Disclaimer: Inuyasha y compañía no me pertenecen, son de la magnífica Rumiko Takahashi, sin embargo la trama es completamente mía y está hecha sin fines de lucro.
Capítulo beteado por Breen Martínez.
Seduciendo al conde
Capítulo 6
La mañana en la mansión había amanecido preciosa. El sol que entraba por las ventanas, se filtraba por unas cortinas de muselina pulcra de color rojo. Era la hora en que Kagome no quería poner un pie fuera de aquella cama. Era exquisito el olor del incienso en la habitación y el calor que le proporcionaba la chimenea. Jamás imaginó que aquella época fuese tan cómoda.
Aunque quizá el lujo de la comodidad, solo la podían tener los aristócratas, y posiblemente más de la mitad de la población viviría en una pobreza o al menos con lo necesario para vivir, sin permitirse lujos como los del conde Taishō.
Se levantó muy a su pesar de la gran cama y puso los pies en el frío piso, pero antes de que pudiera buscar unas sandalias, la doncella que el conde le había proporcionado entró y la ayudó a vestirse. La chica que respondía al nombre de Yuca, le ajustó el corsé y la ayudó con unas horribles enaguas para luego colocarle un vestido rojo de satén.
—Se ve muy preciosa señorita. —Kagome se miró en el espejo y dibujó una sonrisa en sus labios. El color rojo resaltaba su tez blanca y sus ojos cafés. También el corpiño con ayuda del corsé, resaltaba sus pechos y proporcionaban más afinidad a su cintura.
Si eso no le gustaba al conde, no sabía que podía hacer para intentar que él se fijara en ella, porque había decidido seducirlo. Si nadie le creía que ella viniese del futuro, entonces tenía que empezar a tomar cartas en el asunto. No podía esperar a que el conde la echara cuando ya estuviese mejor de sus golpes y mucho menos dejaría que la llevara al magistrado cuando se diera cuenta de que a pesar de haber sanado, seguía insistiendo en que no sabía nada del accidente.
Por el contrario, si el conde se encaprichaba de ella, al menos podría tener un techo y comida seguros.
De pronto el recuerdo de los hombres y sus encaprichamientos la llevó a recordar a su prometido. Y eso en lugar de ayudarla, aminoraba su valentía. ¿Cómo podría conquistar a un conde, cuando no pudo ni siquiera mantener el amor en su prometido?
Tal vez no era lo suficientemente bella como para atraer los ojos de un hombre y mucho menos cuando ese hombre era un noble de buena cuna y era excepcionalmente guapísimo. Quizá tuviera más mujeres a sus pies que cualquiera de los hombres más guapos de su época en el futuro. No dudaba en que ya hubiese una mujer calentando su cama todas las noches.
Ayame se lo había dicho, a los hombres no les importaba lo que llevasen encima, a ellos solo les importaba la vagina de una mujer. Por lo tanto eso significaba que un vestido bonito y un par de ojos pizpiretos no lo haría caer. Y menos cuando la noche anterior había parecido una tonta frente a él.
Había querido que la llevase a conocer los rincones de la mansión, pero no contaba con el honor de un caballero de esa época, claro, aumentándole que ella era una sospechosa para él. Había sido tan estúpida, ahora él creería que trataba de engañarlo para que le mostrara la casa por algún ataque. Tenía que hacer algo para enmendar aquel error.
—¿Cuánto tiempo crees que el conde me soporte en la mansión? —La doncella la miró desde atrás del espejo y se encogió de hombros.
—En realidad no lo sé señorita, él no trae mujeres aquí. —Se giró a ver a la doncella y la escrutó con la mirada. Tenía cara de no estar mintiendo, entonces eso sorprendió a Kagome. Un hombre que mantenía a sus amantes alejado de sus propiedades, era sin duda un hombre que cuidaba su reputación.
—Entiendo.
La doncella salió de la habitación cuando Kagome quedó lista. Ya no llevaba la horrible venda en la cabeza y de la herida solo quedaba una pequeña cicatriz cerca de la sien, aunque si la tocaba, todavía podía dolerle. No habían pasado ni tres días. Odió no tener maquillaje en esa época para cubrir aquella espantosa herida.
Oyó el relincho de unos caballos y se acercó a la ventana que daba a la entrada principal. Había un carruaje esperando y un lacayo poniendo el escaloncito. Luego tendió la mano hacia el interior y una mano enguantada tomó aquella mano del lacayo. De aquel carruaje bajó una mujer alta. Era sin duda bellísima. Tenía unos tirabuzones que resaltaban su tez blanca y un vestido azul que resaltaba sus ojos azules, que a todas luces irradiaban sensualidad y ternura. Santo Dios, ella debía ser la prometida del conde. Todo estaba perdido, no podía ser contrincante para tal belleza.
Regresó al interior de la habitación y se dejó caer en la cama. Se miró de nuevo en el espejo. Estaba por mucho, muy fuera de lugar en aquella época.
Lady Fuurinji bajó apresurada del coche, necesitaba urgentemente ver a su mejor amigo y compañero de aventuras. Se apresuró a tomar la mano que le ofrecía el lacayo, mientras que con la otra se recolocaba el sombrero en la cabeza. Su doncella venía tras ella, pero lady Fuurinji no esperó a que la mujer bajara.
Caminó hasta la puerta y una doncella recibió su sombrero cuando se quitó la aguja y alargó el brazo para dárselo. Revivieron recuerdos en aquella mansión. Cuando llegaba a jugar de pequeña con el futuro conde, pero el tiempo los separó y cuando ella estuvo lo suficientemente grande como para empezar a pensar en bailes y temporadas, su madre la alejó de la compañía de Taishō. Sabía que a la edad que había tenido, seguir jugando con el chico hubiese arruinado su ingreso a la sociedad y era lo que sus padres habían querido evitar a toda costa.
Los sonidos de pisadas provenientes del despacho le indicaron que el conde se acercaba.
—Sango. —Murmuró él. Ella le extendió una mano y él le besó el dorso de ésta. El conde traía un traje de tarde azul completamente impecable y estaba tan guapo como ella lo recordaba.
—En cuanto me he enterado del accidente, vine lo más rápido que pude.
—Te lo agradezco, es muy generoso de tu parte, pero como puedes ver, las cosas están perfectamente bien por aquí.
—Mi padre te manda los mejores deseos.
—Mil gracias.
El conde le enlazó el brazo en uno de los de él y la dirigió a la sala de juegos. Estaba igual a como la recordaba, la mesa de billar en el centro y la licorera en una esquina, justo al lado de las cortinas rojas. El techo ribeteado de grabados y los adoquines de mármol haciendo eco a cada pisada que ellos daban.
—Está exactamente igual a como la recuerdo. —Él dejó escapar una carcajada y la soltó del brazo.
—Debo temer por tu destreza en el juego, supongo. —Ella enarcó una ceja y miró la mesa de billar.
—Dudo mucho que temas. El tiempo y los encajes de las costureras han estropeado toda destreza. —Él tomó una bola de billar y la tiró a las que estaban en una esquina. Cuando golpeó, las otras rodaron por la mesa haciendo un ligero ruido al tocarse. Sango recordó que aquellos juegos habían sido su entretenimiento por muchos años. Ni ella ni el conde tenían hermanos y habían crecido como tales. Pero ahora las cosas habían cambiado, su padre, el vizconde de Fuurinji, quería a toda costa que ella pudiera conseguir un buen marido y que mejor partido que un conde y nada menos que el conde de Taishō.
Era inconcebible para ella ver a su mejor amigo como futuro esposo, no conseguiría cumplir con ciertos requerimientos, como darle un heredero y esperarlo en cama como una mujer sumisa, definitivamente no podía. Y él era muy caballero como para dejarla sin ayuda.
—Imagino que no solo has venido para ver cómo quedó todo a causa de un incendio. Como puedes ver no han sido grandes daños. —Dijo él después de darse la vuelta y colocar las manos sobre la mesa de billar—. ¿A qué debo tu visita, Sango?
—Sesshōmaru, ha pasado tanto tiempo —murmuró con la cabeza agachada. Y luego recorrió el borde de la mesa con una de las manos enguantadas—. El vizconde cree que ya va siendo tiempo de que busque marido.
Vio que Sesshōmaru levantaba una ceja sin entender lo que decía, pero no tardaría mucho antes de darse cuenta de la razón de su visita. Ya a su edad debía de estar casada, pero había rechazado todas y cada una de las propuestas y su padre empezaba a fastidiarse con aquello.
—¿Quiere que te presente algún conde con fortuna? —Ella negó.
—Él cree que por nuestra amistad de pequeños, podríamos ser una buena pareja. Me ha obligado a venir hasta aquí, piensa que tal vez una visita con el pretexto del desafortunado accidente, haga que te fijes en mí y desees cortejarme.
—Sango, entonces no deberías estar diciéndome todo esto.
Ella levantó la mirada hasta la de él y reconoció la mirada de destreza característica del conde.
—Te lo digo, porque me parece una reverenda tontería. Yo no podía verte más que como un amigo. No quiero un matrimonio de esa manera, no lo acepto.
—La mayoría de los matrimonios se llevan a cabo entre personas que jamás se han visto en la vida, supongo que tu padre cree que el hecho de que nos conozcamos hace más fáciles las cosas. —Ella volvió a negar ante lo dicho por Sesshōmaru.
—Eso sólo empeora más.
—Podría presentarte algún conocido y que tu padre se quede tranquilo.
—¿Harías eso por mí? —Dijo con ilusión, pero esa ilusión murió al instante—. Pero no creo que el vizconde se quede tranquilo, tú estas en edad de buscar esposa y no descansará hasta que tú y yo…
—Eso no pasará, mientras tú hagas lo mismo que has hecho durante años con las propuestas de matrimonio. Nadie puede obligarte y en cuanto a que yo estoy en edad, pues creo que eso está por verse —él resopló y caminó hasta la licorera, se sirvió una copa de whisky y le extendió una más a Sango, ella declinó la invitación y él tuvo que beberse las dos copas—. Tengo visita aquí en casa.
—¿Ah, sí? —Él asintió.
—Hay una mujer que encontré durante el incendio. Me parece sospechosa, pero para mí desafortunado caso, ella parece haber perdido la memoria. Y en tanto que no la recupere, no puedo saber quién es realmente y mucho menos la puedo echar a la calle sabiendo que no tiene a donde ir.
—Eso parece ser un gran problema —afirmó ella dirigiéndose a los muebles. Se alisó las faldas cuando estuvo sentada y cuando el conde tomó asiento en el mueble de enfrente.
—Lo es. El medico dice que está un poco desorientada, pero a mí me parece que está totalmente loca. —Ella enarcó una ceja—. Ha dicho que viene del futuro y un par de tonterías más. Anoche me propuso a que la llevara a conocer el resto de la mansión. Empiezo a creer que está totalmente cuerda y que solo está fingiendo para obtener información.
—Sesshōmaru, tal vez no lo hacía con mala intención. —Sentenció con dulzura.
—¿Tú le propondrías algo así a un hombre? —Sango se sonrojó. Por supuesto que nunca haría algo así. Su reputación quedaría destruida por completo. Negó rotundamente—. Esa mujer o quiere sacarme información o trata de engatusarme.
—Posiblemente estas exagerando. —Sesshōmaru enarcó una ceja con cierto enfado. Sango sabía que tal vez tuviese razón. No era la primera ni la última mujer que trataba de seducirlo para obtener título y fortuna.
—Y es bellísima. —arguyó él—. El problema es Sango, que es una mujer sumamente hermosa y bien sabes que hace un tiempo que he decidido estar lejos de cualquier mujer. —Cualquier mujer en el lugar de Sango, hubiese salido escandalizada ante tremenda declaración del conde, pero ella no era cualquier mujer y no era la primera vez que platicaba ese tipo de cosas con su mejor amigo. Sabía que él no le contaba todo aquello con mala intención.
—¿Has averiguado su origen?
—Lo he hecho. Pero parece como si no existiese. Nadie conoce a una mujer con aquella descripción que les di.
—Eso es extraño. Al menos alguien debió haberla visto antes.
—Sigo investigando, pero mientras tanto la espera es insoportable. —Sango resopló y se levantó del mueble. Rodeó la mesa de billar y tomó una de las bolas.
—Tal vez debería quedarme a cenar y conocer a la mujer que te está volviendo loco.
—Has venido a contarme tus propios problemas y debo decir que te he embarrado en los míos. —Ella negó.
—Sabes que siempre seremos amigos y que cuentas conmigo para lo que sea.
Sesshōmaru se levantó del mueble y sacó su reloj de bolsillo para mirar la hora. Sango reparó en que era el mismo que la madre de Sesshōmaru le había dado antes de morir y era una joya excepcional. Solo había uno en todo el mundo, y no solo se refería al propio modelo, sino a que nadie a excepción de la madre del Sesshōmaru y ella, sabían que el reloj estaba en manos del conde. El hombre que había hecho el reloj había muerto un par de años atrás y con él, el diseño del reloj. Era una pieza única. Hecha para lord Taishō y para nadie más.
—Creo que si no nos damos prisa, nos perderemos un buen paseo por el lago. —Ella sonrió cuando Taishō le extendió un brazo.
—Será un placer, milord.
Salieron de la mansión y dieron una pequeña caminata por los alrededores. Los viejos recuerdos, los juegos, cuando aquello solo eran risas y llantos de unos críos pequeños. Aún habían cicatrices en los árboles en que jugaban y ni que decir de la colina que les habían causado tantos raspones de rodillas.
Después de dos horas de caminar, regresaron justo a tiempo para la cena y antes de que terminara comprometiéndose a sí misma por pasar tanto tiempo a solas con el afamado conde de Taishō.
Continuará.
Miles de gracias por sus reviews. Espero que les haya gustado éste capítulo y me lo hagan saber en un precioso review. ¿Qué piensan a cerca de la aparición de Sango? ¿Será perjudicial o favorecedor? ¿Ustedes qué creen?
Marlene Vasquez
mikori
Ijubi-sama
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Aurora kuchiki
clarity-chan
Anixz
anii . anni
Sakata-2
¡Nos leemos la próxima actualización!
