Disclaimer: Los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi; sin embargo, la historia es completamente mía y está hecha sin fines de lucro.
Capítulo beteado por JulieDeSousaRK
Capítulo 11
Kagome apenas estuvo un día dentro de la cama de la posada, cuando empezó a sentirse una completa inútil. No es que lo fuese; pero el trato que los sirvientes de la hostería le daban, le hacían sentir así. Para empezar, porque el conde había mandado a una doncella a su lado para ayudarla con su recuperación. Y ese día en especial, nada más levantarse, la doncella le había llevado el desayuno a la cama. Después, la ayudó a vestirse por no decir que también le habían prohibido hacer movimientos bruscos.
Si Kagome necesitaba pararse por algo, la doncella lo hacía, si Kagome quería bajar al comedor, la doncella la devolvía a la cama y le llevaba cualquier cosa que le hiciera falta. Seguro que Sango y Ayame deberían reírse de ella si la vieran en tales circunstancias; sin embargo, recordó con pesadez que si Sango y Ayame estuviesen ahí, eso nunca le habría pasado.
Dejó caer la cabeza sobre la almohada, después de un largo suspiro.
El caso era que estaba harta. El tobillo con el que había caído seguía doliéndole, mas ya no era tan severo como para quedarse en cama. Además, no había visto al conde ese día ni había pasado a darle los buenos días. Era de esperarse, después de lo que había pasado la noche anterior debía estar furioso con ella.
Se apoyó en los codos para acomodarse.
No era para menos, había calculado mal la caída y por supuesto, también el resultado. No esperaba quedarse botada en cama, lo único que había querido era que el conde la viera desnuda, y después… No sabía que haría después; pero algo debía ocurrir, siempre ocurría algo cuando eso pasaba. Un hombre no puede ver a una mujer desnuda y enojarse. Ayame se lo había dicho. La palabra vagina los volvía locos, entonces ¿por qué diablos el conde no la había levantado, besado y luego hecho cualquier cosa indecente?
El conde no es el tipo de hombre con los que estás acostumbrada a tratar, se dijo. Y era la verdad.
Se levantó de la cama con un quejido. Esperó a ver si la doncella no aparecía y cuando comprobó que no, sacó las botas de debajo de la cama y se las ajustó, tratando al mismo tiempo de reprimir los dolores del tobillo.
Muy bien, lo siguiente que haría no tendría que poner en juego su salud física; así que pensando que tal vez era un poco absurdo seguir con aquel jueguecito, decidió pasar a otro tipo de técnicas. Aunque en realidad tampoco tenía mucho en que basarse para formularlas. ¡Maldición! ¿Por qué de todas las épocas en las que pudiese haberse perdido, tuvo que haber caído en una con tantas restricciones morales? ¿Por qué la reputación era lo más importante?
.-.
—La reputación es lo más importante para cualquier mujer, ¿por qué para ella no? —murmuró Sesshōmaru, saliendo de la posada. Era más un susurro. Y así estaba bien. Si alguien lo escuchaba podía pensar que estaba loco, ya bastaba con que él mismo lo estuviese pensando.
Pero es que de verdad se iba a volver loco con esa mujer cerca.
¿En qué había estado pensando cuando se le ocurrió tirarse así? Porque él podía ser cualquier cosa, menos tonto. Esa mujer le había puesto una trampa. O eso creía. Y es que de todas las mujeres casaderas, nunca había conocido a una con tanta maña y desvergüenza que la que estaba arriba durmiendo. Una sinvergüenza, con un cuerpecito de muerte. Sí, al menos eso podía reconocerle.
Se creía conocer todos los trucos de las mujeres para comprometer a un hombre; pero aquella, definitivamente era nueva. ¡Caerse desnuda! Al menos había sido más inteligente que las otras; no obstante, eso no significaba que podía ser más inteligente que él.
Solo había bastado un par de peniques para que el mozo de cuadras, olvidara de manera amable lo que había visto. ¡Listo! No había reputación acabada, ni hombre comprometido.
—Y se cree más inteligente —volvió a murmurar, mientras caminaba a grandes zancadas hacia el campo, donde trabajaban sus hombres.
Quitó de un puntapié un guijarro del camino y continuó caminando. Estaba decidido. Haría lo que debía haber hecho desde el principio. Una vez ella sanara de la caída, volverían a Yorkshire y una vez ahí, la llevaría a Londres para que el magistrado se hiciera cargo de aquel asunto.
Con esa resolución, el resto de la tarde se dedicó a trabajar con los hombres y terminar lo que tenía pendiente. Cuando regresó después de otra larga jornada de trabajo a la posada, se encontró a la condenada mujer saliendo de la habitación como un lobo huyendo, tras haber robado algo.
—¿Se puede saber qué está haciendo ahora? —ella dio un salto en su lugar, acto seguido se giró a verlo con la cara blanca del susto.
—¿Y se puede saber por qué quiere matarme del susto? —Sesshōmaru enarcó una ceja. Bajó la mirada al tobillo de la mujer. Bueno, después de todo al parecer, no estaba tan grave, de otra forma seguiría en cama quejándose de su suerte.
La tomó del codo y la hizo volver a la habitación. Luego cerró la puerta lo suficiente para que no hubiese daño alguno, era tan irónico que esa pequeña abertura en la puerta era el detonante para una reputación acabada.
A continuación, le dejó parada en el centro de la habitación mientras la inspeccionaba.
La miró de pies a cabeza y por un momento, el deseo de volver a verla desnuda, le obnubiló el pensamiento. No, se dijo. Gracias a lo que fuese que tuviera que darle gracias, ella estaba vestida. Aunque ese vestido fuera horrible, al menos tapaba todo de manera decente.
Ella levantó la barbilla retadora. Abrió la boca y luego volvió a cerrarla.
—No trataba de matarla de un susto; pero ya que al parecer no está tan grave como creí, podremos regresar a la mansión mañana mismo —Kagome abrió los labios de nuevo.
—No pretenderá llevarme en ese carruaje del demonio —él sonrió.
—Mi carruaje, señorita, es el más cómodo que tocarán sus bonitas nalgas.
Ella se sonrojó de manera brusca. Al menos tenía una pizca de vergüenza, pensó el conde. Se irguió un poco más sobre ella y luego pasó a un lado para susurrarle al oído.
—Su truco no sirvió de nada.
—No sé de qué habla —murmuró ella, con las palabras atropelladas.
—A su plan de comprometer su reputación y la mía en el acto.
—¿Usted lo sabía? —gimió ella horrorizada. Sesshōmaru se alejó de ella como si su cercanía le quemara. Condenada bruja, así que era verdad.
—Insulta mi inteligencia de ese modo; sin embargo, diré a su favor que no, no lo sabía, tenía cierta sospecha desde ayer en la mañana y luego, en la cena.
—Milord… —ella dio un par de pasos hacia atrás. Ojalá estuviese avergonzada de su comportamiento. De otra manera, él la haría avergonzarse.
—Haga lo que quiera, nada le servirá. Conozco todas las artimañas de las mujeres para casar a un hombre. Y agradezca que no acabo con su reputación —ella volvió a abrir la boca. Sesshōmaru se acercó un poco más a ella.
—Es muy jactancioso al decir que las conoce todas.
—¿Qué más iba a hacer? ¿Acosarme en un rincón hasta que alguien nos encontrara? O mejor aún, ¿meterse a mi cama en medio de la noche? Seguro que era lo que estaba a punto de hacer. —Kagome abrió los ojos como plato. Al parecer, era exactamente lo que había estado a punto de hacer.
De sólo imaginarla metiéndose en su cama como un gato buscando calor, hizo que el pene le diera un tirón dentro de los pantalones. Tal vez, no debería haberla detenido.
—Es usted un canalla.
—Qué chistoso —replicó él—, nunca me han tildado de canalla, tal vez no tengo una reputación intachable; pero hasta ahora, nunca me han acusado de seducir a una mujer que goce de buena reputación.
—Pues es igual a todos los hombres, alguna vez se les cae la máscara de hombre intachable —la voz de la mujer estaba cargada de odio, rencor y muchas otras cosas que él no reconocía.
—Sí, a todos alguna vez se nos cae la máscara, mas eso no sucede muy a menudo —él volvió a avanzar más cerca de ella. Kagome dio dos pasos hacia atrás y el conde dio otro paso—. Es una lástima que ésta sea una de esa veces.
—¿Una lástima? —murmuró ella. Él asintió. Sesshōmaru sólo podía pensar en lo bonito que era su rostro sonrojado y en la manera en que sus pupilas brillaban.
—Sí, una lástima para usted claro. Puedo seducirla, tumbarla en esa cama y hacerle las cosas más perversas que se pueda imaginar —a ella se le detuvo la respiración— y lo mejor de todo, es que su reputación será la única en salir perjudicada, los canallas no hacemos gala de honorabilidad.
—Pero usted dijo que no era un canalla.
—¿Lo dije? —preguntó él, acercándose un poco más a ella. La vio abrir los labios de nuevo. Estaba nerviosa y él lo sabía por la forma en que su labio temblaba. ¿No iba a echarse a llorar o sí?
—Lo dijo —convino ella. Sesshōmaru siguió avanzando, hasta que ella cayó sentada sobre el colchón. Él se acercó a ella como un león acechando a su presa, colocó las manos a cada lado de su cuerpo y luego, se acercó un poco más a su rostro de lo que era debido. La sentía respirar con dificultad. Y él también empezaba a hacerlo.
Podría estar mal. ¿Estaría comprometiéndola si le robaba un beso? No era su intención comprometerla, él sólo quería darle una lección a la granujilla. Sin embargo… él también se estaba dejando llevar. Algo más fuerte que su propio honor, lo impulsaba a estar muy cerca de ella.
Su pelo olía a lavanda, pero su cuerpo olía a limones. Se acercó un poco más y en lugar de besarle los labios, hundió la cara entre la curva de su cuello. Ella gimió haciéndolo dar un respingo excitado.
—Milord… —susurró ella. Sesshōmaru besó su cuello. La piel de Kagome se erizó con ese acto. Y él quiso seguir haciéndolo. Seguir besando, seguir explorando.
Pero entonces, ella lo empujó de manera brusca. Sesshōmaru trastabillo intentando apoyarse del dosel. A continuación, el corazón le dio un vuelco cuando alguien carraspeó detrás de él. Se giró obnubilado. Y ahí, en el umbral de la puerta estaba la señora Peggy, la esposa del posadero. Los miraba de manera reprobadora.
—Milord, tiene una misiva de Yorkshire.
Se dio cuenta de la carta que traía la mujer en las manos. Apenas era capaz de comprender lo que había hecho. Se tiró del pañuelo con fuerza y luego miró a Kagome. Ella no miraba precisamente horrorizada a la señora Peggy, estaba sonrojada, pero no horrorizada.
¡Dios! ¿Es que esa mujer no era capaz de entender la magnitud de lo ocurrido? Él había arruinado su reputación y él, no estaba preparado para ir al altar.
Continuará…
Sí, ya sé que tardé muchísimo en volver y traerles actualización, no tengo perdón, y digo que no tengo, porque he estado actualizando mis otros fics. Como ya les había dicho antes, pasar de una época a otra es un poco difícil, por eso me cuesta más éste fic. Como se pueden dar cuenta, estoy un poco oxidada con la narración aquí, posiblemente ya no tenga el mismo toque antiguo que antes, pido mil disculpas, pienso remediarlo, pero necesitaba traerles una señal de que estoy viva hahaha
Gracias por sus comentarios, y a los lectores silenciosos, les recuerdo que no muerdo, en lo absoluto.
No olviden pasarse por el grupo de Facebook Girls Danperjaz les dejaré material de éste fic dentro de poco.
Marlene Vasquez
sexsesshomaru
okita kagura
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Sai
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¡Recuerden que leer y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo!
