Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: No soy dueña de DBZ, sin embargo, tengo exclusivo dominio sobre mis fantasías perversas.

Capítulo cinco

Amor de mono

Vegeta examinó minuciosamente su nuevo hogar con el fin de buscar cualquier debilidad en los sólidos muros, el piso y el techo. Era de lejos muy superior al agujero en el que había habitado antes, pero todavía seguía siendo una jaula. Poseía dimensiones más grandes, alrededor de unos doscientos metros cuadrados, contaba con un cubículo para el retrete que lo protegía de las miradas indiscretas —ya no tenía que hacer sus necesidades mientras todos observaban— e incluía un cuarto de baño. Ni bien llegó a la conclusión de que no había escape de esta mazmorra disfrazada de acogedor apartamento, se entregó a una larga y calmante ducha.

Una vez situado bajo el chorro caliente, comenzó a devanarse los sesos. Su mente se desplazó a través de los brumosos recuerdos que se escondían en su interior. Creyó recordar atacar a la mujer, ella estuvo a su lado, ¿envenenándolo tal vez? Estiró los brazos, envolvió las manos alrededor de su cuello y exprimió la vida de su frágil cuerpo, ¿o no? Sacudió la cabeza, no podía ver claramente el recuerdo. Las imágenes se mezclaban unas con otras y aunque se le preguntara no sería capaz de decir si la había matado o la había follado, o ambas cosas en todo caso.

Era obvio por los fuertes latidos en su cerebro que fue drogado. Tenía que aplaudir el ingenio que mostró; estuvo planeando su fuga para que coincida con su movilización, pero la mujer lo burló, lo incapacitó y ahora se encontraba bien atrapado. Se reprendió de una manera dura por no prever esa táctica en particular. Obviamente, ella elegiría el camino de menor resistencia y sacarlo de la ecuación por completo era la mejor forma de lograrlo. Vegeta estaba seguro de que no saldría de esta celda en mucho tiempo, ella se aseguró de que no hubiera ninguna razón para moverlo otra vez en un futuro inmediato.

Salió de la ducha, se secó el cuerpo con una toalla esponjosa que previeron para él, limpió el vapor del espejo y estudió su reflejo. Después de solo un día lejos del campo de fuerza que consumía la vida, se veía y se sentía mucho mejor. Su piel estaba regresando a un brillo saludable y sus ojos resplandecían con renovado vigor.

La anomalía del campo de fuerza anterior había sido corregida, pero para su consternación, el nuevo era igual de eficaz en reprimir su ki. No podía estallar la barrera invisible ni podía destruir las paredes de su celda. Se sujetó del lavabo, miró el desagüe negro y el pesimismo junto con la desesperación se arremolinaron en su interior. ¿Estaba condenado a pasar el resto de su vida como prisionero de una raza patéticamente débil? Un escalofrío le recorrió la espalda cuando la risa burlona de Frízer se hizo eco en su palpitante cabeza. El resentimiento lo infectó y bulló en él. El príncipe de todos los saiyayíns se había reducido al proyecto de ciencia de una mujer y perdió la oportunidad de ganar su libertad porque se distrajo con los grandes ojos azules de cierta bruja.

Luego de soltar un suspiro abatido caminó hacia un armario empotrado y abrió las puertas para mirar adentro. En los estantes, cuidadosamente apilados y doblados, estaban varios juegos de uniformes azules y negros. Vegeta alzó una ceja y tomó uno. Sin duda, la mujer replicó sus trajes con la esperanza de que dejara de llevar el único que usaba hecho jirones. Lo levantó y frotó el material entre el pulgar y el índice. Era otro símbolo de su condición de esclavo. Incluso si escapaba de la mujer, todavía estaría dentro de las garras de su amo. De un modo u otro siempre sería el esclavo de alguien.

Su mano se cerró en el material y dejó caer el mentón sobre su pecho. ¿Alguna vez lograría ser libre para buscar su propio destino? Había venido por las esferas del dragón, solo con ese propósito, pero las arrebataron de sus manos. Ahora, la posibilidad de perseguirlas en Namekusei le fue robada también. Cuanto más Vegeta pensaba en ello, más se convencía de que la única verdadera libertad era la muerte. Al segundo después de que su alma fuera arrancada de su frío cuerpo y antes de que lo empujaran a las oscuras profundidades, tendría un momento de pura y auténtica libertad.

Solo quiero ser libre.

Encogiéndose de hombros por sus inútiles pensamientos incoherentes, dejó caer la toalla al suelo y se cambió el uniforme. Primero lo primero, tenía que librarse de la mujer y entonces podría ocuparse de Frízer.

Salió del cuarto principal y recorrió de forma automática el laboratorio con sus oscuros ojos. Ella todavía debía hacer acto de presencia este día y se preguntó si la había herido o si fue un sueño. Él le lanzó una mirada asesina a un científico apurado porque sabía que no encontraría ninguna respuesta de parte de ellos. Le tenían demasiado miedo para contestarle y él nunca les preguntaría directamente sobre el asunto. Estaban muy por debajo suyo para hablarles.

El nuevo alojamiento contaba con una cama matrimonial y una pequeña mesa que ahora se veía repleta de comida. Su guardián debió de haber ordenado que un festín sea colocado sobre esta mientras permaneció inconsciente. Era la manera de aplacar su ira por la traición, estaba seguro. No tenía ningún deseo de comer cualquier alimento proporcionado por la mujer, pero sabía que el hambre lo obligaría tarde o temprano. Se dio la vuelta y capturó mediante la vista un gran sillón muy mullido que daba la cara a una pared. Lo miró con curiosidad. Empotrado en la pared había otro gabinete, cuando deslizó la puerta fue recibido por una enorme pantalla negra. La contempló por unos minutos sin saber lo que era, antes de volverse a encoger de hombros y alejarse.

Ahora que su salud estaba restaurada y que no existía el peligro de que su ki fuera drenado, se dedicó a reparar los daños en sus músculos. Se dejó caer al suelo y saboreó la sensación de la fuerza que fluía a través de él mientras trabajaba en su cuerpo. Ante la mirada pasmada de los científicos comenzó un régimen imposible de gimnasia que para gran disgusto de los otros hombres, cautivó a un público femenino, quienes observaban con los ojos muy abiertos como los músculos de Vegeta crecían cuando realizaba una cadena de flexiones sin fin.

El día avanzaba y todavía Bulma no aparecía en el laboratorio. Pensó que ella habría hecho averiguaciones sobre cómo le iba en su nueva celda. Estaba en la naturaleza de la mujer acicalarse en sus logros. Con el tiempo, los científicos se fueron, dejando a Vegeta solo una vez más. Entrenó durante toda la noche, sin aminorar en ningún momento el ritmo brutal. Era preferible caer de agotamiento que entregarse al peligroso abismo del sueño, el único lugar en el que Vegeta no tenía control sobre las andanzas de su mente.

A la mañana siguiente entró en el baño y se detuvo en seco. No había ninguna toalla en el suelo, sin embargo, una limpia estaba dentro de la repisa en su lugar. Él sabía que no arregló el desorden y nadie podía entrar en la celda sin que lo supiera. Examinó rápidamente las paredes de nuevo, buscando una puerta oculta, pero no halló nada más que el metal liso.

Frunció el ceño con ferocidad y se prometió que estaría alerta y esperando cualquier oportunidad. Si alguien entró, entonces tenía que haber una salida. Permitió que un pequeño rayo de esperanza echara raíces en su mente. Tal vez la mujer no era tan infalible como le gustaba pensar. Se lavó y terminó su asunto antes de caminar hacia la habitación principal solo para ser tomado por sorpresa otra vez. La comida de ayer había sido retirada de la mesa y el desayuno lo estaba aguardando. De inmediato miró a su alrededor, sin encontrar ninguna explicación para este nuevo acontecimiento.

Se acercó a la mesa y miró el festín servido ante él. Estaba un poco reacio a comer los alimentos que le brindaba la bruja, no obstante, un gruñido de su estómago le recordó que tenía pocas opciones al respecto. Con un fatalista encogimiento de hombros se sentó y empezó a guardar montones de alimentos en su estómago sin fondo, meneando la cola de buena gana por detrás. Había quedado preocupado cuando perdió el apetito, pero este regresó más fuerte que nunca. Una vez que hubo terminado, comenzó sus ejercicios de nuevo, en silenciosa espera de la mujer.

Bulma entró en el laboratorio esa misma tarde. Lo primero que hizo fue ir de un lado al otro a través de los escritorios, deteniéndose aquí y allá para tranquilizar a sus empleados mostrándoles que estaba sana. Tan pronto como la vio, Vegeta dejó su entrenamiento y observó a la mujer con la intensidad de un depredador. Miró de cerca buscando cualquier lesión, pero ella parecía estar bien. Vestía un traje azul oscuro y llevaba su chaqueta de laboratorio cubriéndola como de costumbre. De hecho, la única cosa que se veía fuera de lugar era el pañuelo de seda blanco alrededor de su cuello.

Los ojos de Vegeta se estrecharon cuando vio eso. Un recuerdo borroso se arremolinó en su afilada mente y sus dedos se contrajeron de un modo amenazador. ¿Sostuvo la vida de la mujer en sus manos?, ¿había estado atrapada debajo de él?, ¿no logró matarla cómo tanto anhelaba?

Mientras ella se acercaba, se dio cuenta de que no lo miraba directamente y que se detuvo a varios pasos de distancia del campo. Ella de un vistazo revisó la habitación para asegurarse de que todo estaba en orden y se movió nerviosa bajo su dura mirada por un momento, antes de recuperar su habitual compostura fría.

—Entonces ¿te gusta su nuevo hogar? —La voz de Bulma era rasposa, por lo general sus tonos sonaban melodiosos y profundos. Vegeta ladeó la cabeza sin que ella lo notara, sus ojos negros la analizaron una vez más y se detuvieron en el pañuelo de seda. Ese trozo de tela lo perturbaba hasta ponerlo furioso, como si de alguna manera fuera un insulto.

—Lo será hasta que salga —respondió él con total neutralidad y vio como la comisura de sus labios se curvaba en respuesta. Esos labios rojos lo atraían, había algo importante que debía recordar, algo sobre su boca, sobre la suave curva de sus labios de rubí. Vegeta sacudió la cabeza y notó que ella todavía no lo miraba, en su lugar, observaba el piso justo a su izquierda.

—No creo que eso sea en el corto plazo, Vegeta. —Sus largos dedos estiraron el pañuelo, reordenándolo para que descanse con más comodidad sobre su cuello, antes de que se perdieran para toquetear los pequeños cabellos de su nuca. Vegeta sintió un inexplicable resentimiento hervir dentro de él por sus acciones: ¿por qué llevaba puesta esa ridícula prenda? Odiaba la cosa, lo disgustaba, pero ¿cuál era el motivo?

—Quítatelo. —Su voz de terciopelo la tocó ligeramente, acariciándola con sus fuertes octavas. Los ojos de Bulma se lanzaron hacia arriba por la sorpresa y vieron los suyos. En el momento en que sus miradas se encontraron, ella tuvo que luchar por respirar. Él estaba de pie delante de ella, desnudo hasta la cintura, sus músculos relucían por el suave resplandor de la luz del techo. Podía ver el brillo del sudor cubriéndolos, puliéndolos como a una estatua de bronce. Un Dios del caos, posando solo para ella.

—¿Qué? —Su voz herida era apenas un susurro.

Los recuerdos comenzaron a inundar a Vegeta. La vio debajo de él, temblando de miedo y con las lágrimas bajando por su cabello verde azulado que se desplegaba alrededor de ella. Él la había sujetado por el cuello y sostenido brutalmente su frágil vida en sus manos con cicatrices de batallas. Si la tuvo, ¿cómo escapó?

—Quítate esa cosa del cuello. —Tenía que ver la prueba, tenía que ver lo que estaba escondiendo de él, lo que ella escondía del mundo.

Bulma se ahogó en la intensidad de su mirada negra. El mundo más allá de ellos dejó de existir y lo único que podía hacer era observar al hombre que se había convertido en su demonio personal. Él era una sombra en su alma, ¿por qué le respondía en momentos como estos?, ¿por qué sentía el impulso de obedecerlo?, ¿qué estaba mal con ella? Siempre fue una mujer fuerte e independiente, ¿por qué la atraía este hombre perverso? Él no era más que nefasto, pecaminoso como el chocolate, excitante en su cruda y salvaje perversidad animal, parecía que le hubiera lanzado un hechizo de magia negra para torcer su voluntad.

Era la tentación de la carne.

—No. —Su mano apretó su cuello por reflejo. Vegeta la habría matado, aún podría matarla si alguna vez se escapaba de la jaula. El mal era solo eso, el mal.

Él se acercó más y sus elegantes músculos se contrajeron de una forma hipnótica. El corazón de Bulma se aceleró y a sus pulmones les costó respirar mientras ambos permanecían a centímetros de distancia. El escudo invisible los separaba manteniéndola a salvo de él, de sí misma.

—Hazlo. —Su voz tejió su camino en torno a ella, instándola a ceder a sus deseos. La necesidad de ver el cuello desnudo se estaba construyendo dentro de él como una obsesión. Se había convertido en la entrada a sus recuerdos nebulosos, el camino que se rehusaba a ver por su cuenta.

La boca de Bulma se endurecido en una línea amarga y sus ojos se congelaron llenos de desprecio. Si quería ver el daño que hizo, que así sea. Le mostraría que sobrevivió a su ataque, que fracasó, que aún estaba aquí y no se iría en mucho tiempo. Todavía lo tenía a su merced. Era su prisionero, ella detentaba el poder, no él.

Bulma desenvolvió el pañuelo de seda para dejar al descubierto sus horribles contusiones a una mirada inquebrantable. La visión de las obscenas marcas en su cuello la habían sorprendido esta mañana cuando se asomó al espejo. Ayer, fiel a su promesa, durmió casi veinticuatro horas seguidas, poniéndose al día con un muy necesitado descanso. El trauma en el cuello tuvo dos días para oscurecer y florecer en una masa abigarrada que ahora tocaba su piel como una gargantilla de rosetas negras.

A medida que las heridas eran reveladas a Vegeta, él no mostró ninguna reacción visible en su rostro. Una persona observadora podía haber notado como su cola se apretó alrededor de su cintura en respuesta, pero sus ojos no revelaron nada. En el interior de Vegeta, muchas emociones luchaban por la supremacía.

Estaba furioso. Había estado tan cerca, todo lo que tuvo que hacer fue girar la muñeca hacia un lado, romperle el cuello y su torturadora al fin habría muerto. La única criatura en esta puta bola de barro que era lo suficientemente inteligente como para mantenerlo encerrado. Con ella fuera del camino, podría escapar de forma fácil. A menos que, por supuesto, su muerte indujera la rabia entre sus empleados y lo mataran mientras dormía como castigo. Pero aun así, hubiera tenido la satisfacción de haberla asesinado.

¿O no?

Sus ojos se deslizaron sobre los labios de Bulma y el camino a sus recuerdos oscuros se iluminó con cada segundo que pasaba. La había levantado del suelo y sostenido en sus brazos, su cola se envolvió alrededor de su esbelta cintura y sus labios descendieron hacia los de ella.

Amplió los ojos y estos se dispararon para cruzar miradas con la mujer una vez más. En lugar de matarla, había tratado de besarla. La segunda emoción, luchando contra la furia rugió dentro de él.

Deseo.

Por mucho que buscara verla muerta, otra parte en su interior estaba furioso por eso. Antes de que la viera yaciendo rota en el suelo, deseaba saborearla. La quería envuelta alrededor de él, debajo de él, gimiendo en sumisión. Quería tenerla antes de desecharla, quería castigarla por sus pecados, quería destrozar la imagen de bondad que ella presentaba ante el mundo y mancharla con su maldad. Quería hacerla gritar antes de su último suspiro.

Bulma vio la odiosa lujuria reluciente que brillaba en la mirada de Vegeta y puso su pequeña mano alrededor de su cuello para escudar sus moretones, protegiéndose a sí misma. Ardiente furia hervía en su pecho. ¿Quién se creía para mirarla con tanta posesividad? Él era de ella, no al revés. Era la dueña de su trasero de mono y sería mejor que se acostumbrara a eso. Sus labios se curvaron en una burla y sus ojos helados se estrecharon en desafío a su tácito dominio.

Vegeta observó el reto destellando en esos ojos y gruñó tan profundamente que su pecho retumbó en respuesta. Su cola se enroscó anhelante detrás de él, deseando envolverse alrededor de ella de nuevo para sentir su frágil cuerpo.

Se quedaron allí, encerrados en una batalla silenciosa por una eternidad. Ninguno oyó el crujido de las puertas del laboratorio ni las voces que charlaban, pero ambos oyeron el agudo chillido que estalló. Bulma se dio la vuelta y se puso el pañuelo a toda prisa. Vegeta miró lo que había detrás de ella, su estómago se hundió ante la vista. En el centro de la habitación estaba una mujer de cabello rubio vestida con una profusión de volantes y lazos rosados que de forma experta balanceaba un plato con galletas en una mano y una jarra que contenía leche en la otra. Vegeta observó con cierta preocupación como muchos de los empleados de Bulma se agacharon y trataron en vano de escapar antes de ser divisados por la arpía.

—Vamos, vamos, no huyan. He traído suficientes galletitas caseras y leche para todos los amiguitos de Bulma. —La mujer trinó y los que se habían escurrido hacia la salida, volvieron abatidos. Ellos aceptaron su desgraciado destino, pero no pudieron evitar poner los ojos en el plato con avidez.

—Mmm, mamá, pensé que te dije que no vinieras a mi trabajo a molestarme.

—¿Mamá? No me sorprende que seas un desastre andante, fuiste engendrada por los dos seres más idiotas de este planeta —resopló Vegeta lleno de desprecio.

Bulma giró hacia Vegeta, la ira se disparaba de sus ojos.

—Mi padre no es un idiota —siseó de un modo vehemente. Vegeta alzó una ceja y el rostro de Bulma enrojeció cuando se dio cuenta de que había excluido a su madre de su acalorada defensa. La señora Briefs chilló de felicidad, colocó el plato y la leche en una mesa cercana y se lanzó hacia su hija, para alivio de los científicos. Una vez que ella salió, cayeron sobre la comida como perros hambrientos. La señora Briefs era muchas cosas, una excelente cocinera la primera de ellas.

—Vaya, ¿éste es el joven encantador con el que has estado pasando tanto tiempo? Es tan guapo. —Ella le dio a su hija un empujoncito cómplice y le soltó una brillante sonrisa de bienvenida a Vegeta. Él se quedó por un instante estupefacto. No tenía ni idea de qué hacer, tal vez la arpía no sabía que era el asesino más buscado del universo. Le devolvió la sonrisa con su propio gruñido depredador, mostrando los colmillos de una forma amenazadora que estaba seguro le helaría la sangre. En lugar de eso, fue recibido por una risita tonta mientras la señora Briefs fingía desmayarse en los brazos de Bulma.

—Oh, él es tan rudo ¡y esos músculos!, ¡son tan grandes! —Sus ojos azules recorrieron el fuerte cuerpo y se detuvieron en el vértice entre los muslos—. Me pregunto si es tan grande "en todas partes". —Bulma se atragantó y se quedó congelada cuando su madre se adelantó hacia el hombre peligroso. Vegeta había conocido muchas razas en su vida, pero nunca vio nada parecido a la madre de la mujer. En el momento en que ella empezó a acercársele, dio un paso atrás. Algunos podrían haberlo llamado miedo, sin embargo, él se habría referido a eso como instinto de conservación. La mujer estaba obviamente fuera de sus cabales. Su observación fue comprobada cuando ella chocó contra el campo de fuerza, rebotó y parpadeó como un búho ante la pared invisible.

Él se burló. Bulma alzó de prisa a su madre, la arrastró de vuelta al centro de la habitación y por suerte lejos suyo. Ella se detuvo en su escritorio, sacó un pequeño dispositivo negro y lo apuntó hacia Vegeta que gruñó en señal de advertencia y trató de defenderse, pensando que quería hacerle daño de alguna manera. Ella ignoró sus movimientos, en su lugar se concentró en el gabinete detrás de él. Las puertas se abrieron para revelar una pantalla negra que titileo a la vida, sobresaltándolo por un instante.

—... el macaco japonés es el único primate que vive en el norte de la mayoría de las regiones de Japón. —La voz distante del televisor se hizo eco en la habitación llena de tensión.

—Ahora mira la televisión, Vegeta, y sé un buen chico. —Ella arrojó el control remoto sobre su escritorio y se volvió de nuevo hacia su madre con un estruendoso ceño fruncido.

—Mamá, mantente alejada de él, es peligroso —dijo Bulma molesta.

—Oh, pero parece que fuera un muchacho muy agradable. Ya veo por qué no has venido a cenar el último par de semanas, apuesto a que te agota. —La señora Briefs rio de una forma exagerada y varias personas se estremecieron. El rostro de Bulma se oscureció de carmesí a púrpura por las palabras de su madre y le lanzó una mirada entrecerrada al hombre en cuestión. Él estaba reclinado contra el marco de la puerta, examinando cada centímetro del dormitorio que su madre hacia parecer como si fuera la alcoba de Casanova. Su segundo nombre sin duda era vigor.

—... la tropa es dirigida por un macho alfa dominante, que es lo suficientemente fuerte como para defender a la unidad.

Bulma puso los ojos en blanco y volvió su atención hacia su madre.

—No es así mamá, es un prisionero aquí. Él es un hombre muy malo.

La señora Briefs miró a su hija y su expresión vacía se desvaneció.

—Los hombres malos a menudo son los mejores amantes y si puedes domesticarlos, ellos se convierten en los más fieles esposos.

Bulma parpadeó ante su madre. No podría haber estado más sorprendida si la señora Briefs comenzaba a recitar la tabla periódica. La idea de que ella se casara con Vegeta era absurda, era inconcebible, ridícula. Una imposibilidad absoluta.

—Sabes, mamá, pienso en otras cosas además de casarme. Si quisiera un esposo me habría casado hace años con Yamcha. No estoy lista para establecerme todavía y no te hagas ilusiones con Vegeta tampoco. Un ogro sería un mejor yerno que él. —Ella puso los ojos en blanco, se apartó de su madre, molesta y comenzó a hurgar en su cajón por una aspirina.

—... la hembra de la especie es notablemente promiscua. Ella puede elegir para aparearse a varios machos diferentes en la misma temporada para luego proceder a ignorarlos en los años venideros. —Vegeta se volvió y miró a los monos marrones que correteaban por la pantalla grande mientras vigilaba a las dos mujeres que continuaban discutiendo.

—Oh, cariño, sabes que no vas a ser joven para siempre. Un día la fruta se seca y se cae de la vid, si sabes a lo que me refiero —gorgojeó la madre de Bulma.

—No, no estoy segura de hacerlo —le respondió.

—El matrimonio no es algo de lo que haya que escapar. Después de que estés casada, aún puedes disfrutar de una vida sexual sana. Solo míranos a tu padre y a mí, todavía nos ponemos húmedos y salvajes al menos cuatro noches a la semana. —La señora Briefs esponjó su cabellera y revisó su lápiz labial en la pequeña polvera que había sacado aparentemente de la nada. Bulma la miró en estado de shock mientras los labios de Vegeta se fruncían por el asco. La última cosa que quería imaginar era a esta mujer y al chiflado de cabello lavanda haciéndolo.

—Eso es repugnante. Llévense su ofensiva conversación a otro lugar, mujeres medio locas. —les dijo Vegeta con desdén.

Al parecer Bulma sentía lo mismo, porque se dio una palmada en la frente y suspiró por el agobio.

—Mamá. —Ella se lamentó—. ¿Por qué no vas a visitar a papá o algo así?

—Bueno, bueno, no seas tan melodramática, querida. La única razón por la que el joven y tú pelean tanto es porque tienes algo de frustración reprimida. Yo digo que te tomes un tiempo para liberarlo.

—... durante la temporada de apareamiento el primate macho se hará cada vez más agresivo al acercarse a las hembras.

Bulma cogió a su madre por el brazo y la condujo hacia la puerta.

—Vamos, cariño, lo único que digo es que necesitas tener un buen y fuerte... —Vegeta no oyó el resto de las palabras de la mujer cabeza de chorlito, ya que la puerta se cerró detrás de las dos. Dejó escapar un suspiro de alivio y se volvió de nuevo al desconcertante programa en la televisión.

—... las hembras alimentan a los bebés mientras los machos se quedan cerca cuidándolas y protegiendo a los jóvenes descendientes.

Él sacudió la cabeza, se alejó de la familia que aparecía en la televisión y eligió en su lugar continuar con su entrenamiento.