Nota de Tempestt: exención de responsabilidad: No soy dueña de DBZ, pero adoro a Vegeta, probablemente, para mi propio perjuicio.
Capítulo siete
Somos lo que somos
Deberías haberlo matado.
Las palabras de Milk que susurraban en la mente de Bulma hicieron que su visión se nublara frente a los microchips y a los trozos de metal esparcidos que estaban destinados a ser su salvación. Ella los observó con una furiosa desesperanza hasta que al final los barrió de su escritorio en un arrebato de frustración y hundió la cabeza entre los brazos cuando las piezas cayeron al suelo.
Se frotó los ojos fieramente con la manga para ahogar sus sollozos de desesperación. ¿Qué iba a hacer? Por primera vez en su vida estaba en una situación que no podía controlar y lo odiaba. Se sentía abrumada por los sentimientos de impotencia y remordimiento.
Poco después de huir de la morada de Vegeta, se dio cuenta de que su laboratorio permanecía bajo vigilancia del gobierno. El general Lee no conseguía el permiso para trasladar a Vegeta todavía, pero estaba asegurándose de que ella no lo moviera tampoco. Sin ningún otro recurso, Bulma se retiró a los subniveles donde su preciosa nave Isis se hallaba atracada.
Miró por la ventana y se sumergió en la vista de la suave curva de la proa y el brillo del metal de lo que descansaba en las abrazaderas del muelle. Deseaba perderse en sus fantasías de huir, de dejarlo todo atrás y explorar nuevos planetas. Una gran parte de ella quería hacer eso, simplemente olvidarlo todo e irse, pero al final sabía que no llegaría muy lejos antes de que la culpa se la comiera viva.
Observó con tristeza las piezas esparcidas por el piso. Luego de muchas horas de intensa reflexión había urdido la idea de crear un collar para Vegeta. Una banda gruesa alrededor de su cuello que agotaría su ki, dejándolo tan inofensivo como un humano normal. Una vez asegurado en su lugar sería imposible de retirar y no importaba a donde el ejército llevara a Vegeta, él no volvería a ser una amenaza para el mundo siempre y cuando lo usara. El plan era ingenioso, infalible, una obra de arte perfecta, excepto por el hecho de que no tenía las piezas adecuadas para completar el trabajo y todo lo que utilizaba como sustituto fracasaba miserablemente. Tal vez en una semana se podría construir algo que fuera adecuado, pero por ahora a ella le faltaba tiempo y suerte.
Bulma echó un vistazo al reloj y sintió el peso del mundo, ya que los segundos seguían corriendo. Su mirada vaciló, giró la cabeza y se reenfocó en un nuevo objeto sentado en la esquina superior de su escritorio. El sonido se desvaneció y el tiempo se detuvo cuando el objeto dominó su vista. Era un inolvidable recordatorio de sus deberes. Gradualmente se volvió consiente de un constante latido que resonaba en su mente, el único sonido en un mar de silencio. Ella exhaló muy despacio a medida que este se hizo más claro y se dio cuenta de que era el fuerte tictac del reloj coincidiendo con el pesado ritmo de su corazón.
Así que esto era lo que se sentía ser la responsable de otras personas. Bulma notó que un frío sudor perlaba su frente y goteaba por su cuello. Los helados dedos de la inevitabilidad le apretaron el corazón para recordarle que la inmortalidad era el dulce sueño de los tontos. No podía permitir que Vegeta se escapara y asesinara a la raza humana. Sus hermanos y hermanas, sus abuelos y niños, unidos entre sí por el lazo común de la humanidad, todos eran sus familiares y él iba a destruirlos.
Lo peor sería que iba a reírse mientras lo hacía.
Ecos de la risa cruel de Vegeta rebotaron por su cabeza mezclándose con los gritos de Milk, de pie ante el cuerpo destrozado de su esposo. En la oscuridad de su mente, la voz instintiva de la supervivencia comenzó a susurrarle algo que ahogó su capacidad de razonar. De pronto, el rostro de Yamcha se levantó y le suplicó que los salvara… que los salvara a todos.
La puerta se abrió, Bulma parpadeó y volvió la atención a su asistente.
—Está de vuelta y trajo refuerzos —dijo Asuka en un tono calmado, como si ser invadidos por el ejército fuera un hecho cotidiano. Bulma asintió con serenidad, sus suaves rasgos eran impasibles.
—Estaré allí. Detén al general tanto tiempo como puedas. —Asuka se retiró de la habitación y Bulma se levantó poco a poco. Su mano temblorosa alcanzó y cogió la pistola de dardos cargada con una dosis letal de su suero. Lo guardó en su cinturón, en la parte baja de su espalda y lo cubrió con la bata de laboratorio que llevaba puesta. Miró por última vez a su amada nave antes de alejarse para salir.
Bulma entró en el ruidoso laboratorio y las charlas del personal murieron. Ante la indicación que hizo con su cabeza, ellos salieron uno por uno, la noticia del desastre inminente ya había llegado a sus oídos. Tenían órdenes y se retiraron a lugares seguros en toda el área, a la espera de lo que podría ser el peor holocausto a sobrevenir en su alguna vez precioso planeta.
Ella continuó avanzando con los ojos fijos en Vegeta. Él estaba de pie en el centro de la habitación, vestido con su uniforme completo, guantes blancos y botas incluidas.
—¿Vas a una fiesta? —le preguntó ella en un tono sarcástico. Él cruzó los brazos sobre su pecho y le sonrió como un gato que acababa de comerse a un canario y ahora se limpiaba los dientes usando sus delicados huesos. Sin decir una palabra más, ella se acercó a un panel junto a la puerta, lo abrió con un movimiento de muñeca y empezó a apretar botones en un patrón aleatorio. Un ligero silbido se oyó en la celda y él levantó una ceja cuestionadora hacia los conductos de ventilación en su habitación.
Bulma se colocó delante del campo de fuerza, su rostro lucía pálido y tenso.
—He corregido el error que cometí en tu última celda. Construí un mecanismo dentro del sistema de filtración de aire que libera gas somnífero al activar el comando apropiado. Estarás dormido en cinco minutos. —Las palabras fueron pronunciadas de un modo calmado, pero un temblor sutil sacudió su cuerpo.
Vegeta giró el rostro hacia ella a toda velocidad y le clavó una mirada de despiadado odio en el corazón.
—Apágalo, perra —dijo entre dientes. Ella negó con la cabeza en silencio y observó como él abandonaba su puesto en el centro de la habitación a fin de examinar los conductos. Gruñó furioso al notar que no había manera de desconectarlos o evitar respirar el veneno que a paso lento saturaba el aire.
Él caminó hacia el campo de fuerza con una amenaza mortal.
—No importa, me despertaré tarde o temprano. —Su voz era una promesa de venganza. La libertad estaba a solo unos minutos de distancia. El gobierno de la mujer tontamente lo llevaría a una prisión segura y cuando se despertara, todo el mundo pagaría por la humillación que había sufrido. Algo apareció en los ojos por lo general brillantes de Bulma. Un toque de oscuridad, una sombra creciente que causó que a él se le retuerzan los intestinos.
Ella se dio la vuelta y se frotó la nuca mientras se acercaba a su escritorio. Él la vio sacar algo de detrás de su espalda, pero la caída de su bata blanca protegió el objeto. Se escucharon algunos tenues ticks, ya que ajustó algo en su mano, sin embargo, él se distrajo de sus movimientos en el momento en que su suave voz ahogó el silbido de los conductos de ventilación.
—Cuando era una niña, solía jugar a que era la reina del mundo. Iba a curar las enfermedades e inventar la poción de la eterna juventud. Iba a ser la más bella, la más inteligente reina que alguna vez existió y todo el mundo me amaría. —Su dulce tono se apoderó de él, pinchándole la piel con invisibles agujas de terror.
—Ahí está tu problema, mujer, piensas en pequeño. ¿Por qué ser la reina del mundo si puedes ser la reina del universo? —Vegeta miró nervioso por encima del hombro a los conductos antes de volver la vista hacia la esbelta espalda de Bulma. Algo andaba mal. ¿Ella mintió?, ¿no era gas somnífero lo que liberaba, sino veneno? Se acercó al campo de fuerza alejándose lo más posible del aire infectado—. Además, ese tipo de enfoque tierno para dominar el mundo habría terminado en un fracaso. La gente solo obedece a lo que le teme y desprecian lo que creen que aman.
Bulma se encogió de hombros, sus ojos se empañaron mientras bajaba la mirada hacia el arma en sus manos, las palabras de Vegeta reforzaron su determinación. Ella compulsivamente revisó el cargador por segunda vez y observó el dardo que llevaba el suero letal. Había cuidado de Vegeta el tiempo suficiente para saber qué lo mataría y no tenía dudas en su mente de que la droga sería más que efectiva.
—Crecí con el tiempo, pero nunca olvidé mi sueño. Una parte de mí todavía quiere un campo de verano con fresas o tal vez aún estoy esperando a que mi príncipe me lleve en su caballo blanco. —Lágrimas se formaron en las esquinas de sus ojos y la voz se le quebró bajo la tensión. Vegeta, que había perdido el interés en sus meandros sin sentido y estaba mirando a los ofensivos conductos de nuevo, se enderezó ante el sonido.
Cuando ella se giró para encararlo, él la recorrió con la vista y capturó las blancas franjas alrededor de su boca junto a las piscinas de sombras en sus ojos. Las lágrimas se derramaban por sus pálidas mejillas y cerrada herméticamente en su mano derecha había una brillante pistola de metal. El corazón de Vegeta dio un vuelco ante la visión, sus ojos negros carbón se quedaron mirando a los azules.
—¿Qué haces, mujer? —preguntó con evidente incredulidad. Esta pequeña humana había tenido las agallas de predicarle acerca de los pecados del asesinato, sin embargo, todo el tiempo albergaba la capacidad de matar en su corazón. Peor, ella planeaba asesinarlo mientras dormía bajo el hechizo del gas, legándole una muerte cobarde y no el honor de morir en una batalla. ¿En verdad pensaba que tenía la fortaleza para matarlo? Era obvio por la forma en que temblaba, que apenas podía mantenerse de pie por sus propios medios. Su cuerpo se relajó y le sonrió como un lobo, estaba seguro de que se rompería—. No lo harás, eres demasiado débil.
El brillante marfil de sus colmillos destelló bajo la luz y Bulma no pudo reprimir un escalofrío. La bilis se levantó, amenazando con estrangularla y apretó los dientes, tragando hacia abajo.
—¿Por qué tienes que ser tan malvado, Vegeta?, ¿por qué eres tan monstruoso? —Las tensas palabras que ella profirió le borraron la sonrisa y su natural tono mordaz regresó. Él se apoyó contra el lado de la pared más cercano al campo de fuerza y cruzó los brazos y los tobillos en una falsa proyección de indiferencia. Sus ojos contaban una historia muy diferente mientras la examinaba con una mirada depredadora.
—Soy lo que soy. —Las palabras oscuras traían la certeza de indecibles verdades universales. No se puede cambiar lo que eres, no importa cuánto alguien más quiera que seas diferente.
—¿Pero por qué? —Más lágrimas brotaron de sus ojos como una catarata derramándose de un pozo sin fondo de tristeza. Ella lo miró con tanto anhelo, como si él tuviera las respuestas que harían que su mundo se vuelva a componer. Como si pudiendo entender sus motivos, entonces podría comprenderlo, pero aun así nunca sería capaz de hacer eso, porque no podía concebir el tormento que era su vida. Nada de lo que aprendió de los libros y las grandes invenciones, la hizo experimentar la vida como él la conoció y nunca lo haría.
Vegeta se encogió de hombros mientras apartaba la mirada de la emoción sin control que brillaba en los ojos de Bulma.
—No lo sé. —Echó un vistazo a la pantalla del televisor y repitió algo que oyó en la oscuridad de la noche cuando se sentaba solo, encerrado en su celda—. Soy un producto de mi entorno, supongo. —Él le devolvió la mirada con ira ardiente resplandeciendo en sus ojos—. Tú eres la genio, ¿por qué no me lo dices?
Ella apretó sus párpados cerrados y derramó más lágrimas. Negó con la cabeza, era incapaz de digerir el odio y la animosidad que él le enviaba. Sus palabras no hicieron nada para satisfacerla ni para disminuir el tormento de su alma.
—¿Qué pudiste haber visto para convertirte en esta cosa aborrecible, esta cosa horrenda?
Él resopló ante ella y la observó con desprecio. Apartó la mirada para concentrar su atención en los conductos de ventilación. Podía oler una pizca del gas en el aire y ahora sabía que era cuestión de minutos antes de quedar indefenso frente a la mujer.
—No es solo lo que he visto, sino lo que he hecho. Toda mi vida es un infierno en el que solo los más fuertes pueden sobrevivir, algo que una criatura débil y protegida como tú nunca podría entender.
Bulma miró sus pies, una voz irracional en el fondo de su mente se preguntó por qué optó por usar tacones hoy en lugar de prácticas zapatillas.
—¿Así que eres un monstruo porque has tenido una vida dura? Mucha gente la tiene difícil.
La ira se disparó a través de Vegeta ante esas palabras, se movió rápidamente de su postura relajada y gruñó con furia mal contenida. Como se atrevía a menospreciar sus sacrificios bajo las órdenes de su amo lagarto. Los sacrificios de su pueblo.
—Frízer... —empezó antes de interumpirse al instante. ¿Por qué, de repente, por primera vez en su vida se sentía tentado a excusarse por su comportamiento? Él era un hijo de puta y estaba muy orgulloso de eso. Disfrutaba de aniquilar mundos y exterminar razas enteras. Eso es lo que hacía, purgaba planetas y era condenadamente bueno en eso—. Soy un asesino y lo recordarás cuando destroce tu mundo. Tal vez te dejaré para el final y así puedas ver la ruina humeante que quedará a mi paso. No has vivido hasta que sientes el olor a carne quemada en el viento. —Él ronroneó con perverso placer al observar su piel volverse más pálida y sus lágrimas formar ríos.
Ella dejó caer la cabeza y los sollozos sacudieron su cuerpo.
—No voy a dejar que lo hagas, ¿me oyes? No dejaré que suceda, no cuando puedo detenerlo. —Ahogó sus sollozos y acercó la pistola a su cuerpo. Demasiado tarde, Vegeta se dio cuenta de su error y se reprendió por permitir que su lengua desenfrenada saque lo mejor de él una vez más. Desesperado, se apresuró a reparar el daño que había causado con sus irreflexivas palabras. Si ella no iba a matarlo antes, sin duda lo haría ahora.
—No seas tonta, no eres una asesina. Querías ser la reina del mundo, ¿recuerdas? —Vegeta hizo una mueca al escuchar sus propias palabras y luchó contra el impulso de poner los ojos en blanco. Ella solo siguió sollozando, luego le dio la espalda una vez más. Vegeta tragó saliva, ya que sus pulmones empezaron a arder por el aire venenoso que seguía su camino hacia él. La urgencia lo corroía y aumentó el pavor que lentamente lo envolvió.
Se inclinó más cerca del campo de fuerza, su malvada voz bajó a un tono ronco mientras convencía a la mujer frente a él.
—No me digas que quieres ser como yo, un asesino. ¿Sabes lo que se siente ver cómo se drena la vida de los ojos de alguien? ¿Sabes lo que es oír sus gritos resonando alrededor tuyo mucho tiempo después de qué ha muerto? ¿Quieres qué la última cosa que veas antes de dormir sea mi rostro, laxo por la muerte y que eso sea lo primero que veas cuando te despiertes?, ¿quieres visitar mi tumba entre las horas de vigilia cuando tu mente vaga a través del reino de los sueños?
Los sollozos de Bulma se hicieron más desgraciados y su cuerpo se sacudió bajo el ataque. Las palabras se entretejieron en torno a ella, envolviéndola fuertemente en un abrazo de culpa. Sabía que decía la verdad. Él llegó dentro de su mente y le arrancó las palabras. Ella nunca sería capaz de mirarse al espejo de nuevo, el remordimiento la sofocaría con su empalagoso espesor. Sacudió la cabeza. Sabía que era un pequeño precio a pagar para preservar a su planeta. Tenía que hacerlo, no había otra opción.
—Y estaré allí, perra. —Su apodo para ella la golpeó con fuerza. Como odiaba ese nombre y, sin embargo, cada vez que él lo decía, sentía algo aletear muy dentro. No era la palabra tanto como el tono. Una caricia controlada de afecto que escondía una violencia subyacente de pasión que no podía ser negada—. Yo estaré en tus sueños todas las noches, recordándote tus crímenes. No serás capaz de soportar la culpa. Eres demasiado endeble, demasiado débil. No podrás sobrevivir. —Su convicción resonó en toda la habitación, golpeando duramente a Bulma. Ella se secó las lágrimas, enderezó su espalda doblada e inhaló, luego se volvió hacia él.
Vegeta miró la oscuridad arremolinándose en esos ojos y la mano se le cerró en un puño. Podía ver su derrota en el ocaso de las sombras y sudor frío rodó por su nuca.
—Debe ser hecho. —Las simples palabras de Bulma subrayaron el destino que le aguardaba y su cabeza giró por el veneno que se filtraba en sus células. Él sucumbió y cayó de rodillas ante el escudo.
—Perra —susurró una última vez. No era una palabra de súplica, sino de respeto. Ella se enfrentaría a sus propios demonios y seguiría siendo fuerte. A pesar de toda su fragilidad, tenía el corazón de un luchador.
—Descansa, Vegeta —le respondió Bulma mientras la oscuridad se cerraba sobre él y el conocimiento de que no despertaría lo acompañaba hacia el abismo.
