13
Gomitas de colores
Cuando Barbra abrió la puerta tres minutos después, declarando.
—¡Se acabó el tiempo! —Quinn hizo un bajo sonido de gruñido, alejándose de mí de manera enojada. Inclinó su frente contra la mía. Por un momento sólo estuvieron nuestros rostros sonrojados, nuestros corazones explotando y nuestros jadeos mientras
tratábamos de respirar bien. Luego ella se rió, sacándome de mi trance inducido por las hormonas.
—Despierta, hermanita —indicó, alejándome de Lucy—. Me dijiste que no te dejara hacer esto, quieres un chico agradable, ¿recuerdas? No a la sexy rubia porrista y popular Quinn Fabray.
Quinn inclinó su cabeza, pareciendo sorprendida, sin embargo un poco intrigada por esta información. Miró de mí hacia mi hermana.
— ¿Qué más dijo?
Barbra se rió.
—Oh, no te gustaría saber. Mira, aléjate de mi hermana. —Ella literalmente me arrastró hacia la puerta—. Rachel no es tu tipo.
No sé qué dijo Lucy sobre eso, si dijo algo en absoluto. Barbra finalmente estaba haciendo lo que le pedí, mantiéndome alejada de ella. Sólo que era muy tarde, demasiado tarde para poner mi corazón en Mike Chang o alguien agradable. Estaba puesto completamente en Lucy Quinn Fabray.
Cuando regresamos en el auto, Barbra no paraba de hablar acerca de las «chispas» que se dispararon en el taller mecánico. Dijo que las vio volando entre Quinn y yo. Me hizo gemir y hundirme en el asiento, porque ya sabía que hubo chispas, muy importantes chispas. Al menos de mi parte aunque probablemente no de parte de ella, puesto que sólo estaba jugando, y tenía a un montón de chicas con pinta de zorras peleándose por ella, pero eso no me ayudaba, eso no hacía que mis chispas chispearan menos sólo porque la rubia no las sentía. Sólo las sentía yo y las hacía patéticas.
—No quiero que me guste Quinn —gemí por centésima vez—. Quiero que me guste… Mike.
— ¿Mike Chang? —Barbra sonrió con suficiencia—. Dios, Rachel, él es prácticamente
Finn. …Prueba con un sabor nuevo.
Parpadeé, sin tener idea de lo que estaba hablando.
— ¿Qué?
Suspiró, como si yo viviera en un termo y la afligiera profundamente, y entonces comenzó con esa gran analogía acerca de los chicos que eran como helados, y de que había diferentes sabores.
—Diversifícate —repuso—. Prueba algo más aparte de vainilla.
Me enfurruñé, me sentía cómoda con la vainilla. Sin duda los sabores nuevos y emocionantes eran tentadores, atrayentes más allá de lo imaginable, pero estaba bastante segura de que no me darían nada, salvo un dolor de estómago y dolor de dientes y casi seguro angustia. Porque eso es lo que Quinn era, una angustia esperando ocurrir. No tenía novias, ni siquiera tenía citas. Sólo animaba el corazón de una chica con sus seductores ojos verdes y sensuales labios, y su voz sexy y atractiva. Entonces le hacía al corazón de ella lo mismo que hacía en las nacionales de porristas o en los pasillos con smoothies, destrozarlo.
No quería a una chica así, quería estar libre de chicas como Lucy, me gustaban los chicos sensibles y comprensivos, como Finn. Chicos con los que te pudieras dar la mano, con quienes pudieras escribir canciones. Extrañaba tanto eso, escribir con Finn.
Suspiré, sintiéndome triste de nuevo. Barbra había dicho que Finn y Mike eran iguales, pero no lo eran. Mike podía cantar, sí, tenía una linda voz, pero no tenía ningún interés en escribir canciones solo en bailar, y en cierto modo me hacía sentir como un fenómeno cuando le contaba cuánto me gustaba escribirlas.
Suspiré de nuevo porque esas cosas no tenían nada que ver con que Barbra me estuviera mirando del modo en que lo estaba haciendo. Quería saber por qué no aceptaba las chispas.
—Lucy Quinn Fabray y yo no tenemos nada en común —refunfuñé—. Tengo mucho en común con la vainilla.
— ¿Cómo qué? —Barbra expresó en tono venenoso, pero no en un sentido malo exactamente, sino más bien en el sentido abre—los—ojos—. Además de que Finn es una mujer sensible y dramática y tú eres una mujer sensible y dramática, ¿qué más tienen en común?
¡Ugh! Sólo estaba bromeando con eso de que Finn era una chica, lo sabía, pero odiaba a la gente que se burlaba de él porque se emocionaba y era sensible y todo. Incluso ahora que me había roto el corazón, estaba tentada a defenderlo pero no lo hice. Me mordí los labios, resistiéndome al impulso. Finn ya no era mío. Tendría que pelar sus propias batallas. Yo necesitaba liberarlo.
En lugar de defenderlo, finalmente dije.
—Finn y yo solíamos escribir canciones. Amaba eso —Me escabullí en el asiento, sintiéndome como si estuviera por llorar—. Extraño eso.
Lo hacía, realmente. Extrañaba eso más que nada, tener esa conexión con un chico, un ferviente interés en algo que ambos amábamos y en lo que podríamos trabajar juntos, en lo que ser compañeros.
Barbra no dijo nada más. Creo que sintió pena por mí.
Sólo una semana después de chocar el auto de papá contra el contenedor del 7—Eleven, me perdí el último autobús después de la escuela. No sé cómo sucedió, exactamente. Había tenido que quedarme después de la escuela para recuperar un examen de francés porque me había perdido la clase debido a una cita con el dentista, pero cuando lo finalicé, todavía me quedaba un montón de tiempo antes de que supuestamente pasara el último autobús, por lo que fui a la biblioteca para trabajar en esta canción que estaba escribiendo llamada « You're mine», y supongo que perdí la noción del tiempo.
Cuando me di cuenta de lo tarde que era, arrastré los pies hacia la salida de la biblioteca y estaba casi fuera de la puerta antes de darme cuenta que había olvidado el cuaderno de canciones. Tuve que darme la vuelta y regresar a buscarlo… y entonces me perdí el autobús.
Lo loco fue que esa ni siquiera era la primera vez que olvidaba el cuaderno. Bueno, está bien, este en particular jamás lo había olvidado. Pero, por supuesto, había llenado cientos de ellos desde que comencé a quedarme con uno. Hacía un par de años me había olvidado uno en la cafetería de la escuela o podría haber sido en el aula, en el autobús. En realidad, no tenía idea de dónde lo había dejado. Resultó ser que lo perdí y lo busqué en mi casa durante días, semanas. Luego, ¡apareció en el correo! Alguien me lo envió. Lo más espeluznante fue que no tenía mi nombre en él, en ningún lugar. Entonces, ¿cómo supo esa persona que era mío?
No tenía idea, pero saber que alguien lo había encontrado, y probablemente leído, era suficientemente escalofriante de alguna manera, sabían que era mío y dónde vivía, pero no me hicieron saber quiénes eran. Lo enviaron sin una nota ni un domicilio para devolverlo ni nada. Me dio escalofríos de sólo pensarlo.
Después de eso, durante años, siempre tuve cuidado con mi cuaderno, y me aseguré de tenerlo todo el tiempo y de que no lo dejara accidentalmente en cualquier lado ni lo olvidara, pero ¡hola! Hoy casi lo olvido. Estuve tan cerca que me hizo estremecer.
Cuando me di cuenta que me había perdido el último autobús, me consolé pensando: Bueno, al menos tengo mi cuaderno. Era capaz de consolarme con eso, incluso a pesar de que el día era frío y lloviznaba, y tenía seis millas de camino por delante.
A penas llegué a los patios de la escuela antes de que el Mustang rojo de Lucy se detuviera junto a mí. Cuando la vi, se me aceleró el corazón de forma violenta y casi me tropiezo con mis propios pies.
Ella abrió la ventana.
— ¿Necesitas que te lleve?
Se me aceleró el pulso al escuchar su oferta y ver su sonrisa adorable y juvenil. Ella no lo sabía, pero le había dejado en secreto una gran galleta de nuevo, en su casillero durante el tercer período de esta mañana y le había escrito otro poema anónimo para acompañarla. Esta vez, el poema era acerca de su beso, lo hice muy impreciso de nuevo, para que no tuviera ni una pista de que era mío.
—Eh… —Intenté ignorar la pequeña voz en la parte trasera de mi cabeza que me estaba gritando: ¡Quédate con vainilla, Rachel Berry! Necesitas vainilla. ¡Este sabor solo te provocará caries!
Le sonreí.
— ¡Claro! ¡Sería genial!
Mientras rodeaba el auto para subirme en el asiento del acompañante, intenté razonar con la voz. Después de todo, estaba frío y lloviznaba. Sólo acepté el viaje para librarme de la humedad, me reprendí.
Parecía perfectamente razonable. ¿Cierto?
Cuando me abroché el cinturón, el clima empeoró. Comenzó a lloviznar más fuerte, lloviendo prácticamente. Como si fuera una señal, se suponía que tenía que estar en el auto de Quinn, me hizo sonreír. Sólo que, entonces, Quinn extendió el brazo para encender los limpiaparabrisas y justo entonces lo recordé: ¡osos de goma!
¡Oh no!
Había puesto un puñado de ellos debajo de los limpiaparabrisas esta mañana. ¿Por qué? No lo sabía exactamente, sólo por diversión, supongo. Leroy me había dejado en la escuela después de la cita con el dentista y tuvo que escribirme una nota para que pudiera justificar la falta a la clase de francés, por lo que estacionó en el lugar más cercano del estacionamiento para escribirla, y fue justo al lado del Mustang de ella, entonces cuando salí del auto de papá y estuve allí, junto a la posesión invaluable de Lucy, pareció como si tuviera que hacer algo.
Al principio tuve el impulso de escribirle una nota rápida y anónima, o dibujarle una sonrisa o algo, algo para meterle debajo del limpiaparabrisas. Metí la mano en la mochila, lo que me encontré fue mi provisión de gomitas de osos.
Al ver los osos coloridos, tuve una idea. Después de todo, era un día húmedo y lluvioso y una nota sería triste y saturada, pero los osos de goma, bueno, pensé que los osos de goma podrían ser… lindos. Nunca se sabe.
Entonces, riéndome tontamente, porque soy una lunática, puse un puñado (o dos) de osos de goma debajo de los limpiaparabrisas, pensando que el resultado podría ser un
poco agradable y hermoso agregar un poco de color a la vida de Quinn, como su beso le agregó a la mía.
Pero, ¡espera! Estar sentada aquí con ella cuando encendiera los limpiaparabrisas, eso era algo que no había esperado.
Cuando los giró, solté un pequeño jadeo rápidamente lo convertí en una tos e intenté parecer inocente incluso mientras un arcoíris lluvioso corría por el parabrisas. Quinn inclinó la cabeza pareciendo confundida por los colores que los limpiaparabrisas estaban produciendo. Cada vez que cambiaban un nuevo arcoíris se dispersaba por el parabrisas.
Ella sonrió, alzando las cejas.
— ¿Qué demo…?
Me mordí los labios para impedir que rompiera a reír. La mirada en su rostro, tan desconcertado, me tenía lista para rodar por el piso riendo histéricamente, pero hice mi mejor esfuerzo por mantener el rostro serio y también parecer desconcertada.
Porque, bueno, no quería que supiera que fui yo, simplemente no quería, no quería que supiera que había estado pensando en ella, y que había puesto golosinas en su auto no sólo porque era vergonzoso sino porque ya sabía, sabía que estaba muy y estúpidamente enamorada de ella.
Durante un instante, casi me permití pensar que estaba a salvo y escaparme con mi truco de chica acosadora. Mi corazón comenzó a tranquilarse ligeramente.
Sólo que…
Entonces noté que la bolsa de gomitas de osos estaba sobresaliendo del bolsillo de mi chaqueta. ¡Oh, no! La guardé bien adentro rápidamente, tratando de hacerlo inadvertidamente, esperado que ella no lo hubiera notado. Fui totalmente atolondrada al hacerlo, porque ¡caramba!, hubo evidencia total de que yo era la bromista que produjo el arcoíris.
Hizo que mi corazón se alborotara. La miré rápidamente a hurtadillas, en sus labios jugueteaba una sonrisa divertida, pero eso podría haber sido sólo por el arcoíris en el parabrisas, por lo que no estaba segura de sí había notado la bolsa en mi bolsillo o no. Era difícil saberlo con la magnífica y extraña Lucy Quinn Fabray. Parecía ser el tipo de chica despreocupada, fácil de tratar, y aún así parecía que no se le escapaba nada, nada, y no ayudaba el hecho de que siempre tuviera una sonrisa extrañamente hermosa en su rostro, como si conociera un secreto divertido o una broma, y realmente quisiera compartirla, sólo que sabía que sería completamente inapropiado.
Siempre lucía así, como si tuviera un chiste en la punta de la lengua. Entonces, era difícil leer sus expresiones.
De todos modos, no quería que hablara de los ositos de goma, de ninguna manera. Si decía una sola palabra acerca de ellos, mi broma sería descubierta. Me apenaría toda y empezaría a tartamudear o a reírme histérica y entonces me entregaría completamente, no podía darle la oportunidad de hablar.
Abrí el IPhone y comencé a hablar inmediatamente, actuando como si acabara de recibir una llamada.
—Estoy yendo —hablé a la línea muerta, y luego agregué con una voz refunfuñona—. Me perdí el autobús.
Seguí hablando más y más, sintiéndome como una lunática, charlando acerca del recital de piano al que había ido la semana anterior; quería que ella supiera que yo también era músico, al igual que ella, pero sobre todo, estaba preocupada por no hablar de los ositos de goma.
Cuando finalicé la llamada, le sonreí, relajada, como si no se me estuviera por salir el corazón del pecho.
—Gracias por el aventón —Sorprendentemente, tenía la voz tranquila y dinámica, como si aceptara aventones de chicas malas y populares todos los días y tan sólo se estuviera haciendo algo de costumbre—. ¿Puedes dejarme en la casa de mi amigo Kurt Hummel? Vive al final de la manzana y hacia la derecha. Me está esperando.
No sé por qué agregué eso último, no era como si fuera una amenaza. Kurt me está esperando y si no llego en cinco minutos, enviará a la policía a buscarme. No temía que ella me secuestrara ni nada por el estilo pero por otro lado, era una chica muy fuerte y alta y no la conocía en absoluto. Era casi como si hubiese aceptado un aventón de una extraña, una que ya había besado tres veces, y con quien había soñado constantemente, aún así, no la conocía, lo único que sabía es que era un problema en los pasillos del McKinley. Cuando estábamos en la secundaria, ella y Santana solían ir a detención casi todos los días.
Aún así, estaba avergonzada por haber agregado me está esperando por lo que rápidamente continué—: Estamos, eh, haciendo juntos un proyecto, para la obra de la escuela… Una recaudación de fondos… tú sabes
Íbamos a hacer todo eso, pero no hoy. Hoy sólo iba a presentarme en su casa, inesperadamente, y a enloquecerlo si me veía bajar del auto de Quinn. Sin embargo, lo más probable era que Tina la viera, ella vivía justo al otro lado de la calle, y tenía un radar asombroso para detectarla a ella y a su auto. Enloquecería completamente si me veía salir de el.
En el poco tiempo que tomó llegar a la casa de Kurt, el cielo se había despejado y el sol incluso se asomó un poco en medio de las nubes.
—Se supone que será una linda noche —expresó, como si también hubiera notado el sol.
Se me quebró la voz.
—Sí, eso escuché.
Ahora estábamos en el estacionamiento de Kurt, no estaba segura de si quería salir de un salto de su auto o quedarme y tener una verdadera conversación con ella. La idea de conversar con Quinn era tanto aterradora como emocionante al mismo tiempo, me hizo sudar.
Pareció notarlo, no que estuviera sudando (espero), sino que no salí de un salto cuando detuvo el auto. Sonrió un poco, luego trabó los ojos en los míos, quitándome el aliento.
—Algunos de nosotras iremos al río esta noche, para salir un rato. ¿Quieres venir?
—Oh… yo, eh. —Pude sentir cómo se me ruborizaba el rostro, y también las orejas. El momento era muy irreal, lo había deseado tanto, que me invitara a salir, que prácticamente estaba viendo estrellas.
Sin embargo…
—No puedo. —Suspiré—. No soy del tipo que sale a dar una vuelta al río.
—No, lo sé —respondió Lucy—. Pero… —Negó con la cabeza—. Bueno, está bien. Si no quieres hacerlo.
— ¡No! Sí quiero. —Lo dije de nuevo— Quiero hacerlo. Pero no puedo, porque no soy así, del tipo que va a una fiesta al río. —Estaba por dejarlo así, pero entonces continué con la verborrea— Pero si lo fuera, definitivamente iría contigo.
Levantó una ceja, pareciendo divertida.
—Entonces ven.
Negué con la cabeza, lamentándolo, pero completamente resuelta. Había escuchado historias acerca de las fiestas junto al río, eran para beber y tener aventuras de una noche. Dos de las muchas cosas que no hacía.
—No puedo —repuse de nuevo.
Sonrió un poco.
—Está bien. Es sólo que… —Su sonrisa creció—. Ese beso… —Arqueó las cejas—. Me gustó.
Gemí.
—A mí también.
Salí del auto rápidamente y me dirigí hacia la casa de Kurt antes de que el corazón estallara de deseo y antes de que pudiera cambiar de opinión.
