Summary: Todos los días se veían en la habitación 505 del hotel Empire, hasta que Bella dijo adiós y desapareció sin dejar rastro… desatando el infierno en Edward.
Los personajes son de Meyer, yo solo fui la perra que tardó meses en actualizar.
No soy buena para las disculpas, pero perdón de todos modos. Y gracias por estar aquí.
ROOM 505.
Cuarto Capítulo.
Meses antes…
Narrator POV
6 meses antes...
Bella se coló el vestido negro, de mangas largas y falda amplia hasta la rodilla. Como acostumbraba, no se miró al espejo; deslizó los pies en los desastrosos mocasines negros, pues no tenía otros zapatos, y deseó no verse tan mal como su mente le hacía creer.
Salió de la habitación y caminó al bar. Hasta entonces, había evitado darle vueltas al asunto y se había convencido de que debía ver eso como un trabajo más. Otrosí, mientras más rápido terminara su deuda con Marcus, mejor.
Ella había hecho todo lo posible por no verse con ese hombre, y no solo porque la hubiera comprado;
él le desagradaba por su petulancia y su grosería. La noche anterior ella apenas sabía su nombre cuando él ya le había propuesto tener sexo.
Marcus le había dicho que no tenía elección; ella no estaba en condiciones de quedarse sin sueldo por meses. Fuera de que los bancos la embargarían, a su madre la sacarían de la casa de reposo, y por mucho que ella amara a Renée sabía que no podría cuidarla como era necesario. Por eso, tuvo que tragarse sus principios y sus sentimientos.
Mientras golpeaba la mesa con sus uñas maltratadas, se asomaron sus lágrimas. Tenía un diálogo preparado en su cabeza: lo mandaría al demonio de una manera sutil.
Los minutos pasaron y los ojos curiosos deparaban en ella y en su apariencia en general.
Por un instante, se arrepintió de no haberse quedado en la habitación, pero justo cuando ese pensamiento le llenó la cabeza, Edward Cullen apareció frente a ella con ojos entrecerrados.
Bella se irguió.
—Buenas noches —saludó él—. Se supone que te vería en una habitación.
Con la voz más serena, ella respondió.
—El señor Vulturi me dijo que quería hablar conmigo. No necesitamos un cuarto para hacerlo.
Edward levantó las cejas. Sabía que la chica lo estaba retando.
—Muy bien —desabrochó el saco y tomó asiento frente a ella— ¿Qué estás tomando?
—Nada.
—Entonces pediré whisky ¿te apetece? —a ella le daba igual. En primera porque nunca había bebido otra cosa más que cerveza o vino, y en segunda porque la actitud tan relajada de él la hacía sentirse mucho más inquieta—. Quizás prefieras algo más suave. ¿Champaña?
—No estamos celebrando nada.
—¿Quién ha dicho que no?
Ella se calló. Aunque estaba ansiosa por irse, no encontraba el momento para decir las palabras adecuadas.
Edward pidió el whisky y le sirvió una copa.
—Deberías beberlo —aconsejó— Así te relajarás más fácil.
Bella se sostuvo enterrando los dedos a los costados del asiento.
—¿Para qué me quiere relajada, Edward?
Él asintió, aceptando que debía decir la verdad.
—Anoche te seguí... pero tú no abriste la puerta.
—¿Qué quiere conseguir exactamente? ¿Sexo? Ya le dije que no soy una prostituta.
—Fui un idiota, te pido disculpas por eso.
—No lo entiendo. ¿Me pide perdón por ser un completo patán pagando por una noche conmigo?
—Quiero hacer las paces. Yo estaba borracho y dije lo primero que me vino a la mente. Me siento en la necesidad de disculparme porque sé que eres una buena chica; decente. Cualquier otra me hubiera gritado y probablemente abofeteado, pero tú fuiste bastante... discreta.
Bella frunció la boca.
—Si hacía un escándalo me despedirían, pero claro, usted no parece el tipo de hombre que entienda el concepto de salario.
Él sonrió ante este último comentario, y para Bella eso fue suficiente.
—Creo que usted y yo no tenemos nada más de qué hablar. Con permiso.
—¿De verdad me detestas tanto?
—No lo detesto, solo pienso que esto no tiene dirección. Usted ya me ha pedido disculpas, yo las acepto. Entiendo que ayer estaba borracho porque algo en su perfecta vida no salió bien y que estaba necesitado de una muestra de afecto que no supo conseguir. Si usted hubiera actuado diferente, estoy segura de que hubiéramos tenido una conversación agradable. Hasta luego, Edward.
Saltó del banquillo y se organizó la falda del vestido. Él la tomó del brazo de manera gentil, pero ella se zafó con una sacudida y se quedó ahí de pie, clavando sus ojos marrones en los de él. Edward aprovechó el momento para observarla.
Ella era linda, no del modo acostumbrado, pero tenía algo interesante que lo hacía sentirse intrigado. Su piel pálida que incluso lucía azulada, su cuerpo demasiado delgado y sus ojos cafés tan grandes para su rostro largo eran una combinación que jamás vería un una revista de moda, pero sí en la obra de algún pintor renacentista que se sentiría más inspirado por la personalidad tan suave y apacible de la joven más que por cualquier tipo de belleza que pudiera, alguna vez, encontrar en las curvas apenas pronunciadas de su figura o en los reflejos claroscuros de su pelo largo, visibles aun en aquél moño perfecto.
Edward llegó a la conclusión de que no le molestaría en absoluto tumbar a Isabella sobre su espalda y descubrir si detrás de esa actitud tan pacífica coexistía una mujer exuberante.
Acalló estos pensamientos cuando recordó por qué la noche anterior se había acercado a ella: la eterna batalla con su padre.
La boca le supo a hiel y el corazón se le llenó de amargura. Un sentimiento extraño lo hizo tensar la mandíbula.
¿Qué habría pasado si él, por alguna razón que se le escapaba, hubiera conseguido algo con la chica? Seguramente la habría lastimado y probablemente ella hubiera salido gritando de la habitación.
De todos modos, pensó, no es como si su piel fuera difícil de marcar. Sacudió la cabeza.
Tenía que largarse… pero algo en ella, aún no discernía si se trataba de su gesto incólume o del modo en que sus mejillas se coloreaban bajo la luz amarilla de las lámparas, le hacía querer quedarse y dar una buena explicación. Quería que esa chica, a la que había ofendido tanto la noche anterior, entendiera su vida y el porqué de su proceder agresivo sobre ella.
–Déjame remediarlo –dijo, volviendo a tomar su muñeca y arrastrándola unos centímetros hacia su cuerpo.
Ella sonrío imperceptiblemente.
–Ya lo estás haciendo, y lo sabes. Estás pagando mi deuda –explicó, avergonzada de decirlo en voz alta.
–Pero eso te molesta, ¿no es cierto? Lo que yo quiero es que me perdones de verdad –su voz fue bajando de volumen hasta convertirse en un murmullo solo audible para Bella, quien frunció el ceño y echó la cabeza para atrás.
–¿Por qué te interesa tanto?
Él inclinó la cabeza hacia la derecha con gesto reconcentrado. Ella además era muy intuitiva.
–No lo sé –aceptó–. Supongo que eres alguna especie de demonio personal que el universo me ha asignado para cobrarse todo lo que he hecho.
Bella se percató que él de nuevo estaba tocándola, así que volvió a soltarse, pero esta vez con un movimiento mucho más gentil.
–No vas a conseguir nada conmigo, así que deja de actuar como el chico bueno que quiere provocar lástima. Queda olvidado lo de ayer y lo de esta noche. Tú nunca me llamaste prostituta y tampoco pagaste por "hablar" en una habitación conmigo, ¿qué tal suena eso?
Su rostro se oscureció.
–No suena como un perdón sincero. Detesto el sarcasmo, Bella.
Ella miró a su alrededor. Le apaciguó no ver a ninguna persona en el restaurante mirando a su dirección, pero, como medida preventiva, volvió a tomar asiento frente a Edward. Dejó escapar el aliento y apoyó los codos en la mesa.
–Supongamos que te doy crédito por tratar de recompensarme y porque lo estás haciendo de buen corazón, sin intenciones ocultas. No soy una mujer rencorosa, y por mucho daño que me hayan hecho todas tus acciones, no puedo odiarte o estar molesta contigo por demasiado tiempo. Así que ya está, –bajó del banquillo con un salto–, todo bien aquí.
Edward tensó la quijada y formó puños con sus manos sobre la mesa.
–Isabella, –gruñó–, por favor.
Ella también gruñó, solo que inaudiblemente. El hombre era insufrible. No entendía qué era lo que quería conseguir de ella.
El tono con el que hablaba le decía a ella que sería más seguro quedarse quieta, pero se dio cuenta de que no había nada más de qué hablar.
–Buenas noches, señor Cullen –se alejó con un gesto rápido, sin dar tiempo a que Edward dijera algo más, y dio zancadas hasta salir de la zona del bar.
Edward tomó su copa y bebió hasta dejarla vacía. Su naturaleza violenta le provocaba unas ganas tremendas de alcanzar a Isabella y obligarla a que lo escuchara.
Sin embargo, la dejó marchar.
Sabía que estaba haciendo lo correcto. Primero, porque los impulsos que lo habían llevado a interesarse en ella habían sido los incorrectos y segundo; porque ella parecía, tal vez era, el tipo de mujer de la que debía mantenerse alejado.
Edward se dirigió a la recepción y, sin siquiera ver a los ojos a la recepcionista, ordenó:
—Quiero ver al gerente.
Bella salió del hotel a las nueve en punto. Estaba a tiempo para tomar el autobús e ir al supermercado a hacer las compras que ya no podía retrasar.
Hacía días que venía comiendo leche y galletas de avena y su cuerpo había comenzado a protestar. Se cansaba mucho más fácilmente y a veces veía puntos negros que le mareaban.
Durante todo el camino, Edward se aparecía en su mente. Trataba de evitarlo, pues estaba segura de que su naturaleza compasiva le haría buscarlo de nuevo y pedirle disculpas por haber sido tan esquiva.
Y eso no.
El hombre le era indescifrable, y estaba absolutamente segura de que él no quería nada bueno de ella.
Desde pequeña, había aprendido a ganarse las cosas por sí misma. Había aprendido también, a que todos querían algo a cambio. Se había topado con gente buena en su camino, por supuesto, pero podía contarlos con los dedos de sus manos. ¿Desde cuándo alguien se esforzaba tanto por conseguir el perdón?
Cullen era alguien de un muy alto estrato social y tenía un físico que, bueno, seguro le abría todas las puertas. ¿Por qué alguien como él querría la redención que una simple recamarera podía darle? Se le antojaba inconcebible, además, que él hubiera pagado esa escandalosa suma de dinero solo por charlar con ella.
Espabiló cuando el autobús se había pasado una cuadra de donde ella normalmente bajaba. Agradeció el corto trecho que tuvo que caminar a casa porque le sirvió para respirar y liberar a su pobre mente. Cuando era una niña, Renée acostumbraba decirle que pensaba mucho las cosas.
Y en ese momento, por primera vez en años, aquello le pareció una desventaja. Pues aún después de regresar de hacer las compras, el rostro de él seguía persiguiéndola.
Antes de apagar la lámpara de su habitación, Isabella se dio cuenta de qué era lo que realmente temía; que Marcus le dijera que Edward había pagado de nuevo por verla.
Marcus entrecerró los ojos al ver el cheque que Edward deslizaba de nuevo hacia él.
Lo que le sorprendió aún más, fue que, esta vez, el cheque ya no era para él.
—Déselo —dijo él, sin admitir réplica—. Y dígale que no volveré a molestarla.
Edward abandonó la oficina y con el mismo paso, subió al auto que el valet ya tenía listo sobre la acera.
En el primer semáforo, su celular sonó. Era su madre.
—Hola, mamá. ¿Está todo bien?
—Edward, cariño. ¿Cómo estás?
—Ocupado —respondió monótono—. ¿Necesitas algo?
—Necesito que vuelvas a casa. Tu padre… él está tan arrepentido.
Él se sujetó el puente de la nariz. Definitivamente esa noche no era buen momento para hablar de eso. Y quizás no lo sería nunca.
—Adiós mamá, te quiero.
Colgó antes de que todo el veneno saliera de su boca. Si era sincero, también odiaba un poco a su madre. ¿Cómo era posible que ella hubiera podido perdonar que su padre la traicionara?
Para él, lo peor no era que Carlisle hubiera tenido una amante. Lo que en realidad hacía supurar sus heridas era que, de entre todas las mujeres más jóvenes y más hermosas que su madre que Carlisle hubiera podido escoger, su padre había tenido que elegir a Jane; su prometida.
Al pensar en su recuerdo, detrás vino el rostro de Isabella. Ahora que estaba sobrio, se daba cuenta de que en realidad, Jane y Bella se parecían más bien poco. Jane era bella en un modo mucho más convencional. Cualquier hombre podría concluir que ella era preciosa. Con Isabella, mientras tanto, tenías que tomarte tu tiempo. Debías observarla detenidamente y apreciar cada uno de sus rasgos por separado para así poder decir, con soltura, que era hermosa.
Pocas veces en la vida él había tenido sentimientos puros. Esa noche, mientras dejaba atrás el tráfico y las luces cegadoras de la Avenida Harmon, deseó con toda su alma que el dinero de ese cheque le sirviera a Isabella de verdad.
Le molestaba pensar que él sería un recuerdo incómodo en la vida de aquella chica. Repensó en todo lo que le había dicho durante su breve plática con ella y aceptó para sí mismo que tal vez ella sí era una enviada del Cielo o del Infierno que le haría pagar todos sus pecados.
No diré mentiras. Ni inventaré enfermedades. Solo digo que no subí capítulo porque soy una indecisa asquerosa y no sabía muy bien cómo continuar la historia. Si con un capítulo del presente o uno del pasado. Al final creo que este estuvo bien y por fin actualicé.
Merezco reviews con insultos por tardar tanto, pero espero también me den su opinión del capítulo.
S4TC.
