Don't Stop the Party — The Black Eyed Peas

ATENCIÓN: USO no consentido de drogas, mención de drogas.


Don't Stop the Party

Cuando llegó a casa, ya era entrada la tarde. A esa hora, lo normal habría sido que estuviera cambiándose de ropa y pensando en verse con Anthea en la discoteca, pero lo cierto era que no le apetecía nada salir. Con el tobillo hinchado como lo tenía tampoco iba a poder bailar, de todas formas. Y para estar de sujeta vasos en la barra no pensaba pagar el precio de la entrada. Por mucho que Anthea insistiera en que le acompañara.

Sacó las llaves de su mochila, oyendo como el taxista se marchaba por la carretera. Debía estar contento. Le había cobrado una barbaridad solo por llevarle a casa. Mientras giraba la llave en la cerradura, volvió a recordar por qué había vuelto en taxi.

Maldito Lestrade.

Cerró la verja y cojeó hasta la siguiente puerta, sintiendo destellos de dolor cada vez que apoyaba el pie. Todo su pensamiento, de repente, centrado en que no fuera una lesión. Si solo era un esguince, se iría en unos días, la inflamación bajaría en cosa de horas y podría volver a bailar el lunes... aunque se quedaría sin practicar las piruetas.

Maldito Lestrade.

—¡Estoy en casa!

El silencio en respuesta y la ausencia del coche de sus padres le dijo que estaba solo en la casa. Genial. Así no tendría a su madre echándosele encima preguntando por qué llegaba tarde y qué demonios se había hecho en el pie...

Una mujer de cabello rubio canoso salió de una de las habitaciones, con un trapo en las manos. Dejó escapar un suspiro decepcionado, preparándose mentalmente para lo que vendría. Ataque maternal en tres, dos...

—¡Micky! Es muy tarde, ¿perdiste el tren? ¿Qué le ha pasado a tu pie? —exclamó, horrorizada mientras se le acercaba. La mujer olía a aceite de freír y a patatas, además del sutil perfume de lirios del valle que le habían regalado las navidades pasadas. Sus manos frías le cogieron las mejillas, examinando su cara y luego llenándole de besos.

Vale, eso era más que suficiente.

—¡Mamá!

Luchó por apartarse, zafándose de ella como pudo. Maldijo cuando se posó sobre el tobillo, dando un salto hacia atrás para evitar caerse y recuperar el equilibrio. La bolsa estuvo a punto de desequilibrarle, pero por suerte, eso no sucedió. Impactó contra los cojines, la bolsa cayendo sobre su regazo. hizo una mueca por la postura, y escuchó los pasos apresurados que bajaban las escaleras de madera desde el piso de arriba. Las pezuñas de un perro corriendo tras ellas resonaron en su cabeza igual que una condena. Cerró los ojos, gruñendo, y dejó caer la cabeza contra el respaldo mullido del sofá.

—¿Te has caído? ¿Necesitas hielo? —preguntó su madre, su atención desviada hacia el tobillo de Mycroft en el momento en el que éste se quejó por el dolor.

—¿Fatcroft se ha caído? —preguntó la infantil voz de un rió tras él. Una mano le tiró del pelo cuando un crío de once años asomó por detrás del respaldo del asiento.

—Sherlock, ¿qué hemos hablado de ese tipo de palabras?

—Sí, mami —Mycroft casi podía ver como el niño ponía los ojos en blanco —¿Mycroft se ha caído?

Maldijo y trató de levantarse para empujar a su hermano menor lejos de él, cuando un enrome cerrojo cobrizo aterrizó sobre su estómago, dejándole sin aire. Una de sus patas se clavó en mitad de su estómago y la otra sobre su entrepierna mientras el animal meneaba la cola, feliz de tenerle de vuelta. Para colmo, su cara tardó nada y menos en llenarse de babas. Babas de perro. Babas para nada higiénicas. Bajo ninguna circunstancia. Prefería no pensar dónde podría haber metido el chico la boca últimamente, o pasaría de tener arcadas a vomitar, sin pasar por la casilla de salida.

¿Acaso era el día de "agrede-fisicamente-a-Mycroft"? Porque en el calendario no lo ponía, desde luego.

Notó unos dedos fríos sobre su tobillo hinchado, a través del vendaje, y tuvo que luchar consigo mismo muy ferozmente para evitar dar una patada a su madre. Realmente, realmente, él no necesitaba que le tocaran el pie justo ahora. ¿Era mucho pedir que le permitieran coger una bolsa de guisantes congelados de la cocina y le dejaran en paz unas horas?

Al menos su padre aún no estaba en casa...

Maldito Lestrade, Maldito Lestrade… Maldito, maldito, maldito…

Y ahora iba a perderse también la feria de libros que había el domingo en la ciudad. Porque de ninguna manera iban a llevarle sus padres, muchas gracias. Simplemente, perfecto.

Intentó apartar al perro sin hacerle daño, tomando su pecho con las manos y empujándole con suavidad hacia atrás, pero éste parecía empecinado en su labor de llenar la cara de Mycroft con apestosas babas calientes, empujando y estirando el cuello, lanzando la lengua en un intento desesperado de parecer una serpiente. Igual que si fuese su único propósito en la vida. Reparó en el pañuelo negro con calaveras pintadas con corrector líquido que llevaba atado al cuello, e hizo una mueca. Pobre animal.

— ¡Barbaroja, deja a Mycroft! Ve a jugar con Will, anda —lo azuzó su madre.

Violet Holmes era una mujer amante de los animales en circunstancias normales, pero al igual que al mayor de sus hijos, a veces simplemente no eran las más oportunas criaturas. El perro de pronto desistió en su intento de embadurnar la cara de Mycroft, y dio un ladrido feliz antes de saltar del sofá en un movimiento que los saltadores de trampolín envidiarían. Luego se dio a la fuga rápidamente, las zarpas rascando el parquet. Sherlock saltó por encima del sofá, sin consideración ninguna por su hermano, y rodó antes de hacer lo mismo que el perro. Se puso en pie al llegar al suelo y se recolocó el parche de juguete que llevaba en el ojo derecho antes de mirar a su madre, exasperado.

Sherlock, mamá. Will es un nombre tonto. Los piratas no se llaman Will —justificó, muy serio. Luego le sacó la lengua a Mycroft, y salió corriendo detrás de Barbaroja — ¡A las jarcias, marineros de agua dulce!

—¡No se corre por casa! —exclamó, para luego menear la cabeza, chasqueando la lengua con desaprobación —. Ten hijos para esto…

La mujer suspiró cuando oyó como la ventana del jardín trasero se abría, y siguió atendiendo el tobillo de Mycroft. Tras examinarlo, mientras el chico apretaba los dientes para evitar faltarle al respeto a su señora madre (con nefastas consecuencias para su persona y su escasa vida social), se levantó, con las manos impulsándose en las rodillas. Dejó escapar un suspiro cansado.

—Voy a ir a por unas tijeras para cortar esas vendas, y te acercaré la pomada anti inflamatoria. No estoy segura de que vaya a ayudar mucho, pero esperemos que no sea nada.

—Realmente, lo que me urge es la bolsa de hielo. Si no me hubierais saltado todos encima como si me estuviera muriendo, quizá habría podido cogerla cuando llegué.

Violet meneó la cabeza, marchándose escaleras arriba hacia el baño.

—Niños...

El móvil de Mycroft vibró dentro de su chaqueta, y lo cogió. Era un mensaje de Anthea.

¿Vienes a Boujis? Hoy hay buena música.

A

Apretó los labios, levantándose del sofá con cuidado. Escribió una respuesta apresurada mientras cojeaba hasta la cocina.

No puedo, lo siento.

M

Abrió la puerta del congelador mientras descansaba el pie hinchado sobre las losas frías del suelo de la cocina, sintiendo algo de alivio. Rebuscó entre las bolsas de congelados. Cuando consiguió una bolsa de medio kilo de guisantes, volvió a mirar el móvil.

¿Y a Haven?

A

Gimió, contrariado mientras se dejaba caer sobre el sofá. Encogió la pierna y dejó el paquete de guisantes sobre su tobillo, siseando cuando el frío hielo del plástico le tocó la piel.

Tobillo inflamado. Tengo que hacer que baje este fin de semana. Nada de moverse.

M

La respuesta de Anthea no se hizo esperar. Tomó su ordenador de la bolsa, desenterrándolo de debajo de la ropa, y lo abrió en busca de nuevas actualizaciones en las historias que seguía, o de un nuevo capítulo de Bones que aún no hubiera visto. Mycroft adoraba leer. Era su gran hobby después de la danza, por supuesto. Devoraba cuanto se ponía a su paso, acabando libros de mil páginas en cuestión de pocas horas. Y si a veces no le apetecía nada en concreto y de vez en cuando buscaba distracción en historias sin derechos de autor y libres de ingresos en internet sobre sus personajes favoritos, y algunas resultaban ser un poco subidas de tono... Bueno. Había cosas que la gente simplemente ni debía ni quería saber.

De todas formas, era un adolescente casi adulto, aburrido y de hormonas inestables. Sinceramente, ¿qué esperaban de él? Bastante racional era la mayor parte del día. También podía permitirse sus pequeños momentos de locura.

Mierda. Te caíste. ¿Cómo demonios te caíste?

A

Gruñó, recordando el motivo de su dolorido tobillo hinchado.

Me distrajeron.

M

Vaaaale. Solo hay una cosa capaz de distraer al gran Holmes. Pero dudo que fuera el caso. ¿Qué pasó?

A

Un imbécile estaba husmeando por la ventana trasera. Olvidé cerrar las cortinas. Le vi y me desconcentré.

M

¿Alguien de interés, al menos?

A

Todo lo contrario, más bien. Je suis un stupide.

M

Ugh. Realmente estás molesto. Francés.

A

—Mycroft, hijo, deja el móvil un momento. Te vas a quedar sin pulgares, a este ritmo. Seguro que tu amigo puede esperar dos minutos.

No pudo evitar poner los ojos en blanco, y sisear cuando notó los dedos de su madre sobre la parte baja de su tobillo, tratando de no presionar la piel herida y fallando en el intento. Dejó el móvil en el cojín a su lado y cerró los ojos mientras su madre le aplicaba la crema con cuidado sobre a piel inflamada. Mycroft apretaba los dientes, haciendo todo lo posible por no quejarse. Sabía que estaba intentando hacerle el menor daño posible, pero no era sencillo, estando el tobillo tan hinchado y dolorido, así que no le quedó más remedio que aguantar y esperar a que terminara.

A penas notó cuando los dedos dejaron de hacer presión, algo aliviado con el frescor de la crema. La mano de su madre se posó en su cabeza y abrió los ojos, viendo como todo su tobillo brillaba. Colocó la pierna de manera que estuviera cómodo, con el pie suspendido en el aire, y abrió su mochila para alcanzar el libro de filosofía, pensando en comenzar (y terminar) una redacción sobre la obra de Maquiavelo y su filosofía materialista, comparándola con el comunismo propuesto por Marx, escribiendo una justificación a cerca de cual de los dos sistemas ofrecía una opción más sostenible en un mundo moderno a modo de argumento de opinión. Mentiría si dijera que no había disfrutado cada parte de El Príncipe. La forma analítica en la que se traba la manipulación y el hecho de que la justificación sobre lo bueno o malo de las acciones no estuviera en entredicho siempre y cuando se lograra el fin propuesto era cuanto menos curioso.

Por supuesto, Mycroft era más que bueno a la hora de debatir, y era perfectamente capaz de situarse a favor y en contra de cualquiera de las partes si así lo deseaba, encontrando argumentos más que válidos y réplicas para ambas partes si así lo deseaba. no en vano, había sido uno de los alumnos más destacados del club de debate.

Suspiró cuando abrió el libro, solo para asegurarse de que tenía un soporte rígido en el que posar el papel en el que escribiría. Realmente no necesitaba hacer consultas. Recordaba todo lo que había leído de manera increíblemente precisa. Miró su teléfono una última vez, haciendo una mueca. En ese momento podría estar en la discoteca, disfrutando de buena música y bailando, además de catando el mercado. Pero no. En su lugar estaba en casa, haciendo ejercicios de tareas que le llevaría solo un par de horas terminar, y con un tobillo inflamado. Y todo era culpa de una sola persona.

Maldito Greg Lestrade.


This is that original

This has no identical

You can't hack my digital

Future Aboriginal

Get up off my genitals

I stay on that pinnacle

Kill you with my lyricals

Call me verbal criminal

—¡Greg! ¡Greg, tu copa!

— ¡Gracias Sally!

Los cuerpos de la discoteca se movían al ritmo de la música, saltando y retorciéndose. Greg podía ver alguna barrita luminosa moviéndose entre las masas de gente, desplazándose arriba y abajo como las olas de un mar embravecido. El aire estaba cargado con colonia y sudor, y los Balck Eyed Peas marcaban en ritmo, los baffles latiendo con los golpes de los graves como un corazón, haciendo retumbar el suelo y las paredes.

Con la mano en la que sostenía la copa en alto, meneándose de vez en cuando al ritmo de la música, Greg empezó a desplazarse en dirección al otro lado de la pista, donde el resto de sus amigos los esperaban. Una de las chicas que tenía bailando delante chocó con él y, en lugar de disculparse, se pegó a su cuerpo, moviéndose de una manera que Greg dudaba que pudiera clasificarse como baile. Era más un frotamiento. Habría jurado que era rubia, pero bajo aquella luz, bien podía tener el pelo teñido de rosa, que no se habría dado ni cuenta.

Send you to that clinical

Subscribe you some chemicals

Audio and visual

Can't see me, invisible

I'm old school like Biblical

Futuristic next level

Never on that typical

Will I stop?

I'll never know

Se apartó con cuidado, tratando de no parecer desconsiderado, y cuando desapareció, la chica simplemente se pegó a otro y siguió bailando. Hizo una mueca de desagrado, y aprovechó un pasillo abierto entre la multitud para llegar hasta donde estaban sus amigos. Mientras que Anderson estaba bailando y consultando du móvil, Sebastian se movía como si estuviera a punto de tener un ataque epiléptico, sufriendo espasmos que pretendían, según creyó entender Greg, imitar alguna clase de baile moderno entre el hip hop y el street-dance. O por lo menos quería creer que era una mala imitación y no un baile real.

Comparado con lo que había visto esa tarde un poco más temprano, aquello parecían los espasmos previos a la muerte de un pato con Rabia. Los movimientos de ese bailarín habían sido tan precisos, tan coordinados... Estaba tan seguro de que era Mycroft Holmes... Y lo peor de todo el asunto, era que no sabía exactamente cómo sentirse al respecto.

Siempre había estado cómodo consigo mismo. Se consideraba un tío capaz, en cuanto a relaciones se refería. Nunca había pasado largos periodos de tiempo sin novia o sin un lío que lo mantuviera ocupado, y jamás se había cuestionado su sexualidad. Le gustaban las mujeres. Las cosas blandas y suaves, y una buena delantera captaba su atención, por supuesto. Era limitadamente considerado, pero no era ciego. Era un excelente amante, y tenía una buena colección de miembros de la comunidad femenina ampliamente satisfechas y con buenísimas referencias.

Pero esas mallas... Ese baile.

El año anterior había empezado a cuestionarse si realmente era tan heterosexual como siempre creyó. Había estado fijándose demasiado en los comentarios apreciativos que Donovan hacía sobre otros tíos que no eran Anderson, se había descubierto mirando más de la cuenta a los jugadores de fútbol del Arsenal (y no precisamente para estudiar su técnica), y descubriéndose a sí mismo perplejo ante una pregunta del test que le hicieron para una encuesta sobre sexualidad, todo porque una alumna de psicología estaba buscando participaciones para su trabajo de fin de carrera. Una de las casillas a rellenar preguntaba la orientación sexual del encuestador, y todas las demás versaban en general sobre datos en profundidad sobre las rutinas, el uso de seguridad y el nivel de comodidad con el acto en sí, así como la frecuencia y los cambios de pareja. Greg había rellenado su formulario casi de los primeros, sintiéndose satisfecho consigo mismo al terminar, y por pura curiosidad, terminó leyendo el de las demás opciones del espectro. Estaba tan enfrascado en su lectura en profundidad de las preguntas, tomándose muy en serio cada una de ellas, que la profesora que revisaba que todo estuviera en orden le preguntó si le ocurría algo.

Greg no había sabido exactamente a quién acudir, con quién hablar sobre el tema. Sus amigos eran quizás los menos indicados. No tenía suficiente confianza con ninguno de ellos como para arriesgarse a exponer sus dudas y ser juzgado y lo último que había querido era quedarse solo, así que la mayor parte del tiempo se la pasaba fingiendo que no pasaba nada. Y el forzarse a actuar como siempre, solo había hecho que se sintiera más y más confuso. ¿Realmente le interesaba ese jugador con un culo espectacular y brazos como piernas, o solo era envidia mezclada con admiración? Tal vez solo estaba pasando por una época en la que necesitaba experimentar, y aquello solo era un paso más. Si lo probaba una vez, eso no le convertía automáticamente en gay, ¿cierto? Y estaba cien por ciento seguro de que las mujeres seguían gustándole. Bicurioso, ¿entonces? ¿O simplemente bisexual con mayor preferencia por las mujeres? ¿Era eso si quiera posible? ¿Desarrollar una preferencia por ambos, pero uno con mayor frecuencia e intensidad que el otro?

Su historial de internet (oculto solo por la vigilancia de sus padres, por supuesto), había pasado de ser mayormente porno, a ser páginas de investigación y muchas de ellas, pertenecientes a asociaciones de la comunidad LGTB centradas en la explicación de los espectros de la sexualidad humana.

Greg, por aquel entonces, se había encontrado a sí mismo enfrentado en auténticas discusiones consigo mismo cuando determinados pensamientos acudían a su mente. Aunque era visto como alguien "fuera de la ley", en el fondo le gustaba ser considerado y le molestaban los abusones. Fuera cual fuera el motivo del abuso, una persona no tenía derecho a dañar a otra de cualquier forma solo por ser diferente. Una vez le saltó los dientes a un estudiante un año mayor solo por insultar a un chico de su curso por ser transexual, y amenazarle muy explícitamente. Acabó en el despacho del director, y limpiando graffitis de las paredes del centro durante un mes, además de ser castigado por sus padres en casa. Otra vez había golpeado a un tipo en una discoteca que trató de obligar a una chica borracha y muy drogada a dejar que se la follara en los baños. La siguiente pelea fue por una chica insultando a otra. Al parecer una había roto con la otra, y la que estaba gritando llevaba maltratando a la otra todos los meses que habían estado saliendo, impidiendo que se vistiera como quería o que hablara con nadie que no fuera ella. Si no la pegó, fue porque los modales arraigados se lo impidieron. Pero le anduvo cerca.

No estaba orgulloso de usar la fuerza como método de resolver conflictos, pero prefería eso que quedarse de brazos cruzados.

El problema real había sido cuando él mismo era su propio enemigo social. Cuando los pensamientos horribles que nunca creyó tener invadían su mente, sentía vergüenza y repulsión hacia sí mismo por siquiera pensar de esa manera que siempre odió. Era como el pez mordiéndose la cola. Un conflicto infinito, interminable. ¿Y qué, si también le gustaban los tíos? ¿Hacía eso alguna diferencia en lo que él era? ¿Le hacía mejor? ¿Le hacía peor? ¿Qué importaba lo que pensaran los demás? Se suponía que hacía gala abiertamente de que justo eso, la opinión ajena, no le importaba en absoluto. Y, sin embargo, allí estaba. Siendo completamente sinceros, había momentos en que simplemente tenía ganas de mandarlo todo al carajo. A veces simplemente tenía ganas de responder a las pullas de sus "amigos" solo por ver su reacción. Por sentirse liberado, de alguna manera. Pero el miedo a la soledad acababa ganando, y finalmente no dijo nada.

Y así, la confusión fue haciéndose más y más grande. Hasta que, por fin, había aceptado que los chicos sí le gustaban. igual que le gustaban las chicas. Aunque que lo hubiera aceptado no significaba que lo hubiera hecho de dominio público. quizá en unos meses, cuando entrara por fin en la universidad, todo sería distinto.

Estaba seguro de que la pelota le estallaría en la cara tarde o temprano. Y el chico de las mallas akka supuesto-Mycroft-Holmes, no estaba ayudando en absoluto a contenerlo.

— ¡Ey, Leslelo! —la estridente voz de Sebastian le sacó de su ensoñación, y descubrió que hacía rato que había soltado su copa. Él la estaba sosteniendo en su lugar, junto con la de él. Alargó el brazo y se la tendió — ¡Esto es una fiesta, no el aula de castigo! Sonríe un poco, tío.

Una mano se posó en su hombro y vio a Anderson a su lado, despegado del teléfono.

— ¿Estás bien? Pareces mareado.

Greg asintió, agitando la cabeza para despejarse, quitándole importancia al asunto con un movimiento de la mano.

— Sí, sí. lo siento tíos. Estaba pensando.

—Buuuu, que peligro tiene eso... —se quejó Sebastian, que seguía moviéndose espasmódicamente.

No pudo evitar poner los ojos en blanco ante eso. Wilkes era simplemente un caso perdido.

Se pasó una mano por el pelo, rígido por la cera, y dio un sorbo a su copa. reprimió una mueca de asco. Sabía a rayos, pero debía ser cosa suya.

— Voy a bailar un rato. Sally vendrá ahora —anunció, gritando para hacerse oír por encima de la música. Tomando aire, terminó su copa de un trago antes de tener el vaso vacío a Anderson y sonreír con suficiencia —. Deséame suerte.

Se despeinó un poco más con las manos, se atusó los pantalones, estiró de la camiseta para recolocarla, y saltó hasta la pista de baile, meneándose al ritmo. ni siquiera se molestó en fingir que sabía bailar. Nadie allí parecía tener más idea que él, y sin embargo nadie les maltrataba por ello.

Cerró los ojos, sintiendo como le hormigueaban las puntas de los dedos y como todo su cuerpo empezaba a relajarse, presa de la música. Eso era lo que hacía mágicas las noches de los viernes. La libertad y el descanso, la locura desatada de estar pasándoselo bien y no ser consciente de la hora ni que le importara. El poder desplegar sus encantos en un ejercicio se seducción que le encantaba y que requería de cada gramo de su mejor estrategia, de cada centímetro de su concentración para la caza. Greg amaba flirtear. Casi podía decir que le gustaba mucho más que el sexo en sí. Ella movió sus caderas de una manera que hizo que el estómago de Greg se contrajera, y movió la cabeza en respuesta, acercándose un poco más para bailar con ella. Quizá no era el único allí que estaba de caza. Y a ella parecía gustarle lo que veía. No podía decir que los tejanos negros y la camiseta de Green Day fueran algo memorable, pero no era lo peor que había llevado a una discoteca.

Una chica de cabello oscuro con un top holgado y corto que dejaba su ombligo y su tonificado estómago al descubierto, vestida en unos leggins y con un pañuelo azul colgando de la cintura, se acercó a él en lña oscuridad. Sus pulseras y el colgante que llevaba se agitaban cuando saltaba, y se estaba riendo. Era una risa muy bonita de ver, y Greg se preguntó cómo sonaría.

No supo cuantas canciones habían pasado, hasta que volvió a mirarla con un flash de foco blanco, y la vio moverse de una manera que le recordó al chico del ballet. Con una elasticidad que la hizo parecer de goma, bajo las luces de colores.

Se llevó una mano a la cabeza, repentinamente mareado y con ganas de vomitar. Sentía que todo el suelo se movía, y por un momento pensó que se había pasado con las copas. Pero eso era imposible, porque solo había tomado una. Estaba muy seguro de ello.

Quizá estaba en mal estado... quizá por eso le había sabido a rayos. Quizá simplemente es que se estaba poniendo enfermo. La chica que había estado bailando con él se le acercó y le puso la mano en la frente, esquivando al tumulto. luego le rodeó el cuerpo con un brazo y lo ayudó a salir de la masa de gente saltando. Greg la siguió por inercia, sintiéndose cada vez más y más mareado, intentando por todos los medios no vomitar. O al menos, no hacerlo hasta que estuvieran en la calle.

En cuanto dejaron atrás el ruido de la discoteca y el aire fresco de la calle le golpeó, se sintió a sí mismo doblarse. Se apoyó contra un coche mientras una arcada le sobrevenía, y no pudo hacer otra cosa que vomitar mientras seguía notando que se le iba la cabeza. En algún momento, se quedó sin nada en el estómago, y empezó a sentir una muy molesta presión en la cabeza cuando las arcadas le atacaban y no podía seguir vomitando.

Fue vagamente consciente del segurata de la puerta pidiéndoles que se apartaran un poco de la entrada, y de la chica preguntándole si quería que llamara un taxi.

Greg se dejó caer hasta el suelo y se sentó en el bordillo de la acera, con la cabeza entre las rodillas mientras el mundo entero daba vueltas. Se obligó a respirar por la nariz y expirar por la boca, cerrando los ojos en un intento por reducir el mareo. La mano de la chica estaba sobre su espalda, frotándole los hombros con cuidado.

— Estoy bien —graznó, con la voz tomada.

— Ajá. Pero en casa estarás mejor, créeme.

No fue capaz de replicar, porque otra arcada le subió desde el estómago a la garganta, y se estremeció de los pies a la cabeza.

El taxi se detuvo delante de él, y la chica le ayudó a subir al asiento trasero, abrochándole el cinturón de seguridad mientras murmuraba la dirección al conductor del taxi. El hombre lo observaba desde el retrovisor, preocupado por la integridad de su automóvil, y se apresuró a abrir la ventanilla de su lado para que tuviera ventilación y un lugar a través del cual vomitar si lo necesitaba, sin que su tapicería sufriera por ello.

Pero en realidad, más calmado por el aire fresco y las vomitonas, Greg cerró los ojos y entró en un estado de suave sueño tranquilo. Cuando despertó, el taxista le había dejado delante de la puerta de su casa. Había bajado, abierto la puerta del conductor y desabrochado su cinturón.

— ¿Necesitas ayuda, chico?

El que greg ni asintiera ni negara fue suficiente para que el hombre se pasara uno de sus brazos por el cuello, y lo arrastrara hasta la puerta de su casa.

Greg agradecería al día siguiente, que no fuera ni la una de la mañana cuando eso pasó.