Nota de Tempestt: Descargo de Responsabilidad: Es mío, ¡todo mío! Lo escribí, lo dirigí y lo más importante, obligué a Vegeta hacer actos sexuales con el fin de obtener un papel principal. Por otra parte, si los abogados vienen siempre podría declarar locura.

Capitulo dos

Inhumano

El primer día que ella no vino, él se encogió de hombros. Se había acostumbrado a su presencia diaria, pero no estaba demasiado interesado por su ausencia. Se sentó en silencio, miró los paneles del techo de su celda y su demencial mente creó imágenes con la textura de los contornos. Revivió sus pasadas batallas sangrientas en detalle, vio como los cuerpos eran amontonados en una pila para ser quemados con el fin de prevenir enfermedades a los más nuevos habitantes. Vio las fauces abiertas de Frízer cuando se jactaba de su victoria, parado sobre los vencidos saiyayíns, agitando maliciosamente su cola en el fondo. Al final se aburrió de ese tiempo pasado en particular y giró la cabeza para poder ver su rostro distorsionado en el metal pulido. Lanzó una mirada amenazadora, mostró los dientes y se tranquilizó al momento; no había olvidado su naturaleza brutal, tan solo la dejó ir por unos pocos minutos.

El segundo día que ella no se presentó, sus ojos se endurecieron como dos relucientes gemas de ónix y empezó a inquietarse, terribles pensamientos se arremolinaron en su mente fértil. Volvió sus insondables ojos negros hacia los apresurados científicos para observarlos con un escrutinio predador. Ellos se dieron cuenta de su vigilancia, pero ignoraron los escalofríos de miedo que se precipitaron sobre sus columnas. Sabían que era mejor no acercarse al alienígena; por más entusiasmados que estuvieran ante la perspectiva de estudiar a un espécimen vivo, su hostilidad era tangible. Parecía que los tentáculos de su furiosa aura podían extenderse, agarrarte por el cuello y estrangular tu vida a pura fuerza de voluntad. No tenían ningún deseo de probar la teoría nacida en el dispensador de agua, que el príncipe podía matar a un hombre con el pensamiento, con un mero estrechamiento de sus sádicos ojos. Él era el mal puro y profano, y se quedaron tan lejos como les fue posible.

Al tercer día daba vueltas en la jaula como un gato de la selva. Sus puños se abrían y cerraban a los lados, sus labios dejaban ver sus colmillos de marfil, azotaba de forma violenta la cola por detrás y el pelaje, por lo general liso, se erizaba debido a la agitación. Empezó a golpear las paredes, pero fue incapaz de hacer mella en el acero pulido. Aulló furioso y maldijo a la bruja de cabello azul que lo había atrapado. Juró destruirla a ella y a su pequeño campo de fuerza. Cuanto más tiempo pasaba bajo el resplandor de la pared invisible, más débil se hacía mientras este absorbía su ki, hasta que solo fue una sombra de lo que era antes. Sus infernales ojos desollaron a los indefensos científicos y más de uno huyó de la habitación aterrorizado. Hacia el final del día, sus gruñidos y rugidos letales despejaron el laboratorio por completo, dejándolo con nada más que sus hipótesis inciertas como compañía.

A medida que avanzaba el tiempo, la iluminación se atenuó, solo una bombilla fluorescente permaneció prendida como siempre. Si no estuviera tan acostumbrado a la adversidad, se habría vuelto loco por la falta de descanso, así que ignoró su desconsideración por dejarlo dormir con luz constante otra vez. Continuó yendo y viniendo, deteniéndose cada pocos minutos para hacer gestos groseros a la cámara. ¿Dónde estaba ella?, ¿lo había abandonado?, ¿iban a matarlo pronto? No quedaba ninguna duda en la mente de Vegeta que apenas estos humanos lo hubieran terminado de estudiar se desharían de él. Si la reina de las brujas había perdido el interés, entonces esto muy bien podría anunciar el final de su nefasta existencia.

Frustrado, se arrancó su andrajosa camiseta azul todavía manchada y desgarrada por su última batalla, luego caminó airado hacia el fregadero, giró la llave y salpicó su pecho y rostro con el agua helada. Su piel se tensó sobre los músculos por el impacto del frío y sus pectorales se contrajeron en respuesta, pero al oír un un chasquido de la puerta externa, detuvo sus cuidados con el fin de echar un vistazo por el rabillo del ojo para averiguar quien se atrevía a molestarlo. Al notar un destello azul, se enderezó y lanzó una mirada asesina al laboratorio a oscuras.

Bulma entró en la habitación, su boca dibujaba una fina línea de disgusto. Había sido bombardeada con quejas sobre el comportamiento del saiyayín y venía a investigar el problema. Se detuvo en seco cuando lo vio erguirse y sacudir la cabeza como un perro, salpicando agua por todas partes. Observó pasmada de asombro la forma en que las gotitas atrapadas en la luz y brillando como diamantes rodaban por su pecho cincelado, acentuando cada hendidura de su piel. Nunca había visto un cuerpo tan perfectamente proporcionado. Era poder absoluto encerrado en bronce esculpido.

—¿Dónde mierda has estado, perra? —gruñó él de una forma feroz sacudiéndola de su temporal respiro. El rostro de Bulma enrojeció ante el insulto y sintió un familiar odio burbujear en su interior.

—No es de tu incumbencia, cabrón —siseo ella en respuesta y él observó fascinado como sus ojos comenzaron a brillar con un fuego celeste. Sus rasgos se oscurecieron mientras detectaba el aumento del ritmo cardíaco y el pulso rápido de la mujer. Todos eran signos de engaño.

—¿Has estado planeando mi muerte, mujerzuela? —Pegó su brazo sobre el portal y miró fijamente a su nueva némesis. Ella era de lejos un enemigo mucho más peligroso que Frízer. No lo honraría con una muerte en batalla, lo más probable sería que lo matase en su sueño. Era una lástima que no disfrutaría del placer de tenerla sujeta por debajo suyo en un futuro próximo. Sus labios se fruncieron ante la tonta idea y luego mostraron un indicio de sus colmillos.

Bulma sintió su pulso palpitar al observar como los pectorales de Vegeta se contraían cuando se inclinó de manera casual contra el marco de la puerta. Una vez más fue golpeada por su perfección, era una verdadera obra de arte. Yamcha nunca había lucido tan hermoso. Apretó la boca en el momento que sus pensamientos se dirigieron hacia su amante muerto.

—Solo los animales se bañan en el fregadero, ¿bebes del inodoro también? —Cerró las manos en apretados puños mientras lo veía sonreírle burlonamente. Él le mostró los dientes justo antes de que se diera la vuelta para recoger su camiseta.

—No has tenido a bien proporcionarme un cuarto de baño desde que estoy aquí. Como un guerrero me puedo conformar con lo que tengo, pero he visto a animales recibir un mejor trato de sus captores. —Se agachó, agarró la camiseta del suelo y se la puso. Él ignoró el súbito sonido de asombro que ella hizo, pensando que había tocado alguna fibra sensible al lanzar su último comentario.

Se dio la vuelta solo para verla palidecer y llevarse una mano a la boca llena de horror. Sus grandes ojos se cruzaron con los suyos y él pudo ver la piedad parpadeando en las profundidades. Gruñó, luego avanzó hacia ella con una intención mortal, pero la barrera detuvo su procesión.

—¿Cuál es tu puto problema ahora? —dijo en un tono áspero. Podía manejar la ira, el odio e incluso el miedo en los ojos de los demás, pero no toleraría la piedad. Ni siquiera sabía lo que había causado tal reacción en ella. Todo lo que le venía a la mente era que quería envolver sus manos alrededor de ese frágil cuello y sacudirle la vida por atreverse a expresar tal emoción en torno a él.

Bulma tragó saliva mientras intentaba calmar sus emociones revueltas. Cuando Vegeta se volteó, fue capaz de ver las numerosas marcas de látigo que surcaban su espalda. Los verdugones levantados no dejaban ningún punto libre, haciendo que esta quedara como una masa de mutilado tejido cicatrizal. Nunca había visto algo tan abominable en su vida. Esa cantidad de daño solo podría haber sido logrado por años de interminables golpes y no pudo detener la compasión que salió a la superficie para eclipsar su odio. Vio el destello de ira en sus ojos cuando él fue testigo de su conmiseración y ella en seguida lo empujó hacia abajo.

—Sí, por supuesto, tienes razón. Yo tenía la intención de equipar una habitación más grande para ti con las comodidades necesarias como una ducha mucho antes, pero he estado trabajando en otro proyecto. —Bulma estaba horrorizada por su falta de humanidad. Lo había dejado pudriéndose en esta deplorable celda inadecuada durante semanas, sin siquiera la posibilidad de bañarse correctamente. Incluso los asesinos en cárceles de máxima seguridad recibían un mejor trato.

—Detente humana. Vamos a ser honestos, ¿sí? Una vez que hayan terminado de auscultar y pinchar tienes toda la intención de matarme. Solo admítelo y acaba de una vez. —Vegeta comenzó a pasearse por la habitación, su cola azotaba cual si fuera una cosa loca detrás de él, la impotencia lo carcomía como una plaga. Tenía que escapar, tenía que salir, no había sobrevivido a años de esclavitud bajo el dominio de Frízer solo para terminar muriendo por el capricho de alguna maldita puta del infierno.

Los ojos de Bulma se abrieron en estado de shock ante su declaración. ¿Era eso lo que él pensaba? ¿Que iban a matarlo? Bajó la mirada hacia el suelo en un intento desesperado por acabar de ordenar sus confusos pensamientos. ¿Qué iba a hacer con él? No había pensado mucho más allá de detenerlo de matar a sus amigos. Ahora que lo enjauló, no tenía la menor idea de cómo proceder. ¿Iba a ser su guardián por el resto de sus vidas? Bulma sacudió la cabeza, no le quedaba tiempo para contemplar ese problema, estaba demasiado ocupada para preocuparse por ello.

—No, no voy a matarte. Quizás debería, pero nunca podría tomar la vida de otro. —Su voz era suave y él quedó cautivado por el delicado azul zafiro de sus ojos. En todos sus viajes jamás había visto a una criatura como ella. Bueno, tal vez lo hizo, en algún planeta distante, justo antes de aniquilarlo.

Él resopló ante el comentario. Esas palabras eran tan inocentes, tan falsas. Hay ciertas verdades que son universales. Según su experiencia, las personas gustaban de lastimarse entre ellos, era un placer primordial al que muchos se entregaban. En segundo lugar, no importaba que tan amantes de la paz o amables fueran, cuando se enfrentaban al exterminio, incluso la criatura más bondadosa podría girar hacia ti como un animal rabioso para arañar, sisear y morder. La supervivencia era instintiva y varios matarían antes de dejarse asesinar.

—¡Ya has tomado mi vida! —Él alzó su brazo e indicó las paredes de la jaula—. Me estás matando lentamente cada minuto que me dejas en este agujero del infierno —dijo a través de sus dientes apretados.

—Bueno, no podemos dejarte correr como un salvaje por allí, ¿verdad? Nunca nadie ha muerto por un poco de inactividad forzada. Ahora, una vez que haya terminado mi proyecto empezaré con tu nueva celda, pero hasta entonces vas a tener que esperar. —Ella no se vio afectada por su apasionada solicitud. Preferiría comer carbón ardiente que dejar a ese loco suelto entre la población. Ahora era su responsabilidad para bien o para mal.

Vegeta sintió que la rabia que hervía justo debajo de la superficie salía con verdadera furia. Bajó a los más profundos escondrijos de su oscura alma y sacó la última energía restante que se concentraba en su interior. Agarró la cama que estaba atornillada en el piso, la arrancó del suelo con un chillido desgarrador del metal y se la arrojó a su carcelera.

El sobresalto que le causó la hizo saltar hacia atrás, poniendo más distancia entre sí misma y el asesino que había atrapado. La cama golpeó contra la pared invisible, chispeando mientras el metal era aplastado por la fuerza de la velocidad antes de rebotar y caer estrepitosamente al suelo. Él la agarró de nuevo, esta vez para lanzarla contra la pared del fondo con rencorosa furia. Atacó la ofensiva pieza de mobiliario por un total de cinco minutos, torciendo el esqueleto del marco a un trozo inservible de metal. Blancos copos de algodón flotaron serenos en el aire a su alrededor, luchando de una forma tímida contra el torbellino de ira que se manifestaba en la imagen del hombre y Bulma fue golpeada por el loco pensamiento de que estaba nevando dentro de su triste prisión.

De improviso Vegeta se detuvo, su pecho se agitó mientras trataba de calmarse. Su preciada fuerza lo abandonó abruptamente, colapsó sobre las rodillas e inclinó la cabeza bajo la parpadeante luz pálida. Bulma se había apoyado contra un escritorio y estaba medio reclinada sobre la superficie con la parte superior del cuerpo lo más lejos posible del hombre enojado; su mano se posó por reflejo sobre su delgado cuello y casi podía sentirlo envolver los dedos alrededor de este.

Ella respiró estremeciéndose, se enderezó lo más rápido que pudo y sacudió sus ropas arrugadas con las manos temblorosas. Debía recuperar el control de su cuerpo para refrenar su visible pánico por el arrebato de Vegeta. Si había una cosa que aprendió mientras estudiaba a este hombre era que aborrecía la debilidad en cualquiera de sus formas, mostrarle miedo solo reforzaría el desprecio que le tenía. Dio un par de pasos para avanzar y estupefacta lo vio permitirse permanecer en el suelo. Él se inclinó apoyándose sobre sus nudillos y una persistente tos seca estremeció su cuerpo abatido haciéndola hacer una mueca.

Tomando otro paso adelante, ella bajó la mirada hacia el guerrero caído, la preocupación estaba grabada sobre sus rasgos ahora que su miedo inicial había pasado.

—¿E… estás bien? —Se aclaró la garganta, en su desesperación trató de sonar indiferente y falló por completo.

Después de que los espasmos pasaron, Vegeta continuó arrodillado en el suelo, de espaldas a la idiota humana que lo atormentaba. Se encontraba indefenso ahora. Ella le había robado las últimas fuerzas que tenía con sus palabras irreflexivas. Él odiaba a Frízer con una inquebrantable intensidad, pero esta mujer estaba arañando el camino hacia la cima de su lista. Apretó los ojos cuando su suave voz se abrió paso para rodearlo y calmó los aullidos de su alma. Solo deseaba entender por qué de la nada lo golpeó el impulso de lamer sus suaves labios en lugar de estrangularle la vida. Limpió el pensamiento de su mente, echándole la culpa a la falta de compañía femenina durante las últimas semanas.

—No tienes idea, ¿verdad? Cada segundo que estoy en esta "jaula" —escupió las palabras—, más de mi esencia es absorbida. El ki de un guerrero es su fuerza vital, es más importante que la sangre y tú la estas drenando de mí como una especie de sucubo monstruoso. —Esas palabras crisparon sus oídos y ella sintió un nudo en la garganta. Él se veía roto, de rodillas en la luz, como un niño que lo había perdido todo o un hombre que no tenía ninguna razón para vivir. Bulma palideció y el temor floreció en su interior. ¿Decía la verdad?, ¿lo estaba matando? Ella nunca podría matar a otro ser vivo, eso estaba mal en todos los sentidos.

—Yo lo arreglare. —Se comprometió en un apuro, desesperada por reparar el daño que había causado—. Voy a averiguar cuál es el problema y lo resolveré, lo prometo.

Él gruñó sabiendo que el actual curso de la conversación era una pérdida de tiempo. Nunca conseguiría que admitiera sus intenciones y estaba cansado de contemplar su futuro. Sabía que lo mataría al final, no importaba cuan sinceras sonaran sus promesas rotas. Se levantó del suelo, despreciando mostrar más debilidad de la que ya hizo. No podía permitirle ver cuán frágil su mente y su cuerpo se habían vuelto.

—Entonces te ruego que me digas, ¿cuándo recibiré esos alojamientos de lujo? —siseó lleno de desprecio y sus ojos de obsidiana escanearon su cutis perfecto. Ella se encogió de hombros cuando se movió hacia su puesto de trabajo para examinar algunos documentos abandonados. El corazón todavía le latía con fuerza y tenía que mirar cualquier otra cosa aparte del temible hombre.

—Una semana, quizá dos. Depende de cuánto tiempo me tome completar los planos para la unidad espacial —respondió ojeando sus diseños estadísticos dispersos en el escritorio.

—¡Grandioso! Así que solo debo quedarme sentado aquí en mi propia inmundicia, muriendo lentamente, mientras juegas con tus inventos descabellados —gruñó él y tomó un placer perverso en el color escarlata que manchó las mejillas de Bulma.

—Uno, mis inventos no son descabellados. —Ella se abalanzó sobre la posibilidad de cambiar de tema—. Me la he pasado construyendo un crucero galáctico clase batalla. Es la primera nave espacial interestelar del mundo, con excepción de la vaina en la que envié a los chicos y estoy presentándola en la ONU a finales de esta semana. —Se frotó las manos con placer mientras su ira se convertía en entusiasmo—. ¡Vamos a empezar a explorar el espacio! —Miró hacia el saiyayín y un ceño fruncido reclamó sus rasgos—. Y dos, si tomaras la ropa que te ofrecimos, entonces no olerías tan mal —le resopló al guerrero.

—No voy a rebajarme a usar ropa humana. —El comentario de Vegeta era de memoria, pero su ágil mente ya estaba procesando este nuevo flujo de información.

Vegeta había escuchado su perorata con sumo cuidado y sus ojos se estrecharon en consideración. La desesperación que lo arrasaba era debido en parte a la destrucción de su vaina. Ella había destrozado las únicas tres naves espaciales en este planeta con el fin de crear una mucho más grande que sus amigos utilizaron para aventurarse a Namekusei. Estaba seguro de que incluso si escapaba de este laboratorio abandonado de Dios, todavía estaría varado en la aislada bola de barro. Ahora parecía que ese no sería el caso. Esta inútil desperdicio de persona, al parecer había diseñado una nave nueva y Vegeta tuvo un marcado interés en ello.

Bulma le dio la espalda al frío guerrero, decidió que lo mejor era ignorar al bruto. Solo estaba tratando de sacarla de quicio y no quería ser conducida por ese camino. Él era la única persona que sabía que podía darle a ella una paliza verbal que realmente picara su orgullo.

—Así que dime, perra, ¿cuándo vas a terminar esa nave? —Las palabras roncas de Vegeta enviaron escalofríos por su espina dorsal. Él se las arregló para hacer que su insulto sonara afectuoso, pero el tono subyacente de sarcasmo era agudo. Ella se humedeció los labios cuando sintió una oleada de calor en su vientre y respondió sin prudencia.

—Un mes más o menos. —Se volvió solo para encontrar unos penetrantes ojos clavándola en su sitio. El corazón se le aceleró por el deseo mortal que ardía en esas oscuras profundidades—. ¿Por qué lo quieres saber? —preguntó ella pecando de ignorante.

La única respuesta fue una sonrisa astuta que hizo a sus huesos derretirse y él se alejó para bajar la mirada hacia lo que quedaba de su cama. La maldad fluía de Vegeta en oleadas pecaminosas y Bulma quiso darse una palmada por su estupidez.

Bien Bulma, dile al hombre malo que hay una oportunidad de escapar. ¿Por qué no desbloqueas su celda mientras estas en eso?

Ella recogió sus archivos y salió de la habitación, maldiciendo doblemente a su lengua díscola y a su rebelde libido.