Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: No soy dueña de DBZ. Sin embargo, sí me pertenece Vegeta. Él vino a mí por su propia voluntad. Bueno, yo lo soborné con una maratón de sexo y una Cámara de Gravedad, pero él es mío de todos modos.
O tal vez no, pero una chica puede soñar.
Nota de Tempestt : Exención de responsabilidad: No soy dueña de DBZ.
Capítulo cuatro
Abrazo mortal
La mujer estaba loca. Era obvio para todos los que tuvieran la desgracia de cruzarse en su camino, pero inquietantemente, no mostraba sus habituales síntomas de rabia. No quedaba fuego disparándose desde sus duros ojos azules ni insultos arrojados de su boca color rosa.
La patética existencia de Vegeta se había reducido a pinchar la ira de Bulma y aguardar con avidez a que los ojos se le iluminaran por el desafío de bajarle los humos. Sobre todo, anhelaba la chispa de emoción que reemplazaba su letargo cuando ella volvía su afilada lengua contra él.
Esta ira era mucho peor. Era insoportable, inaguantable, incluso infernal.
Habían pasado tres días enteros y ella no le habló ni una vez. Su silencio resultaba ensordecedor y su dolor y resentimiento, un vil miasma en el aire. No tenía dudas en su limitada mente masculina que estaba enojada con E mayúscula. Ella ni siquiera le prestó una mirada mientras recorría de forma majestuosa la habitación como el frío viento en una llanura congelada. Él, por supuesto, siguió con su rutina normal de ridiculizar su inteligencia y su apariencia como si fuera de memoria. El rostro de Bulma permaneció distante e impasible cuando caminó hasta su escritorio para ordenar sus papeles. Vegeta resopló al principio, divertido por su intento de ignorarlo, al príncipe saiyayín. ¿Acaso no sabía que solo lo invitaba a hacer lo peor?
Sus burlas se volvieron cada vez más degradantes hasta que al final se decidió por los insultos. Bulma no se inmutó. Alargó su mano, movió el interruptor de una pequeña caja negra y los más horrendos sonidos empezaron a derramarse. Él escuchó atentamente cuando la voz de un hombre se hizo eco en el dispositivo y descubrió que estaba escuchando música.
El segundo día ella ni siquiera se molestó en dejarlo calentar. En su lugar, se sentó y encendió la radio de inmediato. Escuchó a Rammstein y Vegeta encontró que no le importaba su sonido. De hecho, le gustaba un poco, era oscuro y áspero igual que él. Sonrió con suficiencia, inhaló hondo y empezó a insultarla por el volumen alto de la música. Para su desesperación, Bulma varió de táctica y se propuso ganar cuanto antes esta nueva forma de combate que habían desarrollado.
Cambió la emisora.
El locutor lo llamó "La década de los ochenta", lo que sea que significara. Todo lo que Vegeta sabía era que aquello sonaba como la peor cosa que había oído en su vida. Le gritó para que apagara el ruido, en cambio, ella se volvió y lo miró a los ojos. Él sintió una ráfaga de victoria a través de sus venas, pero de improviso la boca de Bulma se abrió.
Él supuso que podía llamarlo cantar, más bien preferiría referirse a eso como maullidos. Ella cantó a voz en grito las letras de las canciones, ahogando sus despectivos comentarios. Por el resto de la noche, cantó siguiendo cada canción que apareció y lo único que podía hacer era freírla con la mirada. Una y otra vez la misma frase se repitió en su cabeza.
Estoy en el infierno. He muerto e ido al infierno y nadie tuvo a bien informarme.
Ahora era la tercera noche y Vegeta observó a la reina de las perras con cautela. Ella había cambiado la radio de nuevo y escuchaba una emisora que él prefería, sin embargo, estaba reacio a comenzar su diario régimen de insultos. Hizo una mueca en su dirección. No podía dejarse intimidar por una hembra débil cuya única arma era su voz chillona. Abrió la boca, pero la imagen de Bulma cantando White wedding day lo detuvo. La cerró al instante. Esto tenía que ser el infierno, no había otra explicación. Siendo sincero, pensaba que habría ogros de piel azul corriendo por todos lados, blandiendo látigos, aunque supuso que la arpía de cabello azul podría hacerlo.
Ella se levantó, desconectó la música, recogió sus papeles y se dirigió a la puerta.
—¿A dónde crees que vas? —Él se precipitó al frente de su celda. Su respuesta fue el sonido de las puertas del laboratorio cerrándose. Ante eso, se dio la vuelta para patear la mutilada cama en la esquina antes de inclinarse de espaldas contra la fría pared de metal, se deslizó hasta el suelo y apoyó la frente sobre sus rodillas levantadas.
Estaba solo otra vez.
El único sonido que podía escuchar era el zumbido de los filamentos de la iluminación. Las sombras se desplazaron en el oscuro laboratorio más allá del círculo de luz donde se acurrucaba. Los susurros comenzaron y apretó sus ojos cerrados. Por enésima vez desde que fue encarcelado, Vegeta comenzó con su suplicio. Agobiado, tapó el dique en su mente que amenazaba con ceder bajo el peso de su desesperación.
Las sombras hervían y él podía escuchar algo escabulléndose en el laboratorio. Sí, no existía ninguna duda, estaba en el infierno.
—Mono estúpido —murmuró Bulma molesta mientras miraba sus resultados.
Nunca estuvo tan enojada en su vida y le habían sucedido algunas cosas delirantes en el pasado. Yamcha la engañó una vez y aquello hubiese hecho competencia a la ira de Dios, pero no era nada comparado con lo que sentía por Vegeta y su viciosa boca. ¿Qué tenía ese saiyayín que sacaba lo peor de ella? Cuando estaba en su presencia se sentía deliberadamente maliciosa, tomaba perverso deleite en atormentarlo y el comportamiento del hombre solo animaba su grosería. En retrospectiva, el hecho de que la haya insultado no debería haberla enojado tanto como lo hizo y, aun así, no podía contener la amargura que brotó en su interior. Tenía que ser él. Ella debía estar absorbiendo su aura negra, de alguna manera la estaba infectando con su mal.
Bulma hizo una mueca y se frotó los ojos, culpándose por su estupidez. La única cosa que estaba haciendo el mono era volverla loca.
Probó la fórmula una vez más. Debía estar segura de que iba a funcionar, no podía haber errores. Después de una semana de sólido trabajo, finalmente había terminado la construcción de la nueva celda de Vegeta. A fin de mantener el ritmo con sus plazos normales, era necesario trabajar en su nave durante el día y construir la nueva celda por las noches. Eso significaba que debía estar sometida a su fea presencia mientras se privaba de un muy merecido reposo. Estaba muerta de cansancio y se prometió a sí misma que tomaría un día libre para dormir. Solo quedaba una última cosa por hacer.
Tenía que encontrar la manera de mover al príncipe saiyayín.
No podía tan solo desbloquear su celda y pedirle que salga sin hacer ruido a la siguiente. La primera cosa que trataría de llevar a cabo sería escapar, sobre todo después de que lo sometió a sus "gustos musicales". Una sonrisa de superioridad se formó en sus labios mientras pensaba en la expresión de horror que había cruzado por su rostro cuando ella comenzó a cantar junto con las canciones de la radio. Él se veía disgustado y fascinado de un modo extraño. Probablemente era su versión de un accidente automovilístico. Eso le enseñaría por hacerla enfadar.
Desde luego, él no iba a quedarse quieto y dejarla dispararle otra vez tampoco. Solo podía imaginar esa conversación: «Hey, Vegeta, ¿te importaría moverte un poco a la derecha para que pueda apuntarte?». Su respuesta no sería apta para niños, pensó poniendo los ojos en blanco.
La mejor opción parecía ser dejarlo inconsciente y la manera de hacerlo era tranquilizarlo. Una vez más, eso la traía de vuelta al mismo dilema. Él no iba a permitir que le disparara y ella no quería acercársele lo suficiente como para clavarle una aguja.
Hizo girar el tubo de ensayo para mirar el líquido claro. La única forma de administrar la droga en el sistema del saiyayín era que él lo ingiriera. Puesto que no iba a tomarlo por su propia voluntad, eso quería decir que tendría que meterlo en su comida. Había creado el compuesto perfecto para ese fin. Era inodoro, incoloro e insípido. Una vez que se lo diera, él debería quedar inconsciente por no menos de cinco horas. Eso era suficiente tiempo para trasladarlo a su nuevo alojamiento.
Ella sintió una espantosa ola de dudas cuando puso de nuevo el tubo en el estante.
Vegeta observó a la mujer mientras se movía inquieta por el laboratorio. Rara vez aparecía durante el día y se preguntó que estaba tramando. Metió otro bocado de pollo al curry en su boca y lo masticó despacio. En realidad no tenía apetito, un signo fatal para un saiyayín, pero se obligó a alimentarse por preservación.
Bulma mordisqueó nerviosa la punta de su lápiz e intentó no mirar a Vegeta. Él bajó el plato y lo apartó produciendo un chirrido metálico. Se sentía somnoliento, más que de costumbre, no obstante supuso que era debido a su mala salud. Se recostó en el colchón y giró la cabeza hacia un lado para poder observar a la extraña mujer.
Ella estaba en su escritorio ahora, increíblemente inmóvil, con las manos apretadas sobre su regazo. Su comportamiento era inquietante e intentó descifrarlo. Sentía los párpados cada vez más pesados, abrió y cerró los ojos un par de veces, la imagen de la mujer se volvió borrosa. Luego, con un profundo suspiro, se rindió al oscuro olvido del sueño, dejando el enigma para un momento posterior.
Tan pronto como Bulma tuvo la certeza de que Vegeta estaba dormido, salto y dejó entrar al equipo de seguridad que esperaba afuera de las puertas del laboratorio. Ellos habían sido informados sobre las capacidades inusuales de Vegeta y venían armados con pistolas especiales que disparaban su suero. Ella quería moverlo sin problemas, aunque estaba preparada por si no lo hacía.
Contuvo su aliento mientras desactivaba el campo de fuerza, pero el saiyayín se mantuvo inmóvil. Cinco de los más grandes hombres que pudo encontrar se precipitaron en la celda, recogieron al príncipe y lo arrastraron fuera de la habitación. Ella los siguió con ansiedad rumbo a otro ambiente al final del pasillo.
Entraron en la habitación y rápidamente procedieron a meter a Vegeta en su nueva celda, lo pusieron en la cama y se alejaron a toda prisa. Incluso inconsciente, el sádico hombre los asustaba. Bulma avanzó y sus preocupados ojos vagaron sobre el semblante del saiyayín dormido. Él tenía un aspecto horrible y la inquietud anudó su estómago.
—Asuka, trae mi kit médico —le ordenó a su asistente. Los ojos de la mujer se abrieron un poco antes de que asintiera y se escurriera fuera de la habitación.
Bulma estaba preocupada por Vegeta. A pesar de que la enloquecía, no era inhumana, si se encontraba enfermo, tenía que tratarlo. Esta probablemente sería la última vez que podría llegar tan cerca de él como para examinarlo.
Asuka se precipitó de regreso a la habitación, pero se paró en el portal de la jaula. Bulma suspiró y salió otra vez para arrebatarle el maletín a la mujer asustada, abrió su kit en la cama y sacó una jeringa. Tomó sus signos vitales, sin prestar atención a nada más.
Vegeta sentía como si estuviera bajo una gruesa manta de lana que lo asfixiaba, haciendo presión sobre su pecho y tapando su nariz y boca. Trató de mover las extremidades, sin embargo, estas parecían de plomo y los ojos le pesaban demasiado. Sintió un fuerte pinchazo en el brazo y empezó a arañar el camino hacia la superficie de su mente. El instinto de supervivencia anuló la imperiosa necesidad de dormir.
La mujer.
Podía olerla, sentirla, cuando unas suaves manos vagaron sobre su piel. Estaba justo a su lado. La bruja había intentado envenenarlo, aunque fracasó, todavía seguía vivo y él iba a castigarla. Luchó por salir del profundo abismo en el que cayó. Abrió los ojos despacio y pudo ver la caída de la cabellera aguamarina que la rodeaba hasta los hombros, arrastrándose hacia su pecho mientras ella estudiaba algo en su brazo.
Con un gruñido sordo se levantó, sorprendiendo a la mujer que intentó alejarse del susto. El veneno seguía fluyendo a través de sus venas y su cuerpo respondía a duras penas a sus órdenes, pero incluso en estado narcotizado era más rápido. Se lanzó hacia ella, la agarró por el cabello y la tiró al suelo cuando rodó de la cama.
Se arrodilló a horcajadas sobre Bulma y sus fuertes manos se envolvieron alrededor de su delicado cuello. ¿Cuántas veces había imaginado esto mientras yacía en su celda día tras día? Él sintió la euforia florecer en su pecho mezclada con la droga en su sistema. Se sentía distante, sin cuerpo. En su estado nebuloso no podía recordar con exactitud que había fantaseado: ¿la quería sin vida debajo de él o retorciéndose de placer? Sacudió la cabeza un poco, las imágenes en su mente sangraban todas juntas, confundiéndolo. La única cosa que lo mantenía anclado era la sensación de unos pequeños dedos envueltos alrededor de sus muñecas gruesas y de uñas clavándose en su piel dejándole heridas en forma de media luna.
—¿Qué has hecho, perra? —Su voz ronca era lo suficientemente baja para que solo los dos pudieran oírlo. Él miró dentro de sus brillantes ojos azules, tan amplios por el miedo que eran un mar de azul zafiro.
Bulma observó los ojos negros de su asesino y se ahogó en el odio y la ira que se acumulaban en ellos. Tanto resentimiento se arremolinaba en esos pozos oscuros, que la inundó. No podía escapar, no podía liberarse. Los pulmones le ardían debido a la necesidad de oxígeno y el cuello le dolía por la presión de sus manos.
Su lengua se hinchó y cristalinas lágrimas se derramaron sin cesar de las esquinas de sus ojos. Ella no quería morir, no quería ser asesinada por él.
—Vegeta.
Su nombre fue un susurro quebrado que penetró la bruma de euforia que lo envolvía y él observó las silenciosas lágrimas caer de sus ojos, perdiéndose sobre el cabello en sus sienes, la cabellera se desplegaba en torno a ella como un halo de bondad. De pronto, la piel pálida comenzó a ponerse azul alrededor de la boca, atrayendo su mirada a esos labios de rubí y quedó embelesado por sus dulces curvaturas. Como respuesta, le levantó el torso del suelo por el cuello con una imperceptible suavidad. Las pequeñas manos de Bulma todavía le envolvían las muñecas cuando su cabeza cayó hacia atrás y la caída del cabello la hizo más pesada.
A lo lejos se podían oír gritos mientras sentía una multitud de manos sobre su cuerpo, desgarrando su camiseta y tirando de su cabello, pero lo único que vio fue su rostro. La atrajo más cerca, su cola se enrolló con firmeza alrededor de su cintura para sujetarla contra él mientras el control de su cuello se aflojaba ligeramente a fin de permitir que sus pulgares pasaran rozando el tamborileo de su pulso. ¿Cómo podía una criatura tan exquisita ser dejada indefensa y vulnerable a los ataques de los monstruos del universo tales como él? Era apenas consciente y, sin embargo, la sostuvo con facilidad, tenía su delgado cuello a un golpe de ser roto.
Los ojos de Bulma nunca dejaron a Vegeta. El murmullo de su sangre en sus oídos ahogaba los sonidos de sus rescatadores. Su visión comenzó a hacer un túnel y luces blancas danzaron en los bordes mientras unos ojos de onix brillaban hacia ella. Él la levantó, manteniéndola todavía atrapada debajo de sus muslos. Una barra de acero se envolvió alrededor sus costillas, apretándola dolorosamente cuando él la ajustó contra su pecho. De repente, ella fue capaz de inhalar un mínimo toque de aire y lo hizo de un modo ávido. Bulma observó con asombro surrealista como Vegeta bajó su cabeza hacia la suya, el odio había desaparecido de sus ojos y estos estaban encendidos por un oscuro deseo.
Sus labios formaron su apodo para ella otra vez, sin sonido, solo el movimiento: perra. Una caricia silenciosa de posesión. Al nombrarla, la marcaba, sin que ella lo supiera. Bulma temblaba debajo él, fascinada por él, perdiéndose en su abrazo mortal. Detrás de la amplia extensión de sus fuertes hombros, podía ver a sus compañeros de trabajo tratando desesperadamente de arrancar al hombre que la sujetaba.
El cálido aliento de Vegeta rozó sus mejillas y los labios de Bulma se abrieron casi a modo de bienvenida mientras sus ojos se ponían en blanco. Sus labios se cernieron sobre los de ella, abrasándole la piel con su calor, pero luego todo el cuerpo de Vegeta se tensó y la ira se infundió en su mirada de acero una vez más, antes de perder su luz por completo. Se desplomó sobre ella, su cuerpo la inmovilizó en el suelo y sus manos cayeron de su cuello.
Bulma inhaló hondo cuando la libertad de respirar se registró en su mente. Jadeó hacia el techo y su cerebro no pudo comprender los pocos últimos segundos. Sintió a Vegeta ser alejado y preciosos instantes se perdieron al tratar de arrancar la cola de su cintura. A pesar de que estaba inconsciente, su cola se negaba a soltarla, ésta la envolvía de un modo posesivo, mostrando su dominio. Al fin fue liberada y alguien la arrastró por el suelo hasta la salida de la celda. La persona se derrumbó detrás suyo y Bulma se apoyó en la comodidad de sus brazos mientras miraba a la desplomada forma de Vegeta en el suelo y notaba los numerosos dardos de suero clavados en él.
Un resplandor amarillo brilló cuando el campo de fuerza irrumpió en el lugar, recordándole visiblemente el peligro del que apenas escapó. Tembló de miedo y se frotó el cuello adolorido. El odio que vio en los ojos de Vegeta era tangible. Si hubiera estado en su sano juicio y no drogado la habría matado sin remordimiento. ¿Qué había hecho?, ¿cómo era posible que ella, Bulma Briefs, la mujer más rica y más bella del mundo, pudiera ser la inspiración de tanto odio? La gente la amaba, siempre la querían, ella era perfecta. ¿Estaba mal tomar la libertad de alguien, incluso si fuera una amenaza inimaginable para el mundo?, ¿era en efecto capaz de ser tan horrible que otro ser vivo podía despreciarla lo suficiente como para matarla?
Lo que la atemorizaba más no era el odio que vio en sus ojos oscuros, sino la lujuria. No podía negar que sentía atracción por el guerrero, pero responderle mientras él sostenía su vida en sus manos era ridículo. ¿Por qué la había mirado de esa manera?, ¿era la droga? Vio al hombre caído, lo observó con atención en busca de signos de vida y sintió alivio cuando él tomó una larga respiración estable. ¿Por qué hizo eso?, ¿por qué a ella?
Detrás, Asuka gimió y Bulma concordó en silencio con su tácita declaración. ¿Exactamente en qué los había metido?
