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Su beso

Cuando llegué al gimnasio, Quinn ya estaba allí. Estaba sentada sobre las gradas del gimnasio jugando con un pompon.

— ¿Ya es hora? —murmuró, acercándose hasta mí.

¿Qué? Miré el reloj de la pared que estaba justo encima de su cabeza. Sólo eran las 3:02. Dos minutos tarde. Me observaba mientras yo miraba el reloj boquiabierta.

Mi rostro se puso rojo. Oh, ahora lo entendía. Supe por su sonrisa que sólo estaba bromeando.

—Ven aquí —dijo.

Sus palabras y el modo en que las dijo, roncas y tranquilas, me hicieron empezar a sudar, pero también sentir mariposas en el estómago. Me quedé en la entrada, incapaz de moverme.

Ella suspiró con una ligera sonrisa y se me acercó tranquilamente, suavemente me tomó la mano, alejándome del umbral y cerró la puerta silenciosamente. Luego cuidadosamente me apoyó contra la puerta que acababa de cerrar, sujetándome allí, pero de una forma juguetona y medio seductora que hizo que se me debilitaran las rodillas y me revoloteara el corazón.

—Tómalo con calma —murmuró suavemente, como si fuese un potro salvaje que necesitaba ser calmado para no echarse a correr. Sus dedos me rozaron ligeramente el cabello—. No voy a lastimarte, Rachel, lo prometo.

Sus manos, simplemente su toque, eran como electricidad recorriéndome todo el cuerpo. Contuve el aliento e hice un pequeño sonido de gemido. Fue embarazoso y al mismo tiempo no podía concentrarme en ello ni en nada de lo que estaba sucediendo. Lo único en lo que podía pensar era en sus labios. Parecían tan suaves, rosados y brillantes.

Había pensado en ellos antes de soñarlos, muchas veces. Todas las noches durante un tiempo. Cuando estaba en la secundaria, había tenido un loco y enorme enamoramiento. Era embarazoso, estúpido y loco ya que ella ni siquiera sabía que yo estaba viva. Y, si sí, ella era una maldita perra.

Sin embargo, eso hizo a este momento… surrealista.

La cabeza me daba vueltas. Tenía estos salvajes y dispersos pensamientos corriéndome por la mente, pero todos apuntaban a esto: Voy a besar a Quinn, ¡a la sexy Quinn Fabray! Eso hizo que el corazón me bombeara frenético y que el pulso me zumbara salvaje.

Al aferrarme a la puerta detrás de mí en busca de apoyo, me pregunté si me iba a desmayar. Parecía como si tal vez ya lo hubiera hecho y si tendría un ataque al corazón sería algo dramático y embarazoso.

Cerré los ojos de golpe preguntándome cómo sería besarla. ¿Sería como cuando salía en las nacionales de porristas… salvaje y fuerte? ¿Me provocaría un traumatismo? De algún modo, no lo creía. Si su beso era parecido a su toque ahora, o como en mis sueños de secundaria, iba a explotar y morir de placer.

Llena de curiosidad, me acerqué para el beso.

Pero no hubo nada, ninguna boca chocando con la mía, ningún Rachel Berry te amo confesado en mi oído, nada de nada. Me incliné más cerca y esperé y esperé. Todavía… nada.

Finalmente, con cautela, apenas abrí los ojos, entrecerrados preguntándome qué estaba sucediendo pero temiendo que mi rostro estuviera junto al suyo. No lo estaba.

Quinn sólo me estaba mirando, con sus seductores ojos verdes brillando como si supiera lo que había estado pasando por mi mente con exactitud. Soltó una ronca carcajada y luego (¡oh!) acercó con sus suaves y rosados labios a los míos, sólo rozándolos, ligeramente, con mucha ternura.

Aunque se sintió demasiado bueno, o tal vez porque lo fue, me tensé y me sacudí un poco.

—Relájate. —Sus labios sexys y rosados sobrevolaron los míos, simplemente bromeando, haciéndome desear más. Luego presionó la boca contra la mía con más desesperación.

Pero sólo durante un segundo, porque justo en ese momento, la señorita Silvester irrumpió en el gimnasio. La malvada mujer soltó despreocupada unos balones de basquetbol, pero no nos dimos cuenta. No notamos nada salvo nuestras lenguas, el calor y la pasión. Bueno, eso es lo único que yo noté, hasta que su chillona y estridente voz me hizo saltar una milla en el aire.

—Les daré exactamente un segundo para salir de mi gimnasio —resopló con impaciencia la señorita Sue Silvester—. Luego les entregaré papeles de detención.