Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: No soy dueña de DBZ, pero si alguien quiere darme a Vegeta por mi cumpleaños, no me opondría a la idea.

Me avergüenza decir que he utilizado la palabra con C en este capítulo. No me gusta, pero parecía la mejor opción para poner a Bulma completamente furiosa. Vegeta ya la ha llamado de todas las demás formas y ella apenas si se inmuta. Esta es mi advertencia y lo siento si esto molesta a alguien. Si te hace sentir mejor, estoy ofendida en su nombre.

Nota de la traductora:
La palabra con C es considerada la peor palabra en lengua inglesa.


Capítulo tres

Festival de piedad

Bulma suspiró profundamente mientras se desplomaba en una silla de su oficina privada. Estaba agotada y desorientada por el cambio de horario debido a su vuelo en avión. Acababa de regresar de una conferencia de cuatro días en la que habló largo y tendido sobre su más reciente y alucinante propuesta: la factibilidad de realizar un viaje espacial. Ella era la primera humana que había construido lo que en teoría sonaba como una nave diseñada para el espacio. Hizo una mueca ante la idea. Dijo que en teoría, porque no se atrevió a mencionar el transbordador ampliado en el que envió a Gokú, Gohan y Krilin fuera, y su nueva nave aún no probada.

Después de la batalla contra los saiyayíns, estuvo inconsolable. Sus amigos y su amante fueron asesinados y no había manera de revivirlos. Con la revelación del planeta Namekusei todos se sintieron en éxtasis, pero la realidad aplastó rápidamente su euforia. ¿Cómo es que alguna vez llegarían a otro mundo? A nadie le quedaba mucho tiempo para que ella construyera una nave a partir de los fragmentos, así que tuvo que recoger a toda prisa las piezas de las vainas que trajeron los alienígenas invasores y las sacó a hurtadillas por debajo de las narices de los militares. Aunque era un secreto bien guardado, los gobiernos del mundo se hallaban muy conscientes de que dos objetos no identificados habían entrado en su espacio aéreo solo unas horas antes del caos que estalló cuando Vegeta y Nappa aparecieron. Sus pequeños dedos codiciosos picaban por ubicar cualquier cosa relacionada con los enfurecidos extraños y terminaron muy decepcionados por su fracaso para localizar las naves.

Por lo tanto, la presencia de la Corporación Cápsula implicada con los alienígenas y lo más importante, con su tecnología, era alto secreto. No podías robarle al gobierno y esperar que te den una palmadita en la cabeza después, aunque técnicamente no tenían la posesión del objeto deseado.

El temor a ser descubiertos no hizo nada para persuadirla de construir una segunda nave. Esta era cien por ciento original y todos los materiales provenían de la Tierra. Ellos estaban solo un poco por delante de su tiempo, pero la Corporación Capsula siempre había producido tecnología revolucionaria antes que nadie. Bastaba con mirar su proceso de encapsulación, ahora se encontraba integrado a todos los hogares del mundo y el secreto de su origen nunca pasaría de los labios de su padre.

Bulma se sentía inquieta, esa era la verdadera razón de la construcción de su preciosa segunda nave, Isis. Ella ya había visto todo lo que tenía que ver aquí en la Tierra, la última frontera real era el espacio, sin importar cuan Viaje a las estrellas sonara. Quería sondear los límites exteriores de su imaginación, al igual que lo hizo cuando era una adolescente.

Su entusiasmo inicial ante la perspectiva de explorar el espacio se había desvanecido mientras miraba los rostros astutos de los diferentes líderes políticos. El debate estalló casi de inmediato entre las numerosas facciones, cada una de estas competía por el control. Algunos de los líderes más progresistas querían utilizar la tecnología para extender su mano en amistad a cualquier vida inteligente cercana, a la par, la mayoría de los dictadores con mano de hierro querían invertir en la creación de una flota para conquistar planetas llenos de recursos valiosos. Otros estaban asustados de las repercusiones que el encuentro con otras culturas podría traer, como enfermedades o guerras. En cambio, la mayor parte de los miembros, cuya mentalidad era estrecha, se negaron incluso a creer en la existencia de extraterrestres, lo que terminó por invalidar el tema de la exploración.

Un diplomático cercano que babeaba por ella se impresionó ante la muy Vegeta sonrisa de superioridad que se formó en sus labios de rubí cuando de improviso un emisario extranjero dejó caer una pequeña joya: los extraterrestes no existían, solo eran una creación de la mente hiperactiva de chicos de dieciséis años. Como cambiarían su melodía si supieran lo que ella guardaba en el sótano de su laboratorio, rondando su celda como un tigre enjaulado. Jugó con el botón superior de su blusa mientras pensaba en su prisionero y eso casi le provoca al diplomático una hemorragia nasal, luego se humedeció los labios imaginando sus músculos de acero contrayéndose debajo de sus dedos inquisitivos… sacudió la cabeza molesta y volvió su atención a asuntos más urgentes. Esperaba que él no estuviera aterrorizando demasiado a su personal en su ausencia.

Al final, se decidió que la discusión sobre la exploración espacial se abriría de nuevo en seis meses, hasta entonces el proyecto de la Corporación Cápsula sería vigilado de cerca por el ejército. Bulma protestó vehementemente, sin embargo, fue anulada y no le quedó más remedio que regresar a la comodidad de su casa con un dolor de cabeza por el estrés de los últimos días golpeando su cráneo. Tendría que ponerse en contacto con su departamento de litigios para ver si podían desenterrarla del agujero en el que ella misma se metió, pero casi no abrigaba ni una esperanza. Una vez que su gobierno emitía una orden era muy poco lo que se podía hacer para contrarrestarlos.

Para empeorar las cosas ellos enviaron un enlace militar que la acompañó de regreso a su laboratorio. Había pasado la última mitad del día mostrándole su nueva nave. El general Lee era un frío y endurecido hombre de guerra que le pareció poco más que xenófobo, además de machista. A pesar de que él no vino directamente y se lo dijo, Bulma sintió que prefería que las mujeres se quedaran en casa y cuidaran del hogar, sin importar cuan inteligentes fueran.

Sus miradas de soslayo y burlas irrespetuosas fueron suficientes para ponerle los nervios al borde del límite. Cuestionó su trabajo en varias ocasiones a lo largo del día, sin mostrar casi ningún conocimiento científico, a pesar de lo cual mantuvo su aire de superioridad. Él se las arregló para dejarla con la inquietante sensación de que sabía que había robado las vainas espaciales a espaldas de los militares, aunque no podía probarlo. Si bien ella utilizó algo de la información que recogió de las naves, su embarcación era completamente su diseño, pero esa creación dejó a mucha gente sospechando. Cuando el general Lee se marchó, Bulma sintió un nudo de temor apretar la boca de su estómago. Estaba segura de que lo que sea que él informara al comité designado para supervisar este proyecto, no sería favorable.

Dejó caer la cabeza sobre su escritorio y presionó la frente contra la superficie fría. El general Lee estaría de regreso el fin de semana para comprobar su progreso y ella ya estaba pensando en maneras de evitarlo. Se lo pasaría a Yamshita, el jefe del departamento de marketing. Él era competente, aunque algo lamebotas, pero ¿qué podía esperarse de un hombre cuyo trabajo consistía en vender a la gente su producto? Sus habilidades sociales eran exactamente lo que necesitaba mientras lidiaba con el general arrogante. En este momento lo único que quería hacer era dormir un poco. Reposó la cabeza en sus brazos y sus ojos se cerraron a paso lento.

—¡Señorita Briefs! Estoy tan contenta de que este de vuelta. —La puerta golpeó contra la pared y Bulma se irguió de inmediato en su silla. Parpadeó cuando su mirada borrosa se centró en la intrusa. Asuka, su asistente, estaba parada en el portal abierto con el cabello en desorden y las mejillas encendidas.

—¿Qué demonios pasa? —le preguntó Bulma a la mujer a todas luces alterada, sin embargo, la respuesta ya se formaba en el fondo de su mente. Ese maldito saiyayín.

—Lo siento, señorita Briefs, es que él la está llamando a gritos. —La mujer jadeaba algo, todavía parecía sin aliento por correr a la oficina de su jefa. El alienígena estaba lanzando una rabieta de primera clase que aterrorizó a todos en el laboratorio y Asuka había hecho lo primero que se le ocurrió. Bueno, lo segundo. Buscar a su mamá se hallaba fuera de cuestión, pero su jefa la sacaría de apuros.

Bulma gruñó de furia, golpeó el escritorio con las manos y se disparó de la silla. Los ojos de Asuka se ampliaron mientras se pegaba a la puerta para permitirle a su enfurecida superior precipitarse hacia afuera. La observó bajar por el pasillo y sacudió la cabeza con asombro. No entendía por qué su jefa no le tenía miedo al irascible hombre, aun así, supuso que era lo mejor. Alguien debía manejarlo y prefirió no ser ella.

Vegeta caminaba de un lado al otro en su diminuta celda, su cola silbaba colérica detrás suyo. Bulma se había ido por cuatro días, le dijo que estaría ausente y él amenazó con matarla si se marchaba sin reparar su celda, pero ella lo ignoró. Estuvo esperando en silencio, el aburrimiento lo carcomió hasta el punto de pensar que se volvería loco. No se había dado cuenta de lo mucho que llegó a depender de su presencia y de su lengua afilada para mantenerlo entretenido mientras se consumía en la prisión.

Se suponía que estaría de vuelta para entonces, a pesar de eso, ella no hizo acto de presencia durante todo el día. Finalmente, su delgada paciencia se rompió y le rugió a los apresurados científicos, exigiendo que busquen a la bruja de cabello azul de inmediato. Tenía que estar aquí construyéndole una nueva jaula que no lo matara poco a poco, pero al parecer ella se había olvidado de su débil promesa.

¡Bah!, él no debería sorprenderse, pensó para sí mismo. Sabía que ella quería matarlo desde el principio, aunque siendo honesto, no imaginó que sería tan cruel como para verlo permanecer indefinidamente en el umbral de la muerte. Era un estúpido al creer que le concedería una ejecución rápida y no estudiaría su lento fallecimiento.

La puerta exterior se abrió y la reina demonio en cuestión pasó a la habitación como la realeza. Caminó con paso majestuoso hasta su celda deteniéndose solo a centímetros de distancia de Vegeta, el muro invisible daba la ilusión de que él podía extender la mano y tocarla. Ella apretó los puños en sus caderas y se inclinó ligeramente para burlarse con desdén.

—¿Cuál es tu puto problema ahora, Vegeta? —le reclamó. El ímpetu de la ira en sus venas agudizaron sus sentidos privados de sueño. Después de los infructuosos acontecimientos en la conferencia podría usar una buena pelea para liberar su agresividad reprimida.

Vegeta la miró con recelo. Nunca había visto a la mujer tan hostil, ni siquiera cuando fue traído aquí por primera vez. Tal vez su pequeña reunión por la que estuvo tan emocionada no salió bien. Eso le serviría de escarmiento a la puta codiciosa. En medio de sus pensamientos de desaprobación, no dejó de notar como su piel brillaba al enfadarse. Sus ojos azul zafiro destellaban cual navajas de hielo y sintió su cola agitarse entusiasmada.

—¡Tú eres mi problema! —le gruñó con malicia mientras se volteaba para patear la destrozada cama en la esquina.

Bulma sufrió un dilema inesperado después de su enfrentamiento hace casi una semana. Había construido a toda prisa su celda cuando él estuvo inconsciente por el suero que le inyectó y por desgracia no previó varios defectos en el diseño. Uno de estos era el campo de fuerza que mantenía a Vegeta enjaulado. Solo existían dos maneras de desactivarlo. O bien bajar todo el muro o desactivar una pequeña sección en la esquina inferior derecha. El agujero era apenas lo suficientemente grande como para meter un plato de comida dentro, aunque no lo bastante como para meter otra cama y Bulma no estaba dispuesta a desmontar toda la pared a fin de reemplazarla.

Ella acabó por decidir dejarlo dormir en el suelo, así que le dio sábanas extras para acomodarse. Le prometió una cama más grande en su nueva celda, pero por ahora él tenía que sufrir las consecuencias de sus acciones sin sentido.

—Mírate, lanzando una rabieta como un mocoso de diez años. ¿Tu madre no te enseñó buenos modales cuando eras niño o has sido siempre un pequeño bastardo? —siseó disgustada por su comportamiento violento. Parecía que la ira era la única emoción que él podía expresar y ¡ay! de todo lo que estaba a su alcance cuando lo hacía.

Vegeta se dio la vuelta, maniobrando tan cerca como se atrevió y si no fuera por el campo de fuerza, ella sabía que sería capaz de sentir su aliento en el rostro. Su voz bajó a un tono mortal mientras sus ojos inmisericordes la miraban detenidamente.

—No tienes idea de la cantidad de gente que maté antes de cumplir los diez años. Los únicos "modales" que aprendí cuando era un niño fueron como inclinarme en subordinación ante una serpiente sádica y recibir una paliza como un hombre.

Bulma tragó saliva y sudor frío estalló por todo su cuerpo. Sus ojos de obsidiana estaban enrojecidos por la locura y sus pupilas eran puntitos en llamas. Ella podía ver el fuego de la destrucción quemando en las profundas piscinas, tenía miedo de que si observaba lo suficiente podría ser capaz de ver su brutal pasado sangriento en las sombras de su alma. Apartó los ojos y miró hacia abajo a sus pies. Tantas preguntas burbujeaban en su interior, no obstante, suprimió el impulso natural por decirlas. Quería saber que le había sucedido para hacer de él un monstruo tan despiadado. ¿Quién era esa serpiente de la que hablaba?, ¿cómo consiguió tantas cicatrices?

—Bien, no estoy negando que eres una bestia —murmuró en un tono entrecortado antes de levantar la cabeza de nuevo para ver el destello de triunfo en sus ojos. Ella había apartado la mirada primero y sus palabras hicieron añicos su ira. Se endureció contra él una vez más, repitió su pregunta original, pero la indujo sin tanto veneno—. ¿Qué quieres, Vegeta?

—Yo QUIERO que arregles mi celda. A menos que de verdad guardes la intención de verme morir a paso lento —siseó con rencor.

Los expresivos ojos azules de Bulma recorrieron los duros planos del rostro que tenía en frente, deteniéndose en su aspecto demacrado. Su piel mostraba una palidez amarilla y oscuros huecos se habían formado bajo sus ojos hundidos, haciéndolo parecer como si sus órbitas fueran más profundas de lo que en realidad eran. La culpa la golpeó con toda su fuerza mientras catalogaba la prueba física de su mala salud. Entrecerró los ojos, no quería que vea la piedad que estaba volviendo a surgir.

—Por supuesto —susurró ella ocultando el rostro detrás de la caída de sus mechones de tonalidad agua y los dedos de Vegeta le picaron tocar su cabello. Quería saber si eran tan sedosos como parecían. Su vida siempre había estado llena de sensaciones ásperas y ángulos agudos, nunca tuvo la oportunidad de sentir algo suave y redondeado antes. Frunció el ceño en el momento que aplastó esos pensamientos absurdos.

—¡Bulma Brazier Briefs! —Ella se congeló en el acto. Unos instantes después, su cabeza voló hacia arriba y sus ojos se cruzaron con los de Vegeta. Él arqueó una ceja mientras pronunciaba su segundo nombre burlonamente y Bulma puso mala cara en respuesta antes de que girase para enfrentar a su más reciente ataque.

—¿Sí papá? —Ella se estremeció, sus manos se abrieron camino hacia su espalda donde las retorció entre sí. Los labios de Vegeta se arquearon debido a la diversión y miró por encima del hombro de Bulma al hombre de cabello púrpura de pie en la puerta con un halo de humo alrededor de la cabeza. Su ropa estaba arrugada y tenía el aspecto de un científico despistado. Si el hombre era el padre de la mujer, entonces eso explicaba mucho sobre ella, Vegeta pensó con sorna. El señor Briefs se acercó a Bulma agitando papeles en el aire sin orden ni concierto, su ayudante corría detrás de él para recoger los que caían al suelo.

—¿Qué has hecho ahora, señorita? —El hombre le dio una mirada dura y ella tragó saliva.

—Nada papá, no he hecho nada. —Detrás suyo lo oyó reír ante su tono de halago y tuvo que resistir el impulso de gruñirle. Vegeta podía pensar en una o dos cosas que la mujer acababa de hacer que merecían unas buenas nalgadas. Una imagen de ella sobre su regazo con la falda alzada sobre su cabeza se formó en su mente.

—Entonces ¿por qué tengo a un representante del gobierno llamando a mi oficina para decirme que van a venir a auditar nuestro trabajo? Somos una corporación privada, Bulma, ¡nosotros no nos involucramos con esa gente! —Nada molestaba más a su padre que tener su rutina interrumpida. A él le daba igual que el gobierno estuviera metiendo las narices donde no le correspondía, pero pase lo que pase, ellos no iban a dictar lo que podía experimentar.

—¿Qué sucedió? ¿La perra idiota lo jodió? ¿Por qué no me sorprende? —Vegeta cruzó los brazos sobre el pecho y sonrió con superioridad perversa a los Briefs. Ver a la mujer ser reprendida por su padre era muy entretenido. Casi valió la pena esperar cuatro días sin nada que hacer, solo para ser testigo de esto.

Bulma giró y le sacó la lengua al saiyayín entrometido. La sonrisa de Vegeta solo creció a más amplia y ella quiso golpearse en la frente por su comportamiento infantil. Aún mejor, quería golpearlo. ¡Así que perra idiota! Un cierto mono iba a despertar sin cola un día si no tenía cuidado. Había algo en su padre gritándole que la hacía sentir como una niña con las manos en la masa. Se dio la vuelta de regreso para ver la pálida expresión de su padre. Él advirtió muy tarde que el alienígena que su hija había capturado lo miraba con evidente desprecio en sus ojos negros.

Estuvo evitando entrar en su departamento precisamente por esa razón. No estaba de acuerdo con la decisión de Bulma de enjaular al poderoso hombre. Temía por la seguridad de su hija si el asesino se escapaba, pero entendía su razonamiento. Eran las únicas personas en el planeta que tenían las instalaciones para albergar a un animal tan peligroso. Aparte de eso, prefería evitar esta habitación por completo, no podía detener el escalofrío que se deslizaba por su espalda cada vez que miraba al prisionero.

Bulma agarró a su padre por el brazo y lo condujo a la puerta.

—No te preocupes papá, yo me haré cargo del gobierno. Nosotros íbamos a hablar con ellos tarde o temprano una vez que empezamos a hacer contacto con otras especies. Tendrían que estar involucrados si tuviéramos que empezar relaciones comerciales y diplomáticas.

Su padre suspiró mientras le permitía llevarlo a la puerta.

—Lo sé, cariño, pero son tan prepotentes. No me gustan ni un poco, piensan que pueden venir y servirse lo que quieran.

—Lo sé papá. No te preocupes, me encargaré de esto —prometió ella.

Él asintió y dio un paso hacia la puerta, sin embargo, se volvió para mirarla, la preocupación estaba grabada en su rostro.

—Cariño, te ves agotada. ¿Por qué no vienes a cenar con tu madre y conmigo? Ella te ha extrañado muchísimo, ¿sabes? Has estado trabajando tan duro últimamente, necesitas tomar un descanso antes de que colapses.

—No esta noche papá, tengo trabajo que hacer. —Ella sacudió la cabeza con tristeza.

—Eso puede esperar, Bulma. Toma un descanso por una noche.

—No, no puede esperar. Prometo que saldré de vacaciones después de que todo haya terminado. Tomaré un agradable crucero y me relajare. —Ella le dio una pequeña sonrisa y empujó a su padre por la puerta, luego se dirigió hacia el mostrador para encender la cafetera. Sabía que no tendría ningún descanso el resto de la noche y necesitaría depender de la cafeína si quería afrontarlo.

Vegeta parpadeó al ver a la mujer tomar su bebida, no esperó que capitulara con tanta facilidad. Ella se había precipitado en la habitación tan llena de fuego que él estaba casi seguro de que su discusión duraría más allá de una o dos pullas. Después su padre llegó, los interrumpió y trató de alejarla de sus funciones. Podía notar el cansancio impregnando cada fibra de su ser y tenía la certeza de que iba a alejarse con él, pero se quedó atrás, fiel a su palabra. Se encogió de hombros satisfecho por el momento de que ella estuviera haciendo su voluntad. Miró a los científicos restantes que habían permanecido allí para ver los fuegos artificiales. Al instante, comenzaron a recoger sus pertenencias y murmuraron sus buenas noches a su jefa que les asintió a medias.

Taza en mano, Bulma se acercó a su área de trabajo, sorbiendo el café mientras se desplazaba a través de los papeles. Trabajó de manera constante durante algunas horas, pero el cansancio pesaba demasiado sobre ella. Alzó la mirada para ver a Vegeta sentado en el suelo con la espalda contra la pared, tenía las rodillas en alto y su cabeza descansaba en sus brazos doblados. Luego bajó la mirada y captó la imagen de una foto enmarcada que adornaba su escritorio.

Recogió la imagen y trazó líneas suavemente sobre esta. Era una fotografía de ella y Yamcha, justo antes de que Raditz llegara. Habían sido tan felices entonces, como dos jóvenes enamorados. De pronto, la amenaza de los saiyayíns se dio a conocer y él se marchó a entrenar, dejándola sola con su fanática investigación. Todo su esfuerzo fue en vano y murió en batalla. Ella echó un vistazo a las pilas de papeles y planos que cubrían su escritorio. Estuvo obsesionada con su trabajo durante los últimos quince meses y sintió el dolor abrirse en su corazón. Deseaba poder volver atrás y ser la chica despreocupada de antaño, en vez de estar aquí atrapada trabajando todo el tiempo. Quería a sus amigos de vuelta, su vida fácil y más que todo, quería a su novio.

Su visión se nubló cuando las lágrimas amenazaron con caer, pero fueron secadas por una voz áspera.

—¿Por qué estas lloriqueando, debilucha? —Sus ojos saltaron hacia arriba y miró a Vegeta que todavía permanecía sentado en el suelo, con una pierna extendida ahora.

—Echo de menos a mi novio. —Ella se quedó mirando fríamente al hombre que le había robado a su primer y único amor. Vegeta le devolvió la mirada sin interés.

—¿Qué es un novio? —preguntó él por puro aburrimiento. El hastío de las últimas horas estaba tensando sus nervios. Había examinado si interrumpir o no a la bruja de cabello azul, a pesar de que solo quería que terminara su trabajo lo más rápido posible. Aunque ella todavía no se daba cuenta, la vida de Vegeta pendía de un hilo. Él estimaba que conseguiría sobrevivir quizás un mes bajo el cruel resplandor del campo de fuerza que succionaba su esencia vital. A estas alturas no le importaba si ella lo encerraba en una letrina desbordante, siempre que solucionara el problema. Cuando el suave sollozo llegó a sus oídos, agarró la oportunidad de entretenerse, pensando que si ella iba a tomarse un descanso, bien podría proporcionarle un poco de diversión.

Bulma parpadeó por un momento, atónita ante su pregunta. Le tomó unos segundos darse cuenta de que la palabra novio podría no traducirse en su lengua.

—Bueno, es alguien con quien uno pasa el tiempo.

Él inclinó la cabeza hacia un lado.

—¿Cómo un compañero de batalla?

Ella se sonrojó ligeramente y dejó caer la vista.

—No, más como un compañero íntimo —respondió.

Él observó sus fluctuantes emociones con atención antes de suspirar debido al asco.

—Ah, una pareja —señaló y perdió interés en el tema. No quería oír hablar de sus relaciones con otro hombre, no es que le importara de una manera u otra. Sin embargo, una insistente voz dentro de su cabeza tenía mucha curiosidad por saber si ella se sentía "frustrada".

—Algo así, pero no estás casado. —Bulma lo observó mientras él cerraba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás para apoyarse contra la pared de acero.

—¿Qué es casado? —Tenía una ligera sospecha de lo que significaba, aunque no estaba seguro. Continuó la estúpida conversación con la esperanza de que ella dejara escapar algo que pudiera utilizar para iniciar una discusión. Ese era el remedio perfecto para su aburrimiento, aparte de ser liberado de su prisión.

Era el turno de Bulma de inclinar la cabeza hacia un lado. ¿Su lenguaje tampoco tenía una palabra para definir el matrimonio?

—Cuando uno está casado con alguien, significa que prometes estar solo con esa persona por el resto de tu vida. —Ella hizo girar el lápiz entre sus dedos distraídamente, preguntándose si alguna vez estaría casada o si terminaría como una adicta al trabajo con una docena de peces para hacerle compañía.

—He oído hablar de algunas razas que hacen eso. Suena tedioso para mí. —Vegeta alzó una mano y se frotó el puente de la nariz en un intento de aliviar la presión detrás de sus ojos.

—¿Los saiyayíns no se casan? —preguntó ella con curiosidad.

—No. —Fue su respuesta simple.

Ella frunció el ceño mientras lo miraba, perturbada por alguna razón desconocida.

—Pero acabas de mencionar parejas.

Él levantó la cabeza para mirarla con una clara molestia en sus ojos.

—Todas las razas tienen que aparearse para procrear a su especie. Los saiyayíns no se involucran en compromisos de largo plazo, solo nos limitamos a elegir una pareja atractiva y follamos duro y parejo hasta que un mocoso es concebido.

Su oscura mirada seductora y su tono aterciopelado le enviaron escalofríos por la espina dorsal. La forma pecaminosa en que él dijo follar la hizo pensar que estaba hablando de ella de alguna manera. Las mejillas de Bulma se sonrojaron y desvió la vista. Sus ojos se dirigieron a los de la foto de Yamcha una vez más.

Vegeta miró hacia arriba hastiado de sí mismo. ¿Qué estaba haciendo? Necesitaba salir de esta jaula lo antes posible o iba a empezar a recibir ideas lujuriosas sobre el lavabo del baño. Se frotó la cara y se puso de pie para poder estirar los músculos.

—Bien, cuando termines de construir mi nueva prisión, puedes salir corriendo a jugar con tu novio todo lo que quieras —le dijo entre dientes lleno de desprecio. Los conmocionados ojos azules de Bulma se dispararon para observarlo con incredulidad, pero él le daba la espalda mientras giraba sus hombros con el fin de aliviar la fuerte tortícolis que cargaba.

—¡Tú lo mataste, infeliz! —respondió ella en un arrebato haciéndolo dar la vuelta y mirarla con una ceja levantada. Bulma estaba de pie detrás de su escritorio ahora, agarrando la imagen entre sus manos—. ¡Tú lo mataste y nunca seré feliz otra vez! —gimió dramáticamente y él hizo una mueca de dolor por su volumen alto.

—Oh, cállate humana. Actúas como si fueras la única persona en el universo que ha sufrido una pérdida —le gruñó él.

—¿Qué sabes de eso, idiota? Todo lo que siempre haces es tomar. Apuesto que nunca has perdido nada valioso en tu vida. —Ella ahora estaba indignada y Vegeta contuvo el impulso de frotar su cabeza adolorida. Esta mujer era la más frustrante que tuvo el disgusto de conocer en mucho tiempo. Sus mercuriales cambios de humor resultaban desconcertantes incluso para el endurecido guerrero.

—¿Quieres hablar sobre pérdidas? ¿Qué tal si tu padre te entrega a un tirano con el fin de salvar a su raza, solo para que sea en vano?, ¿qué tal si tu planeta fue destruido por una lluvia de meteoritos?, ¿qué me dices de mirarte en el espejo y saber que eres el último de tu especie que queda? —Sacudió el puño y miró de una forma asesina a su pálido semblante. Esta mujer y sus problemas intrascendentes lo exacerbaban, ella se quejaba por nada. ¿Qué sabía acerca del dolor o del sufrimiento? ¿De todas las cosas que tuvo que soportar en el tiempo de una vida que nunca debería haberse acumulado en diez? La mujer no sabía nada, salvo de su pequeño mundo mezquino.

Bulma tembló cuando sus palabras cayeron sobre ella. ¿Cómo iba a soportar que la Tierra fuera destruida? ¿Podría sobrevivir si es que fuera la última de su raza?

—¿Qué hay de Gokú?

—Ese tercera clase es una desgracia para su herencia y está muerto para mí. —Vegeta gruñó de un modo irrevocable.

—¿Qué pasa con... —Él cortó las palabras de un tajo con la mano, sus ojos negros eran ardientes agujeros de desprecio sobre su piel.

—Cierra tu fea boca, coño, no oiré más de tu lloriqueo.

Cólera al rojo vivo se disparó a través del cerebro de Bulma, causando una acción refleja que ella hacía tiempo había perdido la esperanza de alguna vez poder curar: sarcasmo.

—Bueno, si tú lo hubieras pensado dos veces antes de asesinar a tu amigo calvo, tal vez no estarías tan solo ahora, a merced de esta "perra idiota". Aunque él probablemente esta más que aliviado de no tener que aguantar tu grosero culo escuálido en el otro mundo, tanto como el resto de tu raza. —Bulma cerró de golpe su boca y le dio la espalda al príncipe saiyayín. Recogió sus archivos y se precipitó fuera del laboratorio, dejándolo guisándose en sus pensamientos vengativos.