NdA:Y con este capi, se acaba el fic. Espero que hayáis disfrutado con él! ¿Me contáis qué os ha parecido y si os ha dado ganas de ver la peli original? ;)

Besos miles!

Capítulo 5

Normalmente no pasaba una semana sin que Harry mirara a Ron o a Hermione o a ambos y pensara en lo geniales que eran los dos, en la suerte que tenía por poder llamarlos amigos. Pero ya hacía tiempo que no se quedaba mudo de gratitud ante una amistad que desafiaba cualquier límite razonable.

-Lo habéis conseguido…

Ron sonrió, mirando la chimenea por la que acababa de salir, y le dio a Harry un breve abrazo.

-Hermione es la mejor.

-¿Va a poder tapar tus huellas?

-Sí, Shacklebolt no notará nada; ni que hemos entrado a su despacho ni que hemos usado su Red Flú. –Dio una palmada-. Bueno, vamos a ver qué pasa con el hurón antes de que te dé un infarto.

En la hora escasa que había pasado desde que había hablado con Ron y Hermione, Harry se había ocupado de conseguir uno de los coches trucados con magia a los que los magos italianos eran muy aficionados por puro capricho. A ellos les vendría bien, considerando que no sabían en qué estado se encontraría Draco. Ron y él se subieron al coche, negro y sobrio, y Ron lo puso en marcha. Harry también había buscado en un mapa el trayecto más rápido para salir de la ciudad, así que no tuvieron demasiados problemas para dejar Roma atrás. Una vez en la carretera, Ron apretó uno de los botones extras del coche e indicó su destino. Delante de ellos apareció una especie de túnel de color iridiscente y cuando lo atravesaron, se encontraron recorriendo una carretera distinta que atravesaba una zona boscosa. Harry le indicó por dónde girar y llegaron a un camino de adoquines que los muggles no podían ver.

-Ahí es, al final de ese camino.

-De acuerdo… ¿Listo, colega?

Harry asintió con firmeza.

-Listo.

Ron se metió por el camino y al cabo de unos doscientos metros aparecieron las puertas que marcaban los terrenos de la villa de los Sebastian. Harry bajó del coche y se acercó a la entrada de hierro forjado.

-Buenas noches, venimos a ver a Draco Malfoy. –La puerta permaneció cerrada-. Vamos, somos sus amigos y no nos marcharemos hasta que hablemos en persona con él. ¡Aunque tengamos que armar un escándalo! –Después de un minuto sin respuesta, volvió a insistir-. ¡Quiero ver a Draco Malfoy! ¡Llamaré a los aurores si hace falta! ¡A los periodistas!

Tal y como imaginaba, aquella amenaza funcionó y las puertas se abrieron para dejarles pasar: los Sebastian no debían sentir muchos deseos de llamar la atención. Ron condujo por el camino que llevaba a la villa y en menos de un minuto llegaron a la casa principal. La señora Sebastian ya estaba en la puerta, tan acogedora como una gárgola reseca.

-¿Esa es la suegra? –preguntó Ron-. Ugh.

-Quédate aquí y no apagues el motor–dijo Harry, preparándose para salir -. Si no tienes noticias mías en quince minutos, pide refuerzos.

-Sí, sí… Ten cuidado, colega.

La madre de Sebastian no había dulcificado el gesto ahora que lo tenía delante. Harry se preguntó si toda esa animosidad se debería sólo a que sabía lo del beso: si sospechaban de Draco, debían sospechar también que él era su contacto.

-¿Qué está haciendo aquí, señor Harrison? Ya no es bienvenido en esta casa después de su actuación en la fiesta.

-Es probable que no, pero he venido a ver a Draco Malfoy.

-Pues ha venido en balde: me temo que el señor Malfoy se encuentra indispuesto.

Mierda, mierda, tenía razón, pasaba algo con Draco. Harry hizo todo lo posible por calmar su agitación y aparentar sólo una leve curiosidad.

-¿Qué? Vaya, ¿qué le ocurre?

-No creo que sea asunto mío discutir los problemas de salud del señor Malfoy con terceras personas. Pero no se preocupe, no es grave.

-Entonces podrá recibir una visita cortita, ¿no?

-No. El medimago que le ha visitado le ha recomendado reposo absoluto.

-Insisto en verlo, es importante.

-Ya se lo he dicho, el señor Malfoy no está en disposición de recibir visitas y si lo hiciera, no serían las suyas. Él no quiere saber nada de usted.

-Vaya, es usted muy directa… Entonces me gustaría hablar con el señor Sebastian.

-Mi hijo no puede atenderle en estos momentos.

Así no iban a ningún sitio: Harry decidió cambiar de táctica y le dedicó una sonrisilla lo más odiosa posible.

-Yo creo que sí, por lo menos cuando sepa a qué he venido. Ha llegado a mis manos información muy jugosa sobre el pasado de Draco. No le deseo ningún mal, claro está: Draco es mi amigo. Pero un hombre necesita dinero para vivir y sé que los periodistas pagarían mucho a cambio de lo que sé. Por supuesto, me temo que todo esto salpicaría también a su hijo Alex, ¿no es cierto, madame Sebastian?

Harry cruzó los dedos mentalmente mientras observaba su reacción sin perderse detalle. Ella dudó, dudó más de lo que habría dudado si lo hubiera considerado un simple chantajista. No, lo sabían, sabían que Draco era un espía y que trabajaba con él. Harry preparó con disimulo la varita, listo para entrar a la fuerza, pero después de unos segundos más, ella le dedicó una mueca de desprecio ý se hizo a un lado.

-Es usted un miserable, señor Harrison.

Su actitud llegaba demasiado tarde para ser convincente. Debía de estar siguiéndole la corriente con el fin de no alertarlo, quizás para ganar tiempo mientras consultaba el problema con su hijo. Muy envarada, madame Sebastian lo condujo hasta un pequeño salón que había en la planta baja y le pidió que esperara allí. Cuando se marchó, un genio del hogar se materializó ante la puerta como una figura de piedra, bloqueándole la salida. Buen intento. Harry dejó pasar unos segundos para asegurarse de que la mujer se había alejado y le plantó al genio en la cara su insignia de auror, adornada con la cinta con la bandera italiana que lo acreditaba para operar en el país.

-Auror de servicio –dijo, en italiano dolorosa y cuidadosamente memorizado-. No deseo el mal para esta casa ni sus habitantes, así que pido que la magia ceda el paso a la ley.

Funcionó. El genio volvió a su estado habitual de nubecilla gris con vaga forma humana y le dejó pasar. Harry no se lo pensó dos veces y se fue directo a la escalera. En una de sus primeras reuniones, Draco le había descrito en detalle la distribución de la casa y Harry sospechaba que iba a encontrarlo en su habitación, cómodamente instalado, como si estuvieran cuidando de él. Corriendo hacia la puerta, lo llamó en voz baja, pero no obtuvo respuesta.

Con cuidado, Harry entró en el dormitorio. Allí estaba Draco, acostado, con las mejillas hundidas, tan pálido que Harry pensó que había llegado tarde. Mientras recorría los últimos pasos hacia su cama, asustado, rogando a cualquier dios que pudiera oírle, Draco entreabrió los ojos. Harry dejó escapar un ahogado sollozo de alivio, se sentó en la cama y le acarició los brazos, la cara, el pelo.

-Draco… Oh, Draco…

-¿Harry? –dijo débilmente.

Harry lo ayudó a incorporarse un poco y lo estrechó contra su pecho ansiosamente, controlándose a duras penas para no hacerle daño.

-Lo siento tanto, lo siento tanto…

-Estás aquí –susurró Draco, maravillado, apoyando la frente en su hombro.

Harry sintió una oleada tan abrumadora de amor, unos deseos tan grandes de protegerlo de todo mal, que sólo pudo seguir abrazándolo, meciéndolo. No le habría soltado jamás. Pero tenían cosas que hacer y además, se recordó, Draco probablemente le odiaba, incluso si se le había olvidado por un momento con la emoción del rescate. Con un esfuerzo, Harry se apartó para mirarle la cara, examinarle las pupilas dilatadas, tomarle el pulso, débil y rápido.

-No estás enfermo, ¿verdad? Es veneno.

Draco no parecía capaz ni de mantener la cabeza erguida.

-Sí… Harry… Están en el lago Göschenen… Alpes suizos…. Danceny…

Con un nudo en la garganta, Harry le chistó, acariciándole el pelo lacio y sin vida.

-No te preocupes de eso ahora. Tenemos que irnos de aquí. –Sacó su varita y le lanzó su hechizo curativo más fuerte. No podría evitar que el veneno siguiera su curso, pero con un poco de suerte le daría energías suficientes para aguantar la huida-. ¿Puedes levantarte, Draco? Vamos, yo te ayudo. Eso es…

Parecía tan frágil, como si un golpe de aire pudiera hacerlo caer. Por debajo del pijama, era puro hueso. Harry se quitó rápidamente la capa que llevaba y se la echó sobre los hombros. Después le pasó un brazo por la cintura e hizo que Draco le pasara el suyo por los hombros, dándole ánimos, tratando de mantenerlo despierto. Después, tentativamente, le hizo andar. Draco aguantaba en pie, pero por los pelos.

-¿Qué te han dado, Draco? –le preguntó, mientras salían del cuarto-. ¿Sabes qué te han dado?

-Veneno… Rayo de Amón.

-¿Rayo de Amón? –Le sonaba vagamente, lo justo para recordar que tenía antídoto-. Bien, muy bien, Draco. Ya verás cómo te recuperas. Voy a llevarte al hospital y allí cuidarán de ti. Tú sigue caminando, ¿de acuerdo? Cuidado con los escalones. Eso es, lo estás haciendo muy bien. Lo has hecho todo tan bien, Draco… Has sido tan valiente, tan listo… Sólo tienes que aguantar un poquito más, ¿vale?

Apenas habían llegado a la mitad cuando Sebastian salió de la biblioteca, seguido por su madre. Había más gente dentro, Harry los vio a través de las puertas medio abiertas y el corazón le saltó a la garganta: uno de ellos era Dunkelheit, lo reconoció por las fotos, y eso significaba que los otros aspirantes a mortífagos también estaban allí. Su terror, que Draco no llegó a notar, sólo duró un latido. Harry sujetó su varita con sombría determinación. Haría lo que fuera para sacar a Draco de aquella casa, incluso luchar contra todos ellos.

Pero Sebastian era el único que subía las escaleras en su busca y llevaba las manos vacías y los ojos llenos de miedo mal disimulado. Miedo... Tras él iba su madre, también más tensa que agresiva. ¿Qué provocaba ese miedo? Harry no creía que fuera él ni los aurores que podían venir tras él. Era otra cosa. ¿Sus compinches? ¿Lo que pasaría si éstos descubrían que los Sebastian habían caído en una trampa?

-¿Puedo saber qué significa esto, señor Harrison? –exclamó Sebastian, haciéndose el indignado.

-Me llevo a Draco a un hospital –dijo Harry, en voz igual de alta-. Mírelo, por Merlín. ¡No puede seguir así en su estado!

-Esto es absurdo. –Intentó agarrar a Draco del brazo-. Me lo llevo de vuelta a…

-No, no… –Con un gemido, Draco se apretó contra Harry en busca de protección y éste lo sujetó con más fuerza, prometiéndole sin palabras que moriría antes de dejar que lo apartaran de su lado.

-He dicho que debe ir a un hospital –Y se inclinó hacia Sebastian, apostándolo todo a una carta-. No querrá tener que explicarle a sus amigos por qué está envenenando a Draco, ¿verdad?

La mujer aferró el brazo de su hijo.

-Lo sabe, Alex –susurró con énfasis.

-¿Va todo bien, Alex?

Eran ellos. Estaban dejando la biblioteca, atraídos por las voces. Sebastian intercambió una mirada nerviosa con su madre y Harry se preparó para pelear por su vida y la de Draco. Pero la mujer asintió casi imperceptiblemente y Sebastian se giró hacia sus amigos.

-Es Draco. Parece que ha empeorado. Nos lo llevamos al hospital.

-Oh, vaya, qué terrible noticia –dijo uno.

-La verdad es que hace muy mala cara –dijo el tal Danceny, con acento francés más marcado que el de Sebastian-. Pobre Draco, mejórate.

La señora Sebastian atrajo la atención de su hijo con un gesto.

-Ve con Draco, Alex –dijo en voz baja, urgente.

Sebastian se colocó al otro lado de Draco y entre Harry y él, lo ayudaron a terminar de bajar las escaleras. Harry no dejaba de vigilar disimuladamente al resto de los hombres. Había bastante suspicacia en algunos de ellos. Un paso en falso y todo se iría a la mierda.

-Me alegra que se muestre razonable, Sebastian –murmuró.

-No le tengo miedo a la muerte.

-Pues entonces dígales quién es Draco realmente.

-Calla, Alex –intervino su madre, que bajaba tras ellos.

Y calla tú también, Harry, añadió éste en su mente, consciente de que no era precisamente el momento de presionar a Sebastian.

Por fin llegaron al final de las escaleras. Los amigos de Sebastian seguían allí, observando. Dunkelheit se colocó frente a ellos: parecía tener los ojos hechos de granito.

-¿Qué ha pasado, Alex?

-Draco… Bueno… Se ha desmayado. El señor Harrison le ha oído caer mientras me esperaba.

Dunkelheit se hizo a un lado, permitiéndoles continuar, pero estaba claro que todavía no se había convencido del todo.

-Alex, no olvides tu capa –dijo la madre.

-¿No va usted con ellos? –preguntó Dunkelheit.

-No… No, esperaré aquí.

Había cierta fatalidad en su tono. Harry no se arriesgó a mirar, pero sabía reconocer a una madre sacrificando su vida para salvar la de su hijo. Para no tener miedo a la muerte, Sebastian se mostró muy dispuesto a aceptar ese sacrificio.

-Te llamaré por Red Flú en cuanto sepamos algo, mamá.

Uno de los genios del hogar les había abierto la puerta. Al otro lado, a sólo unos pocos metros, el coche, con Ron todavía al volante, les prometía la salvación si conseguían llegar a él.

-Un poco más, Draco –dijo Harry en voz muy baja-. Ya casi estamos, te lo prometo. Unos pasos más y todo habrá terminado.

Sebastian corrió a abrir la puerta de atrás para ayudarlos a subir justo mientras Harry escuchaba a alguien detrás de él preguntándose cómo había podido el señor Harrison escuchar la caída de Draco desde el vestíbulo. No les quedaban más que unos segundos, luego todo estallaría. Harry, forzado a darles la espalda un momento, ayudó a Draco a meterse en el coche y sentarse en medio del asiento trasero. Si le atacaban ahora… Pero ninguna maldición se estrelló contra sus hombros. Harry entró tras Draco lo más rápido que pudo, quedándose pegado a la ventanilla y Sebastian cerró la puerta por él. Rápido, Harry dio un pase de varita y activó las cuatro cerraduras del coche justo cuando Sebastian alargaba la mano hacia la puerta del copiloto.

-¡No, no! –Su cara se contrajo de terror mientras estiraba de la manilla, mientras golpeaba la puerta-. ¡Me matarán! ¡No!

Harry no sintió la más mínima duda.

-Vámonos, Ron.

Ron obedeció y salió de allí con un chirrido de ruedas. Harry giró la cabeza para mirar hacia atrás y vio a los Sebastian, cada vez más pequeños, mientras sus antiguos amigos hacían un círculo alrededor de ellos. Después, para él, ya sólo existió Draco.

Epílogo

Cuando Draco despertó de verdad, con la cabeza y los ojos claros, comprobó que durante aquellos días de semiinconsciencia no se había equivocado. Estaba en San Mungo –por si tenía alguna duda, el fundador del hospital le saludó alegremente desde el cuadro de la pared de enfrente- y le acompañaba una mujer que decía ser su tía Andromeda. Probablemente era cierto, porque Draco no creía que nadie quisiera parecerse tanto a Bellatrix Lestrange si podía evitarlo.

-Draco, ¿qué tal? ¿Cómo te encuentras hoy?

-Bien.

-Soy tu tía Andromeda, ¿te acuerdas de mí? Nos conocimos el otro día. –Draco asintió-. Pensé que te gustaría tenerme aquí, pero sé que somos prácticamente extraños, así que si prefieres que me vaya…

Draco recordaba algunas cosas de los últimos días. El sabor de una poción salada como agua de mar bajando por su garganta, una mano acariciándole el cabello, la voz de Shacklebolt preguntando cómo estaba y el rostro de su tía prometiéndole que todo iba a salir bien.

-No, quédate, por favor.

Ella sonrió. Era increíble cómo alguien tan parecido a Bellatrix podía parecerse tan poco a Bellatrix.

-Perfecto. Y ahora avisaré a los medimagos. Tienes mucho mejor aspecto hoy, Draco.

Fue una medibruja quien le atendió, una mujer al menos tan mayor como su tía que le fue informando de todo a medida que lo examinaba. Llevaba seis días hospitalizado; dos en Italia y el resto, ya en Gran Bretaña. Le habían provocado un coma para curarle y había tenido más suerte de la que creía: no sólo habían llegado a tiempo de salvarle la vida , sino también de evitarle daños permanentes en el corazón. La medibruja le prescribió una poción que debía tomarse después de cada comida y le prometió que si todo iba bien, saldría en tres o cuatro días. Apenas se hubo marchado llegó el carrito del almuerzo y aunque no estaba precisamente exquisito, Draco descubrió que se sentía hambriento.

-No recuerdo el traslado a San Mungo.

-Sería raro que lo hicieras–dijo Andromeda-. Estabas en coma. Pero los medimagos dijeron que el traslado por Red Flú era seguro y pensamos que estarías mejor aquí. Te parece bien, ¿verdad?

-Sí. –Había pensado que al menos habría estado consciente para su retorno a Gran Bretaña, pero no iba a quejarse.

Andromeda también le habló del caso, ya que al parecer, todo había terminado y la mayor parte de los detalles habían estado en la prensa durante toda aquella semana. Los aurores italianos habían llegado a la villa poco después de que ellos se marcharan, avisados por el propio Harry, y la habían encontrado en llamas: los Sebastian, Danceny y madam Kurkova estaban ya muertos. Draco no le dedicó más de un segundo a Alex: había perdido todas sus simpatías cuando había intentado envenenarlo. A Ballotti lo habían capturado en una terminal de aeropuerto muggle y a Dunkelheit y a Cohen, en el laboratorio de Danceny en los Alpes. Ballotti había cantado como un pajarito, explicando que planeaban vender el vino para que se sirviera en una cena de los dirigentes muggles más importantes, algo llamado G-7, pero cuando Shacklebolt fue a visitar a Draco aquella misma tarde le dijo que él también tendría que hacer una declaración oficial.

-No hasta se haya recuperado un poco más, por supuesto –añadió prontamente tras el carraspeo de Andromeda-. En todo caso, déjeme felicitarle otra vez, señor Malfoy. Nos ha prestado una ayuda incalculable.

Cuando había fantaseado con ese momento, las palabras de Shacklebolt le habían llenado de más orgullo y él se había sentido mucho menos cínico acerca de la integridad de aquel hombre.

-Gracias, aunque no diré que ha sido un placer.

-Me lo imagino. En todo caso, debe sentirse orgulloso. Y siento especialmente no haber podido acudir en su ayuda de manera más… oficial. No creíamos que estuviera en tal peligro.

Harry sí lo había creído. Draco estuvo a punto de preguntar por él, pero en el último momento cambió de idea. No recordaba haberlo visto en el hospital aquellos días y eso le daba una pista sobre la clase de respuesta que iba a conseguir. Además, las cosas entre ellos habían sido demasiado complicadas y dolorosas y él estaba demasiado débil aún para verse envuelto en las tormentas emocionales que el ciclón Potter dejaba tras de sí.

Al día siguiente, la mañana empezó bien: su tía le trajo unos pastelillos deliciosos de manzana y un dibujo de Teddy que ponía "Ponte bien, primo Draco" con letras coloreadas y algo temblorosas. El dibujo acabó colgado en la pared y cada vez que lo miraba, Draco tenía más y más ganas de conocer al pequeño, aunque eso supusiera coincidir de vez en cuando con Potter. Su medibruja pasó a verlo y dijo que todo iba perfectamente. Recibió un ramo de flores y una caja de chocolatinas de parte del profesor Slughorn, otro ramo de parte de la profesora McGonagall y un collar del que pendía un rábano, uno de verdad, de parte de Luna Lovegood. "Para los nargles", le explicaba, antes de desearle una pronta recuperación. Draco se sintió extrañamente conmovido por su gesto, por mucho que prefiriera morir a ir por ahí con un rábano colgando del cuello. Pero Andromeda arruinó su mañana con unas simples palabras.

-Draco, he hablado con Harry antes de venir. Me ha pedido que te dé esta carta.

Draco miró el pergamino doblado que su tía acababa de entregarle.

-¿Demasiado ocupado para venir en persona?

Ella parpadeó con confusión.

-No, él… Si fuera por él, no se habría apartado de tu lado, pero no sabe si querrás verlo. De hecho… Bueno, lee la carta. Creo sinceramente que te sentirás mejor después de hacerlo. –Se puso en pie, dejando sobre la silla su bolsa de labores-. Yo aprovecharé para ir a visitar a la hija de una amiga que acaba de dar a luz. La criatura ha nacido con lunares azules por culpa de una poción que tuvo que tomar su madre y quiero verlo antes de que los medimagos lo curen.

Draco soltó una risilla y su tía le sonrió mientras se marchaba; cuando se quedó solo, sin embargo, su sonrisa se desvaneció y toda su atención se centró en la carta. ¿Qué diría? Recordaba cosas del rescate –su alivio al ver a Harry, la desconcertante dulzura con la que éste le había tratado- y no podía negar que una parte de él todavía no se había rendido. O todavía no había aprendido, más probablemente. Porque también recordaba otras cosas no tan agradables y en algún rincón de su mente había nacido una certeza que tenía toda la fuerza de los viejos días: no se merecía más dolor. Lo que merecía era respeto por parte de Potter, del mundo mágico y, sobre todo, de sí mismo. Sus padres no iban a regresar por mucho que arruinara su vida, ni tampoco su pasado iba a reescribirse. Pero le quedaba el presente, limpio de deudas, y no había sitio en él para nadie que quisiera tratarlo mal.

Un poco más entero desenrolló el pergamino y empezó a leer.

Querido Draco;

Andromeda me ha dicho que ya estás despierto del todo y que los medimagos dan por hecha tu recuperación, así que antes que nada, déjame decirte que me alegra muchísimo que te vayas a poner bien. Muchísimo. Es la mejor noticia de todas. Espero que pronto puedas salir del hospital; sé que los odias.

Pero sobre todo te escribo porque necesito pedirte disculpas, te las debo. No voy a extenderme mucho porque me gustaría darte las explicaciones cara a cara, pero si no quieres volver a verme, cosa que entendería perfectamente, te escribiré una carta más larga contándotelo todo. Y si no quieres siquiera leer una segunda carta mía, al menos habré tenido esta oportunidad de decirte aquí que lo siento, que fui un completo imbécil y que me arrepiento amargamente del modo en el que he tratado. Fuiste valiente, abnegado, responsable y yo no lo supe ver hasta el final. Pero aún peor, eras sincero aquel día en el palazzo, cuando me dijiste que realmente querías intentarlo conmigo y yo no te creí. Lo lamento más de lo que imaginas.

Porque Draco, yo también me estaba enamorando de ti. Contra mi voluntad, lo reconozco, porque desconfiaba de ti y de tus intenciones, pero lo hice y nunca he podido olvidar el día que pasamos juntos en el palazzo. Mi imperdonable comportamiento se debe principalmente a eso: celos, deseo, frustración e incluso un poco de asco hacia mí mismo. Porque a pesar de lo que parecía cuando te pedí que sedujeras a Sebastian, odiaba la idea. No sólo me volvía loco de celos, también me parecía inmoral por nuestra parte. Pero seguí las órdenes y te lo dije y luego te culpé por aceptar. No sé ni en qué estaba pensando. Probablemente no estaba pensando, punto. Ni siquiera me pregunté qué razones tendrías para decir que sí. Nunca se me pasó por la cabeza que podías sentir que era tu deber. Eso es una de las cosas que más siento, no haber sido capaz de reconocer y valorar tu sacrificio.

Después de todos los errores que he cometido, no puedo ni imaginar que todavía estés interesado en mí, pero tengo la sensación de que mantenerme alejado sin preguntarte, sin exponerme, sería una cobardía por mi parte, una manera de evitar el mal trago de ver cómo me mandas a la mierda. Así que la verdad, Draco, estoy loco por ti y daría lo que fuera por estar allí a tu lado, cuidándote y sintiéndome el hombre más afortunado del mundo. Daría lo que fuera por otra oportunidad para hacerte feliz. Y no creo que vaya a perdonarme nunca por haber estropeado lo que podríamos haber tenido.

Dime qué hacer y lo haré. Si deseas que vaya al hospital a hacerte compañía, a disculparme a la cara o ambas cosas a la vez, allí estaré. Si prefieres que me disculpe por carta, te escribiré. Y si lo que quieres es que no vuelva a molestarte, te prometo que no intentaré volver a contactar contigo.

Decidas lo que decidas, te deseo sinceramente lo mejor. Te mereces ser feliz y estar rodeado de gente que sepa apreciarte de verdad. Me alegra muchísimo que Andromeda y tú os estéis llevando bien. Ella es una gran persona y sé que te encantará Teddy. Y Goyle quiere ir a verte ahora que has despertado, se lo dijo a Bill Weasley. Ha estado muy preocupado por ti estos días, cuando se supo que estabas hospitalizado. Tanto si te vas de Inglaterra como si te quedas, no te olvides de ellos. Y sobre todo, cuídate mucho, Draco. Vive la vida que realmente quieres vivir, la que te pertenece.

Tuyo,

Harry Potter.

Cuando su tía regresó, Draco había leído la carta una docena de veces y tenía lágrimas en los ojos.

-¿Estás bien? –dijo ella, un poco preocupada.

-Sí, sí… -Intentó rehacerse; tampoco quería que creyera que la carta le había disgustado-. No esperaba que me dijera que siente todo esto por mí.

-Le gustas en serio, Draco –dijo Andromeda, yendo a sentarse-. Sé que a veces no es suficiente, pero te prometo que en eso no miente.

Draco acarició con los dedos las líneas escritas con letra angulosa, más clara que en su adolescencia.

-¿Por qué estás tan segura?

Para su sorpresa, su tía asintió con aprobación.

-No te equivocas, hablar es fácil. Pero tengo hechos en los que basarme también. En Italia, Harry no se apartó de tu lado hasta que no estuviste fuera de peligro. Y aunque suene contradictorio, si no está ahora aquí es única y exclusivamente por ti.

-Porque cree que odio sus tripas.

-Sí, pero también es bueno que se haya mantenido alejado incluso si no odias sus tripas, como tú dices.

-¿A qué te refieres?

Ella había empezado a tejer de nuevo con movimientos enérgicos.

-Porque así puedes pensar con más claridad. Harry no quiere aprovecharse de un momento en el que te podrías sentir… emocionalmente vulnerable y debo decir que estoy de acuerdo. Creo que es un gesto que habla muy bien de sus intenciones.

Hizo una pausa, como si quisiera darle ocasión de objetar algo o protestar, pero Draco sabía que tenían razón; en esas circunstancias, todo habría jugado a favor de Harry.

-Ha renunciado a una gran ventaja –admitió.

Su tía volvió a asentir.

-Podría darte más hechos. La entrevista que le dio al Profeta, hablando de ti. Las cosas que me contó a mí, cuando me llamó para pedirme que viniera al hospital a estar contigo. Pero creo que captas la idea. Sólo te pido que no seas innecesariamente cruel con él. Si no quieres perdonarlo, díselo claramente y luego sigue viviendo tu vida y deja que se cierren las heridas.

Draco suspiró y volvió a mirar la carta.

-Creo que necesitamos hablar cara a cara.

Se sintió bien al decirlo, no parecía un error. Andromeda debía pensar lo mismo, a juzgar por su pequeña sonrisa.

-Perfecto. ¿Quieres que le diga algo esta tarde? O incluso ahora, si lo prefieres. Debe de estar durmiendo, pero estoy segura de que si le llamo por Red Flú lo tendrás aquí en diez minutos.

-¿Durmiendo aún? ¿Estuvo trabajando anoche?

-Oh, ¿eso no te lo ha contado ahí? Ha sido apartado del servicio por un tiempo, hasta que las cosas con los italianos se calmen. Nada serio. No, no está trabajando por las noches. –Meneó la cabeza-. En realidad viene aquí, Draco. Se queda en los bancos de ahí fuera, tapado con la Capa de Invisibilidad para no llamar la atención: sólo quiere estar seguro de que todo va bien.

Draco gimió para sus adentros. ¿Quién podía resistirse a algo así?

-Hombres mucho más duros que yo habrían caído.

Su tía le consoló con unas palmaditas en la mano.


A las once de la noche, el hospital estaba en completo silencio, roto sólo por los ocasionales ruidos de pasos, pero unas pequeñas lámparas de gas proporcionaban un poco de luz en las habitaciones y el pasillo. Draco se bajó de la cama, caminó descalzo por el frío suelo de piedra y abrió la puerta de su habitación. Fuera no se veía un alma, pero ése era el quid de la cuestión, ¿no?

-Potter –susurró, confiando en no estar haciendo el ridículo-, entra en la habitación y quítate esa capa; estás siendo innecesariamente melodramático.

Con el corazón en vilo volvió hacia la cama y aguzó el oído. Casi suspiró de alivio al oír los pasos. Cuando la puerta se cerró a sus espaldas, se giró. Allí estaba Harry, nervioso y expectante, y al verlo Draco casi pudo saborear su propio deseo, dulce y fuerte como una salsa de vino y miel. Considerando que Harry llevaba la sudadera de los Cannons más naranja y horrenda que jamás había contemplado, estaba bien jodido.

-¿Cómo sabías que estaba ahí?

Ignorando su pregunta, Draco fue a sentarse en la cama antes de que se le congelaran los pies.

-He leído tu carta. Ven, siéntate –dijo con amabilidad, indicándole la silla. Cuando Harry se sentó, las sombras oscuras bajo sus ojos y su aire abatido se hicieron más visibles gracias a la pequeña luz de la mesita de noche-. No tienes buen aspecto.

-Tú sí. –La mirada con la que recorría su cara, su cuerpo medio oculto bajo las sábanas, era de puro alivio-. Tú tienes un aspecto estupendo. En el hospital de Italia parecías tan… Me alegra muchísimo que vayas a recuperarte sin secuelas.

-Llegaste a tiempo.

Harry se echó hacia atrás.

-Es lo único que hice bien y debería haberlo hecho antes. No me perdones por eso.

-No lo hago, no por eso. Te perdono porque sé que lo sientes, porque ahora estás intentando arreglar las cosas. Y eso tiene que servir de algo alguna vez, ¿no? Si no, ¿qué esperanza nos queda cuando nos equivocamos?

-Draco…

Su voz sonaba ahogada, sus ojos brillaban con lágrimas. Draco alargó el brazo y le puso la mano en el hombro, en la nuca.

-Ssscht, ven aquí… Bésame ahora.

Creyó escuchar un sollozo, pero ya no tuvo tiempo de pensar más: Harry ya le estaba obedeciendo desesperada, tiernamente y todo su mundo se convirtió en ese beso, en la lengua que buscaba la suya, en las manos que le acariciaban las mejillas, el pelo, los hombros. Apenas podía respirar, como si la felicidad no dejara espacio a sus pulmones y quería reír y llorar y sobre todo, seguir besándolo hasta que se acabara el tiempo. Merlín, ni siquiera había sabido que fuera posible sentirse así.

Harry abandonó sus labios y recorrió a besos febriles sus mejillas, su frente. Cuando regresó a su boca sabía a sal y Draco no habría podido decir de dónde venían las lágrimas.

-Draco… -Hasta la voz rota de Harry parecía besarle también-. Draco, lo siento tanto…

La disculpa fue una inyección de realidad: los besos no lo solucionaban todo. Draco reunió toda su fuerza de voluntad y consiguió separarse un poco de Harry, lo justo para poder mirarlo a los ojos mientras le sujetaba la cara con ambas manos.

-Escúchame… Escúchame, Harry… –Se aseguró de sonar lo más tajante y firme posible-. No sé qué puto problema de celos tienes, pero eso se acaba aquí y ahora ¿entendido? Sin excusas, me da igual que nos encontremos cara a cara con la asociación de ex amantes de Draco Malfoy al completo. No puedo cambiar mi pasado y no tengo por qué pedirte perdón por él, pero voy a prometerte que te seré fiel y tú vas a creerme y esto va a funcionar, ¿está claro?

En vez de decir "sí, Draco" como una persona sensata, Harry se echó a reír, una risa algo triste.

-Oh, Dios, Draco… Ojalá fuera tan fácil… –Justo cuando Draco iba a sentirse decepcionado por su respuesta, tan falta de lucha, Harry añadió, un poco de mala gana-: Pero he empezado a ir a terapia.

Draco le soltó la cara, sinceramente sorprendido.

-¿En serio?

Harry se limpió las lágrimas ya casi secas, frotándose los ojos por debajo de las gafas.

-Sí, tuve la primera sesión hace dos días. Es horrible, me hace hablar de mis sentimientos y no lo conozco de nada. Pero si es lo que necesito para solucionar el problema… No quiero ser así, Draco. Y no quiero volver a hacerte daño nunca más.

Draco le acarició la mejilla para hacerle saber que le creía, pero había empezado a pensar que en todo aquel asunto todavía había algo que se le escapaba.

-Pero ¿por qué, Harry? ¿Por qué estabas tan exageradamente celoso y tan exageradamente furioso?

Harry suspiró, tomó una de sus manos y se la llevó a los labios.

-Draco, quiero contártelo todo, te lo prometo. Quiero hablarte de eso y de por qué pedí que me sustituyeran en la misión y de mil cosas más, pero ¿no preferirías que lo dejáramos para mañana? Necesitas descansar para ponerte bien y ya es casi medianoche.

-No, no tengo sueño –dijo, y era verdad-. Dímelo.

Para estar más cómodo se colocó de lado, cara a Harry, y atrajo la mano que tenía unida a la de él hacia su pecho. Y entonces Harry empezó a hablarle en voz baja de Oliver Wood. Draco lo escuchaba con estupor: si no hubiera sido por el evidente dolor de Harry, cuyas consecuencias había sufrido él en sus propias carnes, no lo habría creído. ¿Una relación abierta? ¿Harry? Pero luego se dio cuenta de que el verdadero daño había llegado después, cuando Harry había empezado a protestar, a sentirse más y más celoso, y Wood había insistido en que podían hacerlo funcionar a su manera y Harry sólo debía abrir su mente para ver que así su amor era más libre y auténtico. Cuando Wood prometía intentar ser monógamo una temporada, "a ver qué tal", y Harry se ilusionaba para que luego, cuatro o cinco días después, su novio le llevara a alguien a casa con quien tenían que hacer una excepción. Sí, cualquiera habría acabado un poco desquiciado después de esos jueguecitos.

-Desde luego, eso explica muchas cosas…. Yo creía que no querías nada conmigo por la guerra y por lo idiota que fui en Hogwarts contigo y tus amigos. Pero no era sólo eso, ¿verdad? Yo te recordaba a Wood.

-No me importa tu Marca, Draco. Y sé que no eres la misma persona que en Hogwarts. Después de la guerra las cosas eran distintas entre nosotros, ¿no? Ya no nos veíamos como enemigos. Pero sí, la verdad es que me recordabas a él lo bastante como para que me costara confiar en ti.

-Bueno, supongo que puedo entenderlo –admitió Draco-. No es como si tuviera fama de mantener relaciones largas y profundas, precisamente. Pero para mí nunca ha sido una filosofía ni un estilo de vida ni lo que sea que signifique para ese imbécil. Sólo intentaba… sobrevivir, olvidarme de todo. Estaba en un mal momento, Harry.

Le costaba hablar de aquello, pero Harry también le había contado cosas dolorosas. Y necesitaban comprenderse mejor.

-Lo sé. Y lo sabía entonces. Pero pensé que eso no cambiaría el resultado: yo me enamoraría de ti y tú me romperías el corazón.

-Lo cambiará porque Wood no quería lo mismo que tú y yo sí. Eso nos da mejores posibilidades. Estoy totalmente listo para la monogamia, los paseos por el parque y las veladas frente a la chimenea.

Harry sonrió, pero luego intentó mirarlo con reproche.

-No tengo ciento veinte años, ¿sabes? De vez en cuando también me voy de fiesta con mis amigos. Hasta atiendo a alguno de los eventos del Ministerio.

-¿Atiendes a alguno de los eventos del Ministerio? Guau. No sé, Harry, con todo esto me da miedo que mi corazón no pueda soportar una emoción tan fuerte.

Los dos estaban intentando no reírse y fallando miserablemente.

-Idiota… Ya, la verdad es que suelen ser tan entretenidos como la vida interior de un gusarajo.

Y así, continuaron hablando, haciendo planes, compartiendo sonrisas, caricias y confidencias en voz baja. Draco seguía sujetando la mano de Harry y jugaba con sus dedos, los besaba distraídamente; sus ojos no se apartaban de él, atraídos por el movimiento de sus labios y de su mano libre, por la calidez tierna de su mirada. La dicha recorría su cuerpo como si se hubiera mezclado con su sangre y le hacía sentirse con la cabeza ligera, casi borracho. Le habría gustado que aquella noche no terminara nunca y cuando empezó a notar sueño, arrullado por la voz de Harry, luchó contra él. ¿Cómo iba a dormirse cuando estaba en medio de un instante perfecto? Pero Harry, como si sintiera sus dudas, se inclinó hacia él y le besó con dulzura en los labios.

-Duerme, Draco, yo estaré aquí cuando despiertes.

Y con esa promesa y la sensación de sus dedos acariciándole el cabello, Draco se quedó dormido.

Fin


Dan, muchas gracias, me alegra mucho que te haya gustado y espero que hayas disfrutado con el final. La frase sobre Andromeda quedó un poco confusa –la corregí después-, pero vamos, tienen unos 22 años, poco más.

Anónimo, me alegra mucho que te haya gustado, gracias por comentar! Harry está algo tonto, es cierto, pero bueno, espero que se haya redimido a tus ojos con este capi.

Hime-chan, hola, guapa! La verdad es que sí, el cuarto capi fue duro para los dos personajes, cada uno a su estilo, y el pobre Draco ha perdido toda la esperanza, todo el ánimo… Ayssss… Pero bueno, como has podido ver, todo se arregla, menos mal. En cuanto a Alianza, no me molestó para nada que dijeras eso, es agradable saber que a una la echan de menos XD Y claro, puedes imprimirte los fics si quieres, no tengo problemas con eso. Para encontrarme en FB, bueno, busca a la Helena Dax que tiene un icono de Harry y Draco, jaja. En fin, besitos y muchísimas gracias por todo.

Kina, muchas gracias! Es una historia donde los dos protas lo pasan muy mal, cada uno por sus motivos, pero bueno, espero que el final haya compensado por los malos tragos.