Disclaimer: Burbuja no es de mi pertenencia (gracias a cualquier entidad mayor que lo quiso así). Yo solo utilizo al personaje para depravar al fandom.

Advertencia: UA, OoC, M por obvias razones. Violencia, maltrato, violaciones y prostitución. Lector sensible a estos temas absténganse a leer.


.

.-.-. Little Bird .-.-.

.

Luz

.


El sonido de las gotas al caer al gran charco que se había formado era lo que me mantenía distraída. Las torrenciales lluvias de los días anteriores lograron estropear un poco la fachada del techo y un leve rayo de sol se asomaba por el pequeño agujero. Era hermoso, era perfecto; tan brillante y sereno. La tormenta había pasado y ahora era calma…

Pero no para mí. No sabía cuánto tiempo llevaba siendo una esclava pero los cambios en mi cuerpo me decían que había sido lo suficiente. Mis caderas se ensancharon, mis senos crecieron un poco y mis piernas se alargaron. El hombre que me retenía me lo dijo claramente cuando comencé a tener cambios; ya era toda una mujer.

Desde ese momento odié serlo, odié haber crecido, odié haber nacido en mi condición. Como mujer no conocía otra cosa más que servir a los hombres que contrataban mis servicios. Al principio me negaba a aceptarlo pero comprendí que debía resignarme sí quería seguir observando un rayo de sol atravesar un hueco en el techo, pues solo los pequeños detalles lograban mantenerme estable.

Estaba tan embelesada con la poca luz que recibía mi mohosa prisión que no me percaté de la presencia de mi dueño.

—Eh, puta—su rasposa voz me devolvió a la realidad y en seguida me tiró agua fría de un balde que no dudó en aventarme de igual modo cuando este se halló vacío—. Despierta, tienes compañía.

Traté de serenarme lo más rápido que pude, no quería volver a hacerlo enojar. En la penumbra logré divisar otra silueta que antes no había descubierto y cuando apenas empezaba a fijarme en su rostro, mi dueño encendió las velas de la mesa logrando así que mis ojos se toparan directamente con los del hombre que estaba frente a mí. Aquel sujeto era… diferente. Eras diferente. Nuestras miradas se cruzaron y los escalofríos me erizaron la piel, sí antes había temblado por sentir tanto miedo, ahora estaba petrificada.

—Esta está muy sucia, ¿no quiere otra?

—Quiero esta—contestaste sin dejar de mirarme fijamente.

— ¿Seguro? Usted bien podría pagar por una mejor.

—Podría—respondiste sin importancia. Te veías con un porte galante. Eras demasiado refinado a comparación de los hombres que solían rentarme—. Pero quiero esta.

El viejo hombre asintió y no replicó más. No le importaba en lo más mínimo las preferencias de los clientes por lo que decidió no seguir insistiendo, pero lo que en realidad deseaba era ganar más dinero. Yo era tan barata que por ello no se esforzaba en alimentarme y asearme adecuadamente. Me mantenía deplorable para hombres de iguales condiciones.

—Con esta ramera no hay reembolsos— y dicho esto se alejó para dejarnos a solas.

Recuerdo que parecías alguien decente con esas ropas bien lavadas y cuidadas. Luego, te hincaste para quedar a mi altura y liberaste mis tobillos de los grilletes con la llave que mi dueño te dio. Sobaste las heridas de mis pies, con una ternura que me desconcertó por completo y llevaste una de tus manos al moretón que tenía en mi muslo. Recorriste con la yema de tu dedo índice la piel pinta de morado y verde y presionaste con fuerza la zona haciendo que me quejara por el dolor.

— ¿Te duele? —Preguntaste con una genuina preocupación. La forma como me mirabas era tan distinta, parecía que realmente te importaba y eso me brindó una extraña sensación. Era agradable, quería llorar por lo bueno que te mostrabas; tan comprensible. Por primera vez comenzaba a confiar en alguien por lo que asentí con timidez.

Sonreíste comprensivo al ver mi expresión y me ayudaste a ponerme de pie. Después te acercaste a mí y me abrazaste con delicadeza. En esos leves segundos tu contacto fue parte de los minúsculos detalles que me mantenían cuerda. Cerré los ojos para atesorar la primera muestra de amabilidad que me ofrecían.

Creí que eras como un ángel, pero…

Tú te aproximaste a mí oído sin romper el abrazo y no dudaste en susurrarme con tranquilidad las siguientes palabras: —No te preocupes más por estas heridas—luego besaste con dulzura mi lóbulo derecho—… porque lo que yo te haré te dolerá hasta el grado que desees una muerte rápida.

Abrí los ojos, asustada, y tú solamente te separaste de mí con la misma –falsa– sonrisa amable. Sin pensártelo dos veces me abofeteaste con fuerza y caí directo al frío y encharcado suelo. El ardor se extendió por toda mi mejilla en cuestión de segundos y unas pequeñas lágrimas se asomaron por mis ojos. Torpemente cubrí la zona con mi mano para voltear a observarte. Sé que te puso duro escuchar el impacto de tu palma contra mi piel, comenzabas a excitarte porque indudablemente se notaba en el bulto prominente que yacía entre tus piernas.

Ahora me enseñabas tu verdadera cara; sonriéndome con crueldad y superioridad. Hacía poco te veías tan diferente. Te creía diferente. Y resultaste ser igual que todos los anteriores.

Eras el mismísimo demonio.

.

.


Muchisímas y sinceras gracias a Cecick C. Iugetsoiru y Aaly por sus reviews y a Arctic-Days y Luthien Tinuviel 27 por sus favoritos.