Disclaimer: Inuyasha y compañía no me pertenecen, son de la magnífica Rumiko Takahashi. Yo los ocupo sin fines lucrativos y con el único propósito de entretener.
Capítulo beteado por Bren Jaeger.
Seduciendo al Conde.
Capítulo 10
¡Condenada bruja! Pensó Sesshōmaru, eso debía ser esa mujer, porque por mucho que quisiese evitarlo, el pantalón le apretaba de sobremanera el pene dentro de las calzas. Era de esperarse, llevaba mucho tiempo sin ninguna mujer y ver a esa dama mirándolo de forma apasionada, le causó estragos en todo el cuerpo. En unas más que otras.
Sus carnosos labios estaban abiertos, y si él no desviaba la mirada en ese momento, era capaz de dejar la pala clavada sobre la tierra y tomar a esa mujer en brazos para clavar otra cosa dentro de ella.
—Milord, acabamos con esta parte —la voz de su arrendatario lo sacó abruptamente de sus pensamientos. Por lo que se vio obligado a dejar de mirar a Kagome y concentrarse en lo que de verdad importaba.
Media hora más tarde ya estaban sentados en el comedor para la cena. Había dispuesto partir lo más pronto posible, sin embargo, no podía arriesgarse a los salteadores de caminos y menos llevando a esa mujer. Debía procurar su seguridad, aun si eso significaba que pasara la noche en la posada. Se recriminó mientras se llevaba un pedazo de carne a la boca. Debía haber buscado una carabina para esa mujer. Lo que menos necesitaba era manchar su reputación y terminar teniendo que cumplir con deberes de los que había huido años atrás.
Además estaba el hecho del incendio. Durante el trayecto, se había desviado para reunirse con el barón Howe, pero no le había dicho algo que él no supiera. El incendio había sido provocado. Encontraron un anillo en el lugar y nos guantes negros. El anillo era bastante caro como para ser de uno de sus lacayos y tenía un par de iniciales grabadas. "T. S"
No había algo que inculpara a Kagome, pero no quería arriesgarse. No debía dejarse arrastrar solo por un par de ojos y unos pechos lo bastante grandes como para hacerlo perder la razón.
Definitivamente eso no entraba en sus planes en ese momento. Lo que realmente le preocupaba, eran sus tierras. No es que la dama fuese fea. Levantó la mirada para verla. Ella miraba la carne en el plato y trataba de masticar, sin embargo hacía unos gestos bastante simpáticos con la boca. Al parecer la comida no era de su agrado. La vio abrir de nuevo los labios para meterse otro pedazo de carne y de pronto, los pensamientos lo traicionaron. La pasión dentro de él se desató de forma irreconocible. Los labios femeninos rodearon de forma sublime el trozo de carne y por un momento se permitió fantasear con tener esa boca alrededor de su maldita y punzante erección. Kagome, pensó para sus adentros, saboreando el sonido del nombre en sus labios.
De pronto, ella levantó la mirada como si hubiese escuchado sus pensamientos y lo miró con aquellos ojos arrebatadoramente fulminantes.
—¿Sucede algo, milord? —Preguntó dejando el tenedor a un lado del plato. Él negó. No pensaba pronunciar una sola palabra porque estaba seguro que su voz lo delataría. La vio coger de nuevo el tenedor, pero sin dejar de mirarlo—. Es sorprende que trabaje a lado de sus hombres.
Sesshōmaru enarcó una ceja. Los recuerdos de la tarde volvieron a azotarle y tuvo que tragar duro para deshacer aquella urgente necesidad.
—No entiendo por qué deba ser sorprende —ella picó otro trozo de carne y se encogió de hombros.
—No lo sé, nunca había visto a un hombre así.
—¿Así como? —Preguntó.
—Así, sudado y fuerte —era lo que un hombre deseaba escuchar y ella se lo había dicho. Su necesidad creció más si es que eso era posible. E ignoró la forma en que sus piernas peleaban por levantarse y tomarla ahí mismo en el centro del comedor. No lo haría, había demasiada gente en la posada como para dar ese espectáculo. Por mucho que ella se lo mereciera.
Dejó su tenedor y puso ambos codos sobre la mesa.
—¿Qué está tratando de hacer, señorita? ¿Seducirme acaso? —Ella abrió los ojos como si él la hubiese pillado en una travesura, pero volvió a recomponerse como toda una dama. Aunque no estaba realmente seguro de que lo fuera.
—Le aseguro, milord, que lo que menos deseo es manchar mi reputación con un hombre que me tacha de delincuente.
—Dije que no la tacharía de nada hasta tener pruebas para inculparla.
—Sí, ya me lo había dejado claro.
Sesshōmaru volvió a tomar el tenedor entre sus manos negándose a seguir interrumpiendo su comida. Había trabajado todo el día y el cuerpo le pesaba demasiado como para andarse preocupando por aquellos asuntos. Decidió que lo mejor era bajarse la necesidad con la mano y conseguir una carabina para esa mujer lo antes posible.
Lo siguiente que escuchó el uno del otro fue el tintineo de los tenedores sobre el plato. Hasta que él terminó de comer y esperó a que ella hiciese lo mismo. Cuando ella dio el último bocado, una de las doncellas se acercó para comenzar a quitar los platos desocupados.
Entonces ella volvió a hablar.
—¿Dónde podría tomar una ducha?
—Avisaré a una de las doncellas para que le preparen la tina.
—Gracias —contestó. La vio levantarse y él tuvo que hacer lo mismo.
—Partiremos mañana a primera hora, no vaya a quedarse dormida.
—Le aseguro que no.
Kagome caminó hasta la habitación de la posada que le habían dado para darse esa ducha tan prometedora. Llevaba varios días sin poder darse un baño decente y ya empezaba a sentir el cuerpo lleno de mugre y ciertas partes bastante mancilladas de… bueno, se sentía sucia y ya.
Cuando entró a la habitación había una tina con agua a un lado del fuego de la chimenea. Encima había una barra de jabón y una esponja para lavarse el cuerpo. La tina era lo suficientemente grande como para que ella pudiese meterse, pero sospechaba que no sería nada cómoda como un jacuzzi o la regadera. Aun así decidió que era mejor que nada.
Comenzó a quietarse la ropa. Aunque dejó escapar un par de palabrotas porque no podía desatar los listones del corsé. Por ultimo tuvo que aceptar la ayuda de una de las doncellas que entró al escucharla gritar.
La miró de pies a cabeza como si ella fuese alguna cosa rara, y Kagome supuso que era por el excéntrico repertorio de palabras que había soltado. La chica le desató los lazos del corsé y pregunto si necesitaba algo más, a lo que ella negó.
Después se metió a la tina y se dejó seducir por la deliciosa tibieza del agua. Llevaba días sin bañarse y eso le sabía a gloria. Estiró la mano para tomar el jabón sobre la chimenea y cuando lo tuvo comenzó a enjabonarse el cuerpo.
¿Estaría Sesshōmaru acostado? Tal vez, se contestó. Parecía muy cansado y después de ese arduo trabajo estaba casi segura que caería como una piedra. «No vaya a quedarse dormida», había dicho. Pues claro que no, tal vez el dormido sería otro. No podía ser un monstruo como para levantarse después de todo ese trabajo.
Conocía a muchos hombres en su ciudad que caían rendidos después de unos pequeños esfuerzos, y estaba convencida que el conde no era ningún caballo como para soportar tanto.
Cuando el jabón hizo espuma, tomó la esponja y se restregó el cuello, los hombros y luego los pechos. Unos pechos que se erizaron al recordar la imagen del conde trabajando. Era grande y tenía todo donde debía estar. Por supuesto que lo había notado, y luego la forma en que la había mirado. Ella casi se derrite ahí sobre la calesa al darse cuenta. De no haber sido porque aquel hombre que trabajaba con él, le habló ella estaba segura que se habría bajado justo a tiempo para correr y montarse sobre él como una amazona.
No sabía exactamente de donde había sacado esos pensamientos, pero supuso que se debía a la cantidad de veces que había platicado con Sango y Ayame. Vaya, esa dos sí que sabían cómo meter a un hombre a la cama.
—Piensa, Kagome, piensa —se dijo a ella misma, ¿qué haría Sango o Ayame para seducir a un hombre como el conde? ¿Desnudarse frente a él y ya? No, descarto esa idea en cuanto apareció. Tal vez si movía las caderas un poco más cuando estuviese cerca de él, o si le insinuaba algo provocador. ¡Ya! El conde tenía un estricto sentido del honor, según le había dicho Yuka. Entonces, una damisela en apuros debía ser la excusa perfecta para tenerlo donde quería.
Perfecto, ya sabía que lo que debía hacer.
Se levantó de la tina y caminó a pasos agigantados hacia la puerta. Afuera no había señales de pasos. Por lo que decidió abrir y esconderse detrás de la puerta para asomar únicamente la cabeza. El pasillo estaba completamente oscuro así que salió un poco más.
La habitación del conde tenía la luz encendida y su puerta estaba ligeramente abierta. Excelente. Volvió a cerrar y tomó el jabón para colocarlo a lado de la tina, a continuación jaló la toalla, o lo que supuso que era una toalla, de una de las sillas y se rodeó con ella.
Abrió la boca para tomar aire y de pronto lo soltó para dar un grito desgarrador. Y justo como lo había pensado, segundos después, la puerta se abrió de forma estrepitosa dejando ver la figura exquisita del conde. Llevaba las botas desatadas y la camisa de lino desabrochada de los tres primeros botones.
Kagome lo miró antes de tomar valor para lo siguiente que haría y pisó el jabón que estaba a lado de la tina. De repente, cayó de sopetón al suelo, golpeándose el culo con más fuerza de lo que había deseado. La toalla que la envolvía la soltó por instinto al abrir los brazos para intentar aminorar el golpe. Cuando levantó la mirada, Sesshōmaru la miraba horrorizado mientras corría a levantarla del suelo.
—¡Maldición! ¿Se encuentra bien? —Ella negó, realmente no se encontraba bien, ahora le dolía la cadera y más abajó el tobillo del pie con el que había resbalado. Soltó un aullido de dolor cuando el conde le pasó la mano por la longitud de la cadera para comprobar si no se había roto algo.
—Me duele —chilló. Lo vio mirar su cuerpo de arriba abajo y al darse cuenta de que estaba desnuda la soltó de nuevo sin previo aviso.
—Milord, ¿qué sucede? —Uno de los lacayos apareció en la puerta para ver qué había pasado. Antes de que pudiera verla desnuda, el conde se hincó a un lado de ella para protegerla.
—¡Salga de aquí ahora mismo! —Farfulló. El hombre abrió los ojos y se disculpó para salir y cerrar la puerta detrás de él. Entonces, la mirada del conde se le clavó enfurruñada, y la levantó del suelo sin un ápice de delicadeza—. ¿Qué cree que está haciendo? —Le riñó.
Kagome sintió el colchón debajo de ella y agradeció que fuese tan cómodo. En ese momento, la vergüenza la embargó al ver que Sesshōmaru la miraba embelesado. Su mirada estaba perdida entre los dos montes que representaban sus pechos y luego bajó la mirada hasta el montículo de vellos ébano que había en su entrepierna. Ella bajó los brazos fingiendo sentirse horrorizada y se tapó con uno los pechos y con otro su intimidad.
—Deje de mirar.
—No… —empezó a tartamudear él y por un momento Kagome sintió que sería capaz de aprovecharse de ella en ese momento. Sin embargo, él apartó la cara y desdobló la sabana que había sobre la cama para después taparla—. ¿Qué cree que hace gritando como una loca?
—No estaba gritando como una loca.
—Sí que lo estaba haciendo —atacó él. Kagome abrió la boca para responder, pero se dio cuenta que no sabía qué le diría exactamente para explicar el porqué de su grito. Qué tonta. Pensó.
—Yo… —miró un lado de la chimenea. Luego volvió a mirarlo y apretó la sabana que la cubría—. Había una rata ahí —dijo señalando los ladrillos rojos de la chimenea—, me asusté tanto que no supe qué hacer.
Él maldijo y farfulló algo como "mujeres"
—¿Qué dijo? —Preguntó. El conde negó mientras empezaba a caminar hacia los ladrillos rojos.
—No he dicho nada —se agachó y paso la mano por la chimenea—. Es imposible que haya una rata, aquí está demasiado caliente.
—Oh, pero sí que lo había.
—Pues lo habrá imaginado.
—Pero yo la vi.
Sesshōmaru se levantó para mirarla aún más furioso. Sin embargo, la furia pareció desvanecerse cuando ella gimió por el dolor que le atravesó el hueso de la cadera. Lo escuchó soltar un resoplido y luego lo tuvo a su lado.
—Ahora necesitaremos estar más tiempo del que deberíamos aquí hasta que se haya recuperado.
—No era mi intención —y era verdad, no pensó que la caída sería tan grave, pero en realidad le dolía mucho como para ir metida dentro de una calesa con el traqueteo. De solo imaginárselo, la cadera volvió a dolerle.
—Ya, mandaré a alguien para que le dé algo para el dolor.
Él se alejó de la cama y antes de salir por la puerta, la miró una vez más. Y lo que dejó a Kagome desubicada, fue la pequeña chispa de deseo en los ojos de ese hombre. Un deseo que ella disfrutó como victoria en la punta de la lengua.
Por favor, el conde debía enamorarse de ella antes de que decidiera que era peligrosa y la botara de la mansión.
Continuará…
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