Summary: Todos los días se veían en la habitación 505 del hotel Empire, hasta que ella dijo adiós y desapareció sin dejar rastro… desatando el infierno en Edward.
Meyer es la dueña, yo soy la chica de al lado.
Tardé ¿verdad? Qué mal por hacerlas esperar. Este capítulo tardó en finalizarse.
Por cierto, espero que no se revuelvan con los capítulos que estarán siendo en presente y en pasado.
Gracias por estar aquí.
ROOM 505.
Tercer Capítulo.
Época actual.
Iowa, EEUU.
—Soy tu hija, mamá —Bella lloró por el teléfono. Era demasiado estresante no saber qué día sí y qué día no Renée la reconocería.
—¿Tengo hijos, Val? —preguntó ella con voz suave. Bella supuso que hablaba con su enfermera.
—Te quiero, mamá —sollozó—. Iré a visitarte pronto.
Salió de la cabina telefónica y abrió la sombrilla para cubrirse del Sol.
Utah era bastante caluroso todo el tiempo. Incluso en invierno, nadie tiritaba de frío.
Como era un pueblo pequeño, no le costó trabajo encontrar un empleo. Había restaurantes, librerías, minisupers y lavanderías por todos lados. En esta última, ella había conseguido una vacante.
Lavar y planchar ropa era algo que ella sabía hacer muy bien. Era, básicamente, lo que había hecho toda su vida.
Bajó la calle, tres cuadras, y luego a la izquierda. Llegó al local.
Sus deberes no eran nada distintos a los que había hecho en el Empire. Lavar, planchar, doblar. El proceso se repetía durante seis horas toda la semana excepto sábados; era bastante monótono y gris, pero eso a ella le funcionaba muy bien. Mantenerse debajo del radar.
—¿Te gustó el almuerzo? —preguntó entonces Jess. Ella era la dueña del negocio, y Bella no entendía muy bien por qué Jess no simplemente se largaba a disfrutar de su dinero en lugar de quedarse allí.
—Bueno... —se rascó la nuca— en realidad fui a conseguir un teléfono. No puedo creer lo escasos que son.
La mujer alzó los brazos— ¡Qué se le va a hacer! Aquí solo viven ancianos jubilados y personas cansadas de la vida. Las cabinas telefónicas no son un muy buen negocio aquí. ¿Al menos lograste hacer tu llamada?
—Ajá —aceptó, rozando el borde de las lágrimas.
No quería contarle a ella sobre todas las penas de su vida. No era una mártir y no le gustaba recibir lástima.
Además ¿qué le diría en tal caso? ¿Que venía huyendo de un huracán que ella misma había ocasionado?
"Yo te buscaría hasta más allá del fin del mundo, Bella..."
—Iré a terminar —dijo simplemente, colocándose de nuevo el delantal y desapareciendo entre las lavadoras y los ganchos de ropa.
Mientras veía el remolino de ropa dando vueltas en el secador, Bella ahogó sus sollozos.
Funcionar en modo automático había sido su plan, pero hasta ahora no lo había logrado. La habitación taciturna, el vino tinto y la voz profunda de él convergían en su mente y traían consigo todos esos recuerdos dolorosamente hermosos que no podía olvidar.
Lo extrañaba con todas sus fuerzas. Sus "te amo", el color de sus ojos contra el Sol y su manera de descansar la cabeza contra su hombro cuando estaba harto de todo.
"Podríamos ser las únicas personas en esta Tierra, y no me importaría".
Se preguntó hasta cuándo podría dejar de esconderse y regresar a sus* brazos.
Su departamento en el pequeño complejo era de proporciones justas para una persona. Podías andar sin sentirte apretado y una cama matrimonial cabía perfectamente en la habitación. La cocina tenía una estufa con horno capaz de cocinar un pavo navideño y las dimensiones del lavabo eran las adecuadas como para que los trastos sucios no se desbordaran fuera de ello en algún momento.
Bella sabía que vivía tan bien como podía permitirse, y que al menos su empleo actual le hacía posible tener el frigorífico medio lleno y agua caliente en la ducha.
Si su madre la viera (y pudiera reconocerla) se sentiría orgullosa. Había logrado más de lo esperado.
Se acostó en el sillón a esperar el cansancio.
Las Vegas, Nevada.
—Debe haber algo que puedan hacer. Es inconcebible que no sean... —se trabó con su propio coraje y desesperación— que no puedan hacer algo tan sencillo.
—No podemos rastrear el número mientras el dispositivo esté apagado, señor —juró el chico rodando los ojos. La atención a clientes era algo realmente difícil.
Edward golpeó el escritorio y se pasó las manos por el cabello.
No quería recurrir a un investigador privado, a pesar de ser lo más obvio e inteligente, porque ellos harían preguntas que él no querría contestar. La parte no vesánica de su mente sabía que no era sorprendente que ella se hubiera ido; es más, era algo terriblemente comprensible.
Dejó atrás la agencia de teléfonos y aceleró el auto a máximas velocidades sobre la interestatal.
Tenía poco tiempo antes de que la policía lo atrapara y le quitara valiosas horas que podía invertir en seguir tras los pasos de Isabella.
Pensó en ella y le hirvió la sangre, una mezcla de pasión y enojo demasiado habitual en personas intensas como él. Recordó cerrar la puerta de la habitación y recordó que ella le había dicho que lo quería. ¿Quién hubiera pensado que justo después de decir eso ella se iría?
Suspiró ante el tranquilizador pensamiento de encontrarla. ¿Qué le haría? Besarla, desde luego; follarla, por supuesto; ¿pero y qué más? Bella necesitaba entender que cuando él dijo que iría a por ella hasta el jodido fin del mundo, estaba hablando en serio.
Iowa sustentaba su economía en maíz ...y alcohol. Hoy era viernes, y eso ocasionaba que el pueblo se pusiera un poco peligroso. Los hombres llenaban las tabernas para tomar licor y al final del día eso no daba resultados muy buenos por obvias razones.
Bella maldijo cuando supo que debería quedarse hasta tarde, etiquetando la ropa olvidada en los secadores.
Cuando Jess se fue, le advirtió cerrar con candado y apagar todas las luces innecesarias. Bella lo hizo, acto seguido se dirigió a la parte trasera de la lavandería y se puso los audífonos mientras escribía cosas sobre las etiquetas.
El tiempo no se le fue volando, pero se le hizo más llevadero al tararear las canciones y llevar el ritmo golpeando el pie contra la baldosa.
Cuando revisó el reloj despertador, escondido entre jabón y suavizante, se dio cuenta de que era demasiado tarde y que, aunque terminara pronto, no podría irse a casa. Era correr demasiado riesgo.
Se quitó los auriculares para ir al servicio, al volver escuchó que golpeaban el vidrio del local con fuerza. Para tremendo error, ella se asomó. Tres hombres corpulentos daban puños contra el cristal y aullaban y reían, era claro que estaban asquerosamente ebrios.
Bella jadeó. A ellos no les costaría trabajo romper el vidrio y entrar. ¿Qué podría hacer ella con cincuenta y seis kilos y sin habilidades físicas?
—¡Hey, cariño, ven aquí!
—¡Sí, Sí! ¡Ven!
Gritaron.
Bella corrió y buscó inútilmente un teléfono o algo para defenderse. Los golpes se intensificaron, y supo que tendría que luchar. Eso le revolvió las entrañas.
Oyó el vidrio quebrándose poco a poco, agrietándose.
—¡Váyanse! ¡Váyanse por favor! —rogó.
Los hombres rieron.
—Queremos platicar contigo, cariño. Déjanos pasar.
—¡No! ¡Largo de aquí! —ella tenía una escoba en las manos y un gancho puntiagudo; lo más peligroso que pudo encontrar.
El más corpulento de ellos dio tres pasos hacia atrás para luego correr y pegar su hombro en el cristal. El débil material cedió, y pedacitos de vidrio cayeron sobre el hombre ahora inconsciente. Los otros dos se hicieron dentro y caminaron lentamente hacia Bella, que los amenazó con el palo de escoba.
—¡Llamė a la policía, estarán aquí en cualquier momento!
Ellos rieron más fuerte. El alcohol solo los volvía unos patanes, más no idiotas.
Bella gritó por ayuda cuando un tipo le abrazó sofocándola.
—Está bien, dulcecito, está bien —le dijo.
Esta vez, el bramido de ella fue tan fuerte que se escuchó a tres calles de distancia. Una chica de cabello negro que iba pasando por ahí lo oyó, y los recuerdos que le vinieron a la cabeza fueron tan horribles que no pudo hacer otra cosa más que acudir al llamado deauxilio.
Sacó su gas pimienta y una pistola, amenazó a los hombres con el arma y roció el gas en sus ojos.
—¡Fuera de aquí, hijos de puta!
Ellos se levantaron cuando ella apretó el gatillo y disparó una bala a solo unos centímetros del estómago de uno de ellos.
La chica morena se quedó tumbada en el piso y ella fue a arrodillarse.
—Shht. Todo está bien, ya se fueron.
Bella respiró, pues sentía que acababa de despertar de una pesadilla, y sollozó.
—Gracias.
—Está bien —le sonrió— Te ayudaré a ponerte de pie y te llevaré a casa ¿te parece? ¿Ya has llamado a la policía?
—No —tembló— Aquí no hay ningún teléfono.
La mujer marcó en su celular el 911. Cuando colgó, le volvió a sonreír, pues intuía que la chica estaba asustada como el infierno; seguía pálida.
Le echó una manta que encontró por ahí sobre los hombros y la sentó en una silla.
—¿Te sientes mejor?
Bella asintió —Gracias otra vez —murmuró, aún su piel en punta— Yo... yo no sé qué hubiera hecho sí... —se calló.
—Lo importante es el ahora, y estás aquí a salvo. ¿Cómo es tu nombre? Supongo que eres nueva aquí.
—Así es —se sonrojó— Llegué hace poco menos de un mes. Me llamo Bella.
—Yo soy Alice —se presentó. Luego, le mostró la palma de la mano y cerró los ojos. Llevó su brazo de arriba abajo en una especie de escaneamiento y se quedó un momento de esta manera.
Alice abrió los ojos con las comisuras de los labios hacia arriba.
—Oh, cariño, ahora sé por qué te asustaste tanto —le dio una suave caricia en el estómago— Llevas un hermoso bebé en el vientre.
Las Vegas.
—Ya me escuchó, Marcus —gruñó Edward por el teléfono— Si usted sigue con esto yo levantaré una demanda en su contra por prostitución. ¿A caso ya se olvidó de cómo me vendía a Isabella a cada oportunidad?
Marcus Vulturi se carcajeó.
—Creo recordar que usted pagaba a cada oportunidad también. No quiera lavarse las manos.
—Tengo las pruebas suficientes como para salir limpio de todo esto. Tengo el testimonio de Bella de mi lado.
—Eso es lo que tú crees, pero yo no estaría tan seguro. Y para no amargarte la vida, te haré el favor de colgar ahora mismo.
—Declina los cargos, Vulturi.
—Regrėsame esos papeles, Cullen.
A puesto a que ya se imaginaban eso, pero no piensen que todo será así de predecible siempre.
Por cierto, esto no será una historia larga.
Comenten y díganme qué piensan.
S4TC.
