Youngblood — Greenday
El último día de los A level, Mycroft salió de clase y se tumbó en los jardines del colegio, disfrutando del sol. Tenía los ojos cerrados y las manos tras la cabeza casi ronroneando por el gusto del calor en la piel, bajo y fuera de la ropa.
Había cursado los exámenes de Matemáticas, Historia, Sociología y su último, esa misma mañana, había sido el de Psicología. Ahora, finalmente, podía dedicarse a la última representación de la academia de ballet. El Sueño de una noche de verano se representaba una semana después del final de sus exámenes, y estaba deseando poder empezar con los ensayos usando los trajes. Primero porque era mucho mejor practicar llevando la ropa del estreno para acostumbrarse a ella, y también porque tenía que admitir que Diana siempre se hacía cargo de la escenografía y los disfraces, y conseguía muy buenas piezas.
El sonido de algo caer a su lado hizo que abriera un ojo un momento antes de cerrarlo. Sonrió.
—Hola, Anthea.
—Hola, pecoso —suspiró ella, sentándose en la hierba y dejándose caer junto a él —. Por qué la vida es tan complicada.
Mycroft no pudo hacer más que reír.
— ¿Economía ha sido muy duro?
—Creo que Albert ha estado a punto de arrancarse todo el pelo.
Mycroft giró la cabeza para mirarla, frunciendo los ojos.
—¿Albert no es el que se quedó toda la semana encerrado en su cuarto estudiando?
Ella asintió, buscando un cigarrillo en su bolso, lleno hasta los topes de cosas. Mycroft se la quedó mirando, pensando que para su cumpleaños, le regalaría un bolso más grande.
—Justo ese —con un ruiditio triunfal, sacó un par de cigarrillos, y le tendió uno a Mycroft, que se escurrió, alzando las caderas para rebuscar en el bolsillo de sus pantalones. Abrió el zippo y se incorporó lo justo para encender la punta y dar una calada. Lo cerró con un golpe de la mano y se lo guardó de nuevo. Anthea gruñó —. Tengo que comprarme mecheros decentes.
Mycroft se rió de nuevo, sin poder evitarlo, cuando vio como tiraba el encendedor al suelo, frustrada.
—Ven, anda.
Anthea suspiró y cogió el cigarrillo con los labios, acercándose hasta que la punta tocó el de Mycroft, brillando encendido. Mycroft dio una calada al mismo tiempo que su amiga, y el cigarro prendió por fin.
—Eres un maldito vago.
—La culpa es tuya por no haber querido el mechero que iba a comprarte en Madrid aquella vez —se encogió de hombros, volviendo a tumbarse en el césped, cerrando los ojos.
—Seguro que sí.
Se quedaron en silencio durante un rato, disfrutando de la paz, con el ruido de los estudiantes y las quejas por los exámenes de fondo. Al cabo de un rato no demasiado largo, fue Anthea la que habló.
—Esta noche me apetece salir a tomar algo, ¿te apuntas?
Frunció el ceño. La verdad era que le apetecía una barbaridad, pero le había prometido a sus padres que cuidaría de su hermano y de su nuevo amigo. A Mycroft aún le sorprendía que el pequeño chico escocés que se había mudado a la casa de la calle justo detrás de la suya fuera amigo de Sherlock. Con las extravagancias y extrañas costumbres que tenía, ningún niño le tenía aprecio. Más de una vez había llegado con un ojo morado a casa, y otras tantas había sido llamado al despacho del director por aparecer con ranas muertas o ratones de campo en la mochila que, de alguna manera, se escapaban de su mochila.
—Me toca hacer de niñera, lo siento.
—¿Tu hermano y el niño ese de nuevo? —preguntó, alzando una ceja.
Mycroft asintió.
—Mi eterno castigo. Aún no entiendo cómo puede haber pasado. Se llevan casi tres años.
Anthea se encogió de hombros.
—Lo dices como si tu hermano realmente tuviera once años. Los Holmes parece que os hayáis comido un viejo.
Tosió, atragantándose con el humo del cigarrillo por la risa. Sí, básicamente ese era uno de los grandes problemas de él y de Sherlock. Hasta que Mycroft aprendió a esconderlo, siempre había sido el alumno más listo de su clase. No le interesaba adelantar cursos como a su hermano, que parecía tan impaciente por hacer cosas de mayores, que no dudó en llamar la atención de sus profesores sobre su inteligencia solo para que le adelantaran un par de años. Aún así, Sherlock no había parecido satisfecho con el cambio, pues quería más. Al menos, no hasta que los Watson se mudaron a la ciudad.
—Yo también te aprecio, querida —sonrió, y cuando se giró para mirarla, vio por encima de su hombro la cara de Greg Lestrade asomar. Se giró rápidamente, cubriéndose la cara con la mochila —. La madre que me...
Anthea frunció el ceño, incorporándose para poder girarse mejor. Fue en ese momento cuando vio lo que Mycroft había visto antes que ella. No pudo evitar sonreír para sí misma. Mycroft le había contado lo que había pasado con su pie aquel mismo Lunes, y había estado maldiciendo el nombre del pobre Lestrade desde entonces, jurando y perjurando que no quería ni verle el pelo. Ella, no obstante, sabía más que aquello, por supuesto.
No hizo nada, fingió que no se había dado cuenta, pero Greg pareció reconocerla entre la gente, y se apresuró a abrirse paso en su dirección.
Greg y ella no se habían visto desde el día de la discoteca, a pesar de los mensajes. Muchos de los estudiantes, entre los cuales se encontraba ella misma, habían decidido flexibilizar sus horarios de cara a preparar los A-level para estudiar en casa, de modo que no había vuelto a las clases de matemáticas o economía, sabiendo que lo único que harían serían repasos de básicas, cosa que no necesitaba.
Greg, por otro lado...
—¡Eh! Eres Anthea, ¿verdad? La chica de los mensajes —dijo, nada más llegar, jadeando por la carrera.
Se acomodó la mochila sobre el hombro, y cuando Anthea alzó las cejas, miró más allá de su hombro, solo para encontrarse con Mycroft Holmes, con el rostro medio cubierto por la mochila, los ojos cerrados, y un cigarrillo entre los labios. Su boca se abrió y se cerró varias veces, como si estuviera dudando sobre si decir algo o no, y Anthea decidió que ya era el momento de intervenir una vez pasaron dos minutos. Carraspeó para traer su atención de nuevo sobre el asunto que les ocupaba, y vio como la cara de Gregory Lestrade se cubría de un suave rojo.
Como un chico como greg Lestrade, con tejanos rotos, camiseta de Green Day y muñequeras de cuero podía ponerse así y parecer tan inocente y tan vergonzoso era uno de los grandes misterios de la humanidad.
—Esto... quería agradecerte lo que hiciste por mí aquel viernes... Yo… —la cabeza de Greg giró repentinamente, como accionada por un resorte, cuando escuchó como sus "amigos" le llamaban desde la puerta del colegio. Su mirada volvió a ellos de nuevo, y Anthea vio como pasaba de ella a Mycroft, recorriéndole con la mirada un instante antes de bajar la mirada —Esto… Tengo… tengo que irme… Pues eso, gracias.
Anthea arqueó una ceja mientras lo observaba marcharse a la carrera, con la mochila rebotándole a la espalda. El grupito estaba riendo y hablando ruidosamente junto a la puerta, y jalearon cuando Greg se les unió, mirando en su dirección y señalando. Anthea clavó su mirada gris en Anderson, un chico que nunca le había caído especialmente bien, y se aseguró de que le viera mirarla. Entrecerró los ojos y dio una calada al cigarrillo, sin dejar de observarle, hasta que el chico no tuvo más remedio que apartar la mirada, claramente incómodo. Anthea asintió, satisfecha, y cambió su vista a otros lugares más agradables.
—¿Sabes? Quizá ese Lestrade no sea tan capullo como parece.
—Ajá —gruñó Mycroft, sin moverse ni un centímetro.
—Tenías que haber visto cómo te miraba. He estado a punto de darle la tarjeta de un hotel —añadió, mirando en dirección a su amigo con el rabillo del ojo... Mycroft apartó la mochila y se medio incorporó para mirar disimuladamente en la dirección en la que Greg Lestrade había desaparecido —. También tiene un culo que te mueres.
Mycroft le tiró la chaqueta y volvió a tumbarse.
—Vete a la mierda —gruñó, sonrojándose.
—¡SHERLOCK! ¡Deja ese rotulador!
—¡Cállate, Fatcroft!
La suave vocecita conciliadora del otro niño hizo a Anthea sonreír y levantar la vista de la pantalla del ordenador.
—Está bien, Mycroft. No me importa.
Vio a Mycroft cerrar las manos en puños alrededor de las manijas de la bandeja que llevaba las cervezas y los bocadillos que iban a comer mientras veían RuPaul's All Stars en su portátil, la única diversión alternativa que tenían para paliar las horas de cuidar de dos críos de once y trece años respectivamente.
John estaba sentado en el suelo, con las piernas bajo el cuerpo y acariciando a Barbaroja, acostado delante de él y meneando la cola mientras masticaba su hueso de cuero. Sherlock estaba arrodillado delante de él, con un rotulador grueso de color negro y, a juzgar por el olor, permanente, pintando el parche corrector que John llevaba en el ojo derecho. El pobre niño Watson parecía tener la paciencia de un santo con Sherlock, que lo arrastraba de aquí para allá y le obligaba a hacer todo tipo de cosas. John, increíblemente, parecía acceder a todo sin rechistar si quiera.
Anthea tenía sus pequeñas teorías al respecto, pero se las estaba guardando para sí. Al menos de momento.
—Mycroft, déjalo estar y ven aquí. Me aburro.
—Eso, Fatcroft. Ve a ocuparte de tus asuntos y déjanos a John y a mi en paz.
—Sherlock —advirtió John, arqueando una ceja en su dirección. Sherlock retiró el bolígrafo un momento antes de proseguir, sacando la lengua como si estuviera muy concentrado.
Anthea se mordió los labios para evitar soltar una risita, y cogió su cerveza mientras pulsaba el play del vídeo.
—Vas a ser un rudo y fiero pirata, John. Hamish, el terror de los mares.
John suspiró, resignado.
— ¿Entonces tú quién se supone que eres?
Sherlock sonrió, guardando el rotulador en su bolsillo del pantalón y poniéndose en pie. Su sombrero de pirata se tambaleó, pero no llegó a caerse. Se subió a la mesa, con los pies descalzos, y Barbaroja le imitó, empezando a ladrar y a mover la cola, intuyendo que su papel como acompañante había dado comienzo.
— ¡Yo soy el Capitán Sherlock Holmes! ¡El más sanguinario y despiadado saqueador!
Anthea desvió su mirada del show a los niños, observando a John mirar completamente alucinado a Sherlock sobre la pequeña mesa.
— ¿Por qué tengo que ser un pirata yo también? —preguntó, aunque no parecía demasiado molesto por su asignación en la pequeña fantasía que Sherlock se había montado.
Sherlock lo miró desde lo alto de la mesa, pensativo, y asintió, mirando al perro.
—Tienes razón, Barbaroja. John Watson, corsario de Su Majestad suena mucho mejor —Sherlock miró al otro niño y sonrió — ¡Un digno adversario para el Capitán Holmes!
El borrón de Sherlock abalanzándose sobre un indefenso John Watson fue lo último que Anthea vio antes de mirar a Mycroft, muy concentrado en el lipsync de la pantalla. La chica le dio un codazo, y le señaló a los dos niños, enredados y peleando en el suelo del salón, el perro dando vueltas y ladrando, corriendo a su alrededor.
—¿No crees que deberías separarlos?
Mycroft no se molestó en mirar. Se limitó a encogerse de hombros.
—Son niños, no pueden hacerse mucho daño.
—Pero...
—Estarán bien. John es grande y fuerte, pero Sherlock es jodidamente ágil. He perdido muchas peleas contra él. Estará bien.
Anthea se rió.
—No es Sherlock quien me preocupa.
Mycroft alzó la mirada de la pantalla, a tiempo de ver a Sherlock a horcajadas sobre John, con su cimitarra de plástico contra su cuello, y Barbaroja babeando sobre su cara.
— ¡Me rindo, Capitán!
Puso los ojos en blanco y volvió al show, dando un sorbo a su cerveza.
—John está bien —aseguró, y arqueó las cejas al ver el movimiento de la mujer en la pantalla —. Auch.
—Oh, sí. Eso siempre duele verlo —concedió Anthea, sin quitar ojo —. Tatiana me tiene sexualmente confusa, ya te lo digo.
—Somos dos.
Sherlock alzó la mirada y sonrió en dirección a Mycroft.
— ¡A Mycroft le gustan los chicos!
—SHERLOCK
La reprimenda al unísono llegó por parte tanto de John como de Mycroft, que miraron a Sherlock completamente escandalizados. Sherlock parpadeó, mirando a John con la expresión más infantil que pudo reunir.
— ¿Qué pasó?
John carraspeó, con el ceño fruncido.
—Sherlock, no está bien decir esas cosas en voz alta sin permiso.
—Ah.
Sherlock tiró de John hacia arriba y lo arrastró al jardín.
— ¡Vamos, John!
Anthea sonrió, mirando como se iban por la ventana del salón hacia el jardín.
—Estos dos van a acabar juntos cuando crezcan, ya verás —Mycroft miró a Anthea como si se hubiera vuelto completamente loca—. En serio, ¿has visto como mira John a tu hermano?
Mycroft arqueó una ceja.
— ¿Debería preocuparme por su virtud?
Anthea no pudo evitar reírse.
—No, no... al menos no aún. Son solo críos, Mycroft. Relájate un poco —sonrió, bebiendo más cerveza —. Mejor si pensamos en qué vas a hacer respeto a Lestrade, ¿no?
El chico bufó, cargando el siguiente vídeo. No quería tener nada que ver con Gregory Lestrade. Solo quería disfrutar del final de sus exámenes, del futuro que tenía por delante. De la nueva vida que le esperaba fuera del instituto. De una tarde con su mejor amiga.
De un buen día, en resumen.
Greg Lestrade no tenía cabida en esa felicidad.
