Disclaimer: Los personaje de Inuyasha no me pertenecen, sino a la magnífica Rumiko Takahashi, yo los ocupo sin fines lucrativos.

Capítulo 12

Kagome no sabía si sentirse feliz o avergonzada. La verdad era que estaba avergonzada. La esposa del posadero los había encontrado en una situación que rayaba lo indecente al parecer. Bueno, eso no había sido indecente en absoluto. Ella estaba completamente vestida y lord Taisho estaba vestido. Aunque, por sus caras, sí que habían hecho algo horrible porque la mujer los miraba con los ojos muy abiertos, desde la puerta, y aun cuando anunció la misiva de Yorkshire, no dejo de mirarla con… ¿tristeza?

—Señorita Kagome, tal vez le gustaría venir conmigo un momento al salón de visitas.

Kagome miró al conde. Él parecía horrorizado con la situación y si no fuera porque acababa de parecer el hombre más canalla del mundo, ella pensaría que era un pobre tímido. No había conocido a un hombre así, que se mostrara horrorizado por algo como eso. Vaya, ni siquiera Bankotsu lo había estado aquella noche. Había estado sorprendido, sí, porque lo había encontrado con su amante, pero no horrorizado.

—¿Debo? —La mirada inexorable que le dedicó el conde, la hizo darse cuenta que en efecto, debía—, claro, por supuesto que debo —contestó sin más remedio.

Se bajó de la cama apoyando apenas el pie en el piso y comenzó a caminar arrastrando la pierna un poco. La señora Peggy se dio la vuelta para comenzar a caminar. Kagome miró el interior de la habitación, pero cuando trato de mirar a Sesshomaru, él no la miraba. Estaba con el ceño fruncido mirando hacia la cama.

—Venga por aquí, querida.

Kagome la siguió a lo largo de un pasillo oscuro. La madera maciza junto a los candelabros en la pared le daba un aspecto tétrico. El empapelado color crema tampoco ayudaba mucho a la iluminación. La mujer dobló hacia la izquierda y continuó a lo largo de otro pasillo, para después doblar a la derecha y detenerse frente a una puerta de madera maciza. Abrió y Kagome se encontró en una habitación llena de flores y una salita con un par de canapés floreados. El empapelado de la habitación era verde y la sencillez, en comparación con la del conde, era sin duda, reconfortante para Kagome.

La señora Peggy se acercó a la mesita donde estaba una campanilla y tiró de ella.

—¿Le apetece té?

Kagome miró la campanilla y luego a la mujer.

—Supongo que sí.

—Perfecto.

Una mujer apareció casi al instante y la señora Peggy le pidió que les llevara té. Minutos después llegó con una bandeja grande que llevaba unas tazas y un platito de galletas que olía delicioso.

Le rugió el estómago de hambre. Avergonzada miró a la señora Peggy y ella le dedico una sonrisa cálida. Era la primera que recibía Kagome desde que estaba ahí, bueno, desde que estaba en esa época.

—¿Leche?

Kagome nunca había probado el té con leche, así que negó.

—Sabe, no le conozco de nada, pero seré franca —comenzó la mujer.

—Se lo agradezco porque yo…

La señora Peggy levantó una mano para interrumpirla. Kagome cerró la boca y esperó.

—Señorita Kagome, ¿Dónde está su familia?

Kagome enarcó una ceja.

—Referente a eso, creo que hay un pequeño problema.

—Dígame.

—No lo sé, no sé dónde están, ¿me cree si le digo que estoy perdida en un lugar que no conozco?

—Eso creí. Usted no parece una mujer… de la vida fácil

—¿Fácil? —repitió Kagome

—Si usted sabe. No parece de ese tipo de mujer, y sin el afán de ofender, tampoco es de la nobleza.

—No lo soy —la mujer asintió.

—¿Qué tipo de relación tiene usted con lord Taisho?

—Ninguna, en absoluto.

—Pues deberá saber que las mujeres nunca permiten que los hombres entren a la habitación bajo ninguna circunstancia.

—No entiendo.

—Querida, por menos de lo que acabo de ver, mujeres han sido repudiadas por la sociedad.

—¿Usted dirá lo que acaba de ver?

Kagome no sabía si deseaba que se supiera, porque realmente no entendía casi nada. La señora Peggy levantó su taza de té y le dio un sorbo antes de volver a hablar.

—Lord Taisho es un aristócrata y los aristócratas no se casan con mujeres como usted.

Con mujeres como usted, se repitió Kagome. ¿Qué significaba eso? Los hombre se casaban con mujeres, eso era una ley.

—Los hombres con título, no se casan con mujeres sin título. Los hombres como lord Taisho se casan con mujeres ricas e hijas de nobles —explicó al ver su desconcierto. Y Kagome ahora sí que lo entendió.

Como la Sango de esa época, repitió. De pronto, la verdad la azotó en la cara como un rayo. Por más esfuerzos que hiciera, el conde nunca se iba a casar con ella o dar protección porque no tenía título ni era rica, vaya, ¡Por Dios!, ni siquiera sabía de donde venía.

Un nudo ingrato se le formó en la garganta casi al instante.

—Eso creí —dijo la mujer—, querida mía, debes ser un tanto ingenua, por eso me vi en la necesidad de decirte la verdad. Desde el momento que entraste aquí, la inocencia te brotó por los poros. Y el hecho de que no trajeras una doncella contigo, me dejó claro que no eras nadie. Tienes suerte que haya sido yo quien los encontró. De lo contrario habría sido una mancha enorme para ti. He visto demasiadas cosas como para sentirme horrorizada con eso, pero créeme cuando te digo que sé de lo que te hablo. Pon los pies en la tierra y mira más abajo, no me cabe duda que tu madre no te explicó bien cómo funciona esto.

No eras nadie.

Las palabras de la mujer pudieron haber sido menos crudas, pero no lo eran, y daban directo en las esperanzas de Kagome.

Así que se levantó del canapé y se limpió una lágrima invisible que amenazaba con escapar.

—Agradezco mucho sus consejos, señora, ahora creo que quiero irme de aquí.

—Claro, debes estar cansada después de todo lo que sabes, pero me gustaría que pensaras bien lo que te he dicho. Usted me agrada mucho, señorita.

—Gracias.

Kagome se dio la media vuelta y caminó con rumbo a la puerta para volver a la habitación. Necesitaba descansar, después de todo el pie sí seguía doliéndole a pesar de que tratara de aparentar que no dolía, aunque en realidad le dolía más el pecho y la garganta que otra cosa. Estaba sola, absolutamente sola en ese lugar y por supuesto que tenía derecho a comportarse de esa forma.

Pero es que estaba en un lugar que no conocía, alejada de su propia civilización, de su época, de sus amigas y del mundo en general, porque no conocía nada.

Se pasó las manos por el vestido para tratar de controlarse. La mujer pasó a un lado de ella y abrió la puerta antes de que Kagome lo hiciera.

—Pase buena tarde, señorita.

—Igualmente. Buenas tardes, señora Peggy.

Entonces, Kagome dio un paso hacia afuera y esperó a escuchar a que la puerta se cerrara. Eso no pasó, por el contrario, escuchó a la mujer decir:

—Y recuerda también que los hombres son criaturas salvajes por lo que nunca les des más de lo que se merecen.

Esas palabras. Kagome se giró sobresaltada. Eran las mismas palabras que había escuchado de la adivina en el parque, cuando había salido con Sango. Sin embargo, antes de poder terminar de girar, la puerta se azotó. Y cuando Kagome quiso girar el pomo y pedirle una explicación, el pomo no giró.

Toc toc

Llamó, pero la puerta no se abrió, ni cuando tamborileó insistente.

—¿Sucede algo, señorita? —una de las doncellas se iba acercando por el pasillo. Llevaba un par de sábanas en la mano.

—Por favor, necesito hablar con la señora Peggy —la doncella la miró dubitativa. Luego carraspeó.

—Me temo que eso será prácticamente imposible.

—¿Cómo dice? —murmuró, sin entender.

—Me refiero a que la señora Peggy está indispuesta. Esta mañana enfermó de gripe y no ha bajado de su habitación.

—¿Qué? Pero si acabo de hablar con ella —dijo a la chica, sintiendo como los pelos de la nuca se le erizaban.

La chica la miró extrañada, pero si pensó que Kagome estaba loca, no lo dijo.

—Bueno, si usted lo dice, ahora mismo subo a su habitación y le diré que desea hablar de nuevo con ella.

—Por favor.

—Puede esperar aquí.

La doncella metió la mano en el bolsillo y sacó una llave que metió en la puerta e hizo girar. La puerta cedió con un ligero clic, y cuando Kagome vio la habitación por dentro, se encontró con todo absolutamente vacío. Bueno, refiriéndose a que no había nadie ahí. No estaban las tazas de té, ni las galletas que había probado. Y entonces, Kagome se dio cuenta de que no había rastro de té en su boca, ni del sabor de la galleta que aparentemente había comido.

Los pelos de la nuca se le erizaron más, si es eso que era posible, y sintió que la frente se le perlaba de sudor. ¡Cielos! ¿Qué había sido aquello? ¿Había hablado con un fantasma? No, no, todo había sido tan real. El té, las galletas, la mujer, y… y las palabras que le había dicho, las mismas que la adivina.

De pronto se sintió mareada. Necesitaba descansar y superar la situación. Volviéndose hacia la doncella, se tocó la frente y dijo:

—Sabe, creo que no será necesario, es mejor que hable con ella después.

—Claro.

Y Kagome salió pitando de ahí. Cuando llegó a su habitación Sesshomaru ya no estaba, como era de esperarse, y por el contrario, encontró a otra doncella metiendo su ropa, la poca que había logrado conseguir de la condesa, dentro de la maleta que había traído.

—¿Qué sucede? ¿Por qué está metiendo mi ropa en la maleta?

—Disculpe, señorita, son ordenes de lord Taisho.

—¿Por qué Lord Taisho ordenaría algo así? —Kagome se sentía al borde de las lágrimas. Lo primero que le pasaba por la cabeza era que Sesshomaru había decidido que no cargaría con ella más días y que decidía botarla a la calle. Casi sintió que el piso se movía.

Todo estaba saliendo mal.

Todo.

Y se sentía terrible.

—Porque nos vamos a Yorkshire —dijo una voz detrás de ella. Las lágrimas que amenazaban con escapar, retrocedieron, y en cambio, soltó un suspiro de alivio. Sesshomaru estaba parada en el marco de la puerta con su traje pulcramente limpio. La miraba como si no hubiese pasado nada entre ellos hacia un momento y Kagome no supo si sentirse aliviada o preocupada.

—Milord.

—Vamos que no tengo todo el día.

El viaje de regreso a Yorkshire fue todo un lio en comparación con el de llegada. A Kagome cada vez le dolían más el trasero de llevarlo aporreado por el traqueteo del carruaje. No entendía como Sesshomaru podía ir delante de ella, con las piernas estiradas y los brazos cruzados, completamente despreocupado. Los brazos los llevaba tensos, sí, pero no parecía que fuese por el movimiento, sino por tener que ir a su lado.

Hubiese preferido que volviese a ir a caballo como lo había hecho antes, pero la noche los había tomado en el camino, y para él era más seguro ir dentro. Aunque igual, pensó que a él no le habría costado nada ir afuera, pero por alguna razón estaba sentado enfrente.

Ella carraspeó.

Sesshomaru abrió los ojos.

—Lamento lo de la mañana —dijo. Él la miró.

—No habrá problema alguno por lo ocurrido, la señora Peggy no pareció decir nada porque no hubo rumores.

—Sobre eso… —empezó a decir ella, pero se detuvo. ¿Qué le iba a decir? ¿Que se había encontrado con un fantasma? No, claro que no. Él no le creería—. Yo hablé con ella y supongo que no dirá nada.

—No me lo creo —Sesshomaru había encogido las piernas, ahora puso los codos sobre sus rodillas tirando el cuerpo hacia adelante. Muy cerca de ella. De por si el carruaje era pequeño y con cada movimiento sus rodillas se rozaban haciéndola saltar por la sensación eléctrica que la recorría.

—Ella lo ha dicho. Dice que yo no soy una mujer de las que se casan con hombres como usted. —Sesshomaru arrugó el ceño y ella agregó: —Y a decir verdad, mi comportamiento deja mucho que desear. No debí haber provocado todo esto.

—Me alegro que se dé cuenta, pero el daño está hecho y yo no podría dejarla después de lo ocurrido. Nunca se sabe cuándo un rumor puede esparcirse.

—Sí, pero no soy de la nobleza, así que da igual si…

—Ni hablar —le cortó él—, no podría, así que he decidido pedirle ayuda a Sango para que le ayude a encontrar un marido adecuado.

Kagome había estado mirando sus manos, y de pronto, al escucharlo, levantó la cara sin saber qué decir.

Sesshomaru la miraba como si fuese lo más fácil del mundo. Como si con decir eso, todo se fuese a resolver. Ella se sintió peor.

—He dicho que no es necesario.

Pues sí que lo era se dijo, porque se suponía que necesitaba sustento y un lugar en el que estar y aunque él no iba a tenerla por mucho tiempo, al menos la ayudaría a encontrar algo adecuado. Y Kagome ya no comprendí nada. Necesitaba marido, pero por alguna razón la idea de estar lejos de él le ponía triste.

—En cuanto lleguemos, arreglaré un par de cosas y luego iremos a Londres. Sango sabrá que hacer.

Y con eso Kagome imploró sentirse feliz, pero realmente no lo estaba.

Continuará…

Hola, gente bonita, lamento mucho la tardanza. Estos últimos meses han sido muy difíciles para mí tanto por problemas de salud como asuntos de tiempo para poder sentarme a corregir. Hace un par de semanas borraron unos de mis fics aquí y me vi tentada a dejar de publicar en la plataforma, pero he decidido terminar todo lo que tengo empezado antes de tomar cualquier decisión.

Este capítulo lleva meses en mi ordenador y apenas hasta ahora me pongo a corregirlo, y como dije lamento la tardanza, trataré de ser más constante ahora para terminar rápido. También agradezco la espera y sus comentarios. Bienvenidas las nuevas lectoras y espero que hayan disfrutado el capítulo.

Es mi primer fic de época y espero que esté siendo de su agrado.

¡BESOS Y HASTA LA PRÓXIMA ACTUALIZACIÓN. NO OLVIDEN QUE LEER Y NO DEJAR REVIEW ES COMO MANOSEARME UNA TETA Y SALIR CORRIENDO!

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