New Americana — Halsey


New Americana

Cuando despertó por la mañana, le dolía la cabeza com si le hubieran arreado con una pala. Era, sin lugar a dudas, la resaca más inmerecida que había tenido nunca.

Inmerecida, porque ni siquiera se había llegado a terminar una copa decente. Al menos, no que él recordara.

Gruñó cuando detectó por fin el horrible sonido de una vibración debajo de su almohada. Si no se encontrara tan mal, lo habría dejado estar y habría seguido durmiendo, pero le molestaba demasiado como para que pudiera ignorarlo. Cada golpeteo era como un tambor resonándole en la cabeza, una y otra vez.

Con los ojos legañosos, rebuscó bajo la almohada hasta sentir el tacto frío del teléfono. Lo empujó hasta poder verlo, y cerró los ojos ante el brillo repentino de la pantalla. Gracias a Dios, la vibración se detuvo, y suspiró. Abrió los ojos lentamente, maldiciendo, y se concentró en enfocar la mirada En la pantalla había un mensaje de un número desconocido. No le habría dado la menor importancia en otras circunstancias, pero por alguna razón, decidió que era buena idea leerlo.

El número no le sonaba de nada, aunque francamente, no estaba en condiciones de recordar grandes acontecimientos en ese momento. El mensaje, sin embargo, le hizo despertar repentinamente de su sopor.

Hola. Soy la chica que te llevó al taxi ayer. No te acordarás de mí, pero quería asegurarme de que estás bien.

A

Luego había otro mensaje, más abajo.

Vamos juntos a matemáticas. Soy Anthea, por cierto.

A

Greg parpadeó, recordando vagamente haber visto a una chica llamada Anthea en su clase de Matemáticas alguna vez. ¿Le habría tirado los trastos? Muy probablemente lo había hecho. Genial.

Deslizó el dedo por la pantalla de notificaciones, realmente sorprendido ante la ingente cantidad de ellos que tenía pendientes por leer. La mayoría eran de Sally, había dos de Anderson y una llamada perdida de Sebastian.

(1) Lamada perdida de Seb W. 01:30 am

(01:10 am) ¿Dónde estás? -S

(01:15 am) En serio Greg -S

(01:21 am) No tiene ni puta gracia -S

(01:25 am) Contesta -S

(01:31 am) Al menos cuelga si estás follando -S

(01:31 am) Sally me tiene hasta los huevos. ¿Dónde coño estás? -A

(01:32 am) ¿Estás bien? No te vemos -S

(01:40 am) Seb está pedo. Nos lo llevamos a casa -S

(01:54 am) Tío, llama -A

(02:04 am) Acabo de llamar a tu madre. -S

(02:10 am) Llámame en cuanto despiertes -S

—Joder...

Deslizó los dedos para marcar el código de desbloqueo, y se apresuró a abrir el primer mensaje, el del número desconocido.

¿Cómo has conseguido mi número?

G

El mensaje no había sido recibido muy temprano, por lo que con un poco de suerte, quizá pillaba a la chica despierta.

No tuvo que esperar mucho para averiguarlo.

Averigüé tu pin y te dejé un mensaje. Simple

A

Greg arqueó una ceja. Averiguar el pin de alguien no es fácil ni simple. Y mucho menos recomendable era darle a alguien que no conoces (por mi compañero de clase que sea), tu numero de teléfono enviándole un mensaje, después de dejarle en un taxi camino a casa porque tenía colocón.

¿Supongo que debería darte las gracias?

G

Sería lo propio. Aunque no las esperaba.

A

Miró el mensaje y no pudo evitar soltar una risita... cosa de la que se arrepintió tremendamente, pues su dolor de cabeza aumentó.

A riesgo de parecer estúpido... ¿Tienes idea de qué pasó?

G

Se incorporó en la cama, viendo el reloj digital de la mesilla. Pasaban de las diez de la mañana, y sentía como si solo hubiera dormido cinco minutos. Se frotó la cara con las manos, dejando el móvil sobre el colchón a su lado. Por más que intentara recordar, lo más que podía traer de vuelta era estar bailando en la pista, y estar vomitando. Más allá de eso, a su madre enfadada y poco más. Aunque eso podría haber sido cualquier otro día, realmente.

Se levantó para lavarse los dientes y poder ducharse. Quizá eso le refrescaría y se sentiría un poco mejor.

Ciertamente, cualquier cosa que le sacara ese horrible sabor de la boca sería bienvenida.

Se arrastró hasta el baño silenciosamente, tratando de no despertar a sus padres, y cerró la puerta con cuidado. Cuando se miró al espejo dio un respingo. Parecía un yonki.

Tenía el labio inferior mordido e inflamado, la cara pálida como una sábana y ojeras bajo los ojos. Se veía casi como se sentía. Como la mierda.

Se desnudó rápidamente y se metió en la ducha, asegurándose de que el agua fresca le mojara la cabeza y la cara. El frío ayudó un poco a bajar el dolor y a hacer que se sintiera más despejado, pero después de frotarse con la esponja a conciencia varias veces, se apresuró a envolverse en el albornoz, muerto de frío y con la piel de gallina. Había estado más de diez minutos bajo el agua, solo por el placer del frío sobre su cabeza, aliviando el golpeteo, haciendo gárgaras de vez en cuando para enjuagar la boca seca.

Acto seguido se lavó los dientes y, no contento con eso, se hizo el enjuage bucal. Cuando todo le sabía a menta, apagó las luces y volvió despacio a su cuarto, cerrando la puerta tras de sí.

El móvil brillaba con un nuevo mensaje, y se acercó para verlo, con el ceño fruncido. Si Anthea sabía lo que había pasado, al menos se lo podía decir. Al fin y al cabo, le metió en un taxi y se tomó la molestia de descubrir su número de teléfono.

Creí que eras uno de esos de las pastillas

A

Pero por lo que me dices, creo que te las metieron en la bebida

A

Por cómo te dejó, parecía Éxtasis

A

Aunque podría ser cualquier cosa. Mejor ve al hospital en cuanto te sientas con fuerzas

A

Se dejó caer sobre el colchón, rebotando mientras alzaba la mirada del móvil. Lo dejó caer sobre la cama y se llevó las manos a la cara, maldiciendo mientras cerraba los ojos.

Éxtasis.

Joder.

Joder.


La llamada a Sally fue la más breve que había hecho jamás. Lo único que alcanzó a decirle fue que estaba bien, en casa, y que le enviaría un mensaje con los detalles más tarde. Sally tuvo que aceptarlo cuando escuchó los gritos enfadados de su padre. Greg estaba de pie frente a la puerta de casa, recibiendo el chaparrón de sus padres.

— ¡Llegaste inconsciente a casa, Greg! ¡El taxista tuvo que arrastrarte hasta la puerta!

Su padre estaba furioso. Mucho más que su madre.

El Señor Lestrade nunca había aprobado las compañías de su hijo y había hecho las mil y unas para convencerle de dejarlo y buscarse a alguien más conveniente. Siempre se había preocupado por la imagen que debían dar, y pretendía que se juntara con la élite social. Lo llevaba a un colegio caro de niños pijos donde la media de ingreso por padre era más de lo que ninguno de los Lestrade cobraba al mes. Greg no conocía a nadie salvo Sally en ese colegio que mereciera un mínimo de su atención. Si se había juntado con Sebastian, había sido porque sabía que su padre lo despreciaría, aún a pesar de tener todo el dinero que tenía.

Los padres de Sebastian eran ricos. Muy ricos. El mismo Sebastian era ya más rico de lo que Greg podía si quiera imaginar ser algún día. A veces Greg y Sally se preguntaban por qué demonios estaba en un centro como ese si su clase solía estar en escuelas como Eton. Internados donde los ricachones aparcaban a sus hijos como si fueran Rolls Roice ultimo modelo hasta que los mandaban a la universidad.

Supusieron que los múltiples suspensos tenían algo que ver con eso.

—Ya te he dicho que yo no tomé nada...

—¡La droga no llegó sola a tu copa! Probablemente la pusiera esa Sally Donovan con la que tanto vas. O tal vez fue cosa del niño Wilkes... Seguro que sus padres estarán encantados de saber lo que su hijo anda haciendo extracurricularmente.

—Arthur...

La señora Lestrade era normalmente la más razonable de los dos. Normalmente. Había, por supuesto, momentos en los que el capón se lo llevaba de la mano de su madre. Greg era hijo único, y eso había hecho que todos sus esfuerzos se concentraran en hacer de él el hijo perfecto. Greg pensaba que ambos estaban obsesionados con que su hijo fuera su proyecto perfecto de niño de alta sociedad. Y Greg estaba muy cansado de tener que fingir que era alguien entre todas esas personas que le miraban por encima del hombro. Se avergonzaba de no tener el dinero que hacía falta para ir a fiestas, para ir de viaje y ver todos los lugares que siempre quiso ver y de los que sus compañeros hablaban como si fueran todos los días en avión privado. No le extrañaría, de todas formas. Que todos supieran que si estaba en ese colegio era porque sus padres trabajaban como locos y estaban obsesionados con su educación. Greg tenía que ser perfecto, un muñeco. Su prototipo de ser humano.

Por lo menos le habían dejado escoger su carrera... que por algún milagro entraba dentro de aquellas que le estaban permitidas. Nunca hubieran dejado que entrara en Bellas Artes, por ejemplo. Aunque lo había contemplado.

—Arthur. Escúchame un momento. Gregory nunca se drogaría de manera consciente. Estas cosas suceden a veces, aunque ha sido una muy desafortunada. Además, Greg tendrá más cuidado la próxima vez que salga, ¿verdad? — añadió su madre, arqueando una ceja en su dirección. Greg bufó y se cruzó de brazos, pasándose una mano por la cara.

El Señor Lestrade tomó aire y respiró profundamente. Le habían llevado al hospital esa mañana, sin decir una palabra salvo preguntar si estaba bien. Le habían hecho un examen médico y tras sacarle sangre para un análisis, le dijeron que debía reposar y evitar el alcohol por un tiempo. Al parecer no tenía nada demasiado grave y su estado se debía a que la mezcla del alcohol con la droga.

—Eso no significa que siga enfadado contigo, Greg —dijo su padre finalmente, algo más calmado. De todas formas, seguía alterado, y él podía verlo tras esa capa de aparente tranquilidad —. Quedan dos semanas para los últimos exámenes. Quiero que te apliques. No vas a salir hasta que terminen. Nada de discotecas, nada de estar fuera hasta la una de la madrugada. Te quiero aquí antes de las once todos los días. Si no, trabajarás conmigo en la oficina durante el verano.

Greg se enderezó de golpe, con el ceño fruncido, incrédulo.

— ¿Qué? Solo necesito una media de tres A para entrar en la Brunel, y tengo tres y un A+...

Todo el verano, Gregory. Es mi última palabra.


We are the new Americana
High on legal marihuana
Raised on Biggie and Nirvana
We are the new Americana

Los esquemas de historia ante él se estaban haciendo más y más aburridos conforme pasaba el tiempo, pero la música lo ayudaba a relajarse. Lo único que le estaba poniendo de los nervios era que debería estar preparando los ensayos de danza. Empezando a preparar los pasos y las canciones, mirar coreografías... o tendría que estar, por lo menos, tomando el aire con Anthea, investigando universidades y... y tomando unas copas. Las necesitaba.

Y, gracias a Lestrade, no iba a tener ni lo uno ni lo otro.

Young James Dean, some say he looks just like his father,
But he could never love somebody's daughter.
Football team loved more than just the game
So he vowed to be his husband at the altar.

—Maldita sea.

Tiró los cascos sobre la cama y empujó la silla para rodar hasta la mesa donde tenía el teléfono. Tenía un mensaje de Athea.

El lunes tengo que contarte algo

A

Chasqueó la lengua.

¿Por qué no ahora?

MH

Muy largo de contar

A

Y quiero ver tu cara

A

Eres una reina del drama.

MH

Dejó el teléfono de nuevo en su cama y se levantó de la silla, cojeando sobre el pie bueno hasta la estantería de su habitación para coger el portátil y leer un poco. Tenía a medias una historia realmente buena y realmente larga sobre Star Trek, y quería terminarla. 56 capítulos y 109,060 palabras era un milagro del cielo. Y no podía dejar de fascinarse con lo bien escrita que estaba, lo hilado del contenido... Parecía profesional. Mycroft quería que fuera algo publicado. Aunque, por el tipo de escenas que había de vez en cuando, dudaba que alguna editorial lo acogiera de buenas a primeras. Pero es que era tan perfecto... Era la primera vez que se molestaba en leer despacio solo por el placer de disfrutar de la lectura y regodearse en ella, sin querer que terminara jamás.

Incluso él tenía sus pasatiempos más nerds. Y aunque no pudiera hacer gala de ello públicamente, eso no significaba que le gustaran menos.

Ni por asomo.

We know very well who we are, so we hold it down when summer starts.
What kind of dough have you been spending?
What kind of bubblegum have you been blowing lately?

Estaba tan inmerso en la música y la lectura que, aún sin los cascos puestos y de cara a la puerta, no vio a su hermano hasta que lo tuvo asomándose por encima de la pantalla del ordenador, sus salvajes rizos negros tapándole la vista.

—"Nos... atacan los... Kli-ng-on"... ¿Qué es un Klingon? ¿Es uno de esos aliens que te gusta leer en internet o es algo sexual?

—¡SHERLOCK!

Su corazón se detuvo y dio un bote, cerrando el portátil casi en un acto instintivo, tratando de proteger el texto en la pantalla de la vista de su endiablado hermano menor. Éste se había dejado caer de culo sobre su cama, con las piernas cruzadas y su parche de pirata levantado en la frente. Cuando sonrió con suficiencia, el agujero entre sus paletas se hizo presente, y dio un respingo. Barbaroja fue el siguiente invitado inesperado en el guateque en que se había convertido su cama. Al menos el perro entendía que allí tres eran multitud y se hizo una bola en una esquina, con la cabeza apoyada en su rodilla, soltando un suspiro. El perro alzó los ojos para mirarle, desviando la mirada un momento hacia Sherlock para devolverla a él.

Parecía querer decir algo como "No puedo más. Es un torbellino. Ayuda".

Mycroft le entendía perfectamente.

—Tengo doce años, Fatcroft. El "sexo" no me alarma.

El hecho de que dibujara las comillas con los dedos y le llamara "Fatcroft" no era, en absoluto, un indicativo claro de su escasa madurez.

Para nada.

—Es "Mycroft", William. Muy sencillo —indicó, dando por perdido su tiempo de lectura, dejando el portátil a salvo, cerrado y bajo su almohada —. Y no, no es algo sexual, para tu información.

Sherlock hizo un mohín de decepción y empezó a balancearse sobre sí mismo.

—No has salido.

Mycroft puso los ojos en blanco.

—Muy observador.

—Y... ¿no vas a salir?

La ceja que arqueó en su dirección hizo que Sherlock se removiera, incómodo.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó, solo por el placer de que su hermano tuviera que pedir algo. Sherlock, no obstante, sabía jugar el juego, y Mycroft odiaba esperar demasiado, sobre todo cuando era interrumpido de esa manera —Ah. Por supuesto. Quieres jugar.

Sherlock trató de mantener cara de póker, pero los labios apretados y las mejillas sonrosadas le delataron.

—No sé si te has percatado, querido hermano, pero no hay mucha gente en mi cuarto. Así no se puede jugar.

—Hay toda la gente que necesitamos en este cuarto —murmuró.

—¿A dos? No es muy entretenido, sobre todo porque yo soy el listo de los dos.

La cara de Sherlock no tenía precio en ese momento. Ojalá hubiera podido hacerle una foto.

—¡El listo soy yo!

No pudo evitar sonreír, sacando el portátil y entrando en Facebook, preparando varias pestañas con gente al azar para empezar a jugar.

—El listo soy yo. Además de que soy más sutil. Se te ha notado a la legua que venías para eso. No llevabas el parche, no has hecho menciones despectivas a que estuviera leyendo "esa cosa de aliens" como te gusta hacer, y solo me has llamado "Fatcroft" una vez, y sin rechistar ante la corrección y el William. Evidentes signos de tratar de mantener una conversación cordial sin que se note... aunque fallidos, por supuesto. Probablemente has roto uno de los platos de mamá, y te ha castigado a tu cuarto. De ahí el parche levantado y Barbarroja. Además, debes estar mortalmente aburrido para venir hasta mi cuarto por voluntad propia. A mamá no le gusta jugar a esto.

Sherlock hinchó los carrillos, desviando la mirada.

—Solo fue una taza de café. De las del tío Rudy. Las odia, no sé por qué se enfada —masculló —. Aunque tal vez no habría tenido que subir hasta tu cuarto si no te hubieras torcido el pie. Eso es inusual. Nunca te caes. Sé que te distrajiste, el con qué es lo que me ha llevado más tiempo. Anthea no ha venido a casa, lo que significa que estás realmente molesto por el pie. Así que es un fallo personal que no te puedes permitir y... oh.

Mycroft arqueó las cejas, parpadeando. Estaba, en el fondo, muy orgulloso de que su trabajo con su hermano estuviera dando sus frutos, y verlo en acción siempre era una maravilla (aunque jamás lo admitiría en voz alta). Sherlock recorrió su cuerpo con la mirada, su pie vendado, y después le miró a la cara. Su expresión de mofa fue algo que hizo que el corazón de Mycroft se acelerara ante la situación. Como si Sherlock no tuviera ya suficiente material para hacer mofas de él. No necesitaba que le dieran cuerda.

—No te creía de ese tipo de personas, Mike.

—Sherlock...

—..."El amor no es una ventaja" y " Nadie me interesa"... ¡La hipocresía...!

—... Sherlock...

—¡Los sentimientos! ¿Quién es? ¿Alguien que conozca? Oh, que desagradable. No quiero ni imaginar cuando... los besos... y todas esas babas y luego los...

¡Sherlock! —gruñó, urgiendo a taparle la boca con las manos y amenazándole muy seriamente con la mirada por si se atrevía a sacar la lengua y chuparla para que le soltara —. Si no vas a jugar en serio, sal de mi cuarto. Ahora.

Sherlock puso los ojos en blanco y relajó los hombros. Mycroft tomó la señal como rendición y sacó las manos, volviendo a coger el portátil.

—Aguafiestas.