Exención de responsabilidad: No soy dueña de DBZ.

Capítulo seis

Hijo de p…

Vegeta observó con total indiferencia como un intruso que pasaba desapercibido merodeaba el laboratorio. Ni bien la puerta se abrió, fue consciente del ki del desconocido. Los científicos continuaron corriendo de aquí para allá, su valiosa investigación era mucho más importante que el huésped no invitado en medio de ellos.

Entrecerró los ojos al observar el comportamiento controlado del hombre y su dominio inconsciente del área. El cabello gris recortado y el uniforme lo marcaban como militar, lo que encendió su interés de inmediato. La mirada férrea del sujeto recorrió a los científicos de una manera desdeñosa antes de asentarse con una intensidad fría en él, quien permanecía inmóvil en el centro de su celda.

Los ojos del intruso se dilataron y sus labios se fruncieron mientras avanzaba ignorando a todos los que se cruzaban por su camino, eso finalmente le ganó la atención de los empleados de Bulma. Luego se detuvo frente a la jaula de Vegeta, sus labios se fruncieron por completo en un gruñido de ira cuando el reconocimiento surgió.

—Tú —siseó apenas reprimiendo la furia. Vegeta levantó una ceja hacia el militar enfurecido, sin preocuparse de lo que podría haber hecho para atraer su odio. Esa era la mirada que estaba acostumbrado a ver en los ojos de quienes se paraban delante de él. El odio y el miedo eran emociones que conocía muy bien—. Tú fuiste uno de esos monstruos que bajaron y aniquilaron a la mitad de nuestras fuerzas armadas. Fuiste el bastardo que ordenó la muerte de mis hombres. —Los puños del general se apretaron como duras rocas y escupió las palabras haciendo un esfuerzo.

Los crueles labios de Vegeta se curvaron en una sonrisa de superioridad y disfrutó de la sensación de poder que le provocaron esas palabras. Solo él podía sacar tal vehemencia de la más rígida de las personas, él era quien infundía el terror en los corazones de las masas. Era un destructor de planetas, no el cautivo de una débil bruja hecha mujer.

—Bueno, si tus guerreros no hubieran sido unos pobres aspirantes a miserables excusas de hombres, no estarían pudriéndose en sus tumbas ahora. Yo solo le hice un favor a tu planeta al limpiar la reserva genética. —Se burló, su satisfacción al provocarlo se reflejaba en todos los matices de su cuerpo.

—¡Hijo de puta! ¿Cómo te atreves a insultar el sacrificio que esos hombres hicieron para proteger a su planeta? —El general sacudió un puño en su dirección.

—Hmm, tienes razón. Si tuvieras algún sentido del honor te suicidarías por fallar tan desastrosamente. Deja que alguien más tenga la oportunidad de ser aún más patético que tú —Vegeta se rio, disfrutaba de cada minuto que pasaba.

Los ojos del militar se estrecharon y el odio se coció en su interior con una fuerza maliciosa.

—¿Qué haces aquí?, ¿cómo es que aún estás vivo? —Movió la cabeza de un lado al otro y capturó el entorno lujoso en el que él estaba junto a su actitud relajada.

Vegeta encogió los hombros de un modo indiferente ante las preguntas del general, su mente ágil ya formaba un plan de fuga.

—La mujer dice que es una prisión. —Hizo un ademán hacia el recinto, una sonrisa lobuna adornó sus rasgos duros—. Pero esta es la mejor prisión en la que he estado alguna vez. —Se acercó al sillón reclinable y cogió el control remoto para revelar su televisor de pantalla plana de cincuenta y dos pulgadas, que le costaría a una persona la mitad de su salario anual—. Quiero decir, me podría ir en cualquier momento, pero ¿por qué querría? La mujer ve por todas mis necesidades. —Los ojos negros de vegeta brillaron con una luz insinuante y el militar se atragantó de la rabia.

—¿La mujer?, ¿te refieres a Bulma Briefs? —dijo el hombre en un tono áspero y Vegeta le enseño sus dientes blancos como respuesta.

—Por supuesto. Ella es un sabroso trozo de culo y sabe cómo mantener a un hombre feliz mientras está bajo su fina atención. —Él se estiró y volvió la espalda al militar enfurecido—. Sí, la vida es buena. No tengo que preocuparme por que alguien me encuentre o trate de castigarme por mis crímenes y cuando haya terminado, solo tengo que matar a la mujer y volver a hacer lo que hacía antes. —Giró de regreso, sus ojos infernales se cruzaron con los del general y una sonrisa maligna ensombreció su rostro—. Destruir el planeta.

Los ojos del hombre se ampliaron antes de estrecharse llenos de determinación.

—¡Bastardo! No te saldrás con la tuya, te detendré —siseó decidido.

Vegeta echó hacia atrás la cabeza y se rio de buena gana.

—Oh, como me detuviste la última vez. Ese será un gran día, tú y tus hombres no son más que perros a mis pies encogiéndose de terror mientras los golpeo sin piedad. Tendría más desafío de un batallón de mujeres chillonas.

Los ojos del general se infiltraron de rojo al ver la diversión de Vegeta y sus dientes se agrietaron cuando los molió por la frustración. El hombre alcanzó el panel de control a un lado de la pared con la intención de desconectar el campo de fuerza para poder llegar al asesino que se encontraba protegido dentro del escudo. Los labios de vegeta se abrieron en una genuina sonrisa ante la visión y se preparó para saltar hacia la libertad que estaba a punto de presentarse.

—¿Qué demonios cree que está haciendo? —gritó Bulma y cruzó la habitación. Vegeta siseó de furia cuando ella empujó al hombre que escupía blasfemias lejos del panel.

—¡Voy a matar al hijo de puta! —rugió el militar con feroz intensidad, las venas sobresalían de su frente y su rostro estaba a punto de ponerse púrpura debido a la rabia mientras señalaba con un dedo a Vegeta. Bulma dio un paso atrás, casi chocó con el campo de fuerza y Vegeta respondió a su miedo con un gruñido audible. Los ojos grises del intruso atravesaron a Bulma, quien se puso rígida y endureció su resolución: ella era Bulma Briefs y no se doblegaba ante nadie.

—General Lee, voy a tener que pedirle que se vaya de mi laboratorio, esta es un área restringida. —Dio un valiente paso hacia adelante para tomar el control de sus dominios con la facilidad de una reina y luego le hizo una sutil inclinación de cabeza a Asuka, que levantó el teléfono sin llamar la atención.

—¿Salir?, se atreve a darme órdenes. Alberga al criminal más buscado en el mundo ¿y cree qué puede decirme qué hacer? La cabeza de ese hombre tiene precio en todos los países, desde el Atlántico hasta el Pacífico, ¡me lo entregará en este instante! —exigió irguiéndose autoritariamente.

—No haré tal cosa, general, este hombre es muy peligroso y no puedo permitir que ningún tonto ignorante trate de llevárselo de estas habitaciones seguras. —El malicioso sarcasmo de Bulma salió de su lengua, abofeteando al arrogante intruso en toda la cara. Por imposible que pareciera, el rostro del general se puso aún más rojo y balbuceó.

—¿Esta… esta llamando a los militares tontos? —dijo entre dientes.

—No, estoy llamándolo tonto a "usted". No tiene idea de lo que Vegeta es capaz de hacer ni tiene el conocimiento adecuado para encarcelarlo.

—Me lo entregará de inmediato, es una orden.

—No. —La palabra pesó diez toneladas, esta cayó en la habitación como una bala de cañón. El general Lee la miró sin comprender lo que oyó por un momento, nadie lo desobedecía y menos una mujer. Ella tenía que aprender su lugar, era el ejemplo perfecto de porqué a las mujeres no debería permitírseles hacer nada más que cocinar, limpiar y criar hijos.

—¡Perra! Harás lo que digo en este instante. —Dio un amenazador paso adelante, Bulma apretó los puños y defendió su posición en desafío. Ante esto el general alcanzó el panel de cierre de la puerta a su izquierda, pero Bulma lo empujó de forma violenta; la ira hervía dentro de ella y la sangre latía detrás de sus ojos, lo que los hacia ver con un toque rojo. Como se atrevía este servidor público impertinente a decirle que hacer, ella era la mujer más rica del mundo y siempre conseguía lo que quería, y lo que quería era a Vegeta.

—Aléjese de él. Es mío, no le permitiré tenerlo —le siseó. Ante sus propias palabras, la rabia se evaporó dejando tras de sí una ola de consternación mortificante. ¿Qué demonios estaba diciendo? Detrás del general las puertas del laboratorio se abrieron para revelar al personal de seguridad. Bulma rápidamente recuperó la compostura y pinchó al hombre con una mirada helada.

—Usted va a tener que irse ahora, señor. —Hizo un gesto hacia los guardias y ellos avanzaron—. Por favor, acompañen al general a la puerta, él se retira.

El general Lee estrechó sus ojos color gris pizarra y cruzó miradas con ella.

—Estaré de regreso. Se va a arrepentir de esto, señorita Briefs. —Su voto estaba mezclado con una advertencia y los puños de Bulma apretaron los pliegues de su bata de laboratorio. El general Lee se dio la vuelta y salió de la habitación, abandonando a un público atónito.

Bulma volvió sus helados ojos azules hacia Yamshita.

—¿Qué demonios creías qué estabas haciendo, idiota? Se supone que debías vigilarlo. —El hombre se alejó de su cólera y Vegeta rio disimuladamente. Era agradable ver su ira dirigida a alguien más, para variar. Su diversión solo creció mezclada con la semilla de la esperanza que se instaló en su pecho. La mirada calculadora de Vegeta analizó al general Lee mientras discutía con Bulma; había visto a hombres así antes, embriagados en su propio sentido del poder, que raras veces le daban a las consecuencias de sus acciones un pensamiento real. No tenía ninguna duda de que el hombre estaría de regreso y su visita no sería buena para los habitantes de este planeta, por lo menos. Una sonrisa maliciosa se formó en sus labios.

—Solo le estaba dando un tour cuando dijo que tenía que visitar el baño de hombres, ¿cómo se supone que sabría que iba a escaparse? —Yamshita se ponía más pálido por minuto, la comprensión de su error era cada vez más clara.

—Idiota, ¿sabes lo que has hecho? Van a volver y se llevarán a Vegeta. —Yamshita abrió la boca para hablar, pero fue interrumpido por Bulma—. Estás despedido, limpia tu escritorio y sal de mi vista. —Le dio la espalda al hombre dando el asunto por concluido. Él le lanzó una fuerte mirada iracunda antes de abandonar el laboratorio, no obstante, eso pasó inadvertido para ella que estaba yendo de un lado al otro frenéticamente.

Comenzó a morderse las uñas, un mal hábito que practicaba cuando estaba estresada. ¿Qué iba a hacer? Ellos estarían de vuelta en cuestión de horas, un día a lo sumo. ¿Era posible mover a Vegeta tan rápido?, ¿estaba dispuesta a arriesgarlo todo, su empresa, su familia, su vida, solo para salvar a un monstruo?, ¿podría hacer eso? Se dejó caer en una silla y desesperada masajeó sus sienes.

Asuka se acercó a ella en silencio y le entregó un vaso con agua y dos aspirinas. Bulma levantó la vista hacia la simpática mujer.

—¿Qué voy a hacer, Asuka?

—La única cosa que puede hacer: entregarlo —respondió la mujer en voz baja. Bulma le devolvió una mirada afligida.

—No… no puedo hacer eso. En el mejor de los casos lo ejecutarán por sus crímenes, en el peor lo van a diseccionar. —La voz de Bulma era frágil, líneas profundas se grababan en su frente. Oyó un resoplido característico y miró a Vegeta. Estaba apoyado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados y una sonrisa diabólica curvada en sus labios.

—Te preocupas demasiado, mujer. —Su voz era profunda y llena de perversas promesas de destrucción. Bulma sintió que su pánico se multiplicaba por cien. Lo que él planeaba solo significaba una cosa:

El Armagedón.

El temor se instaló en la boca de su estómago y sintió que las náuseas ascendían hasta inundarla. Pasara lo que pasara, no podía permitir que el gobierno sacara a Vegeta de su prisión; los estragos que causaría serían devastadores para la humanidad. Rápidamente se levantó y dio la vuelta, tenía mucho trabajo por hacer en unas pocas horas.

Estuvo el resto del día llamando a gente que le debía favores que nunca había cobrado. Habló con políticos de alto rango, ciudadanos influyentes, cualquier persona que creyera que podría ayudarla en su difícil situación, pero se encontró con una fuerte resistencia en todas partes hacia donde buscaba. Nadie quería estar involucrado con un hombre peligroso como Vegeta. Todos coincidieron en que la única solución era entregarlo a los militares. No parecían entender el poder que él era capaz de manejar, incluso después de ver la forma en que su compañero había destrozado al ejército apenas unos meses atrás. Se negaron a considerar que tal fuerza era posible y nadie le creyó cuando les dijo que únicamente ella podía mantenerlo enjaulado.

Solo le quedaba una opción: reubicarlo. Tenía que mover a Vegeta a un lugar donde no pudieran encontrarlo, un lugar que no estuviera conectado a la Corporación Cápsula y a salvo de las miradas indiscretas. Necesitaba que alguien la ayudara también. Ella no sería capaz de custodiar a Vegeta ni habría las instalaciones ni la mano de obra necesarias para defenderlo. Necesitaba a alguien que lo vigilara veinticuatro horas al día y supiera lo peligroso que era para la sociedad, alguien en quien pudiera confiar.

Bulma se hundió en su asiento y trató de quitarse el dolor de cabeza que latía detrás de sus ojos. Solo tenía una opción. Todos sus amigos guerreros habían ido a Namekusei; no quedaba nadie en la Tierra que en verdad supiera lo que era Vegeta, además de ella y otra persona.

Milk.

Tomó un leve respiro de resolución y recogió sus cosas.

Bulma aterrizó su aerojet a unos metros de distancia de una acogedora casa, el nerviosismo revolvía su estómago. La puerta principal se abrió antes de que pudiera cruzar el patio y una mujer de cabello oscuro corrió a recibirla con los brazos abiertos. Se dio cuenta cuando le devolvió a Milk el abrazo, lo mucho que extrañaba a su amiga y cuánto tiempo había pasado desde que hizo algo fuera de trabajar largas horas en su laboratorio.

Milk se apartó para darle una sonrisa de felicidad a la mujer de cabello azul. Ella estaba atrapada en el bosque, sin nadie con quien hablar durante tanto tiempo que casi olvidó como decir hola.

—Bulma, estoy tan contenta de que te hayas detenido para visitarme. Parece como si hubieran pasado siglos desde que he visto a alguien —trinó ella mientras conducía a su amiga a la casa.

Bulma sintió una punzada de culpabilidad. A pesar de que estuvo ocupada con sus propios problemas, al menos debería haber tenido tiempo de llamar a Milk. Los últimos años fueron aún más difíciles para la joven mujer, con la pérdida de su esposo, el secuestro de su hijo y ahora ellos salieron corriendo a otro planeta, dejándola sola una vez más.

—Lo siento Milk, debería haber llamado o siquiera venido antes. —Bulma dejó que la llevara a la casa y se sentó junto a la mesa de la cocina.

—Sí, debiste hacerlo —dijo Milk bruscamente, aunque una sonrisa suavizó sus facciones un instante después. Cierto que ella parecía un dragón, pero no era más que un juego. Todo el mundo sabía que era suave en su interior—. No importa, estás aquí ahora. ¿Manzanilla? —Ella le ofreció a Bulma una taza de té relajante. Un simple vistazo a la mujer de cabello azul le contó una historia de estrés que no podía resolverse con solo una bebida, sin embargo, era un comienzo.

Bulma aceptó agradecida y permitió que el relajante sabor le calme los nervios. Milk se sentó frente a ella, sorbió su propio té, pero a la vez observó a la otra mujer con cuidado. Se mantuvieron calladas, cada una disfrutando de la compañía, antes de que Milk terminara por poner fin al ambiente tranquilo.

—¿Entonces, vas a decirme por qué viniste? —preguntó ella en voz baja, no era tonta y sabía que su amiga no estaba aquí para una visita social.

Bulma se sonrojó y bajó la cabeza. Milk ya sabía que tenía a Vegeta encarcelado en su laboratorio. De hecho, fue la única que no se opuso al arreglo. Ella se contuvo mientras observaba en silencio como los guerreros de su grupo argumentaban que era cruel aprisionar al hombre y que deberían permitirle regresar al espacio.

Lentamente le reveló los acontecimientos de las últimas horas a su atenta amiga, antes de pedirle el favor que había venido a buscar.

—Si construyo una jaula y lo transportó aquí, ¿vas a vigilarlo? Te asegurarás de que se alimente y todo eso. No tienes que pasar tiempo con él, solo cerciorarte de que no se muera de hambre ni nada por el estilo. —Se hizo silencio en la sala y Bulma levantó la vista para ver los penetrantes ojos negros de Milk.

—No. —La respuesta de una sola palabra atravesó el silencio y sorprendió a Bulma por un minuto. Su ceño se frunció y ella tomó una respiración profunda.

—¿Pero por qué? Este es el último lugar en el que alguien lo buscaría. No puedo llevarlo a ningún otro sitio y ambas sabemos que no podemos dejarlo suelto en el mundo —alegó Bulma con eficacia. Esta era su última esperanza, si Milk decía que no, entonces no sabía que más hacer.

—Te dije que no, Bulma. No voy a dejar que ese asesino este cerca de mi casa. —Milk recogió ambas tazas, las puso en el fregadero y le dio la espalda a su amiga. Bulma se levantó para dar un paso hacia adelante que la acercara a ella.

—En ese caso ¿qué se supone qué debo hacer? Pensé que estabas de acuerdo en que encarcelarlo era lo mejor para todos.

Milk se volvió, la ira le enrojecía las mejillas.

—¡No, nunca estuve de acuerdo con tal cosa! —respondió de un modo violento. Bulma dejó caer su mano extendida y dio un paso atrás de la mujer enfurecida.

—Pero si estabas de acuerdo con los muchachos, ¿por qué no dijiste nada entonces? —preguntó Bulma, un fuerte dolor de cabeza se formó entre sus ojos.

—Nunca dije que estaba de acuerdo con Gokú y los muchachos. —Milk se alejó, cruzó los brazos sobre su pecho y se quedó abstraída mirando por la ventana los picos de las montañas a la distancia. Bulma frunció el ceño a su espalda, ahora se hallaba completamente confundida.

—Bien, si no querías dejarlo ir ni tampoco encarcelarlo, ¿qué hubieras querido qué hagamos con él?

Milk guardó silencio durante unos largos minutos antes de contestar. Tomó una profunda respiración y suspiró de tristeza.

—Debiste haberlo matado. —Las palabras resonaron en la habitación y la atónita mirada de Bulma nunca abandonó su espalda.

—¿Qué? Yo nunca podría hacer eso. —Bulma se quedó boquiabierta, el aliento le estrangulaba la garganta.

Milk se volvió hacia ella con furia, sus ojos chispeaban odio.

—¿Por qué no? Es un homicida, un asesino. Gracias a él nuestros amigos están muertos. Ten Shin Han, Chaoz. —Se detuvo un instante para recalcarlo—. Yamcha. —Bulma bajó los ojos lejos de la penetrante mirada de su amiga. El viejo dolor despertó de la mano con el odio que sintió alguna vez por Vegeta. ¿Ella todavía se sentía así o eso solo estaba escondido, esperando el momento oportuno para levantar su fea faz?—. Gracias a él, todo ese dolor ha sido puesto sobre nosotros. —Milk dejó caer la cabeza y su cabello lacio le cubrió el rostro—. Puesto en mí. —Ella pronunció las últimas palabras en voz baja y por primera vez, Bulma pudo ver mechones de grises brillar en la masa de cabello negro de la joven.

Sintió que lágrimas se formaban en sus ojos y dio un paso adelante para reunirse con su amiga en un abrazo reconfortante. Milk había pasado por tanto, era egoísta de su parte pedirle que cuidara al mismo hombre que le causó tantos sufrimientos. Ellas se quedaron así durante mucho tiempo, cada una extrayendo fuerzas de la otra. Hablaron unas pocas palabras más antes de decirse finalmente adiós. Bulma se comprometió a visitarla más a menudo, pero las palabras eran vacías, ambas sabían que habían elegido caminos diferentes. Ella albergaba a la única criatura en el universo que Milk aborrecía y su amistad se fracturó bajo la tensión.

Más tarde esa noche, Bulma se preguntó de nuevo qué hacer en su oscuro laboratorio, solo iluminado por una luz parpadeante que emanaba de la celda. Estaba cansada y desilusionada por la capacidad de razonamiento de sus compañeros humanos. ¿Cómo podían cerrar los ojos ante alguien tan peligroso como él?, ¿cómo podían ignorarla cuándo les rogó que entendieran el peligro que representaba para el mundo? Observó la habitación de Vegeta con curiosidad y lo encontró instalado en el cómodo sillón reclinable mirando fijamente la pantalla de televisión.

—Sabes, arruinarás tus ojos si ves la televisión en la oscuridad —lo reprendió cansada.

Él volvió la cabeza hacia ella, las voces de la televisión iban a la deriva a través del lugar.

—... Salmo 25:8 dice que «bueno y recto es el Señor, él enseñará a los pecadores el camino».

Los ojos de Bulma se ampliaron y su cabeza giró hacia el televisor, observó a un hombre que llevaba un traje de tres piezas y sudaba con profusión mientras gesticulaba animadamente ante las cámaras. Junto a él había una mujer de cabello voluminoso que agarraba lo que solo pudo suponer era una mezcla entre un perro pequeño y una rata entre sus brazos flacos.

—¿Qué demonios estás viendo?

—Lo que sea que tu atrasado planeta haga pasar como religión. —Él la miró con altivez y tomó nota de su aspecto demacrado.

—No creo que ver a un evangelista en la televisión sea la forma correcta de aprender sobre la religión en la Tierra —murmuró con desagrado.

—¿Por qué? ¿Son falsos?

—No —respondió Bulma en un tono poco convincente—. Aunque tanta sombra de ojos azul y laca para el cabello deberían ser ilegal. —Miró a la mujer en la pantalla de nuevo y sacudió la cabeza debido a la vergüenza. —Hay una gran cantidad de diferentes religiones aquí, ellos solo representan un aspecto de eso.

—¿Qué clase de religiones?

—Oh, no lo sé, de todo tipo. —Bulma suspiró por el cansancio mientras se dejaba caer en su silla, luego apoyó la cabeza pesadamente en una mano. No se dio cuenta que Vegeta apretó el botón de silencio del televisor y se acercó hasta el campo de fuerza.

—«Bienaventurados los mansos porque ellos heredarán la tierra». —Las palabras habladas con suavidad se arrastraron por su espina dorsal poniéndole los nervios de punta.

—¿Qué? —Bulma miró a Vegeta en estado de shock—. ¿Qué has dicho, Vegeta? —Sus fríos ojos oscuros la inmovilizaron en el lugar y sus rasgos impasibles le congelaron el alma.

—«El malvado y corrupto recogerá tempestades». —Su voz helada cayó sobre ella, marcándola. Sostuvieron las miradas por largos minutos, la mente de Bulma aceleró por una solución al espeluznante comportamiento de Vegeta.

De pronto él echó la cabeza hacia atrás y soltó una risa descarada. Bulma lo observó con los ojos bien abiertos sin saber que hacer. Por último, él recuperó la compostura, le lanzó una mirada maligna y una sonrisa cruel adornó sus labios firmes.

—Que completa mentira de mierda. Cuando escape de aquí, te mostraré la furia de los cielos. Los únicos que heredarán esta bola de barro será una raza con suficiente crédito para comprarla en el mercado abierto. —Él se rio de su expresión horrorizada y Bulma tragó saliva a duras penas, incapaz de confiar en su capacidad de hablar. Se alejó de su escritorio, sin apartar los ojos del depredador peligroso que le sonreía como si ella fuera una comida de cinco platillos.

Su sangre se heló ante las palabras y el corazón le dejó de latir. Él era un animal, Kamisama los salve si alguna vez se escapaba. Se dio la vuelta y huyó atravesando las puertas del laboratorio con su malvada risa persiguiéndola por los corredores vacíos.