CAPÍTULO I

Quinn Fabray

Quinn cerró el casillero, luego tuvo que mirarme dos veces cuando vio que yo estaba ahí, esperándola. Inclinó la cabeza con su usual sonrisa de autosuficiencia. Sólo que exactamente no era su sonrisa habitual. Se veía perpleja, pero también feliz en cierto modo. Fue como si estuviera tratando de entenderlo, rascándose la cabeza mentalmente: ¿Por qué estaría la pequeña tímida Rachel Berry parada junto a mi casillero?

Inclinó un poco más la cabeza, alzando una ceja.

— ¿Quieres hablar conmigo?

Contuve la respiración y le hice un ligero asentimiento. Frunció los labios, obviamente notando mi incomodidad.

— ¿Qué sucede?

Me mordí el labio. Era una buena pregunta.

Estrujando el dobladillo de mi suéter, inhalé profundamente, tratando de reunir un poco de coraje. Lo necesitaba, porque Quinn no era considerada una chica amable, exactamente, de hecho, era considerada una perra porrista dentro del instituto y no era muy diferente fuera de él y obviamente yo no era exactamente Miss Seguridad cuando se trataba de gente malvada. Evitaba las confrontaciones y a los torturadores, cualquier tipo de pelea a toda costa, pero aquí estaba yo, buscando a Quinn "la más maldita y perra porrista de todo el McKinley" Fabray.

Sonrió de nuevo, con los ojos centelleando con una extraña combinación de curiosidad y diversión.

—Vamos, dilo.

—Finn Hudson—solté abruptamente como si tosiera—. Es mi…

Cuando me atraganté de nuevo, ella terminó por mí, todavía pareciendo curiosa.

—…Tu novio.

Asentí, sorprendida. No sabía que supiera eso. No sabía que ella supiera quién era yo. Sonrió, comenzando a entenderlo. Definitivamente lo había descubierto.

—Oh, estás aquí para suplicarme que no le mande a golpear —Se lanzó el libro de historia de una mano a la otra, viéndose entretenida—¿El imbécil te envió a ti?

— ¡No! —Solté deprisa las siguientes palabras para impedirle que se hiciera de una idea equivocada—. Finn no sabe que estoy hablando contigo.

Ella sonrió.

—Entonces, ¿por qué estás hablando conmigo?

—Porque, como dijiste, no quiero que lo golpees—Contemplé sus centelleantes ojos verdes—. Por favor, no lo hagas.

No sé de dónde salió eso, yo siendo valiente para mirarla a los ojos. Tal vez era porque seguía sonriéndome y actuando como si fuera divertido hablar conmigo, o mirarme. Ella se apoyó contra el casillero y se humedeció sus rosados y perfectos labios. Me miró con intensidad durante un momento, luego levantó la vista al techo. Finalmente, gimió, soltando el aliento, y me miró a los ojos.

—Mira —indicó, ahora sonando seria—, tengo que hacerlo. El imbécil de tu novio habló basuras sobre mí frente a todo el equipo de futbol y delante de mis porristas. No es como si pudiera ignorarlo.

— ¡Sí, puedes! —Le respondí siguiéndola de cerca cuando comenzó a marcharse.

Agregué de nuevo, esta vez chillona y desesperada ya que me estaba ignorando.

— ¡Sí, puedes!

Quinn siguió caminando, así que continué siguiéndola, como un cachorro rogándole atención, ladrándole a las rodillas.

—Por favor, ¿puedes? ¿Por favor?

La tomé el brazo con desesperación. Eso era lo único que podía hacer para llamar su atención, ya que aparentemente había dejado de escucharme. Cuando le tomé el brazo, ella se detuvo abruptamente, se congeló.

¡Caramba! Se me tensó el pecho. ¿Qué había hecho?

Se volvió y miró la mano sobre su brazo. La quité a toda velocidad, aterrorizada de que fuera a golpearme por tocarla o simplemente por ser molesta. Pero cuando no me empujó ni me golpeó ni hizo nada más que mirarme con esos hermosos ojos con largas pestañas, tragué y continué con mi súplica ahora que tenía su atención, sólo que ahora yo temblaba y estaba mucho más nerviosa. Quiero decir, Quinn era… sexy. No estaba prestando mucha atención a eso antes, ya que estaba rogando por la vida de mi novio, pero ahora que ella me miraba de ese modo, bueno, lo noté. Y me distrajo, incluso ahora que estaba petrificada.

Aún así, a pesar de que mi mente daba vueltas por eso, me las arreglé para chillar.

—Tengo algo de dinero, no mucho, pero…

Quinn sonrió, y luego negó con la cabeza.

—No quiero tu dinero.

Por alguna razón, eso hizo que mi estómago se sintiera raro. Supongo que por el modo en que lo dijo y el modo en que me miró cuando lo dijo. Hizo que se me acelerara el pulso y me retumbara el corazón.

— ¿Entonces, qué? —Se me agudizó la voz—. ¿Qué puedo hacer?

Una sonrisa sarcástica jugueteaba en sus labios mientras me miraba. Luego levantó la barbilla y me desafió.

—Bésame.

Sentí un revoloteo en el estómago.

— ¿Q-qué?

Sus ojos centellearon.

—Me escuchaste.

La miré, tenía que estar bromeando. Tenía que estarlo. Sólo que no lo parecía ni sonaba como si lo estuviera. Parecía y sonaba entretenida, provocándome, pero aún así, seria. Como si fuera gracioso para ella, poner nerviosa y sudorosa a la novia de Finn Hudson, pero dejaría a Finn libre de culpa si yo hacía lo que decía. Esos eran sus términos, me había ofrecido un trato. Sólo que… era extraño.

—Tú —tragué, sintiéndome ligeramente mareada, como si quizás este momento no fuese real. Como si tal vez me hubiese desmayado de miedo cuando comencé a hablar con ella y ahora estuviera alucinando o soñando despierta o algo—Tú, ¿tú quieres que te bese?

Se puso firme, pero todavía estaba sonriendo.

—Sí… Bésame y no mandaré a matar a tu novio.

Me recorrió un extraño sentimiento, un hormigueo combinado con entusiasmo y horror. Me alejé, y me apoyé contra los casilleros detrás de mí en busca de apoyo. Estaba tambaleante, sudada y temblorosa mientras intentaba lograr que mi mente volviera a funcionar, a pensar de lo que me había dicho.

—Em…

¿En serio? ¿Eso era todo lo que tenía que hacer? ¿Besarla y Finn estaría perdonado? No parecía posible ni correcto. Tenía que haber algo más allí. Después de todo, yo no era Miss Sexy exactamente, estaba lejos de serlo. Por lo general los chicos ni siquiera me notaban. No es que fuera fea, supongo. Finn decía que yo era «hermosa». Pero por otro lado, él era mi novio, y era dulce. Y Quinn no era ninguna de ellas.

—No lo entiendo.

Me dirigió su adorable sonrisa torcida. Hizo que mi corazón se confundiera y revoloteara.

—Sí, lo sabes.

El pulso y mi mente se convulsionaron y se convirtieron en un salvaje frenesí. Me mordí el labio, tratando de descubrir la trampa. Tenía que haber una. Tenía que haberla. A pesar de que Quinn era conocida en nuestra escuela por ser problemática, era linda, incluso adorable. Había cierto «tipo» de mujeres y hombres que siempre estaban detrás de ella, un tipo que no se parecía a mí, en lo más mínimo. Eran llamativa, adelantada y experimentada con los chicos. Yo no era así, para nada. Y no era el tipo de chica al que se le pegaban los chicos. Yo era «agradable», «cariñosa» y «segura», quizás algunos días con el cabello «lindo». Pero eso era todo. De ninguna manera los chicos hacían fila para besarme. Dudaba que siquiera pensaran en mí. Así que no, no lo entendía. ¿Qué estaba pasando?

Tenía que ser algo extraño.

— ¿Eso es todo lo que tengo que hacer? —cuestioné con incredulidad—. Besarte, ¿nada más?

Levantó las cejas, curvando los labios en una sonrisa.

—Puedes hacer más si quieres.

Me sentí imbécil y humillada. Comencé a caminar en la otra dirección. Me tomó el brazo, acercándome a ella con suavidad.

—Dios, sólo estaba bromeando contigo, Berry.

¿Berry? ¿Sabía mi apellido?

Le danzaron los ojos al acercarse, tan cerca que su cálido aliento me hizo cosquillas en el cuello cuando preguntó.

—Entonces, ¿tenemos un trato?

Me alejé de ella, tratando de pensar. Sacaría a Finn del apuro y solo sería un pequeño beso. Pero… sería con una delincuente lanza Slushies a los de menor status social.

Por otro lado, mi mejor amigo, Kurt, siempre decía que necesitaba relajarme y caminar del lado salvaje. Por supuesto, Quinn Fabray era mucho más salvaje de lo que Kurt había querido decir. Él se refería a usar púrpura fuerte en lugar de colores pasteles. No quería decir que saliera con la chica mala de la escuela.

Pero…

¡Pero nada! Si yo no hacía esto, Finn tendría su hermoso rostro destrozado a pedazos por culpa de Quinn Fabray. No podía permitir que eso sucediera.

Inhalé profundo, aterrorizada. ¿Cómo sería un beso de la sexy Quinn? Estaba un poco curiosa, pero más que nada asustada. Solo había besado a dos chicos en toda mi vida. No tenía experiencia, en lo absoluto, y aún así estaba ligeramente nerviosa de que no pudiera confiar en ella, que no fuera sólo un beso lo que la rubia quería, a pesar de que parecía que sólo había hecho el trato para hacerme sufrir. Quiero decir, parecía entretenida, como si fuese divertido de las dos formas: reventarle la cara a Finn o hacer que su novia se asustara a muerte.

Asentí, puesto que teníamos un trato, y luego tragué bastante saliva.

Ella lo notó y sonrió.

—No estés tan asustada, Berry. Soy una buena besadora.

Eso no me calmó de ninguna manera. Sólo hizo que me ardiera el rostro y las mejillas, se me volvieran de un millón de tonos de rojo, pero de algún modo estaba bastante segura de que eso era lo que ella quería.

Sus ojos centellearon cuando me vio prepararme para el beso, observándome al limpiarme las sudorosas manos sobre mi falda y golpearme los puños un par de veces, tratando de prepararme. Finalmente, fruncí los labios y me incliné hacia adelante por el beso.

Me observó con las cejas alzadas, viéndose entretenida. Finalmente, soltó una suave carcajada.

—No aquí.

Sus ojos danzaron cuando parpadeé con confusión. ¿De qué estaba hablando? ¿No aquí? ¿Dónde? Me recorrió el pánico. ¿A qué había accedido, exactamente?

Soltó otra suave carcajada.

—En el gimnasio. A las tres. —Se inclinó cerca de nuevo, jugando con un mechón de mi cabello—. Sobrevivirás. Lo prometo.