb me alegro mucho de estar de vuelta! En la peli el personaje de Draco es una chica, Alicia, cuyo padre es un nazi que se acaba de suicidar en la cárcel; de la madre no se dice nada, seguramente se supone que murió cuando ella era pequeña. Y claro, como los Malfoy sobreviven a la guerra me los tuve que cargar de alguna manera para que hubiera más similitudes con el personaje principal. En cuanto a Harry y Draco… pues muy mal, claro, Harry ha sido muy tonto. Por suerte ya se ha dado cuenta de ello. Claro que ahora Draco está en peligro. Total, un jaleo. En fin, gracias por comentar, nos vemos en el último capi.
