Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: No soy dueña de DBZ sin embargo mis sueños de mantener a Vegeta desnudo y encadenado a mi cama son todos míos.
Capítulo ocho
Danza con el diablo
La primera sensación que Bulma notó fue el dolor sordo que se irradiaba de su cuero cabelludo y que viajaba como una legión de hormigas ardientes hasta su mandíbula. Podía sentir el aguijón de las baldosas frías por debajo de su mejilla y la frialdad gélida penetrando hasta la médula de sus huesos. A la distancia, distorsionado por la niebla blanca que la rodeaba, oyó un gemido ahogado de terror.
Su frente se frunció debido al caos e hizo una mueca ante el dolor que el movimiento le trajo. Bulma se esforzó por obtener una explicación de por qué apareció bocabajo en el suelo con la madre de todos los dolores de cabeza arrasando su cráneo completamente dañado, pero su memoria estaba acribillada de agujeros negros. Cuando se levantó a la superficie de la conciencia, punzadas de inquietud la inundaron, instándola a bajar de nuevo al refugio de los sueños.
Haciendo caso omiso a los gritos de su instinto, lentamente abrió los ojos y se encontró con la fría mirada de acero del general Lee. Lo miró sorprendida, era incapaz de comprender por qué permanecía tumbado en el suelo helado con ella. Poco a poco, el terror se arrastró hasta las esquinas de su cerebro y se agazapó en la oscuridad para gruñir una amenaza que llenó su alma de una desgarradora desesperación. Los ojos grises del general la miraban sin ver por debajo de una delgada película lechosa que se extendía sobre sus córneas con inevitable lentitud. Una lágrima de sangre estancada en un ojo se deslizó hacia la punta de su nariz antes de caer encima de un creciente lago carmesí cada vez mayor que rodeaba a Bulma y que saturaba su bata blanca de laboratorio. El líquido escarlata utilizó la pureza sin mancha de la bata como un lienzo para pintar un retrato de depravación y horror. La cara del general Lee estaba grabada con una máscara de incredulidad al ser testigo de su propia muerte a manos de un asesino despiadado que no conocía ni la piedad ni el remordimiento.
De repente los recuerdos la impactaron dejándola sin aliento. Se había encontrado de pie frente a Vegeta mientras él se arrodillaba ante ella cuando estuvo a punto de sucumbir al gas que llenaba su habitación. En ese momento, el general Lee irrumpió en el laboratorio y atravesó el lugar como un dios vengativo. Ella se puso delante de él con los brazos abiertos, en un intento por detenerlo, pero el hombre la apartó sin ningún esfuerzo. Se aferró a su brazo para alejarlo del panel de control, consciente todo el tiempo de los empecinados ojos de Vegeta viendo la escena, a unos segundos de perder la conciencia.
El general se volvió sin decir ni una palabra, levantó la culata de su arma y la derribó sobre su sien en un despiadado intento por silenciar sus gritos de protesta. Fue como si la cabeza le explotara en un estallido de deslumbrante luz y agonía en el momento que volaba hacia atrás hasta el campo de fuerza, solo para rebotar con un chisporroteo de cabello quemado. Ella se desplomó en el suelo y mientras se deslizaba hacia la oscuridad, oyó el gruñido de un peligroso animal salvaje reverberar en toda la habitación.
Bulma se estremeció cuando dejó que sus ojos se cerraran. No quería levantar la cabeza y examinar la destrucción que sabía que la esperaba. Deseaba volver a caer en el letargo sin dolor que traía consigo la dicha de la ignorancia. Un suave gemido femenino invadió sus sentidos de nuevo y el miedo se disparó a través de ella. Por mucho que quisiera cerrar los ojos y darse la vuelta, no podía abandonar sus responsabilidades. ¿Quién estaba llorando?, ¿quién más estaba herido a causa de su fracaso?
Con cuidado, para no sacudir su ya palpitante cabeza, Bulma levantó los ojos y miró la habitación. Era un desastre completo. Los escritorios se hallaban volcados, los papeles se esparcían al azar por el piso y marcas negras calcinaban las paredes. Una lámpara de techo que colgaba de un extremo se balanceaba ligeramente, crujiendo y gimiendo como si sufriera. Su cordón de electricidad siseaba y soltaba chispas a su paso contra las baldosas del piso como las chasqueantes mandíbulas de una serpiente venenosa. Los cuerpos de los hombres que el general trajo consigo yacían retorcidos y rotos, cubiertos con los casquillos de sus fusiles que contaminaban el piso alrededor de ellos.
Sus ojos buscaron de inmediato a la única criatura capaz de causar toda esta destrucción, toda esta locura. Vegeta permanecía inmóvil en el centro de la sala, frente a un silencioso contingente de su equipo de seguridad que le apuntaba desde la puerta. Ellos estaban armados con pistolas cargadas con su suero, la única cosa que podía detenerlo. Asuka había acompañado al general al laboratorio, lo trató de detener el mayor tiempo posible, pero ahora se encontraba parada dentro de la poderosa jaula en los brazos de Vegeta, quien la mantenía entre él y los guardias. Era evidente por su postura defensiva que desconfiaba de las armas y estaba decidiendo si había recuperado la suficiente fuerza para salir ileso.
Asuka sollozaba sin cesar, no obstante, seguía de pie con poca ayuda de él. De hecho, ella se alejaba lo más posible del hombre mientras intentaba, sin éxito, reducirse de tamaño. Bulma miró en torno suyo y sus ojos se posaron en el objeto tanto de su salvación como de su condenación. Extendió sigilosamente una mano temblorosa, buscó cualquier señal de que Vegeta hubiera advertido que estaba despierta y agarró el arma.
Tragó saliva cuando bajó la mirada para revisarla. Solo disponía de un disparo y si fallaba, todo el planeta ardería por su error. Su visión vaciló al sentirse invadida por una oleada de mareo. Sabía que tenía una conmoción cerebral, que podía desmayarse en cualquier momento. De forma silenciosa, quitó el dardo mortal del cargador y lo examinó con atención. Si conseguía acercarse lo suficiente, podría inyectarle el suero usando la mano, lo que eliminaría los errores de una mala puntería.
Se frotó los ojos con el antebrazo y la tela blanca se manchó de rojo por la sangre en su sien. Dijo una oración en silencio antes de esconder el dardo en la manga de su bata y se puso de rodillas. Todos en la habitación se dieron cuenta de sus movimientos. El personal de vigilancia le gritó que caminara hacia la salida, pero Vegeta solo ladeó la cabeza para poder observarla sin apartar los ojos de los hombres. Asuka empezó a sollozar de manera entrecortada y Bulma sintió una punzada de culpa por permitir que esta situación aconteciera. Ella debería haber hecho todo más rápido y ejecutado a Vegeta cuando tuvo la oportunidad, pero en vez de eso se había revolcado en su propio miedo y dudas sobre matar a otro ser vivo.
Dio un paso vacilante y se percató de cuan herida estaba en realidad. Le tomó un momento aclarar su visión antes de dar otro paso inestable. En lugar de avanzar hacia la salida, se tambaleó en dirección de Vegeta, haciéndolo dar un cuarto de vuelta para que pudiera hacerle frente a todos al mismo tiempo. Ella oyó un murmullo de risas en el fondo de su mente ante el pensamiento de que tenía la precaución de no darle la espalda.
Se detuvo a pocos pies de él, sabía que nunca conseguiría acercársele mientras se sintiera amenazado. Se volvió hacia su personal de seguridad, erguida tan majestuosamente como era posible en su estado roto, tratando desesperadamente de proyectar su autoridad natural.
—Déjennos. —Su voz era apagada y ella frunció el ceño ante el tono agudo. Los hombres cambiaron de postura, mas no bajaron las armas ni quitaron los ojos de Vegeta.
—Señorita Briefs... —El jefe de seguridad comenzó a hablar, pero ella lo interrumpió.
—Dije déjennos —exigió de un modo más estridente destinado a ser obedecida.
—Me temo que no puedo hacer eso, señorita Briefs. —El jefe de seguridad protestó. Parecía incómodo al pronunciar las palabras y aun así se mantuvo inquebrantable. Él sabía que corría el peligro de perder su trabajo, sin embargo, era su deber proteger este laboratorio junto a sus empleados y eso haría pase lo que pase.
Bulma apretó los dientes y miró con furia al hombre.
—Tanaka, hará lo que yo diga. Se te necesita en otro lugar. —Esas palabras estaban destinadas a recordarle el plan de ataque si Vegeta alguna vez se escapaba. Ellos tenían que replegarse y establecerse en varios puntos de vigilancia a lo largo de los pasillos y emboscarlo mientras pasaba. Su esperanza era incapacitarlo antes de que llegara a la superficie y comenzara su objetivo de aniquilar el planeta—. No te preocupes, tengo todo bajo control aquí.
Las palabras debieron alcanzarlo, porque vaciló y por primera vez volvió su mirada hacia ella. Él se estremeció ante su aspecto sangriento, pero vio la convicción en sus ojos. Tanaka sabía que su superior se sacrificaría antes que cualquier otro en la búsqueda de controlar a Vegeta. Habían discutido este mismo escenario muchas veces y Bulma siempre insistió en que se le diera la oportunidad de enfrentarlo primero. Todos coincidieron en que ella era la única persona que tenía la posibilidad de acercarse a él con éxito, incluso si eso significaba su muerte. Lentamente, Tanaka bajó el arma e inclinó la cabeza con respeto y admiración. Bulma era valiente y echaría de menos su presencia si él sobrevivía a este holocausto.
Ante las palabras, los guardias se retiraron de la sala, pero sus armas apuntaron a Vegeta hasta que la puerta se cerró. Él estrechó los ojos mientras veía la escena desplegarse, casi se había olvidado del paquete que tenía en los brazos. Sus labios se curvaron cuando observó a la mujer que solo minutos antes iba a asesinarlo sin piedad en el momento que dormía, parada a unos pocos pies de distancia, sin ninguna barrera protegiéndola.
—Bueno, ¿acaso no es esto muy íntimo? —Él se mofó y miró a Bulma con cautela. Conocía a la mujer el tiempo suficiente como para saber que tramaba algo, pero no sabía qué. Buscó furtivamente el arma en la habitación y la encontró tirada cerca al cuerpo del general. Le resultaba difícil de creer que ella pudiera olvidarla en un momento como este, aunque tal vez estaba más extenuada de lo que aparentaba.
—Podría serlo. —Bulma miró sin rodeos a Asuka y Vegeta echó un vistazo a la rehén atrapada en sus brazos: su cara lucía roja por las lágrimas y sus amplios ojos esperanzados observaban cada movimiento de su posible salvadora. Era obvio por su expresión facial que espera que la ayudara. Él apretó la mano alrededor del cuello de Asuka y ella hizo una mueca de dolor, pero no forcejeó. Bulma dio otro paso, sin embargo, unos fríos ojos la detuvieron.
—Déjala ir. —le exigió con suavidad y Vegeta le sonrió lobunamente. Vio el destello de alarma en los ojos de la mujer y lo disfrutó. Era su turno de tener el control, de tener el poder, e iba a castigarla por sus pecados contra él.
—¿Por qué debería? —Su tono de voz era tan suave como el de ella, pese a que tenía un toque subyacente de amenaza. Era un gato jugando con un ratón antes de destrozarlo con sus garras.
—Así podremos estar solos. —Bulma miró a los ojos de ónice, el miedo y el dolor palpitaban en su cabeza, haciendo eco en sus oídos, pero se negó a apartar la mirada de lo que más temía: su asesino, su verdugo. Dio un paso más y él se puso rígido—. Tú quieres estar a solas conmigo, ¿no es así?
Las fosas nasales de Vegeta se abrieron para capturar el aroma de la sangre recién derramada junto al terror que la impregnaba y era casi tan irresistible como el aroma natural de la mujer que tenía enfrente. Su bata estaba empapada con la sangre del general y la suya propia fluía por la herida en su sien, cubriendo la mitad de su rostro como una máscara escarlata. El cabello azul caía seductoramente por su espalda con las puntas teñidas de oscuro debido a la sangre derramada. Ella parecía una diosa salvaje, decidida a beber la sangre de sus enemigos mientras sometía a sus amantes no dispuestos. Él apretó su agarre en el cuello de Asuka y la levantó sobre las puntas de sus pies, lo que la hizo retorcerse debajo de su mano y gemir hacia ella para que la salvara. Bulma entró en pánico, dio otro paso hacia adelante, pero el gruñido de Vegeta se le anticipó.
—Puedo solucionar ese problema —dijo entre dientes con una promesa mortal y Bulma tragó saliva. Las manos se le cerraron por reflejo ante la necesidad de extenderlas para arrancar a Asuka de sus garras.
—Tú no quieres matarla, Vegeta —susurró Bulma en voz baja, atreviéndose a dar otro pequeño paso hacia el letal guerrero.
—¿Así? —Él luchó contra la risa que burbujeaba en su garganta por las payasadas de la mujer. Ella luchaba tanto por recuperar el control de la situación cuando no era más que una ilusión. Esta escena se representaría exactamente como él quería y además tendría la venganza por la que estaba sediento—. ¿Y qué, dime por favor, es lo que quiero?
Bulma se estremeció ante esas palabras y apartó la mirada de sus pecaminosos ojos negros, se fijó en Asuka un momento antes de recuperar el valor. Sus claros ojos azul zafiro lo miraron de nuevo y mostrando una convicción que no sentía, pronunció su condenación.
—A mí. —Sabía en su corazón que Vegeta solo jugaba con ella. Estuvo íntimamente familiarizada con sus objetivos mientras él había padecido bajo su cuidado: matarla haciéndola sufrir, destruir el planeta y, para terminar, escapar a Namekusei. Si era inteligente podía cambiar el orden de esos objetivos a su favor, pero el riesgo era de enormes proporciones.
Vegeta sintió que algo lo golpeaba muy fuerte al oír esas palabras y eso despertó un deseo profundamente arraigado dentro de su malvado corazón. Había algo satisfactorio en escucharla aceptar su destino. Ella se estaba ofreciendo a él, de buen grado, de manera abierta y no pudo detener el calor que lo atravesó mientras la miraba.
—¿Y por qué no puedo tenerlas a ambas? —Sus palabras aterciopeladas fueron una caricia oscura que se movió más allá de esta esfera hacia su propia realidad donde reinaban. Asuka se secó las lágrimas y los observó detenidamente, la confusión se grababa en sus rasgos. Parecía que a pesar de que estaban hablando de ella, se habían olvidado por completo de su presencia.
Vegeta advirtió que un escalofrío lo recorría cuando una chispa de ira se encendió en los ojos de Bulma. Se inclinó más sobre Asuka y olió su piel sin nunca romper el contacto visual. Bulma sintió algo oscuro y peligroso moviéndose dentro de ella mientras observaba a Vegeta inhalar el suave aroma de Asuka. No podía nombrar la emoción, pero la ira que la siguió fue intensa.
—Ella no significa nada para ti, no tiene nada que ver con tu encarcelamiento. Fui yo quien te enjauló. —Su voz se dejó caer a un susurro astuto y entrecerró los ojos de una forma maliciosa—. Fui yo quien te derrotó. —Ella vio el destello de rabia en los ojos de Vegeta ante el cruel recordatorio, dio el último paso hacia adelante, cerrando la brecha entre ellos y colocó una delicada mano en su antebrazo. Ambos sintieron una descarga eléctrica ante el contacto, sin embargo, se esforzaron por ocultarlo del otro. Ella se inclinó hacia él y susurró en su oído sensible—. Es a mí a quien quieres matar —dijo para atraerlo con una invitación sedosa.
De un brutal empujón, Vegeta arrojó a Asuka lejos, sin siquiera mirar como se precipitaba fuera de la habitación. Era indiferente a su escape, sabía que yacería muerta como todos los demás en cuestión de minutos. Su verdadera presa estaba solo a un paso de distancia. Disparó la mano, la agarró del cuello y la acercó. Levantó la otra para calentar una esfera de ki índigo en su palma. Él observó como la luz azul bailaba cerca de los rasgos de porcelana de Bulma, encendiéndole la piel a un tono rosado. Las sombras se arremolinaban en sus amplios ojos azul zafiro que estaban bordeados por espesas pestañas verde azulado. Ella no se echó hacia atrás y sostuvo la mirada con valentía. En su corazón, oró para que él no quisiera acabar con ella tan pronto, que toda la ira en su contra clamara por una lenta y premeditada satisfacción.
Él lanzó la esfera con tal fuerza que al pasar por el lado de la cabeza de Bulma, desplazó su cabello en un torbellino de calor y ella se estremeció cuando esta explotó contra la puerta fundiendo el mecanismo de bloqueo, lo que destruyó su única esperanza de escapar.
—Bien, ahora solo somos tú y yo, justo como querías. —Él sonaba como si le hubiera concedido su mayor anhelo en lugar de cumplir su deseo de muerte. Vegeta deslizó la áspera yema de su pulgar por el tembloroso labio inferior de Bulma. Nunca, en todos sus viajes, había tocado algo tan increíblemente suave como ese labio de pétalo de rosa. Ella sintió que su corazón daba un vuelco y que su boca se secaba debido al miedo. Sí, salvó la vida de Asuka, pero ahora, ¿podría salvarse junto a toda la población del planeta? Sin darse cuenta, su lengua salió para alisarse el labio y se estremeció ligeramente contra el pulgar de Vegeta. Sus ardientes ojos capturaron los suyos, ella tragó saliva con fuerza mientras la aprehensión la inundaba, el abismo sin fondo de los pozos ónix solo multiplicó su temor.
Un rayo golpeó a Vegeta. Se originó en la yema de su pulgar, serpenteó por su musculoso brazo y le apretó el pecho hasta que no pudo respirar. El placer corrió a través de él, encendiendo sus venas y capilares con fuego líquido, quemándolo desde adentro hacia afuera. Su rostro se oscureció por el deseo y supo que tenía que ocultar la reacción de su cuerpo ante el toque inocente. No era lujuria, él nunca ocultó la lascivia que le hacía sentir. Era su poder, su control sobre ella, pero había algo más moviéndose y respirando justo debajo de la capa de anhelo. Algo, en última instancia, peligroso.
Le dio la vuelta para sujetarla de la misma forma en que tuvo a Asuka. Él la ajustó contra su cuerpo, sus suaves curvas femeninas se fundieron contra su marco duro y la sangre húmeda de la bata le empapó la armadura, resbalando sobre su piel. Eso junto con el olor ácido de los cuerpos carbonizados y la espesa sangre metálica en el aire llamó al cruel demonio que residía en su interior. Plantó la mano sobre su delicada clavícula y el ascenso y caída de sus senos le presionaron la palma, luego se inclinó e inhaló hondo. Sus agudos sentidos descifraron el exclusivo aroma característico de su sangre, que era mucho más seductor que cualquiera que jamás había olido.
Cuando el general Lee la golpeó, sintió una insoportable rabia, incluso en su estado narcotizado. La rabia nació porque otro hombre se atrevió a atacar lo que él reclamó como su presa. Nada le pasaría a la mujer a menos que considerara que así sea. Si quería que fuera golpeada por otro, entonces sería porque lo ordenó, no porque alguien pensara que tenía el derecho de poner una mano sobre ella. Debido a su imprudencia, el general murió primero, gritando de miedo ante el sanguinario demonio que dejó en libertad sin saberlo.
—¿Y ahora qué hacemos, perra? —susurró las palabras en su oído y pudo oírla respirar y hacer un nudo en la garganta al escuchar el tono sugerente. Vegeta se inclinó más, su lengua aterciopelada se lanzó hacia afuera y lamió la sangre que la cubría en la mejilla. El sabor era exactamente como se lo imaginaba: suave con un toque de especias, como un buen vino destilado solo para él. Eso era intoxicante y quería probarla más, devorarla mientras ella desangraba su fuerza vital para él. Años de esclavitud bajo Frízer le habían enseñado que la posesión era la sumisión total a su amo y el pensamiento de poseer a la bruja de cabello azul que le causó tanta humillación hizo cantar a su sangre. Saboreó el estremecimiento que fluía a través de su cuerpo y fuerte lujuria penetrante se despertó dentro de su ingle. Presionó su sólida erección contra la suave curva de la cadera que sujetaba y se complació con otra degustación de su néctar carmesí.
Ella sintió húmedo calor disparándose a través de su cuerpo por la dura virilidad sobresaliente contra sus muslos. Su mente dejó de funcionar presa del pánico y todos sus planes para sobrevivir salieron volando por la ventana. La sensación de su lengua en su cuello despertó una respuesta primaria en ella que nunca antes había sentido. Toda la adrenalina que corrió por sus venas ensartando cada terminación nerviosa, provocaron una tensión que se convirtió en pasión oscura con facilidad, pero el temor se mantuvo justo por debajo de la superficie. Sus instintos de lucha y huida todavía clamaban en voz alta, incluso a la par del deseo que nadaba en sus venas. Al instante recuperó la compostura y se aclaró la garganta. No podía permitir que esto se saliera de control o terminaría muerta en un charco de su propia sangre mientras su planeta era devastado.
Se apoyó en él y se frotó tentadoramente contra su dureza. Ella sintió la aceptación a su invitación e inclinó la cabeza hacia un lado, revelando más de la pálida suavidad de su cuello expuesto. Él deslizó con avidez sus labios y su lengua sobre su pulso, y degustó el sabor de la piel salada junto a la sangre picante. Luego, ella le permitió a su mano tocar su sólida ingle y clavó las uñas en la protuberancia del músculo. Como respuesta, él le raspó la piel con los dientes para enviarle intensos escalofríos de placer a través del cuerpo. Parecía que todos los sentidos de Bulma se intensificaron, la amenaza de peligro volvía mucho más intensas las sensaciones de lo que nunca antes había experimentado.
Luchó por mayor claridad en su mente nublada y se recordó con desesperación que estaba luchando por la salvación de su planeta, no buscando una follada lujuriosa en su escritorio. Miró el cadáver destrozado de un hombre y en un segundo se calmaron sus pensamientos nebulosos. Ella hizo girar la muñeca, soltó el dardo de su manga que cayó en su mano, colocó el pulgar sobre el inyector mientras se apoyaba fuertemente contra Vegeta y gimió en voz alta para distraerlo de su movimiento.
Dirigió el dardo hacia su muslo, solo para ser tomada por sorpresa por la aplastante presión de una mano que rodeó su muñeca. Él apretó hasta que el arma cayó de sus dedos inertes y esta chocó contra el piso. El corazón de Bulma se aceleró y toda su sangre abandonó su cara. Sintió lágrimas de impotencia brotar de sus ojos y una nueva ola de mareo se apoderó de ella mientras luchaba valientemente por no desmayarse.
Vegeta casi se rio en voz alta de la previsible mujer. Sabía que ella nunca podría sucumbir a sus caricias tan fácilmente, no mientras todavía tuviera la esperanza de vencerlo. Su sumisión solo vendría después de que todo lo que amaba le fuera arrebatado y estuviera sola, con solo él hacia quien recurrir en la oscuridad. Esperó a que ella hiciera sus movimientos conocidos para luego proceder a interceptarla. Ahora estaba desarmada e indefensa a su voluntad y era su deliciosa pequeña mascota.
—Vaya, vaya, pero si eres toda una zorrita sedienta de sangre. —Las palabras burlonas fueron seguidas por el afilado dolor de sus incisivos mordiéndola profundamente en la cresta del hombro, castigándola por su transgresión contra él. Ella gimió en tono angustiado como un animal herido capturado en una trampa de colmillos de acero.
—No me puedes matar, Vegeta —gimió ella, luchando infructuosamente por mantener la calma frente a esta nueva adversidad.
Vegeta rio por detrás, su aliento que aleteaba sobre su delgado cuello, le puso la piel de gallina.
—¿Así? —le preguntó luego de que su húmeda lengua la golpeara con fuerza por encima de su nueva herida mientras bebía la sangre que brotó de la marca. Bulma tragó saliva de forma audible y Vegeta sonrió contra su piel ante el sonido.
—Tarde o temprano vas a querer salir de este planeta, a menos que estés planeando pasar el resto de tu vida rodeado de cadáveres en descomposición. —La voz de Bulma cambió ante sus palabras e imágenes de muerte y destrucción bailaron en su cabeza—. Y yo soy la única persona aquí que tiene una nave.
Vegeta sonrió con superioridad, dirigió la otra mano suavemente por su costado y deslizó los dedos por sus costillas. Ella era tan frágil debajo de su agarre. Tendría que tener cuidado, no querría matarla antes de que él también estuviera listo.
—Eso es cierto, pero no te necesito para volar una nave, humana. He estado haciéndolo mucho tiempo antes de que incluso supieras que el viaje espacial era posible.
Bulma se burló de su lógica.
—¿Piensas que soy una idiota, Vegeta? —Se sentía asustada y cuando tenía miedo, atacaba con su feroz lengua, sin preocuparse por las consecuencias. Detrás de ella, Vegeta sonrió mientras continuaba la silenciosa exploración de su cuerpo. Nunca había tomado a una mujer en contra de su voluntad, encontraba que el acto se hallaba por debajo de él, pero la tendría sin importar sus protestas. Estaba seguro de que estas serían efímeras, lo demostraba la respuesta de su cuerpo a sus caricias, eso no podía ser fabricado. Además, había algo muy excitante en la idea de volverla contra sí misma. Seducirla en el lecho del monstruo al que despreciaba, corrompiendo su bondad con la mancha del pecado.
—¿Es una pregunta retórica, mujer? —Ahora que Vegeta estaba fuera de la jaula, percibía que su confianza natural echaba raíces en su interior. Ahora que tenía el control, se sentía relajado y francamente lúdico.
Bulma siseó como un gatito enojado y luchó en vano por escapar de su agarre. Su mano lujuriosa encendía todo tipo de emociones que ella no deseaba examinar más de cerca.
—Sé que puedes volar una nave, idiota, pero no puedes volar la mía —gritó ella imprudentemente.
Vegeta gruñó en su oído y apretó el agarre sobre su cuerpo. Bajó la mano para cubrir de un modo doloroso su monte de venus. El abrazo la atrajo con fuerza contra su prominente erección.
—Cuida tu boca, perra. No queremos que de pronto pierdas la capacidad de hablar, ¿verdad? —Su otra mano se desplazó hasta apretar su esbelto cuello y Bulma casi se ahogó con su lengua.
—Es gracioso que lo menciones. —Ella respiró con dificultad, jadeando por aire cuando Vegeta aflojó el agarre ante sus palabras.
—Explícate —le exigió en un tono arrogante.
—Mi nave, la única nave en este planeta, es activada por voz. —Bulma hizo una pausa con el fin de dar dramatismo antes de añadir—. Mi voz para ser precisos.
Vegeta sonrió en la cabellera verde azulada que le rozaba el rostro. Ella sonaba tan confiada, tan arrogante. Su pequeña perra estaba acostumbrada a ser quien daba las órdenes, a que todos saltaran cuando las dijera. Le era difícil renunciar a la idea de que tenía la sartén por el mango, pero su lucha por mantener el control era deliciosamente divertida.
—Bien, supongo que eso significa que tendré que mantenerte en torno un poco más. —Él descubrió que no estaba del todo opuesto a la idea. Tomaría un tiempo aburrirse de esta fogosa mujer y disfrutaría cada minuto de ello—. Pero primero es lo primero. —Su malvada risa se abrió camino debajo de la columna vertebral de Bulma y la sangre se le congeló.
—Si matas a alguien más, no pilotearé la nave para ti, Vegeta, y nunca saldrás de este planeta para conseguir tu preciada inmortalidad. —Su voz estaba llena de desprecio, no dejaba ninguna duda de lo que quería decir con cada palabra dirigida a su torturador.
Vegeta se puso rígido ante la amenaza y sintió que la siempre presente rabia que hervía a constante fuego lento dentro de él comenzaba a burbujear hacia la superficie.
—Hay muchas maneras en que puedo hacerte hablar, perra. —Sus palabras en voz baja le atravesaron el cerebro primordial y ella casi se derrumbó por el pánico. Sus muslos se aflojaron y sus rodillas chocaron. No tenía la menor duda de que insinuaba la tortura y dadas las alusiones que había hecho en numerosas ocasiones a su vida infernal, era más que probable que conocía cientos de métodos para hacer hablar a alguien.
Bulma despegó la lengua del techo de su boca y trató de tragar saliva un par de veces antes de responder.
—Si me lastimas... —Sacó a la fuerza la mano de Vegeta que aún se encontraba en su zona púbica para mayor énfasis—. Me... me suicidaré —gritó.
Vegeta aumentó su agarre sobre la delicada mujer. Las palabras hicieron que sus intestinos se retuerzan y que él enardeciera con rabia oscura. ¿Cómo se atrevía a pronunciar algo tan absurdo? Ella moriría cuando le diera su permiso para hacerlo y no un segundo antes. Hundió la mano en su cabello verde azulado y tiró su cabeza hacia atrás para poder mirarla a los ojos. La sien se estaba volviendo una cubierta purpura y podía ver que había tenido una fuerte pérdida de sangre en la cuenca izquierda tornando su, por lo normal, ojo azul cristalino a un color rojo misterioso.
—No harás tal cosa mujer, no lo voy a permitir. Además, no tienes las agallas para matarte. —Se burló en su cara vuelta hacia arriba y sus ojos airados barrieron sobre ella.
La boca de Bulma se endureció en una línea severa y sus ojos se estrecharon con convicción.
—Yo tuve las agallas para matarte a fin de salvar a mi planeta. ¿Crees que dudaría en cortar mi garganta antes de someterme al asesino de mi pueblo?
La ira de Vegeta terminó por entrar en erupción; en un arrebato le dio la vuelta para agarrarla por el cabello y la sacudió como a una muñeca de trapo.
—¡Te voy a matar! ¡Te voy a romper por la mitad, pequeña perra de mierda! —Él rugió furioso mientras Bulma gritaba de terror. Luego la arrojó a lo lejos y ella se deslizó por el suelo, chocó contra una silla volcada en el camino, siguió su curso y cuando se detuvo, se enroscó en un ovillo y comenzó a sollozar lastimeramente.
Vegeta observó a la asustada mujer. Como la odiaba, ella siempre lo arruinaba todo con su mente rápida y su boca más rápida. Le gruñó a la forma acurrucada mientras pensaba a toda prisa en lo que iba a hacer. Necesitaba llegar a Namekusei lo más rápido posible. Ya había estado desaparecido durante meses y era más que probable que Frízer hubiera enviado exploradores a buscarlo. Iba a tener que esquivar todas las naves imperiales y planetas en su viaje, y no tenía tiempo para ninguna mujer de mierda. No podía estar vigilándola cada segundo del día para asegurarse de que no se cortara la garganta. Maldición, con la cantidad anormal de terquedad que poseía, probablemente masticaría sus propias muñecas para abrirlas como un perro rabioso.
Caminó hacia ella, ignorando la manera en que se apartaba de él. Hundió la mano en su cabellera, la envolvió alrededor de sus dedos y la obligó a ponerse de pie. Una vez que estuvieron cara a cara, la miró a los ojos y se burló con desprecio de su rostro manchado de lágrimas. Ni bien lograra su objetivo en Namekusei, cambiaría de nave y la mataría. Ya debería haber acabado con la bruja de cabello azul para entonces. Nunca tuvo la intención de violarla, pero ella nunca dijo que él no podía atraerla a su cama. Una vez que tuviera su sumisión total, su castigo sería completo y entonces podría disponer de ella. La oscura inmensidad del espacio era un lugar desalentador y no tenía ninguna duda de que la mujer sería más vulnerable allí.
Después de que hubiera matado a Frízer y ascendido al trono como su legítimo señor, entonces volvería a esta bola de barro de planeta y lo destruiría de una vez por todas, borrando para siempre su vergüenza a manos de una pequeña mujer.
—Das más problemas de los que vales, humana —escupió las palabras con repugnancia antes de girar y caminar hacia la puerta, arrastrándola detrás de él. Sin perder el paso acumuló la energía suficiente para hacer estallar la puerta hacia afuera, lo que dejó una estela de fuego que se esparció por el pasillo al chocar con la pared de enfrente.
Se podían oír los gritos de los hombres hacer eco en el lugar mientras esquivaban el camino de la destrucción. Bulma y Vegeta se movieron a través de los pasajes subterráneos a un ritmo lento para que ella pudiera ordenar a sus hombres bajar las armas y dejarlos pasar. Con cada paso, Vegeta la sentía debilitarse y sabía que la herida en su sien empeoraba.
Entraron en la nave y sin una palabra, Bulma comenzó al instante a soltar las abrazaderas de conexión y a encender los motores. Silenciosas lágrimas corrían por su rostro cuando se elevaron a través de los niveles del laboratorio y salieron por las amplias puertas que se abrieron hasta que finalmente el cielo azul les dio la bienvenida. Ella temblaba mientras observaba todo lo que amaba desaparecer, hasta que lo único que pudo contemplar fue el orbe azul de su planeta en la pantalla de visualización.
¿Algún día volvería a ver su hogar, a sus padres, a sus amigos y a su amante? Bulma nunca se había sentido más aterrada en su vida. Estaba dejándolo todo atrás, perdiéndose en la inmensidad del espacio y su único compañero era un loco asesino que no quería nada más que vengarse de ella. Cerró los ojos cuando una oleada de náusea la envolvió. Lo había hecho, había jugado sus cartas y mantuvo su planeta a salvo, aunque ¿a qué costo? Sabía que su inmunidad frente a la ira de Vegeta era efímera. Él no habría cedido tan fácilmente a sus demandas, a menos que ya tuviera un plan alternativo.
Ella le dijo con voz áspera las coordenadas a la computadora direccional y estableció el curso a través del espacio. Se dio la vuelta para apoyarse en la consola y miró la puerta que llevaba a la unidad médica. Necesitaba atender el corte en su cabeza, pero no sabía si podría hacer todo el camino hasta allí.
Fue arrancada de sus pensamientos cuando Vegeta la agarró dolorosamente por el brazo y la tiró hacia su fuerte pecho.
—Estableciste las coordenadas solo para tres días de viaje. Namekusei está a meses de aquí. Fija el rumbo adecuado, mujer —le exigió furioso mientras la sacudía sin piedad.
Su manejo descuidado causó que la cabeza de Bulma girara y se inclinó hacia el único objeto sólido que pudo encontrar, que pasó a ser el mismo Vegeta. Ella descansó la cabeza contra su pecho y casi se sorprendió al oír el ruido sordo de su corazón debajo de su oído. A pesar de su crueldad y maldad, no era más que un hombre, cuyo corazón latía igual que el de cualquier otro.
—No soy estúpida, Vegeta, esa es mi red de seguridad. De esa manera me tienes que conservar sana y salva por todo el viaje. Me necesitas, así que ve acostumbrándote a eso. —Su tono de voz era fino y aflautado. Sus últimas palabras no fueron más que un susurro al aire antes de que se desmayara.
Vegeta la cogió por reflejo, su asombro por que ella se inclinara en sus brazos desapareció cuando la levantó. Él volvió el rostro hacia la pantalla y miró el planeta que fue su prisión por muchos meses desaparecer de la vista. Luego, observó a la mujer inconsciente que sostenía y se preguntó por billonésima vez desde que llegó a este cuadrante del espacio, como se había metido en este lío.
Con un gruñido de frustración, salió de la habitación, dejando atrás el recuerdo de su fracaso mientras, finalmente, desaparecían en los confines del espacio los habitantes de la Tierra, que nunca supieron que tan cerca de la muerte habían estado.
Nota de Tempestt:
Sí, lo sé. He sucumbido al encanto del escenario predecible de Perdidos en el espacio, pero seamos honestas. Cualquier persona que no ha fantaseado con estar atrapada en una nave con Vegeta.
Sola
En la oscuridad
Donde nadie puede oír tus gritos
Habla ahora o calla para siempre.
* Silencio ensordecedor * * Alguien quiere lanzar alguna crítica *
¡Oye!
Además, será divertido. Lo prometo. *guiño*
